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Capítulo 48

1-11: «Por mí, por mí lo hago»

Como en otros textos anteriores, el profeta recuerda a Israel su pecado. Es un pueblo «obstinado» (v. 4), «perdido» y «rebelde» (v. 8), que se resiste a fiarse de Dios y a someterse a sus planes.

Es cierto que invocan al Dios de Israel y se apoyan en Él, pero «sin verdad ni rectitud» (vv. 1-2). Es decir, no son coherentes ni consecuentes con su fe: si realmente creen en el verdadero Dios, deberían contar con Él con todas las consecuencias; sin embargo, no se fían de Él ni de la palabra que en su nombre les anuncia el profeta, no se entregan ciegamente a sus designios de salvación.

A este pueblo sordo (42,18-19), el profeta quiere quebrantarle su sordera proclamándole una vez más la palabra eficaz y poderosa en nombre de Yahveh -«escucha» (v. 1)- para que de una vez se entere y comprenda los planes de Dios. Tiene que darse cuenta que ha sufrido «en el crisol de la desgracia» (v. 10) porque Yahveh mismo les ha castigado merecidamente por sus pecados, anunciándolo primero y ejecutándolo después (vv. 3-5). Pues bien, si el Señor ha cumplido el castigo anunciado, ¿cómo no va a llevar a cabo la salvación que ahora promete (vv. 6-8)?

Lo que el Señor tiene preparado es algo que Israel desconoce, pues es algo enteramente nuevo (v. 6), tan nuevo como que está siendo creado «ahora» por Él (v.7). Y además es algo totalmente inmerecido, algo que Yahveh realiza únicamente «por amor de su nombre». Fue este motivo el que le llevó a tener paciencia con el pueblo pecador, a retardar el castigo y no destruirles del todo -aunque eso hubiera sido lo justo- cuando les mandó al exilio (v.9). Y es su «fama», su «prestigio» como Dios lo que le lleva ahora a salvar a su pueblo aunque no lo merece (v. 11): si permitiera la destrucción de su pueblo quedaría comprometido su «honor», pues daría la impresión de mala voluntad o de no poder o no saber salvar a su pueblo (Num. 14, 15-19).

-Aunque no hubiera más motivos de esperanza, ¿no bastaría éste de la honra y la gloria del Señor? Cuanto más difícil y negativa sea la situación, cuanto más inmerecida sea la intervención salvadora del Señor, más hemos de esperar esa intervención, pues entonces hay más ocasión de que Dios «se luzca», de que manifieste a los ojos del mundo quién es Él: su grandeza infinita, su poder soberano, su amor gratuito, su capacidad de salvar, su sabiduría maravillosa, sus planes increíbles, su providencia detallista y misericordiosa.

12-19: «Si hubieras atendido a mis mandatos»...

Con inmensa paciencia, el Señor -y en su nombre el profeta- amonesta una vez más a su pueblo intentando convencerle de que crea y se entregue: «escúchame» (v. 12) es como decir «hazme caso», «fíate de mí». Para ello, una vez más se presenta Yahveh como el Dios eterno, dueño del pasado y del futuro (v. 12), como el Creador soberano de todo lo que existe -cielos y tierra- (v. 13), y como el conductor supremo de la historia que se sirve de Ciro -a quien denomina «mi amigo»- para realizar su deseo (vv. 14-15).

Además recuerda al pueblo que su actual situación calamitosa no se debe a que el Señor le haya abandonado (49,14), sino a que ellos han abandonado al Señor y no han hecho caso de sus mandatos (v. 8). En efecto, con sus mandamientos el Señor había marcado a su pueblo el camino por donde debía caminar, enseñándole lo que era bueno y provechoso para él (v. 17). A Israel le debía resultar fácil seguir ese camino que el Señor le daba para vida y felicidad, máxime cuando sabía que no existía término medio y que seguir otro camino conllevaba inevitablemente muerte y desgracia (Dt. 30, 15-20). Pero se ha «obstinado» en su desobediencia (48, 4-8) y ahí están los resultados: en vez de «paz» y «justicia», destierro y opresión; en vez de un pueblo innumerable como la arena de las playas, un resto disminuido e insignificante.

Y se les recuerda esto inmediatamente antes de que se les dé la orden «salid de Babilonia» (48,20). Ahora que el destierro está para concluir, el pueblo debe saber que nunca ha de olvidar la experiencia del destierro. Deben aprender bien la lección para el futuro: su fracaso y decepción les viene de su infidelidad al Señor y a sus mandatos y nada más que de ella. Ya que no se han fiado del Señor que se lo había advertido (Dt. 30,15-20), que al menos aprendan de esta experiencia en propia carne.

-«Si hubieras atendido a mis mandatos»... Cada uno de nosotros debe escuchar en primera persona este lamento dolorido del corazón de Dios. Debe dejárselo decir por el mismo Dios. Un Dios que busca apasionadamente nuestra dicha y nuestro bien y nos ha enseñado el camino en su palabra (Mt. 5,2-12). Un Dios que anhela que demos fruto y fruto abundante (Jn. 15,16) y nos ha instruido en el modo para darlo (Jn. 12,24). No, no hay otra causa de nuestra infelicidad y de nuestra esterilidad. En nuestra rebeldía y obstinación está la explicación de todo. Este lamento de Dios debe ser motivo continuo de contrición. No para replegarse sobre sí mismo y para lamentarse inútilmente de un pasado que quedó atrás, sino para arrepentirse y aprender de la experiencia pasada, para enmendarse y abrirse a un futuro nuevo.

22-22: «¡Salid!»

Desde el inicio mismo de la profecía se había invitado al pueblo a secundar la acción de Dios: «abrid camino a Yahveh» (40, 3). Ahora no se trata sólo de preparar el camino al Señor, sino de ponerse ellos mismos en camino, siguiendo -eso sí- al Dios que va al frente de ellos (52,12). Es la coherencia de la fe: si creen lo que el profeta les ha dicho de parte de Yahveh -que el Señor ha rescatado a su pueblo y que la ruina de Babilonia está decretada- la actitud coherente no puede ser otra que ponerse en camino para salir de Babilonia.

Y sin embargo todo se sigue realizando en la fe. De hecho, ni Babilonia ha caido aún ni Israel ha sido liberado. El Señor llama a su pueblo a embarcarse en un futuro nuevo conocido sólo por Él (48,6-7), y esto exige una fe ciega en Él y una confianza inquebrantable en su palabra que dirige la historia según su voluntad. Es más: salir de Babilonia implica -como el primer éxodo- introducirse en el desierto (v. 21), es decir, emprender una aventura llena de riesgos e inseguridades.

Lo cual no impide que esta fe sea firme y cierta: el profeta contempla una vez más la intervención de Dios como un hecho -«Yahveh ha rescatado a su siervo»-, ve al Señor dispensando agua abundante para su pueblo en pleno desierto y exulta anunciando «hasta el extremo de la tierra» la salvación que percibe como un hecho irreversible.

-La auténtica fe es coherente con la vida. Ser «creyente» y «no-practicante», en el fondo es ser poco o nada creyente. Las incoherencias en nuestra vida práctica muchas veces están indicando falta de fe: no acabamos de creer que lo que Él nos dice es la verdad, es nuestro bien, es el camino de la felicidad. La auténtica fe lleva a «ponerse en camino» -como fue el caso de María- para poner por obra lo que Dios nos dice. En realidad no hay contraposición entre fe y obras. Lo que el Señor quiere ante todo es que creamos en Él (Jn. 6,29). Si existe esta verdadera fe normalmente se traducirá en obras, pues la fe de suyo es dinámica y activa (Gal. 5,6)