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II. -Jesucristo, causa y modelo de la santidad sacerdotal

El Padre celestial es quien nos ha fijado el ideal de santidad que nos corresponde como ministros de Jesucristo. «Nos predestinó a ser conformes», no a una criatura cualquiera ni a un ángel, sino «a su Hijo», cuya humanidad recibió la consagración sacerdotal en el momento mismo de su encarnación. San Pablo nos revela este designio del Padre, cuando nos dice: Prædestinavit nos conformes fieri imaginis Filii sui (Rom., VIII, 29). Dios ha señalado a nuestra perfección un modelo divino y desea descubrir en nosotros los rasgos de su Hijo humanado y ver cómo nuestra alma resplandece con los reflejos de su santidad.

Si es cierto que la grandeza de toda vida humana depende del ideal a que aspira, ¿hasta qué punto no será sublimada nuestra vida sacerdotal si abrigamos el sincero deseo de hacernos semejantes a Cristo? Como el Padre encuentra todas sus complacencias en el Verbo, nuestra asimilación a Cristo será causa de innumerables gracias y bendiciones.

Detengámonos un momento y contemplemos este misterio con el más profundo respeto.



1.- La vida sobrenatural

Ninguna inteligencia creada puede abarcar ese océano de perfección que es Dios. Sólo Dios mismo, en su infinito poder, puede abarcar de una vez toda la inmensa plenitud de su grandeza. El expresa su conocimiento en una palabra única que es su Verbo, al que comunica toda su vida divina, toda su luz, todo cuanto es. Esta generación que se realiza en el seno del Padre y que constituye la vida misma de Dios, no ha tenido principio, ni tendrá fin. En este mismo momento en que os estoy hablando, el Padre, en un transporte de alegría infinita, dice a su Hijo: «Tú eres mi Hijo; hoy –esto es, en un eterno presente– te he engendrado yo» (Ps., II, 7).

El Padre nos ha dado a su Hijo como modelo y fuente de toda santidad. «En quien se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col., II, 3). Toda una eternidad que estemos contemplándolo, no será bastante para llegar al conocimiento completo de este misterio, ni para dar suficientes gracias a Dios por el beneficio que supone.

Antes de continuar tratando de esta materia, quiero llamar vuestra atención sobre el error de aquellos que no fundamentan su vida sobre la fe en el plan divino, sino que prefieren constituirse a sí mismos en arquitectos de su propia santidad.

La santificación del alma es una obra sobrenatural. ¿Y cuál es el verdadero concepto de lo sobrenatural? Podemos responder a esta pregunta diciendo que consiste en la realización temporal de los designios eternos del Padre. Dios ha querido destinar al hombre a encontrar su definitiva felicidad en la visión intuitiva de la divinidad, visión que sólo a Dios le es natural. La revelación, la encarnación, la redención, la Iglesia, la fe, los sacramentos, la gracia y la santidad pertenecen a este plan, cuyo centro lo forman Cristo y el hecho de nuestra adopción en Él. La comunicación de estos dones es absolutamente gratuita y sobrepasa las necesidades y las exigencias de toda criatura, sea angélica o humana. Esta es la razón de porqué es sobrenatural.

Hay todo un mundo de gracias y de luces al que debe vincularse toda la actividad del hombre que ha sido destinado al logro de la felicidad celestial, ya que la naturaleza, abandonada a sus propias fuerzas, nada puede hacer que sea conducente a la consecución de su fin sobrenatural.

Se encuentran personas, aún entre el clero, que flaquean en su vida espiritual, a pesar de que observan una fidelidad mayor o menor a sus prácticas de piedad; pero que nunca llegan a vivir interiormente la vida de Cristo. Hacen continuados esfuerzos, sin percatarse de cuál es el ideal a que deben aspirar, y se debaten en constantes dudas sobre cuál será el mejor camino que les lleve a Dios. De cuán distinta manera procedía San Pablo, cuando decía: «Y yo corro, no como a la ventura, por un camino incierto; no como quien azota el aire» (I Cor., IX, 26). Tanto para nosotros mismos como para los que se someten a nuestra dirección, es de capital importancia que nos demos cabal cuenta de la naturaleza de la santidad a la que aspiramos, para evitar que obremos como «quien azota el aire».

Cuando leemos los Hechos de los Apóstoles y la historia de los primeros cristianos, a los que San Pablo destinaba sus cartas, nos percatamos de cuán abundantes eran entre ellos los dones del Espíritu Santo. Aquellos cristianos vivían de Jesucristo, de la gracia de su bautismo, de la esperanza del reino de los cielos, de la doctrina del plan divino que los apóstoles enseñaban.

