fundación GRATIS DATE

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

Otros formatos de texto

epub
mobi
pdf
zip

Descarga Gratis en distintos formatos

9. Gracias, monsieur Delage

Una copia de la primera foto misteriosa, revelada en 1898, llega casualmente a manos de un científico francés, Ives Delage. Era un científico en estado puro o, para entendernos, un hombre de ciencia, y, como él mismo precisaba, no de iglesia. Ciencia y fe pueden muy bien estar de acuerdo, y no son pocos los estudiosos de fama mundial que creen firmemente en Dios. Estos investigan desde su fe tanto el mundo extremadamente pequeño de las partículas subatómicas y de las células como el de la inmensidad del cosmos, que guarda los secretos de las estrellas gigantes, de los años-luz y de los espacios ilimitados.

Delage en cambio es libre pensador, de hecho ateo, o al menos agnóstico. Del todo autónomo e independiente, siente una atracción irresistible por la ciencia, sin sospechar que a menudo Dios se esconde en cualquier esquina, esperando encontrar a quien tenga sed de la verdad. Es un personaje de relieve, bien preparado y digno de todo respeto en el campo de la biología general, de la zoología, de la biomecánica y de la fisiología experimental. Y tiene una mente lúcida, con la capacidad de llegar al fondo de las cuestiones y además el coraje de llamar al pan, pan y al vino, vino.

El día en que llega a sus manos la fotografía del hombre de Turín, del que tanto hablan todos, el doctor Delage la analiza con su mirada investigadora, con una curiosidad cada vez mayor. Primero observa la imagen de la Sábana Santa tal y como se presenta en realidad: fondo claro, impronta oscura. Después analiza el cuerpo humano que se destaca sobre el fondo de la fotografía de la Sábana. Vuelve varias veces a mirar aquel rostro majestuosamente sereno, y piensa para sí:

«Me parece que esta fotografía es verdadera, sin el menor retoque… La imagen que la Sábana Santa ofrece al visitante se diría que es un negativo. De hecho, las zonas en relieve, por ejemplo la nariz, los párpados cerrados, los pómulos, están obscuras, y en cambio las partes hundidas están claras… La fotografía, cambiando entre sí las luces y las sombras, me presenta una imagen humana increiblemente nítida, con una perfección anatómica y una belleza de formas que no me hubiera imaginado nunca antes de verla... El cuerpo de este hombre, que hasta hace un momento parecía misterioso e incomprensiblemente impreso al revés, tiene una figura perfectísima. Y este rostro, no puedo negarlo, es verdaderamente sorprendente» Y –continuando con su meditación de laico– «Dicen que éste es el rostro de Cristo. Yo no lo sé; pero no sé tampoco a qué otra persona puede pertenecer. Y si lo comparo con los retratos de Jesús que desde el Renacimiento han realizado los mejores pintores... éste los supera a todos… Es por todo esto por lo que quiero saber cómo ha podido formarse esta imagen».

En efecto, es muy normal que un científico tenga como objetivo fundamental descubrir la causa de las cosas, encontrar su autor. Si existe la tierra, el cielo, el sol y las estrellas, tiene que haber alguien que ha creado el Cosmos. Nosotros lo llamamos habitualmente Dios, pero el nombre no es lo principal; en nuestra argumentación es más importante la relación lógica entre el efecto existente y la causa que explica su existencia. Si hay una flor en un jardín, tiene que haber existido bajo la tierra una semilla de la que ha germinado el tallo y el capullo. Si hay un puente, han existido por fuerza los arquitectos, los técnicos, los grupos de trabajadores que lo han realizado. Si se está escuchando un disco, alguien tiene que haberlo grabado.

Del mismo modo, si existe la Sábana Santa, tiene que haber algo o Alguien que la ha realizado, no cabe otra posibilidad. De la nada viene la nada, dice la sabiduría popular, y la filosofía confirma solemnemente que no se da ni un solo efecto sin una causa proporcionada. Es lógico además que cuanto más grande es el efecto, tanto mayor tiene que ser la causa; cuanto más complicados sean los problemas que plantea el efecto, tanto mayor tiene que ser el poder de su causa, que supo resolverlos todos; cuanto más ordenado en sus detalles y armónico en su conjunto se presenta un efecto, tanto más inteligente y perfecto tiene que haber sido quien lo ideó.

