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VI. -El Sacramento de la penitencia y el espíritu de compunción

La Sabiduría divina ha puesto a nuestro alcance un medio extraordinario para ayudarnos a morir al pecado: el sacramento de la penitencia. Si usamos bien de este don, el reino del pecado se irá debilitando progresivamente en nuestra alma, y acabaremos por desarraigar todos los afectos desordenados que nos unen a las criaturas.

La Iglesia, fiel intérprete de la voluntad de Cristo, recomienda la confesión frecuente aún a los cristianos que habitualmente viven en estado de gracia. Grandes santos, como San Carlos Borromeo, que no tenían nada de escrupulosos, se confesaban con mucha frecuencia. San Francisco de Sales, tan conocido por su mansedumbre, lo hacía diariamente antes de celebrar la Misa: al contemplar la pureza divina, su alma sentía una incesante necesidad de «lavarse» en la sangre del Cordero: Amplius lava me ab iniquitate mea (Ps., 50, 4).

No abrigo la intención de recomendaros que os confeséis tan frecuentemente, porque, fuera del caso de una inspiración sobrenatural o de alguna razón especial, esta costumbre podría constituir una exageración.

Pero, por otra parte, estoy convencido de que los sacerdotes que habitualmente difieren su confesión durante varias semanas, o quizás durante varios meses, carecen de la debida prudencia sobrenatural. No hablo aquí de una obligación estricta, sino de las exigencias de una conciencia delicada y sacerdotal. El sacerdote que se confiesa muy de vez en cuando, pierde inestimables gracias de santificación y se impone el gravísimo peligro de caer en la tibieza.



1.- Importancia de los actos del penitente

El sacramento de la penitencia aplica siempre al alma, ex opere operato, las expiaciones y los méritos del Salvador: «La sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado» (I Jo., I, 7).

Si el cristiano ha perdido vida sobrenatural por haber pecado gravemente, con el perdón de la ofensa se devuelven la gracia santificante y la caridad. Y si no ha llegado al extremo de romper la amistad con Dios, el Señor le concede un aumento de esta gracia, al mismo tiempo que le perdona el pecado venial.

Este perdón y la infusión de la gracia, fruto de los méritos de Jesucristo, es obra del don del Espíritu Santo; y es mucho mayor la gloria que tributan a la misericordia de Dios que la ofensa que nuestros pecados han podido inferir a su majestad.

En esta comunicación de la vida sobrenatural, las disposiciones íntimas del cristiano juegan un papel de capital importancia. Porque, para regenerar y santificar el alma, de acuerdo con la voluntad de Cristo y la naturaleza del sacramento, la gracia se injerta, por así decirlo, en los actos del pecador, que son: la confesión de las faltas, hecha con la esperanza de alcanzar el perdón; la detestación del pecado, que implica el propósito de la enmienda, y el deseo de cumplir la expiación que le imponga la Iglesia.

Estos actos se denominan: la confesión, la contrición y la satisfacción. El Concilio de Trento los califica como «cuasi materia» y «partes constitutivas de la penitencia» [Sess. XIV, cap. 3 y can. 4]. Según la doctrina de la escuela tomista, estos actos, unidos a la absolución del sacerdote, son elevados por la virtud sacramental y tienen eficacia para abolir en nuestras almas el pecado y conferirnos la gracia. Por lo tanto, pertenecen a la esencia misma del sacramento.

Pero más de una vez, por desgracia, estos actos se realizan de una manera imperfecta, por lo que el sacramento no comunica al alma todos los frutos que debiera comunicar, como lo atestigua una dolorosa experiencia. La verdadera razón del poco provecho que se obtiene de la frecuente recepción de este sacramento hay que atribuirla a esta falta de las disposiciones requeridas.

Hay, a mi parecer, dos causas que explican esta mayor o menor esterilidad de las confesiones de aquellos que se presentan al tribunal de la penitencia sin tener otra cosa de qué dolerse sino de faltas ligeras.

Se aprecia ya una laguna en la misma confesión de las faltas, que no suele tener propiamente el carácter de una acusación «dolorosa», vinculada a las humillaciones de Cristo.

Y sucede, además, que, después de la confesión, el propósito de la enmienda no persevera en la conciencia con la energía precisa.

Por lo que atañe al primer asunto, es verdad que el sacramento de la penitencia, en virtud de su misma institución, aplica a nuestras almas la expiación que Jesucristo ofreció a la santidad y a la justicia de Dios. Pero también es cierto que nosotros hemos de sobrellevar una parte de expiación.

En el Gólgota, Cristo se presentó a su Padre revestido de todos nuestros pecados: «Yahvé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is., LIII, 6). El es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jo., I, 29). Cristo ha conocido todos y cada uno de nuestros pecados, ha ponderado la injuria que han inferido a la santidad divina y, para merecernos la salvación, ha cargado sobre sí todo el oprobio, toda la afrenta y toda la pena debida a nuestras iniquidades.