Lejos de mí el censurar a los que, en la obra de su santificación, recurren a medios de supererogación, que son de su preferencia, porque en ellos encuentran el estímulo que necesitan; ya que más vale andar con muletas que estarse quieto. Pero debo reivindicar bien claramente y para vuestro mayor provecho, las inmensas riquezas que poseemos en Jesucristo. Los hombres se sienten inclinados a adoptar las ideas propias en lugar de las ideas de Dios, a querer caminar hacia la perfección siguiendo su propio y limitado criterio y no según el pensamiento divino. San Pablo hizo notar esta tendencia que ya se manifestaba en su tiempo: «Mirad que nadie os engañe con filosofías falaces y vanas, fundadas en tradiciones humanas, en los elementos del mundo, y no en Cristo» (Col., II, 9).

En nuestros días, el naturalismo reina en el mundo y se infiltra aún entre aquellos que quieren vivir vida de fe. ¿Acaso nosotros mismos no descuidamos el carácter propiamente sobrenatural de nuestra vida interior?

Para conformarnos a los planes que Dios ha trazado para la obra de nuestra elevación sobrenatural, es requisito indispensable que tratemos de santificarnos de acuerdo con el modo previsto y determinado por el mismo Señor y según su voluntad.



2.-El plan divino de la santificación

Veamos cómo el Padre, impulsado por su amor, ha dispuesto para sus sacerdotes un ideal y una fuente de santificación que nunca cesa de manar.

Dios no se arrepiente de sus dones. Cuando Dios concede algún don, no lo quita jamás, sino que lo concede para siempre.

Por una eterna y libre predestinación «de amor, Dios quiso entregar su Hijo al mundo»: Sic Deus dilexit mundum ut Filium suum Unigenitum daret (Jo., III, 16). Cristo nos pertenece totalmente y sin reserva alguna a cada uno de nosotros como el más precioso de nuestros bienes. «Por Él sois en Cristo Jesús, que ha venido a seros de parte de Dios sabiduría, justicia, santificación, y redención»: Factus est nobis sapientia a Deo, et justitia, et sanctificatio et redemptio (I Cor., I, 30). Toda santidad destinada a los hombres ha sido, por así decirlo, depositada en Él.

Esforcémonos por penetrar profundamente en el significado de este designio de sabiduría y de amor que Dios ha tenido para con nosotros.

Dios quiere comunicarse a nosotros para ser El mismo el objeto de nuestra felicidad sobrenatural; pero quiere que esta comunicación se realice exclusivamente por Cristo, con Cristo y en Cristo: Per Christum, cum Ipso, in Ipso. El grandioso plan de la misericordia del Padre consiste en volver a traer a Sí todas las cosas, pero purificadas, santificadas y «reunidas en Cristo como bajo un solo jefe»: Instaurare omnia in Christo (Eph., I, 10). San Pablo se complacía en predicar «acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios». La misión que había recibido del cielo era la de «revelarlo»: Illuminare omnes quæ sit dispensatio sacramenti absconditi a sæculis in Deo (Ibid., III,9).

La santidad a la que Dios, en su providencia eterna, ha llamado a sus sacerdotes, no es una moral meramente natural, que se limita al dominio de sí mismo y a la práctica de las virtudes naturales. Sin duda que la santidad que Dios exige de sus sacerdotes incluye una absoluta rectitud humana; pero no es menos cierto que esta santidad es esencialmente sobrenatural.

La encarnación redentora, que se nos ha revelado como el don más sublime de la santidad de Dios, ocupa el centro de este plan divino del que hablamos. Este don se comunica, en primer lugar, y en toda su plenitud, a la humanidad de Jesús, para comunicarse luego, y por mediación suya, a todos los cristianos. De acuerdo con el plan divino, «todos los tesoros destinados a la santificación de los hombres se encuentran en Jesucristo»: in omnibus divites facti estis in illo (I Cor., 1, 5).

Sus méritos nos pertenecen y los tenemos a nuestra disposición. Nada hay en orden a la santidad que no podamos esperar alcanzarlo por sus méritos, a condición de que nuestra fe corra parejas con nuestra esperanza.

En virtud de esta comunicación, Cristo es para nosotros la causa de todas las gracias. Pero aún hay que añadir que, por un decreto de la voluntad divina, la muerte de Cristo en la cruz le mereció la singular prerrogativa de que le fuera enteramente confiada la obra de la santificación de los hombres. Y esta es la razón de porqué Jesús, como instrumento de la divinidad, es la causa eficiente universal en la infusión de la gracia, bien sea por medio de los sacramentos, bien sea por otro medio cualquiera.

