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Las virtudes morales, disposiciones próximas a la perfección

Para ir adelante hacia la perfección, junto a todos los medios internos y externos ya señalados, es ciertamente necesario el ejercicio intenso de las virtudes morales, que vienen a ser disposiciones próximas para la santidad. Ellas, en efecto, preparan y abren el corazón, de modo que pueda arder cada vez más en el fuego del amor de Dios y del prójimo.

Y entre las virtudes morales hay que destacar las cardinales: prudencia y justicia, fortaleza y templanza. La prudencia, dirigiendo la razón a la luz de la fe, ha de gobernar los actos de todas las virtudes. La justicia, regulando las relaciones del hombre con Dios y con los otros hombres, es también virtud fundamental. También principales y necesarias son, sin duda, la fortaleza y la templanza:

En efecto, «los impedimentos que apartan la razón de la senda de la rectitud, son dos: el primero son las cosas dificultosas que la espantan; y el segundo las cosas deleitables que la pervierten. Por lo cual tiene nuestra razón necesidad de dos virtudes fundamentales que la hagan firme y constante contra las cosas árduas y dificultosas; y que la refrenen de los atractivos de las cosas agradables».III,86

La prudencia

San Agustín enseña que la prudencia es el conocimiento de las cosas buenas, malas o indiferentes. Es, pues, una ciencia de lo que se debe querer y de lo que hay que evitar o rehuir. Afecta a la memoria, a la inteligencia y a la providencia del hombre. Por la memoria, la persona evoca prudentemente los actos ya realizados; por la inteligencia, entiende las circunstancias de la situación presente; y por la providencia, conoce o prevé lo que va a suceder, antes de que ocurra (De div. quæst. 36,1).

La prudencia es, pues, una virtud del entendimiento, que muestra lo que debe hacerse u omitirse en cualquier asunto o acción particular. Es así como el acto virtuoso, bajo la guía de la prudencia, se realiza con la debida perfección. Y así es como la prudencia ha de gobernar el ejercicio de todas las virtudes.III,10-11

-Partes de la prudencia. Tres partes aprecia también Santo Tomás en la virtud de la prudencia. Por el consejo el hombre discierne los medios más adecuados para realizar con perfección cierta obra. Por el juicio aprecia rectamente los medios hallados, considerándolos apropiados en las circunstancias presentes. Y finalmente, la ejecución de la obra, en el modo elegido, vendrá decidida por la razón práctica (STh II,II, 47,8).

«La prudencia entonces, obrando conforme sus leyes, comenzará a buscar los medios idoneos a la redución áspera o amorosa: o sino conducirla con destreza a oír los sermones, o a leer algun libro devoto, o a confersarse con algun docto y zeloso sacerdote».III,11

-Consejo. En el prudente consejo actúa la memoria del pasado, recordando los fracasos y éxitos producidos en análogas circunstancias. Experientia magistra vitæ. Y actúa también la inteligencia, que a la luz de la fe discierne si una acción concreta es lícita o ilícita, conveniente o noIII,14.

Así enseña San Ambrosio: «El hombre santo y prudente, antes de hablar, considera lo que tiene que decir, a quién ha de decirlo, en qué lugar y en qué momento. Y recordando el resultado feliz o infeliz producido en otras ocasiones por palabras semejantes, elije aquellas que entiende más proporcionadas al fin pretendido» (De officiis ministrorum 1,10).

También es parte integrante del consejo prudente la docilidad, ya que por ella, pedimos o aceptamos el consejo de personas sabias y experimentadas, para hallar los medios más convenientes a un cierto fin.

«El Espíritu Santo nos amonesta frecuentemente en las Sagradas Letras, que no nos fiemos de nuestra prudencia, sino que seamos dóciles en tomar los consejos de otros».III,14 Por eso dice el Apóstol: «no seáis prudentes a vuestros propios ojos» (Rom 12,16).

-Juicio. Es competencia del juicio determinar especulativamente cuál es el medio más adecuado para conseguir cierto fin. No siempre el medio que a primera vista parece más idóneo es en la práctica el más oportuno. Quizá otro, aparentemente menos apto, es el que debe ser elegido. Es la luz de la fe la que debe iluminar la formación de un juicio recto y prudente en los casos particulares.III,19

-Ejecución. El mandato ejecutivo, que procede de la razón práctica, debe tener circunspección, es decir, consideración justa de todas las circunstancias que deben ser tenidas en cuentaIII,21-22, y también cautela o precaución contra los impedimentos extrínsecos que pudieran ser obstáculo o comprometer el éxito de la empresa.

