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2. Libros cristianos

Hace unos cinco mil años que la humanidad conoce el arte de escribir. Y en cuanto el hombre tuvo acceso a las escrituras, quiso Dios hacer unas Escrituras sagradas, para transmitirle por ellas la Revelación. Leyes y profecías, evangelios y cartas apostólicas encarnaron al Logos divino en páginas que pueden comunicar la vida eterna. Hagamos, pues, una brevísima historia del libro cristiano.

En la antigüedad

Los antiguos autores cristianos no se sienten, por supuesto, propietarios de sus escritos, los difunden gratuitamente, y no prohiben su reproducción, sino que la recomiendan. La reproducción de los libros es por entonces muy costosa, y los copistas normalmente no transmiten sino las obras más valiosas. De hecho, apenas ha llegado a nosotros alguna obra cristiana antigua que no sea de calidad excelente y de ortodoxia perfecta. Y esto no se debe sólo a una darwinista selección natural de los libros, ejercitada por los copistas y sus patronos, sino también a la arraigada costumbre antigua de destruir las obras portadoras del error. En los Hechos de los Apóstoles (19,19) se recoge ya el caso de una gran quema de libros portadores de error y superstición.

Los catálogos de las bibliotecas antiguas, medievales y renacentistas, así como las listas de libros recomendados, a las que ya aludí, nos hacen ver que la lectura cristiana solía dedicarse a pocos libros, excelentes en calidad. Algunas obras, quizá, de astrólogos e historiadores, naturalistas o filósofos, carecían de la calidad deseable, por ignorancias de época. Pero al menos en las obras referentes a la fe, la estima de la Tradición era tan grande que muy difícilmente perduraba en las bibliotecas un libro contrario a «la doctrina de los Padres y concilios». Por otra parte, el alto precio y la misma rareza de los libros religiosos contribuían a conferirles un cierto carácter sagrado. Señalemos también que en aquellos tiempos las obras excelentes se mantenían vigentes durante muchos siglos, y se copiaban y transmitían una y otra vez.

En toda época, sin embargo, hubo libros malos. Éstos, ciertamente, eran retirados cuando se hacía manifiesta su heterodoxia; pero la Iglesia, a causa del todavía escaso desarrollo doctrinal, y sobre todo a causa de las malas comunicaciones de la época, tardaba a veces bastante en hacer los discernimientos de la ortodoxia. De manera que, más o menos, todas las generaciones cristianas conocieron en el campo de los libros el trigo y la cizaña mezclados.

Siglo XVI, imprenta y protestantismo

El protestantismo y la imprenta, junto con otras condiciones históricas, van a ocasionar en el libro cristiano cambios muy profundos. De una parte, los libros se van a multiplicar rápidamente, y de otra, el libre examen subjetivista va a erosionar notablemente el aprecio por la Tradición eclesial y por el Magisterio apostólico, colocando a los teólogos por encima de los pastores en la determinación y predicación de la fe cristiana.

En el mismo campo católico, vemos con alarma que a partir del XVI no pocas veces la mediocridad cuantitativa va prevaleciendo sobre la excelencia cualitativa, y que cualquier Despertador de conciencias dormidas, o cosa semejante, alcanza a veces mayor difusión que las obras de un San Juan de la Cruz. Cuando exploramos las bibliotecas importantes de estos siglos, en conventos o universidades, nos quedamos abrumados al ver la cantidad de piadosa morralla allí acumulada desde la invención de la imprenta. Encontramos también en ellas, sin duda, las obras excelentes, pero están semiocultas en la abundancia de la vulgaridad. Se hace patente ya un cambio muy marcado con respecto a las bibliotecas antiguas. Ahora la cantidad predomina sobre la calidad. La calidad está perdida entre la cantidad.

Siglo XX, enorme multiplicación de libros

En el siglo actual se produce una verdadera explosión en la cantidad de los libros publicados. He aquí algunos datos.