Pero, al mismo tiempo que influye en su Cuerpo Místico por la causalidad de sus méritos y de su acción santificadora, Cristo es, además, causa ejemplar y modelo de toda santidad: porque la perfección propia de los hijos adoptivos consiste en asemejarse lo más posible al que lo es por naturaleza.

Estos tres géneros de causalidad nos hacen caer en la cuenta de cómo, según los designios eternos, Cristo lo es todo para nosotros en la obra de nuestra santificación. Así comprendemos mejor cuán verdadera es aquella afirmación tan categórica de San Pablo: «Cuanto al fundamento, nadie puede poner otro sino el que está puesto, que es Jesucristo» (I Cor., III, 11). «Gracias sean dadas a Dios, dice San Pablo, por su inefable don» (II Cor., IX, 15).

3.-Hacernos conformes a la imagen del Hijo de Dios

Consideramos ahora este mismo misterio de parte del hombre. Podríamos definir la santidad diciendo que consiste en la vida divina comunicada y recibida. Esta vida divina es comunicada por Dios y por Cristo y recibida por el hombre desde el momento en que es bautizado [Cfr. Jesucristo, vida del alma, cap. «El bautismo, sacramento de la adopción divina y de iniciación cristiana»].

El sacramento del bautismo confiere la gracia y obra la santificación del alma, comunicándole lo que podemos comparar a la aurora de la luz divina, cuya claridad debe ir progresando hasta llegar a los esplendores de un mediodía sin ocaso.

La gracia bautismal o santificante injerta en el alma el poder entrar en comunión con las misma naturaleza divina por el conocimiento, por el amor y por la posesión intuitiva de la divinidad, lo cual constituye un atributo que sólo a Dios le corresponde por naturaleza. Este don divino establece en el hombre una maravillosa y sobrenatural «participación de la vida divina»: Quædam participata similitudo divinæ naturæ, según la expresión de Santo Tomás [«Cierta participación, por semejanza, de la naturaleza divina». Sum. Teol., III, q. 62, art. 1].

Es una vida nueva que hace irrupción en el alma, y su venida constituye para el bautizado «un segundo y espiritual nacimiento». Así lo dijo el mismo Jesús: Oportet vos nasci denuo (Jo., III, 7). Únicamente Dios puede dar a su criatura el germen de esta vitalidad sobrenatural y Él sólo es quien engendra al hombre a esta vida: Qui… ex Deo nati sunt (Ibid., I, 13). A partir de este momento, en el alma del bautizado se establece una filiación adoptiva, que está calcada en la filiación eterna del Hijo de Dios.

Tales grandezas hacían exclamar a San León: «Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad»: Agnosce, o christiane, dignitatem tuam! «Puesto que participamos en la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne». Adepti participationem generationis Christi, carnis renuntiemus operibus [Sermo, XXXI, 3. P. L. 54, col. 192].

Si, como enseña Santo Tomás, «la filiación natural y eterna del Verbo en el seno del Padre es el ejemplar sublime de nuestra filiación adoptiva»: Filiatio adoptiva est quædam similitudo filiationis æternæ [Sum. Teol., III, q. 23, a. 2], la santidad propia de la humanidad deberá servir de modelo a la santidad de los hijos de adopción.



¿En qué consiste la santidad de Jesús?

Reconocemos, ante todo, que Jesús posee una santidad singular, de orden divino, que es privativa de Él, como fruto del cuerpo de Jesús que realizó el Verbo, comunica a toda su naturaleza humana una santidad incomparable, que no es otra cosa que la de la segunda Persona de la Trinidad. Por eso, decimos con toda razón: la santa humanidad. Y por eso, la Iglesia, en la liturgia de la Misa, alaba con transportes de alegría esta «santidad única»: Tu solus sanctus… Jesu Christe, cum Sancto Spiritu, in gloria Dei Patris.

