fundación GRATIS DATE

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

Otros formatos de texto

epub
mobi
pdf
zip

Descarga Gratis en distintos formatos

Capítulo 43

1-7: «Tú eres mío»

Isaías II es una auténtica catarata de motivos para la esperanza. A los ya indicados, ahora añade otros nuevos.

Ante todo subraya que el pueblo le pertenece a Yahveh por derecho propio, porque Él le ha creado y le ha plasmado (v. 1); celoso de lo que es suyo, Dios evidentemente no va a abandonar a su pueblo, sino que va a rescatar y a recuperar su propiedad personal (Ex. 19,5). Y si es cierto que no les ahorra pasar por pruebas y dificultades, no es menos cierto que en medio de esas pruebas permanece con ellos, sosteniéndolos para que no reciban daño alguno (v.2).

Las expresiones del v. 4 no sólo mueven a la esperanza, sino que derrochan ternura: «eres precioso a mis ojos, eres estimado, y yo te amo». Estamos en las antípodas del supuesto olvido y abandono por parte de Dios. Por el contrario, el Señor manifiesta una complacencia y una ternura inigualables con el miserable e insignificante «gusanito de Jacob». Es el amor gratuito de Dios, que no ama por lo que encuentra de valioso en el destinatario de su amor, sino que al amarlo lo crea, lo redime, lo regenera. Tanto ama Dios a su pueblo que es capaz de dar cualquier cosa a cambio de su vida.

Pero hay más. Este pueblo Dios lo ha creado para su gloria (v. 7). De algún modo la gloria de Yahveh está condicionada a la suerte de su pueblo, que lleva su nombre. Por tanto, ¡es la gloria de Yahveh la que está en juego! No es sólo el bien de Israel, sino que en ese rescate está en juego que brille ante todos los pueblo el poderío absoluto y soberano de Yahveh. Salvando a su pueblo débil y humillado Dios demostrará ante todo quién es Él.

Por dos veces le vuelve a repetir a Israel que no tema, porque su Dios está con él. Yahveh va a proferir una orden terminante dirigida a todas las naciones para que le devuelvan sus hijos e hijas, para rescatar a los que son suyos; de este modo volverá a reunir entorno a sí a todo su pueblo.

-También hoy el pueblo de Dios está disperso y desunido, las ovejas del Señor vagan errantes y sin rumbo. Pero nosotros tenemos muchos más motivos para esperar una renovación total que los israelitas exiliados. Dios nos ha demostrado su amor dándonos a su propio Hijo como rescate (Jn. 3, 16; 1Jn. 4,9-10); por tanto, ¿cómo no nos va a dar todo con Él? (Rom. 8,31 ss). No sólo pertenecemos a Dios por ser creatura suya, sino además por haber sido redimidos, comprados de nuevo, por la sangre de Cristo (1Cor. 6,19-20; 1Pe. 1,18-20). Y en cuanto a la gloria de Dios, ¿no deberíamos prestarle mucha más atención? La gloria se manifiesta y realiza dando a los hombres vida en plenitud (san Ireneo). Cristo se glorifica a sí mismo produciendo y comunicando santidad a su Iglesia y a cada uno de sus miembros.

8-13: «Vosotros sois mis testigos»

Dos veces en estos versículos aparece esta expresión. En un contexto de pleito con las naciones paganas y sus falsos dioses, Yahveh proclama solemnemente que Él es el único Dios y no ha habido ni habrá otro. Y para acreditarlo en ese imaginario debate o juicio público llama a su pueblo como testigo ocular de las maravillas que ha realizado (Dt. 4,35).

Precisamente para eso ha sido elegido Israel (v. 10): su misión consiste en testimoniar lo que a lo largo de la historia ha ido haciendo con ellos (Sal. 78,3-4). Recapacitando sobre esos acontecimientos, Israel tenía motivos sobrados para conocer a Dios, para comprender quién es Yahveh y para fiarse de Él confiando totalmente en su amor y su poder. Pero como el pueblo en su ceguera (v. 8) ha sido incapaz de aprender la lección de la historia, el Señor les invita a ser testigos de las nuevas maravillas que ya ha anunciado y está a punto de realizar (vv. 12-13).

-«Vosotros sois mis testigos»: también esta es la misión encomendada a los apóstoles y a toda la Iglesia (He. 1, 8). No somos llamados ante todo a transmitir doctrinas, sino a testimoniar la realidad maravillosa de un Dios vivo y personal que actúa transformando la vida de los hombres. ¡Ojalá tengamos la lucidez que el pueblo de Israel para comprender el significado de las obras de Dios y más valentía para testimoniarlas a todos los hombres!

