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Introducción

Hace algún tiempo se me ocurrió que los capítulos 40-55 del libro del profeta Isaías -que se suele conocer como Deuteroisaías o Segundo Isaías- podían ser particularmente iluminadores para nuestros días. Aunque median muchos siglos entre él y nosotros, hay una situación bastante común: A él le tocó predicar en tiempo del exilio, en medio del decaimiento general y la desesperanza más absoluta, anunciando al pueblo elegido la liberación del destierro y su renovación como pueblo de la alianza; a nosotros nos toca vivir en una época difícil, de «exilio espiritual» -en medio de un paganismo cada vez más avasallador-, en que somos llamados a una nueva evangelización que tropieza sobre todo con el escollo del desencanto y la desesperanza de los propios creyentes. En este sentido, el Segundo Isaías puede ofrecernos las claves más profundas para una renovación personal y comunitaria con vistas a poder cumplir la difícil misión que tenemos encomendada en este final del segundo milenio y comienzo del tercero.

El «Deuteroisaías»

Los exegetas dan por hecho con bastante unanimidad que los capítulos 40-55 del actual libro de Isaías, no pertenecen al profeta que lleva ese nombre y que predicó en Judá en la segunda mitad del siglo VIII a. C. El trasfondo histórico ya no es la época en que Asiria era la potencia dominante, sino la época del destierro de Babilonia, es decir siglo y medio después de la muerte de Isaías. Y algo parecido hay que decir de las diferencias de estilo y del mensaje religioso que uno y otro pretenden transmitir.

Nada sabemos en concreto de este nuevo profeta, a quien los estudiosos han dado el nombre de «Deuteroisaías» o Segundo Isaías. Pero sí conocemos las circunstancias históricas en que predicó, y estas circunstancias nos ayudan a entender mejor su mensaje.

Parece cierto que ejerció su misión entre los israelitas desterrados en Babilonia hacia el final del exilio -entre los años 553 y 539 a. C. aproximadamente-. Estos años se caracterizan por la rápida decadencia del imperio neobabilónico y el surgimiento fulgurante de una nueva potencia: el imperio persa, de la mano de Ciro.

Los exiliados anhelan, por una parte, la liberación y el retorno a su patria. En este sentido, el profeta asegura la pronta repatriación, que explica como una intervención de Yahveh que se sirve de Ciro como instrumento (45,1-7; cfr. 41,1-5; 48, 12-15). Por otra parte, ha cundido entre ellos el desaliento y el desencanto y hasta se ha instalado en ellos una profunda crisis de fe y de esperanza (40, 27; 49,14). Al profeta tocará despertar esta fe y reavivar la esperanza de su pueblo.

El profeta de la esperanza

Pues bien, ahí reside la grandeza del mensaje de Isaías II (es decir, Is 40-55). Este hombre de fe robusta y profunda se lanza a la tarea de convertir a la esperanza a su propio pueblo. Porque la vuelta del exilio contará con dificultades, pero la mayor es el mismo Israel que siente el peso de su fracaso y su decepción.

Para ello el profeta tiene una única arma: la palabra de Yahveh, de la que se sabe portador: se denomina a sí mismo «boca de Yahveh» (40,5). Pero esta palabra la transmite con una impresionante fuerza religiosa y con un extraordinario vigor expresivo.

Lo que una vez el Señor realizó, el acontecimiento central de la historia y de la fe del pueblo de Israel -la liberación de la esclavitud en Egipto y el don de la Tierra prometida-, sirve de referencia para las «cosas nuevas» que va a realizar: Dios prepara a su pueblo un nuevo éxodo para trasladarlo del destierro de Babilonia a su propia tierra.

Al pueblo le parece imposible este anuncio. En su desilusión no acaba de dar crédito al anuncio del profeta. Pero este asegura que la promesa del Señor es fiel, es eficaz y se cumplirá irrevocablemente.

