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XVII. -La santificación por las acciones ordinarias

La santidad consiste para muchos en pasar largas horas en oración. Para otros, en grandes renunciamientos y sufrimientos tolerados por amor, como si la santidad no tuviera otro objeto que mortificar los movimientos naturales del hombre.

Saliendo al paso de estos puntos de vista unilaterales, San Benito establece este principio ascético: «Debemos servir a Dios en todo momento con los mismos bienes que se ha dignado concedernos» [Prólogo de la Regla]. Esta es una norma fecundísima de vida espiritual, que busca la entera sumisión a Dios y la perfecta armonía de lo que en nosotros hay tanto de humano como de divino. Nuestro progreso se realiza mediante el ejercicio de nuestras facultades humanas y mediante el cumplimiento de nuestros deberes en el destino que nos ha señalado la Providencia.

Las jornadas de la mayor parte de todos vosotros están frecuentemente sobrecargadas de múltiples ocupaciones, que aparecen confabularse para impediros el esfuerzo que requiere la vida interior. Por esto no debe haceros perder la confianza, ya que está en vuestras manos serviros de todas vuestras acciones, aun de las más ordinarias, para santificaros. Es lo que nos enseñan las epístolas de San Pablo y de San Juan.

Hay, sin embargo, ciertas condiciones que son indispensables para asegurar el efecto santificador de estas acciones: deben ser «verdaderas», inspiradas en un motivo de amor sobrenatural, deben unirse a los méritos de las santas acciones de Jesús y, por medio de ellas, nuestra santificación sacerdotal debe encaminarse al bien de la Iglesia.

No se requiere que estemos trayendo constantemente a la memoria el recuerdo de estas condiciones, sino que basta que pensemos en ellas de tiempo en tiempo, para que aviven nuestra fe y nos estimulen a hacerlo todo por la gloria de Dios. Convenceos de que la vida espiritual no es una vida inquieta y trabajosa, sino pacífica, ya que mira a Dios como a Padre y cifra su esperanza de llegar a la unión con Él, no tanto en nuestro propio esfuerzo como en el poder de su gracia secundada por nuestra fidelidad.

Es verdad que este empeño en elevarnos hacia Dios a lo largo de cada jornada supone un esfuerzo; pero debemos tener en cuenta que nada durable se consigue en este mundo sin trabajo.

Recordemos también el dogma de la comunión de los santos. Son muchas las almas consagradas a Dios que en el retiro de sus claustros ofrecen todos los días sus sufrimientos y oraciones por la santificación de los sacerdotes. Apreciemos todo el valor y toda la belleza de este gesto y procuremos apoyarnos en su generosidad.



1.- «Caminar en la verdad»

Esta expresión es del Apóstol San Juan, y se encuentra en diversos pasajes de sus cartas (II Jo., 4; III Jo., 6). ¿Cuál es el significado que quiso dar a estas palabras?

«Caminar en la verdad» es lo mismo que ajustar toda nuestra conducta a los planes y a las intenciones de Dios, de conformidad con los deberes de nuestro estado.

Dios, que es el autor de nuestra naturaleza y del orden de la gracia, quiere que todas nuestras acciones estén siempre de acuerdo, tanto con nuestra condición de criaturas como con nuestra doble dignidad de hijos adoptivos y de sacerdotes de Cristo. Se trata, pues, de que en toda ocasión cumplamos los deberes que imponen a nuestra conciencia la ley natural y las exigencias de nuestro bautismo y de nuestro sacerdocio. Este es el plan de Dios respecto de nosotros. Siempre que nuestra conducta se ajusta a la voluntad divina, hacemos «obra de verdad», «caminamos en la verdad».

El Señor se complace en comprobar que existe una perfecta correspondencia entre nuestras acciones y las leyes que gobiernan nuestra vida. Si no hay tal acuerdo, nuestras obras, por muy hermosas que parezcan, no responden a lo que Dios espera de nosotros.

De todo cuanto llevamos dicho, se deduce una primera consecuencia para nosotros los sacerdotes, que puede enunciarse de la siguiente manera: por la misma razón de que hemos sido llamados a una santidad más elevada, estamos más obligados que los simples fieles a cultivar las virtudes naturales. Seamos extremadamente justos y ponderados en nuestros juicios y completamente sinceros en nuestras palabras. No toleremos jamás que nuestros procedimientos puedan mellar en lo más mínimo la honestidad natural. Bajo ningún pretexto, ni aun el de servir a la religión, debemos perder de vista las obligaciones que exige a todo hombre la lealtad a su conciencia.

Nuestra actividad sacerdotal supone naturalmente este fundamento moral.