Pero en el sacramento de la penitencia nos deja una parte de expiación que debemos cumplir para que se nos apliquen sus méritos. Es necesario, pues, que, cuando acudimos al tribunal de la misericordia, sintamos el peso de nuestras faltas, de nuestras ingratitudes y de nuestras miserias, que tengamos conciencia de la bajeza y de la ruindad de nuestros pecados y de nuestras infidelidades y que nuestra acusación sea «dolorosa».

Como miembros que somos de Cristo, asociemos esta humillación, que comporta la confesión voluntaria de nuestras faltas, a las vejaciones y a los ultrajes de toda suerte que soportó el Señor en su pasión, y unámonos a los sentimientos que experimentaba su corazón, para que la inmensidad de sus expiaciones purifique hasta los últimos repliegues de nuestra alma. Guardémonos de usar expresiones que encubran la fealdad de nuestras ofensas y disimulen el amor propio. Sin llegar a hacer una confesión mentirosa, se querría, a veces, obtener un perdón barato.

Debemos también aceptar de buen grado la penitencia sacramental que nos impone el confesor, y ofrecer a este fin todas las obras de nuestra vida: Quidquid boni feceris et mali sustinueris…

Si recibimos el sacramento con estas disposiciones, se irá verificando gradualmente en nuestras almas una verdadera muerte espiritual en virtud del sacrificio expiatorio de Jesucristo. Así es como nosotros los sacerdotes deberíamos acusar habitualmente nuestras faltas.

La segunda razón de porqué la confesión suele producir escasos frutos es que el propósito de la enmienda no se mantiene con la debida firmeza en la vida ordinaria.

Es de capital importancia para la vida interior que, quien se reconoce culpable, aunque sólo sea de pecados veniales, mantenga en su alma una decisión inquebrantable de oponerse a toda negligencia y a cuanto pueda desagradar a Dios.

Siempre que no hay óbice de parte del alma, el efecto esencial del sacramento se produce indefectiblemente. Pero si, como ya os lo he dicho, queremos sinceramente que nuestras confesiones contribuyan a nuestro progreso en la vida de perfección, debemos intentar aprovecharnos de todos los tesoros de gracia que se contienen en el sacramento. Para ello, debemos tener siempre presente en el espíritu el firme propósito de no volver a caer en las faltas, aún veniales, de que nos hemos acusado en la confesión. Porque suele suceder que, después de habernos acusado, por ejemplo, de impaciencias tenidas con las personas con quienes tratamos, o de expresiones poco caritativas, o quizás de negligencias en el cumplimiento de determinados deberes de nuestro estado, o de egoísmo al cargar sobre otros los trabajos más pesados…, una vez terminada la confesión, nos olvidamos de la contrición y del propósito de la enmienda y continuamos obrando como si no nos hubiéramos confesado.

Procuremos, por el contrario, por amor a Cristo, mantener en nosotros de la manera más viva la voluntad decidida de corregirnos y enmendarnos, para que, cuando se presente de nuevo la ocasión de pecar, estemos siempre dispuestos a reaccionar eficazmente.

Hay muchos que siempre son tibios en el servicio de Dios. Cuando van a confesarse, no se detienen a considerar sinceramente sus pecados con deseo eficaz de evitarlos en adelante. Seguramente que no ignoran que cada paso que dan en la vida espiritual supone una nueva elevación del alma y una nueva fuente de alegría; pero no se percatan de que para ello se requiere una liberación íntima, que es fruto de una mayor abnegación de sí mismo y de un renunciamiento más profundo. Sin sacrificio, no es posible hacer nada que valga la pena en este mundo.

Os voy a dar otro consejo para que vuestras confesiones sean más provechosas. El día que os vayáis a confesar, pedid a Dios en la santa Misa que os conceda la gratia y el donum pænitentiæ. Esta saludable práctica se apoya en la doctrina oficial de la Iglesia promulgada en el Concilio de Trento [Sess. XXII, cap. 2]. Y después de haberos confesado, procurad excitar en vosotros el dolor de vuestras faltas a lo largo de las ocupaciones del día.



2.- La compunción de corazón

Nuestra consagración a Dios por el bautismo y por la ordenación comporta de derecho «una ruptura total y definitiva con el pecado»: Quod mortuus est peccato, mortuus est semel (Rom., VI, 10). Según el pensamiento de San Pablo, esta «muerte al pecado» no significa tanto un acto transitorio cuanto un estado definitivo: Mortui enim estis (Col., III, 3).