Antes del año 1500, Europa producía unos 1.000 títulos al año. Era necesario un siglo para formar una biblioteca de 100.000 obras. A partir de esos años, la publicación de libros y folletos va a experimentar un aumento uniformemente acelerado. En 1950, Europa producía unos 120.000 títulos por año; en diez meses, pues, se formaba entonces la biblioteca que antes tardaba un siglo en hacerse. En 1960, esa tarea se cumplía en siete meses y medio. Por fin, a mediados de los años sesenta, la producción mundial de libros era de unos 1.000 títulos diarios (Alvin Toffler, El shock del futuro, Plaza-Janés 1972, 44-45). Y adviértase que España, con más de 40.000 títulos anuales, ocupa uno de los primeros puestos en la producción editorial del mundo.

Esta explosión cuantitativa, por supuesto, se ha dado también en los libros cristianos. Y sin duda, en buena parte, este enorme crecimiento de publicaciones cristianas es una realidad que un periodista calificaría de imparable, un marxista de irreversible, y un cristiano de providencial. La expansión literaria que consideramos es, pues, en cierto sentido, necesaria, y lleva en sí todas las posibilidades maravillosas y todos los peligros abismales propios del enriquecimiento. En la búsqueda de la verdad, la posibilidad de reducir a unas pocas obras elegidas el campo de lecturas y meditaciones, quedó ya atrás, fuera de algunas vocaciones especiales, como quedó atrás el coche de caballos o la vida quieta de un Kant, que en toda su vida no sale de la provincia báltica de Könisberg.

Causas de la multiplicación

Examinemos, en referencia concreta al libro católico, aquellas causas de la multiplicación acelerada de las publicaciones. Señalaré sobre todo causas morales, que, por ser morales, es decir, por proceder de convicciones y decisiones más o menos libres, son en cierta medida modificables:

-Ha crecido muchísimo el número de escritores. Mirando hacia atrás, y considerando el número de autores eclesiásticos en una nación, vemos que cuando el número de sacerdotes era doble, la cantidad de las publicaciones era la mitad o un tercio. Hoy se escribe mucho más que antes, y en esto ha influído la elevación del nivel medio cultural, el perfeccionamiento de las artes gráficas, y quizá la disminución de la humildad. Antiguamente, en los primeros siglos, aunque en muchas Iglesias locales tendrían catequesis o reglamentos escritos, sólamente las Catequesis de Jerusalén, la Dídaque o la Traditio apostolica eran copiadas y pasaban a la historia literaria cristiana. O más tarde, sólo el Catecismo Romano, y unos pocos más, tendrían ediciones durante siglos. Actualmente hay, en cambio, un sinnúmero de Catecismos en todas las lenguas, publicados por decenas y decenas de países, profesores, institutos o equipos parroquiales.

-En general, los autores antiguos publicaban menos obras, más largamente elaboradas. Hoy son numerosos los escritores que tienen muchas obras. En nuestro tiempo, los grandes autores de pocos libros, como Xavier Zubiri o Henri de Lubac, son excepción; la mayoría no se contenta con menos de treinta o setenta obras, no todas, ciertamente, de la misma calidad.

-Un cierto democratismo equívoco, bastante generalizado, ha llevado a pensar en nuestro tiempo que cuantos más sean los que hablen, mayores serán las probabilidades de llegar al conocimiento de la verdad.

-Es preciso señalar también en nuestro presente un acentuado afán de novedades, que aunque siempre ha sido una tentación (1Tim 6,2; 2Tim 4,3), hoy se ve agudizado por un verdadero culto a la modernidad y por otros condicionamientos que hemos de analizar en seguida. El hodiernismo, nuestro mal de siècle actual (7), puede ser ilustrado con esta anécdota: En 1976, dando yo unos ejercicios espirituales a unos religiosos, el encargado de la biblioteca me contó que un novicio, ayudándole a ordenarla, le había dicho con toda ingenuidad y convicción: «¿Por qué no retiramos todos los libros anteriores al Vaticano II?»...

-La mayoría de las grandes Editoriales religiosas ha ido derivando en los últimos decenios hacia planteamientos de empresas comerciales, con todos los inconvenientes y ventajas que esto implica. Y al parecer estiman que los títulos nuevos se venden mejor, de manera que los catálogos se llenan abrumadoramente de novedades editoriales, constantemente renovadas. El fenómeno es tan acusado que nos recuerda al que se ha producido, en forma aún más grave, en las Editoriales discográficas de música moderna. En éstas la multiplicación de nuevas grabaciones se hace frenética, exigida por la presión de una turba de compositores, letristas, cantantes y conjuntos, requerida por un público insaciable, adicto ya, como a una droga, a la novedad, y precisada por la misma economía interna de las Casas, que de otro modo no podrían sobrevivir.

