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5. Olegario González de Cardedal –y II. Cristología

–Después de lo que me dijo en el anterior artículo, ya no me atrevo ni a hablar.

–Mejor así. El Señor le hará pasar en su día del silencio penitente al hablar prudente.

Continúo comentando la Cristología del profesor Olegario González de Cardedal, publicada en la BAC, en la colección de manuales de teología Sapientia Fidei, nº 24, Madrid 2001, 601 págs.

La perversión del lenguaje teológico causa graves daños a la fe. Esas expresiones enormes –la humanidad de Jesús se hace «fantasmagórica» sin la persona humana; la muerte de Cristo «no la quiso Dios», no era «inherente a su misión», pues no es Dios «un Dios violento y masoquista», etc.– indican una teología intelectual y verbalmente precaria. Hablando así en escritos de teología, se oscurece aquella ratio fide illustrata que ha de investigar y expresar, con mucha paz y exactitud, los grandes misterios de la fe.

La crítica, además, que González de Cardedal realiza del lenguaje soteriológico no afecta solo, como dice, al usado «en los últimos tiempos» (517), lo que no sería tan grave. En realidad su crítica afecta al lenguaje del misterio de la salvación tal como lo expresa la Revelación: los profetas de Israel, los evangelistas, San Pablo, la Carta a los Hebreos y el Apocalipsis, tal como lo han manifestado los santos Padres, las diversas Liturgias, los escritos de los santos, los Concilios, las encíclicas. Atenta, pues, contra «la norma de hablar que la Iglesia, con un prolongado trabajo de siglos, no sin ayuda del Espíritu Santo, ha establecido, confirmándola con la autoridad de los Concilios» (cf. Pablo VI, tratando de la Eucaristía, enc. Mysterium fidei 1965, n. 10).

El lenguaje de la fe es perfectamente entendido por los fieles cristianos, porque goza en la Iglesia de una continuidad homogénea y universal. En cambio, las fórmulas teológicas que algunos discurren o hacen suyas, ésas son las que el pueblo creyente no entiende o entiende mal, porque es un lenguaje incomparablemente más equívoco. Claro está que el lenguaje bíblico y tradicional sobre la pasión de Cristo puede ser mal entendido. Pero para evitar los errores no habrá que suprimir ese lenguaje, sino explicarlo bien. Y además hay que señalar que es imposible asimilar ese nuevo lenguaje sin renunciar al mismo tiempo a otras muchas expresiones de la Revelación: «obediente [al Padre] hasta la muerte», «no se haga mi voluntad, sino la tuya», «para que se cumplan las Escrituras», etc.

La muerte de Cristo, entendida como sacrificio de expiación y reparación, es considerada por el doctor González de Cardedal como una expresión verdadera, pero hoy prácticamente inutilizable. Los términos «sustitución, satisfacción, expiación, sacrificio», utilizados para expresar el misterio de la redención, son palabras sagradas y primordiales, pero hoy están puestas bajo sospecha. Si esas palabras, dice, han sido degradadas o manchadas, lo que debemos hacer es «levantarlas del suelo» y lavarlas, para que «podamos admirar su valor y ver el mundo en su luz» (535).

Este propósito es justo y prudente, pero él hace precisamente lo contrario. El mundo católico tradicional ha tenido siempre una recta inteligencia de esos términos, que hoy González de Cardedal estima tan equívocos. Ha contemplado y vivido siempre con gran amor, también hoy, la pasión de Cristo como sacrificio de expiación por el pecado de los hombres. Por el contrario, la descripción que hace González de Cardedal de la peligrosidad, al parecer insuperable, que hay en el uso de esos términos, más que purificarlos de posibles sentidos impropios, lo que hace es dejarlos inservibles. De este modo transfiere al campo católico las graves alergias que esos términos producen en el protestantismo liberal y en el modernismo. Veamos, por ejemplo, cómo habla nada menos que del término «sacrificio»:

«Sacrificio. Esta palabra suscita en muchos [¿en muchos católicos?] el mismo rechazo que las anteriores [sustitución, expiación, satisfacción]. Afirmar que Dios necesita sacrificios o que Dios exigió el sacrificio de su Hijo sería ignorar la condición divina de Dios, aplicarle una comprensión antropomorfa y pensar que padece hambre material o que tiene sentimientos de crueldad. La idea de sacrificio llevaría consigo inconscientemente la idea de venganza, linchamiento […] Ese Dios no necesita de sus criaturas: no es un ídolo que en la noche se alimenta de las carnes preparadas por sus servidores» (540-541).

Con un lenguaje semejante no se aclara nada. Y de hecho, en la práctica, se impugna el lenguaje de la fe católica. González de Cardedal, al exponer el sentido de los términos «sustitución, satisfacción, expiación, sacrificio», no se ocupa tanto en iluminar su sentido católico tradicional –pacíficamente vivido ayer y hoy–, sino en enfatizar su posible acepción errónea. Para ello, da de esos términos la interpretación más inadmisible, la más tosca posible, aquella que, a su juicio, ocasiona «en muchos» unas dificultades casi insuperables para penetrar rectamente el misterio de la muerte de Cristo.

De este modo, esas sagradas palabras, tan fundamentales para la fe y la espiritualidad de la Iglesia, no son purificadas, sino dejadas a un lado como inutilizables. De hecho hoy, en la predicación y en la catequesis, palabras como «sacerdote, pecado, expiación, sacrificio, alma», han sido sistemáticamente eliminadas por muchos sacerdotes y laicos ilustrados.

«Ciertos términos han cambiado tanto su sentido originario que casi resultan impronunciables. Donde esto ocurra, el sentido común exige que se los traduzca en sus equivalentes reales […] Quizá la categoría soteriológica más objetiva y cercana a la conciencia actual sea la de “reconciliación”» (543).

