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3.- La exégesis modernista. Encíclica Providentissimus (243)

–Más de lo mismo...

–No. Ya pasamos del protestantismo liberal al modernismo.

–El modernismo tiene antecedentes múltiples, como ocurre con todos los grandes movimientos históricos. Y así como no podemos entender nada del presente si no conocemos sus antecedentes del pasado, tampoco podemos conocer los acontecimientos del pasado si ignoramos su historia precedente. Señalo, pues, muy brevemente algunos hechos que preparan el surgimiento a fines del siglo XIX del modernismo en campo católico.

El liberalismo del siglo XIX, en su expresión protestante, que ya vimos; Kant, Hegel, Baur, Strauss (239), y en sus derivaciones católicas, por ejemplo, la del sacerdote Hugues-Félicité de Lamennais (1782-1854, apologista de la Iglesia, que murió fuera de ella). El evolucionismo de Charles Darwin (1809-1882), que en El origen de las especies (1859) explica en clave evolucionista el origen del hombre. La encíclica de Pío IX Quanta cura (1864), acompañada del Syllabus, que condena en 80 proposiciones los errores de su tiempo, muchos de los cuales integran el modernismo. El racionalismo relativista de la Escuela Superior de Teología, creada en París (1878). Es notable que ya en 1881 Henri Xabier Perin (1815-1905), profesor de la universidad católica de Lovaina, en su obra Le Modernisme dans l’Église d’après les lettres inédites de Lamennais (París 1881), describe muy tempranamente el modernismo; lo entiende como un intento de «eliminar a Dios de toda la vida social». Muchas de las doctrinas reprobadas por Pío IX, o éstas que veremos en seguida señaladas en la Providentissimus, serán más explícitamente denunciadas por San Pío X como «errores del modernismo» tanto en el decreto del Santo Oficio Lamentabili (1907), como en la encíclica Pascendi (1907).

–El protestantismo liberal y el modernismo católico son primos hermanos. Se desarrollan casi al mismo tiempo, y su raíces filosóficas vienen a ser las mismas. Kant niega la posibilidad de conocer la realidad en sí misma, y entiende la verdad no como una adecuación de la mente a la realidad, sino como la conformidad del espíritu consigo mismo. Hegel lleva al extremo los planteamientos kantianos, estableciendo un panteísmo evolucionista, según el cual Dios no preexiste al hombre, sino que es el fruto del pensamiento de éste. No existe, pues, un Dios transcendente. La Revelación cristiana y la religión que fundamenta no son sino una creación progresiva de los creyentes.

Pues bien, toda la filosofía, la exégesis y la teología liberal, sea protestante o modernista, tiene su origen en estos autores y en otros que les son próximos: siempre se desarrolla dentro de un idealismo fundamental, en el que el pensamiento prevalece sobre la realidad. En el caso del modernismo, surgido entre los católicos en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, conviene señalar también el notable influjo del evolucionismo bergsoniano.

Bergson, Henry (1859-1940), nace en París en una familia judía. Tuvo Bergson intención de convertirse al catolicismo, pero renunció a ello por no separarse de los judíos, entonces perseguidos. Sus dos obras fundamentales son La evolución creadora (1907) y Las dos fuentes de la moral y de la religión (1932). Su filosofía depende de Kant, Spencer, Darwin, entre otros, al mismo tiempo que pretende explicar la evolución biológica distanciándose del racionalismo kantiano y del materialismo darwiniano. El absoluto, la realidad, es el puro cambio. El ser no es, todo es puro cambio. La realidad del universo es la vida misma, abierta, imprevisible, que el impulso vital va desarrollando en creaciones sucesivas. La evolución creadora es la clave fundamental del universo, y ese impulso vital potentísimo y creador puede definirse como Dios.