El querer establecer en nosotros una perfecta armonía entre los dones de la naturaleza y los de la gracia constituye un esfuerzo para alcanzar un bello ideal. Pero, en la práctica, este ideal no puede realizarse sino mediante la mortificación de muchas tendencias y satisfacciones que son propias de nuestra naturaleza, pero que son incompatibles con nuestra vida sacerdotal. Hay sacrificios que son indispensables, tanto para salvaguardar la elevación de nuestra alma como para ejercer el apostolado. Y así, por ejemplo, por muy legítimos que sean los consuelos y las alegrías que produce el amor humano en el matrimonio, la entrega total que de sí mismo debe hacer el sacerdote y el mismo equilibrio de su vida interior, le exigen que renuncie con generosidad a estas satisfacciones.

Si la gracia no destruye la naturaleza, tampoco anula la «personalidad». Ella se opone, es verdad, al orgullo, a la inclemencia y a otros defectos que son propios de determinados caracteres vehementes; pero acepta, cuando las encuentra, las grandes cualidades naturales del alma, del corazón y de la voluntad, que constituyen la mejor base para la verdadera personalidad humana. Mirad, si no, a los santos de todos los tiempos. Los dones de la gracia hicieron que se levantaran por encima de la común mediocridad, y muchos de ellos tuvieron una personalidad extraordinaria, decidida y proselitista. Lejos de ahogar sus cualidades naturales, la gracia las encumbró y las sobrenaturalizó, sometiéndolas enteramente a Dios, según el orden y la plenitud de la caridad.

Siempre que emprendemos alguna obra, se nos impone una elección. Y claro es que, en lugar de dejarnos llevar de la negligencia o del cuidado de nuestras propias conveniencias, debemos preferir la alegría de vivir de acuerdo con la rectitud de nuestra condición humana y la santidad de nuestra vocación sacerdotal. El salmista nos invita a tender hacia este gran ideal, cuando pone en nuestros labios aquellas palabras: «Elegí el camino de la verdad»: Viam veritatis elegi (Ps., 118, 30).



2.- Omnia cooperantur in bonum

«Sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que, según sus designios, son llamados» (Rom., VIII, 28). ¿Y no hemos sido, acaso, nosotros «elegidos» por Jesús? (Jo., XV, 16).

Hay algunos que se inclinan a creer que la Misa, el breviario y los ejercicios de piedad son los únicos medios de que disponemos para unirnos a Dios, lo cual es un criterio completamente equivocado. Es cierto que estos actos de religión desarrollan y sostienen nuestra vida interior y avivan en nosotros la convicción de la primacía de lo sobrenatural y de la pureza de intención en el celo de las almas. Gracias a estas disposiciones, el corazón de un sacerdote santo eleva hacia Dios, fortifica y consuela a todo el que se le acerque.

Se suele decir que estos actos son el alma de todo apostolado. Pero podemos y debemos repetir con San Pablo que todas las obras de un discípulo de Cristo, aun las más ordinarias, cooperan al bien de su alma y la santifican.

Echemos una ojeada, al llegar a este punto, a todo lo que constituye la trama de nuestra vida y veremos que los deberes de nuestro ministerio ocupan su mayor parte. Pues bien. Podemos servirnos de ellos para santificarnos.

Los actos del ministerio no están ordenados, por su misma naturaleza, a nuestra santificación personal, sino a la utilidad espiritual del prójimo. Debemos ver, ante todo, en ellos un medio para consagrarnos al bien de los demás, aunque, indirectamente, pueden servir para purificar, iluminar o elevar nuestra alma.

Pero esta consagración al bien de los demás constituye, sin el menor género de duda, un manantial de méritos y de gracias para nosotros mismos.

El oír confesiones, el administrar los sacramentos, el enseñar el catecismo y el visitar a los enfermos son otras tantas obras de misericordia para con el prójimo que contribuyen a aumentar en nosotros la vida divina. Lo mismo se diga cuando asistimos a los funerales o nos dedicamos a cualquiera otra obra parroquial o social. Si los cumplimos con espíritu de religión, todos estos deberes nos santifican.

Muchos de nosotros hacen constantemente esta caritativa entrega de sus personas a todas las horas del día, y a veces hasta la noche, porque son incontables los servicios que los fieles de toda edad reclaman constantemente de nuestro celo. Y si esto es verdad, ¿no será cierto que esta generosidad nos acercará más y más a Dios nuestro Señor?

A esta incansable consagración, debemos añadir otra virtud: la paciencia. Ella hace que nuestras obras, como dice el Apóstol Santiago, sean perfectas: Patientia opus perfectum habet (I, 4). Esta disposición nos es particularmente necesaria en las múltiples relaciones que tenemos con las almas, y contribuye en gran manera a sobrenaturalizar nuestra vida. Frecuentemente nos encontramos con la indiferencia o la indocilidad de los unos, o con la hostilidad y el odio de los otros. Pero nunca debemos apartarnos de la mansedumbre de Jesucristo. Nos sucederá muchas veces que las mismas personas que nos rodean sostienen puntos de vista que son opuestos a los nuestros y seremos víctimas de la incomprensión. ¡Cuántas veces se sienten contrariados nuestro celo y nuestra buena voluntad!

