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Capítulo 41

1-7: El Señor de la historia

Cuando Isaías II predica, probablemente han llegado noticias de que Ciro avanza de forma incontenible conquistando ciudad tras ciudad (v. 3), de forma que las naciones todas tiemblan ante la posibilidad inminente de una invasión (v. 5).

Entonces el profeta, inspirado por el Espíritu, reconoce que ese avance de Ciro -a quien no se mencionará por su nombre hasta 44,28- no es casual ni responde simplemente a las contingencias de la política y de la historia. Por eso lanza desafiante la pregunta dirigida a todas las naciones (v. 1): «¿quién le entrega los pueblos y le somete los reyes?» (v. 2)

Ciertamente no son los ídolos, que siendo hechura de manos humanas e incapaces de moverse a sí mismos (vv. 6-7), ¡cuánto menos serán capaces de mover los hilos de la historia!

Para el profeta la respuesta es muy clara. Él, que ya nos ha dicho que Dios maneja a su gusto a los poderosos de este mundo (40, 23-24), sabe que Yahveh había entregado a su pueblo en manos de Babilonia como castigo por sus pecados (47,6). ¡Él es el Señor absoluto de la historia y ahora guía a Ciro para que derrote a los babilonios y dé a su pueblo la carta de libertad! Él lo ha previsto todo y lo ha anunciado de antemano, Él lo realiza y ejecuta, porque su poder desborda por encima del tiempo y del espacio, abarca el presente, el pasado y el futuro, precede a todo y sobrevivirá a todo, Él es antes y será después (v. 4). Su señorío es absoluto.

-Toda la Biblia rezuma esta certeza: nada pasa por casualidad, todo es querido por Dios y tiene un sentido, un porqué y un para qué.

Dios nos habla también hoy en los acontecimientos grandes o pequeños que suceden en nuestro tiempo. Pero hemos de aprender a leer en lo contingente de la historia y de las circunstancias cotidianas el mensaje de Dios que encierran. Para ello es necesaria una fe viva y una capacidad de reflexionar: así podremos captar la voluntad de Dios en todo lo que sucede. Eso que el Concilio Vaticano II llama «signos de los tiempos» (GS 4).

8-16: «Estoy contigo»

Pues bien, este Dios soberano, Señor de la historia, es el aliado de Israel («yo soy tu Dios»). Por eso el pueblo no tiene nada que temer. El Dios infinito y eterno es también el Consolador (51,12) y ahora se dirige a su pueblo con expresiones de inmensa ternura que buscan alentar y mover a la confianza a los que se encuentran completamente desanimados y desesperanzados.

Llama a su pueblo «siervo mío» (expresión que aquí tiene un matiz de confianza y amor, más que de dominio), «mi elegido» (Yahveh ha escogido a Israel de entre todos los pueblos por puro amor, sin mérito alguno por parte de ellos: Dt. 7,7-8), «estirpe de Abraham, mi amigo» (con ello recuerda todas las bendiciones prometidas por Dios a la descendencia de Abraham: Gen 17,4-8; 22,16-17).

A este pueblo débil y temeroso, humillado por los babilonios, su Dios le quiere asegurar con toda su firmeza su protección amorosa: «no te he rechazado» (v. 9); «yo estoy contigo», «te he robustecido», «te he ayudado», «te tengo asido con mi diestra victoriosa» (v. 10); «yo mismo te auxilio» (v. 13-14); más aún, «te tengo asido por la diestra» (v. 13), del modo como un padre agarra con fuerza a su hijo pequeño de la mano para que no se caiga ni se pierda.

Dios llega incluso a presentarse como «go’el» (el redentor) de su pueblo. En la legislación de Israel el «go’el» es el pariente más próximo que en caso de asesinato tiene la obligación de hacer justicia a la víctima dando muerte a su agresor (Núm. 35,19) y que en caso de defunción debe casarse con la viuda para dar descendencia al difunto y evitar al mismo tiempo la enajenación de su patrimonio (Rut 2,20). Que Dios es el «go’el» de Israel significa que en virtud de la alianza se ha ligado a su pueblo y está obligado a proteger y a liberar a su pueblo oprimido. Dios por la alianza ha querido hacerse el «pariente más próximo» de Israel y es por eso su protector oficial.

Ciertamente Israel es débil: es como un gusanillo insignificante (v. 14) que puede ser pisoteado fácilmente por cualquiera. Por sí solo no es nada. No puede nada. Pero con el auxilio de su Dios lo puede todo, hasta el punto de ser convertido en «trillo aguzado, nuevo, dentado», capaz de triturar los montes y transformar las colinas en paja, símbolo de los enemigos que son dispersados por el viento (vv. 15-16); en efecto, ante Israel los adversarios «se avergonzarán y confundirán» (v. 11), «serán como nada y nulidad» (v. 12).

Con la herida del exilio aún abierta, estas palabras no son sólo de consuelo. Pretenden hacer reflexionar a los exiliados: si han sufrido el destierro fue precisamente por confiar en otras ayudas en vez de confiar en su Dios (Is. 30,1-5); pues bien, a éste Israel humillado por la experiencia de su propio fracaso se le invita a aprender la lección y a apoyarse sólo en su Dios, el único que puede salvar: la experiencia de la salvación gratuita que se les ofrece debe llevarles a alegrarse en el Señor y a «gloriarse» -es decir, apoyarse, confiar- sólo «en el santo de Israel», en el Infinito, el Poderoso, el Incomparable.

