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27ª Semana

Domingo

Entrada: «En tu poder, Señor, está todo; nadie puede resistir a tu decisión. Tú creaste el cielo y la tierra y las maravillas todas que hay bajo el cielo. Tú eres dueño del universo» (Est 13,9-11).

Colecta (del Misal anterior, antes en el Gelasiano y Gregoriano): «Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir».

Ofertorio (compuesta con textos del Veronense): «Recibe, Señor, la oblación que tú has instituido, y por estos santos misterios que celebramos para darte gracias, santifica a los que tú mismo has redimido».

Comunión: «Bueno es el Señor para el que espera en Él, para el alma que le busca» (Lam 3,25) o: «El Pan es uno, y así nosotros, aunque seamos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque comemos todos del mismo Pan y bebemos del mismo Cáliz» (1 Cor 10,17).

Postcomunión (compuesta con un texto del Sermón 63 de San León Magno): «Concédenos, Señor todopoderoso, que de tal manera saciemos nuestra hambre y nuestra sed en estos sacramentos, que nos transformemos en lo que hemos recibido».



Ciclo A

La viña del Señor es aludida en las lecturas primera y tercera. San Pablo invita a los cristianos a vivir intensamente bajo la mirada de Dios y a cultivar todas las virtudes.

En esta celebración se nos invita a examinar humildemente nuestra vida cristiana y a considerar sinceramente los frutos de santidad que ha logrado en nosotros la gracia de Cristo.

–Isaías 5,1-7: La viña del Señor de los ejércitos es la Casa de Israel. El cántico de Isaías contra la viña estéril, a pesar de ser tan cuidada por el Señor, es anuncio de la reprobación del «Israel de la carne» (Rom 9,30ss), que se resiste a la voluntad de Dios. San Basilio comenta:

«Él no cesa en toda ocasión de explicar esta analogía de las almas humanas con la viña. “Mi amigo, dice, tenía una viña... Yo planté una viña”... (Is 5,1; Mt 21,33). Son evidentemente las almas de los hombres a los que llama su viña; aquellas que Él ha rodeado de una cerca, la seguridad que dan sus preceptos y la guarda de sus ángeles... Y después, como una empalizada plantada a nuestro alrededor, en primer término a los apóstoles, en segundo lugar a los profetas y luego a los doctores. Por los ejemplos de los hombres santos antiguos ha elevado nuestros pensamientos a lo alto, sin dejar que caigan por tierra ni sean pisoteados. Quiere que los abrazos de la caridad, como los sarmientos de la vid, nos unan al prójimo y nos hagan descansar en él, a fin de que nuestros continuos esfuerzos hacia el cielo, como sarmientos trepadores, se eleven hasta las cimas más elevadas. Nos manda que nos dejemos labrar. Un alma está escardada cuando echa de sí las preocupaciones mundanas, que son un peso para nuestro corazón. Consecuentemente, quien echa de sí el amor carnal, el apego a las riquezas, y tiene como odioso y despreciable el deseo apasionado de esta gloria miserable, está como labrado y respira libre del peso vano de los pensamientos terrenos»... (Homilía 5,6 sobre el Hexamerón).

–El Salmo 79 medita el mismo tema: «Sacaste, Señor, una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la transplantaste. Extendió sus sarmientos en el mar y sus brotes hasta el Gran Río. ¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?» Es necesario el arrepentimiento y la petición de perdón: «Dios de los Ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y que tú hiciste vigorosa. No nos alejaremos de ti, danos vida, para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios de los Ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

–Filipenses 4,6-9: El Dios de la paz estará con vosotros. El Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, ha de evidenciar su amorosa fidelidad a Cristo y a su Evangelio por la santidad de vida de sus miembros. San Agustín escribe:

«Pero a ciertas horas sustraemos la atención a las preocupaciones y negocios, que nos entibian en cierto modo el deseo, y nos entregamos al negocio de orar; y nos excitamos con las mismas palabras de la oración a atender mejor el bien que deseamos, no sea que lo que comenzó a entibiarse se enfríe del todo y se extinga por no renovar el fervor con frecuencia. Por lo cual dijo el mismo Apóstol: “vuestras peticiones sean patentes a Dios” (Flp 4,6). Eso no hay que entenderlo como si tales peticiones tuvieran que mostrarse a Dios, pues ya las conocía antes de que se formulasen; han de mostrarse a nosotros en presencia de Dios por la perseverancia, y no ante los hombres por la jactancia» (Carta 130, a Proba 18).

San Jerónimo comenta:

«También la paz será obra de la justicia; “aquella paz que, según el apóstol, supera todo sentido” (Flp 4,7). Y el culto de la justicia, el silencio, para que adores al Señor no con muchas palabras de los judíos, sino en la brevedad de la fe; y descansen seguros con la paz eterna y sus riquezas esté en sus tabernáculos» (Comentario sobre el profeta Isaías).