Pero no por eso debemos descorazonarnos. Busquemos, más bien, en la paciencia de Jesús la fuerza que sostenga la nuestra. Las virtudes se consolidan cuando aprovechamos fielmente todas las ocasiones, sean pequeñas o sean grandes, que se nos presenten para practicarlas. No se consigue llegar a Dios con estériles lamentos del tiempo perdido ni con bellos proyectos para el porvenir, sino con el cumplimiento exacto de los deberes actuales que cada día nos señala.

Para conseguir este propósito, nos ayudará mucho el adoptar un «reglamento de vida» y atenernos a él, aunque con la debida elasticidad y sin excesiva meticulosidad.

Son muchas las ventajas que se siguen de un ordenamiento racional de la jornada: ahorramos tiempo, cumplimos nuestros deberes por espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, lo cual es de gran importancia y, por fin, este reglamento constituye un remedio eficacísimo contra nuestra propensión natural a la negligencia y a la ociosidad. Vamos a detenernos ahora en este punto.

Como todos sabemos, hay sacerdotes que están sobrecargados de trabajos, al paso que a otros les queda mucho tiempo libre. Y la experiencia nos enseña que todos deben tener siempre una ocupación seria y cumplirla con conciencia de su responsabilidad.

No hay mayor enemigo para un sacerdote que la ociosidad: Multam enim malitiam docuit otiositas (Eccli., XXXIII, 29). Un sacerdote dado al ocio no tiene regla ni orden en sus ocupaciones diarias. Como es incapaz de fijar su atención en ningún asunto que merezca la pena, pierde miserablemente el tiempo y, a veces, hasta se ve apurado para terminar a su debido tiempo el rezo del breviario. ¿No es verdad que cuando se llega a este estado se convierte uno en presa fácil del enemigo de nuestra salvación? «No fue precisamente cuando estaban dedicados al trabajo, leemos en un notable sermón atribuido a San Agustín, cuando Sansón, David y Salomón sucumbieron a las solicitaciones de sus sentidos, sino cuando se hallaban ociosos. Pues no nos creamos ni más santos, ni más fuertes, ni más sabios que ellos»: Nec sanctiores David, nec fortiores Samsone, nec sapientiores Salomone [Sermo, 17, in Append. S. Augustini, P.L., 40, col. 1264].

El espíritu de trabajo desempeña un papel muy importante en la santificación del sacerdote. Sin él, las cualidades más bellas y los más ricos talentos quedan completamente infructuosos. La utilidad del prójimo y la misma dignidad de su vida exigen de todo ministro de Cristo que se aplique constantemente a sacar el mayor partido del tiempo.

La ley del trabajo es una ley universal. A todos nos conciernen aquellas palabras que el Señor dijo a Adán: «Comerás el pan con el sudor de tu frente» (Gen., III, 19).

Jesús, el nuevo Adán, que es nuestro único modelo, ha querido experimentar en sí mismo todas las condiciones penosas de nuestra existencia, a excepción del pecado: Tentatus autem per omnia, pro similitudine, absque peccato (Hebr., IV, 15). La dura necesidad del trabajo ha pesado sobre Él lo mismo que pesa sobre todos nosotros. Él se sometió gustosamente a este decreto de su Padre. Por eso, durante su vida mortal, le tenían por «un hijo de obrero»: Nonne hic est fabri filius? (Mt., XIII, 55).

Imitemos gustosamente el trabajo de Jesús, de María y de José en su casa de Nazaret. No desdeñemos, si las circunstancias lo exigen, añadir el trabajo manual a las ocupaciones propias de nuestro ministerio. Acordémonos también del ejemplo de San Pablo: «Vosotros sabéis, les decía a los fieles de Efeso, que a mis necesidades y a las de los que me acompañan han suministrado estas manos» (Act., XX, 34). Y en otro lugar: «Con afán y con fatiga trabajamos día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros» (II Thes., III, 8). Son muchos los santos que, desde el tiempo del Apóstol hasta nuestros mismos días, se santificaron por el trabajo manual más humilde.

Hay quienes creen que los únicos que merecen el nombre de trabajadores son los que empuñan la azada o manejan la paleta de albañil. Para ellos, el arquitecto que hace los planos y el patrono que lleva la dirección de la fábrica y organiza la distribución de los productos son geste ociosa. Y son muchos los que en nuestros días aplican los mismos criterios a los que ejercen un ministerio de orden espiritual. Pero la experiencia nos dice cuán equivocados están, porque bien sabemos que los trabajos del espíritu y los del ministerio sacerdotal son las más de las veces mucho más penoso y agotadores que los trabajos manuales.

