fundación GRATIS DATE

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

Otros formatos de texto

epub
mobi
pdf
zip

Descarga Gratis en distintos formatos

29ª Semana

Domingo

Entrada: «Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a la niña de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme» (Sal 16,6.8).

Colecta (del Gelasiano y Gregoriano): «Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón».

Ofertorio (del Veronense): «Concédenos, Señor, ofrecerte estos dones con un corazón libre, para que tu gracia pueda purificarnos en estos misterios que ahora celebramos».

Comunión: «Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre» (Sal 32,18-19), o bien: «El Hijo del Hombre ha venido para dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

Postcomunión (del Veronense y del Gregoriano): «La participación frecuente en la Eucaristía nos sea provechosa, Señor, para que disfrutemos de tus beneficios en la tierra y crezca nuestro conocimiento de los bienes del cielo».



Ciclo A

El poder temporal de los hombres está o debe estar al servicio del Señor. De Él viene la autoridad y la debemos respetar (lecturas primera y tercera). San Pablo agradece al Señor la gracia de estar al servicio de la fe, la esperanza y la caridad.

El verdadero cristiano, ante cualquier situación conflictiva, sabe adoptar un actitud de testimonio integral: trascendente, temporal y solidario a un mismo tiempo. ¡En su convivencia con los hermanos en el tiempo hay en él siempre una esperanza responsable hacia la eternidad!

–Isaías 45,1.4-6: Llevó de la mano a Ciro para doblegar ante Él las naciones. La Providencia salvífica de Dios hace que la misma autoridad humana, aun la pagana o increyente, pueda servir a sus planes de salvación sobre sus elegidos. Dios está siempre por encima de la historia, rigiendo misteriosamente los destinos de la humanidad. Dios se sirve del poder humano para castigar y para salvar. Para lo primero emplea a Nabucodonosor, que lleva los israelitas al destierro; y para darles la libertad se sirve ahora de Ciro, rey de Persia.

El pueblo de Dios no ha sido elegido para la guerra, sino que está destinado a una obra de paz. Sobre los intereses humanos está la voluntad suprema de Dios. Con el retorno de Babilonia se abre para los israelitas uno de los períodos más intensos de su vida espiritual, durante el cual se ponen las bases para la historia futura del pueblo elegido. Por eso se aclama la grandeza de Dios, que es el Todo Otro.

–Lo hacemos también nosotros con el Salmo 95: «Aclamad la gloria y el poder del Señor. Cantemos al Señor un cántico nuevo... Contemos a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas la naciones... Los dioses de los gentiles son apariencia. Sólo Él hizo el cielo y cuanto existe. Familias de los pueblos, aclamad al Señor... Postraos ante el Señor en el atrio sagrado».

–1 Tesalonicenses 1,1-5: Recordamos vuestra fe, esperanza y caridad. Por la fe viva y la esperanza filial, bajo la acción del Espíritu Santo, los cristianos están llamados a ser en el mundo testigos auténticos del Misterio de Cristo, el Salvador. Y es que la fe se ha de reflejar en el comportamiento, porque «la fe sin obras está muerta», como dice Santiago (2,26). Es la enseñanza de San Juan Crisóstomo:

«La creencia y la fe se prueban por las obras; no diciendo que se cree, sino con acciones reales, cumplidas con perseverancia y con un corazón encendido de amor» (Homilía sobre I Tes. 1,1-5).

La Evangelización es obra del Espíritu Santo. El Espíritu del primer Pentecostés de la historia cristiana sigue vivificando la vida de la Iglesia y alentando a los apóstoles y misioneros, para que encuentren en Dios Padre y en Cristo su principio generador y su ambiente vital, a fin de vivir en la fe, la esperanza y la caridad.

En todo esto reconocemos que la llamada al Cristianismo es siempre una elección que Dios hace y un don que Él otorga. Eso nos muestra la solicitud particularísima de Dios por la salvación de todos los hombres que, de suyo, ningún mérito tienen para alcanzarla. Colaboremos, pues, fielmente con la gracia de Dios.

–Mateo 22,15-21: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. El cristiano, peregrino de Dios hacia la eternidad, es ante las estructuras humanas un testigo consciente de la Providencia del Padre, que rige la vida humana mediante la condición solidaria y jerarquizada de los propios hombres. El cristiano, dando culto solo a Dios, ha de perfeccionar por la gracia en sí mismo la imagen divina. Comenta San Agustín:

«Adorando la imagen del hombre que hizo el Artífice, quebrantas la imagen de Dios, que Dios imprimió en ti mismo. Por tanto, cuando te llame para que vuelvas, quiere devolverte aquella imagen que tú, estropeándola con la ambición terrena, perdiste y oscureciste.

