fundación GRATIS DATE

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

Otros formatos de texto

epub
mobi
pdf
zip

Descarga Gratis en distintos formatos

Ejercicios espirituales

Me escribe estando haciendo Ejercicios espirituales con la comunidad:

(M 29-VIII-99) «En lo demás, desde el cuarto día estoy dedicada a estar con las monjas. Cada día a cuatro o cinco, para poder estar con cada una como una hora y algunas más, según lo necesiten».

«En la reforma de vida [una práctica habitual de los Ejercicios] he visto muchas cosas:

«1º Creo que el Señor desea más mortificación. Él me ha puesto en el corazón que me venza en las posturas. Tengo dentro como que Él desea sea una ofrenda permanente en todo. Ud. se reirá –no, no lo hará–, pero le explico. Hay veces que pongo los pies sobre la tabla de debajo de la mesa para descanso. O saco las manos de debajo del escapulario, o apoyo el codo, o monto un pie sobre otro... Cosas así que no ve nadie más que Dios y yo, pecadora. También levantarme o incorporarme enseguida por las mañanas, cuando me llaman, que no lo hago.

«2º En la puntualidad seguir la voz de Dios todo lo más que pueda, y en todo lo que sea observancia poner mucho énfasis y fidelidad.

«3º Y siempre pedir humildad y Maternidad.

«Me ha dado que pensar este deseo de Dios de “mortificación”. Le pregunto: ¿cree Ud. que debo hacer penitencias? No tengo reparo ninguno en hacerlas. Es tan raro que, estando tan cansada... se me ponga ese deseo de mortificarme, que pienso tiene que venir de Dios. Si Ud. lo ve, dígamelo, pues si es de Dios, Él me sostendrá».

«Todo lo que le digo en ésta del día 29 permanece. Con más fuerza el no temer la cruz o la humillación, pero no por verlas con fuerzas y como quien va a vencer. Al contrario, es como quien ve en ellas el mejor manjar o tesoro. Lo demás me aburre, mientras la voluntad de Dios, su Cruz, su amor, la humillación, las deseo con un señorío y con una alegría y necesidad muy notables.

«También me pasa que no me puedo ofrecer; solo unida a los méritos de Cristo o de María. ¿Qué voy a ofrecer? No soy nada, no tengo nada más que pecado o vacío. Todo lo que tengo es recibido.

«Es una cosa nueva. El Señor va cambiándome por dentro muy deprisa, como quien necesita tener la obra a punto, rápidamente».


El árbol de la cruz, lleno de flores

(M 18-IX-99) «Quería decirle que no puedo más de felicidad, de agradecimiento, de recibir amor y todo, pues todo me lo hace el Señor. Es un fuego, una alegría, una ilusión, una felicidad, tales que me anonada, me abrasa y todo lleno de paz y sencillez. Creo que es sobrenatural, es “Su Gracia” la que me rodea.

«Le pregunto a la Virgen cómo puedo amarle o dejarme amar mejor, le pido que me una a Jesús, es un sentirse traspasada por su gracia, con unas ansias y una fortaleza que ahora he comprendido (Ud. dirá que me debía de haber dado cuenta antes), pues hasta ahora, no había entendido lo que Ud. me decía, de que era obra del E.Santo en el alma, por el don de fortaleza. Tiene que ser así, pues físicamente tendría que estar agotada y tengo más fuerza que nunca, pero es espiritual. Si es Don, todo se entiende como obra de Dios.

«Al recibir el cuerpo de Cristo en la comunión, es como si me poseyera, y en Él y con Él no temiera nada.

«La gracia de la humildad va en aumento. Tengo más facilidad para callar, hay una obra de Dios pasiva en la que Él me pone en nada y puedo hablar o pensar de las cosas, como hechas por Dios, me refiero a las cosas en que yo intervengo, pero me veo llevada por Él y que todo lo bien hecho es obra Suya, de un modo más nítido que antes, pues se queda muy lejos la vanidad (algunas veces, aunque lejos, está). En esas ocasiones me da miedo hablar de estas cosas, pues puede quedar o mezclarse el buscarse a sí mismo hasta en la obra de Dios y buscar el quedar bien.

«Ahora mismo necesito hablarle a Ud., pues saldría diciendo a todos que Dios está loco de amor por sus criaturas, y que no deseo más que volverme loca por Él. La Cruz me calma, pero poco, porque no la veo en las cosas, ni en la salud, veo solo amor y a Él, que así se me muestra en cada detalle. Solo me falta ver su rostro, pues su corazón está en todo.

«¿Cómo podría dejarme poseer totalmente? He tenido algunas caídas, son más pequeñas y enseguida las percibo, pero me vienen muy bien...

«La idea de que “todo lo mío es tuyo” del hijo mayor, en la parábola del hijo pródigo, me impresiona mucho. Ese darnos el Señor todo, sus intereses, sus almas, su intimidad, su gracia... y vivir tantas veces fuera de lo único necesario y a lo único que alude el Padre, y ese “tú siempre estás conmigo”, como lo mejor que existe y que pone como en un parangón incomparable con todos los demás bienes, y que a nosotros se nos haya dado... ¿Cómo no salir gritando, amando, llorando, riendo... de vernos envueltos en ese amor, sintiéndolo con el corazón o con la fe? Pídale que destruya todo lo que le desagrade, que haga y deshaga, pero que aumente la capacidad de amar.

