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28ª Semana

Domingo

Entrada: «Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y tú infundes respeto» (Sal 129,3-4).

Colecta (del Misal anterior y antes del Gregoriano): «Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos siempre dispuestos a obrar siempre el bien».

Ofertorio (del Misal anterior y antes del Gregoriano): «Con estas ofrendas, Señor, recibe las súplicas de tus hijos, para que esta Eucaristía, celebrada con amor, nos lleve a la gloria del cielo».

Comunión: «Los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada» (Sal 33,11) o: «Cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

Postcomunión (del Veronense y del Gelasiano): «Dios soberano, te pedimos humildemente que, así como nos alimentas con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, nos hagas participar de su naturaleza divina».



Ciclo A

El Reino de Dios es presentado como un banquete de bodas (lecturas primera y tercera). Para San Pablo, Cristo es toda su vida, Lo único que cuenta para él es Cristo, en quien lo puede todo. Hemos de meditar seriamente sobre nuestra postura personal ante el llamamiento amoroso y vinculante de Dios a cada uno de nosotros. No basta haber sido invitado, llamado a entrar en el Reino. Hemos de responder con toda fidelidad a esta llamada, hasta quedar transformados interior y externamente según el Corazón de Jesucristo, y recibir plenamente la salvación que Él nos ofrece.

–Isaías 25,6-10: El Señor preparará un festín y enjugará las lágrimas de todos los rostros. El banquete descrito por el profeta aparece como una celebración de la entronización de Yahvé. Y en el fondo de este texto está presente la idea del banquete con que se concluye el sacrificio ritual de acción de gracias. Yahvé prepara a sus convidados una alegre participación al sacrificio de acción de gracias, en señal de perfecta comunión. La abundancia y la exquisitez de los alimentos y bebidas es símbolo de la plenitud de los bienes celestes y de la alegría de la comunión divina. En general el banquete es en todas partes el signo característico de la amistad, de la protección divina y de la bienaventuranza celestial. La comunión perfecta con Dios realiza tal cambio en la presente condición humana que hace desaparecer de ella sus propias características: las tribulaciones, las pruebas y el mal. Encontramos aquí el ápice del mensaje escatológico del Antiguo Testamento. La esperanza de Israel está fundada en la fidelidad a Dios. Todo esto se realiza plenamente en el Nuevo Testamento con la Sagrada Eucaristía.

–Cantamos el Salmo 22 y con él expresamos nuestros anhelos: habitaremos en la Casa del Señor por años sin término... «Preparas una mesa ante mí, me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa». Lo principal es en esto que la bondad y la misericordia del Señor nos acompaña todos los días de nuestra vida, y luego en la gloria eterna.

–Filipenses 4,12-14.19-20: Todo lo puedo en Aquel que me conforta. El Padre nos ha dado una garantía de salvación: la gracia de Cristo, capaz de transformar nuestras vidas en el tiempo y para la eternidad. Escribe Orígenes:

«Cuando Dios permite al tentador que nos persiga, dándole poder para ello, somos perseguidos; mas cuando Dios no quiere que suframos persecución, gozamos maravillosamente de paz, aun en medio de un mundo que nos aborrece, y tenemos buen ánimo, confiados en Aquel que dijo: “tened buen ánimo; yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Y, realmente, Él venció al mundo, y por ello el mundo solo tiene fuerza en la medida que quiere su vencedor, que recibió del Padre la victoria sobre el mundo, y gracias a esa victoria nosotros tenemos buen ánimo. Mas, si Dios quiere que de nuevo luchemos y combatamos por nuestra religión, acérquense los contrarios, y les diremos: “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13)» (Contra Celso 8,70).

–Mateo 22,1-14: Convidad a todos los que encontréis. El verdadero riesgo de nuestra vida está en nuestra actitud ante la salvación que Dios nos ofrece: o aceptación fiel y agradecida o repulsa indigna del llamamiento divino. Comenta San Agustín:

«Todos los bautizados conocen cuál es la boda del Hijo del Rey y cuál el banquete. La mesa del Señor está dispuesta para todo el que quiera participar de ella. A nadie se le prohibe acercarse, pero lo importante es el modo de hacerlo. Las sagradas Escrituras nos enseñan que no son dos los banquetes del Señor; sino uno, al que vienen buenos y malos. Todos los que rechazaron la invitación fueron malos, pero no todos los que entraron fueron buenos. Me dirijo a vosotros que, siendo buenos, os sentáis en este banquete, vosotros los que prestáis atención a aquellas palabras: “quien come y bebe indignamente, come y bebe su condenación”. Me dirijo a todos los que sois así, es decir, buenos, para que no busquéis buenos fuera del banquete y toleréis a los malos dentro [los donatistas]... Poneos el vestido nupcial. Me dirijo a vosotros, los que todavía no lo tenéis [catecúmenos, penitentes]. Ya estáis dentro, ya os acercáis al banquete, pero aún no tenéis el vestido digno del esposo... Amad al Señor y en Él aprended a amaros a vosotros» (Sermón 90).