Entre los trabajos intelectuales a los cuales os podéis dedicar, debéis preferir el estudio de la teología y de la Sagrada Escritura: Nostræ divitiæ sint, in lege Domini meditari die ac nocte, nos dice San Jerónimo. Y añade en otro lugar: Ama scientiam Scripturarum, et carnis vitia non amabis [Epistolæ, 30 y 125, P. L., 22, col. 442 y 1078].

Para prepararse seriamente al ministerio de la palabra no hay cosa mejor que el estudio que dedicamos a conservar los conocimientos bíblicos y teológicos que adquirimos en el seminario. Y aun prescindiendo de esta ventaja, lo cierto es que la competencia en las ciencias sagradas y aun en las profanas, eleva el nivel de nuestra vida y aumenta la eficacia de nuestro apostolado.

Para la misma práctica de la virtud y para que, de cuando es cuando, pueda descansar de sus tareas, es necesario que el sacerdote establezca en su reglamento de vida algunos ratos de recreo y de solaz. Pero importa muchísimo para su santificación que los elija con prudencia, porque hay diversiones que son lícitas para los seglares, pero que son incompatibles con nuestra dignidad sacerdotal.

Abramos nuestros corazones a la confraternidad y a la amistad de nuestros colegas en el sacerdocio: Frater qui adjuvatur a fratre quasi civitas firma (Prov., XVIII, 19). Sobre todo, cuando nos sentimos agobiados por la soledad, debemos acudir a un hermano en el sacerdocio para abrirle de par en par nuestra alma. ¿No es, acaso, verdad que el mismo Jesucristo en el huerto de los olivos confió sus angustias a sus discípulos? El contar nuestras cuitas a un amigo fiel puede, a veces, servirnos de auxilio bienhechor, y otras, aun de necesario consuelo. Pero, con todo, no debemos confiar exclusivamente en los consuelos humanos, sino que, principalmente, debemos buscar en Dios nuestra fortaleza y nuestra alegría.



3.- «Arraigados en la caridad»

En el orden de la actual Providencia, el hombre no tiene otro último fin que el de la posesión del cielo, donde gozará de la visión beatífica. Por eso, lo que más le importa en esta vida es tender hacia ese fin con todas las fuerzas de su libre actividad.

La caridad es la virtud que nos hace amar a Dios como a nuestro supremo bien y la que orienta hacia Él todas nuestras acciones. Esta orientación es la que les da a nuestras acciones todo su valor sobrenatural. Por eso, decía San Pablo: «Si tuviere tan gran fe que trasladase los montes…, y se repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego; no teniendo caridad, nada me aprovecha» (I Cor., XIII, 3). San Francisco de Sales expresaba también esta misma verdad en su lenguaje característico: «Un papirotazo tolerado con dos onzas de amor vale más que el martirio soportado con una sola onza».

No basta que el hombre sirva al Señor y cumpla sus deberes por un sentimiento de decencia humana o de puntualidad natural, sino que en todas sus acciones, lo mismo en las ordinarias que en las más importantes, debe poner su mirada fija en Dios, con la intención de hacer su voluntad y agradarle en todo.

Aunque no podamos conservar constantemente el pensamiento actual de la presencia de Dios, podemos, no obstante, elevarnos a Él de vez en cuando por medio de actos de amor y realizar lo que dice San Juan: «El que vive en caridad, permanece en Dios y Dios en él» (I Jo., IV, 16).

La estupenda consecuencia que de esta doctrina se deduce puede enunciarse en los siguientes términos: cuando la caridad ha echado bien sus raíces en un alma, lo que menos importa para nuestra santificación es el género de acciones en que nos ocupamos.

Voy a explicarme.

¿Cuál es la razón de la diferencia que existe entre los santos y las almas vulgares? ¿Acaso la naturaleza de sus ocupaciones? Es evidente que no. Nosotros los sacerdotes realizamos durante nuestra vida muchísimas acciones sublimes y llegamos, quizás, al fin de nuestra carrera cuando todavía estamos muy lejos de haber alcanzado la meta de la santidad. Por el contrario, vemos que algunos simples fieles, como una María Taigi, o un Mateo Talbot, cargador de los muelles de Dublín, que consumieron su vida en oficios rudos y humildes, eran realmente santos. ¿Dónde está, pues, la diferencia? En el amor. El amor, que iba desprendiendo más y más sus almas de cuanto no era Dios, hizo el milagro de que sus vidas, en apariencia vulgares, fuesen realmente un himno de alabanza ininterrumpido y una oración incesante.

Mirad a Nazaret y veréis que las ocupaciones de María y de José en nada se distinguían de las de la gente humilde. Y, sin embargo, cualquiera de ellas daba a la Trinidad una gloria incomparable. Y esto, no solamente por la eminente dignidad de María y de su esposo, sino porque realizaban sus acciones todas con el amor más perfecto.