«Tengo que decirle que he faltado comentando defectos ajenos, no por crítica, sino por explicaciones quizá innecesarias, y también he dicho tres veces en ocasiones distintas que “no puedo más de felicidad”. Si no hago bien, dígamelo. Ud. me dijo que no pusiera el alma al descubierto, y con esto lo puedo hacer. En lo demás, procuro cuando el Señor me pone en el alma directamente o a través de alguien una idea que sea bonita o caliente, no guardármela, decirla.

«En el no poseer nada, pues hace muchos años se lo di a la Virgen todo, estoy cierta; pero en que Dios pueda hacer de mí y haga lo que desee es un ansia la que tengo terrible, es un deseo de que me destruya su amor, su voluntad, su gloria».


Luces y sombras

(M 27-IX-99) «Las pomadas: en cuanto [los albañiles] terminen las obras, como me dice, me las daré. Procuraré poner la mayor constancia. No sabe Ud. la necesidad que tengo de obedecer y con la alegría que lo hago cuando me indica algo. Desde que tengo que mandar, veo la obediencia como una gracia inmensa y no me atrae más que la voluntad de Dios».

(M 10-X-99) «He tenido varias faltas de humildad, menores que antes, va mejor, pero tengo. Sobre todo tengo impaciencias o algún gesto de cansancio, porque apenas tengo estos días fuerzas para hablar, y como sigo como si tal cosa, haciéndolo todo, me cuestan esfuerzos titánicos y a veces los demuestro».

(M 22-X-99) «Por la misericordia de Dios, esos progresos permanecen, y por su misericordia también esta vez tengo un montón de culpas que decirle. Siento mucho la ofensa de Dios que haya habido en las culpas, pero las mismas culpas no las siento; al contrario, me consuela verme pecadora, débil, pobre ante el Señor y necesitar su perdón...

«En la oración no busco solo el consuelo del Señor y que Él pueda, si desea, amarme. Me explico: hace tiempo que me pone el Señor en el alma el deponer todo deseo, salvo el de dejarle a Él amar al alma, en un profundo silencio que es amor. Es como intentar no buscar el consuelo de amarle. La verdad es que en ese silencio muchas veces me encuentro amándole y diciéndoselo, pero no voy a buscarlo, no siendo que Él de una manera especial me lo ponga en el corazón.

«Hay momentos tan fuertes que necesitas decirle muchas veces Te quiero, Te amo... pero tengo como la necesidad o Él me pone el deseo de estar en su presencia, dejándole que haga con mi alma solo Su deseo, fuera de cualquier sentimiento. Ofreciéndome toda y solo a su amor en ese rato de la oración».

Sigue consignando, como tantas veces, una larga enumeración de sus faltas, y termina diciendo:

«Hay muchas más culpas, ahora no las recuerdo, pero tengo alegría de verme tan necesitada de Su Misericordia».

Por otra parte, a pesar de las penalidades y agotamientos de su grave enfermedad, continúa usando cilicio y tomando disciplinas. Acerca de éstas, tiene el problema de que «se oyen»...

«Lo único que tengo que tener cuidado es porque se oye y mientras no pase algún tiempo no debería tomarla por prudencia y no exasperar los ánimos de las monjas. Me quieren cuidar. Y es cierto, debo cuidarme... Este último ciclo lo he pasado mal».


Caridad y servicio

Como ya se ha visto, y se verá, la M. Marina se acusaba con frecuencia a sí misma de impaciencias, de no atender a las monjas con la dedicación y la caridad que precisaban, etc. Algo habría, por supuesto, de estas deficiencias. Pero consideremos también el pensamiento que de ella tenían las hermanas.

(CE 25-27) «En los Capítulos que nos daba, podíamos ver que, sin olvidarse de las cosas de la tierra, cada vez miraba más hacia el Cielo. Nos citaba con frecuencia palabras de Sta. Gertrudis, a la que quería muchísimo, ya que esta gran mística se adelantó a su tiempo, penetrando los secretos del Corazón de Jesús, el Cual la trataba con la confianza de verdadera esposa; y es fácil comprender que se sentía muy compenetrada con ella.

«Tenía N. Madre un don especial en su palabra; normalmente, lo mismo en recreación que en locutorio, dejaba hablar a los demás, pero, en un momento dado, decía unas palabras que quizá no seguían mucho el hilo de la conversación general, pero que hacían remontar y levantar la mirada a lo alto y dejaban un algo de Dios en el ambiente. Hasta los mismos obreros que entraban a trabajar nos decían luego: “La M. Marina tiene algo especial que lleva a Dios; con dos cosas que te dice, todo cambia y te deja una paz...”

«Este amor al Señor lo ejercitaba ampliamente en la caridad hacia los demás y, en primer lugar, hacia sus hijas, por las que se desvivía sin límites. Si veía que alguna tenía mala cara o no se encontraba bien, en seguida averiguaba el motivo y ponía remedio, con todos los alivios que podía. Si oía toser por la noche, sin pensar en su propio descanso, se levantaba, acudía a la celda llevando almohadas, la dejaba bien instalada y no se marchaba hasta que se le calmaba la tos...

«Respecto a las familias y personas conocidas, en cuanto sabía una necesidad, era realmente espléndida y, a veces, incluso lo intuía ella antes de que se lo comunicaran. Disfrutaba dando y había veces que, a los pocos minutos de recibir por una mano, lo daba por la otra...