Indudablemente Isaías II es el profeta de la esperanza. Lo que anuncia no se apoya en cálculos político-militares -aunque los tenga en cuenta-, sino en el poder de Dios, que ha creado todo de la nada y es capaz de hacer cosas grandes, y en su amor, que hace que siga eligiendo y cuidando al pueblo que se cree olvidado de su Dios.

Por eso la esperanza ve como posible lo que humanamente parece imposible. Pues se apoya en el poder de Dios, y este no tiene límites, es infinito. El es realmente «el Señor de lo imposible» (Charles de Foucauld) y es capaz de hacer surgir lo que no existe. La esperanza no tiene límites. Lo espera todo. Vive siempre a la espera del milagro.

Profeta de la nueva evangelización

El mensaje de Isaías II es perfectamente válido para nosotros. Lo sería por el hecho de ser palabra de Dios, sin más. Pero es que además Isaías 40-55 es uno de los textos del A.T. más cercanos al Nuevo; se diría que nos coloca en los umbrales de la revelación traída por Cristo. No es casual que la Iglesia haya elegido muchos de estos textos para su liturgia de Adviento, tanto para las primeras lecturas de la Misa como para las de Oficio de lecturas del Breviario. Como hemos visto, sus palabras tienen la virtualidad de desencadenar la esperanza.

Por otra parte, la riqueza de imágenes y símbolos utilizados por Isaías 40-55 facilita la actualización. Si todo el A.T. queda como «abierto» para recibir una plenitud de significación en Cristo, es indudable que cuando el lenguaje usado es simbólico -como es el caso de Isaías II- esta apertura es mucho mayor. De hecho Isaías 40-55 es uno de los textos más citados en el N.T., sea con citas explícitas o con alusiones implícitas.

Y además ya hemos visto cómo el contexto histórico en que se escribe tiene mucho que ver con el nuestro. El profeta -que se autodenomina «evangelista»: 40,9; 52,7- pretende espabilar a su pueblo, amodorrado por la desesperanza. El grito «¡despierta, Jerusalén!» (51,17; 52,1-2) es totalmente actual. También nuestra Iglesia necesita ser espabilada. Necesita ser convertida a la esperanza por la palabra del profeta. Sólo saliendo de su sueño y de su inercia, sólo dinamizada por una esperanza renovada, será capaz de ponerse en camino para cumplir la misión que tiene encomendada: el reto de la nueva evangelización. Y sólo desde una esperanza ardiente permitirá al Señor actuar y podrá abrirse a las «cosas nuevas», a las nuevas maravillas que El tiene preparadas para esta nueva etapa histórica.

Cómo usar este comentario

Ante todo, estas páginas pretenden enfrentar al lector con la Palabra de Dios. La Biblia es protagonista en exclusiva. Y este comentario tiene la función de un guía turístico: lo mismo que un buen guía explica, hace caer en la cuenta, orienta la atención... lo indispensable para que los demás entiendan, y luego los deja contemplando la pintura o el edificio en cuestión, así estas páginas sólo pretenden centrar la atención en la Palabra de Dios y ayudar a entenderla lo mejor posible.

Además, este comentario parte de dos convicciones básicas: que a la Palabra de Dios hay que acercarse con la mayor objetividad posible, sin manipularla con subjetivismos personales, y que a la vez nos ha sido dada para iluminar y orientar nuestra vida concreta, personal y comunitaria. Para lograr esta doble finalidad, primero cada fragmento es comentado en sí mismo, aclarándolo desde su trasfondo histórico, explicando sus imágenes, iluminándolo con otros textos de la Sagrada Escritura, etc.; y luego, arrancando del texto mismo, se hacen aplicaciones a la vida del cristiano o de la comunidad eclesial, actualizándolo para que arroje luz en nuestro momento presente.

En todo caso, estos comentarios no agotan la riqueza insondable de la Palabra de Dios. La lectura personal y en grupo, la oración, la reflexión, la confrontación de la Palabra con la situación de nuestro mundo... harán que los diversos creyentes extraigan más y más luz y fuerza de estos capítulos maravillosos.