Esta tendencia hacia la multiplicidad morbosa, a la que Juan Pablo II alude al tratar del superdesarrollo en la encíclica Sollicitudo rei socialis (28-29), parece ser algo congénito de aquellas sociedades en las que la desbordante creatividad de la iniciativa privada y la impulsividad del afán de lucro no acaban de estar encauzadas al servicio del bien común. En esas sociedades no habrá, por ejemplo, quinientas medicinas específicas, sino cinco mil, o mejor, diez mil. Bastaría sin duda con muchas menos, y podrían ser así más baratas, pero el proceso parece difícilmente controlable. Si el gran Plotino, el enamorado del Uno, visitara el actual Occidente, moriría al instante, asfixiado por la angustia de la multiplicidad.

Todo esto que analizamos ha sido muy distinto en la Iglesia que ha vivido oprimida por los regímenes comunistas. El Oriente cristiano, por una parte, ha sido siempre más tradicional en sus lecturas cristianas. Pero, por otra parte, a ello se unió que el poder civil puso mil trabas a la actividad editorial religiosa. Ello ha traído consigo, juntamente, no pocas deficiencias, pero también una frecuente victoria de la calidad sobre la cantidad. Por esto, y por la persecución, esos cristianos suelen verse hoy menos afectados por la gran confusión mental que afecta al Occidente cristiano, sobre todo en los países muy ricos. También nuestro análisis necesitaría matizaciones importantes por lo que se refiere a la América católica de habla hispana, en donde la actividad editorial es reducida, y escaso el poder adquisitivo.

Efectos de la multiplicación

-Las Editoriales y Librerías católicas ofrecen hoy a los lectores en el Occidente opulento una maravillosa variedad de obras antiguas o modernas, a precios mucho más baratos que hace siglos. Nunca tantos y tan variados libros estaban al alcance de los lectores cristianos. Sobre cualquier tema, y al nivel expositivo que se prefiera, es posible hallar varias obras para elegir.

-El predominio de las novedades, alentado conjuntamente por autores, Editoriales y Librerías, va formando una muralla que pocos cristianos logran atravesar, y que a muchos les impide llegar a los mejores libros cristianos, antiguos o modernos. No sólamente los libros mejores antiguos, los que llamamos clásicos, van quedando relegados a los eruditos, sino que también los libros modernos excelentes son enterrados bajo la avalancha de unas novedades más recientes todavía, muchas veces de menor valor. Si buscamos, por ejemplo, entre las decenas de catecismos que hoy nos ofrecen, uno excelente que, larga y preciosamente elaborado, se publicó hace diez años, tendremos escasas probabilidades de encontrarlo. Estará agotado, no habrá interesado reeditarlo.

-La promoción permanente de la novedad trae consigo fácilmente una devaluación de lo antiguo, es decir, de la Tradición, e incluso, como he señalado, de lo moderno no último, aunque sea excelente.

-Según esto, el predominio cuantitativo de la novedad viene a ser equivalente muchas veces al predominio de la mediocridad sobre la excelencia.

-Podrá decirse que «siempre ha sido así», y que las mejores obras han sido siempre leídas por unos pocos, mientras que la mayoría leía otros escritos de divulgación, más adecuados a sus posibilidades. Pero eso es verdad sólo hasta cierto punto. Ya hemos visto que las bibliotecas antiguas, en comparación a las actuales, tenían pocos libros y muy buenos. En todo caso, hay otro aspecto que conviene señalar: el abuso de la televisión y de otros medios de comunicación, la devaluación de la contemplación en favor de la acción -o mejor, de la eficacia inmediata-, la aversión igualitaria a lo excelente, en fin, el imperio cuantitativo de la mediocridad, al que ya hemos aludido, han ido produciendo en los cristianos una mayor inapetencia por los libros mejores. Y esto no sólo porque los lectores se ven distraídos por otros reclamos novedosos de menor calidad, sino también porque, habiéndose aficionado en Egipto al gusto de «pepinos y melones, puerros, cebollas y ajos», no les sabe ya a nada el maná de las obras excelentes que Dios les ofrece en el desierto: «Ahora, protestan, se nos quita el apetito de no ver más que maná» (+Núm 11,4-6).

