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IV. -Ex fide vivit

Hemos visto cómo el ideal de la santidad debe informar todas las acciones de la vida del sacerdote, puesto que su sacerdocio es una participación del sacerdocio del Verbo encarnado.

Este ideal nunca llega a realizarse plenamente. E importa tenerlo bien en cuenta para no desanimarse. Pero esto no impide que alimentemos en nosotros un gran deseo de tender hacia este ideal, por elevado que sea, ya que semejante deseo aviva nuestro entusiasmo y mantiene nuestra mirada siempre fija en el divino Maestro.

Además, ¿no son sus méritos y la abundancia de su gracia los que nos sostienen?

Para tener ideas claras sobre esta labor de santificación que debemos emprender, consideremos las principales virtudes que hemos de cultivar con preferencia. Todo cristiano esta obligado a practicarlas; pero el sacerdote debe cultivarlas de una manera especial, que sea apropiada a su ministerio sagrado, al apostolado de las almas y a la santidad sobrenatural que el Padre celestial espera de él.



1.- La fe, atmósfera de la vida del sacerdote

Todo el valor de nuestra vida depende de la fe: Sine fide impossibile est placere Deo (Hebr., XI, 6). «Si nuestra fe es vana, dice San Pablo en otro lugar, somos con mucho los más desgraciados de todos los hombres»: Miserabiliores sumus omnibus hominibus (I Cor., XV, 19). Y esto es mil veces más verdad cuando se trata del sacerdote, porque, en ese caso, toda su existencia sería un pecado contra la verdad.

Ante todo su mismo sacerdocio es un objeto de fe. Nada se trasluce al exterior que demuestre su eminente dignidad. Nuestro Dios es un «Dios escondido» (Isa., XLV, 15). Su esencia es una luz esplendorosa que no conoce ocaso; pero nosotros no la vemos. Y todo lo que obra en nosotros y por medio de nuestro ministerio constituye un objeto de fe.

¿Qué viene a ser el sacerdote a los ojos de un incrédulo? Un hombre como otro cualquiera, que abusa del candor de las gentes sencillas y que nada tiene de especial sino su sotana. Y frecuentemente se llega a odiarle a causa de Cristo. Por eso, la fe es indispensable para comprender al sacerdote.

Pero entre todos los que deben creer en el sacerdote, a nadie incumbe esta obligación con un motivo más perentorio que al mismo sacerdote. Es absolutamente preciso que la fe mantenga siempre presente a su espíritu la condescendencia infinita con que Dios se ha dignado llamarle a una dignidad tan elevada. Con más razón que los diáconos a los que se dirige San Pablo, el sacerdote debe «guardar el misterio de la fe en una conciencia pura»: Habentes mysterium fidei in conscientia pura (I Tim., III, 9). Nosotros los sacerdotes vivimos en constante contacto con la Eucaristía y esto nos debe obligar a reavivar incesantemente en nuestros corazones la viveza de nuestra fe.

Se puede llegar a perder completamente este don tan precioso. Me acuerdo de un pobre sacerdote, al que fui a visitar por encargo de su obispo. Se estaba muriendo. Cuando yo le recordaba las grandes verdades del cristianismo, me respondió diciendo: «Todo eso no es más que leyenda y poesía». No llegué a conseguir que se reavivara su fe. Aunque no caiga en semejantes extravíos, cualquier ministro de Cristo puede experimentar una disminución en la lozanía, en la alegría y en la unción de su fe.

¡Qué satisfacción más íntima la de poder decir al Señor en el crepúsculo de la vida, como decía San Pablo: Fidem servavi! (II Tim., IV, 7). «He guardado la fe» y he tenido la mirada siempre fija en la eternidad. ¿De dónde nació vuestra vocación sacerdotal? De la fe de vuestra adolescencia o de vuestra mocedad. Cuando es ardiente, la fe nos hace «vivir en Dios»: Viventes Deo (Rom., VI, 11). Sin ella, nada somos; y cuando disminuye, todas nuestras virtudes decaen con ella.



La atmósfera en que se desenvuelve habitualmente el pensamiento tiene una importancia capital para todo hombre.

¿Cuál es la atmósfera adecuada al alma del sacerdote? ¿Será, acaso, la de un ambiente laico, o la de las conversaciones que ocupan la atención de la ciudad, o la de las últimas noticias del periódico, o quizás la de cualquier libro de literatura novelesca?

Ciertamente que no. Lejos de mí pretender que el sacerdote no debe estar al corriente de los acontecimientos; pero sí afirmo que, ante todo, necesita vivir la vida interior, y ésta no se nutre ni se sostiene sino con el alimento de la fe.

Traigamos a la memoria los beneficios de Dios y las luminosas realidades sobrenaturales que la Iglesia dispensa a sus hijos. Nuestra misión consiste en comunicar a Jesucristo a los hombres: «Tanto amó Dios al mundo…»: Sic Deus dilexit mundum (Jo., III, 16). Dios nos pedirá estrecha cuenta del empleo que hemos hecho de los tesoros de salvación que ha puesto en nuestras manos.

Es necesario que la conciencia de nuestras responsabilidades esté siempre presente a nuestro espíritu. La convicción de que no nos pertenecemos constituye la raíz de nuestra conciencia. Digamos, pues, con San Pablo: «Yo, soy de Cristo» (I Cor., I, 12), y añadamos con él: «Me debo tanto a los sabios como a los ignorantes»: Sapientibus et ignorantibus debitor sum (Rom., I, 14). ¿Podremos creer que estamos en paz con Dios si tenemos conciencia de que un alma confiada a nuestro cuidado está sumida en la miseria y somos negligentes en acudir en su auxilio?

