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Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo

Domingo de la Semana 34

La larga serie de los Domingos del Tiempo Ordinario, y todo el Año litúrgico, se concluye con la grandiosa solemnidad de Cristo Rey.

Entrada: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. A Él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos» (Apoc 5,12.16).

Colecta (de nueva composición): «Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin».

Ofertorio (del Misal anterior): «Te ofrecemos, Señor, el sacrificio de la reconciliación de los hombres, pidiéndote humildemente que tu Hijo conceda a todos los pueblos el don de la paz y de la unidad».

Prefacio: (del Misal anterior): «Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del Universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana; y, sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz».

Comunión: «El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz» (Sal 28,10-11).

Postcomunión (de nueva composición): «Después de recibir el alimento de la inmortalidad, te pedimos, Señor, que quienes nos gloriamos de obedecer los mandatos de Cristo, Rey del Universo, podamos vivir eternamente con él en el Reino del cielo».



Ciclo A

El Evangelio nos presenta a Cristo en el juicio final separando las ovejas de las cabras. Las primeras a la derecha y las segundas a la izquierda. Esto ha motivado la elección del pasaje de Ezequiel sobre Dios Pastor que juzga a su rebaño. La segunda lectura nos habla de Cristo que devuelve a Dios Padre su Reino.

El reino de Cristo no es de este mundo (Jn 18, 36), pero se inicia o se rechaza aquí, cuando por la fe o la incredulidad aceptamos o rechazamos su mensaje de salvación.

–Ezequiel 34,11-12.15-17: A vosotros, ovejas mías, os voy a juzgar. La Realeza mesiánica del Corazón de Jesucristo, en su etapa de encarnación y de humillación redentora, se realizó por vía de amor y de sacrificio; como Buen Pastor, que dio su vida por sus ovejas (Jn 10,11). El juicio del Señor se hará sobre los delitos, injusticia y opresión con respecto a las ovejas pobres y débiles por parte de las más fuertes y poderosas. Hacer justicia equivale a salvar las más débiles de la opresión por parte de las más poderosas. El Señor asume la defensa de estas ovejas humildes, rectifica lo tortuoso, asegurando la salvación.

–Consiguientemente se toma como canto responsorial el Salmo 22: «El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar, en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombres. Prepara una mesa ante mí, en frente de mis enemigos, me unge la cabeza con perfume y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la Casa del Señor por años sin términos».

–1 Corintios 15,20-26.28: Devolverá el Reino a Dios Padre, para que Dios sea todo en todos. Con su sacrificio salvador nos brindó Jesús la posibilidad de librarnos de nuestros pecados y de sus degradantes consecuencias. Pío XI en la encíclica Quas primas, en la que instituyó en 1925 la solemnidad de Cristo Rey, dice:

«Es necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo. Es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos. Es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los afectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas y solo a Él estar unido. Es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como “armas de justicia” para Dios (Rom 6,13), deben servir para la interna santificación del alma».

El texto anterior de San Pablo en la Carta primera a los Corintios, en el que se contempla el Reinado de Cristo, es ampliamente comentado por los Padres, como puede apreciarse en la siguiente síntesis:

El Reino de Cristo se asentará y jamás llegará a su fin (Teodoreto de Ciro), porque Él comienza a reinar eternamente en todos los sentidos (San Jerónimo). El último enemigo, la muerte, será destruído (San Juan Crisóstomo). El sometimiento de Cristo al Padre significa que toda criatura aprenderá a someterse a Cristo, quien a su vez se somete voluntariamente al Padre (Ambrosiáster).

Del mismo modo que nosotros nos sometemos a la gloria de su Cuerpo reinante, el Señor somete a sí mismo todas las cosas (San Hilario de Poitiers). Algunos rechazaban el término «sometimiento» referido al Hijo, sin entender que el sometimiento del Hijo al Padre revela la bendición de nuestra madurez espiritual (Orígenes). Cuando las Escrituras dicen que el Hijo es menor que el Padre, se refieren a su condición de hombre. Pero cuando señalan que es igual al Padre, se refieren a su divinidad (San Agustín y San Gregorio Nacianceno).

