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Prólogo

El 6 de marzo de 1918, a los pocos meses de haber publicado su obra Jesucristo, vida del alma, que tanta resonancia había de alcanzar, Dom Marmion anunciaba a uno de sus corresponsales que el conjunto de su obra comprendería cuatro volúmenes: Cristo, nuestra vida, Los misterios de Cristo, Ascética benedictina, Sacerdos alter Christus.

Y el 25 de septiembre del mismo año escribía: «He empezado el cuarto volumen, destinado a los sacerdotes, según el siguiente plan: 1. Sacerdocio eterno. – 2. La vocación sacerdotal. – 3. La Misa. – 4. El sacrificio de alabanza. – 5. El sacrificio de acción de gracias. – 6. La propiciación. – 7. La impetración».

Jesucristo en sus misterios se publicó en 1919, y al poco tiempo de haberse editado (en septiembre de 1922) Jesucristo, ideal del monje, el Abad de Maredsous fue llamado al seno de Dios el 30 de enero de 1923. La célebre trilogía quedaba incompleta, al no publicarse la parte más importante del mensaje después de Jesucristo, vida del alma, precisamente aquella que Dom Marmion destinaba a los sacerdotes. «Pendent opera interrupta».

Esta «interrupción» había de prolongarse durante muchos años. Y, como testigo de excepción, el que suscribe este prólogo se siente obligado a dar al lector una explicación de las razones que la han motivado.

Es bien notorio que Dom Marmion nunca escribió nada con vistas a su publicación. Los tres primeros volúmenes consagrados a Cristo fueron editados por uno de sus monjes, sirviéndose de las notas que sus discípulos tomaban al escuchar sus conferencias. El conjunto de estos documentos ha permitido al editor formar una exposición dogmática y ascética de una gran cohesión.

Esta empresa tan delicada se realizó con el estímulo de Dom Marmion y bajo su dirección y control personal. No hay página que no fuese sometida a revisión y que él no corrigiese a pluma o lápiz, añadiendo a veces algún texto de la Escritura, de los Santos Padres o de la Liturgia, que completaba y corroboraba su idea.

Esta revisión constante y total, no solamente constituyó para el editor una garantía de primer orden, sino que también permitió a Dom Marmion que su obra tuviera un carácter indiscutible de plena autenticidad.

Después de su muerte, se encontraron entre sus legajos abundantes notas autógrafas acerca del sacerdocio y de la santidad sacerdotal, que le habían servido para preparar sus pláticas espirituales.

Resultaba, sin duda, factible extraer de entre todos estos materiales, reunidos a lo largo de una treintena de años, una obra lo suficientemente ordenada y homogénea.

Desgraciadamente, este trabajo no podría ser ya sometido al control del maestro. No sería posible una revisión ni una aprobación que contrastara su valor.

Fácilmente se comprenderá que ello suscitara en el espíritu del editor un escrúpulo creciente hasta hacerse invencible, que paralizó toda tentativa de realización.

Pero, recientemente, se ha presentado la ocasión de emprender la tarea en condiciones inesperadas y tan favorables cuanto era posible. Dom Ryelandt, antiguo discípulo y durante muchos años asiduo oyente de las conferencias del maestro, ha sido exonerado de importantes cometidos que absorbían su tiempo. Y con una amabilidad que todos nuestros lectores le agradecerán, se ha dignado aportarnos el valioso apoyo de sus profundos conocimientos de la doctrina de Dom Marmion. Una colaboración meditada y continua ha permitido ofrecer al público, con la mayor exactitud posible, una síntesis de la doctrina sacerdotal digna de nuestro común maestro.

Creemos que será interesante revelar algunos detalles del ministerio que Dom Marmion ejerció con el clero.

Esta forma de apostolado era de su especial predilección, porque se dirigía a los «amigos» de Jesús, asociados por el divino Maestro a su obra redentora. Se gozaba en repetir, al hablar de estas predicaciones, que ellas «alcanzaban a los multiplicadores».

La Providencia le había preparado para una misión tan elevada. Dom Marmion conoció íntimamente la vida de los seminarios mayores, tanto en Dublín como en el colegio irlandés de Roma, donde terminó su formación teológica. Ordenado en la Ciudad Eterna el año 1881, volvió a Irlanda, para ser nombrado vicario de Dundrum, en los arrabales de la capital. A lo largo de todo un año, se inició allí en las múltiples actividades del ministerio parroquial. Su arzobispo le encomendó a continuación la cátedra de filosofía en el seminario de Clonliffe, que regentó durante cuatro años. Y en este tiempo fueron muchos los seminaristas que acudieron a él para confiarle la dirección de su alma. Tuvo simultáneamente el cargo de atender a dos comunidades de religiosas, y dispensó sus auxilios espirituales a los presos de ambos sexos de las cárceles de Dublín.