Esto demuestra la importancia capital que la caridad tiene en la vida espiritual.

A veces, sin embargo, nos sentimos tentados a creer que, si tuviéramos que desempeñar tal función, o si, por el contrario, pudiéramos desembararnos de tal cargo, o nos viéramos libres de la presencia de tal persona que tanto nos molesta, avanzaríamos mucho más rápidamente por el camino de la virtud.

Esta es una tremenda ilusión, porque, en realidad, estos pretendidos obstáculos no son sino otros tantos escalones que deben ayudarnos a elevarnos a Dios, porque, como acabamos de decir, la esencia de la perfección no depende ni del cargo que ocupamos ni de las circunstancias que nos rodean, sino de la virtud de la caridad que debe ser el móvil de nuestras acciones.

La experiencia nos enseña, sin embargo, que son muy contadas las almas que han llegado tan lejos en el camino del amor, que no tienen otro móvil para su conducta que el de la caridad sobrenatural. La mayoría de las veces experimentamos la necesidad de un apoyo humano. Las contradicciones, las dificultades y la cruz no constituyen por sí mismas un medio infalible de santificación. El alma cristiana necesita mucha luz, mucha fortaleza y mucha generosidad para recibirlas como venidas de la mano de Dios y para soportar la prueba sin caer en el desaliento.

El director de conciencia no puede, en general y de una manera continua, exigir que el alma fiel realice todo aquello que él cree que es útil para su progreso espiritual, porque, sin perder nunca de vista el ideal de perfección hacia el que debe tender el alma, ha de tener la prudencia necesaria para atender a las particularidades condiciones de debilidad de cada una y del tiempo que es necesario para el desarrollo de su crecimiento espiritual.

La caridad, como bien lo sabemos, nos viene de Dios. Ella es la insigne prerrogativa de los hijos adoptivos. ¿No es verdad que Jesús, nuestro divino modelo, sólo vivía de amor? Siempre tenía su mirada fija en el Padre, para que toda su actividad humana estuviera siempre de acuerdo con lo que era de su mayor agrado: Quæ placita sunt ei facio semper (Jo., VIII, 29).

Sigamos el consejo de San Pablo, y «arraiguemos también nosotros nuestras almas en la caridad»: In caritate radicati (Eph., III, 17); «hagamos todas nuestras obras en caridad»: Omnia vestra in caritate fiant (I Cor., XVI, 14). El santo obispo de Ginebra dice que es absolutamente necesario que la caridad domine todas las actividades de nuestra vida: «No debemos tener otra ley ni otra sujeción que la del amor» [Œuvres de Saint François de Sales, XIII (vol. III des Lettres), éd. d’Annecy, pág. 184]. Para que podáis alcanzar un ideal tan elevado como es éste, os voy a dar el siguiente consejo: renovad con frecuencia durante el curso de cada jornada, pero sin fatigaros por ello, la intención de hacer todas las cosas sólo por amor. Formulad esta intención con una plegaria. Emplead, por ejemplo, un versículo del salmo: Diligam te, Domine, fortitudo mea (Ps., 17, 1); o esta inspiración de San Agustín: Fac, me, Pater, quærere te [Soliloquia, I, 6. P. L., 32, col. 872]; o, también, aquella oración de Prima: Dirigere et sanctificare… Cada uno puede seguir en esto la moción del Espíritu Santo. Pero no olvidéis que en la vida espiritual no se consigue nada que sea duradero si no se tiene perseverancia.

Y si me preguntáis cuál es, en última instancia, la razón de esta importancia primordial que tiene la caridad, os diré que es, porque Dios, en su vida íntima, es amor: Deus caritas est (I Jo., IV, 8). El Padre engendra a su Verbo y tiene en Él todas sus complacencias. Como el Hijo, a su vez, contempla al Padre y se entrega a Él con todo su infinito impulso. De su mutuo amor procede el Espíritu Santo. Y por eso, precisamente, tanto más se acercará nuestra vida a la plenitud de la perfección cuanto mejor reproduzca con ayuda de la virtud de la caridad la vida misma de la Santísima Trinidad.



4.- In nomine Domini Jesu Christi

Para conseguir que la caridad domine toda nuestra vida, es absolutamente necesario que vivamos en unión con Jesucristo.

Así nos lo dice San Pablo: «En todo crezcamos en la caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra cabeza, Cristo» (Ephes., IV, 15). Y lo mismo nos enseña en otro lugar: «Y todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él» (Col., III, 17).

Procuremos comprender todo el alcance de este pensamiento del Apóstol.

