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12. Y vosotros, ¿quién decis que soy yo? Mt 16,15

Estamos concluyendo ya este largo viaje en torno a la Sábana Santa. Y probablemente el lector se ve envuelto en un torbellino de impresiones, como cuando visita y descubre un país extranjero...

La Sábana tiene en sí misma una fuerte carga de... provocación, en el sentido de estímulo, de invitación. Y el motivo es bastante claro, aunque el tema sea tan complejo.

Si se hubiese tratado de una antigua tela babilónica con la impresión de un crucificado, nos habríamos preguntado por un tiempo si no pudiera haber pertenecido a un esclavo condenado a muerte por orden de Hammurabi. Y la cuestión hubiera quedado en eso solo. Alguna línea más en las nuevas enciclopedias.

Si se hubiese tratado de un largo trozo de tejido encontrado en el interior de un sepulcro junto al Nilo, sería legítima curiosidad preguntar a la ciencia moderna quién sería el misterioso personaje fotografiado en aquel rollo de tela egipcia. ¿Algún dignatario que no fue fiel? ¿Un faraón derrotado en batalla por un poderoso rey enemigo, y cuya momia faltase en la lista de los hallazgos arqueológicos? Curiosidad legitima, pero nada más.

Aquí, en cambio, según todo lo visto, hallamos la impresión total del Hombre más importante que jamás haya existido. El personaje de la Sábana sería Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios. Un Dios que ha tomado la misma realidad y ciudadanía humana de uno de nosotros. Un hombre joven y fuerte, que se arriesga al fracaso popular, y que en la plenitud de sus facultades mentales se enfrenta con un terrible género de muerte para confirmar su idea- fuerza: Dios ha descendido con él a la tierra para ofrecer a los hombres una última posibilidad de salvación. En la Sábana tenemos así una recuperación íntegra y definitiva de su imagen, ofrecida a todos los hombres de buena voluntad, en cualquier nación y tiempo.

Según esto, la Sábana Santa de Turín ha guardado su cuerpo crucificado y a Él pertenece la imagen que en ella nos ha quedado prodigiosamente estampada.

Imaginemos un caso extraño, sumamente extraño. Supongamos que un ladrillo se separe espontáneamente para volar hasta las manos del albañil que está reparando la fachada de una casa en el último piso. La física moderna afirma que esto podría suceder teóricamente, quizá una sola vez en cien billones de años…

Yo estoy convencido de que sería necesario esperar mucho más tiempo para conseguir que una antigua sábana funeraria fotografiara espontáneamente el cadáver envuelto en ella, conservando una perfecta imagen humana, una imagen que además ilustra con toda exactitud la dolorosa y detallada crónica del Vía Crucis, recorrida paso a paso por Jesús.

Más aún. He aquí que la ciencia actual y la historia evangélica coinciden al afirmar que la imagen íntegra del Hombre de la Sábana Santa ha podido estamparse en ella en un lapso de tiempo de apenas 30-40 horas, o incluso en un instante. En el breve período de permanencia de Jesús en el sepulcro; del anochecer del viernes al alba del domingo. En el momento divino de la resurrección.

¿Por qué el Creador del universo, el Señor de las complejísimas leyes que gobiernan los fenómenos sensibles, no podría haberse valido en algún modo de la acción conjunta del áloe-mirra-fibrina- radiaciones celulares, etc., para obtener aquel unicum absoluto que es la imagen que puedes ver en la Sábana Santa, y que historia, fe y ciencia coinciden en atribuir a Cristo?

¿Recuerdas todas las pruebas, los cálculos, las precauciones del abogado Pia? Pues bien, aquí dos mil años antes que él y que nosotros, parece que un dedo invisible haya tocado, con extrema decisión, el botón de una invisible y ultraprecisa máquina fotográfica, transformando así una simple sábana en aquel perfecto negativo que es la Sábana Santa.

Efectivamente, se trataría de una intervención prodigiosa –el clásico miraculum quoad modum, en cuanto al modo, dicho en lenguaje técnico–. Ese efecto excelente puede haber sido causado por Dios, como causa-principal, concentrando, midiendo y ajustando la ciega potencialidad de las normales fuerzas de la naturaleza. Nadie puede excluir esto. Y al contrario, todos los indicios nos impulsan a admitirlo.

Esta Sábana Santa, entonces, no habría envuelto un cadáver condenado inexorablemente a la descomposición, sino el cuerpo de un hombre verdaderamente muerto y realmente vuelto a la vida, más vigoroso y eficiente que nunca, después de haber permanecido menos de tres días en la sepultura.

Esta formidable afirmación no se lee en la Sábana Santa, sino en los Evangelios. La Sábana se limita a confirmarnos muchas cosas de Él, muchísimas cosas. Nos propone concretamente una pregunta que no es lícito ignorar, una pregunta que es fundamental. Es una suposición estimulante, que la fe y la ciencia pueden transformar en una certeza absoluta. Esta huella de un hombre que nos entrega la Sábana es verdaderamente la imagen del Resucitado.