El sacerdote deberá mirar al mundo con ojos de benevolencia. No como un muchacho inexperimentado que siente la fascinación del brillo de las cosas, pero que ignora su aspecto oscuro y desabrido. El ministro de Cristo no puede cifrar su ilusión en los bienes perecederos, sino que debe considerarlos a través de los ojos de Jesucristo, es decir, estimando su valor o su nada según los criterios de la fe.

Es de suma importancia que los fieles se den cuenta de que nosotros los sacerdotes vivimos esta vida sobrenatural, puesto que la fecundidad de nuestro ministerio sacerdotal depende de ello en gran parte.



2.- Misión de la fe

La fe es una virtud fundamental. Sin ella, la caridad, la religión y cualquiera otra virtud son completamente imposibles. La fe constituye la base de nuestras relaciones sobrenaturales con Dios. Según el plan divino, su luz es la que nos debe guiar durante el tiempo de nuestra prueba acá en el mundo. Nuestro acercamiento a Dios, el empleo de los medios adecuados para asegurar nuestra unión con Él y nuestro mérito están, hasta cierto punto, envueltos en la oscuridad.

También los ángeles sufrieron la prueba de su fe, porque, sea cual fuere la naturaleza propia de su «tentación», fueron sometidos a esta prueba cuando eran enteramente libres, cuando aún no habían sido admitidos a la visión beatífica.

El Concilio de Trento resume en las siguientes palabras la misión esencial de la fe: «La salud del hombre comienza por la fe. Ella es el fundamento y la raíz de toda justificación. Sin la fe es imposible agradar a Dios y participar de la suerte de sus hijos» [Sess. VI, 8].

La fe es en nosotros el principio, el fundamento y la raíz de nuestra vida de hijos de Dios. Expliquemos brevemente estas palabras del concilio.

¿A quién otorga Dios el poder de hacerse hijo suyo? Nos lo dice San Juan: «Esta gracia está reservada únicamente a los creyentes»: His qui credunt in nomine ejus (Jo., I, 12). Lo mismo nos enseña San Pablo: «Es preciso que quien se acerque a Dios crea que existe»: Credere enim oportet accedentem ad Deum (Hebr., XI, 6).

Si la fe es necesaria para despertar la vida sobrenatural, también lo es para asegurar su crecimiento y su desarrollo. La fe es, en verdad, el fundamento y la raíz de la vida interior.

¿Qué papel juegan los cimientos en una construcción? No solamente son necesarios para dar principio a las obras, sino que de ellos depende en todo momento la estabilidad, el equilibrio y la duración del edificio.

Este mismo es el papel que la fe juega en toda la vida cristiana. Cuando la fe es firme, consolida la esperanza, impulsa la caridad e imprime a la oración un vuelo que la levanta hasta Dios. ¿De dónde nos viene el apoyo constante que precisamos, de dónde recibimos los motivos que más eficazmente nos mueven a obrar, tanto en el momento de la tribulación como en el curso normal de la existencia, sino de la fe? Por eso San Pablo recomendaba a los colosenses que viviesen siempre «firmemente fundados e inconmovibles en la fe»: In fide fundati et radicati (I, 23).

Su influencia se compara a la de la raíz. Esta sostiene al árbol sujeto al suelo y, por una acción imperceptible e ininterrumpida, mantiene su vigor. Todo el crecimiento y el desarrollo del árbol dependen de esta alimentación secreta. Cortad las raíces y veréis qué pronto, por mucha que sea la vitalidad y la belleza del árbol, se secará irremisiblemente.

Tal es la importancia primordial de la firmeza de la fe. Su influencia es permanente. Ella ennoblece la existencia y vigoriza el alma y, gracias a ella, tanto el simple fiel como, sobre todo, el sacerdote, no duda jamás de la victoria: Hæc est victoria quæ vincit mundum, fides nostra (I Jo., V, 4).

San Pablo quiso compendiar en una fórmula brevísima toda esta doctrina que era tan de su agrado. «El justo vive de la fe»: Justus ex fide vivit (Gal., III, 11; Rom., I, 17; Hebr., X, 38). Démonos cuenta de su valor eminentemente práctico, porque, cuanto más firme sea nuestra fe, tanto más se regenerará nuestra vida entera, y más se estrecharán los lazos de nuestra adopción divina.





3.- Noción de la fe

¿En qué consiste exactamente esta fe que debe animar nuestra vida? El Concilio Vaticano [Sess. III, cap. 1] nos lo dice en una definición luminosa: «La fe es una virtud sobrenatural, por la que, bajo la inspiración y la ayuda de la gracia de Dios, aceptamos como verdadero todo lo que Dios nos ha revelado; no porque comprendemos la verdad intrínseca de las realidades sobrenaturales guiados por la luz natural de la razón, sino fundados en la autoridad del mismo Dios que nos las revela y que no puede engañarse ni engañarnos».

La fe es el homenaje que nuestra razón rinde a la veracidad divina. Dios ha hablado, sobre todo, por medio de Jesucristo y de los apóstoles. Cuando el hombre acepta la revelación divina, con sus esplendores y sus oscuridades, humilla todo su ser ante Dios, se entrega enteramente a la suprema e infalible Verdad y con ello glorifica al Señor. Porque en esta aquiescencia total de su espíritu, todo el hombre se siente impulsado a confundirse y abismarse ante la autoridad suprema de Dios.

La esencia de la fe consiste en esta sumisión de la inteligencia que se adhiere a la Verdad sustancial que le revela el misterio divino y los caminos de la salvación.

