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XIX. -Transfiguración

La vida espiritual del sacerdote se funda en Jesús, se orienta hacia Él y se consuma en Él.

Esta vida espiritual es una gracia y una obra de transfiguración. Estas palabras expresan una visión general que resume la conclusión de cuanto llevamos dicho y que yo quisiera la retuvierais en vuestra memoria.

Nos dice San Pablo que el ideal de santidad que todos los hombres deben perseguir, para acomodarse a los planes de la predestinación divina, consisten en «hacerse conformes con la imagen de su Hijo»: Prædestinavit nos conformes fieri imaginis Filii sui (Rom., VIII, 29).

El don de la gracia que recibimos en el bautismo es el principio de nuestra conformación con Cristo, que debe ir perfeccionándose de día en día. La misma naturaleza del desenvolvimiento de nuestra vida de hijos de Dios exige, por así decirlo, una doble transfiguración: por una parte, la de Cristo, que se da a conocer progresivamente al alma como fuente de toda santidad, y por la otra, la de la misma alma que, mediante su fidelidad a la gracia, tiende a ir transformándose en una imagen viva del divino modelo.

Si esto es verdad de todos los cristianos, con mucha mayor razón debe aplicarse a nosotros los sacerdotes, por la dignidad de nuestra vocación y por la eminencia del carácter sacerdotal.

Hay una página admirable del santo Evangelio que nos aclara esta doctrina. Son muchos los milagros que, con parecidos rasgos, nos describe la pluma de los evangelistas a todo lo largo de la vida pública de Jesús. Pero hay un episodio que se distingue de todos los demás, que reviste un carácter único: el de la Transfiguración. No hay en la vida de Cristo otra escena que se le parezca.

Recordáis perfectamente los hechos. Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y los lleva a la cima de una elevada montaña para orar. Y he aquí que, «mientras ora», dum oraret, se obra un cambio repentino en todo su aspecto: se transfigura, su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. En medio de estos esplendores, los discípulos ven a Moisés y a Elías conversando con su Maestro, al tiempo que un indecible gozo se apodera de sus corazones. «Señor, ¡qué bien estamos aquí!», exclama San Pedro. Y en esto, les cubre una nube luminosa, y de la nube sale una voz que da testimonio de Jesús: «Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle» (Mt., XVII, 5).

Esta misteriosa transfiguración de Jesús, que dejó sorprendidos a los discípulos, constituyó para ellos una gracia singular: la de confirmarlos en la fe en la divinidad de Jesús. Ya desde entonces no tuvieron nunca la menor duda de que, bajo las apariencias humanas de Aquel con quien trataban todos los días, habitu inventus ut homo (Philip., II, 7), el verdadero Hijo de Dios ocultaba su suprema dignidad. Esta fe sería definitivamente confirmada por el Espíritu Santo el día de Pentecostés.

Pero la palabra del Padre no bajó de la nube para que la escucharan sólo los discípulos, sino que su eco iba a transmitirse a todas las generaciones cristianas que la habían de acoger con idéntica fidelidad. Como dice San León, «los tres discípulos representaban a toda la Iglesia que está siempre atenta a recibir el testimonio del Padre»: in illis tribus apostolis universa Ecclesia didicit quidquid eorum… auditus suscepit [Sermo 51, 8. P. L., 54, col. 313].

Más tarde, el mismo Pedro, constituido príncipe de los pastores, recordará con entusiasmo a los primeros cristianos «la visión de la magnífica gloria en el monte santo» (II Petr., I, 18).

Por eso, precisamente, es por lo que la liturgia evoca tan repetidas veces el recuerdo de este episodio. Así lo hace, por ejemplo, el sábado de las Témporas de Cuaresma, día consagrado a la ordenación de los nuevos sacerdotes, como también al día siguiente, segundo domingo de Cuaresma, y aún le dedica una fiesta especial el día 6 de agosto.

¿Cuál es la intención de la Iglesia al evocar este misterio? No es otra, sin duda, que la de llamar la atención de sus hijos, y en especial la de los sacerdotes, sobre la grandeza y el noble destino de su vocación.

Cristo está siempre dispuesto a transfigurarse para cada uno de nosotros y la voz del Padre no cesa de proclamar, por el magisterio de la Iglesia, la filiación divina de Jesús. Verdad es que Cristo no cambia, sino que permanece eternamente inmutable: Christus hodie, heri et in sæcula (Hebr., XIII, 8), y que siempre se presenta a nosotros «para sernos de parte de Dios sabiduría, justicia, santificación y redención» (I Cor., I, 30).

Pero, por lo que a nosotros respecta, vamos descubriendo gradualmente y muy poco a poco la divinidad de su persona, el valor incomparable de su redención, la inmensidad de sus méritos y el don de amor que su venida trajo a los hombres.

Así es como vamos siendo iniciados en este «sublime conocimiento de Cristo Jesús» (Philip., III, 8), del que nos habla el Apóstol. Pero no debemos olvidar que éste no es un conocimiento puramente intelectual, sino que consiste más bien en una iluminación interior de la fe.

