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30ª Semana

Domingo

Entrada: «Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro» (Sal 104,3-4).

Colecta (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense y del Gelasiano): «Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos».

Ofertorio (del Veronense y del Sacramentario de Bérgamo): «Vuelve tu mirada, Señor, sobre las ofrendas que te presentamos, para que nuestra celebración sea para tu gloria y tu alabanza».

Comunión: «Que podamos celebrar tu victoria y en el nombre de nuestro Dios alzar estandartes» (Sal 19,6); o bien: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor» (Ef 5,2).

Postcomunión (del Misal anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Lleva a su término en nosotros, Señor, lo que significan estos sacramentos, para que un día poseamos plenamente lo que celebramos ahora en estos ritos sagrados».



Ciclo A

Toda la ley descansa en el amor a Dios y al prójimo. Es lo que nos proclaman las lecturas primera y tercera. San Pablo en la segunda lectura nos invita a acoger la Palabra de Dios y a difundirla en torno de nosotros con la alegría del Espíritu Santo, y esperando siempre la segunda venida del Señor.

En la revisión de nuestra vida cristianas tiene especial relieve en este Domingo 30 del Tiempo Ordinario el tema de la caridad, como signo de nuestra identidad y de nuestra fidelidad al Evangelio, como mandato peculiar del Señor y como vínculo eclesial que nos une a Cristo y a los hermanos.

–Éxodo 22,21-27: Si explotáis a viudas y a huérfanos, se encenderá contra vosotros mi cólera. La autenticidad de nuestra fidelidad a Dios no se mide solo por la piedad; se evidencia, además, en nuestra responsabilidad o irresponsabilidad frente a la indigencia cotidiana o la debilidad de nuestro prójimo.

El texto normativo de la primera lectura se comprende mejor a la luz de la palabra evangélica, que sintetiza la legislación bíblica en un solo mandamiento referido a Dios y al prójimo.

La legislación bíblica tiene su fundamento en la actitud de bondad de Yahvé y en su constante predisposición magnánima, benévola y clemente, que Israel y todos nosotros hemos de hacer patente en toda nuestra conducta.

–Con el Salmo 17 decimos al Señor con todo el corazón: «Yo te amo, tú eres mi fortaleza, mi Roca, mi alcázar, mi baluarte, mi peña, mi refugio, mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte». Por eso lo invocamos y lo alabamos con todo entusiasmo: «viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador».

–1 Tesalonicenses 1,5-10: Abandonásteis los ídolos para servir a Dios, esperando la vuelta de su Hijo. Por la auténtica caridad cristiana el creyente tiene que testificar su fe evangélica ante Dios y ante el prójimo. San Juan Crisóstomo, poniéndose en lugar de San Pablo, dice:

«Es verdad que os he predicado el Evangelio para obedecer un mandato de Dios, ¡pero os amo con un amor tan grande que habría deseado poder morir por vosotros! Tal es el modelo acabado de un amor sincero y auténtico. El cristiano que ama a su prójimo debe estar animado por esos sentimientos. Que no espere a que se le pida entregar su vida por su hermano; antes bien ha de ofrecerla él mismo» (Homilía 2 sobre San Pablo, 3).

–Mateo 22,34-40: Amarás al Señor, tu Dios, y al prójimo como a ti mismo. El Evangelio ha fundido en uno los dos mandamientos supremos. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, ni se puede amar cristianamente al prójimo sin verdadero amor a Dios. Santa Catalina de Siena decía: «Ahí está tu prójimo, manifiéstale el amor que tienes a Dios». Ante una casuística rabínica, muy compleja, y una innecesaria multiplicación de prescripciones, Jesucristo simplifica y sintetiza el comportamiento del hombre en el amor a Dios y al prójimo.

El amor al prójimo no está desvinculado de las situaciones reales de la vida humana. Amar a Dios y al prójimo con todo el corazón significa amar con la totalidad de nuestra persona y de nuestra actividad, y dentro de la comunidad de la que formamos parte. San Agustín comenta este pasaje evangélico:

«Un ala es “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Pero no te quedes con un ala; pues si crees tener un ala sola, no tienes ninguna. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. “Si no amas a tu hermano a quien ves, ¿cómo puedes amar a Dios a quien no ves?” (1 Jn 4,20). Busca, pues, otra ala, y así volarás, así te despegarás de la codicia de lo terreno y fijarás tu amor en lo celeste. Y mientras te apoyas en ambas alas, tendrás arriba el corazón, para que el corazón elevado arrastre arriba a su carne a su debido tiempo» (Sermón 68,13).



Ciclo B

La curación del ciego de Jericó, relatada en el Evangelio de hoy, ha sugerido el pasaje de Jeremías de la primera lectura. La segunda lectura nos expone el sacerdocio de Jesucristo, que siempre intercede por nosotros. Él es el gran Mediador entre Dios y los hombres.