«Dios es vida incesante, acción, libertad. La creación, así concebida, ya no es un misterio, la experimentamos en nosotros mismos desde que actuamos libremente… Ya no hay que hacer intervenir una fuerza misteriosa. Hay que desarraigar el prejuicio de que el acto creador se da en bloque en la esencia divina. Un Dios así definido no ha hecho absolutamente nada».

Es preciso negar conceptos tan estáticos como substancia y como causa, pues el principio del movimiento vital absoluto puede integrar el principio de contradicción, sin ajustarse a la lógica. El milagro, entendido como momentánea derogación de leyes naturales, es impensable en este marco de pensamiento, que excluye del mundo la substancia, la causalidad, la permanencia de un orden natural. El dogma tampoco es posible en estas coordenadas mentales de la evolución creadora: los dogmas sólo pueden entenderse como fabulaciones producidas por la imaginación emotiva de los creyentes, siempre abierta a desarrollos o incluso cambios imprevisibles. No podría ser de otro modo, ya que el absoluto real es incognoscible por la razón –Kant al fondo–, aunque sí es conocido por una facultad profunda del hombre: la intuición, la emoción creadora, la imaginación, la conciencia… Facultad verdaderamente misteriosa, que ni siquiera Le Roy, más elocuente, nos explica en forma inteligible.

Le Roy, Édouard (1870-1954) ), católico, alumno de Bergon y sucesor suyo en el Colegio de Francia, escribe: «Adentrémonos un poco más en los repliegues recónditos de las almas. Nos encontramos en esas regiones de crepúsculo y de sueño donde se elabora el yo, de donde brota la marea que se encuentra en nuestro interior, en la intimidad tibia y secreta de las tinieblas fecundas donde se estremece nuestra vida naciente. Las distinciones han desaparecido. La palabra ya no vale. Se oyen brotar misteriosamente las fuentes de la conciencia» (???). Este autor delirante dice también que el absurdo es el mismo fondo de toda la realidad del universo: «¿Qué es el cambio sino una sucesión perpetua de cosas contradictorias que se funden… en las profundidades supralógicas?» (???). Lo que sigue se entiende bien: «¿Hay verdades eternas y necesarias? Es dudoso. Axiomas y categorías, formas del entendimiento o de la sensibilidad: todo eso cambia y evoluciona; el espíritu humano es plástico y puede cambiar sus deseos más íntimos». O sea que «no es dudoso»: no hay verdades eternas y necesarias.

Los escritos de Teilhard de Chardin (1881-1955), de los que ya traté (27), muestran una tonalidad semejante a los de este mundo mental que pasa del realismo al idealismo. Unos y otros autores están más cerca de la literatura que de la filosofía o de la teología. Conviene recordar que Bergson fue presidente de la Comisión Intelectual de la Sociedad de Naciones, y recibió el premio Nobel «de literatura» en 1928. Los dos datos son significativos.

Blondel, Maurice (1861-1949), también católico, con su personal filosofía (La Acción, 1893), confunde el orden natural y el sobrenatural, pretendiendo unir el inmanentismo con la religión cristiana sobrenatural, en un empeño absolutamente imposible: «Hay una noción que el pensamiento moderno, con una susceptibilidad celosa, considera como la condición misma de la filosofía: es la noción de inmanencia, es decir, que nada puede entrar en el hombre que no salga de él y no corresponda, de alguna forma, a una necesidad de expansión [Kant al fondo]. Ni como hecho histórico, ni como enseñanza tradicional, ni como obligación impuesta desde fuera, no hay para él verdad que cuente y precepto admisible que no sea, de alguna manera, autónomo y autóctono». La fe no es, pues, la aceptación de una verdad comunicada por una autoridad exterior, sino, más bien, la expresión de un sentimiento interior religioso. El apostolado misionero, por supuesto, es superfluo, no tiene sentido.

Laberthonnière, Lucien (1860-1932), sacerdote católico del Oratorio, fue uno de sus principales discípulos. Rechazando los dogmas y todo sistema cerrado de verdades, él también se une a los filósofos modernos que, como decía, «reclaman una verdad que tenga la característica de ser inmanente, es decir, que puedan encontrar en sí mismos». Por tanto, es necesario que las doctrinas inmanentistas y la autonomía del espíritu humano se apliquen también en el campo de la fe.