«Si esto era en lo material ¡superaba, con mucho, hacer bien a las almas! Cuántas personas de toda clase, estado y condición, religiosos y seglares, se han acercado a las rejas del locutorio, o bien por teléfono o por carta, pidiendo ayuda, apoyo, consejo, oraciones... y les dedicaba todo el tiempo necesario, a costa, incluso, de su descanso. Era sumamente discreta y únicamente, en recreación, con voz de súplica, nos decía: “Pidan mucho por una intención”...

«Ella era la primera que cumplía la promesa, pues por la noche, cuando suponía que todas estábamos dormidas, salía de su celda y se iba a la tribuna y, allí, a veces pasaba varias horas de rodillas; esto lo hizo hasta pocos meses antes de morir. Su fuerza la encontraba en el Sagrario».


Caridad y apostolado

(CE 28-29) «Mientras tanto, la enfermedad seguía su curso, con avances y retrocesos, pero N. Madre no perdía el ánimo... Durante todos estos años, con numerosos ingresos hospitalarios, N. Madre fue verdadera misionera con su ejemplo y su palabra. Médicos, ayudantes, enfermeras, auxiliares, etc., llegaron a tener tanta confianza con ella y a cobrarle tanto cariño que, apenas aparecía por la planta del hospital, acudían en seguida a saludarla: “Sor Marina, Sor Marina”... No digamos lo que era su habitación. Lo mismo de día que de noche, iban a contarle sus cosas, a oír sus consejos y, sobre todo, a llenarse de paz viéndola con esa sonrisa tan serena que les llevaba a Dios, sin sermones, sino hablándoles de lo que rebosaba el corazón. Fue por esta época [2001] cuando empezó a decir que el cáncer para ella “era un regalo de Dios”. La gente, al oírla, casi hasta se escandalizaba. No podían comprender cómo decía esto de una enfermedad tan tremenda, pero ella lo aseguraba plenamente y, en verdad, viéndola, no se podía dudar de sus palabras, aunque resultaran incomprensibles.

«En cuanto a sus compañeras de habitación, que fueron numerosas, ¡cuántos cambios de vida se operaron! Y lo mismo en sus familiares... Incluso, hubo una compañera de habitación que ofreció al Señor su vida a cambio de la de N. Madre, asegurándole: “Madre, usted es muy necesaria en este mundo, tiene que seguir viviendo”. Se llamaba Isabel.

«Apenas llegaba al convento, procuraba seguir lo más posible la vida de comunidad. Entraba en las oficinas, se detenía en los trabajos, ayudaba y enseñaba a las jóvenes o bien apoyaba las ideas de las mayores, haciendo ella la mayor parte o la más difícil del trabajo, para que siempre tuvieran ilusión, entraba en la cocina y se ponía a guisar... En fin, bien podemos decir que era la alegría de la casa.

«Su primera novicia recuerda: “Nos decía cosas muy sencillas, abnegación, humildad, fidelidad en lo pequeño, caridad con todas, pero envuelto en amor de Dios, del que hablaba con toda naturalidad y poniéndonos grandes deseos de amarle y salvar almas. No forzaba, pero invitaba siempre a mayor generosidad. Se interesaba por todo lo tuyo, podías hablarle de cualquier cosa, escuchando siempre con gran atención. Cuando salíamos a la huerta, disfrutaba mucho viendo los árboles, los cultivos, las flores, todo le llevaba a Dios”».

Por este tiempo, con el impulso sostenido de la Madre Marina, se adaptó en San Calixto una casa para Ejercicios Espirituales, con capacidad para treinta personas. Y también se arregló la hospedería para las familias:

(CE 30) «Resulta increíble que N. Madre pudiera abarcar tantas cosas estando enferma. Es indudable que la sostenía el Señor, pues todavía le quedaba por realizar la magna obra de [la restauración de] la iglesia».


La santa cruz de innumerables ciclos

Al comienzo de su enfermedad, la M. Marina recibió en el hospital de la Cruz Roja, en Córdoba, los tratamientos de quimioterapia y radioterapia; pero como resultaba muy caro, pronto el Doctor que la atendía la pasó a la atención de la Seguridad Social, en el Hospital Provincial.

Si sumamos 71 quimioterapias y 44 radioterapias, vemos que a lo largo de doce años la M. Marina hubo de recibir en Córdoba tratamientos unas diez veces por año. Unos ciclos los toleraba mejor que otros, pero todos eran para ella una cruz no pequeña, que al menos durante unos días la dejaban aplastada. Pero ella lo soportaba todo con amor y paz, porque sabía bien que su cruz personal era la misma Cruz de Cristo.

(M 29-X-99) «¡Ayúdeme Don José Mª a dar gracias a Dios! Don Antonio, el oncólogo, ha dicho que efectivamente hay una mejoría muy notable, pero cree mejor seguir con los ciclos. Dios dirá hasta cuándo, pero él piensa en otro año. ¡Fíjese qué regalo me hace el Corazón de Cristo en este viernes! Tengo un gozo inmenso, porque Él está en mi alma inundándola de paz, de amor y de abandono. Estoy en sus manos y lloro de amor en cuanto estoy sola.

El Dr. Antonio García tuvo siempre por la M. Marina un gran afecto y veneración, como lo manifestó en un blog que tuvo en su momento.

«Es todo Don. Estos días anteriores qué distinto era. Lucharé de la mano de María en el campo de la Humildad y de la enfermedad. Temía mucho verme sin Cruz. Veo claro la necesito. Me va grabando el Señor su valor de tal modo que sin ella no puedo ya ser feliz... La Cruz me une a Quien en ella está. ¿Qué más puedo desear? Tendré que tomarme en serio el descanso, pues estoy muy agotada».