La poca ortodoxia

Esto nos lleva a otra cuestión muy delicada. Se trata de saber si las Editoriales y Librerías católicas han de estar al servicio exclusivo de la ortodoxia, o si deben difundir también obras heterodoxas, más o menos alejadas de la fe, de la disciplina y de la moral de la Iglesia.

Hay a veces fidelidad a la verdad de Cristo. Son las Editoriales y Librerías que consideran los libros como preciosos alimentos y medicinas del pueblo cristiano, que exigen garantías sobre la ortodoxia de sus publicaciones, pues saben que está en juego la salud del Cuerpo místico del Señor. Así proceden en el mundo profano los Laboratorios, que antes de lanzar a la venta una medicina, comprueban cuidadosamente -cumpliendo, por lo demás, unos controles que la misma ley impone- que está exenta de toda nocividad. Saben bien que cuando difunden una medicina que produce malos efectos secundarios, malformaciones en la prole, o incluso muertes, la autoridad civil se apresurará a prohibir el fármaco en cuestión, sancionará al Laboratorio y le exigirá que compense a las víctimas por los daños causados. Existen actualmente grandes Editoriales y Librerías católicas que proceden con este absoluto cuidado, lo que comercial y moralmente les exige con frecuencia actitudes poco menos que heroicas. Desde aquí les saludamos con admiración y agradecimiento.

Pero es mucho más frecuente la infidelidad. Debemos confesar que en una buena parte de las grandes Editoriales y Librerías católicas, este cuidado, desde hace unos decenios, va resultando muy dudoso. Incluso algunas han promovido eficazmente a escritores que en materias graves disienten abiertamente de la doctrina apostólica de la Iglesia, y que, por lo demás, ni en la investigación ni en la síntesis ofrecen contribuciones valiosas ni originales, fuera de la originalidad de decir en el campo católico lo que en el protestante o en el agnóstico se había dicho ya hace bastantes años. Esto en los últimos años se ha producido en tantas ocasiones que ya no choca, no causa escándalo.

Y no es fácil entender, dicho sea de paso, la actividad de algunos autores católicos que colaboran con dichas Editoriales ofreciéndoles sus obras. Si los falsos profetas no pudieran mezclarse con los verdaderos, al rechazar éstos que se disimularan entre ellos, perderían en gran medida su oscuro ascendiente sobre el pueblo cristiano.

El Indice de libros prohibidos

En unos pocos decenios parece haber cambiado bastante en Occidente la sensibilidad hacia la ortodoxia y hacia lo que la hiere. Un texto de Arturo de Iorio, publicado en 1951, puede ilustrarnos la afirmación anterior. Dice así: «Los fieles deben abstenerse de leer no sólo los libros proscritos por ley o decreto, sino todo escrito que les exponga al peligro de perder la fe y de depravar las costumbres. Es ésta una obligación moral, impuesta por la ley natural, que no admite exención ni dispensa. La gravedad de esta obligación es proporcional al peligro a que se expone el alma. Ahora bien, como los simples fieles raramente estarán en situación de apreciar el peligro en que se van a encontrar, es natural que la Iglesia, con oportunos avisos y prohibiciones, les mantenga alejados de las lecturas malas» (Indice dei libri prohibiti, en Enciclopedia Cattolica, Città del Vaticano 1951). Un texto como éste, que hace medio siglo era lo normal, ahora resulta apenas imaginable. Sin embargo, dice la verdad.

Recordemos, pues, saliéndonos un momento de nuestro tiempo, la historia de la censura de los libros en la Iglesia, aunque los límites del presente estudio apenas permitan entrar en mayores detalles.