Este prolongado trato con almas de condiciones tan diversas, desde las más desheredadas a las más nobles, permitió a Dom Marmion penetrar paulatinamente en los repliegues más profundos de la conciencia humana.

Contaba veintiocho años cuando, rico ya de experiencia sacerdotal, pudo al fin, el año 1886, realizar sus aspiraciones a la vida del claustro e ingresar en Maredsous.

Después de su profesión religiosa, entró en contacto con la parroquias de los aledaños de la abadía, y su celo ardiente hizo que fuera solicitadísimo por los sacerdotes, que descubrieron en él un auténtico predicador, cuya incorrecta pero original palabra conmovía a las almas. Su nombre fue paulatinamente extendiéndose. Al poco tiempo, inauguró en Dinant s/Meuse su apostolado propiamente dicho con los sacerdotes, con una serie de retiros mensuales dirigidos al clero de la ciudad, durante los años 1897-1898.

Pero fue en Lovaina, donde por espacio de diez años, a partir de 1899, desplegó plenamente este ministerio. En el colegio del Espíritu Santo –residencia de profesores de las Facultades de Teología y jóvenes sacerdotes que se preparaban para recibir los grados académicos–, en el seminario de León XIII y en el colegio americano expuso su doctrina en numerosos retiros y conferencias periódicas. Fue una voz nueva la que se escuchó en aquel ambiente universitario. El carácter dogmático de su palabra y la cálida convicción y el aliento vital que la animaban produjeron una profunda impresión. Dom Marmion conquistó rápidamente la estima de aquellos sacerdotes, mucho de los cuales le confiaron la dirección de sus almas. El más ilustre de todos sería Mons. Mercier. Nombrado arzobispo de Malinas, y después cardenal, Mons. Mercier encomendó a Dom Marmion la misión de dirigir durante los años 1907-1908 las pláticas espirituales a los ochenta sacerdotes de las parroquias y de los colegios de Bruselas. Pero ya le reclamaban de Inglaterra. El cardenal Bourne, arzobispo de Westminster, y Monseñor Amigo, obispo de Southwark, hicieron repetidas llamadas a su celo a favor de su clero.

Este apostolado, que fue particularmente fecundo durante estos años, se prolongó hasta su muerte. Los grandes seminarios de Tournai y de Nottingham (agosto y septiembre de 1922) fueron los últimos que se beneficiaron de esta doctrina, que era a un tiempo tan sobrenatural y tan humana.

Como ya lo hemos hecho notar, Dom Marmion dejó numerosas notas de todas estas predicaciones. A veces, su redacción aparece sumariamente esbozada; pero, en su mayor parte, estas notas son fragmentarias, poco ordenadas, incompletas, escritas currente calamo o a lápiz, o simplemente reducidas a unas pocas líneas rápidamente pergeñadas en una hoja de agenda. No obstante, todas constituyen un material de elevada y rica doctrina. Estas notas forman el grupo principal y más auténtico de nuestra documentación. Hemos utilizado principalmente las notas de Lovaina (1899-1909), que atestiguan una maestría que cada vez se sentía más segura de sí misma.

A partir de 1909, la documentación es menos abundante. Dom Marmion, elegido abad de Maredsous, se vería cada vez más absorbido por los deberes de su cargo. Por lo demás, Dom Marmion había llegado en esta época a la plena madurez de su talento y al completo dominio de su doctrina. Dotando como estaba de una excelente memoria, vivió en adelante sirviéndose del caudal adquirido. Por lo que concierne a este último período, disponemos de otra fuente de materiales: las notas que diligentes oyentes tomaron de sus instrucciones espirituales. Destacan entre ellas el texto de dos retiros completos: los predicados en 1919 a los religiosos que volvían de la guerra, y a los seminaristas de Tournai; ambos revelan gran elevación de pensamiento y experiencia consumada.

Era menester hacer una selección atenta y escrupulosa de todos estos documentos múltiples y variados, de fecha y valor diverso, y en que son inevitables las repeticiones, para llegar a lograr un solo conjunto inédito, que fuese a un tiempo coherente y completo.

El plan esbozado por Dom Marmion en su carta del 25 de septiembre de 1918 es demasiado somero para permitirnos ver en él más que una idea muy general de la obra, aunque el lugar que asigna en dicho plan al sacrificio de la misa expresa suficientemente cuál fuera su pensamiento.