Malestar, agotamiento, angustia

Con bastante frecuencia, me insistía M. Marina en que yo no le escribiera cuando tuviera mucho trabajo. Incluso se hacía problema de conciencia, pensando si no me escribiría ella con demasiada frecuencia: podría ser

(M 7-XI-99) «un abuso; pero sí lo haré, para que Ud. sepa cómo ando, pues no hay quién me aguante. Varias veces le he dicho que ando mal y al límite, pero que estoy llegando en los días centrales del ciclo a una debilidad física y psíquica cada vez mayores.

«Todo me parece mal, veo debilidades y falta en todo (lo malo es que hay muchas cosas de verdad mal y salidas de su sitio), pero me doy cuenta de que lo veo sin toda la serenidad que debiera, y veo culpas en las monjas a cada paso. Como no lo debo corregir [yo le había dicho que no hiciera correcciones al momento, sino después de rezar y discernirlo en caridad], es una fuerza interior la que me tengo que hacer que a veces se me tiene que notar. Otras veces corrijo sin suavidad.

«Me encuentro bastante mal. Es una taquicardia permanente y mucho cansancio, con momentos muy frecuentes de gran malestar. Todo esto sin dejar tantas obligaciones me supone un extra que al final lo pagan las monjas. Pobrecitas, lo que les tengo que hacer sufrir muchas veces. Me ahogo de angustia, respiro hondo, me abandono, miro al Señor, a la Virgen. Sé que en una semana esto se pasa, si Dios quiere, en la medida en que me voy poniendo mejor, pero mientras, ¿cuánto destrozo haré en las monjas?

«Tengo mucha angustia, que solo supero con humildad y abandono. Me pone el Señor tanto delante, quiero decir, como que me muestra tantas cosas para hacer, y desearía darme a ello. Se me muestra como obra de Dios...

«Hay momentos en que me pone una fuerza enorme de amor hacia Él, pidiéndole me una en matrimonio a Sí. Después queda solo mi pobreza y debilidad, caídas, ingratitud, egoísmo, prepotencia... Le noto detrás de todo a Él, más próximo, aun en los momentos de alejamiento, que en otras ocasiones».

En la misma carta, pero con fecha del día siguiente, añade una descripción de los efectos que el tratamiento clínico le produce:

(M 8-XI-99) «En estos dos últimos ciclos he tomado casi la mitad de X.X., y ésa es la causa de la gran intoxicación que tengo de Z.Z. Ese producto es la quimioterapia y produce una angustia terrible, ansiedad, destroza los nervios, no deja dormir, estropea y afecta el corazón (taquicardia), con el ahogo consiguiente. Total, que una maravilla para el alma y un horror para el cuerpo»...

«No solo tengo la suerte de poder sufrir los futuros ciclos, sino que, si Dios quiere regalarme la humillación de verme deshacer psíquicamente, si es para su mayor gloria... ¿qué puedo, sino adorar su voluntad, agradeciendo inmensamente tanto amor y predilección que ello me depara?».

Una medicina, según añade en la misma carta, hace que al otro día se sienta mejor:

(M 9-XI-99) «Parece imposible lo que puede hacer una medicina. Hoy es 9. Qué cambio tan impresionante. Tengo las molestias de antes en los ojos, dientes, garganta, pero con vida, ánimo y sin el malestar terrible de estos últimos cuarenta días. Bendito sea Dios por todo».


Por fin lo dice a la comunidad, 1999

La M. Marina, al parecer desde niña, era muy reservada, muy reacia a dar a conocer sus asuntos personales. Siendo Priora, su comunidad conocía, por supuesto su enfermedad, pero estaba muy lejos de saber la gravedad de su estado. Éste lo conocían unas pocas, la Supriora y las enfemeras. Temía la M. Marina que las monjas se preocuparan demasiado por su estado o trataran de cuidarla excesivamente.

Sin embargo, llegó un momento en que el Señor, sirviéndose en parte de mi consejo, le hizo ver la conveniencia de revelar completamente a la comunidad la situación muy grave de su salud.

(4-XII-99) «Respecto a las monjas, les he dicho todo, como Ud. me indicó, y son santas.

«El día 1 tuvimos un capítulo, no de culpas, sino pascual... Me levanté temblando y al empezar a hablar me daba vueltas la cabeza y el cuarto. La verdad es que temí no poder seguir, pero Dios hizo posible todo. Les dije a las monjas al empezar: “quiera Dios sepa con su gracia decirles lo que Él quiere”... Me alargué casi media hora, pero fue muy fuerte, muy hilado, muy lleno de Dios. Me lo puso todo el Señor delante. Se cortaba el ambiente, porque estabamos todas sobrecogidas.

«Al acabar el capítulo, me subí a la cama, hasta la cena. Iba muy emocionada, porque en el capítulo hablé mucho de lo que el Señor me puso en el corazón. Era parte de S. Gertrudis [del libro El heraldo del Amor divino, que hacía poco le había enviado yo], parte de Ud., del valor del arrepentimiento y mucho de lo que Dios nos ama... Al llegar a la celda estaba Dios allí. Quise decirle, como quien se derrumba, “todo lo mío es tuyo”, pero Él me lo trocó en “todo lo Mío es tuyo”. Lloré mucho de consuelo. El Señor lo hizo todo. Pedí a la comunidad una renovación en la puntualidad y vida de unión y caridad. Creo que se ha notado el paso de la gracia de Dios. Hay que seguir dejándole hacer y no saliéndose de la fidelidad...