Los Hechos de los Apóstoles (19,19), como he recordado antes, ya da cuenta de una gran quema de libros. Y la Iglesia, en efecto, se vio desde antiguo en la necesidad de condenar algunos libros -uno, p. ej., de Arrio en el concilio de Nicea (325)-. El primer Indice de libros prohibidos nace con el papa Gelasio (486). Pío IV, a petición del concilio de Trento, publica un Indice (1564), y S. Pío V instituye la Sagrada Congregación del Indice de libros prohibidos (1571). Las últimas ediciones del Indice son de 1930, 1938, 1940 y 1948. Por esos años la avalancha de libros va siendo tal que desborda las posibilidades de un Indice, y ya sólo se producen reprobaciones públicas de ciertas obras particularmente nocivas.

El Código de Derecho Canónico de 1918 estima «obligación de todos los fieles, denunciar a los Ordinarios del lugar o a la Sede Apostólica los libros que estimen perniciosos» (c. 1397,1; +1395-1405). El concilio Vaticano II no trató de estos temas, pero en la atmósfera espiritual por él providencialmente creada, se suprimió el Indice (14-VI-1966). Más tarde, en 1983, el Código de Derecho Canónico renovado afirma como principio: «Para preservar la integridad de las verdades de fe y costumbres, los pastores de la Iglesia tienen el deber y el derecho de velar para que ni los escritos ni la utilización de los medios de comunicación social dañen la fe y las costumbres de los fieles cristianos; asimismo, de exigir que los fieles sometan a su juicio los escritos que vayan a publicar y tengan relación con la fe y costumbres; y también la de reprobar los escritos nocivos para la rectitud de la fe o para las buenas costumbres» (c. 823,1). En concreto, se reserva la censura previa, es decir, la exigencia de aprobación eclesiástica, a las ediciones de la Biblia, de textos litúrgicos, de oraciones o catecismos (cc. 825-827), así como de libros de texto empleados en la enseñanza de las ciencias eclesiásticas (c. 827,2). Y se «recomienda» que esta clase de libros, aunque no sean empleados como textos, se sometan al juicio del Ordinario (c. 827,3).

Misión editorial de los países ricos

Así las cosas, hay tres comprobaciones que parecen ciertas.

-Primera: En la historia de la Iglesia nunca ha habido un Corpus doctrinal tan luminoso y amplio como el que hoy tenemos, formado sobre todo desde León XIII, hasta Juan Pablo II, pasando por el concilio Vaticano II.

-Segunda: Las Editoriales que difunden la mayor parte con mucho de cuanto hoy se publica en la Iglesia -directamente o por las traducciones que promueven o autorizan- se hallan situadas, con otros centros de investigación y enseñanza, en estos países ricos de Occidente.

En la I Conferencia Iberoamericana del Libro (Granada, 1992), por ejemplo, se informa que de los 300.000 títulos accesibles al lector hispanoamericano 200.000 están editados en España. Y esta alta proporción, dos tercios, es aún bastante mayor en cuanto a los libros religiosos católicos. Por eso, la escritora mexicana Carmen Boullosa, en la exposición Liber'94, afirma que «la única forma que tiene un autor [hispanoamericano] para cruzar los límites de su país es publicar en España, para que desde ella los libros se distribuyan al Nuevo Mundo». Esto se ha cumplido, por ejemplo, con los autores hispanoamericanos de la teología de la liberación, que han hallado en algunas editoriales españolas un apoyo decisivo.

-Tercera: Dentro de la Iglesia actual, es en Occidente, y precisamente en los países más ricos de Europa y América del Norte, donde el secularismo y la descristianización han tenido más crecimiento, y donde los brotes de soberbia ante el Magisterio apostólico han surgido con mayor frecuencia e insolencia.

Las tres afirmaciones precedentes, combinadas entre sí, dan no poco que pensar. Recuerdan aquel pasaje del Evangelio: 1.-«Señor, ¿no has sembrado buena semilla en tu campo?». 2.-«¿De dónde viene, pues, que haya cizaña?». 3.- «Él contestó: algún enemigo ha hecho esto» (Mt 13,27-28).

Las Editoriales católicas de Occidente han recibido de Dios una misión providencial altísima. Unas sirven fielmente al ministerio, difundiendo la luz de Cristo hasta los últimos lugares de la Iglesia. Otras hay, es indudable, que no están a la altura de su responsabilidad, quizá excesiva.