Ante esta revelación tan íntima y sobrenatural, el cristiano experimenta un deseo cada vez mayor de conformar su alma y su vida entera al alma y a la vida de Jesucristo.

Y este deseo debe ser más ardiente en el corazón del sacerdote, porque, si el Señor nos ha distinguido con una vocación privilegiada y nos ha llamado como a Pedro, a Santiago y a Juan, ha sido, sin duda, para revelársenos más íntimamente que al resto de los fieles. Precisamente nos invita a subir todos los días las gradas del altar para hacer que penetremos más profundamente en su inefable misterio.

San Pablo se ha complacido en exaltar esta transfiguración que, ya desde este mundo, se realiza en los ministros de Cristo. En su carta a los de Corinto nos habla de cómo Moisés, después de haber hablado con el Señor, bajó del monte Sinaí nimbado de gloria. Moisés llevaba las tablas de la Ley grabadas en la piedra, pero tuvo que cubrirse el rostro para poder anunciar al pueblo la alianza del Señor, porque los israelitas no podían soportar su resplandor. «Si el ministerio de condenación es glorioso, mucho más glorioso será el ministerio de la justicia. Y en verdad en este aspecto aquella gloria deja de serlo, comparada con esta otra eminente gloria mía» (II Cor., III, 9-10).

¿En qué consiste esta gloria eminente que San Pablo atribuye a nuestro ministerio sacerdotal? ¿Será solamente porque nosotros anunciamos «a cara descubierta» el don de Cristo y de la Nueva Alianza? Sin duda que no, sino principalmente porque nuestro sacerdocio es una participación del sacerdocio del Hijo de Dios y porque, según la expresión del Apóstol, «contemplamos a cara descubierta la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor» In eamdem imaginem transformamur a claritate in claritatem, tanquam a Domini Spiritu (Ibid., 18).

Estas palabras de San Pablo muestran bien a las claras que en esta vida mortal nuestra transfiguración en Cristo está sometida a una ley de crecimiento bajo la acción del Espíritu Santo.

Cabalmente, el fin de todas nuestras conversaciones no ha sido otro que el de ayudaros a que os forméis un concepto más acabado de la excelencia de esta gracia y podáis corresponder a la misma con más fidelidad.

Inspirándome en la doctrina del Apóstol, he intentado mostraros la sublime grandeza y las soberanas prerrogativas del sacerdocio de Cristo. El Hijo de Dios, el Verbo encarnado, se nos ha manifestado como el supremo mediador, pontífice y hostia a la vez de su propio sacrificio. Este sacrificio, que fue iniciado en el momento mismo de la encarnación y que fue místicamente realizado en la Cena, se consumó cruentamente en la cruz y tiene su remate definitivo en la alabanza eterna del cielo.

Jesucristo ha querido perpetuar en el mundo su único sacerdocio y su sacrificio único sirviéndose de otros hombres a quienes ha elegido para esa misión y ha hecho participantes de su mismo poder. Toda potestad sacerdotal deriva de la suya y los sacerdotes continúan entre los hombres el misterio y la obra de la encarnación redentora por la vocación que han recibido de lo alto y por la spiritualis potestas de que les ha revestido el carácter sacramental. Por eso, se puede decir con toda verdad que el sacerdote es alter Christus.

Por el mismo hecho de que participamos de los mismos poderes de Jesucristo, tenemos el deber de aspirar a una santidad que sea digna de la misión que se nos ha confiado. Esta santidad, de la que Cristo es a un tiempo modelo y manantial, tiende a reproducir en nosotros los mismos rasgos y las mismas acciones del Salvador, Hijo de Dios y Pontífice supremo.

Nosotros realizamos este ideal mediante la imitación de las virtudes de Jesús y viviendo una vida de unión con Él, de acuerdo con las condiciones y circunstancias propias de nuestra existencia.

En nuestra vida sacerdotal, la fe ocupa, entre todas las demás virtudes, un puesto de capital importancia. Es verdad que el alma de Cristo gozaba de la visión beatífica y que, por tanto, la fe no tenía para Él ninguna razón de ser; pero para nosotros la fe constituye la atmósfera misma de toda nuestra vida sacerdotal.

Y permitidme que os lo repita de nuevo, porque esta verdad es esencial para nuestra santificación y para la fecundidad de nuestro ministerio. El objeto de esta fe se concentra en la divinidad de Jesús: en la divinidad de su persona, de su misión, de su sacrificio y de sus méritos. Por muy firmemente que lo creamos, nunca llegaremos a convencernos demasiado de ello. Al leer el Evangelio, os habréis percatado de que las tres veces que se dejó oír la voz del Padre siempre fue, y en especial en el Tabor, para proclamar solemnemente que Jesús es el Hijo de su amor y que nosotros debemos escuchar cuanto nos dice. Este testimonio constituye la más alta y valiosa revelación que Dios ha querido hacer al mundo. Y toda la santidad se reduce a aceptar este testimonio para acatarlo en nuestra vida.