Parece increíble que la basura de estas filosofías modernas atrajera a no pocos católicos, influyendo sobre todo en los más ilustrados; y es más increíble aún que todavía perdure su influjo en no pocos. Apenas se alcanza a comprender que un cristiano vivo en la fe, por la que participa de la sabiduría de Dios, sea vulnerable a filosofías tan aberrantes. Me recuerda el caso de un Nicolás Malebranche (1638-1715), sacerdote oratoriano, elaborador de uno de los engendros filosóficos más impresentables, como fue el ocasionalismo.

Es fácil ver que los innumerables errores de los modernistas proceden fundamentalmente de las pésimas filosofías de Kant, Hegel y Bergson. La aplicación que hacen los modernistas de tales principios filosóficos causan en la exégesis y la teología de antes y de ahora verdaderos estragos. Lo comprobaremos más exactamente fijándonos sólo en Loisy, su principal representante.

Loisy, Alfred (1857-1940) entra muy joven en el Seminario de Châlons, aborrece la escolástica, se acerca al liberalismo de Lamennais, y ya cuando es ordenado sacerdote (1879) está afectado por grandes dudas en la fe. En el Instituto Católico de París se especializa en cultura oriental. Conoce a Ernest Renan, que en esos años destruía en el Colegio de Francia las Escrituras sagradas; a Louis Duchesne, a Laberthonnière, al barón católico Von Hügel. Es iniciado en el kantismo, y piensa que la filosofía crítica ha destruido los fundamentos racionales de la fe, sobre todo en la idea de un Dios personal. La verdad, la Iglesia, todo evoluciona. Si los cristianos no siguen la dinámica de la evolución, quedan sin vida, más aún, caen en el error. Por eso Loisy confiesa su propósito fundamental: «nuestra actitud religiosa está regida por el único deseo de ser uno con los cristianos y católicos que viven en armonía con el espíritu de los tiempos».

Logra Loisy en el Instituto Católico la cátedra de hebreo (1882) y la de Antiguo Testamento (1889). Es destituído de su cátedra por exigencia de los Obispos franceses (1893). Ejerce en Neuilly como capellán y profesor de religión, y publica numerosas obras, casi todas sobre temas bíblicos, siempre en la línea de la exégesis protestante liberal; entre ellas destaca El Evangelio y la Iglesia (1902). Cuando fue excomulgado (1908), hacía ya muchos años que había perdido la fe, y así lo reconoce en Cosas del pasado (1912). Consigue la cátedra de Historia de las Religiones en en el Colegio de Francia, y con gran ánimo, digno de mejor causa, intenta relanzar nada menos que la «religión de la humanidad» de Augusto Comte. Actualmente, Hans Küng o Leonardo Boff han tenido una derivación semejante. Todas las obras de Loisy fueron incluidas en el Índice (1932).

Sus tesis principales ya las hemos conocido al recordar a autores como Strauss, y a otros más recientes o incluso actuales. No merece la pena que nos alarguemos en describirlas. Los relatos evangélicos no son Palabra inspirada por Dios, sino creaciones de las comunidades cristianas primeras. La historicidad de los Evangelios se queda casi en nada; no son más que ideologizaciones devocionales. Uno es el Jesús histórico, otro el Cristo de la fe. El Jesús primero no tiene intención alguna de fundar una Iglesia. Los dogmas, por el mero hecho de presentarse inmutables, son falsos. Etc. Pues bien, junto a ésos y a otros muchos errores graves, están siempre operantes en Loisy, como raíces, las filosofías idealistas ya aludidas. El desarrollo evolutivo y el principio vital creador –Bergson y Blondel– fueron la principal herramienta mental empleada por Loisy para destruir los Evangelios y la fe católica. En este sentido, hay que reconocer que en algunos aspectos el modernismo «católico» va más allá de ciertas versiones del protestantismo radical. En el modernismo todo es devorado por el impulso evolutivo, de tal modo que las palabras tradicionales de la fe, aunque se mantengan a veces, cambian totalmente de sentido.