«De aquí procede, hermanos, el que Dios busque su imagen en nosotros. Esto fue lo que recordó a aquellos judíos que le presentaron una moneda... Conoció que le tentaban; conoció, por así decir, la verdad de la falsedad, y con pocas palabras dejó al descubierto la mentira procedente de la boca de los mentirosos. No emitió la sentencia contra ellos por su boca, sino que dejó que ellos mismos la emitieran contra sí... Como el César busca su imagen en su moneda, así Dios busca la suya en tu alma. “Da al César, dice, lo que es del César”. ¿Qué te pide el César? Su imagen. ¿Qué te pide Dios? Su imagen. Pero la del César está en la moneda, la de Dios está en ti. Si alguna vez pierdes una moneda, lloras porque perdiste la imagen del César; ¿y no lloras cuando, adorando un ídolo, sabes que estás destrozando la imagen de Dios que hay en ti?» (Sermón 113,A,7-8).



Ciclo B

Compartir los sufrimientos de Cristo para compartir su triunfo. No ser servido, sino servir. Todo esto fue profetizado en el Siervo doliente de Isaías. Jesús, Sumo Sacerdote, intercede por nosotros. Sigue sirviendo a los hombres desde el cielo. La Sagrada Eucaristía es la reactualización sacramental del sacrificio redentor de Cristo en la Cruz, inmolado solidariamente por la salvación de todos los hombres. La Iglesia continúa su obra evangelizadora en un inmenso servicio a la humanidad. No obstante hoy hay más de cuatro mil millones de hombres que aún no conocen a Cristo.

–Isaías 53,10-11: Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años. El cuarto cántico de Isaías sobre el Siervo de Dios nos presenta la semblanza de Jesucristo, machacado por nuestras maldades, reparador de los pecados de todos. Nos hace contemplar la soledad doliente del Siervo. Pero no está en realidad solo, porque sobre Él desciende la voluntad del Señor. No lo está tampoco, en cuanto que se hace solidario con los demás. En su dolorosa soledad se une a los hombres. El Siervo será el hombre de la alianza. Con esta idea se comprende mejor el valor de la suerte del Siervo y el sentido positivo de su ofrenda sacrificial. La alianza es un acontecimiento de encuentro lacerante entre Dios y el hombre, entre el Santo y el pecador rebelde, para salvar a éste de su pecado, de su rebeldía.

–Con el Salmo 32 pedimos que la misericordia del Señor venga sobre nosotros como lo esperamos de Él. Y confesamos con gozo que los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

–Hebreos 4,14-16: Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia. Cristo es el único y eterno Sacerdote, glorificador del Padre y Salvador de todos los hombres. Él es el Mediador perfecto. Escribe Teodoreto de Ciro:

«Los que habían creído sufrían por aquel entonces una gran tempestad de tentaciones; por eso el Apóstol los consuela, enseñando que nuestro Sumo Pontífice no solo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Como conoce bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos, y al juzgarnos dictará sus sentencia teniendo en cuenta esa debilidad» (Comentario a la Carta a los Hebreos 4,14-16).

–Marcos 10,35-45: El Hijo del Hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos. Hemos de vivir en la fe del Hijo de Dios, que nos amó y se inmoló en reparación de nuestros pecados (cf. Gal 2,20). Jesucristo libera al hombre entregándose por él. Los cristianos estamos llamados a participar en su actitud oblacional con el servicio recíproco y el testimonio, incluso con nuestra propia vida. Así lo han hecho multitud de hermanos nuestros y lo siguen haciendo.

La semblanza mesiánica del Corazón redentor de Jesucristo es presentada como servicio victimal, reparador de los pecados de los hombres. Es la dimensión kenótica (humillación, obediencia, victimación redentora) del Misterio Pascual.

Contemplemos la vivencia sacerdotal profunda del Verbo encarnado: su genuina misión irrenunciable y la razón de ser del mismo misterio de la Encarnación en carne pasible y sacrificable.

Hemos sido beneficiados por el sacrificio de Cristo. Somos nosotros los que hemos de irradiarlo en todas partes, a toda criatura. Existen millones de hermanos nuestros que no lo conocen aún. No puede esto dejarnos indiferentes, sino que con nuestra oración, con nuestra palabra, con nuestra propia vida y con nuestros sacrificios hemos de proclamarlo en todo momento.