En nuestro vivir de cada día nos estamos jugando nuestra salvación eterna. Estamos llamados al banquete nupcial, llevemos el vestido de fiesta que, para San Agustín, no es otro que el de la caridad.



Ciclo B

Elegir la Sabiduría, la que ha de ser preferida a todo lo demás, es seguir a Cristo, desprendidos de todo (lecturas primera y tercera). La revelación divina nos hace posible la Sabiduría salvadora, que supera los riesgos de nuestra ignorancia y nuestras posibles cegueras materialistas ante nuestro destino eterno. Nuestra vocación de eternidad bienaventurada procede de la iniciativa divina. A nosotros nos queda siempre la responsabilidad de responder, aceptando con fidelidad y amor el camino de la salvación.

–Sabiduría 7,7-11: En comparación de la Sabiduría tuve en nada la riqueza. Habiéndosenos revelado la Sabiduría de Dios de muchas formas y maneras, últimamente se nos ha manifestado plenamente en el Hijo divino encarnado (Heb 1,2; 1 Cor 1,24).

La superioridad de la Sabiduría sobre todos los bienes del orden material es absoluta. Supera el poder, la salud, la belleza, todos los tesoros de oro y plata y piedras preciosas. Posee una luz que no conoce el ocaso. Es, por lo mismo, un don que viene del cielo que vale más que cualquier otro don, porque es conferido por el mismo Dios. Pidiendo la Sabiduría no pierde nada Salomón, porque con ella el Señor le concede también la riqueza, el poder y la gloria.

Cristo dirá más tarde: «buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo de-más se os dará por añadidura» (Mt 6,33). La sabiduría del hombre tiene una fuente divina. Dios la puede comunicar a quien quiere, porque Él mismo es el Sabio por excelencia. Roguemos a Dios que nos conceda esa Sabiduría que conduce a la vida eterna.

–Pedimos al Señor con el Salmo 89 que nos sacie de su misericordia, para que toda nuestra vida sea alegría y júbilo. Que Él nos enseñe a calcular nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato; que veamos su acción y su gloria; que baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

–Hebreos 4,12-13: La Palabra de Dios juzga los deseos y las intenciones del corazón. El Corazón de Jesucristo es la última Palabra salvadora del Padre. Dios nos ha hablado, al fin, por su Hijo (Heb 1,2; Jn 1,14). Dice San Justino:

«La palabra de su verdad es más abrasadora y más luminosa que la potencia del sol, y penetra hasta las profundidades del corazón y de la inteligencia» (Diálogo con Trifón 121,2).

Oigamos a San Agustín:

«Tienes la esperanza de las cosas futuras y el consuelo de las presentes. No te dejes, pues, seducir por quien quiere apartarte de ellas. Sea quien sea que quiera apartarte de esa esperanza, sea tu padre, tu madre, tu suegra, tu esposa o tu amigo, no te apartes de ella y te servirá de provecho como espada de dos filos. La separación que ella te ocasiona es útil, mientras que la unión que tú procuras te es dañina» (Comentario al Salmo 149, 1).

Y Teodoreto de Ciro:

«El Apóstol de Dios escribió esto no solo por sus lectores, sino también por todos nosotros. Conviene, por tanto, que consideremos aquel juicio divino y nos llenemos de temor y de temblor y guardemos los preceptos de Dios con diligencia y esperemos el descanso prometido que alcanzaremos en Cristo» (Sobre la Carta a los Hebreos 4,12-13).

–Marcos 10,17-30: Vende lo que tienes y sígueme. Cristo nos llama, pero nosotros podemos rechazar su voz, queriendo seguir nuestros planes. Somos un riesgo para nuestra salvación. Tres partes tiene esta lectura: a) encuentro del joven rico con Cristo, que se ve rechazado porque el joven está apegado a sus riquezas; b) reflexión de Cristo sobre las riquezas; c) el Maestro, partiendo de una pregunta de Pedro, promete bienes espirituales a los que renuncian a todo por seguirle.

Para Cristo la riqueza no solo puede ser un peligro, sino también un impedimento para alcanzar el Reino de Dios. Despojarse de ellas es siempre un consejo que hace más libre para poder caminar más expeditamente, siguiendo sus huellas, y llegar así a ser un verdadero discípulo suyo. En sí las riquezas no son malas, pero pueden usarse malamente. Ahí está el mal, para quien no ha sido llamado a una mayor interioridad espiritual y religiosa. En la libertad de corazón, ante el atractivo de las criaturas, está la verdadera Sabiduría, por amor a la cual se prefiere, si es preciso, perderlo todo. Teniendo a Dios, lo tenemos todo, y podemos colaborar con Él en orden a nuestra salvación y la salvación de los demás. Comenta San Agustín:

«Si amas la vida y temes la muerte, este mismo temor es un constante invierno. Y cuando más nos punza el temor de la muerte es cuando todo va bien. Por eso, creo que para aquel rico a quien causaban satisfacción sus riquezas –pues tenía muchas y muchas posesiones– el temor de la muerte era una llamada continua, y en medio de sus delicias se consumía. Pensaba en que tendría que dejar todos aquellos bienes. Los había acumulado sin saber para quién; deseaba algo eterno... Tenía su gozo en esas riquezas; por eso preguntaba al Señor qué tenía que hacer de bueno para conseguir la vida eterna; deseaba dejar unos placeres para conseguir otros, y temía abandonar aquellos en los que entonces encontraba su gozo. Por eso se alejó triste, volviendo a sus tesoros terrenos» (Sermón 38,7).

Aquel joven pudo ser un apóstol de Cristo. Pero hoy no sabemos ni siquiera su nombre.



Ciclo C

Las lecturas primera y tercera ponen de relieve la grandeza de alma de dos hombres que no pertenecen al pueblo de Dios: un sirio y un samaritano, que padecieron la lepra. Y San Pablo en la segunda lectura se presenta como testigo de Cristo resucitado, que le concede participar de su triunfo por haber compartido su pasión con el sufrimiento.

La actitud primera que hace posible en nosotros una vida de fe, esperanza y caridad, es la gratitud teológica, que es también una virtud evangélica. Somos verdaderos creyentes si respondemos a Dios con todo nuestro ser, haciendo de la vida un testimonio de fidelidad agradecida al llamamiento de Dios.

–2 Reyes 5,14-17: Volvió Naamán a Eliseo y alabó al Señor. La bondad del Señor no conoce barreras étnicas o religiosas. La gratitud del general sirio Naamán hizo de él un creyente, redimiéndolo de su condición pagana.

No podemos olvidar a muchos hermanos nuestros que padecen esta enfermedad, no obstante los progresos de la medicina, por otras circunstancias higiénicas, culturales y sociales. Existen en el mundo actual unos catorce millones de leprosos que pidan nuestra cooperación y ayuda.

La lepra ha sido siempre símbolo del pecado. Las enfermedades morales son una ruptura con nuestra conciencia y con la comunidad eclesial. El Jordán ha sido también símbolo del bautismo. Es el río de la prueba querida por Dios. San Juan Bautista bautizó en el Jordán. Cristo mismo fue allí bautizado. El bautismo es el sacramento de la purificación en la economía de la salvación.

–El Salmo 97 nos lleva a cantar al Señor que revela su justicia a las naciones, como lo hizo con Naamán: «Cantemos al Señor un cántico nuevo. Ha hecho maravillas». Las hizo a Naamán el sirio y las ha hecho a millones de hombres y mujeres y las seguirá haciendo con el bautismo. Esta es la gran victoria del Señor. «Se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de Israel y de todo el mundo. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios».

–2 Timoteo 2,8-13: Si perseveramos, reinaremos con Cristo. El continuo recuerdo agradecido del amor con que Cristo se ha inmolado por nosotros constituye la vivencia más entrañable y segura de la fe cristiana. A lo largo de la historia de la Iglesia son muchos los pastores de almas que han sufrido persecución por ser fieles a su misión, pero ellos nada temieron, como no temió San Juan Crisóstomo cuando tuvo que ir al destierro por cumplir con su deber de patriarca de Constantinopla. Así lo expuso en su Homilía de despedida de sus fieles:

«Para mí, los males de este mundo son despreciables y sus bienes son irrisorios. No temo la pobreza ni ambiciono la riqueza; no temo la muerte ni ansío vivir sino para vuestro provecho».

–Lucas 17,11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? La ingratitud y el olvido ante Jesucristo evidencian en nosotros una fe formalista, que puede llevarnos a olvidar que su Corazón es también sensible a la gratitud o a la ingratitud de los hombres. Comenta San Agustín:

«No perdáis la esperanza. Si estáis enfermos, acercaos a Él y recibid la curación... Los que estáis sanos dadle gracias y los que estáis enfermos corred a Él para que os sane... Retened esto y perseverad en ello. Que nadie cambie; que nadie sea leproso. La doctrina inconstante, que cambia de color, simboliza la lepra de la mente. También ésta la limpia Cristo. Quizá pensaste distintamente en algún punto, reflexionaste y cambiaste para mejor tu opinión, y de este modo lo que era variado, pasó a ser de un único color. No te lo atribuyas, no sea que te halles entre los nueve que no le dieron gracias. Sólo uno se mostró agradecido; los restantes eran judíos; él, extranjero, y simbolizaba a los pueblos extraños. A Él, por tanto, le debemos la existencia, la vida y la inteligencia; a Él debemos el ser hombres, el haber vivido bien y el haber entendido con rectitud» (Sermón 176,6).