¿A quién no le gustaría ver una verdadera fotografía de Jesús?... Zeffirelli, en una espléndida película sobre la vida de Cristo, o los grandes artistas, como el Beato Angélico, Leonardo de Vinci, Miguel Ángel, Rafael, lo han intentado de un modo u otro con su arte, partiendo de la imagen de un modelo o del sueño de su fantasía. Pero no podemos menos de preguntarnos: ¿así era Jesús realmente? ¿Era tan hermoso, más, menos?...

Si Él, el hombre de la Sábana, es realmente Cristo –como yo lo creo firmemente–, en tal caso hoy poseemos sus datos físicos con más precisión de la que poseemos acerca de cualquier otra personalidad histórica.

Además de ciertos rasgos fisonómicos muy precisos, podemos conocer, por ejemplo, la estatura de Cristo. Sumando los 204 cm. de la impresión de la cara con los 208 cm. de la imagen dorsal, dividiendo después por dos y restando los 25 cm. de la huella de los pies, obtenemos 181 cm., alrededor de un metro ochenta.

Es cierto, sin embargo, que en este punto las opiniones de algunos estudiosos pueden ser distintas. Hay que tener en cuenta un cierto cedimiento del tejido que puede darse con el paso de los años. También hay que considerar que un hombre tiene mayor estatura cuando está yacente. En todo caso, conjugando varias medidas y consideraciones, parece seguro el cálculo que asigna a Jesús una estatura de alrededor del metro ochenta; estatura por encima de la media de tipo semítico.

Judica-Cordiglia estima que el Hombre de la Sábana Santa muestra una perfección corpórea tal que obliga a clasificarlo por encima y fuera de todos los tipos étnicos.

Y finalmente sus ojos... Pero ¿cómo hablar de una mirada oculta, escondida?

Podemos recordar aquí lo que un Papa del siglo veinte, Pío XI, confesó un día después de haber contemplado absorto el rostro de Jesucristo que aparece en la Sábana Santa:

«Hay en él, en aquel rostro, algo realmente impresionante: una belleza tan viril, tan fuerte, tan verdaderamente divina; una serenidad tan triste, una tristeza dolorosamente serena, y sobre todo una mirada que no existe, y que, sin embargo, sorprende; se ve. No existe, porque los párpados están bajados; pero aún así no es un rostro ciego, sino lleno de luz, con una mirada escondida que nos alcanza también a través de los párpados».

Estas palabras, en las que vibra un velo de conmoción, nos llevan al Cristo escondido y revelado de la Sábana Santa. Ella no es objeto de una fe sobrenatural, pero quizá probablemente por esto significa algo más para el hombre contemporáneo: es objeto de sus sentidos y de sus análisis más exigentes, es el objeto de nuestra reflexión.

El Evangelio y el cristianismo no sacan su fundamento propio de la Sábana Santa, pero recibe de ésta un suplemento de luminosidad y de garantía por las muchas coincidencias que la enlazan con el Evangelio, y en consecuencia con Cristo. Tanto mejor si esta luz irradia, aumentando así la credibilidad de la fe.

Observaciones finales

Ha llegado el momento de que, con honradez y valor, nos hagamos ciertas preguntas fundamentales acerca del hombre de la Sábana Santa.

–Si es Cristo ¿no será éste el rostro que se ha inclinado, mirando al rostro de María, su madre? Sí, es el rostro que ha sudado en el banco del carpintero, trabajando junto a José. El que ha mirado al hijo enfermo del funcionario de Cafarnaún, a la suegra de Pedro, a las espigas y flores del campo, a aquel difunto, hijo único de la viuda de Naím. El rostro vuelto hacia el paralítico, hacia la pecadora perdonada, hacia las mechedumbres hambrientas de pan y de verdad, el que estuvo en la proa de la barca, sobre las olas del lago, entre los niños, muchachos y jóvenes de Palestina. Es el que miró al ciego de Betsaida, a los leprosos, a los escribas y fariseos, a Lázaro, Marta y María, a la Ciudad Santa, el que lloró, el que se volvió hacia la Magdalena, que se le acercaba con su frasco de aceite perfumado.

Sobre la mesa de la última Cena, mira a Juan, que ha apoyado la cabeza sobre su corazón; mira los pies de los discípulos, mientras se inclina para lavárselos; mira a Judas, que lo traiciona por treinta monedas; contempla la tierra de Getsemaní, donde agoniza hasta derramar sangre. Se vuelve a Pedro, que jura no haberle conocido jamás. Ve su propia carne, lacerada por la flagelación. Ve la efímera victoria de Anás y Caifás, la sonrisa burlona de Herodes, la ruindad de Pilatos.

Mira a las mujeres que se compadecen de Él, cuando avanza vacilante hacia el Calvario. Mira los clavos, el martillo, las manos que lo empuñan y que golpean con fuerza. Mira a sus enemigos, que celebran su momentáneo triunfo, y al apóstol Juan, y a María, su Madre.