En segundo lugar, la gracia santificante, «de una plenitud» incomparable, et vidimus eum plenum gratiae (Jo., I, 14), elevaba el alma de Jesús; y el Espíritu Santo regulaba admirablemente todas sus actividades, conformándolas a la soberana dignidad de su condición de Hijo de Dios. En el seno de la Santísima Trinidad, las personas son, como nos enseña la teología, «relaciones subsistentes». Y así, el Hijo es esencialmente Hijo, y al mismo tiempo, dice esencialmente relación al Padre. Por la acción del Espíritu Santo, el alma de Jesús se unía plenamente a esta vida del Verbo. En su condición de hombre, su alma, impulsada por un amor inmenso, estaba entregada tota ad Patrem [«Toda enteramente orientada hacia el Padre»]. Ella manifestaba su nombre, cumplía su voluntad y le glorificaba sin cesar. Todos los movimientos interiores de Jesús respondían plenamente a su filiación divina y eran actos sobreeminentes de religión y de amor.

En virtud de la gracia santificante, el cristiano participa de la santidad de Jesucristo. Esta gracia viene a ser como un reflejo de la luz divina que, invadiendo el alma, la constituye en estado de justicia y la hace semejante al que es Hijo por naturaleza. Esta santidad inicial, que está destinada a un desarrollo progresivo, se concede en el momento del bautismo. Cuando los hijos adoptivos imitan con sus buenas obras las virtudes de Jesús, contribuyen a perfeccionar en sí mismos la vida de Cristo.

En la Cena, después de haber lavado los pies de sus discípulos, Jesús pronunció estas solemnes palabras: Exemplum enim dedi vobis, ut quemadmodum ego feci vobis, ita et vos faciatis. «Porque yo os he dado el ejemplo para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jo., XIII, 15). Bien sea el espíritu de religión o de humildad o de paciencia o de perdón o de caridad, en una palabra, todas las virtudes de Jesús deben inspirar las nuestras, porque son el modelo que todos deben imitar, y en especial los sacerdotes. Si la esencia de nuestra perfección sacerdotal consiste en obrar siempre como hijos adoptivos de Dios y ministros de Jesucristo, es preciso que, a semejanza de Él, Hijo de Dios y Pontífice Supremo, dediquemos incesantemente toda nuestra actividad a procurar el amor y la gloria del Padre por la imitación de las virtudes de las que Jesús nos ofrece un acabado modelo.



Esta asimilación a Cristo se realiza principalmente por el creciente dominio que la caridad ejerce en toda nuestra conducta. El amor es quien orienta hacia el fin sobrenatural cada una de nuestras acciones deliberadas, reflejándose así sobre toda la vida y enraizándose, gracias a su influjo cada vez más extendido y eficaz, en medio del corazón. De esta suerte, el reino de Dios se va estableciendo más firmemente en el alma cristiana. ¿Quiere esto decir que llega un momento en que es confirmada en gracia? Ciertamente que no; porque continúa expuesta a las tentaciones y al pecado. Sino que Dios, Cristo y su reino vienen a ser el único móvil de sus acciones. El Señor toma plena posesión de esta alma, Dominus regit me (Ps., XXII, 1), porque, por la definitiva supremacía de la caridad, ella no vive sino por Él, de Él y para Él. Desde este momento, la expresión del Apóstol empieza a realizarse plenamente en este miembro de Cristo: «Y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal., II, 20). Entonces es cuando el amor llega a la santidad.

Existen, ciertamente, muchos grados de santidad. La generosidad en la entrega de sí mismo y la heroicidad de las virtudes pueden revestir múltiples formas y progresar indefinidamente. No nos hagamos la ilusión de llegar demasiado rápidamente a la cima. En esto, como en todo lo demás, el tiempo juega un importante papel. La fidelidad que Dios exige ordinariamente a sus servidores suele ser de larga duración, y son muchas las pruebas a que les somete para vigorizar su firmeza y aumentar su mérito. Los dones de la oración contemplativa ejercen por su parte un influjo particular en la elevación habitual del alma y en la perseverancia de los elegidos.

En la práctica, vosotros los sacerdotes –sea cual sea el misterio de la predestinación y de la gracia– debéis alimentar en vuestra alma un sincero deseo de alcanzar la perfección sacerdotal. No podéis permanecer indiferentes al llamamiento que Dios os hace. Si mis palabras no provocan en vosotros un deseo profundo de responder a la grandeza de vuestra vocación, serán totalmente ineficaces. Yo no os digo que aspiréis de repente a la santidad más encumbrada, sino que os recomiendo con insistencia –porque ello es esencial– que tratéis de avanzar por el camino de la santidad que Dios quiere de vosotros. El es quien mejor conoce vuestra debilidad: Ipse cognovit figmentum nostrum (Ps., 102, 14), y su sabiduría ha medido exactamente hasta dónde llega vuestra capacidad y cuál es el poder de las gracias que Él tiene destinadas para sosteneros en vuestra ascensión.