La acción de gracias que realizamos en la Eucaristía debe prolongarse a toda nuestra vida. En gratitud permanente hemos de vivir la fe y transmitirla por todos los medios que esté a nuestro alcance.



Lunes

Años impares

–Romanos 1,1-7: Por Cristo recibió Pablo el don de hacer que los gentiles respondan a la fe. Los Padres insisten siempre en lo esencial de la fe cristiana. Así San Ignacio de Antioquía:

«Yo glorifico a Jesucristo, Dios, que es quien hasta tal punto os ha hecho sabios; pues muy bien me di cuenta de cuán apercibidos estáis de fe inconmovible, bien así como si estuvierais clavados en carne y espíritu sobre la cruz de Cristo, y qué afianzados en la caridad por la sangre del mismo Jesucristo. Y es que os vi llenos de certidumbre en lo tocante a nuestro Señor, el cual es, con toda verdad, “del linaje de David, según la carne” (Rom 1,2-3), Hijo de Dios según la voluntad y poder de Dios, nacido verdaderamente de una Virgen, bautizado por Juan, para que por Él fuera cumplida toda justicia (Mt 3,15)» (Carta a los fieles de Esmirna 1,1).

–El Salmo 112 es una invitación a la alabanza divina. El Señor es el Dios trascendente que sobrepasa en grandeza a todos los pueblos, y su trono se eleva sobre todo lo creado. Pero esa trascendencia divina es misericordiosa y se abaja hasta los humildes para salvarlos. Por eso lo alabamos más intensamente. Su nombre es bendecido ahora y por siempre. «De la salida del sol hasta el ocaso alabado sea el nombre del Señor, ahora y por siempre. Él se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre el cielo. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se eleva en su trono y se abaja para mirar el cielo y la tierra?» El Señor, verdaderamente, levantó del polvo al desvalido, alzó de la basura al pobre, que es toda la humanidad, con la evangelización de su Hijo, que se prolongó en los Apóstoles y en toda la Iglesia.

Años pares

–Gálatas 4,22-24.26-27.31–5,1: Somos hijos de la libre. La Iglesia de Jesucristo está simbolizada en Sara. Fuente de libertad humana es la redención realizada por Jesucristo, que nos libró del pecado, de la muerte y del Maligno. San Juan Crisóstomo comenta:

«¿Dónde está la figura de Sara? La Jerusalén de arriba es libre. Por lo tanto, los nacidos de ésta no son esclavos. Agar era la figura de la Jerusalén terrestre, lo que resulta evidente por el monte que lleva su mismo nombre [el Sinaí]. La Iglesia, en cambio, es figura de la Jerusalén celeste. El Apóstol, sin embargo, no se detiene en las prefiguraciones, sino que presenta a Isaías como prueba de sus palabras. Así, después de haber dicho que la Jerusalén de arriba es nuestra madre y tras denominar de este modo a la Iglesia, cita al profeta que emite el mismo juicio que él (Is 54,1)...

«Vuelve una y otra vez a esos argumentos deseoso de demostrar que lo sucedido no era reciente, sino que estaba dispuesto desde el principio, desde hace mucho tiempo. ¿Cómo no va a ser absurdo que personas escogidas desde hace tanto tiempo y que han obtenido la libertad, voluntariamente se sometan al yugo de la esclavitud? Apunta con estas palabras otro motivo que les persuada a permanecer en la recta doctrina» (Comentario a la Carta a los Gálatas 4,22-24. 26-27).

–El Salmo 112 es como un Magnificat. Dios descendió hasta la Virgen María. De Ella nació el Redentor, sin perder nada de sus trascendencia o de su divinidad, para hacer la obra excelentísima de elevar hasta Él a la pobre humanidad, esclava del pecado, del Maligno y de la muerte. Todo esto nos hace elevar a Dios la más excelente de las alabanzas, unidos a Cristo, el Señor, por los inmensos beneficios que nos ha otorgado.

–Lucas 11,29-32: El signo de Jonás. Los paganos se levantarán contra los contemporáneos de Jesús, que no quisieron creer en Él. Escribe San Ambrosio:

«Este es el contenido del misterio. Por lo demás, el signo de Jonás, puesto como tipo de la pasión del Señor, nos atestigua la gravedad de los pecados cometidos por los judíos. Podemos, por tanto, darnos cuenta a la vez del oráculo de la majestad y de su signo de la bondad, pues el ejemplo de los ninivitas anuncia el castigo y al mismo tiempo ofrece el remedio. Por eso, aun los judíos pueden esperar el perdón, si quieren hacer penitencia» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,97).

El verdadero creyente, sin despreciar la función que desempeñan los milagros, no se fija tanto en ellos cuanto en la misma persona de Jesucristo, en el que ve la manifiesta intervención de Dios en la historia de los hombres. Cristo muerto y resucitado. Ésa es la realidad del signo dado por Cristo en la plenitud de los tiempos.