Tomemos el ejemplo de un embajador. El puede obrar, bien sea como persona privada y a título propio, como cualquier otro hombre, o bien en calidad de legado. En este segundo caso, no deben tenerse en cuenta sus méritos y dones personales, sino las de la autoridad del soberano, cuya dignidad representa y encarna. Pero esta identificación que existe entre el soberano y su embajador es una identificación puramente externa y circunstancial.

Muy distinta es la unión que existe entre Cristo y nosotros, ya que nos ha hecho suyos para siempre. Nuestras cartas credenciales las llevamos escritas en lo más íntimo del alma y valen para toda la eternidad. Estas cartas son la gracia santificante, el carácter del bautismo y el de la ordenación sacerdotal. Estos dones divinos dan testimonio en lo más profundo de nuestro ser, de una manera irrecusable y permanente, de que pertenecemos a Jesucristo.

Las palabras del Apóstol: «Todo cuanto hacéis»…, tienen un profundo sentido. No son solamente un consejo para que, antes de ponernos a hacer cualquiera cosa, pronunciemos la fórmula «En nombre de nuestro Señor Jesucristo», sino la más clara afirmación de que, tanto cuando oramos como cuando trabajamos y, sobre todo, cuando nos dedicamos a nuestros ministerios, tenemos el derecho de presentarnos ante Dios con el legítimo orgullo de ser miembros de Cristo y ministros de su sacerdocio. Ahí reside el secreto que nos asegura que seremos siempre escuchados por nuestro Padre y nos garantiza la fecundidad de nuestro apostolado con las almas.

Todo sacerdote tiene el privilegio de hablar con Dios y de tratar con Él «en nombre de Jesucristo», apoyándose en su dignidad y en sus méritos; pero hay quienes pierden de vista esta prerrogativa, porque les falta la debida fe. Cuanto más prescindamos de nosotros mismos al presentarnos ante el Señor, mejor comprenderemos el misterio de Cristo. Y la razón de ello estriba en que esta confianza sin límites en los méritos del Salvador es la mejor prueba de cuán arraigada es nuestra fe en su divinidad.

Dice a este propósito el Apóstol San Juan es una de sus epístolas: «Si aceptamos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios, que ha testificado de su Hijo»: Qui credit in Filium Dei habet testimonium Dei in se (I Jo., V, 9-10). Lo cual viene a demostrar que la fe en la divinidad de Jesús nos hace partícipes del mismo conocimiento personal del Padre: en la generación eterna del Verbo, el Padre le contempla como a su Hijo, consustancial e igual a Él. Por eso, nuestra fe en la divinidad de Jesucristo es el eco de la vida misma del Padre.

Creed, pues, con toda la firmeza de vuestra alma, que el Hijo de Dios os pertenece con todos sus méritos y con todo el crédito de que goza su divina persona. San Pablo expresaba así su jubilosa admiración por la grandeza de este don: Quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit (Rom., VII, 32). No encontraba palabras que fueran lo suficientemente expresivas para proclamar «la incalculable riqueza de Cristo» (Ephes., III, 8), porque vio «hasta tal punto fuimos en Cristo enriquecidos en todo, que no nos falta ninguna gracia»: Ita ut nihil vobis desit in ulla gratia (I Cor., I, 5 et 7).

¡Qué hermosa es nuestra vida de fe cuando la comprendemos de esta manera! La pena es que en muchos cristianos está completamente dormida esta esperanza viva en la persona y en los méritos de Cristo y para ellos es algo desconocido el presentarse ante el Padre, «en nombre de Jesucristo», apoyándose en su título de bautizados y de hijos de Dios por obra de Jesús. Por eso, nosotros, a pesar de nuestra miseria y de nuestra indignidad, debemos tener una santa audacia para acudir al Señor.

Hay un medio sencillo y eficaz para alejar de nuestra vida el peligro del naturalismo y consiste en que recordemos cómo Jesús santificó en su persona todas las acciones que componen la trama de nuestra pobre existencia de aquí abajo. Al igual que nosotros, Él rezó y trabajó y trató con sus contemporáneos y se sentó a la mesa con ellos. En sus correrías apostólicas, «después de una larga caminata, se sentía fatigado»: Fatigatus ex itinere, sedebat sic supra fontem (Jo., IV, 6). Cuando la tempestad del lago, hubieron de despertarle de su sueño los gritos de alarma de sus discípulos. Los sentimientos de su corazón eran semejantes a los nuestros: amaba sinceramente a los suyos; su alma experimentó la tristeza y la angustia; sufrió la ingratitud y, sobre todo, a la hora de su pasión, el dolor se cebó en su alma más allá de todo límite.

Jesús realizó todas estas acciones movido de un amor inefable hacia Dios y hacia los hombres y en cada una de ellas nos mereció la gracia de que podamos imitar su conducta y participar de su amor. Debéis estar íntimamente persuadidos de que el divino Maestro no desea otra cosa que comunicar a sus miembros, y en especial a sus sacerdotes, la fuerza necesaria para seguir su ejemplo.