El deseo de la santidad es la condición primordial de toda vida espiritual, porque dispone al alma para recibir el don de lo alto. Confesando su absoluta impotencia y esperándolo todo de la ayuda de la gracia, el alma se abre enteramente ante el Señor y aumenta su capacidad de recibir los dones divinos. La obra de la conquista de la santidad es como una llama interior, como un fuego sagrado que llevamos en nuestro seno. A veces, este fuego parece que no es más que una centella; pero tengamos la seguridad de que esta chispita puede reavivarse y arder.

Si queremos que el Padre pueda, al mirarnos, decir de nosotros, como dijo de Jesús: «Este es mi Hijo muy amado» (Mt., III, 17), es preciso que todas nuestras aspiraciones y todos nuestros esfuerzos tiendan a establecer en nosotros el reinado de la caridad.



4.- El sacerdote, hecho semejante a Cristo, reproduce en sí la santidad del Padre



El Evangelio nos transmite una frase sorprendente que brotó de los labios de Cristo: «Sed, pues, vosotros perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt., V, 48).

¿Por qué nuestra perfección y nuestra santidad han de reproducir la santidad divina, que se eleva a infinita distancia sobre nuestra debilidad humana? ¿Es que nos será, acaso, posible llegar al conocimiento del misterio de esta vida divina?

La respuesta a esta doble cuestión se encierra en estas palabras: tenemos el deber de asemejarnos a nuestro Padre celestial, porque somos sus hijos adoptivos. Ahora bien, para llegar a comprender la perfección de nuestro Padre, nos basta con conocer a Jesucristo. San Juan nos dice que: «A Dios nadie le vio jamás»: Deum nemo vidit unquam (Jo., I, 18). Pero nadie debe desesperar de conocerle, porque, como añade a continuación, «Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, ése nos lo ha dado a conocer». Esta misma revelación es la que hacía exclamar a San Pablo, transportado de entusiasmo: «Dios habita una luz inaccesible»: Deus lucem inhabitat inacesibilem (I Tim., 6, 16); pero «Dios, que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas, es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones para que demos a conocer la ciencia de la gloria de Dios en el rostro de Cristo» (II Cor., IV, 6).

La liturgia de Navidad nos lo repite todos los años: «Para que, conociendo a Dios bajo una forma visible, seamos atraídos por Él al amor de las cosas invisibles». Jesucristo es el mismo Dios que se ha acomodado a nuestra condición, al tomar una forma humana. Después de la última cena, San Felipe dijo a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre»: Domine, ostende nobis Patrem (Jo., XIV, 8). A lo que el Señor le repuso con una palabra que descifra la clave del misterio: «Felipe, el que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Ibid., 9). Por lo tanto, en Jesucristo todo es una revelación de Dios. Así lo ha proclamado San Agustín: Factum Verbi verbum nobis est [Tract. in Jo., XXIV, P. L., 35, col. 1593].

Aprendamos, pues, a los pies de Jesús, a conocer las perfecciones del Padre. La meditación de sus palabras, de sus acciones, de sus sufrimientos y de su muerte será la mejor manera de penetrar los secretos de la misericordia infinita.

Y esto encuentra una realización mucho más cumplida en los sacerdotes que en el resto de los fieles, porque los sacerdotes tienen mejor oportunidad de contemplar a Jesucristo tanto en la lectura de la Biblia como en el transcurso del año litúrgico y en la celebración del sacrificio de la misa.

¿Qué es lo que nos enseña la teología sobre este sublime atributo divino de la santidad?

La soberana trascendencia de Dios lo eleva a una infinita distancia sobre la creación, sobre toda imperfección, sobre todo el mundo en que nos agitamos. Este es el primer aspecto, aunque más bien negativo, de su santidad.

Empleando una expresión enteramente humana, podríamos decir que el amor con que Dios ama su propia esencia y su propia bondad es lo que constituye su santidad. Esta adhesión amorosa es sabia y ordenada, porque responde perfectamente a la excelencia infinita de la naturaleza divina. Para decirlo de otra manera, al contemplar su esencia, Dios se ama según lo exige la perfección de su mismo ser. Podemos, pues, afirmar que la santidad de Dios consiste en este amor y en este querer su propio bien. Tal amor y tal querer no solamente se conforman en un todo a la bondad infinita, sino que se identifican con ella. De ahí procede su firmeza inalterable.