Loisy: «La tradición sinóptica revela un trabajo de idealización progresiva, de interpretación simbólica y dogmática». «Una tradición que, como la que tiene por objeto los milagros de Jesús, es inevitablemente legendaria… Dios no interviene en la historia». «La idea común de la Revelación es una mera niñería». «Mi argumentación contra Harnack implica una crítica de las fuentes evangélicas, más radical en varios puntos que la del teólogo protestante; y, por otro lado, mi defensa de la Iglesia romana [frente a él] implicaba asimismo el abandono de las tesis absolutas que profesa la teología escolástica [Trento, Vaticano I] respecto de la institución formal por Cristo de la Iglesia y de sus sacramentos, la inmutabilidad de los dogmas y la naturaleza de la autoridad eclesiástica… Insinué, discreta pero realmente, la [necesidad de] una reforma esencial de la exégesis bíblica, de toda la teología y aún del catolicismo en general» (¡!).

Fiel al ignorantismo de Kant, que niega la posibilidad de conocer la realidad en sí misma (el Jesús histórico, incognoscible), pasa Loisy al egologismo idealista (al Cristo de la fe, el idealizado por la comunidad primitiva). Y no tienen ningún problema en reconciliar los contrarios, Jesús/Cristo, en el impulso evolutivo de la Iglesia y de los dogmas… Bergson se atreve a emplear en algún escrito la expresión «panteísmo ortodoxo». Parecería una boutade, pero los eclesiásticos modernistas siguieron, como Loisy, esa orientación. Rechazando la verdad inmutable de los dogmas, no llegan en el camino de la fe más allá de un conocimiento (?) sentimental de Dios, al estilo de Schleiermacher, o de un pensamiento evolutivo, relativista, simbolista, siempre cambiante e incierto. Y en este sentido entienden que el dogmatismo de la fe católica es un obstáculo para el desarrollo intelectual de la humanidad.

Éstos vienen a ser los pensamientos –más bien habría que decir las «pensaciones»–, que expresa Le Roy, contemporáneo de Loisy y discípulo de Bergson: «Creemos que la verdad es vida y, por lo tanto, movimiento y crecimiento antes que término. Todo sistema, desde que lo cerramos y lo erigimos así en absoluto, se convierte en error. La verdad, en cuanto bien del hombre, no es más inmutable que el hombre mismo. Evoluciona con él, en él y por él; y eso no impide que sea la verdad para él; es más, sólo lo es con esta condición».

George Tyrrel (1861-1909), de familia calvinista, se convirtió al catolicismo (1879) y entró en la Compañía de Jesús, donde fue ordenado sacerdote (1891). Muy pronto (1905), adhiriéndose al modernismo, manifestó en sus escritos, que fueron numerosos, la falsedad de los dogmas católicos inmutables, porque no se adaptaban al pensamiento evolutivo de la historia. Así como el judaísmo pasó a la Iglesia, ésta debía ahora dar paso a nuevas formas de religiosidad. Tyrrel fue suspendido a divinis, la Compañía de Jesús lo expulsó, y la Santa Sede le privó de los sacramentos (1907).