El Señor hace suyas incluso nuestras adversidades, cargando con nuestros sufrimientos (San Basilio). Los Santos Padres trataron de responder tanto a las confusiones de los paganos, como a las exageraciones arrianas respecto al texto paulino aludido (Teodoreto de Ciro y Mario Victorino). San Pablo está pensando en la dispensación divina de la Encarnación cuando dice que el Hijo, que es verdadero Dios, se ha sometido voluntariamente al Padre (San Juan Crisóstomo). Es necesario que Él haga su reino tan evidente, para que sus enemigos no se atrevan a negar que Él reina (San Agustín). Cristo no deja de reinar cuando pone a todos sus enemigos bajo sus pies (San Gregorio Nacianceno y San Cirilo de Jerusalén).

La nueva vida que ahora comienza por medio de la fe, proseguirá mediante la esperanza, hasta que llegue un momento en que la muerte se vuelva victoria (San Agustín). Cuando seamos capaces de recibir a Dios, entonces «Dios será para nosotros todo en todas las cosas» (Orígenes). Dios será la consumación de todos nuestros deseos (San Agustín y Orígenes). Esta es madurez hacia la cual nos apresuramos (San Gregorio Nacianceno). Cuando todos los santos sean glorificados en el coro de todas las virtudes, y Dios sea todo para todo el mundo (San Jerónimo y San Agustín) (cf. La Biblia comentada por los Santos Padres, Ciudad Nueva, Madrid 2001, pg. 230).

–Mateo 25,31-46: Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros. Sobre nuestra existencia pesa un momento decisivo: el encuentro final con Cristo Rey, Señor de cielos y tierra. Él ha de juzgar nuestras vidas, con el modelo de su Amor... Y de este juicio dependerá nuestra suerte eterna. San Juan Crisóstomo dice:

«Ahora ha venido en deshonor, en injurias e ignominias; mas entonces se sentará en el trono de su gloria. Es que como la cruz estaba tan cerca y la cruz parecía el suplicio más ignominioso, de ahí que trate Él de levantar a sus oyentes y les ponga ante los ojos el tribunal, y delante del tribunal la tierra entera. Y no es éste el modo único por el que da tono de espanto a su palabra, sino el hecho de mostrarnos vacíos los cielos. Porque todos los ángeles -dice- vendrán en su acompañamiento, y también ellos dará testimonio de cuanto sirvieron, enviados por el Señor, en la salvación de los hombres. De todos modos ha de ser espantoso aquel día» (Homilía 79,1, sobre San Mateo).



Ciclo B

El Reino de Cristo no es de este mundo (tercera lectura). Él es el Hijo del Hombre al que Daniel vio venir sobre las nubes investido con una realeza eterna y universal (primera lectura). San Juan en el Apocalipsis nos presenta a Cristo como príncipe de los reyes de la tierra (segunda lectura). Cristo es la razón de nuestra fe, el aval de nuestra esperanza y el centro de nuestra caridad. Coronamos el año litúrgico con una vivencia intensa del Reinado de Jesucristo.

–Daniel 7,13-14: Su poder es eterno. No cesará. La investidura real del Hijo del Hombre coronará la victoria de Dios y de su pueblo sobre las fuerzas del mal y congregará a todos los que han vivido en la fe de Cristo. Como Israel somos santos y reinaremos en la medida en que en que servimos a Dios. El Reino eterno de Dios destruirá las potencias adversas que actúan mediante el imperio del despotismos, de la agresividad, de la recíproca destrucción y de la idolatría. La entronización del Hijo del Hombre será para todos los pueblos, naciones y lenguas el quebrantamiento de toda esclavitud y un servicio que es fruición del Reino divino universal de la libertad.

–Con el Salmo 92 aclamamos al Señor que reina, vestido de majestad, el Señor vestido y ceñido de poder. Así está el orbe firme y no vacila. Su trono está firme desde siempre y Él es eterno. Sus mandatos son fieles y seguros, la santidad es el adorno de su casa por días sin términos.

–Apocalipsis 1,5-8: El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes. La humanidad entera ha quedado emplazada para la Parusía: el retorno de Cristo Rey para juzgar a vivos y muertos. La realidad de Cristo, expresión perfecta de la acción del Dios del universo, es contemplada y celebrada en los momentos esenciales que abarcan el pasado, el presente y el futuro de la historia de la salvación. La realeza de Cristo converge hacia el Reino del Padre y en la realeza de Cristo viene realmente hasta nosotros el Reino del Padre.

–Juan 18,33-37: Tú lo dices: soy Rey. La realeza de Cristo está por encima de los criterios y moldes humanos. Es Reino de salvación. Reino de amor. La Cruz nos revela quién es el Padre y quién es Jesús, la comunicación interpersonal de amor que se difunde en el hombre. En la medida en que la Cruz es para nosotros palabra y verdad, la muerte de Cristo nos salva, la fe acoge su acto redentor y mediante esta fe de los hombres, Cristo puede reinar en ellos.