La experiencia nos atestigua que para muchas almas esta muerte, aún a las faltas veniales, no es ni con mucho todo lo completa que debiera ser. Su vida es un continuo retroceder y avanzar; y por eso el pecado reina demasiado en ellas.

Además del sacramento de la penitencia, hay otro medio que nos ayuda eficazmente a conseguir nuestra liberación espiritual. Me refiero al espíritu de compunción. A medida que pasan los años, me voy reafirmando en la idea de que la poca estabilidad o el poco progreso en la virtud es debido principalmente a la falta de compunción.

¿Qué debemos entender por compunción de corazón?

Se trata de un sentimiento habitual de pesar por haber ofendido a la divina bondad. Esta disposición brota principalmente de la contrición perfecta, del amor arrepentido. Y produce en el alma la detestación del pecado, por el disgusto que causa a Dios y por el perjuicio que nos irroga. Si en el sacramento de la penitencia basta un acto transitorio de contrición imperfecta para abrir el alma a la gracia y fortificarla contra nuevas caídas; cuando tenemos un sentimiento de verdadero pesar inspirado por el amor y lo mantenemos en el alma en toda su viveza, crea en ella un estado de oposición irreductible a toda complacencia en el pecado. Os daréis perfecta cuenta de que hay una incompatibilidad absoluta entre la voluntad de aborrecer el pecado y el hecho de continuar cometiéndolo. Esta disposición habitual constituye el mejor remedio para evitar la tibieza.

Este constante pesar por las faltas pasadas: «Mi pecado está siempre ante mí» (Ps., 50, 5) no debe referirse a las circunstancias de cada una de ellas, sino al hecho mismo de haber ofendido a Dios. No debemos traer a la memoria los detalles concretos, lo que a veces suele ser peligroso, sino arrepentirnos de haber opuesto nuestra soberanía, de haber despreciado su amor y de haber descuidado, derrochado o aún perdido el incomparable tesoro de la gracia.

Comprendemos perfectamente que las almas santas que tienen una visión clara de la majestad divina, de la grandeza de sus dones y de la gravedad que encierra toda ofensa hecha a Dios estén saturadas de este espíritu de compunción. Difícilmente podríamos imaginarnos cuál era la oración que Santa Teresa tenía siempre sobre su mesa de trabajo y que ella misma había escrito de su puño y letra. Cualquiera creería que escribió una de aquellas elevaciones de inflamado amor que brotaban naturalmente de su corazón. Pero no: era un versículo de un salmo, que cualquier gran pecador podría haber elegido: «Señor, no entres en juicio con tu sierva»: Non intres in judicio cum servo tuo, Domine (Ps., 142, 2). Esta profunda compunción le era absolutamente necesaria, porque cualquier otro fundamento se hubiera hundido bajo el peso de aquella su admirable perfección. Santa Catalina de Siena, fiel a la costumbre de toda su vida, repetía constantemente en su lecho de muerte estas palabras: «He pecado, Señor; tened piedad de mi».

¿Creéis, acaso, que se trata de piadosas exageraciones? Escuchad a San Juan: «Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros. Si decimos que no hemos pecado, desmentimos a Cristo y su palabra no está con nosotros» (I Jo., I, 8-10).

¿No somos todos, en realidad, aunque en diverso grado, hijos pródigos que por el pecado o por la simple disipación de espíritu nos hemos alejado del Padre? ¿No debemos todos, al recordar nuestras indelicadezas y nuestras ingratitudes, decirle: «Padre, he pecado contra ti; yo no soy digno de llamarme hijo tuyo?» (Lc., XV, 21). Aunque no hayamos ofendido al Señor más que una vez, contribuyendo así a la pasión de Jesús, siempre quedará un peso en nuestra conciencia, si es que de veras le amamos. Y aunque nunca le haya ofendido gravemente, el sacerdote que aspire a vivir una vida de absoluta fidelidad a Dios, lamentará sus faltas tanto más cuanto mayores sean las gracias que ha recibido.

¿No es verdad que el Padre nos ha esperado, como le esperó el suyo al hijo de la parábola? ¿No es cierto que nos ha abierto de par en par los brazos de su misericordia y que desde el momento mismo en que volvimos a la casa paterna se ha olvidado de nuestros pecados y nos ha admitido de nuevo a su amistad?

La compunción hace que, al sentir nuestras ofensas, sintamos también el perdón divino. Por ello, es una fuente de paz y de confianza. Y de alegría; de una alegría humilde, pero profunda. Si destierra, por una parte, las satisfacciones del pecado y las que a él conducen, la ligereza espiritual y el abandono, también por la otra llena el alma con la alegría del Padre hasta el punto de que llega a experimentar cómo se realiza en ella el deseo del salmista: «Devuélveme el gozo de tu salvación»: Redde mihi lætitiam salutaris tui (Ps., 50, 14).