La fe es una comunión de nuestro espíritu, no con los puntos de vista de otro hombre por muy docto que sea, sino con el pensamiento del mismo Dios. Por la fe, hacemos nuestro su pensamiento y participamos del conocimiento que Dios tiene de sí mismo y de los designios de su predestinación eterna. Debemos aceptar con profundo respeto la revelación divina, tanto en su conjunto como cada una de las verdades que la Iglesia, único juez supremo en estas materias, nos manda creer: «Lo que creemos de vuestra gloria, lo creemos por la fe de vuestra revelación»: Quod enim de tua gloria, revelante Te, credimus [Prefacio de la misa de la Trinidad].

Lejos de humillar a la razón humana, la fe la eleva, amplía inmensamente sus fronteras y la hace participar de las verdades capitales sobre el sentido de su destino.



La fe implica necesariamente tres elementos: una adhesión del entendimiento, un movimiento de la voluntad y una inspiración de la gracia, que envuelve enteramente el acto del creyente.

La fe no es una conclusión del razonamiento, es decir, la convicción producida en la inteligencia por la fuerza de los argumentos. Sino que es una sumisión voluntaria, confiada y total del espíritu a la autoridad de Dios que revela.

¿Por qué interviene la voluntad en el acto de la fe? Como sabéis, no es sino por un trabajo abstracto y difícil como llegamos a concebir las cosas que sobrepasan los límites de nuestras experiencias humanas. Por eso, las verdades sobrenaturales se nos presentan siempre rodeadas de espesas tinieblas. Al aceptar la revelación con todas sus enseñanzas, nuestra inteligencia se abre de par en par a la verdad divina, aceptándola con perfecta aquiescencia. Pero esto no lo puede hacer sino mediante un impulso de la voluntad, deseosa de encontrar a Dios, y de comunicarse con Él. La gracia interviene, pero sin que sea preciso que se sienta su influjo en todo este proceso tan complejo.

La parte de voluntariedad y de libertad que comporta el acto de fe hace que éste sea meritorio a los ojos de Dios. En todo este proceso, Dios ha querido dejar suficiente margen de oscuridad para que el creer sea un acto de profunda confianza en Él, a la vez que suficiente claridad para que el acto de fe pueda parecernos completamente razonable.

Por último es necesaria la acción de la gracia sobre el entendimiento y la voluntad. Leed el Evangelio. Los contemporáneos de Jesús podían verle y oírle; sus sentidos le tenían siempre a su alcance; su razón les decía que era un hombre eminente, de una virtud extraordinaria. Pero para poder penetrar en el Santo de los santos de su naturaleza divina y creer que era el verdadero Hijo de Dios, se requería, además de los milagros y de las profecías, un don de la gracia. Así lo proclamó el mismo Jesús: «No es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre»: Caro et sanguis non revelavit tibi, sed Pater meus (Mt., XVI, 17). Y en otra ocasión: «Nadie puede venir a mí, si el Padre… no le trae»: Nemo potest venire ad me, nisi Pater... traxerit eum (Jo., VI, 44).

La fe nos viene de lo alto. El incrédulo debe implorar humildemente su venida, y nosotros, que estamos ya en posesión de este don, pedir su aumento: Credo, Domine, adjuva incredulitatem meam (Mc., IX, 24).

Siempre son posibles las tentaciones contra le fe, pero al mismo tiempo son un estímulo para la oración. Si recurrimos a la oración cuando somos tentados, nuestra fe se robustece y apreciamos mejor su carácter sobrenatural y gratuito. Aprendamos a utilizar estas dudas, sin que por ello nos expongamos temerariamente a conversaciones y lecturas que pueden hacer peligrar nuestra adhesión al depósito de la revelación, y unámonos más consciente y firmemente a Cristo y a su mensaje.





4.- Privilegio de la fe: aurora de la visión beatífica

Todas estas enseñanzas de los concilios de Trento y del Vaticano se encuentran implícitamente contenidas en la definición de la fe que nos da San Pablo: «Es la fe la firme seguridad de lo que esperamos, la convicción de lo que no vemos»: Est autem fides sperandarum substantia rerum, argumentum non apparentium (Hebr., XI, 1).

Estas palabras significan que la fe es el apoyo vital de todas nuestras esperanzas sobrenaturales. Por ella llegamos al convencimiento de la existencia de este mundo celestial que no alcanzamos a ver y del que nos habla toda la epístola a los Hebreos. Este texto inspirado nos revela la más estupenda prerrogativa de la fe: la de que es la aurora de la luz del cielo. Entre la fe y la visión beatífica no hay solución de continuidad.

Prácticamente hay para nosotros tres órdenes de realidades distintas: el de la materia, el de las verdades intelectuales y el más alto aún de lo sobrenatural. Nosotros llegamos al conocimiento de cada uno de estos mundos, ilustrados por una luz apropiada a cada uno de ellos.

La naturaleza material, con su inmensidad y su belleza, se descubre a nuestros ojos por su esplendor.

La inteligencia contempla este mismo universo, pero de un modo superior, porque de los fenómenos se remonta a sus causas. Descubre en las cosas la huella de la Omnipotencia y de la Sabiduría creadora y llega así al conocimiento de la existencia de Dios y de sus perfecciones. Muy distinta es la luz por la que nuestros ojos ven, de aquella otra por la que nuestro entendimiento comprende, juzga y razona. La una no es continuación de la otra, sino que son de diferentes órdenes.

