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4. La calle que lleva a la colina

Al alba, sin que el imputado haya tenido ni un sólo momento de tregua, segundo juicio. Ante el Sanedrín, las formalidades y humillaciones se hacen más refinadas. Después comienza el juicio último, esta vez en el Pretorio, en cuya sede se sienta un alto magistrado romano.

A Pilatos, claro está, no le importa gran cosa el asunto de este extraño individuo. Al menos en principio, habiendo visto tanta gentuza: casi cada día, desde hace años, han desfilado delante de él hombres a quienes juzgar, y a los que casi nunca ha podido absolver. Acusados con las etiquetas más variadas: el delincuente común, el ladronzuelo ocasional, el ingenuo que se ha dejado engañar y se ha pasado al bando equivocado, el idealista, el ladrón profesional, el terrorista, el sicario, el anárquico, el enfermo mental, el agitador político, el hombre embrutecido por el vicio o la miseria material. Juzgarles, condenarles, hacerles golpear o azotar, matarles... son asuntos administrativos corrientes para el gobernador Poncio Pilatos, igual que para cualquiera de sus colegas.

Pero este hombre –Pilatos se ve obligado a repetírselo a sí mismo en voz baja–, este hombre es diferente de todos los otros que ha conocido. Es cierto que no es fácil reflexionar, ponderar con calma la situación de este imputado, con una serie de acusaciones que no se tienen en pie, y menos teniendo enfrente aquella gente que grita bajo las ventanas del pretorio. Aún se le hace más difícil porque su mujer le ha mandado un recado: «intenta no condenar a este hombre inocente, ya que esta noche he sufrido mucho en sueños por su causa».

¿Quién puede ser? ¿Y si en verdad tiene el favor de los dioses? Miedo supersticioso. Se estremece al recordar otro sueño tristemente célebre: el de Calpurnia, que en la mañana de los Idus de marzo había aconsejado al César no ir al Senado; en sueños lo había visto chorreando sangre. Siente miedo al evidente chantaje por parte de los representantes del pueblo, si se atreve a desafiarlos. Podría tener que volver a Roma escoltado para acabar, como ahora este hombre, en el banquillo de los acusados y después quién sabe.

Puede que haya todavía una escapatoria. Al saber que Jesús proviene del territorio gobernado por Herodes, Pilatos ordena que sea llevado ante él. Pero Herodes se cansa pronto de este hombre que no le divierte, como había esperado. Hace que le revistan, para burlarse de él, con una túnica principesca –¿no dice que es un rey en el exilio, el aspirante al trono de un misterioso reino?– y se desembaraza rápidamente de él, reenviándolo, desilusionado, a Pilatos.

Es preciso que éste intente jugar la última carta, y así lo hace: «Este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte; por tanto, haré que le den latigazos, pero después lo dejaré en libertad» ¡Ese «por tanto» es una obra maestra de lógica!...

El ejecutor, escogido entre los hombres de la tropa más rudos y rápidos, empuña el terrible flagellum, una especie de látigo con dos o más tiras de cuero. Manejado con fuerza, llega silbando a Jesús y le produce primero cardenales dolorosos y después surcos por toda la piel. Más temible debía ser el flagrum, un látigo perfeccionado, ya que en los extremos se fijaban bolas de plomo o, mucho peor, huesecillos ásperos y afilados como sílice; con cada golpe se rompe enseguida el tejido, dejando su forma en la carne viva. La flagelación judía debía mantenerse por debajo de los 40 latigazos en total; la romana en cambio no preveía esa norma. Y Jesús es torturado al modo romano, así que se pueden contar pacientemente, entre las huellas dorsales y frontales, más de 120 llagas en el Hombre de la sábana, que son el resumen de aquella despiadada flagelación.