Dios quiere que, en su obra de creación y de santificación, las criaturas actúen según el orden y la subordinación que les corresponde. Así es como ellas rinden gloria a Dios. Cuando el hombre reconoce su dependencia radical respecto de su Creador, entonces es cuando su conducta se acomoda plenamente a la ley de su naturaleza y Dios muestra su aprobación a esta sumisión y glorificación. Y por la misma razón, Dios reprueba necesariamente toda actitud de insubordinación y de rebeldía y condena el pecado. No por egoísmo ni por orgullo, sino por una exigencia de su misma santidad, es por lo que Dios quiere que todo se haga con rectitud, con sabiduría y con verdad. Este es el sentido que hay que dar a aquellas palabras: «Dios es santo en todas sus obras»: Sanctus in omnibus operibus suis (Ps., 144, 13) y a aquellas otras: «Todo lo ha hecho Yahvé para sus fines»: Universa propter semetipsum operatus est Dominus (Prov., XVI, 4).

Esta perfección divina deslumbra a los espíritus celestiales. ¿Qué es lo que, en efecto, contemplaron Isaías y San Juan, cuando vieron por un instante el cielo abierto? Los ángeles, que cantaban sin cesar: Sanctus, Sanctus, Sanctus (Isa., VI, 3; Apoc., IV, 8).

Lo que constituye, pues, la santidad de Dios es aquel amor, de una sabiduría soberana y de una rectitud perfecta, con que ama su propia suprema bondad.

La santidad, en su absoluta perfección, no existe sino en Dios, porque Él es el único que ama perfectamente su bondad infinita. Este atributo esencial es común a las tres personas; pero cada una lo posee según su «relación» personal.



Nunca jamás podremos tener una idea cabal de la santidad divina, porque sobrepasa los alcances de nuestra comprensión. Pero si la contemplamos tal como se nos manifiesta en Jesucristo, la santidad divina se revela y se impone a nuestra admiración. Entonces es cuando aparece como accesible y al alcance de hombre.

La naturaleza humana de Jesús participa de la santidad del Verbo. Todo es en Él un reflejo de la vida del Verbo; y por eso está libre de todo pecado y de toda imperfección. El perfecto amor con que ama la bondad infinita le induce a consagrarse siempre y enteramente al Padre, a quien glorifica en todas sus acciones.

Este es el modelo hacia el que nos atrevemos a levantar nuestros ojos, sobre todo los que hemos sido investidos de todos los poderes de Cristo: «Como me envió mi Padre, así os envío yo» (Jo., XX, 21).

Si el Verbo que, en un acto simple e infinito, expresa todo cuanto es el Padre, se ha dignado revelar en un lenguaje humano y con ejemplos adaptados a nuestra limitada inteligencia, los secretos de la vida divina; ¿no será una verdadera locura por nuestra parte que desatendamos su mensaje y que pretendamos santificarnos a nuestro antojo, sin hacer de Jesucristo el centro de nuestras aspiraciones, de nuestra confianza y de nuestra vida?



5.- Cristo, fuente viva de santidad

Cristo, modelo trascendente, si bien accesible de santidad, nos confiere una participación activa de ésta, mediante su gracia omnipotente.

Hay almas que, más o menos inconscientemente, se imaginan que pueden llegar a asemejarse a Cristo a fuerza de imitar sus virtudes con su propio esfuerzo. Y esto es una vana ilusión.

En Inglaterra se suele dar a veces el caso de personas de refinada cultura que muestran una desmedida admiración por tal o cual personaje, y tratan de imitarle a toda costa, leyendo únicamente sus libros, penetrándose de sus dichos y de sus hechos y tratando de copiarle y aún remedarle en todo. A los tales se les conoce allí con el nombre de «worshippers». Entre éstos pueden contarse los «gladstonianos» y los «newmanianos». La moda de imitar a Newman estuvo muy en boga durante cierto tiempo.

Si, para unirse a Cristo y conformarse a su imagen, se sirviera alguno de estos medios exteriores y ficticios, se equivocaría de medio a medio. Aunque consumiese su vida entera practicando estos esfuerzos, su adhesión no pasaría de ser un afecto puramente humano. A los ojos del Padre este trabajo sería completamente vano, y el que lo hiciera, más se asemejaría a un bastardo que a un hijo nacido de su gracia.

Cristo es, en efecto, el modelo de toda santidad; pero esta causa ejemplar es divina y obra divinamente. El es quien imprime en el alma su propia semejanza.

Cristo nos ha revelado cómo se obra esta maravilla de la gracia, al decirnos: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jo., XIV, 6).



«Yo soy el camino».