Más allá del mundo que alcanzan a conocer nuestros sentidos y nuestra razón, hay una tercera esfera trascendente, inaccesible, divina. Es la de la vida íntima de la Trinidad. «Dios habita una luz inaccesible, que ningún hombre vio ni puede ver»: Lucem inhabitat inaccessibilem, quem nullus hominum vidit nec videre potest (I Tim., VI, 16). Nuestra elevación sobrenatural nos destina a penetrar en estas «profundidades de Dios», profunda Dei (I Cor., II, 10). Cuando lleguemos al cielo, recibiremos una comunicación de esta luz divina, para poder contemplar a Dios intuitivamente. «En tu luz vemos la luz»: In lumine tuo videbimus lumen (Ps., 35, 10).

Con todo, el Señor se ha dignado, ya desde ahora, conceder a sus hijos adoptivos el poder entrar en contacto con este mundo supraterrestre. Y este prodigio se obra gracias a la fe, porque la fe es la aurora de la visión beatífica.

Contemplad lo que sucede en la Jerusalén celestial: la luz de la gloria refuerza maravillosamente la capacidad de la inteligencia de los santos y la adapta a la contemplación de Dios. Al mismo tiempo, esta luz se proyecta sobre todos los actos de conocimiento, de amor y de bienaventuranza que constituye la vida y la felicidad eternas.

¿Se podrá afirmar que la fe juega el mismo papel acá en la tierra? Ella nos hace a Dios presente, en medio de nuestras oscuridades, de nuestros esfuerzos y de nuestras pruebas. Nos hace también comprender todas las realidades sobrenaturales que constituyen el objeto de nuestra esperanza. Y esclarece al mismo tiempo todos los actos que debe practicar el cristiano en el camino que le lleva al cielo. Toda la actividad sobrenatural que dispone a los hijos de Dios para que puedan recibir un día la luz de la gloria y les permite adquirir méritos para conseguirla, debe brotar de la fe, como de una fuente que mana sin cesar. «Ahora veo en un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara»: Videmus nunc per speculum in enigmate, tunc autem facie ad faciem (I Cor., XIII, 12).

La fe, no solamente pertenece al orden sobrenatural, sino que en la visión beatífica encuentra su desenvolvimiento y floración suprema. La misma vida que recibimos en el bautismo es la que evoluciona y se transforma. Ciertamente la fe es el primer destello, el alba y la aurora de la visión eterna. Santo Tomás resume toda esta doctrina tan elevada en estos términos tan sustanciales como concisos: «La fe es un hábito de nuestro espíritu, por el que empieza a tener realidad en nosotros la vida eterna»: Fides est habitus mentis quo inchoatur vita æterna in nobis [Sum. Theol., II-II, q. 14, a. 1].





5.- La fe en Cristo, Verbo encarnado

Dios se presenta a nosotros como objeto de fe, principalmente en la persona de Jesucristo. Quiere que creamos firmemente que el hijo de María, el obrero de Nazaret, el Maestro que se enfrentaba a los fariseos, el crucificado del Calvario es verdaderamente su Hijo, enteramente igual a Él, y que como a tal le adoremos. «La gran obra que Dios se ha propuesto en la economía de la salvación, consiste en establecer entre los hombres la fe en el Verbo encarnado»: Hoc est opus Dei ut credatis in eum quem misit ille (Jo., VI, 29).

Nada hay que pueda reemplazar a esta fe en Jesucristo, verdadero Dios, consustancial al Padre y enviado suyo. Ella es la síntesis de todas nuestras creencias, porque Cristo es la síntesis de toda la revelación.

Si esto es verdad para todos los cristianos, lo es especialmente para el sacerdote. Porque la razón de ser del sacerdocio consiste en traer al mundo la salud de Cristo, Hijo de Dios, encarnado por amor. Toda la vida del gran apóstol se resume en estas palabras: «Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí»: In fide vivo Filii Dei qui dilexit me et tradidit semetipsum pro me (Gal., II, 20), y toda nuestra vida sacerdotal debe ser un testimonio de esta misma poderosa convicción.

La vida de la Iglesia es una adoración constante y universal de su divino Esposo. Ella no se cansa de repetir con San Pedro a la misma cara de un mundo que le niega y le desconoce: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo»: Tu es Christus, Filius Dei vivi (Mt., XVI, 16).

Esta poderosa visión de la fe, que atraviesa los velos de la humanidad de Jesús y se abisma en las profundidades de su divinidad, es la que falta a muchas almas. Ellas ven a Jesús, le tocan, pero, lo mismo que las multitudes de Galilea, con una mirada puramente exterior y superficial, que no llega a transformarlas.

Para otros, por el contrario, Jesús aparece transfigurado, porque la gracia ilumina la fe que tienen en su divinidad. Para ellos, Jesús es el sol de justicia, que sobrepasa todas las bellezas de la tierra. Y de tal manera arrebata sus corazones la contemplación de Jesús, que «ninguna otra es capaz de separarles de su amor», pudiendo decir con San Pablo: «Estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida… ni ninguna otra criatura podrán arrancarnos al amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom., VIII, 38).

Una fe como esta hace que Jesucristo quede firmemente fijo en nuestros corazones. Porque no es una simple adhesión de nuestro espíritu, sino que comprende el amor, la esperanza y, en una palabra, la consagración total de sí mismo a Cristo para vivir de su vida, participar de sus misterios e imitar sus virtudes.

Se dan cristianos y aún sacerdotes que no han hecho de Jesús la fuente de su vida espiritual. Creen que es Dios, pero sin un convencimiento íntimo y vital, y esta fe no llega a constituir la raíz y el fundamento de toda su vida religiosa. Ellos ignoran prácticamente aquella frase tan reveladora de San Pablo: «Cuanto al fundamento, nadie puede poner otro sino el que está puesto, que es Jesucristo»: Fundamentum aliud nemo ponere potest, præter id quod positum est, Jesus Christus (I Cor., III, 11). Por eso sus esfuerzos resultan muchas veces estériles.