En estas cosas piensa Yves Delage desde el momento que ha examinado la fotografía en positivo del hombre de la Sábana Santa. Luego habla con dos de sus mejores ayudantes Paul Vignon y René Colson y deciden trabajar juntos en el misterio que parece esconderse detrás de la Sábana Santa. Emplean un año y medio, no un par de días. Reflexionan, hacen hipótesis, las discuten a fondo, reconociendo con honestidad sus puntos débiles y finalmente llegan a un acuerdo sobre la única solución posible, sobre una conclusión necesaria: la Sábana de Turín es verdadera, aunque su misterio no está resuelto; no puede ser obra de un falsificador. No es un piadoso engaño; es más, no parece que sea una obra humana.

Era lógico preguntarse si la Sábana Santa guardada en Turín con la presunta imagen de Jesús no era en realidad un formidable y genial engaño. Delage y sus colegas, según la técnica de los más celebres detectives, se preguntaron: «¿Qué hubiéramos hecho nosotros para obtener la huella de un hombre en una sábana?» Y respondieron: «Habríamos cogido a una persona, y después de bañarla completamente en sudor y sangre o en determinadas sustancias colorantes, la habríamos depositado con cuidado en una gran sábana, doblada después hacia delante, según el uso de los antiguos hebreos. Seguramente bastase apretar el tejido, cuidadosamente, sobre toda la superficie del cuerpo…» Así lo hacen; después, despliegan el envoltorio de lino y… les espera una desilusión: la imagen que se imprime en el tejido es poco más que una mancha deforme, una silueta más bien basta, incluso grotesca.

Es necesario buscar otra hipótesis, quizás retomando una de aquellas ya descartadas anteriormente como muy simples. Puede que la imagen de la Sábana Santa sea simplemente un cuadro. «¿Objeciones?» –se preguntan–. Ciertamente; y más de una. Puesto que en aquel año y medio de investigaciones se han documentado acerca de la historia de la Sábana, saben que hay noticias de ella plenamente atendibles al menos desde el siglo XIV. Pues bien, en aquella época, en Italia y entre los máximos artistas estaba el joven Giotto de Bondone y el viejo Cimabue; en Alemania el maestro Bertram; Beauneveu, Malouel y Bellechose en Francia. En el estilo de aquellos pintores, de entre el románico y el gótico, aparecen figuras indudablemente sencillas y frescas, rostros ingenuos, conmovedores; muy diferentes de la perfección anatómica que se lograría solamente algunos siglos después, en pleno Renacimiento.

Delage razona: «Si la imagen fuera un cuadro de un falsificador que hubiera existido en aquella época o en épocas precedentes –siglos XIII-XIV–, tendríamos que suponer que hubo un artista capaz de hacer una obra cuanto menos a la altura de los grandes pintores del Renacimiento y, cosa más extraña todavía, tendremos que explicar cómo un artista tan magnífico haya podido quedar totalmente ignorado… Y esto, que ya resulta bien difícil de creer respecto a la imagen pintada en positivo, resulta del todo increíble, si se considera que la huella del hombre de la Sábana Santa es una imagen en negativo: pintar una figura de ese modo, sin valor estético alguno, sin resultar nada agradable ¿qué sentido podría tener?... El falsificador habría sabido además, con un anticipo de medio milenio, que las generaciones futuras descubrirían el proceso fotográfico... Este genio sobrehumano lo habría calculado todo: “colocaré las luces y las sombras de tal modo que cuando se le aplique el revelado fotográfico, su inversión pueda mostrar la figura que se atribuye a Cristo”. Y esto con una perfecta precisión, puesto que es sabido qué poco hace falta modificar en un rostro bello para obtener una caricatura; especialmente cuando –como en el rostro de este hombre– su belleza se debe a la expresión».