Testigos de la realeza de Jesucristo vivimos en la esperanza nuestra vocación de eternidad. Nuestro vivir de cada día no debe desmentir nuestra condición de elegidos para el Reino del Hijo muy amado del Padre. Pero esta realeza de Cristo hay que vivirla en la interioridad y en el amor.

Ciclo C

El título de la Cruz: «Jesús nazareno, Rey de los judíos» (tercera lectura) evoca la unción de David como rey de Israel. Cristo descendiente de David. Pero Jesús es mucho más que Rey de los judíos; es, como indica San Pablo, «imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia y quien hizo la paz por la sangre de su Cruz» (segunda lectura).

–2 Samuel 5,1-3: Ungieron a David como rey. Históricamente David fue el rey «según el corazón de Dios», para el pueblo de Israel. Fue, al mismo tiempo, una figura de Cristo Rey para la humanidad rescatada. Dios, que conoce de antemano el destino de cada hombre y pueblo, había elegido a David como jefe de su pueblo. Samuel lo ungió rey. De pastor de ovejas pasó a ser pastor del pueblo elegido. Cristo, más aún, será el Ungido del Señor para ser el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y ella le conocen a Él. Es el Buen Pastor que va en pos de la descarriada y da su vida por la salvación de la humanidad, a la que rescata del pecado. Es Rey de reyes y Señor de los que dominan.

–Jerusalén es la ciudad del rey David. La Iglesia, nueva Jerusalén, es la gran familia que salvó Cristo y reina sobre ella, por eso cantamos jubilosos con el Salmo 121: «¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor», vamos a la Iglesia, a la asamblea litúrgica.

–Colosenses 1,12-20: El Padre nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido. La razón suprema de la realeza del Corazón de Cristo está en su filiación divina. Dice San Juan Crisóstomo:

«Los beneficios recibidos son múltiples: además del propio don con el que nos gratifica, nos da también la virtud necesaria para recibirlo... Dios no solo nos ha honrado haciéndonos partícipes de la herencia, sino que nos ha hecho dignos de poseerla. Es doble, pues, el honor que recibimos de Dios: primero el puesto, y segundo el mérito de desempeñarlo bien» (Homilía sobre Colosenses 1,12).

Y más adelante dice él mismo:

«El Hijo de Dios no solamente ha creado todo, sino que Él conserva todo; de modo que si suspendiera un solo momento la acción de su voluntad soberana, todo volvería a la misma nada de la que Él ha sacado todo lo que existe... Por la palabra plenitud es necesario entender la divinidad de Jesucristo... La elección de esta expresión se ha hecho para indicar mejor que la esencia misma de la divinidad residía en Cristo» (ib. 17 y 19).

Y San Agustín:

«La Cabeza es nuestro mismo Salvador, que padeció bajo Poncio Pilato y ahora, después que resucitó de entre los muertos, está sentado a la diestra del padre. Y su Cuerpo es la Iglesia... Pues toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles –porque todos los fieles son miembros de Cristo–, posee a Cristo por Cabeza, que gobierna su Cuerpo desde el cielo» (Comentario al Salmo 56,1).

–Lucas 23,35-43: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Toda la realeza salvífica del Corazón redentor de Cristo Jesús gira en torno al Calvario. Es la realeza que nos redime con su inmolación amorosa y nos salva con su resurrección pascual. Comenta San Agustín:

«Miremos la Cruz de Cristo. Allí estaba Cristo y allí estaban los ladrones. La pena era igual, pero diferente la causa. Un ladrón creyó, otro blasfemó. El Señor, como en un tribunal, hizo de juez para ambos; al que blasfemó lo mandó al infierno; al otro lo llevó consigo al Paraíso. Cristo en la Cruz es considerado Rey: “acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Cristo reinó desde la Cruz. La participación en la realeza de Cristo es consustancial a la vida cristiana, con tal que lo reconozcamos en medio de las tribulaciones, en su Cruz, como el buen ladrón» (Sermón 335,2).

En los tres ciclos se puede meditar también el texto siguiente de Orígenes:

«Sin duda, cuando pedimos que el reino de Dios venga a nosotros, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando. Efectivamente, Dios reina en cada uno de los santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con las palabras del Evangelio: “vendremos a él y haremos morada en él”.

«Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a Él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino» (Tratado sobre la oración 25).