No podemos olvidarnos de la coronación de espinas, con un casco de ramas de espino entrelazadas. Lo recuerda la Sábana, con los regueros de sangre, muchos en la parte superior de la nuca, y uno, muy marcado, que impresiona enseguida a quien mira el rostro de Jesús, casi en la mitad de la frente, aquel que en la Sábana tiene la forma característica de un 3 al revés o, si se quiere, la forma de una épsilon griega.

Es casi mediodía. La mañana ha pasado en un momento, al menos para Pilatos. Presionado por una multitud nerviosa e impaciente, que pone contra las cuerdas al odiado procurador romano, éste empieza a ceder. Jesús es empujado al exterior, a un patio empedrado de la fortaleza Antoniana. Llueven acusaciones sobre el juez romano, hirientes como latigazos: «¡Si pones en libertad a este hombre que se proclama rey nuestro, debes saber que te conviertes en cómplice suyo!. ¡Quien pretende hacerse pasar por rey es enemigo del emperador!».

Viendo que la multitud presiona sobre el cordón de seguridad, amenazando con arrastrar a los guardias, Pilatos hace que le traigan una vasija con agua. Lavadas las manos, las levanta bien altas, para que las vean todos, y dice: «Yo no me considero responsable de su muerte. ¡Allá vosotros!». Y entrega a Jesús en sus manos. La farsa ha terminado. Empieza el último acto de una tragedia cada vez más cruel.

Corre la voz en un instante. Dentro de poco sacarán a otros delincuentes, puede ser que dos o tres. La ejecución será en la colina del Gólgota; hay que correr si se quiere ocupar un puesto en primera fila y disfrutar del espectáculo. Allí en la explanada de la colina, estará ya plantado firmemente en el suelo el palo de la cruz, el stipes, como lo llaman los romanos. El condenado debía cargar encima el brazo más corto, transversal, el patibulum. Sólo éste pesaría al menos 50 ó 60 kilos. Para un hombre apenas salido de una grave crisis de infarto cardíaco y que ha pasado doce horas seguidas de ininterrumpida tortura, aunque sea joven y de constitución sana, aquel tronco de árbol pesaría como una montaña. Quién sabe cuánto le costaría dar un paso. Seguramente no sería un tronco bien cepillado, sino rugoso, cortado de cualquier manera, quizás lleno de resina, con restos de corteza y grandes astillas, en un trabajo acabado apresuradamente.

El patibulum cae sobre el músculo entre el cuello y la espalda, dejando sus marcas en la Sábana, como describen los expertos:

«En el hombro derecho –el lado derecho se corresponde con el izquierdo en el positivo fotográfico, esto es, en la imagen de cómo sería en realidad Jesús– se nota una amplia zona escoriada y contusionada más o menos cuadrangular, dispuesta un poco oblícuamente de arriba hacia abajo y desde el exterior al interior, cuyo eje mayor, en sentido longitudinal, mide 10 x 9 cm. En la región escapular izquierda se constata otra zona que presenta las mismas características. Examinadas las dos zonas atentamente, demuestran que sobre ellas ha presionado un instrumento rugoso, de gran peso, móvil, de un grosor de unos 14 cm., que ha aplastado, deformado y reabierto las lesiones causadas por el flagrum, ocasionando otras, incluso atravesando las vestiduras.

«Este conjunto traumático, contusivo-escoriativo, lleva a pensar que haya sido causado por el palo transversal de la cruz, que el condenado sostenía con las dos manos en la zona escapular, sobre los hombros, en el trayecto hacia el lugar del suplicio. El madero cargado por Cristo era un palo basto, que él sostenía oblicuamente sobre la espalda, como hemos dicho, y que con cada caída, resbalaba hiriendo y dañando la piel con su peso y rugosidad, más en la región derecha que en la izquierda» (Judica-Cordiglia, op. cit. 68-69).