La prudencia sobrenatural es, pues, una altísima virtud moral, ya que a la luz de la fe, ayuda a elegir aquellas acciones humanas que conducen a la unión con Dios y al gozo de la eterna bienaventuranza.

-Vicios opuestos. Ahora bien, como sabemos, todas las virtudes tienen vicios opuestos. Y en este sentido el cristiano que busca la perfección ha de evitar siempre la imprudencia, en la que puede caerse por dos vertientes principales:

-Por defecto. La precipitación, la prisa, es contraria al consejo prudente, y lleva a acciones desatinadas. Igualmente, la inconsideración, contraria al juicio, produce actos imprudentes, no suficientemente meditados. Y tanto la inconstancia como la negligencia son contrarias al juicio práctico ejecutivo, de modo que la persona, por motivos frívolos y sin causa justa, no se atiene a lo que rectamente había juzgado oportuno.III,23-24

-Por exceso puede ofenderse a la prudencia de cinco formas. La astucia, lo mismo que el fraude, es una prudencia de la carne, que falsifica la verdadera prudencia. El dolo es la astucia practicada principalmente con las palabras: «el dolo es una ejecución de la astucia, que pone por obra aquellos medios ocultos que ha premeditado ésta; y estos medios consisten en palabras falsas, y en obras engañosas»III, 21. A su vez, la solicitud desordenada de las cosas temporales o futuras «consiste en una ocupación excesiva del ánimo en acumular o conservar los bienes terrenos. Ésta nace de un afecto desmedido a los bienes caducos de la tierra, y de un temor demasiado de perderlos. La solicitud de las cosas futuras, es una ocupación excesiva del ánimo acerca de las cosas que han de suceder, junta con una ansia y poca confianza en la divina providencia».III, 22

-De lo dicho se infiere la primacía de la virtud de la prudencia en la búsqueda de la perfección cristiana. Así lo enseña Jesús: «os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como palomas» (Mt 10,16). Para San Bernardo, viene a ser lo mismo decir de un hombre que es prudente o que es virtuoso, o decir que es imprudente y calificarle de imperfecto o vicioso (Serm. Cant. 49,5).

«San Ambrosio justamente la compara a una fuente limpia; porque así como ésta con sus aguas puras da nutrimento a las plantas, y hermosura a las flores, así la prudencia con sus puros consejos y sabias determinaciones da a todas las flores de las virtudes morales cuanto tienen de hermosura y precio» (De officiis ministrorum, 1, 27).III, 24

Sin la prudencia, en efecto, todas las virtudes se ejercitan defectuosamente, y a veces causando daños y perjuicios. Con ella, en cambio, todas orientan y sirven adecuadamente al fin pretendido: la perfecta unión con Dios y con el prójimo por la caridad.

-Medios para adquirir prudencia. La misma sagrada Escritura, alabando siempre la prudencia, enseña los medios para crecer en ella:

-La oración de súplica a Dios, fuente de la prudencia, como Él mismo nos enseña: «a mí me pertenece el consejo y la equidad, la prudencia y la fortaleza» (Prov 8,13). A Dios, pues, hay que pedir esta gran virtud. Y sólamente a su luz será posible hallarla y adquirirla (III,29). Es el respeto, la veneración, el temor del Señor lo que constituye el principio de la sabiduría y de la prudencia (+Ecli 32,14-23).

Sabiamente Tobías le dice a su hijo: «sigue el consejo de los hombres prudentes y no desprecies ningún buen consejo. En todo tiempo bendice al Señor Dios, y pídele que tus caminos sean rectos, y que todas tus sendas y consejos vayan bien encaminados. Porque no es del hombre el consejo; sólo el Señor es quien da todos los bienes» (Tob 4,19).

-La mortificación de las pasiones desordenadas, especialmente de los deleites insanos de los sentidos, es indispensable para adquirir la prudencia. Como hemos visto, es la prudencia la que, ejercitando la razón a la luz de la fe, ha de hallar en cada circunstancia el juicio más recto y oportuno. Pero las pasiones desordenadas inquietan, perturban y oscurecen la razón, de tal modo que no le permiten alcanzar determinaciones prudentes.

-La reflexión sobre las propias acciones es también medio necesario para la prudencia.

-El consejo de personas idóneas. También aquí habría que recordar aquella palabra de Dios en los orígenes: «no es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gén 2,18).

