fundación GRATIS DATE

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

Otros formatos de texto

epub
mobi
pdf
zip

Descarga Gratis en distintos formatos

Tercer Priorato, 2004

La elección de Priora hubo de retrasarse tres meses.

(CE 32) «El 14 de abril de 2004 tuvimos la elección y, de nuevo, N. Madre salió Priora. La veíamos enferma, pero ¡nos hacía tanto bien con su palabra y su ejemplo!».

En este período, en que la M. Marina estaba tan mal, acometió sin embargo la restauración integral de la iglesia y de su gran torre. Hubo que desmantelar toda la iglesia, improvisar otro lugar adecuado en el convento para la Misa y el rezo coral.

(CE 33) «Según las últimas pruebas de N. Madre, el diagnóstico era un avance en la metástasis; por tanto, de nuevo los ciclos de quimioterapia... Sin embargo... con autorización del Sr. Obispo, salía mañana y tarde a la iglesia, entre andamios, escombros y ruido ensordecedor de máquinas que trabajaban en lo alto de los muros. Saludaba a todos por su nombre, se interesaba por lo que hacían, ponderando su trabajo y, en esos momentos en que daban un poco de mano, siempre les dirigía alguna palabra que les llevaba a Dios. Hubo un día en que se juntaron hasta cuarenta operarios de diversos gremios, consultándole numerosos aspectos de la obra que había que solucionar de inmediato y los iba resolviendo con una serenidad y un acierto admirables».

Tras la iglesia y la torre, vino la restauración de los tejados, de los cuadros, las pinturas, las imágenes...

(CE 35) «Un gran regalo nos hizo el Señor al hallar, bajo el presbiterio, las Reliquias del Venerable Padre Mateo de la Fuente, discípulo muy querido de S. Juan de Ávila, primer ermitaño de este histórico lugar y que, con su fama de virtud, fue atrayendo numerosos imitadores de su santa vida...

«La última aportación de N. Madre a la iglesia fue la hermosa lámpara que cuelga de la cúpula, pensada y diseñada por ella»...


Aumenta la Cruz y el abandono

En este tiempo las cartas de la M. Marina escasean, pues no tiene fuerza ya para escribirlas. Por teléfono seguimos en contacto de vez en cuando. A mediados de 2004 le mueve el Señor a escribirme una carta bastante larga. La primera mitad se refiere a cuestiones de la comunidad –lo que más le importaba–, y solo al final habla de sí misma:

(M 28-VIII-04) «De mí le diré que he sufrido muchísimo, llevada como siempre por Jesús en todo, y Él sosteniendo la comunidad y todo. Solo quiere que viva el más completo abandono. Esta vez me ha tratado como a pobre, y me dio un gran consuelo. Una noche que estaba con falta de sueño y mucha necesidad de Su compañía, me fui a la tribuna, y a lo largo de las horas que pasé con Él, si bien encomendaba los problemas, sentía una certeza de que todo estaba en Dios, como una gracia ya concedida, que no se puede imaginar la paz que me quedaba. Había que luchar, pero la Victoria era segura. No sé si será error mío, pero así me ha dado Dios vivirlo...

«La salud va adelante. Son ya 51 ciclos de quimioterapia...

«Tengo muchos deseos de ser cada día más de Dios. Su intimidad y su fuego me abrasan. No sé qué querrá de mí, pero prefiero vivir sin deseo alguno, más que su voluntad».

Medio año más tarde me escribe estando en la cama –como tantas veces hubo de hacerlo–:

(M 20-XII-04) «Jesús así lo quiere y bendito sea. Son ya 55 tratamientos y la médula no responde como antes...

«Qué quiere el Señor no lo sé. Me dejo llevar y le miro con el mayor amor que puedo. Solo eso...

«La comunidad está bien, muy unidas, muy pobres, buscando la verdad... Quiero decir que se ama al Señor, y aunque no me puedo ocupar como quisiera, el Señor suple.