–Marcos 10,35-45: Petición de los hijos del Zebedeo. Comenta San Agustín:

«Escuchaste en el Evangelio a los hijos del Zebedeo. Buscaban un lugar privilegiado, al pedir que uno de ellos se sentase a la derecha de tan gran Padre y el otro a la izquierda. Privilegiado, sin duda y muy privilegiado era el lugar que buscaban; pero, dado que descuidaban el por dónde, el Señor retrae su atención del adónde querían llegar, para que la detengan en el por dónde han de caminar. ¿Qué les responde a quienes buscaban lugar tan privilegiado? “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?” ¿Qué cáliz sino el de la pasión, el de la humildad, bebiendo el cual y haciendo suya nuestra debilidad, dice al Padre: “Padre, si es posible pase de mí este cáliz”? Él se pone en lugar de quienes rehusaban beber ese cáliz y buscaban el lugar privilegiado... Buscáis a Cristo glorificado; acercaos a Él crucificado... Ésta es la doctrina cristiana, el precepto y la recomendación de la humildad: “no gloriarse a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14)» (Sermón 160,5).



Ciclo C

La oración perseverante alcanza todo lo que necesitamos (lecturas primera y tercera). La fe que recibimos en el bautismo ha de ser alimentada con la lectura de la Palabra de Dios. Así estaremos siempre dispuestos a irradiarla por todas partes (segunda lectura).

La oración, como permanente vivencia de la confianza y esperanza en Dios, nuestro Padre, es el modo más auténtico de vivir nuestro quehacer cotidiano conforme a su Voluntad divina y nuestro destino de salvación. La medida de la fidelidad a Dios se da en el cristiano, ante todo, por la constancia y la hondura de su vida de oración filial.

–Éxodo 17,8-13: La oración de Moisés obtuvo la victoria. La protección divina nos es siempre necesaria, pues sin ella de poco vale el propio esfuerzo humano. La oración constante es la que garantiza el sentido cristiano de nuestra vida y de nuestra lucha por la salvación. Moisés aparece en la Escritura como el gran intercesor. Dice Orígenes:

«Estas son las dos obras del pontífice: aprender de Dios, leyendo las Escrituras divinas y meditándolas frecuentemente, y enseñar al pueblo. Pero que enseñe las cosas que él aprende de Dios, no las de su propio parecer, ni las opiniones humanas, sino las que enseña el Espíritu Santo. Es precisamente lo que hace Moisés: él no va a la guerra, no lucha contra los enemigos. ¿Qué hace? Ora; y mientras él ora, vence el pueblo. Si se cansa y baja las manos, el pueblo es vencido y huye (Ex 17,8-14). Ore, pues, incesantemente el sacerdote de la Iglesia, para que el pueblo que le está encomendado venza a los enemigos invisibles, los amalecitas, los demonios que atacan a los que quieren vivir piadosamente en Cristo» (Homilía 8,6, sobre el Levítico).

–Con el Salmo 120 continuamos el mismo tema de la oración: «El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra. Levante mis ojos a los montes. No permitirá el Señor que resbale mi pie; Él no duerme, ni reposa. Es el guardián de Israel [de la Iglesia, de cada alma cristiana]. El Señor nos guarda en su sombra, está a nuestra derecha. Nos protege de día y de noche, nos guarda de todo mal ahora y siempre». Por eso acudimos a Él con toda confianza y vivimos en la paz.

–2 Timoteo 3,14-4,2: El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena. La oración meditada de la Palabra de Dios nos ayuda en nuestra vida de creyentes y nos mantiene en tensión evangélica para el testimonio cristiano. San Vicente de Lerin enseña:

«La naturaleza de la religión exige que todo sea transmitido a los hijos con la misma fidelidad con la que ha sido recibido de los padres, y que, además, no nos es lícito llevar y traer la religión por donde nos parezca, sino que más bien somos nosotros los que tenemos que seguirla por donde ella nos conduzca» (Conmonitorio 5).

San Gregorio Magno enseña:

«Quien se prepara para pronunciar una predicación verdadera, es preciso que tome de las sagradas Escrituras los argumentos, para que todo lo que hable se fundamente en la autoridad divina» (Morales sobre Job 18,26). Y

«¿Qué es la Sagrada Escritura sino una carta de Dios omnipotente a su criatura?... Estudia, pues, por favor, y medita cada día las palabras de tu Creador. Aprende lo que es el corazón de Dios, penetrando en las palabras de ese Dios, para que anheles con más ardor las realidades eternas y tu alma se encienda en deseos más vivos de los gozos celestiales» (Carta a Teodoro, médico, 5,31).

«Lee muy a menudo las divinas Escrituras, o, por decirlo mejor, que nunca la lectura sagrada se te caiga de las manos. Aprende lo que has de enseñar, mantén firme la palabra de fe que es conforme a la doctrina, para que puedas exhortar con doctrina sana y convencer a los contradictores» (Carta a Nepociano 7).