El don de la fe que, por amorosa iniciativa divina, hemos recibido puede ofrecernos la luz sobrenatural suficiente para superar la ceguera angustiante del hombre viejo y carnal. Siempre para la existencia humana será más trágica la ceguera naturalista o autosuficiente del hombre privado de la fe cristiana, que la misma ceguera material de los cuerpos.

–Jeremías 31,7-9: Congregaré a ciegos y cojos. En la historia de la salvación, solo a la luz de la fe y de la Revelación puede el hombre descubrir los designios amorosos de Dios en los acontecimientos de la vida.

El anuncio de la inminente liberación está formulado por el profeta con una invitación litúrgica a celebrar y alabar al Señor, porque ha cumplido su obra a favor del pueblo elegido. La felicidad de Israel proviene únicamente de la bondad y omnipotencia de su Dios tanto en el pasado como en el futuro. A Él va dirigida toda la alabanza y toda gloria. La Biblia es un inmenso coro de cantos de exultación y de gratitud por las continuas intervenciones salvíficas de Yahvé. El profeta es el primero en verlo y celebrarlo: «Gritad de alegría... regocijaos, proclamad, alabad y decid: “el Señor ha salvado a su pueblo”». Él es un Padre para Israel, para la Iglesia, para cada uno de nosotros.

–Por eso seguimos exultando con el Salmo 125: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar, la boca se nos llenaba de risa, la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían: “el Señor ha estado grande con ellos”». Así es. Por eso en la liturgia cristiana siempre cantamos con alegría al Señor.

–Hebreos 5,1-6: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Jesús, Testigo del Padre y Pontífice y Mediador de nuestra salvación, es quien elige de entre sus discípulos aquellos que deben participar especialmente de su sacerdocio ministerial. Escribe San Juan Crisóstomo:

«Al preguntar a Pedro si le ama, no se lo pregunta porque necesite conocer el amor de su discípulo, sino porque quiere mostrar el exceso de su propio amor. Y así al decir: “¿quién es el siervo fiel y prudente?” no lo dice como ignorando quién es, sino para enseñarnos la singularidad de este hecho y la grandeza del oficio. Mira si es grande, mirando su recompensa: por él lo constituye sobre todos sus bienes, y concluye que, moralmente, el sacerdote debe sobresalir por su santidad» (Sobre el Sacerdocio 2,1-2).

–Marcos 10,46-52: Señor, que veamos, como el ciego de Jericó. Para ver y reconocer a Cristo, necesitamos que Él nos ilumine. Cristo es «el autor de nuestra fe» (Heb 12,2). El conocimiento de Jesús por la fe obra la salvación completa del hombre, le muestra la Verdad única que ha de seguir, le libera de la ceguera interior y exterior, y si así Él lo quiere, le otorga como complemento la misma vista física. La omnipotencia divina está siempre dispuesta a favorecer a quien se deja conducir por la fe verdadera, suscitada por el Espíritu. La fe auténtica, que proviene de lo alto, produce un genuino testimonio y no permite que sean desviados los que creen en la verdad de Cristo crucificado y resucitado. San Cirilo de Alejandría comenta:

«Cuando admitimos la fe, no por eso excluimos la razón; por el contrario, procuramos con ella adquirir algún conocimiento, aunque oscuro, de los misterios; pero con justo motivo preferimos la fe a la razón, porque la fe es la que precede, y la razón no hace más que seguirla, según este lugar de la Escritura: “si no creéis, no conoceréis”. A la verdad, si no sentáis los fundamentos de la fe, excluyendo toda duda, jamás podréis levantar el edificio fundado sobre el conocimiento de Jesucristo, y por consiguiente, no podréis llegar a ser hombres espirituales» (Comentario al Evangelio de San Juan 20,2).



Ciclo C

Dios escucha la oración de los humildes (lecturas primera y tercera). San Pablo nos transmite su último mensaje antes del martirio: todos le han abandonado, pero él permanece en el Señor, que lo colmará de su fuerza. Dios, que resiste a los soberbios de corazón, derrama su gracia sobre los pobres de espíritu y los humildes de corazón. Por eso, la postura más verdadera del alma ante Dios es siempre la de una consciente humildad o actitud de indigencia orante. Cualquier autosuficiencia personal o colectiva es, por sí misma, antievangélica y, en definitiva, esencialmente antirreligiosa.