Debemos, pues, arrojarnos de buen grado a los pies de Jesucristo y rendirle el homenaje de una fe acendrada: «Oh Cristo, aún sin veros en toda la gloria de vuestra divinidad, confieso que sois el Hijo de Dios vivo: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero»: Deum de Deo, lumen de lumine, Deum verum de Deo vero. Es de una importancia capital en la vida espiritual que nuestro impulso hacia Dios se apoye sobre esta base de la fe en el Verbo encarnado.

Pero no basta con formar un decidido propósito, sino que es menester que nuestras fuerzas se rehagan y nuestra generosidad se reavive todos los días en esta fe. Cuanto más perfecta sea, más participaremos con Cristo de su condición de Hijo de Dios. Esta cualidad es lo mejor que tiene Jesús y nos hace donación de la misma.

Toda la grandeza de esta doctrina se deriva de este elevado pensamiento: creer, es participar del conocimiento que Dios tiene de sí mismo y de todas las cosas en sí mismo. Por el ejercicio de esta virtud, nuestra vida viene a ser un reflejo de la suya. Cuando el alma está saturada de fe, ella ve, por así decirlo, por los ojos de Dios.

¿Y qué es lo que el Padre contempla eternamente? A su Hijo. Él le conoce y ama a todas las cosas en Él. Esta mirada y este amor pertenecen a su misma esencia. ¿Qué es lo que está mirando en este mismo momento en que os estoy hablando? Al Verbo que, siendo igual a Él, se ha hecho hombre por amor.

El Padre ama a su Hijo infinitamente, divinamente, como Él solamente puede hacerlo. Por eso le está dedicado enteramente y todo cuanto hace lo ordena a su gloria: «Le he glorificado, y le glorificaré»: Et clarificavi et iterum clarificabo (Jo., XII, 28). Tiene empeño en que su Hijo sea reconocido por las criaturas racionales con la reverencia que le es debida a su divinidad. Al introducirle en el mundo, ha querido que «todos los ángeles le adoren»: Et adorent eum omnes angeli Dei (Hebr., I, 6). Y reclama de los hombres el mismo homenaje. El Padre quiere «que todos honren al Hijo como honran al Padre»: Ut omnes honorificent Filium sicut honorificant Patrem (Jo., V, 23). ¿No exigió, acaso, en el Tabor que todos creyesen en las palabras de Jesús, porque eran palabras del Hijo de su amor? Hic est Filius… Ipsum audite (Mt., XVII, 5).

Si miráramos a Cristo como le mira el Padre, sería ilimitado el premio que reportaríamos de la dignidad de su persona, de la magnitud de sus méritos y del poder de su gracia. Por muchas que sean nuestras faltas y por grande que sea nuestra indigencia, tenemos en Cristo un suplemento de misericordia inagotable. Por grande que sea nuestra miseria, somos ricos en Cristo: In omnibus divites facti estis in illo (I Cor., I, 5). La sobreabundancia de los méritos de un Dios resulta, para la Iglesia que los atesora, una fuente perenne de gratitud, de alabanza, de paz y de júbilo indecible.

Esta fe en su divinidad nos obliga por un título especialísimo a nosotros los sacerdotes, que vivimos en contacto tan frecuente con la Eucaristía, a guardar el más profundo respeto a Cristo: Veneremur cernui. Si Jesús oculta su esplendor, nosotros adoraremos con mayor veneración aún la incomprensible realidad de su presencia. Este mysterium fidei «lo amaremos tanto más cuanto más vivamos de él»: Cœleste munus diligere quod frequentant [Oratio super populum, jueves de la 1ª semana de cuaresma]. El Señor es tan condescendiente, que oculta su gloria a nuestros ojos, para que nuestra flaqueza no tema acercarse a Él. Con el estímulo de esta bondad nuestra fe deberá atravesar el velo y sumirnos en adoración a los pies del Hijo de Dios.

Estos deben ser nuestros pensamientos cuando doblamos la rodilla ante el sagrario, en el último evangelio, o cuando decimos Filius Patris en el Gloria, Incarnatus est en el Credo, y tantos textos de la Escritura o de la Liturgia. Con los ojos puestos en Jesucristo, digámosle de corazón: «En el niño del establo, en el obrero de Nazaret, en el leño de la cruz, bajo las apariencias del pan y del vino, yo os adoro, oh Cristo, como a mi Dios; os amo, y os acepto con todo lo que sois y con todo lo que queráis imponerme».



6.- Tres cualidades de la fe sacerdotal

Es de suma importancia que la fe del sacerdote sea mucho más perfecta que la de los simples fieles. Por lo mismo que ha sido llamado para comunicar a los fieles los misterios de la religión, es necesario que tenga una alta estima de su valor: Ut sciatis quæ sit spes vocationis ejus et quæ divitiæ gloriæ hereditatis ejus (Eph., I, 18).

La fe del sacerdote debe estar revestida principalmente de tres cualidades: debe ser robusta en su adhesión, ilustrada en cuanto a su extensión, comprendiendo todo cuanto abarca la fe de la Iglesia; y por último, debe ser operante, es decir, que ha de ejercer su influencia eficaz en todos los actos de la vida.

Si la fe es una adhesión del espíritu a las verdades reveladas por el mismo Dios, si, a la vez, es la respuesta que da el hombre a la comunicación divina, esta adhesión deberá ser robusta, firme y sin vacilación alguna.