14-21: «Mirad que realizo algo nuevo»

«No os acordéis de lo antiguo» (v. 18): esta afirmación es chocante, porque en Israel era fundamental precisamente el recordar las antiguas hazañas que Dios había realizado a favor de su pueblo (Sal. 78,3-7); haciendo memoria de las maravillas pasadas, el pueblo alimentaba su fe en Yahveh y avivaba su esperanza de que en el presente y en el futuro seguiría actuando de la misma manera.

Y es más curioso aún cuando comprobamos que el propio profeta alude a los acontecimientos del éxodo (vv. 16-17): el que habla es el mismo Yahveh que liberó milagrosamente a su pueblo de la esclavitud de Egipto, y lo que hizo entonces es prenda y garantía de lo que va a hacer en el presente y en el futuro. Y, sin embargo, insiste: «no os acordéis de lo antiguo». ¿Acaso el profeta se contradice a sí mismo y contradice la fe de Israel?

Lo que en realidad quiere subrayar es que la esperanza está esencialmente proyectada hacia el futuro. Hay que mirar hacia atrás, sí, pero lo justo para aprender del pasado, alimentar la esperanza y proyectarse hacia el porvenir. Existe el peligro de quedarse atrapado en la contemplación nostálgica del pasado. Además el Señor está preparando «algo nuevo»: nuevo no sólo en cuanto distinto de lo pasado, sino en cuanto cualitativamente nuevo, más grande, más maravilloso. Más aún, «ya está brotando, ¿no lo notáis?» (v. 19): lo mismo que los primeros brotes del campo aseguran al agricultor una buena cosecha, el hombre de fe percibe de antemano en los signos pobres la acción fecunda de Dios.

Dios prepara para su pueblo un nuevo éxodo, más maravilloso que el antiguo. Para Él nada hay imposible: es capaz de abrir caminos en el desierto y de hacer brotar fuentes para que beba su pueblo sediento (vv. 19-20). Y este pueblo nuevo, creado por esta acción nueva de Dios, prorrumpirá espontáneamente en alabanzas a Yahveh por lo que ha visto y oído, por lo que ha experimentado en propia carne.

-Dios es siempre el mismo, por eso es coherente consigo mismo, pero a la vez no se repite. Lo que hizo es signo de lo que hará, pero a la vez el signo queda desbordado: la antigua alianza es superada infinitamente por Jesucristo y lo que ya poseemos no tiene comparación con lo que Dios nos tiene preparado en la gloria definitiva (1Cor. 2,9).

También nosotros necesitamos aprender del pasado -la Iglesia primitiva, la vida de los santos-, pero no para repetirlo, sino para encender en él nuestra esperanza y abrirnos a lo nuevo que Dios nos prepara. Porque lo que Dios nos tiene preparado es siempre más y mejor -aunque no sepamos exactamente qué, ni cómo, ni cuándo- de lo que nosotros alcanzamos a imaginar. Y aún cuando las realizaciones históricas sean siempre deficientes, la esperanza se proyecta siempre al don perfecto y definitivo de la escatología.

El cristiano está siempre proyectado a un futuro más grande y mejor -en definitiva, hacia la vida eterna con Dios-. Pero en la medida en que va experimentando las maravillas de Dios se dedica ya en este mundo a proclamar las alabanzas del que nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (1Pe. 2,9). Después lo haremos por toda la eternidad.

22-28: «Pero tú no me invocabas»

Todo el tono de Isaías II es profundamente esperanzador. Pero el profeta no puede olvidar que la situación actual del pueblo es debida a su pecado. Y estos versículos son una llamada a la conversión.

No se trata de aguar la fiesta, sino de reconocer que las cosas nuevas que Dios anuncia están condicionadas a la conversión del pueblo, de manera semejante a como el futuro -humanamente hablando- de una persona está dependiendo de la curación de una enfermedad que padece. Así, la conversión se integra plenamente en la esperanza y forma parte de ella.

El pueblo debe reconocer que arrastra una larga historia de pecado: «ya tu primer padre pecó, tus jefes se rebelaron contra mí» (v. 27), y han sido estos pecados los que le han llevado al fracaso (v. 28). Yahveh, a quien el pueblo ha cansado una y otra vez con sus pecados (v. 24), ha perdonado una y otra vez por amor a su nombre profanado (v. 25). Con ello se está invitando a Israel al arrepentimiento sincero, pues Dios está dispuesto -y aun deseoso- al perdón.

-La aplicación es fácil. Sin conversión no hay esperanza posible. Toda esperanza de vida es ilusoria mientras la persona conserve el tumor que antes o después acabará arruinando su vida. La esperanza de renovación de la Iglesia y de la sociedad pasa necesariamente por la conversión. Sin un reconocimiento y arrepentimiento del pecado no se camina en la verdad, se construye en falso y se arruina de antemano el futuro.