–Eclesiástico 35,15-17.20: Los gritos de los pobres atraviesan las nubes. La preferencia del Señor se inclina a los débiles e indefensos. Esto, que ya estaba anunciado como signo del tiempo mesiánico, se cumple en la persona de Jesucristo. Él mismo lo aduce como signo acreditador de su venida (Mt 11,5; Lc 8,19). También Él viene y vive en la pobreza. Los pobres son evangelizados y son llamados dichosos en la nueva economía de la gracia (Lc 6,10): ellos forman la primitiva Iglesia (Sant 2,1). El Señor consuela a los humildes y les da su gracia (2 Cor 7,6), oye la oración y los gemidos de los humildes (Sal 11,6), y justifica al que ora con humildad (evangelio de hoy).

–Frente a la injusticia humana que explota al pobre, Dios se constituye en juez de apelación en favor del oprimido. Así cantamos en el Salmo 33: «Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha». Bendigamos al Señor en todo momento, su alabanza esté siempre en nuestra boca, pues «el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos».

–2 Timoteo 4,6-8.16-18: Ahora me aguarda la corona merecida. Como San Pablo, el corazón humilde y esperanzado ante los dones divinos posee siempre la invencible confianza de una fidelidad amorosa de Dios, que le salvará. Comenta San Agustín:

«Veía Pablo la inminencia de su pasión; la veía, pero no la temía. ¿Por qué no la temía? Porque antes había dicho: “deseo morir y estar con Cristo” (Flp 1,23). Nadie dice que va a comer, que va a disfrutar de un gran banquete, con tanto gozo, como él dice que va a padecer. “Estoy a punto de ser inmolado”. ¿Qué significa estar a punto de ser inmolado? Que será un sacrificio para Dios. “Me encuentro seguro: arriba tengo al sacerdote que me ofrecerá a Dios. Tengo como sacerdote al mismo que antes fue víctima por mí”» (Sermón 298, 3).

–Lucas 18,9-14: El publicano bajó a su casa justificado, pero el fariseo, no. La soberbia humana, enmarcada en falsas piedades, hace al hombre repulsivo ante el Padre y temerario en sus propios juicios despiadados sobre los demás.

La oración del fariseo tiene algunas perfecciones externas: se hace en el templo, en la actitud acostumbrada por los judíos, ofreciendo una acción de gracias, etc., pero es rechazada porque le falta lo principal. No busca en Dios lo que únicamente se debe a Dios: la salvación. Da gracias porque se cree justo, no como los demás hombres, que son injustos y pecadores...

La oración del publicano es todo lo contrario: pide a Dios lo que solo Él puede dar, la salvación. No solo en el templo y ante el altar es preciso vivir en profundidad la actitud humilde del cristiano consciente ante Dios. También en nuestra vida diaria y en nuestras relaciones con los demás podemos pecar de ser engreídos y presumidos. Solo viviendo siempre en la humildad se hace nuestra vida íntegramente auténtica ante Dios y ante los hombres, nuestros hermanos.



Lunes

Años impares

–Romanos 8,12-17: Somos hijos adoptivos de Dios, por eso clamamos: ¡Abba! ¡Padre!. Hemos de vivir no según la carne, sino según el Espíritu. Por el Espíritu somos hijos de Dios y lo invocamos como Padre nuestro. El mismo Cristo nos enseña a orar así: «Padre nuestro, que estás en el cielo»... San Agustín comenta este pasaje de San Pablo y dice:

«Por lo tanto, hermanos –ésta es la exhortación recibida hoy–, “no somos deudores de la carne para vivir conforme a la carne”. Para esto hemos sido auxiliados, para esto recibimos el Espíritu de Dios, para esto pedimos el auxilio día a día en nuestras fatigas. La ley tiene bajo sí a quienes amenaza si no cumplen lo que ordena; éstos están bajo la ley, no bajo la gracia. Buena es la ley para quien haga buen uso de ella, esto es, para quien reconozca a través de ella la propia enfermedad y busque el auxilio divino para lograr la salud. Porque, como ya dije y ha de repetirse siempre, si la ley pudiese vivificar, la justicia procedería, ciertamente, de la ley. Entonces ni se buscaría un Salvador, ni hubiese venido Cristo, ni hubiese buscado con su sangre la oveja perdida» (Sermón 156,3).

–Con el Salmo 67 proclamamos que «nuestro Dios es un Dios que salva. Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian; en cambio, los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría... Bendito sea el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación... Nos hace escapar de la muerte». En realidad todo esto lo ha realizado plenamente entre nosotros por Jesucristo, su Hijo bien amado, que padeció y murió en la Cruz para redimirnos.