Cuando San Pedro creyó que se hundía bajo las olas del lago de Genesaret, gritó con todas sus fuerzas: «Señor, sálvame»: Domine, salvum me fac (Mt., XIV, 30). Tenía fe en Jesús, puesto que le invocaba; pero su fe era vacilante. Por eso le reprochó el Señor. Más cuando en el monte Tabor dijo a su Maestro: «¡Qué bien estamos aquí!» (Mt., XVII, 4), o en aquella otra ocasión de la promesa de la Eucaristía, exclamó: «¿A quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jo., VI, 68), su fe estaba firmemente asentada. En el Calvario, Nuestra Señora creía con toda su alma. Ella era la Virgen fiel en toda la acepción de la palabra. Como que en su corazón atesoraba la fe viva de toda la Iglesia. Virgo fidelis… continens fidem vivam totius Ecclesiæ in corde suo [Quizá la fuente de esta cita sea San Alberto el Grande, que escribe de la Virgen: Fidem habuit in excelentissimo, quæ… etiam discipulis dubitantibus, non dubitavit. In Luc. I. Gratia plena].

Para que podáis comprender en qué consiste una fe robusta, fijad vuestra atención en algunos otros ejemplos tomados de la Sagrada Escritura, que siempre son los mejores. San Pablo muestra un santo entusiasmo siempre que habla de Abraham. Fue tan grande la fe del «Padre de los creyentes» que, contra todas las apariencias humanas, creyó como verdadera la promesa que Dios le hizo con firmeza absoluta y sin la menor vacilación: «Contra toda esperanza, creyó que había de ser padre de muchas naciones…, y no flaqueó en la fe al considerar su cuerpo sin vigor, pues era casi centenario» (Rom., IV, 18-19).

Cuando el centurión del Evangelio afirmó que Jesús tenía poder sobre los males físicos como él lo tenía sobre sus soldados, Jesús se manifestó como admirado: «En verdad os digo que en nadie de Israel he hallado tanta fe» (Mt., VIII, 10). Cuando la Cananea insistió en sus apelaciones a la bondad y al poder de Jesús, a pesar de la negativa y de la aparente dureza con que la trataba, el Señor quedó como subyugado, como si efectivamente la tenacidad de la fe de esta mujer ejerciese sobre Él una irresistible atracción: «¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres» (Mt., XV, 28).

En la epístola a los Hebreos, el Apóstol nos muestra con señalada complacencia cómo, movidos por su fe, los Patriarcas y los Justos de la Antigua Alianza llevaron a la práctica los grandes designios de Dios: «Los cuales por la fe subyugaron reinos, ejercieron la justicia, alcanzaron las promesas» (Hebr., XI, 33).

Cuando nosotros los sacerdotes tratamos con noble firmeza de vivir siempre en todas las ocasiones de este espíritu de fe, nos incorporamos a esta pléyade de santos que, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, han extraído su vigor sobrenatural de una adhesión inquebrantable a la palabra revelada.



En segundo lugar, para que la fe sea perfecta, debe ser una fe ilustrada.

Porque pudiera suceder que, aún siendo una fe vigorosa, fuese, no obstante, rudimentaria. Este es el caso, por ejemplo, del ciego de nacimiento curado por Jesucristo. Cuando Cristo le preguntó si creía en el Hijo de Dios, respondió con un acto de intensa fe, en la que puso todo su ser a los pies de Jesús: «Creo, Señor, y se postró ante Él»: Credo, Domine. Et procidens adoravit eum (Jo., IX, 38). Si atendemos a su adhesión absoluta, su fe era perfecta. Sin embargo, era muy elemental, puesto que aún no conocía todo el conjunto de verdad y de doctrina que el Verbo había venido a traer a la tierra. Una fe como esta acepta, sin dudar, todas las verdades reveladas, pero implícitamente y en bloque, sin un conocimiento previo de cada una de ellas.

Por muy excelente y rica en virtualidad que sea esta fe espontánea y generosa, pero implícita, no puede ser suficiente cuando el espíritu de reflexión se despierta tanto en el hombre como en la sociedad religiosa. La razón desea darse cuenta del objeto de la fe, discernirla y precisarla. Esta necesidad es la que ha dado origen en el transcurso de los tiempos a la teología, que trata de conocer, analizar y coordinar, en la medida que lo permiten las posibilidades del entendimiento, el contenido de la revelación. La verdadera noción de la teología será siempre aquella cuya fórmula consagró San Anselmo: Fides quærens intellectum [«La fe que trata de llegar a la inteligencia de su objeto». Proslogium, P. L. 158, col. 225].

A nosotros los sacerdotes nos es tanto más necesario este conocimiento de la fe cuanto que a nosotros nos está encomendada la misión de ilustrar la de los simples fieles, defendiéndola de los ataques de la herejía o de la impiedad. No debemos echar en olvido lo que a este respecto nos dice la Escritura: «Por haber rechazado tú el conocimiento [de las cosas santas], te rechazaré yo a ti del sacerdocio a mi servicio» (Oseas, IV, 6).

Sucede a veces que los estudios sagrados quedan al margen de la vida interior personal del sacerdote. Y esto es lamentable. Es necesario que fecundemos el trabajo intelectual por medio de piadosas lecturas, por el pensamiento de la presencia de Dios y por la oración. Así es como llegará a formarse en el alma del sacerdote esta teología viviente que es el corazón de la santidad sacerdotal.