Martes

Años impares

–Romanos 1,16-25: Conociendo a Dios, no le han dado los hombres la gloria que merecía. Por la creación se puede conocer a Dios; pero los hombres dan culto a la criatura, en vez de darlo al Creador. Comenta San Agustín:

«Los sabios gentiles, los más excelentes entre ellos, investigaron la naturaleza, y por las obras conocieron al Creador. No escucharon a los profetas, ni recibieron la ley, pero Dios les hablaba, en cierto modo sin palabras, mediante las obras del mundo hecho por Él. La belleza del mundo los invitaba a buscar al Artífice de las cosas; nunca pudieron pensar que el cielo y la tierra existieron sin haberlo hecho nadie... ¿Por qué son inexcusables? Porque “conociendo a Dios, no lo glorificaron”... Cual si fuesen grandes sabios, convirtieron en dioses propios a animales mudos e irracionales... Ve hasta dónde llegaron. Grande fue la altura adonde los condujo su búsqueda, pero idéntica fue la profundidad donde los sumergió su caída: el hundimiento es tanto más grande cuanto mayor es la altura desde que se cae» (Sermón 241,1-3).

–Escogiendo el Salmo 18 como responsorial, se nos invita a glorificar a Dios por medio de las criaturas: «El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos; el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje». Los santos descubren en la creación las huellas de Dios de una forma inefable, hasta tal punto que por ella se elevan a una contemplación mística. La creación es para ellos como un libro abierto, que proclama sin cesar la gloria de Dios.

Años pares

–Gálatas 4,31-5,6: Lo que vale es la fe activa por la caridad. Hay que guardar la libertad que nos ha ganado Cristo. Comenta San Agustín este pasaje paulino:

«Distingamos cuál es nuestra fe... ¿Qué clase de fe hemos de tener? La que obra por el amor y espera lo que Dios promete. Nada más exacto, nada más perfecto que esta definición. Hay, pues, tres cosas. Es preciso que aquel en quien existe la fe, que obra por amor, espere lo que Dios promete. Compañera de la fe es, pues, la esperanza. La esperanza es, por tanto, necesaria mientras no vemos lo que creemos, no sea que al no verlo desfallezcamos de desesperación. Nos entristece el no ver, pero nos consuela el esperar. Existe, pues la esperanza y es compañera de la fe. Y después la caridad, el amor, por el que deseamos, por el intentamos alcanzar la meta, por el que nos enardecemos y por el que sentimos hambre y sed» (Sermón 53,11).

–El Salmo 118 nos ayuda a meditar: «Señor, que me alcance tu favor, tu salvación, según tu promesa. No quites de mi boca las palabras sinceras, porque yo espero en tus mandamientos. Cumpliré sin cesar tu voluntad, por siempre jamás. Andaré por un camino ancho, buscando tus decretos. Serán mi delicia tus mandatos, que tanto amo. Levantaré mis manos hacia ti, recitando tus mandatos». Y el mayor de todos es la caridad.

–Lucas 11,37-41: Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo. No alcanzamos la santidad con solo prácticas externas, sino por una verdadera transformación interior. Comenta San Agustín:

«El Señor Jesús, hablando de los fariseos, advertía a sus discípulos que no creyesen que la justicia se hallaba en la limpieza del cuerpo. Los fariseos se lavaban todos los días antes de cualquier comida, como si el lavado diario pudiera limpiar el corazón... Este pedir una conciencia buena lo rechazaban los fariseos y por ello lavaban lo exterior, permaneciendo interiormente en la iniquidad... Se ha alabado la limosna; practicadla y experimentadla... ¿Qué significa hacer limosnas? Practicar la misericordia... Comienza por ti... Tu alma mendiga ante tus puertas; entra en tu conciencia. Si vives mal, si vives como un infiel, entra en tu conciencia y allí encontrarás a tu alma pidiendo limosna... Tu primera limosna sea para ella» (Sermón 106,4).



Miércoles

Años impares

–Romanos 2,1-11: Cada cual habrá de responder por su obras. Dios juzga a todos, tanto a los judíos como a los paganos. San Gregorio Magno dice:

«Todo pecador debe reflexionar atentamente, a fin de que, quien ha sido enviado a levantar a los caídos, no caiga él mismo con ellos en la obra perversa y le hiera esta sentencia de San Pablo que dice: “en lo que condenas a otro te condenas a ti mismo” (Rom 2,1)» (Homilía 1,9, sobre Ezequiel).

Y San Agustín:

«Dos son los peligros: uno, el que oímos de boca del profeta y otro el que avisó el Apóstol. En efecto, contra quienes perecen por desesperación, cual si fueran gladiadores destinados a morir de espada, anhelando placeres y viviendo en la maldad y despreciando sus almas como ya condenadas sin remisión, repiten lo que ellos se dicen: “nuestras maldades pesan sobre nosotros y nos consumimos en nuestros pecados. ¿Cómo podremos vivir?” (Ez 33,10). Pero otra cosa es lo que dice el Apóstol: “¿o es que despreciáis las riquezas de su bondad, misericordia y longanimidad?” (Rom 2,4)» (Sermón 339,3).