Años pares

–Efesios 4,32–5,8: Vivid en el amor, como Cristo. San Pablo nos exhorta a que pongamos en práctica el amor a imitación de Cristo. Debemos evitar a toda costa las obras impías que se realizan en el mundo pagano. Comenta San Agustín:

«Nuestro mismo Dios nos exhorta a que le imitemos a Él... El que, ciertamente, no tenía pecado alguno, murió por nosotros y derramó su sangre para que lográramos el perdón. Él recibió por nosotros lo que no le era debido, para librarnos de la deuda. Ni Él debía morir, ni nosotros vivir. ¿Por qué? Porque éramos pecadores. Ni a Él le correspondía la muerte, ni a nosotros la vida. Tomó para sí lo que no le correspondía; y nos dio lo que no se nos debía. Mas, puesto que se habla del perdón de los pecados, para que no juzguéis que es mucho para vosotros imitar a Cristo, escuchad lo que dice el Apóstol: “perdonándoos mutuamente... Sed, pues, imitadores de Dios” (Col 3,13; Ef 4, 32), Son palabras del Apóstol, no mías. ¿Es acaso de soberbios imitar a Dios?... “Como hijos amadísimos”. Tú te llamas hijo. Si rechazas la imitación de Dios, ¿cómo aspiras a obtener la herencia?» (Sermón 34,2).

–«Seamos imitadores de Dios, como hijos queridos». Este es el estribillo del Salmo 1: «Dichoso el hombre que no sigue el camino de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia... No así los impíos, no así... El camino de los impíos acaba mal».

–Lucas 13,10-17: Una curación en sábado escandaliza a los hipócritas, pero el pueblo sencillo se llena de júbilo. La bondad de Jesús se aparta de todo formalismo y de todo legalismo. La ley solo ha de servir para ayudar al amor. Ésta es la gran Ley. El mismo Jesucristo reduce toda la ley amor a Dios y al prójimo. Él vino a dar cumplimiento a la ley. Solo el pueblo sencillo y humilde puede apreciar esos gestos y esa doctrina sublime. Los soberbios, los autosuficientes, quedan vacíos. Son los más humildes los que mejor reciben la sanación y la salvación de Cristo, son ellos los que se atreven a pedírsela y a esperarla de su bondad. Escribe San Jerónimo:

«¿Por qué andas encorvado y pegado a la tierra y estás hundido en el cieno? Aquella mujer a la que Satanás mantuvo atada durante dieciocho años, tan pronto como fue curada por el Salvador, se irguió y empezó a mirar al cielo (Lc 13, 11ss)» (Carta 147,9, a Sabiniano, diácono).



Martes

Años impares

–Romanos 8,18-25: Los hijos de Dios viven aguardando la gloria que se manifestará en ellos. Y mantienen esta esperanza en medio de los sufrimientos del mundo presente. San Agustín comenta:

«¡Cuán fácilmente se tolera cualquier adversidad temporal para evitar la pena eterna, para lograr la paz eterna! Con razón el Vaso de Elección [San Pablo] dijo con inmensa alegría: “no corresponden los padecimientos temporales a la gloria futura que se revelará en nosotros” (Rom 8,18). Ya ves por qué es suave aquel yugo y la carga ligera. Si es difícil para los pocos que le eligen, es fácil para todos los que le aman. Dice el salmista: “según tus mandatos, yo me he mantenido en la senda establecida” (Sal 16,4). Esos caminos que son duros para los trabajadores, son suaves para los amadores. Por eso la dispensación de la divina providencia hizo de modo que el hombre interior, que se renueva día a día, ya no viva bajo la ley, sino bajo la gracia... Tiene ahora la facilidad de la fe simple, de la esperanza buena y de la santa caridad» (Sermón 70).

–Con el Salmo 125 decimos: «El Señor ha estado grande con nosotros. Cambió nuestra suerte»... Nos ha dado su gracia, su yugo es suave y su carga ligera. Parece un sueño, pero es una gran realidad. Él ha sufrido por nosotros. Nos ha dado ejemplo y nos ayuda con su gracia misericordiosa... Hemos sembrado con lágrimas, pero cosechamos entre cantares. Grande y hermoso es participar en los sufrimientos de Cristo, para luego participar también en la gloria de su triunfo.

Años pares

–Efesios 5,21-23: El matrimonio cristiano, símbolo de la unión entre Cristo y su Iglesia. El deseo de San Pablo de que el amor de Cristo para con la humanidad se dé en el amor de los esposos cristianos está perfectamente justificado; eso es precisamente lo que constituye el contenido del sacramento del matrimonio. Juan Pablo II el 22-XI-1981 dice:

«Creando al hombre “varón y mujer” (Gen 1,27), Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con derechos inalienables y con las responsabilidades que son propias de la persona humana» (encíclica Familiaris consortio).

Cuando San Pablo exhorta a la esposa a estar sometida al esposo lo hace pensando en la fidelidad amorosa y obediente de la Iglesia respecto de su esposo Jesucristo. Y de modo semejante al marido le exige que ame a su esposa, continuando el amor de Cristo, que se entrega hasta la muerte por amor a la Iglesia.