La justicia

Si partimos de la Escritura, veremos que la palabra justicia viene a ser con frecuencia sinónimo de santidad: los justos son los santos (+Mt 5,6.20). La justicia, en este sentido, abarca todas las virtudes.

Como virtud especial, sin embargo, es el hábito sobrenatural que inclina la voluntad constante y perpetuamente a dar a cada uno, a Dios y al prójimo, lo que estrictamente les pertenece por derecho (STh II-II, 58,1).

La justicia como virtud reside, pues, en la voluntad, no en el entendimiento. No se ordena a dirigir un acto cognoscitivo, como es el caso de la prudencia, sino a regular las relaciones debidas con los otros. Busca, por tanto, el bien honesto en las operaciones, que es el objeto de la voluntad. De este modo, la justicia ordena las relaciones particulares de los individuos entre sí, de cada uno de ellos con la sociedad, y de la sociedad con el individuo. Ella pone orden en todas las cosas y, por consiguiente, trae la paz y el bienestar de todos. Una paz que no es otra cosa que la tranquilidad en el orden. Por eso la Escritura afirma que «la paz es la obra de la justicia» (Is 32,17).

«Obra la justicia -dice San Agustín- y tendrás la paz, y así se besarán la paz y la justicia. Si no amas la justicia, no tendrás paz. Estas dos virtudes, la paz y la justicia, se aman y besan mutuamente, de tal modo que quien abrace la justicia encontrará la paz» (Com. Psalm. 84,5).

-Partes de la justicia. Como en las otras virtudes cardinales, hay que distinguir partes en la justicia.

-Partes integrantes, sin las que la justicia no puede existir, son apartarse del mal, no de cualquiera, sino del que es nocivo al prójimo o a la sociedad; y hacer el bien, no un bien cualquiera, sino aquél que es debido a los otros.

-Partes subjetivas de la justicia son la justicia legal y la particular, que puede ser conmutativa o distributiva.

La justicia legal inclina al miembro de un cuerpo social a dar a la sociedad cuanto es debido en orden al bien común. Se llama legal porque se funda en la exacta observancia de las leyes. Y como el bien común prevalece sobre elparticular, la persona se verá en ocasiones a sacrificar sus propios intereses por servir al bien común.

La justicia distributiva es virtud que obliga a quien distribuye los bienes comunes, para que tenga justamente en cuenta las necesidades y méritos de cada uno.

La justicia conmutativa es la que regula los derechos y deberes de los ciudadanos entre sí.III,50

Algunas virtudes logran sólo el bien de quien las ejercita. Pero la justicia, como la caridad, procura siempre el bien de los otros. En este sentido es especialmente alabada por San Ambrosio (De officiis ministrorum 1,28), y también por Santo Tomás (STh II-II, 58,12).

-Justicia y paz. Esto explica que justicia y paz sean, como hemos visto, hermanas que van siempre juntas. Si no hay justicia, no hay paz. Y si no hay paz, es que falta la justicia: «la razón es, porque todas nuestras inquietudes y turbaciones nacen del quebratamiento de algun derecho que tenemos, o a la hacienda, o a la honra; o a la indenmidad de nuestra persona, lo cual es lo mismo que decir, que tiene origen de algun rompimiento de justicia».III,57

-Los medios para adquirir y acrecentar la virtud de la justicia son éstos:

-Librar el corazón de todo apego desordenado a las riquezas. La mente de quien está excesivamente apegado a los bienes temporales está oscurecida, y su corazón se ve impedido para obrar en justicia. «porque de este soez apego tienen origen todos los agravios que se hacen al projimo, y todos los defectos que se cometen contra la virtud de la justicia».III,63

En efecto, «nada hay tan odioso como el avaro; él es capaz de vender hasta su alma» (Ecli 10,10). «Quien quiere pues, ser sequaz de la justicia, es necesario que tenga despegado el ánimo de la hacienda y del dinero, y que esté ageno de amontonar riquezas».III,63

-Guardarse de las pequeñas injusticias, por insignificantes que parezcan, pues «el que no es fiel en lo poco, no es fiel en lo mucho» (Lc 16,10).

-Tener bien presentes las obligaciones de la justicia, que fácilmente se olvidan o incluso se ignoran, cuando se atiende sólamente a los propios intereses.