«Quisiera saber qué quiere Dios de mí en cada instante y darme totalmente. Me reclaman mil cosas, pero ¿cuál es la que Dios quiere? Me resulta muy difícil [discernir], y más con este agotamiento tan terrible que tengo. Gracias a Dios, es solo físico, el psíquico ha desaparecido, creo que por completo. No tengo la presencia de Dios tan sensible como otras veces y temo anteponer cosas a lo ÚNICO IMPORTANTE por falta de discernimiento y poner mi voluntad como obstáculo a la gracia. He tenido alguna impaciencia y hace diez días más o menos dije una mentira... Al día siguiente me desdije... PERDÓN.

«Le pide perdón y la bendición esta hija pobre y mentirosa que mucho le encomienda. Marina de Cristo».


Dirección espiritual

(M 7-XII-99) «Qué busco en su dirección:

«1º, creo que fue cosa de Dios. Ya se lo he dicho en otras ocasiones, pues jamás me he podido abrir con nadie y algo me empujó a hacerlo con Ud.

«2º, No sé, pero creo hubo un tiempo, hace año y medio, que le dije tenía miedo de tener no sé si apego o buscarme a mí misma. Aquello pasó.

«Ahora me encuentro con una paz inmensa. No busco nada que me consuele, pero sí decirle todo como a quien representa a Dios. Busco, sí, un exigirme a mí misma decir [en las cartas] las culpas que veo, ya que no puedo confesar con Ud., y de ese modo no caer en una rutina y acti-vismo al que me llevaría todo lo anteriormente dicho...

«Busco también su consejo, que me da mucha seguridad y me ha ayudado muchísimo».

Conviene que yo aclare esta última frase. Como fácilmente puede intuir el lector, en realidad, yo no le ayudé muchísimo a la M. Marina en su camino de santidad. Cuando iniciamos la dirección espiritual, ya ella volaba muy alto por el cielo de la gracia, y yo tenía que mirar muy hacia arriba para poder seguir su vuelo. Lo que yo creo es que la Providencia divina me concedió dirigir a la M. Marina para confortarla y para acrecentar en ella el mérito de la obediencia; pero sobre todo para que fuese testigo cualificado y relator de la maravillosa obra de Dios en ella.


Hacia el matrimonio espiritual

(M XII-99?) «Ud. me dijo me preparase como a morir, y por más que quisiera obedecerle me es imposible. No pienso en la muerte, ni en prepararme, ni nada. Solo puedo amar. O si estoy sufriendo, ofrecerme y esperar en la cruz.

«Hay muchos ratos y días que me abrasa el fuego con que Dios pone en el alma el deseo de amarle, y de ahí brota el que me una en matrimonio a Él; pero es como una necesidad del alma, que no puede con ese fuego estar separada.

«Leyendo al Santo Padre [Juan de la Cruz] en el Cántico, vi que decía o me pareció entender que es un impedimento para esa unión cuando quedan obras o deseos de uno mismo... No sé. Es cierto que por varias cosas estoy sufriendo mucho, y hay dolores y cruz, y hay por todo ello más ayuda de Dios, pero verdaderamente tiene el Señor que querer algo, cuando así me pone.

«Pido a la Virgen mucho que ella me prepare [al matrimonio espiritual]. La unión con el Señor es muy fuerte y constante, no siempre con ese fuego, pero Él lo envuelve todo. Creo Dios quiere me prepare la Virgen».

En muchos lugares de sus cartas, venga o no a propósito –«de la abundancia del corazón habla la boca»–, la Madre Marina expresa lo mucho que quiere a sus monjas:

«Son todas de Dios, y el convento tiene ruedas, no lo muevo yo. Lo tengo claro. La Esperanza en su Amor lo sostiene todo».


Hacia la plena pasividad mística

Durante sus últimos años, el agotamiento de la M. Marina era a veces tan extremo, que dudaba a la hora de invertir sus fuerzas mínimas entre asistir al rezo coral o atender a alguna monja necesitada –que es lo que yo le aconsejaba–, pues realmente algunos días no era capaz de entregarse a las dos dedicaciones. Por otra parte, yo le dije que normalmente no me escribiera el día que no había cumplido con el rezo. Y también le advertía que, aunque el rezo era sin duda lo principal de su vida, quizá algún día le diera el Señor fuerza para escribirme, y no para asistir al rezo. Esto que digo explica mejor el texto que sigue:

(M 12-I-00) «No he podido rezar todo por estar cansada, y no me atreví a escribir. Hoy estoy mal, pero he rezado todo, y le escribo, pues necesito desahogarme. Tengo tal felicidad, tanta paz, tanto gozo que no puedo más. No sé cómo explicarme. Hay muchos problemas, pero aunque estén, el Señor los arreglará. A mí me tiene de botones, mandándome aquí o allí, y generalmente muy embriagada en su amor. Estoy como un autómata. Solo puedo amarle, contestar a lo que hay que hacer de comunidad bastante regular, pues el agotamiento me lo impide, y guardando en el corazón un cúmulo de cosas que quedan sin hacer. Pero sin agobio, con paz, en Dios.