–«Dichosos los que temen al Señor», decimos en el Salmo 127. Él justo sigue el camino del Señor, su mujer es como parra fecunda en medio de su casa; sus hijos, como renuevos de olivo alrededor de su mesa. Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. El Señor lo bendice desde Sión, y él ve la prosperidad de Jerusalén todos los día de su vida. Ésta es la maravilla de la vida cristiana, en la Santa Madre Iglesia, que reúne a todos sus hijos en el banquete eucarístico. Es la bendición de la paz familiar, tan quebrantada en nuestros días...

–Lucas 13,18-21: El Reino de Dios es como el grano de mostaza, y como la levadura. El reino glorioso del futuro está ahora en los corazones humildes de los creyentes. Es un misterio el crecimiento del reino de Dios en este mundo. Nos fijamos en el crecimiento externo que, ciertamente existe, según las estadísticas, pero no nos fijamos en el crecimiento interior o de profundidad, es decir, en la vida interior, en la santidad, que también existe, aunque no resulta tan manifiesta, salvo cuando hay una beatificación o canonización... San Ambrosio escribe:

«Si tanto al reino de los cielos como a la fe se les compara al grano de mostaza, no se puede dudar que la fe es el reino de los cielos, y el reino de los cielos es una realidad que en nada difiere de la fe. Por tanto, quien tiene la fe posee el reino de los cielos, reino que “está dentro de nosotros”, como está dentro de nosotros la fe... Por eso hemos de desear que la Santa Iglesia, que está figurada por esta mujer del Evangelio y que tiene en su poder esa harina que somos nosotros mismos, esconda en el interior de nuestra alma a Jesús, nuestro Señor, hasta que el colorido de la divina sabiduría penetre en los rincones más secretos de nuestro espíritu» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,177 y 182).



Miércoles

Años impares

–Romanos 8,26-30: A los que aman a Dios todo les sirve para el bien. El Espíritu Santo acude en ayuda de nuestra debilidad y nos asiste en la oración, mientras aguardamos la gloria futura. Enseña San Juan Crisóstomo:

«La oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras; a la oración que es un don de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: “nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8, 26). El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma. Quien lo saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor; es como un fuego ardiente que inflama el alma» (Homilía 6 sobre la oración).

–Con el Salmo 12 manifestamos al Señor nuestra confianza plena en su misericordia. Por eso decimos: «Atiende y respóndeme, Señor Dios mío, da luz a mis ojos, para que no me duerma en la muerte»; para que no diga nuestro enemigo infernal: “le he podido” ni se alegre de nuestro fracaso; porque nosotros, Señor, confiamos en tu bondad misericordiosa. Alegra nuestro corazón con tu auxilio. Te cantamos y te alabamos, Señor, por el bien que nos has hecho.

Años pares

–Efesios 6,1-9: Todos, padres e hijos, siervos y amos, sirvamos al Señor. Comenta San Agustín:

«De ningún modo se atreverán el padre o la madre a pedir que se les prefiera a Dios. Yo no digo que se les anteponga, pero ni siquiera que se les compare... Dios te ha dicho: “Honra a tu padre y a tu madre”. Lo reconozco, Dios me lo ha dicho... Ama, dice, a los padres, pero no más que a mí (Mt 10,37)... Ama ordenadamente, para que seas ordenado. Distribuye las cosas en sus pesos e importancia. Ama al padre y a la madre, aunque tienes a Alguien a quien has de amar más que al padre y a la madre. Si los amas a ellos más, serás condenado, y si no los amas, serás condenado. Ofrezcamos el honor a los padres, pero prefiramos a nuestro Creador, al que hemos de amar más en el temor, amor, obediencia, honor, fe y deseo» (Sermón 65, A,8).

Esto que se dice con respecto al amor a los padres, se ha de aplicar igualmente al amor de los padres a los hijos, y al amor entre hermanos y amigos, socios y compañeros.

–Con el Salmo 144 proclamamos: «El Señor es fiel a sus palabras. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles, que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado, pues tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». San Agustín afirma que lo único que manda la Sagrada Escritura es amar, primero y sobre todo a Dios, y luego al prójimo por amor a Dios.

–Lucas 13,22-30: Todos están llamados a participar en el Reino de Dios. Podemos pensar que la sentencia de Jesús, acerca de que el Reino iba a ser rechazado por muchos judíos y recibido en cambio por los gentiles, fue ante todo un aviso para sus contemporáneos, que no comprendían los signos de los tiempos y que no se percataban del alcance decisivo del misterio de Jesucristo. No se daban cuenta los judíos de que estaban en la plenitud de los tiempos, no reconocían en Jesús el Mesías esperado, y no entendían por eso que entre la Antigua Alianza y la Nueva que se les ofrecía se daba una perfecta continuidad maravillosa. Oigamos a San Ambrosio:

«El que construye debe poner unos buenos cimientos. Este sólido fundamento es la fe, este buen “fundamento son los apóstoles y los profetas” (Ef 2,10), porque nuestra fe surge de los dos Testamentos, no faltando a la verdad el que dice que la medida de la fe perfecta está en ambos, ya que el mismo Señor dice: “si creyerais en Moisés, creeríais también en mí” (Jn 5,46), puesto que el Señor habló por Moisés. Y resulta exacto decir que la perfecta medida está en uno y en otro, porque Él ha cumplido ambos y porque la fe de los dos es la misma, puesto que el que habla y la respuesta tienen el mismo sentido» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,189).