En este sentido, «que acerca de las obligaciones de justicia proceda la persona con un exacto y delicado examen sobre sí misma, a fin de descubrir cualquier falta, y procurar solícitamente la enmienda».III,69

En realidad, con gran frecuencia le es difícil al hombre descubrir en sus negocios y actividades lo que está obligado por la justicia, pues le falta la luz que permite discernir lo que es justo y recto. Las pasiones y apegos desordenados oscurecen el discernimiento de la mente, y todo lo justifican. Muchos así, por esta causa, no llegan a distinguir lo justo de lo injusto, ignoran los perjuicios que, por acción o por omisión causan al prójimo, ofendiendo a la justicia.

De todo ello se infiere que la perfección del cristiano exige que sea justo, porque esta virtud le abrirá a la adquisición de otras virtudes necesarias a la santidad. Y sólamente promoviendo la justicia podrán los hombres vivir en paz con Dios y entre sí. Paz y justicia son dos virtudes hermanas.

La fortaleza

En un sentido amplio, la fortaleza es la virtud que vigoriza la voluntad para que, venciendo las dificultades que se encuentran en el ejercicio de las virtudes, pueda mantenerse firme en su ejercicio (STh II-II, 123,12). Recordemos que la misma palabra virtus significa en latín fuerza. No puede haber hombre virtuoso que no sea hombre fuerte en su adhesión a la verdad y en su tendencia hacia el bien.

«No hay virtud que en el ejercicio de sus propios actos no encuentre alguna dificultad. Así el obediente experimenta repugnancia en ir contra la inclinación natural que todos tenemos de seguir la propia voluntad para sujetarse al querer de otro. Así el humilde siente pena en vencer el instinto natural que tiene el hombre de sobrepujar y dominar, sometiéndose ahora a éste, ahora a aquel. Lo mismo digo de las demás virtudes. Y por eso el manternerse uno firme e inmoble contra estas dificultades ordinarias, y no dejarse apartar por ellas del camino derecho, no es virtud especial, sino una virtud quer a todas las virtudes compete».III,87

En un sentido más estricto, sin embargo, la fortaleza es la virtud que tiene por objeto las cosas sumamente difíciles de sufrir, como los males terribles, y que hace firme y constante el ánimo para soportarlos o para rechazarlos, cuando así conviene. En este sentido es una virtud particular, la tercera de las virtudes cardinales.III,88

Cuando los males parecen inminentes, despiertan en nosotros el temor, que es en nosotros una pasión poderosa para espantar nuestros corazones y apartarnos del bien árduo y difícil. Pues bien, oficio de la fortaleza es vencer en nosotros ese temor, haciendo nuestro ánimo firme e intrépido contra todo peligro, aunque sea de muerte, de tal modo que no nos separemos de las virtudes y no nos veamos entregados a los vicios contrarios.

Sin duda, entre los males de este mundo es la muerte el mal que más nos asusta. Por eso, el martirio, que consiste en soportar la muerte antes que abandonar el bien, constituye el acto principal y supremo de la virtud de la fortaleza. Es virtud propia de los discípulos del Crucificado: «no temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Temed más bien a Aquel que tiene poder para perder en la guehenna el alma y el cuerpo» (Mt 10,28).

La fortaleza, pues, es una virtud cardinal, infundida en el cristiano con la gracia santificante, que conforta el apetito irascible y la voluntad, para que no desistan de conseguir el bien árduo o difícil. Es, por tanto, la firmeza en el obrar. Éste es el acto primero de la fortaleza.

El acto segundo consiste en moderar la audacia, para que no vaya más allá de los términos de una justa y moderada oposición. Todo lo cual es posible después de tener vencido el temor. Por eso la ira y la audacia, cuando son moderadas por la razón, ayudan grandemente a la fortaleza a rechazar los males graves amenazantes.

En este sentido, es propio de la fortaleza unas veces atacar y otras en cambio resistir, a semejanza de un soldado metido en combate. Y la verdad es que de los dos actos el principal y más difícil es resistir, pues es más penoso y heróico resistir a un enemigo que, por el mismo hecho de ser atacante, se considera más fuerte y poderoso.

-La virtud de la fortaleza ha de ir creciendo en grados progresivos:

-El primero es mortificar las pasiones, combatir todos los vicios, despreciar los placeres inconvenientes y ejercitarse con firmeza y constancia en todas las virtudes. La fortaleza se manifiesta en el cristiano en la medida en que persevera en esta abnegación de sus afectos, y sabe mantenerse en un estilo de vida sobrio, penitente y autero.

«En realidad -dice San Ambrosio-, verdadera fortaleza es aquella por la que alguien se vence a sí mismo, reprime la cólera, no se deja llevar por los atractivos de ningún deleite, ni se perturba en las adversidades, ni se exalta en las prosperidades, ni se deja llevar por el viento siempre cambiante de las mudanzas humanas» (De officiis ministrorum 1,36).