La riqueza de la documentación y el deseo de no desperdiciar nada de tales tesoros nos ha impulsado a distribuir la doctrina en un cuadro sencillo y lógico que se adapte a todo el ámbito de la vida sacerdotal. Cualquiera otra disposición nos hubiera impedido agrupar en una única síntesis la casi totalidad de los muchos y preciosos elementos que Dom Marmion nos ha legado. El mismo hubiera aprobado, sin duda, este procedimiento que recuerda los planes de Jesucristo, vida del alma y Jesucristo, ideal del monje que habían recibido su beneplácito. El objeto perseverante de nuestros comunes esfuerzos ha consistido en procurar que la sustancia doctrinal de las enseñanzas de Dom Marmion se conserve en toda su pureza y en toda su integridad, en su unidad sustancial y en la variedad de sus aspectos.

Destaquemos ahora lo característico de la doctrina de Dom Marmion. En su ideología, eco de la de San Pablo, la vida sacerdotal no llega a comprenderse en toda su plenitud sino dominada por Cristo y en una continua dependencia de sus méritos, de su gracia y de su acción. Únicamente en esta luminosa perspectiva se pueden comprender la dignidad del sacerdote y la obra de su santificación. El sacerdote ha recibido sus poderes sobrenaturales de un sacerdocio que sobrepuja infinitamente al suyo: del sacerdocio del Verbo encarnado. El no ejerce estos poderes sino mediante una subordinación total al supremo Pontífice. Por esto mismo, las virtudes propias del sacerdote habrán de ser reproducción de las del divino modelo y, entre los hombres, reflejo de las de Jesús. En todas sus acciones: funciones sagradas del culto, administración de sacramentos, obras de celo, piedad privada y ocupaciones diarias, el sacerdote deberá tener siempre conciencia de que es ministro del Salvador, alter Christus. Así, su santificación, más aun, que la del simple cristiano, no podrá concebirse sino como una irradiación de Cristo. Para él Cristo lo será todo: Alfa y Omega.

No es necesario advertir que hemos realizado nuestra labor con el mayor respeto al pensamiento exacto y profundo del abad venerado, del doctor, del director de conciencias; con el constante cuidado de conservar el estilo directo, la forma sencilla y diáfana, el giro personal y familiar de sus frases y hasta sus expresiones favoritas.

Aquellos para quienes sea familiar la doctrina de Dom Marmion volverán a encontrarse aquí con temas ya tratados en sus precedentes obras: Cristo, modelo de toda santidad; la fe, la caridad, la misa, la oración. ¿Hubiera sido, acaso, conveniente prescindir en este volumen de los temas citados y remitir al lector a los anteriores escritos de Dom Marmion? Semejante propósito no solamente hubiera dispersado la atención, sino que, sobre todo, habría desfigurado las enseñanzas del maestro. Ciertamente, la santificación del sacerdote no puede realizarse a espaldas de Cristo y de su gracia, de las virtudes, eminentemente cristianas, de la fe, la humildad y el celo, y de la ofrenda eucarística y de la oración. Estas consideraciones son las que nos han movido a incluir estos temas, tratados ahora desde un punto de vista propiamente sacerdotal. Hemos tenido presente, al mismo tiempo, la necesidad ineludible de recordar las nociones fundamentales y de soslayar las explicaciones más amplias, pero más generales de sus primeros escritos. Esta solución, que salvaguarda a un tiempo la integridad de la doctrina de Dom Marmion y el carácter homogéneo del volumen, es la única que se imponía. Estamos seguros de que contará con la entera aprobación de nuestros lectores.

Cuando Dom Marmion daba los Ejercicios a los sacerdotes, no ambicionaba reivindicar una doctrina teológica, ni inculcar determinadas normas de orientación pastoral o proponer detallados exámenes de conciencia. Lo que él, sobre todo, pretendía era adentrar a sus oyentes en aquella atmósfera de fe viva, iluminada, contemplativa, en que su alma se movía. El calor de sus convicciones y el contagio de su fervor infundía en el alma de los sacerdotes una certeza más firme de las realidades invisibles, en cuyo ámbito se ejerce su ministerio: les comunicaba un impulso espiritual que les liberaba de la rutina y de la mediocridad; despertaba en ellos una voluntad generosa de unirse más estrechamente a Cristo y de hacer predominar en toda su vida la primacía de la vida interior. En esto, como en todo, él siempre tiende a lo esencial, lo que en repetidas ocasiones, y singularmente en su exhortación Menti Nostræ de 23 de septiembre de 1950, el Pastor Supremo Pío XII ha querido recordar con insistencia.