Estas Editoriales están situadas en unos pueblos, los más ricos de la tierra, que Juan Pablo II ha denunciado varias veces con palabras muy fuertes: «No es posible cerrar los ojos ante la oleada de materialismo, hedonismo, ateísmo teórico y práctico, que desde los países occidentales se ha volcado sobre el resto del mundo» (21-III-1981). También en los últimos años algunos Obispos de Iglesias locales pobres han denunciado el escándalo que, en algunas materias de ideas y costumbres, vienen recibiendo desde el Occidente descristianizado y rico, de donde, por otra parte, han recibido y reciben tanto bien.

Responsabilidad excesiva

Quizá, efectivamente, como he indicado, se trate en estas Editoriales de una responsabilidad excesiva -es decir, objetivamente no proporcionada- a la condición de quienes las dirigen, por buena voluntad que en ello pongan. En este sentido, no deja de resultar extraño que la misión canónica sea hoy necesaria para enseñar en una Facultad de la Iglesia o en un pequeño Seminario, o incluso para presidir una parroquia de doscientos habitantes, y no sea en cambio precisa para dirigir una gran Editorial cristiana cuyas publicaciones influyen en millones de personas. También conviene señalar en esto que una Editorial no es sólo un director, sino un grupo de asesores y de colaboradores, un consejo de administración y unos accionistas, quizá una familia religiosa o un centro académico, etc., de modo que méritos o culpas en la gestión se diluyen frecuentemente en una amalgama de personas y entidades.

Libros cristianos y dinero

Consideremos, en fin, el aspecto económico de los libros católicos, atendiendo esta vez sobre todo a España y a los países Iberoamericanos. Las diversas Confesiones protestantes, motivadas por su tradicional devoción a la Palabra divina, y al tener una clientela de fieles bastante reducida, han planteado con frecuencia su actividad editorial popular formando importantes Fundaciones y Sociedades Bíblicas, que publican normalmente pocos títulos, en tiradas largas, y a unos precios sumamente baratos.

En el campo católico, por el contrario, una buena parte de las Editoriales han ido derivando hacia planteamientos de empresas comerciales, incluso entre aquéllas que se iniciaron con un gran idealismo apostólico. Quizá se hayan visto obligadas a ello por una serie de factores que no han sabido o podido o querido -según los casos- dominar:

-Tienden a no publicar aquellas obras excelentes de las que se prevé una venta insegura o simplemente lenta.

-Editan muchos títulos nuevos, pues se venden mejor, y los autores presionan para ello. Ahora bien, esto encarece mucho el precio del libro: las tiradas son necesariamente cortas, aumentan los gastos de almacenamiento y administración, y se hace preciso cubrir las pérdidas de títulos fracasados.

-Emplean con frecuencia formatos caros y atrayentes.

-Se ven necesitados de grandes aparatos de gestión y administración, y necesitan invertir grandes sumas en publicidad.

-A todo lo cual se añade que del precio de venta al público de un libro, generalmente, un 10 % lo retiene el autor, un 25 % la Librería, y un 40 o un 50 % la Distribuidora. En estas condiciones, y teniendo en cuenta los factores enumerados, se comprende que la Editorial ha de poner al libro un precio muy alto, no ya a veces para ganar, sino para sobrevivir.

-El resultado es un libro católico muy caro. En el que el costo de imprenta se ha multiplicado por tres, por cinco o por diez.

En diciembre de 1992, la revista española Vida Nueva, en el informe «Libro religioso. Las novedades del segundo semestre», daba referencia de 199 libros, señalando sus precios. Allí puede apreciarse que en el libro cristiano de divulgación el precio medio es de 6,30 pesetas por página (0,043 $ U.S.A.). Un libro, pues, de 200 páginas costará normalmente unas 1250 pesetas (8,5 $ U.S.A.). Carísimo.

Parece, pues, claro que el sistema más frecuente de publicaciones católicas resulta hoy inconveniente, al menos en las publicaciones destinadas al pueblo. No sirve satisfactoriamente a la difusión de la Palabra divina entre los hombres. Podrá subsistir, deberá perdurar acerca de cierto tipo de publicaciones, pero para cubrir las necesidades comunes y fundamentales de los fieles está lejos de ser el más adecuado.