-El segundo grado de la fortaleza está en la capacidad de exponerse al peligro de la vida por el bien espiritual o corporal del prójimo. En efecto, «no hay una caridad mayor que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). Dar la vida por los otros es algo sumamente arduo, y por tanto es señal de gran amor y también acto de gran fortaleza.

Buen ejemplo de este grado de fortaleza es el que nos da San Pablo, arrostrando sin amedrentarse toda suerte de peligros, que él mismo describe, con tal de llevar el don supremo de la Buena Noticia a los paganos (2Cor 11,26)III, 101-102.

-El tercer grado de la fortaleza se da en la entrega animosa al martirio. «Si es fuerte aquel que no teme el peligro de la muerte, ciertamente será más fuerte quien no teme la misma muerte cuando está ya presente, antes la va a encontar con generosidad, mayormente por el fin tan sublime de ser fiel a Jesucristo y a su fe».III,103

Ejemplo conmovedor de este coraje nos lo da San Ignacio de Antioquía que, sin miedo alguno a la muerte, quiere entregarse al martirio: «Escrito a todas las Iglesias, y a todas ellas les aseguro que estoy dispuesto de buen grado a morir por Dios. Os pido, pues, que no manifestéis por mí una benevolencia inoportuna. Dejadme ser pasto de las fieras, por las cuales podré llegar a la posesión de Dios. Soy trigo de Dios y debo ser molido por los dientes de las fieras, para transformarme en pan limpio de Cristo. Rezad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, venga a ser yo sacrificio para Dios» (Romanos IV,1-2; VI,1).

-Vicios opuestos. Tres son los vicios que se oponen a la virtud de la fortaleza. Uno por defecto, el temor o la cobardía, que lleva al hombre a desistir del bien difícil, antes que oponerse a los males amenazantes. Y dos por exceso: la indiferencia, que no teme suficientemente los peligros que debería considerar; y la audacia que sale al encuentro del peligro, despreciando los consejos de la prudencia.

-Partes de la fortaleza son, para acometer grandes empeños, la magnanimidad y la magnificencia; y para resistir las dificultades, la paciencia y la longanimidad, la perseverancia y la constancia. Digamos algo de cada una de estas virtudes que forman parte de la virtud de la fortaleza.

-La magnanimidad lleva a realizar grandes obras con prontitud de ánimo y confianza en darles fin. Según San Agustín, «la magnanimidad es la grandeza de espíritu en la práctica y administración de las cosas grandes y elevadas, con disposición generosa y espléndida del alma» (De div. quæst. 31,1).

El hombre magnánimo no es envidioso, no se sitúa como rival de nadie, ni se siente humillado por el bien de los demás. Es hombre tranquilo, que no se entrega a muchos asuntos al mismo tiempo. Es verdadero, sincero, amigo fiel, que dice lo que siente, sin preocuparse de las posibles opiniones contrarias. Él se empeña fundamentalmente en cultivar el arte y la ciencia, y sobre todo las virtudes. Como se ve, es ésta una virtud muy rara entre los hombres, pues supone el ejercicio de todas las virtudes. Hablando con toda propiedad, los magno-ánimos son los santos.

Se oponen a la magnanimidad, como vicios, por exceso: la presunción, que intenta obras superiores a las propias fuerzas; la ambición, que busca honras indebidas; y la vanagloria, que procura fama sin merecerla y sin ordenarla a su verdadero fin, la gloria de Dios y el bien del prójimo. Por defecto, la pusilanimidad, una humildad mal entendida, que lleva a desconfiar demasiado de las posibilidades propias, y que deja sin fruto los talentos recibidos de Dios.III,602

-La magnificencia es virtud semejante a la anterior, pues inclina a emprender obras espléndidas y difíciles sin arredrarse ante los grandes trabajos y gastos que sean necesarios.

A ella se oponen, por defecto, la mezquindad, y por exceso, todo lo que lleva al derroche o despilfarro, más allá de lo prudente.III,603

-La paciencia es la virtud que inclina a soportar sin tristeza de ánimo ni abatimiento los padecimientos físicos o morales. Es una gran virtud, muy necesaria en la vida cristiana, pues siendo en este valle de lágrimas innumerables los trabajos y padecimientos, necesitamos de ella para mantenernos en el camino de la perfección, sin desalentarnos ni ceder a la tristeza.