«El día 2, al salir del locutorio para la bendición, me veo que tengo la mano derecha –la operada del cáncer hace años– hinchada. Esto pasa de trabajar con esa mano o de infinidad de cosas cuando te han radiado. La cosa es que no se puede hacer ya nada, hsta que se deshincha. Así que fíjese que gozo en la [ilegible] de Dios con unas 200 cartas por delante y sin poder hacer nada. La cosa es que era una paz y una alegría que no se puede imaginar. Me tiene el Señor metida como dentro de su voluntad.

«Aquí me quedé ayer, sigo hoy. No puedo más de Felicidad. ¡Qué será el cielo, si aquí [ilegible]... gozo!

«Respecto al alma. No sé qué ha pasado, pero me he sentido por primera vez en mi vida de otra forma. Mi alma es –era– obra de Dios y Él en ella ponía su gracia y la perfeccionaba; pero yo, ya no tenía que ver en esa obra. Era Dios, le pertenecía para su gloria y su Iglesia. Es todo Suyo, y por lo tanto a mí no se me pega nada al ver que la perfecciona y que Dios la ama, porque está Él a su gusto acabando la obra de su gracia. Dios mío, Padre, no sé lo que estoy diciendo, pero eso he sentido tan claro, con tanta paz, con tanta humildad, tanta alegría y gozo que no sé explicar.

«Es aquello de “[cuando tú me mirabas] su gracia en mí tus ojos imprimían... Por eso me adamabas” [San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, Canciones 32].

«Me siento traspasada por la luz de Dios, haciendo de intermediaria, y que al mismo tiempo está tan fortalecida el alma por Su presencia, su compañía y por la obra de destrucción de todo lo que no es Él, que Jesús ha hecho en “su posesión”... No sé explicarlo, pero a base de quitar, ha fortalecido tanto su gracia, que ya todo es suyo. No veo nada que no le dé. Hago muchas cosas mal, muchas... al final se las cuento; pero no hay nada que me ate, todo es Suyo. Me ha puesto en la Verdad. Me parece quiere unifique la comunidad en caridad. Mejor dicho, lo quiere hacer Él y como me posee lo hará Él. Yo ya no hago falta. Le miro y según me indique, le sigo. No, mejor Él me lleva. El fervorín o gozo espiritual es grande, pero no es eso propiamente, es mucho más fuerte y sereno que nunca. Está aquí, lo invade todo. Él es el Señor y me ama muchísimo; pero ama sobre todo lo que Él ha hecho en un corazón pobre. ¡Qué misterio! Y pensar que en un instante me lo ha puesto en el alma con esa seguridad y libertad de espíritu, en sentirse uno tan ajeno de esa obra y al mismo tiempo totalmente poseída por Él para realizar lo que desea.

«Ud. verá si puede entender algo de lo que va aquí dicho, pues no lo sé decir mejor.

«Tengo impaciencias y comento defectos, no por censurar ni criticar, sino por debilidad, necesidad o explicaciones. Creo hago mal en las dos cosas y si bien algunas veces no tengo culpa ante Dios, otras sí. Si a Ud. le parece, debería hacer alguna penitencia por cada caída en estas materias. Por ejemplo, rezar en cruz por cada caída una Salve. Lo que me diga».

(M 8-II-00) «Estoy feliz. La alegría es muy grande, no tengo apenas consolación ninguna espiritual, fuera del gozo inmenso de la fe y el amor; pero esto es como una noche pasiva fuerte en la que el Señor me lleva a la incapacidad más absoluta. La veo, la acepto, la amo, pero si bien no quiero llamarla cruz, lo es. El no llamarla es para que Jesús no se entere de que me cuesta.

«Todo lo que le he dicho del apretamiento en que Dios me está poniendo, no me produce más que alegría de verme así amada, y me muestra el Señor de modo palpable cómo es todo don y gracia suya, por cómo lo necesito y el bien que me hace, evitando posible orgullo o soberbia.

«El apretamiento es a veces fuerte, necesito baño de Sagrario, y no preocuparme de tantos problemas, sino encomendárselos a Jesús. Me abandono, pero tiro del carro, y si no voy al mismo paso que Jesús, el esfuerzo de tirar de un peso superior a las fuerzas, agota. Mientras que a Su Paso es todo tan suave...».

(M 5-III-00) «Quizá el mayor defecto sea que tengo ansiedad, como fruto de la lucha de la quimioterapia. Estoy en la Cruz que es amor. No hago nada más. Recibo siempre la gracia de poder amar. Estoy con mucha paz en el alma y felicidad. La ansiedad es en el cuerpo, pero con ella se puede sufrir y amar. Cuando termine, el Señor me unirá a Él de otro modo. Si a Él le parece, le pido tenga misericordia de mí y no haya nada en mi vida que no le pertenezca. Y si es su voluntad, me dé la cruz que más gloria le dé a Él».

(M 18-V-00) «El abandono permanece como único faro y fortaleza para todo. La Cruz la necesito y me ayuda como nada a no separarme de la verdad».


¿Más ciclos de quimioterapia?

(M 14-VI-00) «No quisiera moverme ni a derecha ni a izquierda respecto a la voluntad de Dios, ni dejar de beber una gota del cáliz que el Señor me regala; pero tampoco sé hasta dónde llegar en el aguante o cansancio respecto a los ciclos [de quimioterapia].

«Si sigo adelante con ellos, los ciclos, pues aún puedo, debería cuidarme mucho más de lo que lo hago, y no es fácil.