–Con el estribillo: «tú, Señor, pagas a cada uno según sus obras», cantamos el Salmo 61: «Solo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene la salvación; solo Él es mi Roca y mi salvación, mi alcázar, no vacilaré. Descansa solo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza; solo Él es mi Roca y mi salvación, mi alcázar, no vacilaré. Pueblo suyo, confiad en Él, desahogad ante Él vuestro corazón, que Dios es nuestro refugio». Magnífica revelación que, en su aparente simplicidad, sería capaz de renovar la vida del hombre y del mundo: que el Todo-poderoso es bueno, y que el Todo-bondad es poderoso. Por eso, hemos de tener confianza absoluta en Él.

Años pares

–Gálatas 5,18-25: Los que son de Cristo han crucificado las pasiones de su carne. Comenta San Agustín:

«Júzguese el hombre espontáneamente respecto a estas cosas [las que señala San Pablo en Gal 5,19-21], mientras aún le es posible, y mejore sus costumbres, no sea que cuando ya no pueda hacerlo, sea juzgado por el Señor, aunque no quiera. Y aunque él mismo profiera contra sí la sustancia de una medicina durísima, pero medicina siempre, preséntese a los obispos, a los que administran las llaves de la Iglesia. Y como quien comienza ya a ser un buen hijo, guardando el orden de los miembros maternos, recibe la medida de la satisfacción de los ministros de los sacramentos. Así, ofreciendo con devoción y súplica el sacrificio de un corazón contrito, cumple lo que solo le servirá a él personalmente para recibir la salud, y que también servirá de ejemplo para los otros» (Sermón 351, 9).

–Con el Salmo 1 decimos: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores... Será como un árbol al borde de la acequia, da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. No así los impíos, no así, serán paja que arrebata el viento, porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».

–Lucas 11,42-46: Condenaciones a los fariseos. Comenta San Ambrosio:

«Todo este pasaje resulta de una gran belleza y nos invita a buscar la sencillez, mientras condena las cosas superfluas y terrenas de los judíos, los cuales, precisamente por juzgar las cosas de la Ley según la letra, no sin razón son comparados a la copa de vidrio y del plato, modelo de fragilidad; ellos observan aquellas cosas que para nosotros no son de utilidad alguna y, sin embargo, descuidan aquellas otras en las que está puesto el fruto de nuestra esperanza; y por eso cometen un gran pecado por despreciar aquello que es más perfecto... Condena este pasaje en pocas palabras las numerosas deficiencias de aquellos que aplican todo su esmero en pagar los diezmos, aun de los frutos más insignificantes, y no tienen cuidado alguno con respecto al juicio futuro y carecen del más elemental amor a Dios» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,102).



Jueves

Años impares

–Romanos 3,21-30: Justificación por la fe. No es el cumplimiento de las obras de la ley lo que merece, tanto para los paganos cuanto para los judíos, el don gratuito de la justificación, sino la fe en Cristo. Así lo predica San Juan Crisóstomo:

«También la primera venida [de Cristo] fue por causa de la justicia. ¿Cómo? Antes de la primera venida estaba la ley natural, los profetas, la ley escrita, la doctrina, miles de promesas, signos, castigos y otras muchas cosas de las que había que pedir cuenta. Y, con todo, como era clemente, no examina, sino que manifiesta en todo su misericordia. Si hubiera examinado, todos habrían sido condenados, pues “todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (Rom 3,23)» (Homilía 28,1, sobre el Evangelio de San Juan).

–Con el Salmo 129 decimos: «Del Señor viene la salvación, la misericordia, la redención copiosa». El pecador arrepentido grita desde lo hondo al Señor y Él lo escucha, están sus oídos atentos a la voz de su súplica. Pero el pecador piensa: «si el Señor lleva cuenta de los delitos, ¿quién podrá resistir? Pero el Señor es misericordioso, de Él procede el perdón y así infunde respeto», más aún, amor intenso. Esperemos en el Señor, esperemos en su Palabra, aguardemos al Señor.

Años pares

–Efesios 1,1-10: Fuimos elegidos en la persona de Cristo antes de crear el mundo. Gratitud inmensa de San Pablo por cuanto ha obrado el Señor en favor de los cristianos: su elección, su predestinación, su redención. Dios «nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos». San Agustín exhorta al agradecimiento:

«Quien hace el bien con sus manos, alaba al Señor, y quien lo confiesa con la boca, alaba al Señor. Alábale con la boca, y alábale con las obras» (Comentario al Salmo 91,2).