3.- Importancia de la compunción para el sacerdote

El espíritu de compunción fortifica en el alma el deseo de agradar a Dios, la preserva de muchas tentaciones y la ayuda a triunfar de las que la acometen. Este es uno de sus frutos más estimables.

Y en especial para el sacerdote, que está llamado a alcanzar la santidad. El sacerdote vive en medio de la corrupción de la sociedad, en la que debe hacer frente a tres enemigos: el demonio, el mundo y la carne. Estos enemigos le persiguen desde su ordenación hasta la tumba, y conspiran para privarle de su verdadera vida, de la vida que tiene en Jesucristo.



La concupiscencia de la carne. –El hombre ha sido creado para fundar un hogar y no podrá pasar toda su vida en una soledad completamente virginal, si no se sobrepone a sí mismo, con la ayuda de la gracia. Semejante renuncia suele revestir para algunos una dificultad extraordinaria, porque tienen que entablar un combate permanente con su propia naturaleza. No hay edad, ni dignidad, ni condición alguna que se vea libre de estos ataques.

Aún los santos más austeros han sufrido los ataques de este enemigo que todos llevamos dentro de nosotros mismos. Se cuenta de San José de Cupertino que, después de haber sido arrebatado en éxtasis angélicos, volvía a sentir la rebelión humillante de sus pasiones [Acta Sanctorum, septembris, V, 1019].

En esta materia, debemos observar una vigilancia perseverante, por muy casta que haya sido nuestra vida pasada. Nunca lleguemos a pensar que nos hemos hecho invulnerables. Toda presunción es peligrosa, trátese de lo que se trate.

Por grande que sea nuestra intimidad con Dios, por elevado que sea el nivel de santidad que hayamos alcanzado, siempre deberemos observar una humilde circunspección.



El segundo enemigo es el mundo. –Vivimos en un ambiente cuyas ideas, máximas y aspiraciones son radicalmente opuestas a las de Cristo: «Ellos no son del mundo, como no soy del mundo Yo» (Jo., XVII, 14 y 16). Estas palabras se las repitió dos veces Jesucristo a sus apóstoles inmediatamente después de haberlos consagrado sacerdotes. Estas palabras deben verificarse también en nosotros. Si nuestro corazón no está impregnado del espíritu del Evangelio, será el espíritu del mundo el que se insinuará en nosotros y hará que poco a poco vayamos descendiendo a su mismo nivel, para preocuparnos exclusivamente de los negocios profanos y del bienestar de la vida, desinteresándonos completamente de nuestra sagrada misión.

Se dice a veces que esta tierra es un valle de lágrimas, y nada hay que, en el fondo, sea más cierto. Pero, con todo, hay días en que las satisfacciones que el mundo nos brinda ejercen un atractivo vivísimo en nuestra naturaleza. Parece que el mundo nos proporciona la felicidad. Sus alegrías, la risa, la belleza, las comodidades, las mil bagatelas que halagan a nuestros sentidos y encienden el fuego de nuestras pasiones, son mucho más agradables que la oración y las austeridades que la continencia lleva aparejadas.

Son muchos los santos que han experimentado el poderoso influjo de esta fascinación: Fascinatio… nugacitatis (Sap., IV, 12), y confiesan que, cuando entraban en contacto con el mundo, aunque fuese con ocasión de cumplir con sus ministerios sagrados, sentían la tentación de la triple concupiscencia que reina en él: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (I Jo., II, 16). El polvo del mundo vela fácilmente la luz de la fe, e impide que fijemos únicamente nuestra mirada en Dios y en su amor. San Carlos Borromeo, modelo de fortaleza y de virtud varonil, reconocía que, cuando vivía en la lujosa mansión de su aristocrática familia, se amortiguaba el temple de su espíritu. Con más razón nosotros, que no tenemos ni la santidad ni la fortaleza de este gran príncipe de la Iglesia, debemos guardar las debidas cautelas en las visitas y en las relaciones que nos impone el ejercicio de nuestro ministerio, si no queremos correr el riesgo de dejarnos arrastrar por el espíritu mundano.



El tercer enemigo es el demonio. –Como ya lo hemos indicado, aún los hombres más perversos conservan ciertos sentimientos de humanidad por muy despiadados que sean. Difícilmente pierde el corazón humano la capacidad de sentirse afectado ante la desgracia del prójimo. Por el contrario, el odio diabólico es completamente despiadado. Como la naturaleza de los espíritus que fueron lanzados al infierno es inmaterial, no conoce ni la fatiga ni el descanso, y por eso siempre están dispuestos para dañar. El demonio odia a Dios, pero como es impotente para llegar hasta Él, se vuelve contra las criaturas, y en especial contra su criatura privilegiada, contra el sacerdote, que es la imagen viva de Cristo.