–Lucas 18,1-8: Dios hará justicia al elegido, que clama a Él. La perseverancia en la oración es la mejor garantía para mantener nuestra fe viva y esperanzada para el día del Señor. Comenta San Agustín:

«La lectura del santo Evangelio nos impulsa a orar y a creer, y a no apoyarnos en nosotros mismos, sino en el Señor. ¿Qué mejor exhortación a la oración que el que se nos haya propuesto esta parábola sobre el juez inicuo?... Si, pues, escuchó quien no soportaba el que se le suplicara ¿de qué manera escuchará quien nos exhorta a que oremos?...

«Si la fe flaquea, la oración perece. ¿Quién hay que ore si no cree? Por esto el bienaventurado Apóstol, exhortando a orar, decía: “cualquiera que invoque el nombre del Señor será salvo”. Y para mostrar que la fe es la fuente de la oración y que no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua, añade: “¿y cómo van a invocar a Aquel de quien no oyeron?” (Rom 10,13-14). Creamos, pues, para poder orar. Y para que no decaiga la fe, mediante la cual oramos, oremos. De la fe fluye la oración, y la oración que fluye suplica firmeza para la misma fe» (Sermón 115,1).

Hemos de vivir en una oración perseverante, si no queremos frustrar los frutos de las celebraciones litúrgicas. Hemos de orar por nosotros, por la Iglesia y por todo el mundo.



Lunes

Años impares

–Romanos 4,20-25: La fe de Abrahán en Dios es modelo para los cristianos. Esa fe le valió ser tenido por Dios como justo. También los cristianos somos justificados por la fe. San Pablo elabora una teología de la fe, basado en la fe de Abrahán, en la que ve un tercer elemento: la resurrección de Cristo, o más exactamente la fe en Aquel que ha resucitado a Jesús. Imposible creer en la resurrección sin el acto previo de confianza y seguridad en el que realiza esos portentos.

«Cristo no será conducido como oveja al matadero en favor de los demonios, como lo fue en favor de los hombres; ni se dirá para salvación de ellos: “no perdonó a su propio Hijo” (Is 53,4). Porque los demonios tampoco exclamarán jamás: “fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación” (Rom 4,25). Pues Pablo escribe con toda claridad: “yo os trasmití según las Escrituras” (1 Cor 15,3), e invoca el testimonio de éstas para afirmar por autoridad de ellas lo que es oscuro» (Carta Pascual de San Teófilo, en las Cartas de San Jerónimo 96,10).

–De nuevo hallamos el Benedictus, como salmo responsorial: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo». Nos ha suscitado una fuerza de salvación que «nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia todos nuestros días».

Años pares

–Efesios 2,1-10: Nos ha hecho revivir con Cristo y nos ha sentado en el cielo con Él. Por el don gratuito de la misericordia divina los cristianos, de cualquier origen que sean, judío o no, se ven libres de sus pecados y reciben la vida en Cristo al participar de su resurrección. Oigamos a San Agustín:

«El Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ha de estar a la derecha, es decir, en la bienaventuranza, como dice el Apóstol: “con Él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos”. Aunque nuestro cuerpo no esté allá todavía, ya tenemos allá la esperanza» (Sobre la lucha cristiana 26).

Y San Zósimo escribe:

«Por Jesucristo renacemos espiritualmente, pues por Él somos crucificados al mundo. Por su muerte se rompe aquella cédula de muerte, introducida en nosotros por Adán y transmitida a toda alma; aquella sentencia cuya pena nos grava por descendencia, a la que no hay absolutamente nadie de los nacidos que no esté ligado, antes de ser liberado por el Bautismo» (Carta Tractoria 231).



Martes

Años impares

–Romanos 5,12.15.17-19.20-21: Por el pecado de uno entró la muerte en el mundo. San Pablo compara a Cristo con Adán. Éste sumió al género humano en la muerte por obra de su pecado. Cristo, por el contrario, es la fuente de la gracia, de la justicia y de la vida para todos los hombres. Escribe Tertuliano:

«Dice el Señor que vino “para salvar lo que había perecido” (Mt 18,11). ¿Qué piensas que era lo que había perecido? El hombre, sin lugar a duda. ¿Todo hombre o parte de él? Ciertamente todo, ya que la transgresión, que fue causa de la muerte del hombre, fue cometida tanto por el impulso del alma con su concupiscencia como por la acción de la carne con su placer. Con ellos se escribió contra todo el hombre el veredicto de culpabilidad, por el que luego tuvo que pagar justamente la pena de muerte.

«Así, pues, también el hombre entero será salvado, ya que el hombre entero cometió el delito... Sería indigno de Dios que devolviera la salud a la mitad del hombre, por decirlo así; vendría a ser menos que los mismos gobernantes de este mundo, que siempre conceden indulto en forma total. ¿Habrá que admitir que el diablo es más fuerte para el mal del hombre, al lograr destrozarlo totalmente, mientras que Dios es más débil, ya que no lo restaura en su totalidad? Pero dice el Apóstol: “donde abundó el delito, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20)» (La resurrección de la carne 34).