«¿Me debo a la comunidad?
«¿Me debo a la salud?
«Me debo sobre todo a la voluntad de Dios. ¿Cuál es?...
«Pienso no moverme en ninguna dirección y pedirle mucho al Señor, Él dé luz, si no directa, a través de los más humildes acontecimientos, y confío ciegamente me llevará a su voluntad, que es lo único que deseo...

«Lo que más miedo me da es ser auto-suficiente; es decir: obrar desde mí misma, impidiendo la acción de Dios. Puede hasta imponerse en el alma el deseo de vivir, hasta el punto de preferir más ciclos que nadie, por no hacer una temeridad, como es dejar la única medicación que cura. Y puede también imponerse el deseo de acabar con todo lo duro y humillante, y confiar temerariamente en la providencia. Confío a la Virgen le dé luz para entender todo esto».


¿Pedir al Señor la curación?

Sabemos bien que pedir a Dios la curación de una enfermedad, propia o ajena, es de suyo una obra buena, pues confiesa la fe en la bondad del Señor y en su omnipotencia. Pero también sabemos que a veces, en ciertas personas y momentos, prefiere Dios el abandono incondicional en su providencia que la oración de súplica. Pues bien, según lo que yo veía en la M. Marina –que coincidía con lo que ella veía en sí misma–, en lo referente a su enfermedad, el Señor no le movía interiormente a pedir la curación.

Por este tiempo, recibieron en San Calixto la visita de una anciana religiosa extranjera, benemérita por muchos conceptos. Muy pronto quedó deslumbrada por la altura espiritual de la M. Marina, y cuando supo de su cáncer, dijo:

(M 26-VI-00) «“Eso [la curación] corre de mi cuenta. Se lo tenemos que arrancar al Señor”... Ha hecho [ella] un pacto con Dios para que me cure y dice que sabe que va a sufrir, pero que me pondré bien...

«No me deje Ud. pasar nada, que va mucho en ello. Me refiero a lo que sea, si le parece. No piense en tener consideraciones conmigo, ataque sin miedo, que es Jesús el que sufre las consecuencias y las almas».

A mí aquello de «arrancar al Señor» una gracia, me sonó bastante mal, y así se lo escribí a la M. Marina: «no me convence, perdone que se lo diga» (30-VI-00). Y como siempre, la obediencia espiritual de ella era rápida y total. Me escribió a vuelta de correo:

(M 3-VII-00) Quiero «darle las gracias, porque Ud. siempre me ha indicado el camino de la penitencia, aun estando mala, y el tercer secreto [de Fátima] no habla de otra cosa.

«Puede estar tranquilo. No me moveré en deseo, ni en pedir, hacia la salud o enfermedad. Espero con la gracia de Dios permanecer en su solo querer. Últimamente he pedido me curase y ha sido con verdadera ansia. No era por deseo propio. Me costaba hacerlo, pero me confundí, y tanto me lo decían que lo hice. Ahora, al decirme Ud. no lo haga, espero, Dios mediante, no volver a hacerlo».

La comunidad de San Calixto, que tanto quería a su Priora, vivió intensamente este mismo asunto.

(CE 24) «Nuestra esperanza estaba puesta en Dios, a quien acudíamos con Misas, novenas, sacrificios, por intercesión de la Virgen y todos los santos de nuestra devoción. Todo nos parecía poco con tal de verla buena. Una cosa no conseguimos jamás: que ella pidiera su propia curación. Por más que insistíamos, su respuesta era siempre la misma: “La Voluntad de Dios”. Le hacíamos ver cuánto la necesitábamos todos, pero no cedía: “Si Él lo quiere, lo hará, pero yo no me muevo de su Voluntad”».


Mucha unión con el Señor y muchas caídas...

Estaba por entonces la M. Marina pensando en pedirme licencia para ciertas penitencias, pero

(M 2-VIII-00) «parece que es mejor ser sencilla y comprender no estoy para ello, y poner más el énfasis en atajar toda impaciencia y suficiencia que brotan más de lo debido, y lo que sí es cierto es que el Señor me lleva a la humildad, pues me deja en nada continuamente y con una paz...»

(M 17-IX-00) «...lo que más noto es una influencia muy clara de la Virgen. Acudo mucho más a Ella, me muestra el camino de ser Madre, la siento muy cerquita, que quiere enseñarme. ¡Qué buena es! Le pido: enséñame a llevarlas a tu Hijo.

«El Señor se hace presente cuando quiere, pero muchas veces en la medida del peso de la cruz. La unión con Él y su voluntad es muy fuerte... La verdad es que no quisiera me quitase la cruz: es lo mejor que tiene la vida. Sin ella no hay amor. Es como una alimentación sin sal. Todo esto es cierto, pero caigo mucho. También esto es gracia. No hago ni el 10 % de lo que tengo entre manos. Esto me cuesta, pero también lo amo».


La atención a las monjas

En el otoño del año 2000, prediqué varias conferencias en San Calixto, y en esos días la M. Marina, con la que hablaba en el locutorio, me pasó algunas notas:

(M 25-IX-00) «Vivo, creo, solo para Él, pero sin sosiego, pues aunque el alma está en paz, no tiene sosiego.

«Antes el Señor se me daba de un modo muy continuo sensible; ahora también, pero no tan fuerte lo sensible, y quizá con más fuerza la voluntad esté ahora en Dios.

«Hago un inciso. Es realmente Ud. quien Dios quiere me guíe, pues ha bastado indicarme enumere las cruces [las penas y tentaciones principales] para que me ordene por dentro y entre de golpe en Dios con mucho consuelo y un recogimiento interno muy grande».