Por el carácter mismo de nuestra vocación, por la misión y los deberes que comprende, nosotros los sacerdotes estamos particularmente expuestos a los ataques, manifiestos o encubiertos, de estos enemigos.



Cuando consideramos, por una parte, su enorme poder y por la otra nos damos cuenta de nuestra extrema debilidad, espontáneamente viene a nuestro recuerdo aquella frase que los apóstoles dijeron a Jesús: «¿Quién, pues, podrá salvarse?»: Quis ergo poterit salvus esse? (Mt., XIX, 25). El divino Maestro nos responderá como a sus discípulos: «Para los hombres esto es imposible, mas para Dios todo es posible» (Ibid., 26). Importa mucho que grabemos bien esta frase en nuestro corazón. Las fuerzas naturales, abandonadas a sí mismas, no pueden triunfar de las solicitaciones de la carne, de la seducción de la gloria del mundo y de la vana complacencia en sí mismo.

Pero santamente compungidos, reconozcamos nuestra fragilidad y, siguiendo la recomendación del Señor, «vigilemos y oremos» (Mt., XXVI, 41).

Vigilate. Todo hombre reflexivo sabe por propia experiencia y por la de sus semejantes cuáles son las circunstancias que nos llevan a la quiebra moral. Mejor que ningún otro puede discernir el sacerdote cuáles son las negligencias que en las condiciones propias de su estado le disponen al pecado. Las ocasiones son distintas para unos y para otros, según sean diversas sus tendencias, sus debilidades y el ambiente que les rodea, pero todos tienen la posibilidad de sucumbir. Persuadámonos de que no hay pecado que haya cometido un hombre que cualquiera otro no pueda cometer.

A la vigilancia debemos unir la oración, el recurso a Aquél para quien «todo es posible» y que es nuestro divino Maestro. Él es quien nos ha elegido y, rogando por nosotros como por los apóstoles, ha dicho a su Padre: «No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal» (Jo., XVII, 24). Mirad a San Pablo. El gemía: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Rom., VII, 24). Y respondía: «Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor» (Ibid., 25). Es la misma respuesta que el propio Jesús le dio cuando el Apóstol, zarandeado por el demonio, suplicó por tres veces a Cristo que le libertara: «Te basta mi gracia, que en la flaqueza llega al colmo mi poder» (II Cor., XII, 9). Lo mismo nos sucederá a nosotros. Leed el salmo 90, que recitamos todas las tardes. Es el salmo por excelencia de la confianza en la lucha. En él se describen con expresivas imágenes todas las tentaciones a que estamos sujetos, pero también se nos asegura que Dios promete la victoria al que ora: «Caerán a tu lado mil, caerán a tu derecha diez mil, a ti no llegará… Me invocará él y Yo le oiré, estaré con él en la tribulación… Le saciaré de días y le daré a ver mi salvación».



4.- La compunción en la liturgia de la Misa

La Iglesia es la Esposa de Cristo y sabe mejor que nadie cómo debe honrar a su Esposo y cómo debe rendir homenaje a Dios. Además el Espíritu Santo la dirige en la ordenada disposición de la liturgia. Nunca podremos estar tan seguros de poseer la verdad como cuando nos acomodamos a su oración: lex orandi, lex credendi. Ahora bien, ¿cuáles son las fórmulas que la Iglesia pone en nuestros labios cuando celebramos el sacrificio de la Misa, que es la función esencial de nuestro sacerdocio? ¿Cuáles son las actitudes que nos manda tomar? ¿Cuáles son los sentimientos de que quiere revestirnos?

Se da por descontado que el sacerdote que celebra la Misa vive en gracia de Dios. Y, sin embargo, lo primero que hace al llegar al altar es inclinarse humildemente y golpearse el pecho, como el publicano del Evangelio, reconociéndose pecador ante Dios, ante los santos del cielo y ante el pueblo cristiano: Peccavi nimis… mea maxima culpa... Por muy elevada que sea su santidad, no puede acercarse al Señor sino mediante esta humilde confesión. El pueblo se acusa a su vez por boca del acólito y entonces es cuando sobre toda la familia cristiana desciende el perdón divino: Indulgentiam, absolutionem et remissionem peccatorum nostrorum…

¿Qué oración manda la Iglesia que recite el sacerdote cuando sube las gradas del altar?: Aufer a nobis, Domine… iniquitates nostras. Porque realmente es necesario estar limpio de toda impureza para penetrar en el «santo de los santos».

Cuando besa el ara sagrada, el sacerdote quiere sellar con este ósculo su unión con Cristo, del cual es figura el altar, y al mismo tiempo su unión con la Iglesia en la persona de los mártires, cuyas reliquias están allí encerradas. Invocando los méritos de los santos, pide al Señor «el perdón de todos sus pecados»: Ut indulgere digneris omnia peccata mea.