Y San Juan Crisóstomo:

«Si Dios nos ha honrado con una infinidad de beneficios, es gracias a su amor y no al valor de nuestros méritos. Nuestro fervor y nuestra fuerza, nuestra fe y nuestra unidad son fruto de la benevolencia de Dios y de nuestra correspondencia a su bondad... Ved que Pablo no dice que esta gracia nos ha sido dada sin ningún fin, sino que nos ha sido dada para hacernos agradables y amables a sus ojos, una vez purificados de nuestro pecados... Desgarradas estaban todas las cosas celestiales de las terrestres, no tenían cabeza... Y puso como única Cabeza de todas las cosas, de los ángeles y de los hombres, a Cristo según la carne. Esto es, dio un solo principio a los ángeles y a los hombres...; pues se hará la unidad, la precisa y perfecta unión, cuando todas las cosas, teniendo un vínculo necesario que procede de lo alto, sean reunidas bajo una sola Cabeza» (Comentario a la Carta a los Efesios 1,1-10).

–El Salmo 97 canta al Señor porque ha hecho maravillas con nosotros. «El Señor da a conocer su victoria, su santo brazo... Se acordó de su misericordia, de su fidelidad» en favor no solo de la casa de Israel, sino de todo el mundo. «Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios». Por eso aclamamos al Señor, gritamos, vitoreamos... Suenen los instrumentos, con clarines y trompetas, aclamemos al Rey y Señor. Él nos ha elegido en la persona de Cristo antes de crear el mundo. Ha hecho maravillas. Hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Todo esto eclipsa las maravillas del Antiguo Testamento.

–Lucas 11,47-54: Jesucristo hace un gran reproche: se le pedirá cuenta a esta generación. Lo dice con ocasión de que los escribas y fariseos acrecientan su oposición. Y comenta San Ambrosio:

«En realidad este pasaje resulta una condenación perfecta de la superstición de los judíos, los cuales, construyendo los sepulcros de sus profetas, condenaban los hechos de sus padres, y atraían sobre sí mismos la sentencia de condenación. En efecto, con la edificación de los sepulcros de los profetas pregonaban el crimen de aquellos que los habían matado, e imitando sus acciones, se declaraban herederos de la iniquidad paterna» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,106).



Viernes

Años impares

–Romanos 4,1-8: La fe de Abrahán, modelo de la fe del cristiano. Abrahán fue tenido por justo en razón de su fe, don gratuito de Dios. Comenta San Agustín:

«Contra quienes dicen que Dios es bueno y misericordioso, y que no dejará que se pierda muchedumbre tan grande, salvando a unos pocos..., contra éstos dice el Apóstol: “¿ignoras que la paciencia de Dios es para llevarte a la penitencia? Tú, en cambio, de acuerdo con la dureza e impenitencia de tu corazón, te atesoras ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, que recompensará a cada uno según sus obras” (Rom 2,4-6)» (Sermón 339,3).

–El Salmo 31 nos hace ver esa justicia de Dios: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien Dios no le apunta su delito». Hemos pecado, Señor, lo reconocemos, no hemos encubierto nuestro delito. Confesamos nuestra culpa y tú nos has perdonado. Todo esto es un motivo grande para la alabanza divina, para gozar en el Señor y aclamarlo con un corazón agradecido.

Años pares

–Efesios 1,11-14: Somos marcados con el Espíritu Santo. El Apóstol contempla, como una nueva bendición divina, la realización concreta en la historia del misterio que es fruto de la Redención de Jesucristo. Enseña San Basilio:

«Por Jesucristo se nos da la recuperación del paraíso, el ascenso al reino de los cielos, la vuelta a la adopción de hijos, la confianza de llamar Padre al mismo Dios, el hacernos consortes de la gracia de Cristo, el ser llamados hijos de la Luz, el participar de la gloria del cielo; en una palabra, [por Cristo] encontramos una total plenitud de bendición tanto en este mundo como en el venidero... Si la prenda es así, ¿cómo será el estado final? Y si tan grande es el comienzo, ¿cómo será la consumación de todo?» (Sobre el Espíritu Santo 15,36).

–Con el Salmo 32 cantamos alborozados que somos el pueblo que el Señor se escogió como heredad. Todos juntos, judíos y gentiles. Dios no niega a nadie la salvación. Aclamemos al Señor con la cítara, toquemos en su honor el arpa de diez cuerdas. «La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se escogió como heredad». Dichoso, pues, el mundo, pues Dios quiere hacerse Padre de todos, y a todos vino a salvar Jesucristo, que nos ama entrañablemente.