–Oramos en el Salmo 39 con las palabras referidas a Cristo en la Carta a los Hebreos: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: Aquí estoy –como está escrito en el libro– para hacer tu voluntad». Cristo fue el cumplimiento personificado de la Voluntad del Padre. Para cumplir la Voluntad del Padre murió en la cruz y de este modo logró expiar y reparar el pecado de la humanidad. Los demás sacrificios quedaron abolidos. Solo el suyo pudo salvar al hombre. Por eso proclamamos su salvación ante la gran asamblea: «Grande es el Señor». Todos buscamos en Él la salvación y en Él nos alegramos.

Años pares

–Efesios 2,12-22: Él es nuestra paz: Ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Gentiles y judíos son uno en Cristo, y Él es la piedra angular de la Iglesia. Escribe San Ireneo:

«Allí donde está la Iglesia, está el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia» (Contra las herejías 3,24).

Y San Agustín dice:

«Estos dos pueblos, cual paredes que traen distinta dirección, estaban muy lejos el uno del otro, hasta que fueron conducidos a la piedra angular: Cristo, como ángulo; en Él quedan unidos entre sí» (Sermón 331,1). Y también:

«Si Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma. Lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia» (Sermón 187). Y en otra ocasión:

«La Iglesia vacilará si su fundamento vacila; pero ¿podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos» (Comentario al Salmo 103).

–Con el Salmo 84 decimos: «Dios anuncia la paz a su pueblo. Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos».

–Lucas 12,35-38: Dichosos nosotros si el Señor, cuando vuelva, nos encuentra en vela. No sabemos la hora justa de ese momento. El cristiano, al igual que el padre de familia avisado o que el buen servidor, no debe dejarse vencer por el sueño, debe velar, es decir, estar en guardia y apercibido para recibir al Señor. La vigilancia caracteriza por tanto la actitud del discípulo que espera y aguarda el retorno de Jesucristo; consiste ante todo en mantenerse en estado de alerta espiritual, y por lo mismo exige el despego de los placeres y de los bienes terrestres. Como es imprevisible la hora de la parusía, hay que estar preparados para el caso en que se haga esperar. Esta vigilancia ha de ejercerse día tras día en la lucha contra el Maligno; por eso hay que orar y ser sobrios. Dichosos los que están siempre dispuestos a recibir la venida del Señor.



Miércoles

Años impares

–Romanos 6,12-18: Desde el Bautismo, que nos ha unido al Misterio Pascual del Señor, hemos de estar siempre muertos al pecado y vivos para Dios. Ha habido un cambio radical: de esclavos del pecado hemos venido a ser servidores de la justicia. Comenta San Agustín:

«Niégate a entregar armas a la concupiscencia y brillará tu victoria. Lucha, esfuérzate: ningún atleta recibe la corona sin sudor. Vives en estado de competición, participas en un combate... Si la carne despierta la pasión, ordena el espíritu en la castidad; si la carne incita a la ira, imponga tu espíritu la misericordia. Si, envuelto en este combate, no pones a disposición de la concupiscencia rebelde tus miembros, los que fueron en otro tiempo armas de iniquidad al servicio del pecado, se convierten ahora en armas de justicia al servicio de Dios» (Sermón 163,A,1).

Hemos de ofrecernos a Dios enteros, como hombres que han vuelto a la vida. Por eso todo hemos de emplearlo en servicio del bien.

–Con el Salmo 123 proclamamos que «tenemos nuestro auxilio en el nombre del Señor». Por nosotros solos nada podemos, pero con el Señor tenemos la victoria segura: «Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los hombres», las fuerzas del mal, las pasiones, la concupiscencia... «nos hubieran tragado vivos, tanto ardía su ira contra nosotros, nos habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello... Bendito el Señor que nos ayudó. Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió y escapamos... Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra».

Años pares

–Efesios 3,2-12: Gracias a Cristo, también los gentiles son herederos de la promesa. San Pablo, con gran humildad, afirma que es el último de los apóstoles, pero que ha recibido el gran privilegio de revelar el misterio de la vocación de los gentiles a la herencia divina, lo mismo que los judíos. Benedicto XV escribió en 1917:

«El fin que los predicadores deben proponerse está claramente indicado por San Pablo: “Somos embajadores de Cristo” (2 Cor 5,20). Todo predicador debe hacer propias estas palabras. Mas, si son embajadores de Cristo en el ejercicio de su misión, tienen la obligación de atenerse estrictamente a la voluntad manifestada por Cristo, cuando les confirió el encargo, y no pueden proponerse finalidades diversas de las que Él mismo se propuso mientras habitó en esta tierra... Por lo tanto, los predicadores han de proseguir estas metas: difundir la verdad enseñada por Dios, despertar y acrecentar la vida sobrenatural en quienes los escuchan. En resumen: buscar la salvación de las almas, promover la gloria de Dios» (encíclica Humani generis).