Terminado el Introito, el celebrante apostrofa al Señor nueve veces seguidas, implorando la piedad divina para todas las miserias humanas, la más triste de las cuales es el pecado: Kyrie eleison… Si queremos ser agradables a Dios, lo conseguiremos apelando siempre a su misericordia.

El Gloria in excelsis es el eco del canto de los ángeles. Pero cuando lo vuelven a entonar los labios humanos, este cántico se prolonga en súplicas: «Vos que borráis los pecados del mundo…, que estáis sentado a la diestra del Padre…, tened piedad de nosotros».

Antes de pasar a leer el Evangelio, deberemos pedir a Dios que «purifique nuestros labios».

Todo cuanto antecede pertenece a los preliminares del sacrificio y nos es fácil comprender que la Iglesia quiera sugerirnos insistentemente estos sentimientos, a fin de que nos dispongamos debidamente para ofrecerlo más dignamente. Pero no se contenta con esto, sino que, a medida que vamos entrando en la misma actio, va avivando en nosotros esta compunción.

Hemos llegado al ofertorio. Tomamos en nuestras manos la hostia que se convertirá en la sagrada víctima. ¿Con qué fórmula la presentamos al Padre? «Recibid… esta hostia inmaculada que os ofrezco yo, vuestro indigno siervo…, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias…» De esta suerte, cumplimos la recomendación que nos hace San Pablo: «Debe por sí mismo ofrecer sacrificios por los pecados, igual que por el pueblo» (Hebr., V, 3). El poder ofrecer todos los días la víctima divina en compensación de sus propios pecados y de las indelicadezas que ha tenido para con Dios, constituye uno de los consuelos mayores que puede experimentar el ministro de Cristo.

Después de la ofrenda de la materia del sacrificio, la rúbrica prescribe que el celebrante se incline en una actitud de «humildad y de contrición»: In spiritu humilitatis et in animo contrito suscipiamur a te, Domine. El sacerdote ofrece a Dios todos sus trabajos, todas sus penas, en una palabra, toda su vida, para que, por Jesús, sea ésta agradable al Padre. «La contrición es ya un verdadero sacrificio»: Sacrificium Deo spiritus contribulatus (Ps., 50, 19); pero cuando, unidos a Cristo, presentamos la santa hostia poseídos de estos sentimientos, Dios se olvida de todas las iniquidades e ingratitudes de nuestra vida anterior.

El canon está integrado por oraciones sublimes. El sacerdote, lleno de respeto, se acerca a Dios, que es altísimo, pero también «clementísimo»: Te igitur, clementissime Pater. Por medio de su Hijo Jesús, puede el sacerdote acercarse con toda confianza al Padre: Per Jesum Christum Filium tuum. ¿Cuál es la actitud que adopta para orar? Se inclina, besa el altar, y continúa diciendo: Suplices, rogamus ac petimus…

Antes de la consagración, el sacerdote extiende sus manos sobre la oblata de la misma manera que en el Antiguo Testamento lo hacía el sumo sacerdote sobre la víctima que representaba al pueblo culpable. La oración que acompaña a este gesto da a entender que los culpables son los pecadores, que debían recibir el castigo que merecen. «Aceptad, oh Señor, en su lugar, esta hostia santa e inmaculada, acoged favorablemente esta víctima que os es tan querida, pues es el mismo Jesús». ¿Y qué es lo que pide el celebrante en virtud de los méritos de Jesús? «El ser preservado de la condenación eterna y contado entre los elegidos». En este momento solemne, no le embargan ni el éxtasis ni el arrobamiento, sino un sentimiento de profunda compunción.

Al llegar el momento de la consagración, desaparece la persona del ministro, pues no vemos en él sino a Cristo. Por eso, no dice: «Este es el cuerpo…, la sangre del Salvador», sino: «Esto es mi cuerpo…, ésta es mi sangre que será derramada… por la remisión de los pecados». He aquí expresado el fin propiciatorio del sacrificio. Esta palabra nos invita a abrir nuestros corazones a una inmensa esperanza de alcanzar el perdón de todos nuestros pecados, en virtud de los méritos de la inmolación de Jesucristo.

Poco más tarde, el sacerdote rompe el misterioso silencio del Canon, al tiempo que dice: Nobis quoque pecatoribus, y se golpea el pecho, pidiendo al Señor «que, atendiendo no a sus propios méritos, sino a la divina indulgencia, le admita en la sociedad de los santos y de los mártires». También aquí la fórmula sagrada impone al alma una actitud de profunda, aunque confiada, compunción.