Entre Dios y las criaturas media una distancia infinita. Si prescindimos de su elevación sobrenatural, los mismos ángeles están a una distancia inconmensurable de la divinidad. Sólo Dios, en virtud de su naturaleza, se ve a sí mismo tal como es. El solamente puede alcanzar con su mirada los abismos de sus perfecciones. Los hombres no conocen a Dios sino por medio de sus obras: «Hay en torno de Él nube y calígine» (Ps., 96,2). Mas he aquí que hemos sido llamados para ver a Dios como Él se ve, a amarle como Él se ama, y a vivir la misma vida divina. Tal es nuestro destino sobrenatural.

Entre esta elevación y la capacidad de nuestra naturaleza media un abismo infranqueable. Pero Cristo, Dios y hombre, y la gracia de la adopción nos permiten salvar esta sima. Cristo es el puente que une los extremos de este insondable abismo. Su santa humanidad es el camino que nos facilita el acceso a la Trinidad. Él nos lo dijo claramente: «Nadie viene al Padre sino por mí» (Jo., XIV, 6).

Este camino no tiene pérdida y el que lo sigue llegará infaliblemente a su término; «tendrá luz de vida». Qui sequitur me, non ambulat in tenebris sed habebit lumen vitæ (Jo., VIII, 12). Jesús, en cuanto Verbo, es una misma cosa con el Padre y, por eso, su humanidad nos hace alcanzar la divinidad. Cuando nos inserta en su Cuerpo Místico, nos toma realmente en sí mismo, para que podamos estar donde Él está, es decir, unidos al Verbo y al Espíritu Santo en el seno del Padre: «De nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros» (Jo., XIV, 3).

Apoyaos, pues, siempre en los méritos de nuestro amado Salvador. Vuestra esperanza de llegar a la unión con la divinidad no puede descansar en la pobreza de vuestros méritos personales, sino en la inmensidad de los suyos. Cuanto más convencidos estéis de que toda vuestra riqueza está en Él, tanto más bendecirá Dios vuestra ascensión hacia Él, y tanto más fecundo será vuestro apostolado. Prescindid de vuestra propia persona, sustituyéndola por la de Cristo y uniéndoos íntimamente a Él, como lo hacía San Pablo: «Cuanto a mí no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal., VI, 14). Y en otro lugar: «Y todo lo tengo por estiércol, con tal de gozar a Cristo (Philip., III, 8)



«Yo soy la verdad».

Por nuestra condición natural, marchamos en este mundo por un camino de tinieblas: In tenebris et in umbra mortis (Lc., I, 79). Para elevarnos hacia Dios, precisamos ser sobrenaturalmente iluminados.

Cristo es el único que revela la verdad de la religión: «Yo soy la luz del mundo»: Ego sum lux mundi (Jo., VIII, 12). Aún sin llegar a levantar completamente el velo de la oscuridad, sus enseñanzas nos permiten reconocer en Él al enviado del Padre, y mostrarle nuestra adhesión como a Verdad suprema e infalible: «Dios es mi luz» (Ps., 26, 1).

El Evangelio descubre al mundo todas las grandes verdades religiosas: la Trinidad, la encarnación, las sanciones de ultratumba. Como descubre también el misterio de la paternidad divina. Cuando Jesús nos habla de Dios, nos lo presenta siempre como nuestro Padre: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre» (Jo., XX, 17). Una de las notas características del Nuevo Testamento es la de habernos enseñado a llamar a Dios Padre nuestro, y a conducirnos con Él como hijos suyos: Pater noster, qui es in cœlis (Mat., VI, 9). «El Espíritu mismo da testimonio a nuestra alma de que somos hijos de Dios» (Rom., VIII, 6). Juntamente con la paternidad divina, Jesús nos descubre el hecho de nuestra adopción, nuestro destino bienaventurado en el cielo, y todas las formas de caridad y de virtud que son propias del cristiano.

Recibamos estas enseñanzas de sus labios benditos, comprendiendo que emanan de la fuente misma de la Verdad y adhiriéndonos a ellas con una fe inquebrantable.

Cristo, además, comunica la verdad a nuestra alma mediante una gracia iluminativa, que nos es enteramente personal.

Esta iluminación propia de cada uno es esencial para el incremento de la vida de Cristo en nosotros. Gracias a ella, el sacerdote entra en los caminos divinos de la santificación. Él «camina en la verdad»: Ambulare in veritate (II Jo., I, 4), como dice San Juan.