Hay que agradecer al doctor Delage y a sus colegas, como hombres y como científicos, la seriedad de sus estudios. Ayudan a dar respuesta a las primeras objeciones y parecen decir con su comportamiento de auténticos servidores de la verdad: «Sean siempre bienvenidas las objeciones, porque quien busca la verdad, tendrá que considerarlas como verdaderas aliadas; son como las lentes del microscopio; aunque sacrifican una visión fácil y preconstituida de la realidad, son indispensables para ayudarnos a escudriñar a fondo tantos problemas y misterios de la Creación».

Dando un salto hasta los años sesenta, la profesora Noemí Gabrielli, experta en historia y técnica de las artes figurativas adelanta una genial hipótesis. Para ella la Sábana no es una pintura, al menos en el sentido común de la palabra, puesto que los exámenes microscópicos no han mostrado en el tejido la presencia de aquél fondo hecho a base de materias aislantes y no absorbentes, llamado imprimación, que los pintores extienden siempre sobre la tela antes de empezar su trabajo; además, faltan las huellas direccionales de las pinceladas.

Según esta profesora, si no se admite una intervención milagrosa, el misterioso falsificador podría haber recurrido a los pinceles y a las pinturas no directamente sobre la Sábana Santa, sino sobre una tela aparte. Habría pintado el cuerpo de un crucificado en otra tela convenientemente imprimada y extendida en un marco; después, mientras el original estaba todavía húmedo, lo habría puesto sobre la sábana, que se convierte así en la Sábana Santa. En otros términos, se trataría de un trabajo de calcado. Una figura humana normal calcada en una tela, habría dado lugar a la figura del hombre en negativo que está en la Sábana Santa.

A la interesante hipótesis de la profesora Gabrielli –que por otra parte, ella misma define como una conjetura–, no haremos más que algunas preguntas:

1ª.- El falsificador habría tenido que procurarse, para su perfecta artimaña, no una sábana normal, sino una sábana palestina. De hecho, hoy podemos verificar este punto comparándola con muestras de tejidos de la época, hace dos mil años, encontrados en Egipto y en Medio Oriente. No habría sido una empresa fácil conseguir –en el siglo XIV– un trozo de aquella tela de más de 4 metros, y además íntegra y no utilizada antes en pruebas semejantes. No obstante la dificultad, se puede admitir que haya sido posible conseguirla.

2ª.- El autor de la falsificación más fabulosa de la historia habría tenido que disponer –en aquel siglo– de algo más importante: el cadáver de un hombre horriblemente azotado, coronado de espinas, crucificado de modo perfecto –como lo prueba el detalle del agujero de Destot– y con el pecho atravesado por una gruesa lanza. Lo habría necesitado para poder pintar con absoluta exactitud cada cardenal, cada herida, cada reguero de sangre. De otro modo, los expertos modernos que han investigado la Sábana Santa, centímetro por centímetro, mancha por mancha, ya hace tiempo que habrían denunciado públicamente el fraude. Por el contrario, son ellos mismos los que dicen que en todo el cuerpo del Hombre de la Sábana no han logrado encontrar una sola discordancia, un simple error.

La obtención de la imagen tridimensional –J. Jackson– confirma que hubo un cuerpo humano que estuvo en contacto real con el tejido y que «es prácticamente imposible que haya podido existir un falsificador en condiciones de producir una imagen como ésta, y menos en la Edad Media». El doctor Rodante aporta también como prueba de la autenticidad de la Sábana la investigación de las heridas de la corona de espinas que aparecen en la frente: el atento examen médico-legal de las mismas, sobre la base de conocimientos de anatomía topográfica, revela que cada una de las cuales se corresponde exactamente con el lugar de las venas y arterias subcutáneas. Es prácticamente imposible que un supuesto pintor del siglo XIV hubiera sabido colocar en ese preciso lugar tales manchas de sangre.

3ª.- Y además, insistimos en preguntarnos por qué no habría realizado el original en vez de un jeroglífico, invertido, y casi indescifrable. ¿Por qué un genio similar se habría tomado el trabajo de pintar una belleza insuperable sólo visible para él, de la que sus contemporáneos no habrían sospechado siquiera su existencia, y que no se vería sino después de una inversión hecha posible sólo unos siete siglos después?