Hace seguidamente esa enumeración de sus cruces, y en ella se aprecia que lo que más le duele es

«no dar a Dios a las monjas, impacientarme, estar agotada y no dominarme. No ser Madre, hasta ver por el agotamiento con horror el tener que actuar como Priora, Madre, directora... y al mismo tiempo ver que no lo hago o lo hago muy mal. Hacer sufrir...

«Habría que sumar que por la tensión tan baja, 7 - 2, 7’5 - 3, con mucha frecuencia me cuestan las cosas mucho. Llevar una recreación es difícil. Atender a una tras otra sin mostrar prisa o desgana (y lo hago mal; a lo mejor esa monja no tiene otro contacto con su priora en todo el día)...

«Quiero mucho a las monjas, pero noto me cansan. Ver que podría ir sembrando alegría e ilusión, y voy reprendiendo, corrigiendo, viendo más lo malo que lo bueno, porque es como si las cosas dependieran de mí, y no es así. Son de Dios, pero yo me las echo encima, y quizá sea que no sé dejarme ayudar o lo quiera todo muy perfecto...

«Todo esto a veces me produce tensión... No agradezco bastante a las monjas todo lo que hacen.

«Tengo que decir que ésta es mi visión. Hay otras que piensan se está haciendo por obra de Dios mucho, y las monjas están más atendidas que nunca. Yo esto lo veo, pero no me consuelo».

(M 26-IX-00) «La Sma. Virgen se me muestra mucho. Esto no me ha pasado nunca hasta hace poco. Ella es la intercesora y quien debe prepararme para ser Madre. ¡Cuánto tengo que aprender!».

(M 28-IX-00) «Pido al Señor me despoje de todo y selle con su Cruz. No sé si hay Cruz en el amor, pues todo se convierte en amor; pero sí le pido no me aparte de Sí y regale con el padecer que Él quiera. A la vista de su valor, no se puede desear otra cosa.

«¿Puede venir Noche Oscura, si uno se abandona en la oscuridad del padecer?».


Agradece mucho la dirección espiritual

La Madre Marina, como todas las personas humildes y caritativas, era muy agradecida. Concretamente agradecía de todo corazón la pobre atención que yo le prestaba en la dirección espiritual, y expresaba muy francamente su gratitud –al estilo de Santa Teresa–, con gran afecto y frecuencia. No se daba cuenta, claro, de que yo recibía de ella infinitamente más que ella de mí.

(M 7-II-01) «Lo que le decía de que no me escribiera es en serio. Pienso cuánto le tiene que costar, estando como está sin parar de hacerlo [por la condición de escritor]. Además he puesto en orden todas sus cartas en una carpeta de fundas de plástico y... no sabe cuánto le agradezco la enorme cantidad de tiempo que me ha dedicado».

(M 11-X-00) «¡Nunca se lo agradeceré bastante! Sobre todo el poder obedecer sus indicaciones es una gracia inmensa. Es como un orden y una fortaleza que no sabría explicar, pero que se da en mi interior, en el mismo momento que el Señor a través de Ud. me va llevando.

«... es como tener el alma ordenada EN ORDEN DE BATALLA. Esperando lo que venga desde el poder de Dios “que ya está concedido en su palabra”.

«¿Qué quiere decir esto? No lo sé explicar. Yo lo entiendo en que la palabra de Dios es eficaz en sí misma, y por lo tanto obra lo que indica. “La palabra de Dios es viva y eficaz”... y ya en sí contiene la fuerza para obrar: si se fía uno de ella y de ese poder...

«Para vivir repartiendo el amor de Dios, para vivir una vida esponsal total. No quiero decir esponsal en cuanto que me iguale a Él, esto no; me refiero a que no hay inmolación, entrega, sacrificio, porque el alma no hace más que recibir amor y desea amar hasta la locura, y no ve sacrificio en nada, pues la entrega más sacrificada no es sino lo natural, pues es posesión de Dios.

«Va mal explicado, pero Ud. me entenderá. Mientras el Señor me deje como estoy, es muy distinto de antes. Lo veo todo con muchísima fortaleza y desde la humildad, capaz de todo en Dios y para Él. Es como si trascendiera las cosas. No me importa más que la santidad, las almas, la Iglesia. No mi santidad. La santidad de todo y de todos.

«Tengo cierto temor de hacer o sentir en algo o apropiarme como santidad mía lo que es obra de Dios. Me gozo en su obra, pero me complace sea en mí. Porque ese mí: soy yo. (Creo ha salido bien dicho; el pecado que más miedo me da). Temo haya una soberbia o vanagloria solapada. Vivo con paz, le pido perdón y lo dejo en sus manos, pero se lo digo a Ud. Que Dios me perdone según esté en su presencia, pues en esto no diferencio bien el sentir del consentir, pues está muy entrañado en uno mismo.

«Noto me está fastidiando el demonio en el tema de la vanidad. Quisiera guardar el corazón muy pobre y libre para darle a Él toda la gloria. A Dios, que obra todo en todo, pero me parece va a ser un nuevo campo de batalla.

«Me presenta la tentación en cuanto hago, y especialmente cuando hay trato con algún alma. Hay rechazo por parte mía de la tentación, y la gracia de Dios me muestra la verdad, pero hay complacencia propia y a pesar de “Ni por ti lo empecé, ni por ti lo dejaré”... brota y brota la tentación.

«El Señor me muestra cualquier imperfección enseguida, y me reprende por dentro y caigo mucho».