Jueves

Años impares

–Romanos 8,31-39: Nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo. San Pablo entona un himno a la esperanza cristiana: Dios nos ha entregado a su Hijo y ha realizado en Él su plan de amor. En adelante, pues, ya no habrá nada que nos pueda separar de este amor divino. San Agustín comenta este pasaje paulino:

«Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros? En favor de quien está Dios lo mostró el bienaventurado Pablo más arriba al decir: “a los que predestinó los llamó, a los que llamó los justificó, y a los que justificó los glorificó”... El favor de Dios hacia nosotros se manifestó en que nos predestinó, nos llamó, nos justificó y nos glorificó. Nos predestinó antes de que existiéramos, nos llamó cuando estábamos alejados de Él, nos justificó cuando éramos pecadores y nos glorificó siendo mortales. Quien quiera hacer la guerra a los predestinados, llamados, justificados y glorificados por Dios, prepárese y piense si podrá luchar contra Dios... ¿Quién podrá vencer al Todopoderoso? “Quienquiera luchar contra Él se dañará a sí mismo” (Hch 9,5)... Quien da patadas contra el aguijón ¿no se dañará a sí mismo?» (Sermón 158).

–Con palabras del Salmo 108 pedimos al Señor que nos salve por su bondad: Señor, trátanos bien por tu nombre, líbranos con la ternura de tu bondad, pues somos pobres desvalidos y llevamos el corazón traspasado. Socórrenos, Señor, Dios mío, sálvanos por tu bondad. «Reconozcan que aquí está tu mano, que eres tú, Señor, quien lo ha hecho». Demos gracias al Señor con todo nuestro corazón, celebrémoslo en medio de la asamblea litúrgica, porque se ha puesto a la derecha del pobre para salvar de los enemigos su vida, nuestra vida.

Años pares

–Efesios 6,10-20: Nuestra vida es una lucha. Hemos de tomar la armadura completa que Dios nos da para luchar contra el Maligno: la fe, la salvación, el Espíritu, la palabra de Dios, la oración... Comenta San Agustín:

«Nos exhorta el Apóstol a que oremos no contra el hombre malo, sino contra el diablo que actúa juntamente con él. Y a que hagamos lo posible para que el diablo sea expulsado y el hombre liberado. Es lo mismo que si en una batalla uno viene armado y a caballo contra otro del bando contrario; éste no se aira contra el caballo, sino contra el jinete, y lo que pretende, en la medida de sus posibilidades, es hacer huir al jinete y quedarse con el caballo. De modo idéntico ha de actuarse con los hombres malos; se ha de trabajar con todas las fuerzas, no contra ellos, sino contra el diablo que los instiga, de modo que éste sea vencido y sea liberado aquel infeliz que él comenzaba a poseer» (Sermón 167,A).

–Con el Salmo 143 bendecimos al Señor, que es nuestra Roca, que adiestra nuestras manos para el combate, nuestros dedos para la pelea en las continuas luchas contra las fuerzas del mal, en las que está en juego nuestro crecimiento espiritual. Tenemos confianza en el Señor. Él es nuestro bienhechor, nuestro alcázar, nuestro baluarte, donde estamos a salvo; nuestro escudo y nuestro refugio, que nos auxilia en todo. Por eso nuestra alabanza se eleva constantemente hasta Él, pues nos da la victoria sobre nuestros enemigos.

–Lucas 13,31-35: Jesús anuncia de nuevo su Pasión. Morirá en Jerusalén en cumplimiento de las Escrituras. En esta ocasión, se lamenta profundamente por la suerte que va a correr la ciudad santa. Y se afirma en la determinación de subir a Jerusalén, dispuesto a morir.

En tres ocasiones ha anunciado su Pasión y Resurrección (Mc 8,31-33; 9,31-32; 10,32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén». Jesús recuerda el martirio de los profetas, que habían sido muertos en Jerusalén (Mt 23,37). Sin embargo, persiste y llama todavía a Jerusalén para que se reúna en torno a Él.

Es inefable el amor de Jesucristo por su tierra. ¡Cuánto debió sufrir su Corazón al ver que Israel se alejaba de Él, que le preparaba el martirio, que muchos se perderían, que no era fiel a su condición de Pueblo elegido! Lloró sobre Jerusalén a su vista: ¡si la Ciudad Santa hubiera conocido el mensaje de paz! También Jesús llora sobre nosotros cuando no acogemos fielmente su mensaje de salvación, sino que lo rechazamos con el pecado...