Jesucristo, ideal del sacerdote no hace sino prolongar, como un eco fiel, este apostolado. Cada una de sus páginas tiende a elevar al lector hacia esta misma atmósfera espiritual, a hacerle comprender mejor la trascendental importancia de esta vida de unión con Dios por Cristo.

Todo Dom Marmion se encuentra aquí: su perfecto conocimiento de los dogmas, su doctrina segura –Benedicto XV la clasificó como «la pura doctrina de la Iglesia»–, su vasto conocimiento de la Escritura, en especial de San Juan y de San Pablo, su gran experiencia de las almas, su unción penetrante y bienhechora. Aquí se siente palpitar una intensa vida sacerdotal y un ardiente amor de Cristo, ávido de comunicarse.

Por todos estos últimos, pero sobre todo por la riqueza, por la abundancia y por la originalidad de las observaciones hasta ahora inéditas, este volumen se coloca por derecho propio, y sin que pueda prescindirse de él, junto a lo tres que le precedieron. El los completa y los corona. Forma con ellos un sólido bloque, y remata dignamente la formación del corpus asceticum de Dom Marmion, todo él centrado en Cristo. Y llegados aquí, se encuentra ya íntegramente transmitido el mensaje tan espontáneo y viviente de este maestro de la vida espiritual.

Son muchas las almas que en el secreto de la vida del claustro consagran su existencia de oración y de inmolación silenciosa a la santificación del clero. Que estas páginas, al revelarles la grandeza del sacerdocio y sus grandes exigencias de santidad, les ayuden a realizar su propia misión, no por completamente oculta, menos fecunda al servicio de la Iglesia de Cristo.

Permítasenos cerrar este prólogo citando un texto al que la dignidad de su autor, el cardenal Suhard, presta un valor excepcional.

Es bien sabido cómo conocía el llorado arzobispo de París las necesidades actuales de las almas, del clero y de los fieles. Prueba: su pastoral Le prête dans la Cité.

Ferviente admirador de Dom Marmion y de su doctrina, el cardenal reclamaba con su autorizadísima pluma la publicación de esta obra, cuya acción bienhechora y alcance fecundo claramente presentía. En un largo testimonio rendido a la memoria del antiguo abad de Maredsous, con ocasión del XXV aniversario de su muerte (1948), y dirigido al que suscribe estas líneas, escribe:

«La doctrina espiritual de Dom Marmion ofrece una síntesis católica, tan profundamente adaptada a las exigencias de nuestra época y a la orientación actual de la piedad católica… Mas Dom Marmion no ha terminado aún su obra terrestre o, si la ha terminado, aún no ha sido presentada al público. Jesucristo, ideal del sacerdote; he aquí la obra que esperamos de vuestras manos… Si os dignáis abrir (para bien de los sacerdotes, en quienes tenemos puesto nuestro pensamiento) los tesoros de luz y de vida que el venerable difunto dejó en herencia a la familia benedictina, todos los pastores de la Iglesia felicitarán a la abadía de Maredsous y se felicitarán a sí mismos por su clero».



Este libro, que fue tan sinceramente deseado por el eminente prelado, lo presentamos confiadamente a los ministros de Cristo. Quiera Dios que la lectura de estas páginas pueda mantener en los sacerdotes el esfuerzo diario para alcanzar la santidad exigida por la condición sublime de su vocación.



Dom R. Thibaut

Abadía de Maredsous, 16 de junio de 1951
70º aniversario de la ordenación sacerdotal de Dom Marmion en Roma



Nota del Traductor

El magnífico prólogo de Dom Thibaut nos dispensa de añadir nada por nuestra cuenta para presentar la versión española de Jesucristo, idel del sacerdote, la obra póstuma del gran maestro de la espiritualidad benedictina Dom Marmion. Solamente diremos que, para la traducción de los textos de la Sagrada Escritura, nos hemos servido de la versión directa de Nácar-Colunga, publicada por la BAC, y que en la numeración de los Salmos hemos seguido el orden de la Vulgata.

Todas las notas (sea cual fuere su naturaleza: bibliográficas o destinadas a subrayar el pensamiento de Dom Marmion) son nuestras. En sus conferencias a los sacerdotes, Dom Marmion citaba ordinariamente la Escritura en latín, aunque a veces recurría al texto griego. En atención a los lectores que desconocen el latín, hemos reemplazado la cita latina por su traducción o, a continuación del texto latino, más expresivo, hemos indicado su sentido. No hacemos ninguna referencia, por ser sobradamente conocidos, a los textos del Ordinario de la Misa.

Manifestamos nuestro agradecimiento a los que nos han prestado su ayuda en la preparación material de esta obra. Ellos tienen su parte en el bien que ella producirá en las almas.



Luis Zorita Jáuregui, pbro.