–Lucas 12,1-7: Ni de un gorrión se olvida Dios. La Providencia divina todo lo dirige, hasta lo mínimo, con sabiduría y amor. Comenta San Ambrosio:

«El Señor inspira una disposición de simplicidad, y robustece el valor del alma, ya que la fe sola titubea. Él la fortifica con realidades humildes; porque si Dios no se olvida de las aves, ¿cómo podrá olvidarse de los hombres? Y si la majestad de Dios es tan grande y tan eterna que ni uno solo de los pájaros, ni el número de los cabellos de nuestra cabeza no existe sin conocerlo Dios, ¡qué indigno resulta creer que este Señor, que atiende con solicitud a lo más pequeño, no se acuerde de los corazones de sus fieles o los desprecie!» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,109 y 111).



Sábado

Años impares

–Romanos 4,13-16.18: Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza. La promesa hecha a Abrahán fue por su fe. Por eso llegó a convertirse en padre de muchas naciones, es decir, de todos los cristianos, tanto procedentes del judaísmo, cuanto de la gentilidad. La Ley no se dio hasta varios siglos más tarde. Dice San Juan Crisóstomo:

«Abrahán creyó y esperó contra toda esperanza; esto es, contra toda esperanza humana, puso en Dios su esperanza, y ésta todo lo puede y todo lo vence» (Libro IV sobre los que se escandalizan).

Y en otro lugar: «Si deseamos tener bien radicada la fe, es necesario que sea puro nuestro modo de vivir: éste mantiene el espíritu que da toda la fuerza a la fe. Verdaderamente, es imposible que no vaciles en la fe si tu vida es impura. No hay duda de los que hablan de la fatalidad, burlándose, y no creen a las saludables palabras acerca de la resurrección, se precipitan en este abismo de incredulidad por su mala conducta y depravadas costumbres» (Sermón 6 sobre el terremoto, 16).

–El Salmo 104 nos ayuda a decir: «Él se acuerda de su alianza eternamente. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo, hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios. Él gobierna toda la tierra... Se acuerda de la palabra dada, por mil generaciones, de la alianza sellada con Abrahán, del juramento hecho a Isaac... Porque se acordaba de la palabra sagrada dada a su siervo Abrahán, sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo». Todo esto nos atañe también a nosotros. Somos los herederos de las promesas hechas a Abrahán... somos descendientes suyos por la fe. «Si sois de Cristo, sois descendientes de Abrahán según la promesa» (Gal 3,29).

Años pares

–Efesios 1,15-23: Cristo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo místico. Seamos iluminados con la Luz de Dios para conocer lo más profundamente posible la obra que Dios ha llevado a cabo en nuestro favor. Comenta San Agustín:

«Volvamos los ojos a nosotros mismos y consideremos que nosotros somos su Cuerpo y Él es nosotros; porque si nosotros no fuéramos Él, no sería verdad lo que dijo: “lo que hicísteis a uno de estos mis pequeñuelos a Mí lo hicísteis” (Mt 25,40). Si nosotros no fuéramos Él no sería verdadero lo de “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 9,4). Luego nosotros somos Él, porque somos sus miembros, porque somos su Cuerpo, por ser Él nuestra Cabeza; por ser el Cristo total: la Cabeza y el Cuerpo (Ef 1,22)» (Sermón 133,8).

–Dios dio a Cristo el mando de todas las obras de sus manos. El hombre ha llegado a ser en Cristo el verdadero señor del universo. Todo fue creado por Él y para Él. Con el Salmo 8 cantamos al Señor, Dueño nuestro, y le decimos: «¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos; de la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza. Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos». Esto es el hombre, y más aún con la gracia de Jesucristo y en Jesucristo, que es su Cabeza y nosotros su Cuerpo.

–Lucas 12,8-12: El Espíritu Santo os enseñará lo que tenéis que decir. Hemos de proclamar con plena confianza nuestra fe ante quienes nos acusan. No tenemos por qué temer a nadie, pues el mismo Espíritu Santo nos enseñará lo que tenemos que decir. Así ha sucedido siempre en la Iglesia, como nos lo muestra la historia de las persecuciones en todos los tiempos. Él nos ilumina y no debemos eclipsar esa luz con nuestro amor propio, con la autosuficiencia, con la vanidad y el orgullo, sino que debemos, con toda humildad y sencillez, esperar el momento de la gracia de Dios en nuestras almas que, ciertamente, llegará con todo su esplendor. Oigamos a San Agustín:

«Con todo, tengo que deciros, hermanos míos, lo siguiente: quienquiera que seas, comienza a vivir cristianamente, y mira si no te lo echan en cara, precisamente aquellos cristianos que solo lo son de nombre, pero no cristianos por su vida y costumbres. Nadie se da cuenta de ello, sino quien ha tenido que experimentarlo. Así, pues, fíjate, considera lo que oyes. ¿Quieres vivir como cristiano? ¿Quieres seguir los pasos de tu Señor? Se te echa en cara eso mismo, comienzas a avergonzarte y te echas atrás. Has perdido el camino... Si quieres caminar por el camino del Señor, pon tu esperanza en Dios, incluso en presencia de los hombres, es decir, no te avergüences de tu esperanza» (Comentario al Salmo 30,11,7).