4ª.- Admitiendo también que la inteligencia… diabólicamente astuta de ese super-falsificador podría haber previsto la oportunidad de ofrecernos «un negativo», previendo el revelado fotográfico, cabe además añadir que el misterioso falsificador del quinientos habría sido también un refinado polinólogo, para la búsqueda de aquellos pólenes que garantizan la antigüedad y procedencia de la Sábana.

5ª.- Finalmente, nos preguntamos cómo habría conseguido obtener el autor de la Sábana Santa las características tridimensionales de la imagen, puestas de manifiesto por los estudiosos americanos Jackson y Jumper, mientras que ningún otro artista ha sido capaz jamás de lograr este maravilloso efecto, aun sirviéndose de la más rica paleta de colores y de las técnicas más refinadas.

[Hemos extraído algunas observaciones sobre la tridimensionalidad de la imagen de la Sábana, según la investigación de J. Jackson en www.shroudofturin.com y siguiendo la información del Centro Español de Sindonología, en www.linteum.com Fue estudiada sobre todo a partir de 1977 por un grupo de científicos dirigidos por J. Jackson y E.J. Jumper, profesores de Física y Ciencias Aeronáuticas, respectivamente, en la Academia de las Fuerzas Aéreas de Denver y en el Centro de la NASA en Pasadena.

Utilizando un microdensitómetro –instrumento que mide la intensidad de una fotografía– y una reproducción de una sábana envolviendo un cuerpo, J. Jackson pudo mostrar que el grado de intensidad de la imagen se correspondía en una medida muy importante con la distancia de la tela al cuerpo. En 1976 Jackson llevó una fotografía de la sábana a un laboratorio de análisis de imagen, para analizarla con un ordenador llamado VP-8 Image Analyzer, que convierte la intensidad de la imagen en relieve vertical. Comprobaron que efectivamente la imagen de la Sábana contiene información tridimensional.

Aunque es difícil dar una explicación sencilla de lo que esto significa, podemos decir que supone que el grado de densidad de cada punto de la imagen de la Síndone está matemáticamente relacionado con la distancia del lienzo al cuerpo. Alcanza la máxima brillantez en las zonas en que el cuerpo tocó al tejido –nariz, frente, cejas– y es menos intensa donde no se tocan –órbitas de los ojos, lados de las mejillas–. El hecho de que en ningún punto de la imagen la intensidad de la marca sea cero implica que la impronta no pudo hacerse por contacto, que no ha podido ser el trabajo de un artista. Experimentos con artistas muy competentes han demostrado que el sistema de coordinación entre el ojo y el cerebro es incapaz de reconocer y crear una imagen así. Se han investigado numerosas copias de la Sábana realizadas en siglos pasados por artistas, igualmente con el sistema VP-8. Sin ninguna excepción, estas imágenes en relieve aparecen muy distorsionadas].

Pero volvamos a Delage y a sus colegas. Llegan éstos al convencimiento de que la imagen de la sábana no es un cuadro hecho por mano humana; les parece más bien el resultado de un fenómeno físico-químico. Paul Vignon, uno de ellos, efectúa varios experimentos en su laboratorio. Comienza por los vapores de zinc; pero rechaza esta hipótesis: de estas emanaciones, que dejan una confusa aureola de un objeto, no puede esperarse la solución.

Después su atención se centra en los vapores de aloetina, presentes en toda emulsión de áloe y aceite de oliva y que al contacto con otros vapores, como el carbonato de amonio, que emanan de un cuerpo recubierto de un abundante sudor, pueden fijar una imagen. Si el cadáver del hombre de la Sábana, entre las dos telas, quedó en el sepulcro por lo menos un día, y no más de dos –al menos veinticuatro horas, pero no más de unas cuarenta, pues entonces el proceso de putrefacción hubiera destruído todo– la mezcla de los distintos elementos, en una lenta evaporación, pudo haber proyectado sobre el tejido de lino la huella de aquel cuerpo. Pudo haber nacido así la huella del Hombre, con un color marrón rojizo más intenso en las partes que sobresalen, que aparece difuminado al aumentar la distancia entre el cuerpo y la tela, y de un color rojo carmín en las zonas de los cabellos y de las lesiones mayores.