Se ha apuntado la hipótesis de que alguna caída no fuera casual. Es bastante probable que los condenados a muerte, generalmente poco resignados, como en cambio aparecía Jesús, fueran atados por seguridad con una cuerda en las muñecas o en los tobillos. Bastaba un simple empujón cuando el pobre hombre intentaba mantener el equilibrio precario del cuerpo que sostenía el patibulum, entre paso y paso, para desequilibrarlo del todo y hacerlo caer de bruces a tierra, entre las risas del populacho. Ricci lo ha demostrado con sus experimentos y documentación fotográfica, que dan nueva luz para la confirmación de esa hipótesis y facilitan la interpretación de cada una de las palabras escritas con sangre sobre la Sábana.

La mirada atenta del experto se fija también en las grandes manchas que se ven a la altura de las rodillas. Aparece más contusionada la derecha, como si se hubieran acumulado varias heridas una sobre otra. Estas manchas parecen demostrar que las rodillas del Hombre de la Sábana

«sufrieron la acción discontinua de un agente escoriante y lesivo, como pudo ser un terreno accidentado, una calle no lisa, contra la superficie cutánea convexa, sobre la cual la acción lesiva fue atenuada por la interposición de una protección blanda, como la tela de su vestidura» (Judica-Cordiglia, op. cit. 69-70)

Con otras palabras, Jesús habría caído varias veces, y como sostiene la devoción popular, unas sobre una rodilla, otras sobre la otra, y a veces sobre las dos, de golpe, mientras que, con las manos ocupadas en sostener el pesado patíbulo, subía penosamente la ligera pendiente que lo conducía al Calvario. Parece confirmarlo, en el rostro del hombre de la Sábana, el gran golpe que se encuentra en la base del mentón.

Para que el espectáculo sea más completo y divertido –demasiado serio, demasiado resignado este Jesús de Galilea– dos bandidos, cogidos por la policía después de un robo con asesinato, van subiendo también con el patibulum a hombros, por la cuesta. Van atados entre sí, en fila, como pueden. Jesús parece verdaderamente la sombra de sí mismo. Debe sostenerlo su enorme fuerza de voluntad. O algo más, como su gran amor. Preocupados sobre todo por si se les muere a mitad de camino, los organizadores deciden auxiliarle mientras hay tiempo. Una ojeada alrededor, buscando alguien apropiado, y encuentran a un agricultor, el Cireneo, que viene del campo por una callejuela. Cogido por sorpresa, es obligado a cargar con el patibulum de Jesús, y será famoso, no tanto por su ciudad de origen, como por aquel encuentro cerca del Calvario. Unos pocos minutos de descanso. Entre el sudor y los surcos de sangre que le caen sobre los ojos, Jesús busca la cima de la colina, sabiendo que sólo allí podrá descansar finalmente.

Entre la muchedumbre hay quien observa pensativo, hay quien es capaz de mostrar todavía un poco de compasión, Se dice que estaba la Madre, muchas mujeres, muchos beneficiados o testigos de sus milagros. Pero ahora todo parece irreal, y nadie podría parar ya el movimiento inexorable de aquel engranaje. Unos pocos pasos más –pero ¡cuánto cuestan!– y Jesús habrá llegado a la cima.

Los tres palos están clavados en el terreno. Uno tras otro –puede que Jesús el último, ya que se trata del más famoso de los tres–, los condenados serán tirados al suelo, con los hombros sobre el patibulum que han llevado. Gritan suplicando, llenos de terror. El hombre llamado Jesús sigue siendo distinto. Seguramente se tendería espontáneamente, y en vez de cerrar la palma de la mano apretándola convulsivamente, la presentaría dócilmente. Con un poco de experiencia, al verdugo le basta palpar en la base de la mano, donde se nota un pequeño agujero, para saber que ese es el punto justo. Allí va metida la punta del grueso clavo de carpintero. Es el agujero de Destot, el único espacio libre entre los pequeños y abundantes huesos del carpo. Sólo por allí puede pasar el clavo sin romperlos.