-Los dos pilares más firmes de la esperanza son el poder infinito de Dios (que la hace ser dueño absoluto y señor soberano de todo lo que sucede, pasado, presente y futuro) y su amor inmenso (que le lleva a emplear todo su poder a favor de aquellos a quienes ama).

A la luz de la enseñanza del profeta, también la Iglesia -y en ella cada uno de nosotros- ha de aprender a descubrir lo que ella significa para Dios. Porque todo lo dicho por Isaías II alcanza una plenitud insospechada en Cristo. Él es el verdadero «go’el», porque haciéndose uno de los nuestros («de nuestra carne y sangre»: Heb. 2,14; «en todo igual a nosotros, excepto en el pecado»: Heb. 4,15) ha llegado a dar su vida por nuestra salvación y es el perfecto y definitivo Redentor.

En Él está la fuerza de la Iglesia, no en otros apoyos humanos o medios mundanos. Sólo en El se apoya la esperanza auténtica, la que no defrauda (Rom. 5,5)

17-20: «Transformaré el desierto en estanque»

La esperanza pone frente a frente la nada y la impotencia absoluta del hombre con la grandeza y el poder infinito de Dios.

A Israel, que se le ha presentado como «gusanillo» diminuto e insignificante, le vemos ahora como un grupo de «pobres e indigentes» que buscan agua y no la encuentran; sedientos, con la lengua «reseca de sed» en pleno desierto, no encuentran agua porque sencillamente «no la hay», «no hay nada». Es una vez más la expresión de la impotencia de un pueblo, por sí mismo abocado a la destrucción y la muerte.

Pero esta situación -de suyo desesperada- tiene remedio, porque Dios «responde» y promete «no desamparar» a su pueblo.

Además la intención de Dios va a ser «a su medida»: responde transformando el desierto en un verdadero paraiso, suscitando vida donde no la había. La imagen es, una vez más, insuperable y de una expresividad extraordinaria. Es una imagen de resurrección -en la misma línea de Ez. 37, 1-14-, que viene como anillo al dedo a un pueblo decaido y moribundo.

La medida de la esperanza está en proporción a la medida del poder de Dios; pero como «para Dios nada hay imposible» (Lc. 1,37), la esperanza no tiene límite. De hecho el profeta apela al poder creador de Dios (v. 20). Una acción de este tipo -transformar el desierto en paraíso- es tan desproporcionadamente sobrehumana que todo el que la vea no tendrá más remedio que reconocer «que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado».

-La palabra de Dios nos obliga a preguntarnos hasta dónde llega nuestra esperanza. Dios no pone simples parches o remiendos. Lo propio de su acción es crear, suscitar algo enteramente nuevo, hacer surgir vida donde no existía.

¿Hasta dónde espero? Hecha a la medida del poder de Dios, nuestra esperanza no debe tener límites. Pues es precisamente nuestra falta de esperanza la que pone diques la poder de Dios, ya que delante de Dios el hombre «tanto alcanza cuanto espera» (san Juan de la Cruz).

21-29: «Sólo el Señor es Dios»

La gran batalla que el profeta debe librar es contra la desesperanza de su propio pueblo. Desesperanza que llega a ser tentación de apostasía. No sólo se sienten abandonados de su Dios, sino que llegan a pensar que Yahveh sea menos poderoso que Marduk, rey de Babilonia. Su situación actual -humillados y reducidos a la nada, sin culto ni templo- frente al esplendor y magnificencia de los cultos babilonios, ¿acaso no parece indicar esto?

El profeta se ve obligado a afrontar también esta tentación, y lo hace imaginando un juicio o pleito de Yahveh contra los supuestos dioses babilonios. La conclusión es que «todos juntos son nada y sus obras son vacío» (v. 29), ya que nada hacen -ni bueno ni malo: v. 23- y nada dicen -ni explican lo pasado ni anuncian lo futuro: vv. 22-23-.

Por el contrario, Yahveh se muestra como Dios vivo y verdadero, porque hace y dice. Ante todo actúa: ha «suscitado» a Ciro y le ha llamado «por su nombre» para que realice la misión que le encomienda. Y además habla: ha predicho «de antemano» lo que iba a suceder (vv. 26-27). Su palabra ilumina el sentido de los acontecimientos y estos certifican la veracidad de sus palabras.

-Lo mismo que el pueblo de Israel experimentaba la seducción de los ídolos y del culto babilonios, también los cristianos de hoy experimentan la seducción de otros ídolos y de otros cultos, que -como en el caso de Babilonia- tienen más apariencia y vistosidad que el «Dios escondido» (45,15). La técnica, el poder, el tener... parecen más eficaces que la fe en este Dios invisible...

Por esto también hoy es necesaria la lucidez de la fe para no dejarse seducir y para reconocer que no son Dios, que ni salvan ni dan sentido a la vida, y que precisamente sólo el «Dios escondido» es capaz de salvar (45,15).