San Ambrosio, San León, San Gregorio, todos estos grandes pontífices que se han hecho acreedores a nuestra veneración, han recitado total o parcialmente estas admirables fórmulas. Y lo mismo las han dicho los santos modernos como San Francisco de Sales, San Alfonso de Ligorio y el santo Cura de Ars.

Llegamos ya al momento de la comunión. ¿De qué título se servirá el sacerdote para invocar a Cristo en el momento de unirse a Él? Precisamente de éste: «Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo». Considerad el significado de estas palabras: «No os fijéis en mis pecados, sino en la fe de vuestra Iglesia… Libradme de todas mis iniquidades». Considerad, por último, cuánta verdad encierran aquellas palabras Domine non sum dignus que repetimos tres veces…

Este es el espíritu de la Iglesia. Como veis, no una sola vez, sino que a todo lo largo de la «acción» santa, la Iglesia mantiene el alma del celebrante en una actitud de profunda humildad, sirviéndose para ello de las fórmulas más claras y de los ritos más expresivos. A las expresiones esenciales de adoración, de alabanza y de acción de gracias va uniendo constantemente, para que los hagamos nuestros, los acentos de una viva compunción. Si el Señor, en su condescendencia infinita, nos admite en su presencia y acepta con agrado nuestras súplicas, no olvidemos que su justicia exige que reconozcamos al mismo tiempo nuestra condición de pecadores.

Ante el trono de Dios, los ángeles cantan sin cesar: Sanctus, Sanctus, Sanctus. Es el homenaje que rinden a la soberanía inmensa de Dios. Mientras vivimos en este destierro, como mejor glorificaremos a su suprema majestad será, sobre todo, confesando humildemente nuestra miseria y nuestros pecados y reconociendo la inmensidad de su eterna misericordia.

Cualquier oración puede servir para estimular nuestro espíritu de compunción. Tanto en la oblación del santo sacrificio como en las recitaciones del breviario, encontramos abundantes fórmulas que expresan la contrición más perfecta.

¡Cuántos salmos hay que expresan admirablemente nuestro pesar por haber ofendido a la bondad divina! Estos cantos inspirados unen siempre al dolor del corazón contrito la expresión de la confianza y la fe en el perdón: «Apiádate de mí…, según la muchedumbre de tu misericordia…» «Apiádate de mí, porque a ti he confiado mi alma» (Ps., 50, 3 y 56, 2). La máxima aspiración del salmista consiste en tener «un corazón puro»: Cor mundum crea in me, Deus, y en sentirse «fortalecido por la fuerza del Espíritu»: Spiritu principali confirma me.

Si recitamos devotamente las horas canónicas, el Espíritu Santo nos concederá el don de penetrar el espíritu de estos salmos, para que, al rumiarlos, traslademos a nuestra vida interior los sentimientos que expresan.



5.- El Vía-Crucis, fuente de compunción

Me consta por una larga experiencia que el Via-Crucis es una de las prácticas más eficaces para mantener en nosotros el espíritu de compunción.

¿De dónde proviene el valor santificador del Via-Crucis? De que en esta devoción Cristo se nos muestra, de una manera particular, como causa ejemplar, meritoria y eficiente de la santidad. En su pasión, Jesús se revela como modelo perfecto de todas las virtudes. En ella, más que en ninguna otra ocasión, nos muestra su amor al Padre y a las almas, su paciencia, su dulzura, su magnanimidad en el perdón. Su obediencia, que es manantial de fortaleza, le sostiene y le impulsa a proseguir su marcha dolorosa hasta el consummatum est.

La meditación de los sufrimientos del Señor nos enseña a compartir su aversión al pecado y a asociarnos a su sacrificio para colmar el abismo de las iniquidades del mundo. Y esto constituye, ya de por sí, una gracia inapreciable.

Jesús no es un modelo que solamente debemos imitar en sus líneas exteriores, sino que debemos llegar a participar de su vida íntima. En cada etapa de su pasión nos ha merecido la gracia de poder reproducir en nosotros mismos la semejanza de las virtudes que en Él admiramos: «Salía de Él una virtud» (Lc., VI, 19). En cierta ocasión, una pobre mujer que estaba enferma le tocó a Jesús e inmediatamente recobró su salud. También nosotros, dice San Agustín, podemos tocar a Jesús con el contacto de la fe en su divinidad: Tangit Christum qui credit in Christum… Vis bene tangere? Intellige Christum ubi est Patri coæternus, et tetigisti. Miremos a Jesús a todo lo largo de la vía dolorosa. Veamos cómo se entrega y cómo sufre por nosotros. Creamos que es Dios y que nos ama. Así abriremos nuestra alma a su acción santificadora.