La posibilidad es real, pero al mismo tiempo bastante teórica. Los experimentos realizados entonces por Vignon, y repetidos varias veces después por otros estudiosos, dan fundamento a la hipótesis – las huellas obtenidas por ese procedimiento en laboratorio son idénticas por naturaleza a las de la Sábana Santa–; pero así como la imagen de Jesús en la Sábana aparece nítida y perfecta, la imagen obtenida experimentalmente es confusa, borrosa e incluso a veces monstruosa. No obstante ello, quizás por esta vía se comenzaba a desvelar el misterio de la formación de la imagen de la Sábana.

Delage suscribió las conclusiones del doctor Vignon y en su propia declaración, leída con voz clara y vibrante ante los sorprendidos grandes de la Academia de las Ciencias de París, concluye:

«Tenemos por una parte la Sábana –probablemente impregnada de áloe, una resina oriental– y un crucificado que ha sido azotado, herido en el costado derecho y coronado de espinas. Tenemos por otra parte un conjunto de historia y tradición que nos presenta a Cristo, que en Judea sufrió los distintos suplicios que se muestran en el cadáver cuya imagen nos ofrece la sábana. ¿No es natural acercar estas dos series paralelas y unirlas en un mismo sujeto?

«Estimo que yo tengo que considerar todos estos datos:

–Que la tradición cristiana asegura que Cristo, muerto el viernes por la tarde, estaba ya fuera del sepulcro al alba del domingo;

–Que este hombre, ajusticiado como un criminal, tiene en el rostro, como debió ser el rostro de Cristo, una expresión tan noble que espontáneamente pensamos que lo lógico es asignarlo a un hombre bueno y equilibrado;

–Que, en resumen, hay un conjunto de circunstancias –el medio Oriente, la llaga en el costado derecho, el tiempo ideal de la sepultura, el misterioso lenguaje de la fisonomía del rostro– que son indiscutiblemente excepcionales».

Y aquí Yves Delage revela su secreto:

«Supongamos, dice, que por cada una de estas cinco circunstancias exista una probabilidad sobre cien de que se trate de otra persona. Siendo así, hay una sóla probabilidad entre diez millones de que la Sábana Santa nos haya transmitido la imagen de una persona distinta de Jesucristo.

Así pues, para el científico que no quería pasar por hombre de iglesia, la Sábana Santa era la sábana regalada por José de Arimatea a su amigo Jesús bajado de la cruz. Y terminaba con un aviso:

«Dicen que, por inconsciencia o por falta de escrúpulos, yo he traicionado a la ciencia y desmentido mis opiniones de libre pensador. Por el contrario, yo he sido fiel al verdadero espíritu científico, al estudiar el problema del Hombre de la Sábana Santa, preocupándome sólo de descubrir la verdad».

Delage no tenía el don de la fe, pero consideraba a Cristo al menos como un personaje histórico. Entonces, ¿por qué tenemos que escandalizarnos frente al hecho de que la humanidad tenga en la Sábana Santa una huella material de su existencia?

Más allá alcanza el razonamiento de otro experto, también francés, el ingeniero industrial Paul de Gail, que reconsidera las ideas de Delage:

«Es extremadamente probable que la Sábana Santa de Turín sea la que envolvió a Jesús. Por lo que ahora puedo valorar, la probabilidad de que no lo sea es de apenas 1 sobre 225 millones... Si en toda la historia hubiera habido 225 millones de crucificados, y es evidente que es una hipótesis sencillamente absurda, en tal astronómico número de ajusticiados, podríamos encontrar sólamente uno –uno solo– en el que la modalidad de crucifixión, de sepultura y del modo en el que se presentan las huellas de la Sábana Santa, coincidan con las atribuidas al crucificado de nombre Jesús».