«Me voy arrastrando, Padre, hasta que Jesús quiera y como Él quiera. No sé, no veo, ni pretendo saber. ¿Gustarme?... Me gusta solo lo que Él quiera, es lo mejor. La Cruz reina en mi vida en todo. Mi madre sigue sin saber. Ahora estamos cerca de un fin, o de la vida o de otra metástasis... pero así mucho tiempo no puedo seguir, pues estoy al límite. Eso sí, me lleva la fuerza de Dios solamente, porque con las mías no puedo contar, y de resultas, si Él lo quiere, tengo una fortaleza sin límites.

«¡Qué cosas hace Dios, que al estar mala, permita pueda escribir!... Me da devoción cómo todas las partes del cuerpo van participando en un deterioro progresivo y al mismo tiempo doloroso. Pérdida de visión, agilidad, tacto, movimientos, resortes humanos que Jesús me regaló y vuelve a tomar...

Como he dicho, en este tiempo las obras de restauración de la iglesia estaban por entonces en pleno desarrollo, y era ella las que las dirigía minuciosamente.

«La mano está hinchadísima, pero me ayuda y se porta bien. Yo estoy también hinchada y deformada, pero así me presento en todo. Y aunque me ven [en las obras] con muy mala cara y les extraña, no concuerda la salud con los hechos, y el Señor cubre los entendimientos...

«No ignoro que en dos meses puede pasar lo que sea, pero lo tremendo es que ni se me pasa por la cabeza... En realidad, si soy niña ¿qué pasaría? Nada. Viviría en los brazos de mi Padre la vida, la muerte, la pasión o el gozo...

«Ayúdeme a que así sea y no me dé importancia, que es fácil saber que todo lo hace Dios y mejorar la fama ponderando el abandono. Todavía quedan resabios... pero tengo muchos deseos de quererle más y más. Soy muy feliz, muy feliz, por amor. Me une a Él ese fuego que abrasa en la Cruz» (ib.).

Unos cuantos meses más tarde:

(M 15-IV-05) «Físicamente, se ve el Señor este año quiere que sufra. Cuando no es una cosa es otra, y conllevan mucho sufrimiento. Pero me llenan de consuelo, porque se nota la mano de Dios, que lo regala o permite...

«Para mi vergüenza le diré que me he tenido que salir del refectorio, antes que la comunidad, para no ponerme a llorar de angustia y necesidad»...

Como ella era tan reacia a expresar sus gustos o repugnancias en la comida, no siempre las Hermanas acertaban con lo que ella podía comer, y en ocasiones, con su mejor voluntad, le ponían alimentos que para ella eran imposibles.

«Son las penitencias con que me regala el Señor, y ya ve que el amor no está tan vivo y siento mucha repugnancia. Le digo esto porque es verdad que Dios me regala con su Luz, pero mi respuesta no es lo que expreso en las cartas, sino mucho más pobre.

«Sigo sintiendo la tentación de pedir la curación. Me llena de paz el pensamiento de que el Señor todo puede, y que lo único que no tiene es AMOR ABSOLUTO Y ABANDONADO. Por lo tanto, el intentar vivir solo SU VOLUNTAD en cada instante, sin querer saber y amando cada momento todo, es la plenitud del Amor que puedo darle... Confío me entenderá».

Se va acercando el final, y en diciembre de 2005 escribe:

(M 12-XII-05) «Lo principal que noto es que habiendo ocasiones de sufrir y cosas contrarias al natural, no sufro con nada. El solo hecho de saber que estoy en Sus manos y la confianza en su Amor me hacen todo fácil y me limito a pasar por la situación y tiempos, como y del modo o tiempo que Jesús quiera. Pero convertirme en víctima sería mentir. Todo me lo hace el Señor, es impresionante. No tengo tampoco consuelos o fervorines. Es en fe, en paz, en amor (ardiente pero sin llama). Confío Ud. me entenderá como siempre ha hecho el Señor. La presencia de Dios es tan viva y el verle en todo sin ver nada, tan evidente, que todo lo hace fácil.

«Me impaciento mucho, estoy muy agotada, y al sobreponerme, salto unas veces con culpa, otras con debilidad».