Viernes

Años impares

–Romanos 9,1-5: San Pablo quiere ser un proscrito para el bien de sus hermanos. Aborda San Pablo el doloroso problema de la incredulidad del pueblo judío ante el mensaje de Cristo. Luego de haber manifestado la gran angustia que le produce tal hecho, el Apóstol está dispuesto a renunciar, si de algo valiera, a todos los dones divinos por la salvación del pueblo, del que él mismo forma parte. San Juan Crisóstomo escribe:

«Acaso te parezca por encima de tus fuerzas el imitar a Dios. A la verdad, para quien vive vigilante, ello no es difícil. Pero, en fin, si te parece superior a tus fuerzas, yo te pondré ejemplos de hombres como tú. Ahí está José..., ahí está Moisés... Ahí está Pablo que, no obstante, no poder contar cuánto sufrió de parte de los judíos, aún pedía “ser anatema por su salvación” (Rom 9,3)... Ahí está Esteban... Considerando también estos ejemplos, desechemos de nosotros toda ira, a fin de que también a nosotros nos perdone Dios nuestros pecados» (Homilía 61,5, sobre el Evangelio de San Mateo).

–Con el Salmo 147 evocamos la grandeza de Jerusalén en el plan divino de la salvación: «Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba al Señor tu Dios, Sión, que ha reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina; Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel. Con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos».

Y, sin embargo, «vino a los suyos y los suyos lo rechazaron» (Jn 1,11). Un gran misterio que puede repetirse siempre que no somos fieles a los mandatos del Señor, a sus gracias, a sus dones, y no correspondemos a su amor.

Años pares

–Filipenses 1,1-11: El que ha inaugurado entre vosotros una gran empresa la llevará a su fin. San Pablo tiene gran amor a los fieles de Filipos por su perseverancia en una vida conforme al Evangelio. El acrecentamiento de la caridad entre los filipenses es el objeto de la acción de gracias de San Pablo. Esa caridad la entiende en el sentido pleno del amor a Dios y al prójimo. Y ese adecentamiento se manifiesta en el conocimiento del misterio de Dios, no meramente especulativo, sino experimental y amoroso.

Todo esto permite a los cristianos presentarse en el día del Señor sin fallos y llenos de justicia, pero en Jesucristo. Todo esto conecta con la enseñanza de Cristo, que también habló del crecimiento de la semilla que se hace espiga, crecimiento lento y sin que se note, tan propio del Reino de Dios. Oigamos a San Juan Crisóstomo:

«Mira cómo les enseña a ser modestos. Una vez que les ha puesto de manifiesto una obra importante, para que no reaccionen a lo humano, inmediatamente les enseña a atribuir a Cristo tanto las cosas pasadas como las futuras. ¿Cómo? No les dice: “estoy convencido de que lo que habéis empezado lo terminaréis”. ¿Qué les dice entonces? “Confío que el que ha comenzado en vosotros la obra buena la termine”. Ni tampoco les priva de las cosas que han hecho bien: sino que les dice: “me alegro con vuestra unión”, a saber, la que vosotros mismo habéis conseguido; pero no les dice que las obras buenas son solamente de ellos, sino que han sido precedidas por Dios» (Comentario a la Carta a los Filipenses 1,1,6).

–Con el Salmo 110 damos gracias a Dios por el bien que hace en nosotros con la gracia, con su mensaje de paz y de felicidad. Grandes son las obras del Señor, pero ninguna como la que realiza en las almas con su gracia santificante. Damos gracias a Dios con todo nuestro corazón en la asamblea litúrgica y fuera de ella, con nuestros labios y con nuestra conducta irreprochable. Esplendor y belleza son sus obras en la vida de los Santos, su generosidad dura por siempre, Él hace maravillas memorables. El Señor es piadoso y clemente. Nos alimenta físicamente y espiritualmente con la Eucaristía. Ha mostrado su poder misericordioso en perdonarnos y en haceros coherederos con Cristo de su gloria.

–Lucas 14,1-6: Cristo manifiesta una vez más el valor de las obras de caridad. Éstas se han de hacer siempre, sea el día que sea, sábado o domingo. Lo que preside siempre en Cristo es el amor y no los errados juicios de un legalismo absurdo, como el que padecían los judíos de su tiempo. San Ambrosio dice que

«Cura a un hidrópico en quien un flujo vehemente del cuerpo dificultaba las operaciones del alma y extinguía el vigor del espíritu. Cristo actúa siempre lleno de bondad, que ha sido distinguida por la misma palabra divina al definirla como un ejercicio para con los pobres y débiles, ya que ser misericordioso con los que nos van a devolver el beneficio es una actitud propia de la avaricia. Ésta ha de ser siempre nuestra conducta con los demás: un amor desinteresado, solo mirando hacer el bien por amor de Dios, para su gloria y bien de las almas» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.V,36).