San Jerónimo enseña:

«Durante los siglos pasados estas riquezas de su bondad estuvieron ocultas en Dios, que es el Creador de todas las cosas. ¿Dónde están Marción y Valentín y todos los herejes que afirman que uno es el Creador del mundo, esto es, de lo visible, y otro distinto el Creador de lo invisible?... Pero “el Misterio escondido durante siglos” puede entenderse de otra manera, en el sentido de que lo ignoraron los propios siglos, es decir, todas las criaturas espirituales y racionales que existieron en esos siglos» (Comentario a la Carta a los Efesios 2,3,8-9).

–Con el texto de Isaías 12 proclamamos, como salmo responsorial: «Sacaréis aguas con gozo de la fuente de la salvación. Él es mi Dios y Salvador; confiaré y no temeré; porque mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvador... Dad gracias al Señor, invocad su nombre; contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso. Tañed para el Señor, que hizo proezas, anunciadlas a toda la tierra, gritad jubilosos, habitantes de Sión: ¡qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!». Él nos ha llamado a la vida grandiosa de la gracia.

–Lucas 12,39-48: La vigilancia es propia del pueblo cristiano, y especialmente de sus responsables. Cristo enseña que el tiempo presente se nos ha concedido para hacer méritos con respecto a la vida eterna. Escuchemos a San Gregorio Magno:

«La misma cualidad de la condición humana nuestra cuánto es más excelente que todas las otras cosas, porque la razón dada al hombre afirma cuánto excede la naturaleza racional a todas las cosas que carecen de vida, de sentido y de razón. Mas, porque cerramos los ojos a las cosas interiores e invisibles, y nos apacentamos de las visibles, honramos muchas veces al hombre no por aquello que él es, sino por lo que puede, y venimos a caer en la acepción de personas, no por las mismas personas, sino por las cosas que ellas tienen... Mas el Dios todopoderoso examina la vida de los hombres por la sola cualidad de los merecimientos; y muchas veces da mayor pena por donde dio estas cosas mayores, en razón del ministerio y oficio, según la misma Verdad da testimonio diciendo: “al que mucho se le ha dado, mucho se le exigirá” (Lc 12,48)» (Morales sobre Job 25,1).



Jueves

Años impares

–Romanos 6,19-23: Convertíos en siervos de Dios. La esclavitud del pecado acaba en la muerte; pero la sumisión a la justicia de Dios produce la santidad y lleva a la vida eterna. Comenta San Agustín:

«“Despojaos del hombre viejo para revestiros del nuevo”. El Señor establece un pacto con vosotros. Habéis vivido para el mundo, os habéis entregado a la carne y a la sangre, habéis llevado la imagen del hombre terreno... Llevad en adelante la de Aquel que procede del cielo: es Palabra humana, puesto que “la Palabra se hizo carne”, y “como pusisteis vuestros cuerpos como armas de iniquidad al servicio del pecado, así ahora debéis exponerlos como armas de justicia al servicio de Dios” (Rom 6,19). Para vuestra ruina, vuestro enemigo se arma con vuestros dardos; para vuestra salvación, ármese a su vez vuestro Protector con vuestros miembros» (Sermón 216,2,).

–«Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor», rezamos con el Salmo 1, dichoso el que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la Ley del Señor y medita su Ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia; da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas y cuanto emprende tiene buen fin. No así los impíos, no así, serán paja que arrebata el viento, porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».

Años pares

–Efesios 3,14-21: Ora el Apóstol pidiendo que Cristo habite por la fe en nuestros corazones. Comenta San Agustín:

«Ya ves lo que dice el Apóstol: “Cristo habita por la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17). Según su presencia hermosa y divina, está siempre con el Padre; en cambio, según la presencia de la fe, está en todos los cristianos. Por eso fluctúas, porque Cristo está dormido, es decir, no logras vencer aquellos deseos que se levantan con el soplo de los que persuaden al mal, porque tu fe está dormida. ¿Qué significa que tu fe está dormida? Que está apagada. ¿Qué quiere decir que está apagada? Que te olvidaste de ella. ¿Qué es despertar en ti a Cristo? Despertar la fe, recordar lo que has creído. Haz memoria, pues, de tu fe, despierta a Cristo. Tu misma fe dará orden a las olas que te turban y a los vientos de quienes te persuaden el mal» (Sermón 361,7).