Aunque todo esto que afirmo es evidente -cualquiera se da cuenta de ello-, casi nunca, por razones obvias, se dice por escrito. Debe, pues, ser afirmado y repetido ya por escrito.

Hispanoamérica

Podrá decirse, y es verdad, que el precio del libro religioso no constituye mayor problema en los países ricos, en Alemania, en Francia, incluso en España. Pero precisamente la Iglesia Católica va decreciendo en los países ricos, y va creciendo en los pobres -cosa, por lo demás, bastante previsible-. Pensemos concretamente en Hispanoamérica, donde el alto precio de los libros cristianos es un problema grave. Si los libros de las Editoriales católicas españolas son aquí bastante caros, allí resultan inevitablemente mucho más caros -menor poder adquisitivo, gastos de envío e importación, aduanas, cambios desfavorables de la moneda-, y últimamente, con las crisis económicas y la deuda exterior, van siendo prácticamente inasequibles. Copio algunos testimonios epistolares.

De Argentina (VIII-1989) me escribe un profesor amigo: «Ediciones protestantes de la Palabra de Dios, en Sociedades Bíblicas. Precios de venta al público: Los cuatro Evangelios, 0’75 $ USA; los salmos, 0,75; Nuevo Testamento, 1,80; Biblia completa encuadernada, 4,50. La edición más económica de la Biblia hecha por católicos tiene como precio de venta al público 18,20 $, o sea es cuatro veces más cara». Esta realidad, tantas veces comprobada, apenas es justificable.

Carta desde Chile (III-I988): «Bien sabes lo carísimos que son los libros aquí y lo bajísimo que está el peso. Un libro de 2.000 pesetas allá, aquí son 5.000 pesos o más: el tercio del sueldo mensual de muchos obreros en Chile». En las bibliotecas católicas de Iberoamérica, públicas o privadas, la mayor parte de los libros procede de España. Hasta hace unos años, las Editoriales católicas españolas más importantes vendían la mitad de su producción en España, la otra mitad en América. Actualmente se ha venido abajo en gran parte ese mercado americano: no están en condiciones de comprar libros españoles, sobre todo por la devaluación de sus monedas.

Esto crea en América Hispana una situación difícil, pues los libros -al menos las colecciones más valiosas- no pueden por ahora ser allí producidos, normalmente, ni tampoco pueden ser importados de España en condiciones tolerables. La salida, de momento, suele ser con frecuencia la fotocopiadora y las ediciones «pirata».

En México (VIII-1987) me contaban que un libro religioso español de 178 págs., que allí se vendía por 12.500 pesos, «pirateado» al offset, en la misma forma de encuadernación, para un movimiento apostólico, costaba 2.300 pesos.

Carta desde Argentina (IV-1988): «Prácticamente lo que aquí corre es la fotocopia de libros». Carta desde México (111-1988) de un profesor extranjero: «Cuando fui para N., noté con mucha sorpresa los precios de los libros. Tuve que acercarme a la cajera para quitar mi incredulidad, preguntándole si fueran precios o números de serie o de códigos de biblioteca o qué... Y es increíble la cantidad de literatura protestante que llega por aquí, todo gratis o muy barato... En mis clases de Sagrada Escritura, hago fotocopias de libros de texto. Por ejemplo, un libro de 50.000 pesos [importado de España] lo puedo ofrecer así a unos 20.000 pesos».

¡Se prohibe la reproducción!

Entre tanto, la mayor parte de las Editoriales religiosas inscriben en sus producciones avisos sobrecogedores: Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, el almacenamiento en sistema informático y la transmisión en cualquier forma o medio: electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro o por otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.

Ahora bien ¿habrá que considerar siempre como injustificable la reproducción de libros no autorizada? ¿No estaría tal acción, dentro de muchos lugares de América, por ejemplo, dentro de la figura jurídica del hurto famélico? Si algunas Editoriales católicas comprueban que en muchos países resulta mucho más barato reproducir sus libros a fotocopia que comprarlos, estimo que tendrán que replantear sus modos de producción y venta, buscando otros más adecuados a las necesidades del pueblo cristiano.