«Ya no me basta la Cruz. Le quiero a Él», +2006

Yo leía siempre las cartas de la Madre Marina subrayando en ellas –y reconozco que un poco de mala manera– todo aquello que me llamaba la atención o requería comentario. Sin embargo, la última carta que recibí de ella –sin saber yo entonces que era la última; ni tampoco ella lo sabía, claro–, me pareció tan sagrada, que no me atreví a subrayarla. Eso me va a permitir reproducirla en facsímil, al final de este escrito, limpia de subrayados. Fue enviada por fax –por eso el trazo no es del todo nítido– el 3 de febrero de 2006, es decir, unos tres meses y medio antes de su muerte. Y puede comprobarse, cosa muy notable, dado su estado, que siempre mantuvo la M. Marina la letra firme y clara.

+
«La gracia
del Espíritu Santo sea siempre con Ud. y le llene de su amor, muy querido Padre. Estamos haciendo el curso del “Cántico Espiritual” con Don N. N. y no puedo más.

«Estoy de salud regular, pero es que tengo un mal de amor mucho mayor que el físico. Es un deseo de verle, de que me posea, que ya ni me basta la Cruz. Le quiero a Él, me quiero morir y no me quiero morir, por no tener deseos más que los que Jesús quiera.

«Padre ¿cómo se vive esto? No quiero hablar con Don N. N.. Él me entendería, pero habría que explicar mucho y me cansa, además de rechazar el dar a conocer. Prefiero, si puede y lo juzga oportuno, me lo diga Ud.

«Por mi estado puede que la muerte esté cerca o que el Señor me cure, pero es aparte de esto; ahora es un fuego... No me consta haber recibido el matrimonio Espiritual, pero un poco deseo saberlo, porque no encuentro nada en mí que no sea de Dios, y por otro lado vivo esa muerte de no hacer por saber, para no moverme por mi querer.

«Me ahogo en amor, en paz, en deseos de solo Jesús, en cansancio abrumador, pero gobernado por la fortaleza de Dios, que me lleva y gobierna a todo lo que haga falta.

«Perdóneme tanto desahogo, pero si no es con Ud. no puede hacerlo con nadie. Si cree son tonterías, dígamelo, que a lo mejor me estoy buscando a mí misma. Seguiría escribiendo, pero va a empezar la bendición y tengo que terminar.

«Su más pobre hija, que le pide la bendición

Marina de Cristo

El texto de esa última carta (3-II-2006) llevaba esta postdata

«Han pasado varios días desde que le intenté mandar este fax.
He ido al médico, estoy mal, el hígado no trabaja y me hincho mucho.
Encomiéndeme para que sepan qué hacer y me deje hacer por el Señor.
Acabo de llegar y me vuelvo en ambulancia con la Hna. N. N., que está muy mal la pobre, 84 años»...

Acaba de volver de Córdoba la M. Marina, donde el médico ha comprobado que no le funciona el hígado y que se hincha mucho. Y se vuelve en la ambulancia al poco tiempo a Córdoba para acompañar a una Hermana ancianita, que estaba muy mal. En éstas andaba la bendita Priora tres meses antes de morirse...


Se acerca ya al descanso eterno

Como vemos, en febrero de 2006, la M. Marina, inflamado el hígado, casi completamente inapetente, y sometida a nuevos tratamientos, está peor que nunca.

(CE 37) «Un día, en recreación, una Hermana le dijo: “N. Madre, V. R. es como el Salmo, no hay parte ilesa en mi carne”, a lo que respondió: “Así es”».

De junio de 1994 a mayo de 2006 vivió la Madre Marina de Cristo doce años con cáncer. Y de esos doce años, desde 1997, se entregó durante ocho años y medio al servicio de la comunidad como Priora. Le llegaba la hora del descanso, de la plena unión con el Señor.

(CE 38-39) «N. Madre veía interiormente que el Señor la preparaba para el final. A una de las Hermanas le comentó: “O el Señor hace un milagro, o yo me muero, porque ya no puedo más”. Cada vez eran más frecuentes los ingresos en el hospital, pero D. Antonio [García], su médico, no se daba por vencido».

La Semana Santa de 2006 la pasó en el Hospital o en su habitación, retirada:

(CE 39) «Cada día entrábamos unos minutos en su celda, y nos recibía con una sonrisa del Cielo, llena de paz, y nos animaba a vivir con fervor, acompañando al Señor. Dejábamos la puerta del coro alto entreabierta y así podía oír los Oficios y se unía a nuestros cantos. El miércoles de Pascua, salió de nuevo hacia Córdoba e ingresó en el hospital. Fue en esta ocasión cuando ella vio muy claro que había llegado el momento de decírselo a su familia y habló personalmente, desde la habitación, con su madre».