–Cantemos con el Salmo 32 a la misericordia del Señor, que llena la tierra: «Aclamad, justos, al Señor que merece la alabanza de los buenos; dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. La palabra del Señor es sincera, todas sus acciones son leales. El Señor ama la justicia y el derecho. El plan del Señor subsiste por siempre; sus proyectos de edad en edad». Él nos eligió como heredad suya desde antes de la creación. Alabemos al Señor, démosle gracias.

–Lucas 12,49-55: Cristo vino a inflamar al mundo con el fuego de su amor. Cristo, enviado por el Padre, vino al mundo para incendiar a la humanidad en el fuego divino del Espíritu Santo. Comenta San Ambrosio:

«No es un fuego que destruya los bienes, sino ése que hace germinar la buena voluntad y enriquece los vasos de oro de la Casa del Señor... Ese fuego divino que agosta los deseos terrenos, suscitados por los placeres mundanos, los cuales deben perecer como obra de la carne... El fuego del Señor es una luz eterna y con ese fuego es con el que se encienden las lámparas de los que esperan la llegada del Señor... Es el fuego que ilumina los íntimo del corazón... Con ese fuego nos infunde la devoción, consuma en nosotros la perfección... Con su presencia arroja luz sobre los misterios» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,132-133).



Viernes

Años impares

–Romanos 7,18-25: En el interior del hombre luchan el pecado y la gracia. En su interior se produce la guerra permanente entre el hombre viejo y carnal y el hombre nuevo y espiritual. San Agustín comenta:

«Es completamente justo que al hombre que no quiso obedecer a su Señor no le obedezca su carne. Sirve tú a quien te es superior, para que te sirva tu inferior. Despreciaste al Superior, y eres atormentado ahora por tu inferior. Ésta es, pues, la ley del pecado; ésta es también la ley de la muerte. Por el pecado vino la muerte... ¿Cómo te libró la ley del espíritu de vida? Primero de todo te concedió el perdón de los pecados. De esa ley se dice en el Salmo [118,29]: “ten piedad de mí según tu ley”. Es la ley de la misericordia, la ley de la fe, no la de las obras [o ley mosaica]» (Sermón 152).

Como puede verse esa lectura paulina describe la condición del hombre abandonado a sí mismo (antiguo Adán), y la del hombre a quien Cristo (nuevo Adán) vuelve a orientar hacia Dios.

–Unos versos del Salmo 118 nos ayudan a meditar sobre la lectura anterior: «Instrúyeme, Señor, en tus leyes. Enséñame a gustar y a comprender, porque me fío de tus mandatos. Tú eres bueno y haces el bien; instrúyeme en tus leyes. Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo. Cuando me alcance tu compasión viviré, y mis delicias serán tu voluntad. Jamás olvidaré tus decretos, pues con ellos me diste vida. Soy tuyo, sálvame, que yo consulto tus leyes».

Años pares

–Efesios 4,1-6: Un solo cuerpo, un solo Señor, una fe, un bautismo. El Apóstol exhorta a la unidad: un solo Cuerpo de Cristo, un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe y un solo Dios. San Agustín comenta:

«“Un solo Cuerpo, dice el apóstol Pablo, un solo Cuerpo y un solo Espíritu” (Ef 4,4). Considerad nuestros miembros. El cuerpo consta de muchos miembros, y una sola alma da vigor a todos ellos. Ved que, gracias al alma humana por la que yo soy hombre, se mantienen unidos todos los miembros... Pues bien, lo que es nuestro espíritu o nuestra alma respecto a nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo respecto a los miembros de Cristo, el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Para demostrar cómo lo que es la vida divina la que funda no solo la unidad de la humanidad toda, sino también la de cada persona, San Pablo establece una relación entre cada una de las virtudes teologales y cada una de las personas de la Santísima Trinidad: el Espíritu alimenta la esperanza, Cristo llama a la fe y el Padre está en todos para hacer nacer en ellos el amor y la comunión» (Sermón 268).

–Buscamos la presencia del Señor y con el Salmo 23 cantamos: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes; Él la fundó sobre los mares; Él la afianzó sobre los ríos. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos. Éste recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación». Así es como formamos un solo Cuerpo, por la gracia de Cristo, recibida en el bautismo.

–Lucas 12,54-59: Conozcamos los signos de los tiempos en las palabras de Cristo. Entendamos todas las cosas de la vida a la luz de su palabra. Comenta San Agustín:

«Reciba cada uno con prudencia las amonestaciones del preceptor para no desaprovechar el tiempo de la misericordia del Salvador, que se otorga en esta época de perdón para el género humano. Al hombre se le perdona para que se convierta y no haya nadie así a quien condenar. Ignoro si el fin del mundo encontrará a alguien de nosotros aquí. Quizá no. Pero el fin del mundo está cerca para cada uno de nosotros, puesto que somos mortales. Caminamos en medio de caídas... Oigamos al Señor y hagamos lo que nos manda» (Sermón 109,1-2).