Sábado

Años impares

–Romanos 11,1-2.11-12.25-29: Dios no ha desechado a su pueblo, pues quiere la salvación de todos los hombres. Aguarda siempre, con gran paciencia, y procura siempre la conversión de todos los hombres, sean los que sean. Su misma muerte ha de iluminar a los que lo matan. Comenta San Agustín:

«¡Oh misteriosa ceguera! Es la ceguera que sobrevino a una parte de Israel; porque para que Cristo fuese crucificado y entrase en la luz del Evangelio la gentilidad del mundo, le dio a una parte de Israel esta ceguera (Rom 11,25). Todo el día estaba enfermo de ceguera, pero vino Él y vino para que vean los que no ven y los que ven quedan ciegos. Fue ignorado por los judíos, fue crucificado por los judíos; y con su propia sangre hizo un colirio para los ciegos. Cada vez más obstinado, más ciego cada vez, los que se jactaban de ver la luz crucificaron a la Luz ¡Qué ceguedad tan grande! Pero la Luz crucificada iluminó a los ciegos» (Sermón 136).

Iluminó a todos los ciegos: paganos y judíos.

–El Señor no rechaza a su pueblo, decimos en el Salmo 93: «Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros». El Señor quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de su verdad. Todos: paganos y judíos. Él no abandona a su heredad; el justo, sea quien sea, obtendrá su derecho, y un porvenir los rectos de corazón. Los primeros santos de la Iglesia fueron judíos. El Señor nos auxilia, su misericordia nos sostiene. Hemos de orar y de trabajar por la conversión de todos los hombres. La misericordia de Dios es infinita.

Años pares

–Filipenses 1,18-26: La vida nuestra es siempre Cristo, y es una ganancia morir en su gracia. Que Cristo sea siempre predicado, aunque se haga en contra de nosotros. El Apóstol no busca su gloria. Él está apasionado por Cristo y quiere por encima de todo que el Señor sea dado a conocer del modo que sea. Es mejor que esta predicación sea hecha por los que son pastores, pero no desdeña a los mercenarios. Comenta San Agustín:

«El Pastor anuncia el Evangelio de Cristo sinceramente, el mercenario lo anuncia con segunda intención, buscando cosa distinta; mas al fin, si uno anuncia a Cristo, el otro también. Este mismo Pastor [Pablo] quiso tener mercenarios, los cuales hacen el bien donde pueden y son útiles en la medida en que pueden: “el caso es que Cristo sea anunciado”... Para otros menesteres y negocios envía un mercenario, pero otras veces es mercenario un pastor..., porque pastores hay pocos, mientras los mercenarios abundan» (Sermón 131,11).

San Ambrosio comenta el deseo de Pablo, que quiere ya desfallecer del todo, y estar con Cristo:

«Esta disolución ¿qué otra cosa es, sino que el cuerpo se destruya y descanse, mientras el alma se dirija a la paz y sea libre, si es piadosa, puesto que está destinada a “estar con Cristo”?» (Sobre el bien de la muerte 3,8)

–Con el Salmo 21 decimos: «Mi alma tiene sed del Dios vivo. Como busca la cierva corrientes de agua así mi alma te busca a ti, Dios mío. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?»... Es lo que añoraba el apóstol san Pablo. También lo añoraron San Martín de Tours y tantos otros Santos... Pero, por el bien de las almas no rehusaban quedarse aquí en la tierra todo el tiempo que fuera necesario.

En la asamblea litúrgica tenemos un anticipo de la gloria futura, del encuentro definitivo con el Señor. «Recuerdo cómo marchaba a la cabeza del grupo hacia la Casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta».

–Lucas 14,1.7-11: Valor de la humildad. Aquellos que buscan los primeros puestos en los banquetes se verán frustrados. Jesucristo enseña la humildad: los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos. Comenta San Agustín:

«Hay personas castas, o bien humildes o bien soberbias. Los soberbios no se prometan el Reino de Dios. La castidad conduce al lugar más destacado, pero quien se exalta será humillado. ¿Por qué buscas, con ansia de destacar, si el lugar más elevado que puedes alcanzar lo conseguirás manteniéndote en la humildad? Si te elevas, Dios te abate; si te abates, Dios te eleva. La afirmación es del Señor. Y nada se le puede añadir ni quitar» (Sermón 354,8).

Sigamos el ejemplo del Señor: Él «se anonadó, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz» (Flp 2,8). Seguir el ejemplo de la Virgen, pues «el Señor miró la humillación de su esclava» (Lc 1,48). Sigamos el ejemplo de los santos.