* * *

León XIII, en la encíclica Providentissimus Deus, sobre los estudios bíblicos (1893), impugna las exégesis de los protestantes liberales y de los que por esos años, en el campo católico, comenzaban a ser llamados modernistas, aunque no usa el término. Unos y otros, partiendo de premisas filosóficas semejantes y de críticas análogas, destruían las Sagradas Escrituras. El Papa analiza los errores exegéticos y teológicos de su tiempo, y lo hace muy pronto, si tenemos en cuenta las fechas de los autores que, de hecho, son combatidos por ella, aunque no los nombre: Kant (+1804), Hegel (+1831), Scheleiermacher (+1834), Baur (+1860), Strauss (+1874), Harnack (1851-1939), Bergson (1859-1940), Blondel (1861-1949: La Acción, 1893), ) Laberthonnière (1860-1932), Loisy (1857-1940: destituido de su cátedra, 1893). En buena parte, esta gran encíclica se basa en la obra La Biblia y la Ciencia (1891) del dominico Ceferino González (1831-1894), cardenal y arzobispo de Sevilla, notable filósofo, teólogo e historiador.

(21) «Como antiguamente hubo que habérselas con los [protestantes luteranos] que, apoyándose en su juicio particular…, afirmaban que la Escritura era la única fuente de revelación y el juez supremo de la fe [libre examen - sola Scriptura], así ahora nuestros principales adversarios son los racionalistas, que, hijos y herederos, por decirlo así, de aquéllos, y fundándose igualmente en su propia opinión, rechazan abiertamente aun aquellos restos de fe cristiana recibidos de sus padres. Ellos niegan, en efecto, toda divina revelación o inspiración; niegan la Sagrada Escritura; proclaman que todas estas cosas no son sino invenciones y artificios de los hombres; miran a los libros santos, no como el relato fiel de acontecimientos reales, sino como fábulas ineptas y falsas historias. A sus ojos no han existido profecías, sino predicciones forjadas después de haber ocurrido los hechos, o presentimientos explicables por causas naturales; para ellos no existen milagros verdaderamente dignos de este nombre, manifestaciones de la omnipotencia divina, sino hechos asombrosos, en ningún modo superiores a las fuerzas de la naturaleza, o bien ilusiones y mitos; los evangelios y los escritos de los apóstoles han de ser atribuidos a otros autores».

Exhorta León XIII al Episcopado a que a tan graves errores modernistas «se oponga la doctrina antigua y verdadera que la Iglesia ha recibido de Cristo por medio de los apóstoles, y surjan hábiles defensores de la Sagrada Escritura para este duro combate» (23), que exige el dominio de las mismas armas metodológicas usadas por los adversarios.

(29) En los libros de la Sagrada Escritura, «por obra del Espíritu Santo, se oculta gran número de verdades que sobrepujan en mucho la fuerza y la penetración de la razón humana…, de manera que nadie puede sin guía penetrar en ellos. Dios lo ha querido así (ésta es la opinión de los Santos Padres) para que los hombres los estudien con más atención y cuidado, …y para que ellos comprendan sobre todo que Dios ha dado a la Iglesia las Escrituras a fin de que la tengan por guía y maestra en la lectura e interpretación de sus palabras. [Ya los Padres, Trento, el Vaticano I han enseñado que] “en las cosas de fe y costumbres que se refieren a la edificación de la doctrina cristiana ha de ser tenido por verdadero sentido de la Escritura Sagrada aquel que tuvo y tiene la santa madre Iglesia, a la cual corresponde juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Santas Escrituras; y, por lo tanto, que a nadie es lícito interpretar dicha Sagrada Escritura contra tal sentido o contra el consentimiento unánime de los Padres” [Vat. I]».

Escritura, Tradición y Magisterio se exigen y potencian mutuamente: son inseparables. Toda contradicción entre ellos produce necesariamente el error (cf. Vat. II, Dei Verbum 10). Dios ayuda al Magisterio apostólico, guiándolo hacia la verdad completa (Jn 16,13), con la luz que da a los santos, a los teólogos y escrituristas y a su pueblo santo. Por eso el Papa Léon XIII, así como promueve una renovación de los estudios filosóficos y teológicos, impulsa también el cultivo de todos los estudios bíblicos: lenguas orientales, filología, exégesis, análisis históricos, arqueología, etc. (24-40).