Aún volvió al monasterio al final de abril:

(CD 39) «Entró en el convento por su pie, sonriendo, muy contenta de volver a vernos, pero su mirada ya no era la misma, como si se le escapara la vida... Un noche, acompañándonos en el refectorio, pues ya no comía casi nada, se apoyó sobre la mesa y con gran aplomo nos dijo estas palabras: “Bueno, vayan dándome encargos para el Cielo”. Pueden figurarse cómo nos quedamos. No podíamos reaccionar».


Descansó en el Señor

La vida de la M. Marina transcurrió en un período de tiempo cuyos límites son no poco elocuentes.

(CE 46) «N. Madre nació [1955] por el año de la Fundación del Carmelo de San Calixto [1956] y murió a este mundo al cumplirse sus Bodas de Oro [2006], algo muy simbólico y significativo: cincuenta años enmarcados en la Cruz, la muerte de su padre y la suya propia».

El 30 de abril de 2006 ingresó ya por última vez en la Cruz Roja de Córdoba. Solamente le permitían unas pocas visitas, sus familiares, su tía religiosa, la M. Nazaret, misionera en Haití, el Sr. Obispo, Mons. Juan José Asenjo, que acudió a su lado varias veces, y algunos sacerdotes más vinculados a la comunidad. Recibió la Unción de los enfermos, y cada día la comunión...

(CE 41-42) «Casi no hablaba, pero sonreía... Nos preguntábamos si llegaría a la celebración de las Bodas de Oro de esta Fundación [del Carmelo de San Calixto], el próximo 30 [de mayo]. Pocos días antes, le había dicho a una de las Hermanas: “Yo no estaré para ese día, porque todo serán alabanzas y no las quiero, porque yo no he hecho nada, ha sido el Señor”»...

Al decir eso se refería quizá al hecho de que a ella le había concedido el Señor el gran honor de restaurar la hermosa iglesia que su abuelo había reconstruido medio siglo antes.

«El jueves 18 [de mayo], hacia las once de la noche se quedó dormida y, al comenzar la madrugada, entró en agonía. Se la veía sufrir mucho, física y moralmente, como si el Señor quisiera que participase de lo que Él pasó en Getsemaní. Las Hermanas rezaban incesantemente a su lado, la acompañaban y consolaban. Poco a poco fue perdiendo el conocimiento, pronto llegaría el Esposo».

«Humanamente hablando, ya nada más se podía hacer, así que llegó el momento de traerla a San Calixto. Su salida de la Cruz Roja fue impresionante: a ambos lados del pasillo, un buen número de personas esperaban para poder verla por última vez y acariciar su mano. Muchos no podían contener las lágrimas, y las enfermeras y el personal que la habían cuidado la despedían con el cariño de una madre».

Ya en San Calixto, a los 21 días de su ausencia, fue recibida por todas las familias de la aldea, por su propia familia, por su madre, también llegaron tres de sus cuatro primos sacerdotes, entonces Legionarios de Cristo, y la comunidad de sus hijas carmelitas la condujo a la pieza de recreación, junto a una imagen de la Virgen.

(CE 42) «Avanzaba la madrugada, su respiración era cada vez más lenta, nos dábamos cuenta de que no podía durar mucho más y, de repente, vemos con estupor que empieza a abrir los ojos, radiantes, llenos de vida, hasta abrirlos de par en par..., los gira de un lado a otro como buscando algo o “Alguien” y, en un determinado punto, que no coincidía con ninguna de nosotras ni con imágenes, luz o cuadro, los fija con una expresión como de sorpresa y de inmensa alegría. Todas la llamábamos, pero no atendía para nada a nuestras voces, sólo veía “aquello”... En alguna ocasión la oímos decir: “A mí me vendrá a buscar la Virgen”. Y no sería de extrañar que el Señor concediera este deseo a su fiel esposa. Eran las 4:20 del sábado 20 de mayo» de 2006.