La fe en la divinidad de Jesús es también la luz que debe irradiar sobre toda nuestra existencia sacerdotal.

Al presentar ante nuestros ojos la divina figura de Jesús, nos descubre la malicia del pecado, la grandeza de la humildad y la fortaleza de la obediencia. En nuestras relaciones con Dios, nos prescribe el culto de la religión y la primacía del amor. Ella es, en fin, la que nos hace ver en el prójimo al mismo Cristo.

La fe nos recuerda todos los días la sublime grandeza de la Misa, la alteza de vida a la que nos invita el banquete eucarístico, el valor de nuestro breviario.

Sin su luz no serían posibles ni nuestra vida de oración y de unión con el Espíritu Santo ni nuestra santificación por las acciones ordinarias que constituyen toda la trama de nuestra existencia.

Y como nunca llegaremos a asemejarnos perfectamente a Jesús sino a condición de que, a ejemplo suyo, nos hagamos hijos de María, la fe nos hace recurrir a la Virgen, que ha sido predestinada para darnos a Jesucristo en la encarnación y para hacerse nuestra madre al pie de la cruz.

En la atmósfera cada día más luminosa de esta fe viva, se nos va revelando gradualmente Cristo y todo su estupendo misterio. Y como consecuencia de ello, el ejercicio constante de la virtud, el diario contacto que tenemos en la santa Misa y en la oración con la fuente misma de nuestra santidad y nuestra docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo van perfeccionando la obra de nuestra conformación a la imagen del sacerdote único; y así es como –teniendo en cuenta el tiempo necesario y nuestra propia fragilidad– vamos acercándonos a Aquel que es el ideal de nuestra perfección. La misma generosidad del amor que ponemos en este trabajo de asimilación se convierte en un manantial de nuevas iluminaciones: «Si alguno me ama, dice Jesús, Yo me manifestaré a él» (Jo., XIV, 21).

Y esto será así hasta que, «habiendo alcanzado, como dice San Pablo, la edad de varones perfectos» (Eph., IV, 13), entremos en la vida eterna.

Esta doble gracia de transfiguración jugará también en el cielo un papel muy importante en la consumación de nuestra santidad.

Por una parte, la luz de la visión beatífica nos mostrará a Jesús cara a cara, en todo el infinito esplendor de su divinidad. La irradiación del Verbo hará que su humanidad se manifieste nimbada con la gloria propia del Hijo único del Padre, «lleno de gracia y de verdad». Allí es donde contemplaremos sobrecogidos de admiración esta plenitud de la que todos hemos recibido. La majestad de Cristo, Pontífice eterno, a quien «el Padre ha dado un nombre sobre todo nombre», se nos revelará mucho más claramente que a los apóstoles en el monte Tabor. Allí es donde comprenderemos la profunda verdad de las palabras del Gloria que tantas veces solemos repetir: «Vos sois el único Santo, el único Señor, el único Altísimo, Jesucristo, con el Santo Espíritu, en la gloria del Padre».

Por otra parte, desde el momento en que entra en el cielo, cada uno de los elegidos adquiere una perfecta semejanza con el Hijo de Dios. Es tan grande el poder de nuestra gracia de adopción, que termina por transfigurarnos en una imagen viva del mismo Dios. Es San Juan quien nos lo dice: «Sabemos que cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es» (I Jo., III, 2). ¿Cuál es el motivo de que el hecho de ver a Dios llegue a transfigurar de esta manera nuestras almas? Porque nuestras almas son como espejos que, al contemplar la inefable Belleza, se convertirán para siempre en vivas imágenes de esta misma Belleza.

Si esto es una consoladora verdad para toda alma cristiana, nosotros los sacerdotes tenemos la certeza de saber que, por razón del carácter sacerdotal de que estamos investidos, gozaremos en el cielo de un aumento de gloria. Este carácter invisible, que nos hace semejantes a Cristo, aparecerá entonces en todo su radiante esplendor y se nos revelará en todo su alcance la verdad de aquellas palabras: «Tú eres sacerdote por toda la eternidad». Nuestra dignidad de ministros de Cristo será para nosotros un honor incomparable, un motivo de acción de gracias y de alabanzas, de un júbilo puro e indecible que no tendrá fin.

Jesús oró por sus sacerdotes en aquel augusto momento en que instituyó el sacerdocio y les confirió este sacramento. Y rogó por ellos y por todos los sacerdotes que habían de ser llamados para continuar su obra redentora:

«Padre santo… Yo ruego por ellos…, por los que Tú me diste, porque son tuyos… No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal. Como Tú me enviaste al mundo, así Yo los envié a ellos al mundo… Que tengan mi gozo cumplido en sí mismos… Que ellos sean uno… en nosotros… como nosotros somos uno…, para que crea el mundo que Tú me enviaste y amaste a éstos como Tú me amaste. Padre, lo que Tú me has dado, quiero Yo que donde Yo esté, estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria que Tú me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo» (Jo., XVII, 9-24).