Contrarios a la paciencia son la impaciencia y la insensibilidad o dureza de corazón.III,603

-La longanimidad es virtud que da ánimo para intentar algo bueno que se halla muy distante de nosotros. Va muy unida a la paciencia, pues exige normalmente esperar mucho tiempo para lograr el bien que ardientemente desea. Es, pues, saber esperar. Por eso esta virtud ayuda al cristiano a evitar la impaciencia, que podría causarle la demora del bien que espera. III,604

-La perseverancia hace posible persistir en el ejercicio del bien, sin desfallecer, a pesar de las dificultades y resistencias que se produzcan a lo largo del tiempo. Supone esta virtud una gran fortaleza de ánimo, sin la cual ninguna virtud podría ser perfecta, ni siquiera mantenerse mucho tiempo. Por supuesto, es imposible perseverar en el bien sin la ayuda especial de la gracia.III,604

-La constancia, por último, da firmeza al alma contra las dificultades que provienen de la prolongación de una vida virtuosa, fortaleciéndola contra todas las vicisitudes adversas.

Peca contra la constancia la inconstancia, que lleva a desistir fácilmente de la práctica del bien, en cuanto surgen dificultades; y la obstinación, que se empeña en no ceder al obstáculo, cuando sería prudente hacerlo.III,604

-Los medios necesarios para adquirir la virtud de la fortaleza son los siguientes:

-La oración de petición, como siempre, ha de ir por delante en la adquisición de las virtudes, también de la fortaleza. En efecto, «todo buen don y toda dádiva perfecta vienen de lo alto, descienden del Padre de las luces, en el que no hay mudanza ni sombra de variación» (Sant 1,17). Él es la Roca, y sólo de Él puede venirnos la fortaleza necesaria en las pruebas. Jesús nos da el ejemplo supremo, fortaleciéndose en la oración de Getsemaní para sufrir fielmente su Pasión terrible.

«En tiempos de grandes males -dice San Agustín- se han de dirigir a Dios nuestros ruegos, porque de su Majestad ha de venirnos la fortaleza, y en Él encontramos tranquilidad en nuestros trabajos y ayuda en nuestras aflicciones» (Com. Psam. 32,9). La fortaleza «es un árbol fecundo de muchos frutos espirituales, que no puede nacer de la tierra frágil de nuestra débil naturaleza, si no lo planta con sus manos el Labrador celestial».III,108

-Prever las cosas ásperas y arduas ayuda a perder poco a poco el temor, y facilita la intrepidez en las dificultades. Una larga y frecuente meditación de los males es útil a todos para enfrentarlos con firmeza de ánimo, especialmente a los que aún están débiles. Es condición necesaria para evitar que las dificultades abrumen de improviso.

Así lo enseña, por ejemplo, San Ambrosio: «es propio de un hombre fuerte no disimular los grandes males que amenazan, sino preverlos antes de que lleguen, y, con diligente conocimiento, ir al encuentro de ellos y hacerles frente» (De officiis ministrorum 1,28). Y es también la doctrina de Santo Tomás (STh II-II, 123, 9).

-No dejar ir adelante los pequeños males de cada día es también medio para adquirir fortaleza. La cobardía ha de ser siempre vencida por la mortificación. Y el hacer frente a los pequeños males diarios habilita el alma para que sepa oponerse en su momento a males terribles. III,111-112

-El amor ardiente a Dios y al prójimo, ciertamente, es el medio fundamental para adquirir la fortaleza y crecer en ella. Nada hay tan fuerte como el amor. Nada hay tan duro que no pueda ser vencido con el fuego de la caridad. Es la enseñanza de San Pablo: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Pero en todo eso vencemos nosotros por Aquel que nos amó» (Rm 8,35.37).

Superando la cobardía y el temor al sufrimiento, todas las virtudes cristianas han de verse siempre asistidas en su ejercicio por la fortaleza, que exige mortificación y oración continua de súplica al Dios fuerte.

La templanza

En sentido amplio, la templanza es la moderación que la razón impone a toda acción o pasión del hombre. No se trata, pues, en este caso de una virtud especial, sino de una condición general que ha de acompañar el ejercicio de todas las virtudes morales, pues sin ella no podría practicarse rectamente ninguna virtud.

En sentido estricto, la templanza es un «hábito que inclina a moderar la concupiscencia principalmente acerca de los deleites del tacto, que nacen de la comidad y de la bebida, de la actividad sexual, y secundariamente de los otros sentidos» (STh II-II, 142,3). Viene a ser así una de las virtudes cardinales (ib. 2).