La misma práctica de la vida sacerdotal es una invitación apremiante para que, en algún modo, continuemos practicando las mismas virtudes que Él practicó. En efecto, al igual que Jesús, nosotros consagramos nuestra existencia a reivindicar entre los hombres los sagrados derechos de Dios y a procurar que su nombre sea glorificado. Mediante el sometimiento a las obligaciones propias de nuestro estado, imitamos la obediencia con que el Salvador acató en toda ocasión la voluntad del Padre. Nuestra vida de sacrificio, de paciencia y de castidad no viene a ser otra cosa que una reproducción de sus ejemplos.

Nunca se puede decir que estamos solos en medio de nuestros trabajos, de nuestras penas y de las dificultades que se nos presentan a cada paso. Jesús nos asiste desde fuera, como modelo que es de toda santidad; y, lo que es más, nos asiste desde dentro, porque es la fuente de nuestra vida. ¿No somos, por ventura, los «dispensadores acreditados de su gracia», «sus legados cerca de los hombres»? (II Cor., V, 20). Siempre que realizamos un acto de nuestro ministerio, «lo ejercemos con poder que Dios otorga»: Tamquam ex virtute, quam administrat Deus (I Petr., IV, 11). Cristo nos ha escogido, y se complace en mirarnos como si fuésemos otros Cristos y su mayor deseo es que penetremos cada vez más en el misterio de esta asimilación y de esta unión con Él. ¡Ojala que este pensamiento se apodere de nuestras almas, porque es un manantial de viva alegría y de celo fecundo!

Pongamos a Jesucristo en medio de nuestro corazón. Ya que todas las mañanas celebramos los santos misterios y comulgamos con su mismo Cuerpo y Sangre, este centro divino debe ser el punto de partida y la suprema aspiración de toda nuestra actividad.



5.- Christus dilexit Ecclesiam…

Dios quiere que aspiremos a alcanzar la santidad no es un individualismo aislado, sino dentro de la unidad del cuerpo místico de Cristo.

Somos miembros de este cuerpo por el mero hecho de ser cristianos; pero, en virtud de nuestro sacerdocio, tenemos la responsabilidad y el deber de vivificarlo por la gracia de los sacramentos y por el ministerio de la predicación. Si la Iglesia nos suministra los medios necesarios para nuestra santificación personal, es evidente que ésta debe contribuir al bien de toda la Iglesia. En el Cuerpo Místico, la santidad se irradia de Cristo a todos sus miembros y de sus ministros a todos los fieles que les están confiados. El sacerdote tiene, por consiguiente, la obligación de santificarse para beneficio de la comunidad.

Debe, pues, imitar cada día más y mejor al divino Maestro, de quien dijo San Pablo: «Cristo amó a la Iglesia»: dilexit Ecclesiam, «y se entregó por ella»: tradidit semetipsum pro ea. ¿Por qué se entregó hasta el sacrificio de la cruz? «A fin de presentársela a Sí gloriosa, sin mancha o arruga…, sino santa e intachable» (Ephes., V, 25, 27).

Para que el sacerdote se santifique con miras a la utilidad de los demás necesita tener una fe muy acendrada en la Iglesia.

Es indudable que el fundamento de toda nuestra vida espiritual lo constituye la fe en la divinidad de Jesucristo; pero, para que sea del todo perfecta, esta fe debe extenderse de la persona del Salvador a la sociedad visible que Él fundó para llevar a los hombres a la consecución de su felicidad eterna.

Si creemos en Jesucristo, verdadero Dios, debemos creer también en la realidad divina de su Iglesia.

Esta fe nos recuerda cuán íntimo y vital es el nexo que existe entre Cristo y su Iglesia. San Pablo compara esta unión a la que existe entre la cabeza y los miembros y a la del esposo con su esposa (Ephes., V, 30, 32). La Iglesia perpetúa en el mundo la misma misión del Salvador y lleva a feliz término su obra redentora. Como que es el mismo Jesús el que sigue actuando en ella. Antes de subir a los cielos proclamó abiertamente y de modo irrefragable la indisolubilidad de su unión con ella: «Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación del mundo» (Mt., XXVIII, 20).

Esta fe en el carácter sobrenatural de la Iglesia implica, además, una adhesión total a su «constitución divina». No son ni el pensamiento humano ni las circunstancias de la historia las que han dado origen a la jerarquía, al poder de orden y de jurisdicción, a la soberanía del Romano Pontífice, al sacrificio eucarístico y a los demás sacramentos, sino que su aparición se debe a la realización temporal de un propósito preconcebido y decretado por la Sabiduría eterna. No tenemos el menor reparo en admitir que el Señor ha querido servirse del concurso de los hombres y ha aceptado su colaboración en las distintas fases del desarrollo orgánico de la Iglesia, y en la elaboración de las fórmulas doctrinales; pero teniendo siempre en cuenta que Él es quien ha dirigido esta evolución por medio de la acción incesante del Espíritu Santo que vivifica el Cuerpo Místico: Spiritum vivificantem.