Es el rostro de la Sábana, el del sudario, que en la mañana de Pascua quedan intactos en el sepulcro.

El rostro que mira a Magdalena, inclinada para adorarle, que mira a Tomás, que solamente llega a creer en él cuando pone sus manos en las llagas. El que se vuelve hacia los amigos que va encontrando, en Betania, en el monte de los Olivos, el día de la Ascensión...

–Si él es Cristo, efectivamente, ésta es la boca que ha enseñado las parábolas de la levadura, del grano de mostaza, de la perla preciosa, del tesoro escondido, del siervo despiadado, del buen samaritano, del fariseo y del publicano, del hijo pródigo, de la oveja perdida y encontrada...

–Si es Cristo, realmente, entonces éstos son los labios que han dicho: «yo y el Padre somos una sola cosa. No he venido del cielo para hacer mi voluntad. Yo he de cumplir la voluntad de mi Padre, que me ha enviado.

«Padre nuestro, que estás en el cielo, haz que todos te reconozcan como Dios, que tu reino se realice, que tu voluntad se realice aquí en la tierra como en el cielo. Yo he venido al mundo para dar testimonio de la Verdad. Os he hecho ver de parte de mi Padre muchas obras buenas. ¿Por cuál de ellas queréis ahora apedrearme?

«Si no hago las obras del Padre, no me creáis; pero si las hago y no queréis creer en mí, al menos creed por estas obras. Así reconoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre.

«Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no anda en tinieblas. Yo soy la resurrección y la vida. Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos; si alguno permanece unido a mí y yo a él, producirá mucho fruto. Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas, y ellas me conocen.

«Bienaventurados aquellos que no pierdan la fe en mí. Felices aquellos que tengan un corazón limpio: ellos gozarán de Dios. Bienaventurados vosotros, cuando os insulten y persigan simplemente por el hecho de ser mis discípulos. Estad alegres y contentos, porque Dios os ha preparado un premio inmenso.

«Los zorros tienen una cueva y los pájaros un nido, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reposar. El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir a los hombres, hasta ofrecer su propia vida como rescate para su liberación.

«Os he dado buenos ejemplos, para que vosotros hagáis lo mismo. Yo he venido a encender en la tierra un fuego, y cuánto quisiera yo que se inflamara.

«Yo soy el pan de la Vida. Cuando sea alzado sobre la tierra, atraeré a todos los hombres hacia mí. ¡Yo estaré con vosotros siempre, día a día, hasta el fin del mundo!»

–A este hombre, si el Hombre de la Sábana es Jesús, le han dicho: «Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios viviente.

«Señor, si quieres, puedes sanarme.

«Señor, mi hija se está muriendo. Por favor, ven a poner tu mano sobre ella, para que se cure y continue viviendo...

«Señor, mi siervo yace en casa paralizado y sufre terriblemente...

«Maestro bueno, ¿qué debo hcer para conseguir la vida eterna?

«Señor, ¡ayúdame!

¡Maestro, Maestro! estamos en peligro: ¡nos estamos hundiendo!

«Sí, Señor, tu sabes que te amo.

«¿A quién habríamos de ir, Señor? Tú eres el único que tiene palabras que dan vida eterna.

«Quédate con nosotros, que el sol se está poniendo y dentro de poco nos quedaremos a oscuras.

«Señor, estoy segura de que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

–Será, en fin, muy probable que justamente sea él de quien han dicho sus contemporáneos o su Padre:

«Será un gran personaje y vendrá a ser llamado Hijo del Altísimo.

«Salvará al género humano de los pecados.

«Éste es el cordero de Dios, el que toma sobre sí el pecado del mundo.

«¡Hemos encontrado al Mesías! Venid a verlo.

«Señor, hemos de reconocer que tú eres profeta.

«Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías?

«Hemos encontrado al hombre del que escribieron Moisés y los profetas: a Jesús de Nazareth.

«Éste es mi hijo, mi predilecto. Yo os lo mando: escuchadle.

«Este hombre ha realizado muchos prodigios. Si lo dejamos seguir, todos acabarán creyendo en Él.

«Ningún hombre ha hablado así, como habla este hombre.

«¡Ha blasfemado»

«¡Engaña a la gente!

«Es un loco; no razona. ¿Para qué le estáis escuchando?

«Éste acoge a los pecadores y come con ellos.

«¿Quién es este hombre, que manda a los vientos y a las aguas, y el aire y el mar le obedecen?

«Yo no encuentro en él culpa alguna. No ha cometido nada que le haga merecer la muerte...

«Soy inocente de la sangre de este hombre justo.

«¡Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino!

«¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!

«Nos hemos acordado de que aquel impostor, cuando todavía vivía, dijo: “después de tres días resucitaré”...

«Jesús de Nazareth no está ya en este sepulcro, pues ¡ha resucitado, como lo había prometido!

Y tú, hombre que entras ya en el año Dos Mil: ¿quién dices que sea este Hombre, si no es Cristo?