Alguien había previsto también este detalle. Naturalmente que el verdugo no sabe nada, él sólo hace su trabajo del modo más rápido y razonable posible. Sin embargo, Alguien –el mismo que había establecido que no se rompieran los huesos del cordero durante la cena pascual– parece haber pensado también en esto. Era el único modo de no fragmentar los huesos de la mano de Aquel a quien el amor había transformado en el chivo expiatorio de la humanidad, en el Cordero de Dios llamado a cargar sobre sí los pecados del mundo; en el Cristo que ahora va a ser clavado en la cruz. Sólo un espacio libre. La Sábana lo sabe.

Empujado por un martillo pesado golpeado con fuerza, el clavo traspasa con facilidad todo el grosor de la mano, uniéndola al travesaño de madera. El clavo no era de sección circular, sino cuadrangular, como los usados por los carpinteros para los entarimados. Es fácil decir: «imagínate qué dolor», pero un espasmo de dolor semejante sólo puede comprenderlo quien lo pasa. Además, no fue el único ni el mayor sufrimiento. Teniendo en cuenta las conclusiones que derivan de una atenta lectura de la Sábana, si en la mano izquierda la crucifixión no presentó problemas técnicos, en la otra mano parece que, por ser el clavo más grueso o menos afilado, no penetró al primer intento, sino que tuvo que ser clavado y extraído varias veces antes de que alcanzara el patibulum.

El doctor Judica-Cordiglia, que hace notar este detalle, explica también la acción del clavo:

«al traspasar el carpo, no sólo cortó el nervio mediano, sino que con sus esquinas afiladas seccionó los nervios de los músculos flexores de los dedos» (Op. cit. 75-76).

La lesión del nervio mediano, extremadamente dolorosa, hace que el pulgar se pliegue automáticamente hacia la palma de la mano herida. Ese es el motivo por el cual en la imagen de la Sábana aparecen solamente cuatro dedos en las manos.

Finalmente, el último condenado, el manso y silencioso condenado a muerte, con los brazos ya clavados al patibulum, es alzado en el stipes. Allí queda suspendido unos momentos con el cuerpo suelto. Vuelvo a decir que apenas podemos imaginarnos semejante dolor, aquel dolor. Faltan por clavar los pies, que están más o menos a un metro del suelo. Nueva tortura que se reserva a los miembros inferiores, al intentar fijar la planta del pie al palo vertical. Esto sólo es posible apretando con fuerza sobre el pie mismo, de modo que toda la pierna, y especialmente la rodilla, vienen forzadas a doblarse, y el cuerpo del crucificado desciende de ese lado. El soporte que casi siempre vemos sostener los pies en los Crucifijos es un piadoso invento del artista que interpreta la compasión popular; ese soporte de madera no existió en realidad. Mientras tanto, es objeto de discusión si los pies fueron fijados al larguero sólo con un clavo o con dos –Ricci no está de acuerdo con Judica-Cordiglia, mientras que la imagen tridimensional parece confirmar que los pies fueron clavados al madero con un sólo clavo–. También son distintas las interpretaciones del hecho de que la imagen de la Sábana muestre el hombro derecho notablemente bajado. ¿Fue a causa del pesado patibulum transportado hasta el Gólgota o por una violenta torcedura de la pierna?

De todos modos, una cosa es cierta, que el agujero de Destot es providencial: pensándolo bien, era prácticamente imposible que un clavo puesto en la palma de la mano, en el metacarpo, pudiese sostener un cuerpo suspendido, que en el caso de Cristo debía pesar unos 80 kilos; un cálculo matemático dirá que en cada brazo venía ejercitada una fuerza de tracción de 95 kilos. El cirujano doctor Barbet ha hecho decenas de experimentos en este sentido, confirmando que si se clavara un cuerpo en el centro de la mano, se producirían en ella rápidamente desgarramientos verticales, precipitándose al suelo.