La sensibilidad no tiene parte alguna en esta comunicación de la gracia. Jamás los movimientos sensibles pueden servir de base, ni de piedra de toque, ni de motivo para nuestra piedad. Pero, cuando nuestra devoción está firmemente apoyada en la fe, pueden ser un medio eficaz para ayudarnos a evitar las distracciones y a concentrar nuestro pensamiento en Dios.

La Iglesia exhorta a todos los cristianos a que mediten en la pasión de Jesucristo; pero esta invitación se la hace especialmente a los sacerdotes. Es su deseo que nos sirvamos de este medio para unirnos a los sufrimientos de nuestro Salvador y nos apropiemos los ejemplos de sus virtudes; y quiere también que de la meditación de estos misterios consigamos una abundantísima aplicación de los méritos divinos tanto para nosotros como para aquellos por quienes rogamos.

Nosotros los sacerdotes somos por excelencia los «dispensadores de los frutos de la pasión»: Dispensatores mysteriorum Dei (I Cor., IV, 1). Si, como dice San Pablo, «la muerte del Señor se anuncia» todos los días sobre nuestros altares, esto se realiza por nuestro ministerio. En el altar estamos en contacto con el mismo manantial de todas las gracias, ya que éstas brotan de la cruz. El sacerdote debe, por consiguiente, aprender más que ningún otro a darse perfecta cuenta del precio de la sangre de Jesucristo y a confiar en sus méritos.

¿Pero qué es lo que sucede a veces? Que vivimos en una miserable pobreza espiritual en medio de estas riquezas y estamos hambrientos en medio de esta abundancia. Para poner remedio a nuestro poco fervor, podemos servirnos eficazmente de la práctica de la devoción del Via-Crucis, que será para nosotros «una fuente que salte hasta la vida eterna» (Jo., IV, 14). En cada una de las catorce estaciones nos unimos amorosamente con el Salvador y refrescamos nuestra alma en la corriente de gracias que brota del costado de Jesús.

Cualquier tiempo es bueno para practicar el Via-Crucis, pero en cuanto sea posible, creo que ninguno es más apto que el de la acción de gracias después de la Misa. Cuando todavía conservamos en nosotros la divina presencia, podemos rehacer este trayecto unidos a Aquel que lo recorrió el primero. El seguir así, paso a paso, el camino del Calvario en unión con Jesús, a quien llevamos dentro de nuestra alma, es una excelente manera de profesar nuestra fe en el imponderable valor de sus sufrimientos, que continúan ofreciéndose incesantemente en el sacrificio del altar.

Para practicar esta devoción no se requiere ninguna oración vocal. Basta con aplicar piadosamente el espíritu y el corazón.

Algunos sacerdotes me han declarado más de una vez: «Nosotros no hacemos meditación, porque se nos hace extremadamente difícil; es que no tenemos vida interior». Y yo les he respondido: «¿Habéis intentado practicar el Vía-Crucis a modo de meditación?»

¿De qué señal nos valdremos para saber a ciencia cierta si existe en nuestro corazón la verdadera compunción? Os voy a dar un medio inefable.

La compunción tiende un velo sobre las faltas de los demás, al tiempo que el alma se siente dominada por el sentimiento de su propia indignidad.

¿Sois, acaso, severos, exigentes y duros con los demás? ¿Sois inclinados a revelar sin miramiento alguno o con ironía los defectos y las faltas del prójimo? ¿Se las echáis en cara sin legítimo motivo? ¿Os escandalizáis fácilmente? Si esto es así, es señal de que vuestro corazón no está afectado ni penetrado de su propia miseria y de las ofensas que Dios os ha perdonado.

Hay una parábola en el Evangelio que ilustra maravillosamente esta verdad. Nos presenta dos personajes: el fariseo y el publicano. Recomponed con vuestra imaginación la escena de su oración en el templo. El primero se fija en las faltas del otro y las ve con los ojos bien abiertos. Observa y juzga con rigor a su prójimo, pero no medita en sus propias culpas. Está completamente ciego para ver su conducta, cuya miseria Dios conoce perfectamente, y sólo ve sus ayunos y sus limosnas. Para nada piensa en sus pecados. Y siente deseos de decir a Dios: «Podéis estar orgullosos de mí». Al hacer su oración se complace en sí mismo. Y cuando dice: «Señor, os doy gracias porque no soy como ese otro», esta acción de gracias, aunque tenga ciertos visos de ser legítima, con todo no le justifica. ¿Por qué? Pues porque su alma no está compungida y le falta la humildad.

El publicano, por el contrario, no se fija en el fariseo. Siente su miseria y no levanta sus ojos para juzgar la del prójimo. Se golpea el pecho y exclama: «Oh Dios, sé propicio conmigo pecador» (Lc., XVIII, 13). El corazón que hace esta oración está ungido de compunción. Y Jesús proclama que la compunción justifica al pecador ante Dios.