Bien se os alcanza que al hablar del estudio de la teología no me refiero ni a esas cuestiones sutiles ni a esos manuales que se emplean para adquirir los conocimientos que son precisos para salir airosos de un examen de órdenes, sino que me refiero al estudio de los Santos Padres, de los doctores consagrados por su doctrina teológica y principalmente de Santo Tomás. Me refiero, sobre todo, a un conocimiento cada día más profundo de la Sagrada Escritura, que constituye el tesoro de la Esposa de Cristo. Así se formaron los doctores de la Iglesia y los grandes teólogos; hasta el fin de los siglos, estos libros continuarán siendo las verdades fuentes de la ciencia sagrada.

¿No se da el caso de sacerdotes que viven en constante contacto con los misterios de la fe, pero que no piensan en ellos, ni se preocupan de conocerlos? Pasan su vida en medio de realidades divinas: en el altar, en el confesonario, en el púlpito, están en constante relación con los poderes sobrenaturales. Pero como su fe no es ilustrada ni su piedad tiene raigambre teológica, se les escapan muchas gracias con evidente detrimento de su ministerio y viven hambrientos en medio de la abundancia de tantas luces que debieran enfervorizar su alma. El sacerdote debe tener la ilusión de tener un conocimiento tan completo como le sea posible de la revelación que nos trajo Jesucristo, que es la Sabiduría eterna.

Los que se dedican a los estudios superiores corren en nuestros días el peligro de perder algo de su pureza y de la lozanía de su fe. Un espíritu hipercrítico ha invadido todos los dominios: la historia, la teología, la Sagrada Escritura. Si no guardan las debidas precauciones, algunos pueden correr el riesgo de que su fe se debilite y aún de que llegue a perderse completamente. Para prevenirnos contra estos peligros, os recomiendo que cultivéis el mayor respeto a la doctrina tradicional.

Esto no excluye el progreso en el estudio de los diversos aspectos del pensamiento moderno; pero es necesario que los juzguemos desde las alturas en que nos sitúa el conocimiento profundo de la teología.

Rechacemos de plano toda herejía, porque está en abierta repugnancia con la verdad revelada, con la doctrina de Jesucristo. Con todo, mostremos siempre la máxima benevolencia a nuestros hermanos que son víctimas del error.

Procurad sobrenaturalizar vuestro trabajo. Nunca empecéis a estudiar sin haber orado antes. Tened cuidado de elevar vuestra intención, para que no busquéis otra cosa que la mayor gloria de Dios y la investigación de la verdad. Hay quienes tratan de adquirir la ciencia sagrada con «el fin de adquirir renombre de sabios»: Ut sciantur ipsi, como dice San Bernardo, lo cual no deja de ser una torpe vanidad: et turpis vanitas est [In Cantic., Sermo 36, 1-3]. Para los que trabajan con estas miras, el estudio nunca será un medio para santificarse. De esta ciencia es de la que el Espíritu Santo ha dicho: «La ciencia hincha» (I Cor., VIII, 1), y en otro lugar: «La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios» (I Cor., III, 19). Podríamos añadir que también «ante los hombres», porque nada hay más repelente que un sacerdote ofuscado por sus éxitos y totalmente poseído de las consideraciones debidas a su superioridad intelectual. No nos dejemos seducir por nuestra ciencia, que harto imperfectos serán siempre nuestros conocimientos mientras vivamos en esta vida.

Apliquémonos al estudio con la intención de trabajar por el reino y la gloria de Dios, por la Iglesia, por defender contra todos los ataques el depósito de la revelación, por conservar en toda su pureza y vigor de la fe de los fieles y, sobre todo, por saturar nuestro propio espíritu del conocimiento de Jesucristo y de sus incomparables misterios.

Tal debe ser, me complazco en repetirlo, nuestra teología: una teología viviente que sea el corazón de la santidad sacerdotal.

También la lectura espiritual es de suma importancia en la vida del sacerdote. Constituye para él un verdadero peligro el estar demasiado ocupado en las cosas profanas y el dejarse cautivar por lecturas que nada tienen de sobrenatural. Los que habitualmente se entregan al estudio de los clásicos tienen igualmente necesidad de algún antídoto para salvaguardar el fervor de su fe.

Es verdad que un profesor o un sacerdote absorbido por sus ministerios no disponen de mucho tiempo para dedicarse a estudios suplementarios. Pero ¿no podrán dedicar un rato cada día a la lectura espiritual, a la lectio divina, como la llama San Benito? Se sorprenderán al comprobar al cabo de cierto tiempo hasta qué punto este medio ascético, aún aplicado en «pequeñas dosis», llena la inteligencia de elevados pensamientos, conforta el corazón y mantiene al alma en inestimable contacto con los misterios divinos.

La Sagrada Escritura asiduamente leída y aún aprendida de memoria será siempre en el corazón del sacerdote como una fuente que mana sin cesar.

Tomad buena nota de esto: en la Eucaristía, el Verbo divino se oculta bajo las especies sacramentales, rodeado de un silencio lleno de majestad; en la Sagrada Escritura adopta para comunicársenos la forma de una palabra humana, que se adapta perfectamente a nuestras expresiones usuales.

El Verbo de Dios, considerado en sí mismo, es incomprensible para nosotros, porque es infinito. El Padre expresa en su Hijo todo cuanto es y todo cuanto conoce. Las Escrituras no nos dicen sino una pequeña sílaba de aquella intraducible palabra que el Padre pronuncia en su insondable inmensidad. Cuando lleguemos al cielo, contemplaremos esta Palabra subsistente y penetraremos su secreto; pero procuremos prestar, ya desde ahora, una respetuosa atención a la revelación y a la porción de la ciencia divina que las Sagradas Escrituras nos manifiestan.