Sábado

Años impares

–Romanos 8,1-11: El Espíritu habita en nosotros. El hombre nuevo ha quedado libre del pecado y de la muerte por la ley del Espíritu, que hace nacer en él una vida nueva. Esto no lo podía hacer la ley judaica, pero sí la obra de Dios por su Hijo bienamado. Comenta San Agustín:

«“No hay condenación para los que están en Cristo Jesús” (Rom 8,1). Aunque experimenten los deseos de la carne, a los que no dan consentimiento, y aunque existe en sus miembros la ley que se opone a la ley de su mente, intentando cautivarle, con todo no hay condenación para quienes están en Cristo Jesús, porque mediante la gracia del bautismo y el baño de regeneración quedaron liberados de la culpa con que habían nacido y de cualquier anterior consentimiento a los malos deseos. Sea que se trate de torpezas, sea que se trate de crímenes o de malos pensamientos o de malas palabras, todo se destruye en aquella fuente a la que entraste siendo siervo y de la que saliste siendo libre. No hay condenación ahora, pero sí la hubo antes. La condenación pasó de un hombre a todos. He aquí el mal de la generación y el bien de la regeneración... Lucha en la libertad, pero estate atento a no ser vencido y a no caer de nuevo en la servidumbre. Te fatigas en la lucha, pero gozarás en el triunfo» (Sermón 152,3).

–Con el Salmo 23 meditamos y cantamos las maravillas que el Señor ha hecho con nosotros por el bautismo: «del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes. Él la fundó sobre los mares, Él la afianzó sobre los ríos. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón».

Es lo que hizo el bautismo en nosotros. Por eso confiamos en el Señor, no en los ídolos, es decir, en dinero, fama, honores, poder, placer... Hemos recibido la bendición del Señor. Él nos ha justos con su amor misericordioso. Busquemos siempre al Señor, vengamos a su presencia. En Él encontraremos nuestra paz y nuestra felicidad.

Años pares

–Efesios 4,7-16: Cristo es nuestra Cabeza. Él está a la derecha del Padre, y di-funde sus gracias y carismas en su Cuerpo místico para edificarlo, y hacerlo crecer y llegar a la plenitud. Dice Orígenes:

«Escuchad, pastores de las Iglesias, pastores de Dios, que siempre un ángel desciende del cielo y os anuncia que “os ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo, el Señor” (Lc 2,11). Porque los pastores de las Iglesias no podrán guardar el rebaño por ellos mismos, si no viene el Pastor. Falla su pastoreo si Cristo no apacienta con ellos y lo guarda con ellos. Leemos en el Apóstol: “somos cooperadores de Dios” (1 Cor 3,9). El pastor bueno, que imita al Buen Pastor, es cooperador de Dios y de Cristo; y por eso mismo es un buen pastor aquel que, unido al mejor de los pastores, apacienta el rebaño. “Dios puso en la Iglesia apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, doctores para la perfección de los santos” (1 Cor 12, 28; cf. Ef 4, 11-12)» (Homilía sobre el Evangelio de San Lucas 12,2).

–Con el Salmo 21 vamos, llenos de alegría a la Casa del Señor, a la Iglesia, a la asamblea litúrgica... «Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales, Jerusalén. Jerusalén está fundada, como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor», y todos los pueblos unen su voz en la misma plegaria por la acción del Espíritu. Dóciles a su acción, con un solo corazón y una sola alma, alabamos el nombre del Señor y celebramos la Santa Eucaristía, sacrificio y alimento que da vida y nos une con todos los hermanos y con Cristo, nuestra Cabeza.

–Lucas 13,1-9: Si no nos convertimos de todo corazón, pereceremos. Nos lo avisa Jesús en la parábola de la higuera infructuosa. Y así lo comenta San Ambrosio:

«¿Qué querrá significar el Señor al usar con tanta frecuencia en su evangelio la parábola de la higuera? En otro lugar ya has visto cómo, al mandato del Señor, se secó el verdor de este árbol (Mt 21,19). De aquí has de concluir que el Creador de todas las cosas puede mandar que las diversas especies de árboles se sequen o tomen verdor en un instante. En otro pasaje Él recuerda que la llegada del estío suele conocerse porque surgen en el árbol retoños nuevos y brotan hojas (Mt 24,32). En estos dos textos hay figurada la vanagloria que perseguía el pueblo judío y que desapareció como una flor, cuando vino el Señor, porque permanecía infructuosa en obras, y lo mismo que con la venida del estío se recolectan los frutos maduros de la tierra toda, así también, en el día del juicio, se podrá contemplar la plenitud de la Iglesia, en la que creerán los mismos judíos» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,160).