Hay alergias verbales que llevan a negar verdades de la fe católica. Cuando se suscitan alergias ideológicas a ciertas palabras netamente cristianas, bíblicas, tradicionales, litúrgicas, hay un peligro real de suscitar al mismo tiempo alergias muy graves a las realidades que esas palabras designan.

Isaías dice que el Siervo de Yavé, como un cordero, «ofrece su vida en sacrificio expiatorio» por el pecado. Jesús, Él mismo, dice que «entrega su cuerpo y derrama su sangre por muchos (upér pollon), para el perdón de sus pecados». Eso mismo es lo que una y otra vez dice la Carta a los Hebreos –el primer tratado de Cristología compuesto en la Iglesia–. Y eso mismo es lo que dicen los Papas, como Pablo VI, en la encíclica Mysterium fidei (1965, n.4) o Juan Pablo II, en la Ecclesia de Eucharistía (2003, nn. 11-13): con gran frecuencia emplean la palabra sacrificio, presentándola como la clave fundamental del Misterio eucarístico. Pero todos, por lo visto, aunque dicen la verdad, se expresan en un lenguaje equívoco, muy inadecuado, al menos para el hombre de hoy.

Por eso este profesor, para mejor expresar el misterio inefable de la salvación humana, prefiere sus modos personales de expresión a los modos elegidos por el mismo Dios en la Revelación, y guardados y desarrollados por la Iglesia «no sin la ayuda del Espíritu Santo», a lo largo de una tradición continua y universal.

Resurrección, Apariciones, Ascensión y Parusía de Cristo, quedan también oscurecidas. Considerando Gonález de Cardedal que más allá de la muerte ya no puede hablarse propiamente de «tiempos y lugares» –entendidos éstos, por supuesto, a nuestro modo presente–, llega a la conclusión de que no puede hablarse propiamente de la Ascensión y de la Parusía de Cristo en términos de «hechos nuevos», distintos de su Resurrección. La verdadera escatología impediría, pues, reconocer un sentido objetivo e histórico a esos acontecimientos, aunque los confesamos en el Credo.

«Esa condición escatológica y esa significación universal, tanto de la muerte como de la resurrección de Jesús, es lo último que quieren explicitar estos artículos del Credo. No son hechos nuevos, que haya que fijar en un lugar y en un tiempo […] Por tanto, en realidad, no hay nuevos episodios o fases en el destino de Jesús, que predicó, murió y resucitó. Carece de sentido plantear las cuestiones de tiempo y de lugar, preguntando cuándo subió a los cielos y cuándo bajó a los infiernos, lo mismo que calcularlos con topografías y cronologías, tanto antiguas como modernas. Los artículos del Credo que hacen referencia al Descenso, Ascensión y Parusía de Cristo son, sin embargo, esenciales. Sería herético descartarlos. Ellos nos dicen la eficacia, concreción y repercusión del Cristo muerto y resucitado para nosotros, que somos mundo y tiempo» (171-173).

Con estas palabras, aparentemente tan moderadas, aunque sin viabilidad lógica ni práctica alguna, niega González de Cardedal la historicidad de los acontecimientos post-pascuales. Los relatos neotestamentarios y la tradición de la Iglesia han hablado siempre de la Resurrección, las Apariciones, la Ascensión y la Parusía como de hechos históricos distintos, y como acontecimientos sucesivos en el desarrollo del misterio de Cristo. Han señalado sus tiempos y lugares, y por supuesto han hablado de la Parusía como de un hecho todavía no acontecido.

La Iglesia, fundamentándose en las sagradas Escrituras, ha hablado siempre de la Resurrección, de las Apariciones, de la Ascensión y de la Venida última de Cristo al final de los tiempos con expresiones «topográficas y cronológicas» claramente diferenciadas. Y nosotros no debemos ver esas expresiones como antropomorfismos desafortunados, solo admisibles por mentalidades primitivas. Y menos podemos permitirse poner en duda la historicidad objetiva de los acontecimientos salvíficos postpascuales atestiguados «cronológica y topográficamente» por los Apóstoles y evangelistas en numerosos textos.

Doctrinas ininteligibles. Según enseña González de Cardedal, «sería herético descartar» en el Credo los artículos que hacen referencia al Descenso, Ascensión y Parusía de Cristo. Podemos, pues, seguir confesándolos; pero siempre que tengamos claro que los «hechos» que profesamos en el Credo no expresan «hechos nuevos», no son «acontecimientos» reales, que puedan ser situados en «un lugar y tiempo» de la historia…

¿Y así cree este doctor que hace más inteligible el misterio de la fe? ¿Quién va a entender al predicador que afirma la verdad de unos hechos, si al mismo tiempo advierte que no han acontecido realmente? El hombre de antes y el de ahora, el creyente y el incrédulo, entienden incomparablemente mejor el lenguaje tradicional del Catecismo, que afirma con toda claridad la historicidad de aquellos hechos salvíficos, cumplidos por Cristo en el tiempo que va de su Resurrección a su Ascensión (n. 659). La Iglesia habla de «el carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo […] Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra» (n. 660).

Todos los acontecimientos históricos, por supuesto, han acontecido en lugares y tiempos determinados. Y aquellos que no tienen ninguna connotación «topográfica y cronológica» no han existido jamás. No habría, pues, por qué incluirlos en el Credo. En conclusión:

La Cristología del profesor Olegario González de Cardedal es inadmisible, ya que contiene varias enseñanzas muy dudosas y algunos graves errores. Y aún es más inaceptable como texto integrado en una serie de Manuales de Teología católica.