Debemos, por consiguiente, considerar los caminos de esta vida a la luz de nuestra fe en Cristo. Pongámoslo como una antorcha divina en el centro de nuestro corazón. Depositemos a los pies de Jesús nuestras ideas, nuestros juicios y nuestros deseos, para que contemplemos el mundo, las personas y los acontecimientos como si los mirásemos a través de sus ojos. Entonces tendremos un concepto cabal de las cosas del tiempo y de la eternidad.



«Yo soy la vida».

Para llegar al fin propuesto, no basta con tomar el verdadero camino, ni con tener luz durante la marcha; es necesario, además disponer de fuerza vital, porque es lo único que nos permite avanzar. En la obra de la santificación Jesús es, además la vida: «Yo soy la resurrección y la vida… Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jo., XI, 25; X, 10).

Él es la causa eficiente y universal de todas las gracias, tanto por su misma virtud divina como por la donación que nos hace del Espíritu Santo. Su humanidad es el instrumento de la divinidad, que realiza en las almas este aumento de la vida sobrenatural que las transforma de suerte que, a los ojos del Padre celestial, se asemejan realmente a su Hijo encarnado. Cristo obra por medio de los sacramentos y también independientemente de ellos; la oración, la contemplación de sus misterios, la humildad y el amor en todas sus formas disponen al alma para su acción.

Nos enseña la doctrina de la Iglesia que el Espíritu Santo –don por excelencia del Padre y del Hijo– graba en la entraña del alma esta semejanza auténtica con el Hijo de Dios. El es el «dedo de la diestra del Padre»: Dextræ Dei tu digitus [Himno Veni Creator (Breviario monástico)]. ¿Cómo realiza en el alma la obra de nuestra adopción? «Haciéndonos exclamar: Abba, Padre» (Gal., IV, 6). Como veis, la acción del Espíritu Santo, lo mismo que la del Verbo encarnado, nos conduce al Padre. Todo procede de esta primera Bondad, y todo retorna a ella en una sublime resaca. Así es como nos asociamos a las divinas personas e imitamos su movimiento de amor eterno.

El mismo Jesús ha querido iluminar nuestra fe en su acción santificadora sirviéndose de una comparación: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jo., XV, 5). Los sarmientos tienen vida, pero no por sí mismos; toda su vitalidad la extraen de la savia que constantemente les llega del tronco de la cepa. Esta se elabora fuera e independientemente de ellos y los vivifica cuando circula por sus venas. Lo mismo sucede con los miembros de Cristo. Les pertenecen sus buenas obras, la práctica de las virtudes, su progreso espiritual y su santidad; pero lo que en realidad obra en ellos estas maravillas no es otra cosa que la savia de la gracia de Cristo: «Como el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo, si no permaneciera en la vid, tampoco vosotros, si no permaneciereis en mi» (Jo., XV, 4).

Todo irradia vida en Jesucristo: sus palabras, sus acciones, sus mismos estados. Todos sus misterios, lo mismo los de su infancia que los de su muerte, los de su resurrección y los de su gloria, tienen un poder de santificación que siempre es eficaz. Su pasado nunca queda abolido: «Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él» (Rom., VI, 9). «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos» (Hebr., XIII, 8). Incesantemente nos está comunicando la vida sobrenatural.

Pero sucede con demasiada frecuencia que nuestra falta de atención o de fe impide su acción en nuestras almas. Vivir de la vida divina no viene a ser para nosotros otra cosa que poseer la gracia santificante y hacer que todos nuestros pensamientos, todos nuestros afectos y toda nuestra actividad procedan de Cristo, mediante una adhesión íntima de fe y de amor.

Si alguno de vosotros dijera que no puede tender a semejante elevación del alma, porque está en manifiesta desproporción con su debilidad, yo reconozco que habría de responderle lealmente: Sí; esto os es completamente imposible, si no contáis más que con vuestras fuerzas naturales y no dais tiempo al tiempo. Pero tened en cuenta que es tan poderosa la acción de Cristo, tan santificadora la influencia de la Misa bien celebrada, de la comunión, de la atmósfera de oración y de noble generosidad en que normalmente se mueve la vida del sacerdote, que es necesario abrir el corazón a una esperanza sin límites. Basta que le guardéis un poco de fidelidad, para que Cristo os eleve con su gracia.

Aunque vuestra vida sacerdotal parezca vulgar a los ojos de algunos –así suele juzgarla frecuentemente el mundo–, estad seguros de que a los ojos de Dios es grande y agradable al Señor, porque el Padre ve que en ella se refleja la imagen de la vida de su Hijo: «Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col., III, 3).