Durante la vida mortal de Jesús –aunque ya os lo he dicho, no estará de más el insistir sobre ello– muchos no veían sino el exterior, y no suponían que bajo las apariencias del hombre se encontraba la divinidad. El Verbo encarnado quedaba oculto a sus miradas. Lo mismo sucede a muchos espíritus que se limitan a considerar el elemento humano de las Escrituras y no llegan a descubrir bajo esta envoltura la revelación divina.

La visión que la fe nos proporciona, en modo alguno impide el estudio crítico de los textos sagrados. Más para que el Verbo divino que en ellos se nos manifiesta sea, como efectivamente debe ser, un medio de salud, nuestra alma debe repetirse constantemente a sí misma en el transcurso de estos estudios: «Ahí se contiene la palabra eterna, el mensaje auténtico de Dios».

Si queréis influir en las almas y hacer el bien, no me cansaré de repetiros el consejo de San Pablo: «La palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente»: Verbum Christi habitet in vobis abundanter (Col., III, 16).



Por último, la fe en el alma del sacerdote deberá ser activa.

Si la fe es el fundamento de todo el edificio espiritual y la raíz de donde procede el crecimiento de nuestra vida de hijos de Dios, es evidente que no puede quedar ociosa y estéril, sino que debe invadir y dominar toda nuestra existencia, inspirar nuestros juicios, regular nuestras acciones, estimular nuestro celo y ser, como quiere el Apóstol, una «fe actuada por la caridad» (Ga., V, 6).

En las personas, esta fe activa hace mella, ante todo, en el alma redimida por el amor y la sangre de Cristo y destinada a una vida eterna. Esta fe viene a ser el móvil que determina todas las abnegaciones y todos los sacrificios.

En los acontecimientos, la fe juzga las cosas con el mismo criterio con que Cristo las hubiese estimado. Los caminos de Dios son tan insondables como su mismo ser; pero el sacerdote que vive de su fe sabe que «Dios es amor»: Deus caritas est (I Jo., IV, 6). ¿No es, acaso, por medio de los sufrimientos como el Señor quiere purificar, desprender, fortalecer y elevar a los que ama? De la misma suerte que la pasión de Cristo hace brotar fuentes de gracias, así también las penas y los sufrimientos que soportan los fieles, y particularmente los sacerdotes, tienen un alto valor ante Dios.

El debilitamiento general de las creencias religiosas que se observa en nuestros días puede llegar a afectar incluso a los ministros de Cristo. Hay quienes están convencidos de que la actividad humana y los trabajos exteriores constituyen el elemento principal y casi exclusivo para ganar las almas y extender el reino de Jesucristo. Creen que la santidad personal del sacerdote y la oración apenas cuentan en la empresa de salvar al mundo, y que lo verdaderamente eficaz son las iniciativas audaces, los nuevos métodos y la actividad intensa.

Y, sin embargo, como bien lo sabemos, la salvación de las almas y su santificación son cosas esencialmente sobrenaturales. Toda la actividad humana, si no es fecundada por la gracia y la unción divina, es impotente para conseguir la conversión o la santificación de una sola alma. ¿Acaso no es Dios el que tiene los corazones en su mano? Esta es la razón de por qué, aunque debemos desplegar todo nuestro celo en las obras, debemos tener muy presente que aún en ellas es necesario que predomine el espíritu de fe, y que pongamos toda nuestra confianza sobre todo en la oración, en la obediencia y en la ayuda del Señor.

En los santos, la fe es como un brasero encendido que irradia calor y luz. El secreto de esta fe comunicativa y conquistadora consiste en el poder avasallador que tienen las convicciones arraigadas. El mundo sobrenatural, aún estando velado a sus miradas, les parece a los santos tan tangible como las realidades de la vida presente. Por eso, nunca se dejan abatir por las más tremendas dificultades por largas que sean. Nunca tropiezan en su camino, sino que, teniendo fija su mirada en las verdades eternas, prosiguen decididos su marcha hasta alcanzar la victoria definitiva: Hæc est victoria quæ vincit mundum, fides nostra (I Jo., V, 4).

Cuando exclama San Pablo: «Vivo en la fe del Hijo de Dios»: In fide vivo Filii Dei (Gal., II, 20), ¿no sentís cómo, a través de estas palabras, se trasluce la magnífica intrepidez de su fe en el misterio de Cristo, y cómo el corazón del apóstol se dilata con una sublime y santa alegría? La felicidad que le proporcionaba el creer enardecía su alma y hacía su fe más esplendorosa. Nuestra adhesión más completa al mensaje de Jesús, Hijo de Dios, enviado del Padre y fuente de santidad, debería producir también en nosotros la misma «exaltación», la misma intrepidez, la misma felicidad, la misma fuerza irresistiblemente avasalladora.

Las verdades reveladas forman, según lo hemos dicho ya, un mundo superior que domina las miserias de esta vida, en el que el espíritu del sacerdote debe moverse con entera naturalidad como en su propia atmósfera.

Cuando acomoda su vida a los criterios de la fe, se puede decir que el alma del sacerdote vive en cierta manera en este mundo sobrenatural. Su apoyo constante en la palabra de Dios hará que su fe sea eficazmente activa, hasta el punto de que ella dominará los acontecimientos y hará sentir su influjo, para la mayor gloria de Cristo, sobre toda su actividad sacerdotal.

Puede darse el caso de que, habiendo dos sacerdotes que se dedican a las mismas obras exteriores, uno de ellos, inflamado de amor, ejerza una influencia profunda en las almas, siendo su ministerio agradable a Dios y fecundo para la Iglesia, mientras el otro, sin fervor alguno en su vida interior personal, apenas produce fruto perdurable en las almas. ¿De dónde proviene esta diferencia? De la cualidad de su fe.

La fe es en los corazones la única raíz de la caridad.