La sagrada Escritura inculca esta virtud con insistencia (Ecli 31,12-31; Prov 23,1-3), ya que sin ella el hombre llega a portarse como un animal (Rm 1,26-29; 1Cor 6,9-10). En cambio, así como la fortaleza rige con firmeza el apetito irascible, es función de la templanza moderar siempre los movimientos del apetito concupiscible.

Scaramelli explica así la templanza: «Conviene saber que el apetito sensitivo en el hombre, el cual se llama también concupiscencia, no mira a otra cosa con sus actos y movimientos interiores, que al bien y mal sensible: con el sobrado temor de éste, y con el deseo exorbitante de aquel tiene grande fuerza para apartar a la razón de la rectitud. Y por eso tiene necesidad la razón misma de dos virtudes para moderar este caballo indómito, ahora muy temeroso del mal sensible, ahora muy ansioso del bien deleitable. La una es la fortaleza, con la cual la razón reprime el temor para que la voluntad aterrada no se aleje del bien honesto, si no que esté siempre firme en él, como ya hemos visto. La otra es la templanza, con la cual refrena este potro ardiente para que la voluntad atraída del bien sensible y deleitable, no se vaya tras de él con desorden».III,125

Entre los apetitos sensibles, por lo demás, son unos más vehementes y otros lo son menos. Como enseña Santo Tomás, los primeros son aquellos que pertenecen al sentido del tacto por medio de la comida, la bebida o la actividad sexual, ya que son más connaturales al hombre, sea para la conservación del individuo o de la especie. Los menos vehementes nacen, en cambio, de otros sentidos, como el ver o el oír, y que no son tan necesarios para la conservación de la especie. De este modo, la templanza, obrando a la luz de la fe, hace que usemos el placer para un fin honesto y sobrenatural, en la forma dispuesta por Dios para cada uno, según su estado y condición (STh I-II, 63,4).

Entre las virtudes cardinales, tiene primacía la prudencia, que ha de regir el ejercicio de todas las virtudes. Y a la templanza le corresponde el lugar cuarto. En efecto, «el bien de la multitud es más alto que el bien de un solo hombre. Y por eso, en la medida en que una virtud busca el bien de todos es tanto más excelente. Ahora bien, la fortaleza y la justicia cumplen esa condición mejor que la templanza... Ésta modera únicamente los deseos y placeres del hombre individual. Luego la justicia y fortaleza son virtudes más excelentes que la templanza, y a su vez, la prudencia y las virtudes teologales [fe, esperanza y caridad] superan en dignidad a estas virtudes más nobles» (STh II-II, 141,8).

-Vicios opuestos a la templanza son: por defecto, la intemperancia, que sobrepasa los límites razonables en el uso de placeres sensibles; y por defecto, la insensibilidad excesiva, que rehuye los placeres requeridos para la conservación del individuo o de la especie.

«Hay casos, sin embargo, en que la abstención de estos placeres es laudables y hasta necesaria en orden a un fin honesto. Y así, para salvaguardar la salud corporal, hay quienes se privan de esos placeres de comida, bebida y actos sexuales. Otras veces es necesaria también la abstención para desempeñar bien un oficio, al modo como los atletas y soldados deben privarse de muchos placeres para cumplir su misión. Y en el orden espiritual, los penitentes, a fin de recuperar la salud del alma, utilizan la abstinencia de estos goces como dieta provechosísima; y quienes se consagran a la contemplación de las cosas divinas necesitan elevarse de dichos deleites carnales» (STh II-II, 142,1).

Según esto, «si fuere, pues, el lector llamado de Dios para extraodinarias abstinencias, y su vocación fuere aprobada de quien tiene el lugar de Dios, no tenga escrúpulo de emprender un tenor de vida más rígida; porque su obrar de una parte no será contrario a la templanza, y por otra parte será conforme a otras muchas virtudes».III,146

-Las partes subjetivas de la virtud de la templanza proceden de los placeres que esta virtud debe moderar: en aquello que se refiere al gusto, la abstinencia y la sobriedad; y en lo referido al tacto, la castidad.

-La abstinencia inclina a usar moderadamente de los alimentos corporales, según la recta razón iluminada por la fe. En cuanto virtud infusa y sobrenatural, ciertamente, va más allá de lo exigido por la mera razón, y participa, en la medida del don de Dios, en «la locura» de Cristo Crucificado (1Cor 1,23). Así, concretamente, inclina esta virtud a observar las penitencias prescritas por la ley de la Iglesia. Vicio opuesto a ella es la gula.