(40) «Importa también, por la misma razón, que los susodichos profesores de Sagrada Escritura se instruyan y ejerciten más en la ciencia de la verdadera crítica; porque, desgraciadamente, y con gran daño para la religión, se ha introducido un sistema que se adorna con el nombre respetable de “alta crítica”, y según el cual el origen, la integridad y la autoridad de todo libro deben ser establecidos solamente atendiendo a lo que ellos llaman razones internas. Por el contrario, es evidente que, cuando se trata de una cuestión histórica, como es el origen y conservación de una obra cualquiera, los testimonios históricos tienen más valor que todos los demás y deben ser buscados y examinados con el máximo interés; las razones internas, por el contrario, la mayoría de las veces no merecen la pena de ser invocadas sino, a lo más, como confirmación. De otro modo, surgirán graves inconvenientes: los enemigos de la religión atacarán la autenticidad de los libros sagrados…; este género de “alta crítica” que preconizan conducirá en definitiva a que cada uno en la interpretación se atenga a sus gustos y a sus prejuicios. De este modo, la luz que se busca en las Escrituras no se hallará… Y como la mayor parte están imbuidos en las máximas de una vana filosofía y del racionalismo, no temerán descartar de los sagrados libros las profecías, los milagros y todos los demás hechos que traspasen el orden natural».

La inspiración divina que asiste a los hagiógrafos al escribir las Escrituras excluye todo error, pues hace que Dios sea el Autor principal de esos textos sagrados, y los autores inspirados, causas instrumentales, que, con la marca propia de su cultura, personalidad, temperamento y lenguaje, escriben todo y solo lo que Dios les inspira.

(45) «…puede suceder que el sentido verdadero de algunas frases [de las Escrituras] continúe dudoso; para determinarlo, las reglas de la interpretación serán de gran auxilio [por eso, porque el Papa así lo cree, promueve los estudios bíblicos]; pero lo que de ninguna manera puede hacerse es limitar la inspiración a solas algunas partes de las Escrituras o conceder que el autor sagrado haya cometido error… En efecto, los libros que la Iglesia ha recibido como sagrados y canónicos, todos e íntegramente, en todas sus partes, han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo; y está tan lejos de la divina inspiración el admitir error, que ella por sí misma no solamente lo excluye en absoluto, sino que lo excluye y rechaza con la misma necesidad con que es necesario que Dios, Verdad suma, no sea autor de ningún error».

(46) «Tal es la antigua y constante creencia de la Iglesia definida solemnemente por los concilios de Florencia y de Trento, confirmada por fin y más expresamente declarada en el concilio Vaticano [I], que dio este decreto absoluto: “Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, íntegros, con todas sus partes, como se describen en el decreto del mismo concilio [de Trento] y se contienen en la antigua versión latina Vulgata, deben ser recibidos por sagrados y canónicos. La Iglesia los tiene por sagrados y canónicos, no porque, habiendo sido escritos por la sola industria humana, hayan sido después aprobados por su autoridad, ni sólo porque contengan la revelación sin error, sino porque, habiendo sido escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor” (Vat. I). Por lo cual nada importa que el Espíritu Santo se haya servido de hombres como de instrumentos para escribir, como si a estos escritores inspirados, ya que no al autor principal, se les pudiera haber deslizado algún error. Porque Él los excitó y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran, y de tal manera los asistió mientras escribían, que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que Él quería, y lo quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible. De otra manera, Él no sería el autor de toda la Sagrada Escritura».

León XIII señala en la Providentissimus que los autores de los grandes errores de su tiempo en exégesis y teología «la mayor parte están imbuidos en las máximas de una vana filosofía y del racionalismo» (40). Sin embargo, no analiza en su encíclica las nefastas filosofías aludidas. Ésa será la tarea que San Pío X cumplirá a la perfección pocos años después en su encíclica Pascendi (1907). En ella, como veremos en el próximo artículo, Dios mediante, expone la más completa sistematización del modernismo que hasta hoy se ha logrado, analizando sobre todos sus raíces filosóficas.