Si tenemos una fe firme en la divinidad de la Iglesia, se nos hará fácil pensar, juzgar, querer y obrar de acuerdo con lo que ella piensa, juzga, quiere y obra: Sentire cum Ecclesia. Tal es el «homenaje» y «la obediencia a la fe» que tanto recomienda el Apóstol: Obsequium fidei… Obeditio fidei (Philip., II, 17; Rom., XVI, 26).

Dios exige esta sumisión a todos los cristianos, pero de un modo especial a los sacerdotes. Como sabéis, los protestantes no admiten esta renuncia a la libertad del espíritu que se exige a los creyentes, sino que profesan, por el contrario, la doctrina del libre examen. Son como el navegante que quiere orientarse en medio del océano sin brújula, tomando a cada momento el rumbo que mejor le plazca para no comprometer el ejercicio de su plena autonomía. El católico es como el piloto que, para orientar su navegación, se sirve de este instrumento. La brújula que le orienta infaliblemente es la autoridad de la Iglesia, que controla sus convicciones y dirige su pensamiento y su acción. Gracias a esta norma, el discípulo de Cristo puede avanzar a velas desplegadas, sin temor a chocar contra los arrecifes del error. El protestante tiene libertad…, pero para extraviarse y naufragar.

La fe viva es un manantial de acción. Por eso, nosotros los sacerdotes no debemos ahorrar ningún esfuerzo para extender el reino de Dios y el de su Iglesia. Consagrémonos, pues, esforzadamente al cuidado de la porción del redil que se nos ha confiado. La Iglesia es «Madre»: Mater Ecclesia. Ella ha recibido de Dios la misión de engendrar a todos los hombres a la vida sobrenatural y a procurar su crecimiento en la misma. Pero no puede realizar esta maravillosa obra de fecundidad sin la ayuda de sus sacerdotes. A vosotros os corresponde la tarea de obrar este renacimiento de las almas y de procurar su desarrollo y crecimiento hasta que se conviertan en imágenes vivas de Jesucristo por medio de la administración de los sacramentos, por el ministerio de la predicación y por la irradiación de vuestra caridad. Gracias a este apostolado que vosotros ejercéis en nombre de la Iglesia podéis hablar a vuestras ovejas sirviéndoos de las mismas palabras de San Pablo: «Quien os engendró en Cristo por el Evangelio soy yo (I Cor., IV, 15), y de aquellas otras del mismo Apóstol: «¡Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros!» (Gal., IV, 19).

Nada hay que estimule tanto al don de sí mismo como la seguridad de alcanzar el triunfo final. Si la Iglesia es divina, podemos abrir nuestros corazones a una esperanza sin límites. Y Cristo ha dicho de su Iglesia: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt., XVI, 18).

Esta divina promesa debe producir en nuestras almas la certeza de una victoria definitiva. Hay algunos que ponen en duda en nuestros días que la Esposa de Cristo tenga virtud para redimir a todos los hombres, porque la creen poco adaptada a las aspiraciones de nuestro tiempo. Pero nosotros los sacerdotes debemos confiar siempre en la Iglesia, porque el mensaje del Evangelio, del que nosotros somos portadores en su nombre, contiene el recurso supremo de la salvación para todos los hombres.

Repitamos con santo orgullo las mismas palabras que San Pablo escribía a los romanos: «Yo no me avergüenzo del Evangelio, que es poder de Dios para la salud de todo el que cree»: Non erubesco Evangelium; virtus enim Dei est in salutem omni credenti (I, 16).

En la Cena, después de haber instituido el sacerdocio, Jesucristo dijo: «Y Yo por ellos me santifico –es decir, Yo me separo del mundo para ofrecerme en sacrificio y unirme plenamente a Vos– para que ellos sean santificados por la verdad» (Jo., XVII, 19).

Al hacer esta oración en presencia de sus doce apóstoles, el pensamiento de Jesús se dirigía a todos nosotros, los sacerdotes de todos los tiempos, y a toda su Iglesia. Si Él se ofrecía como víctima sagrada, era con el fin de hacer a cada alma en particular y a toda la Iglesia en general participantes de su misma santidad.

Jesús nos ha distinguido con una vocación especial para que, al santificarnos a nosotros mismos, santifiquemos también a la Iglesia en Cristo. Empleemos todo el ardor de nuestro celo en corresponder con la debida generosidad a esta vocación, que, si es, por una parte, nuestra misión más sublime, es, por la otra, el medio más eficaz y seguro para lograr que sobre todo nuestro ministerio descienda abundantemente el rocío fecundo de las bendiciones divinas.