-La sobriedad, en sentido amplio, significa moderación en cualquier materia. Pero en un sentido más estricto, se refiere la virtud especial que modera en la bebida. La embriaguez es el pecado opuesto.

-La castidad es la virtud sobrenatural que modera el apetito genésico. Es una virtud angélica, en cuanto hace al hombre semejante a los ángeles. Y es difícil, pues a su práctica perfecta no se llega sino a través de una continua vigilancia y de una austeridad severa. A esta virtud se opone la lujuria.

-Partes potenciales de la virtud de la templanza son

-La continencia, que fortalece la voluntad para resistir las concupiscencias desordenadas muy vehementes. Se trata, por lo tanto, de una virtud que reside en la voluntad y es de suyo imperfecta, ya que no lleva a la realización de alguna obra positivamente buena y perfecta, sino que se limita a impedir el mal, sujetando a la voluntad para que no se deje arrastrar por el impecto de la pasión. Su vicio opuesto es la incontinencia, que no es un hábito propiamente dicho, sino la privación de la continencia en el apetito racional, que sujetaría la voluntad para no dejarla arrastrar por la concupiscencia; y en el apetito sensitivo es el mismo desorden de las pasiones concupiscibles en lo referente al tacto.

-La mansedumbre, que modera la ira, de modo que ésta no se alce sino en el modo y momento convenientes. Ejemplo perfecto de ella es Jesús: «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). A ella se opone la iracundia, de la que nacen otros vicios, como la indignación desordenada.

-La clemencia, virtud propia del superior, que le inclina a mitigar razonable y prudentemente el castigo o la corrección debidos al culpable. Se le oponen la crueldad, que obliga a severas penas imprudentes con dureza de corazón, o por defecto, la lenidad o excesiva blandura, que exime imprudentemente de penas a los culpables.

-La modestia, en fin, lleva a comportarse moderadamente en todas las actitudes interiores o exteriores, según corresponde al propio estado, condición o vocación.

Avisos al Director espiritual.

-La prudencia es una gran virtud, que el Director debe inculcar en sus discípulos con gran solicitud, comenzando por darles buen ejemplo de ella. Advierte Scaramelli, en este sentido, que ninguno debe hacerse guía espiritual si no es él mismo discípulo en la escuela del Espíritu; y nadie debe enseñar la perfección a otros, si él mismo no la practicaI,8. Corresponde, pues, al guía espiritual considerar si al dirigido le conviene ésta o aquella obra, o el modo y el tiempo en que debe realizarla.III,37

Para esto, siempre el Director debe pedir a Dios luz y el don de consejo, y procurar que los discípulos procedan con rectitud de intención y alma purificada de pasiones desordenadas.

Por otra parte, si ha de aconsejar a sus dirigidos que no obren sin pedir consejo, él mismo ha de estar pronto a solicitarlo cuando se trata de cuestiones graves y dudosas.III,37

-La justicia es también virtud que el Director ha de inculcar cuidadosamente en los discípulos, para que, ayudándoles a conocer y reconocer sus culpas, tengan sus conciencias siempre libres de pecados graves, y entreguen a Dios y a los prójimo todo cuanto les deben.III,74

-La fortaleza ha de ser inculcada en los dirigidos, sabiendo discernir bien en éstos el oro del vil metal. En efecto, no cualquier intrepidez en tolerar grandes males ha de ser necesariamente virtud de la fortaleza, pues ésta se dirige ante todo a la abnegación de sí mismo, a domar la voluntad y las tendencias carnales, y a renunciar cuanto convenga a los placeres de la vida presente. El fin que la persona pretende con su fortaleza permitirá discernir la calidad espiritual de ésta.

«También las personas mundana se sujeitan a cosas muy dificiles y trabajosas; mas porque las tales cosas o no son en si buenas, o no se emprenden por fin honesto, su fortaleza es perversa, las conducen a la perdición».III,119

Es santa y virtuosa la fortaleza que obra por amor a Dios y a la virtud. Pero es viciosa aquella que procede de alguna pasión desordenada. «En tales casos procure el Director que estas personas que emplean su fortaleza en materias viles, la conviertan a objetos sobrenaturales y divinos. Si lo consigue, ayudando la divina gracia a sus industrias, presto las mudará de malas que son, en personas santas».III,120

-La templanza ha de entrar también en la educación espiritual de los dirigidos. Éstos han de entender que, unidos al Crucificado y siguiendo el ejemplo de los santos, han de ser sobrios y moderados en todo, si quieren de verdad ir adelante en perfección.III,150