–Mateo 21,33-43: Arrendará la viña a otros labradores. La parábola de los viña-dores presuntuosos es una condenación evangélica de todo engreimiento, que siempre es estéril, rebelde y presuntuoso ante los designios divinos de salvación, realizados en el misterio de Cristo Redentor. Oigamos a San Juan Crisóstomo:

«Y justamente se les propuso una parábola, fue porque ellos mismos pronunciaran su sentencia. Lo mismo sucedió con David, cuando él mismo sentenció en la parábola del profeta Natán (2 Re 12,6). Mas considerad, os ruego, cuán justa es la sentencia aun por el solo hecho de que los mismos que han de ser castigados se condenan a sí mismos. Luego, para hacerles ver que no solo la justicia pedía su castigo, sino que de antiguo lo había predicho la gracia del Espíritu Santo, y era, por lo mismo, sentencia de Dios, el Señor les alega la profecía y vivamente los reprende diciendo: ‘‘¿Nunca habéis leído que la piedra que los constructores rechazaron?’’... Modos todos de manifestarles que ellos, por su incredulidad, habían de ser rechazados e introducidas en su lugar las naciones» (Homilía 68,2 sobre San Mateo).


Ciclo B

El autor de la Carta a los Hebreos nos muestra a Cristo como el Redentor que vino a salvar a los hombres y a unirlos en una sola raza, para conducirlos a Dios. Y las lecturas primera y tercera tratan del tema del matrimonio cristiano. Nos manifiestan la original decisión divina de diferenciar al ser humano en hombre y en mujer, para asociarlos así, de modo connatural y maravilloso, a la obra creadora en la propagación de la vida humana en el tiempo y para la eternidad.

–Génesis 2,18-24: Serán los dos una sola carne. Hombre y mujer tienen, según el designio divino, la misma dignidad de hijos de Dios. La Sagrada Escritura re-vela a todos un conjunto de profundas verdades que no fueron descubiertas ni por la especulación filosófica, antigua o moderna, ni por las religiosidades paganas. El autor sagrado enseña en el nombre de Dios la perfecta igualdad del hombre y de la mujer, la superioridad de los mismos al mundo animal, y su unión íntima en el matrimonio, en el que las más profundas exigencias naturales se purifican y perfeccionan en un amor que vincula para siempre.

–El Salmo 127 es un canto a la felicidad doméstica de quien teme al Señor: «Dichoso el que teme al Señor y sigue su camino. Comerás del fruto de tu trabajo... Tu mujer como parra fecunda... Tus hijos como renuevos de olivo... Que te bendiga el Señor desde Sión, que veas a los hijos de tus hijos. Paz a Israel».

–Hebreos 2,9-11: El Santificador y los santificados proceden todos del mismo. Cristo Jesús, Hijo de Dios, hecho hombre, es quien ha llevado a su auténtica dignidad al ser humano: destinándolo a la eternidad y regenerándolo con su sangre redentora. El autor de la Carta quiere demostrar que la altísima dignidad de los cristianos, pues su Cabeza, Cristo Jesús, ha recibido una doble gloria: fue anunciado por los profetas y ha renovado en el hombre su dignidad perdida, según el Salmo 8, elevándolo a una excelsa condición divina. Por tanto, todos los hombres, pasados, presentes y futuros tienen relación con Él. Y por eso mismo, entre Jesús y nosotros hay un común destino, que solo con Él y por Él podemos alcanzar.

–Marcos 10,2-6: Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. La obra redentora de Cristo Jesús tuvo que rescatar también la institución matrimonial de la profunda degradación a que había sido llevada por el pecado de los hombres. La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio para toda la vida, ordenado por la misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de los hijos, fue elevada por Cristo en los bautizados a la dignidad de sacramento. Y así escribe Tertuliano:

«No hay palabras para expresar la felicidad de un matrimonio que la Iglesia une, la oblación divina confirma, la bendición consagra, los ángeles lo registran y el Padre lo ratifica. En la tierra no debe los hijos casarse sin el consentimiento de sus padres. ¡Qué dulce es el yugo que une a dos fieles en una misma esperanza, en una misma ley, en un mismo servicio! Los dos son hermanos, los dos sirven al mismo Señor, no hay entre ellos desavenencia alguna, ni de carne ni de espíritu.

«Son verdaderamente dos en una misma carne; y donde la carne es una y el espíritu es uno. Rezan juntos, adoran juntos, ayunan juntos, se enseñan el uno al otro, se soportan mutuamente. Son iguales en la iglesia, en el banquete de Dios. Comparten por igual las penas, las persecuciones, las consolaciones. No tienen secretos el uno para el otro; nunca rehuyen la compañía mutua; jamás son causa de tristeza el uno para el otro... Cantan juntos los salmos e himnos. En lo único que rivalizan entre sí es ver quién de los dos cantará mejor. Cristo se regocija viendo a una familia así, y les envía su paz. Donde están ellos, allí está también Él presente, y donde está Él el Maligno no puede entrar» (A su esposa 2,8).



Ciclo C

Las lecturas primera y tercera nos hablan del valor de la fe. San Pablo nos exhorta a ser valientes para testimoniar a Cristo. Vivir de la fe es más que haber aceptado un mensaje doctrinal o que profesar una ideología religiosa, acatando unos principios doctrinales, éticos o morales. La fe cristiana es ante todo una entrega personal a Dios, en respuesta a la persona y a la palabra viva de Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que se hace hombre para hacer a los hombres hijos de Dios. La vida para los creyentes, como para San Pablo, no tiene sentido si no está centrada realmente en Cristo y marcada siempre por su evangelio.

–Habacuc 1,2-3;2,24: El justo vivirá de la fe. Al final de la vida, el hombre será juzgado por el Señor. Y mientras el incrédulo se hace cada vez más digno de reprobación por su fatuidad interior, el justo se santifica cada día más por su vida de fe y su fidelidad al Espíritu Santo. Comenta San Agustín:

«Si dijéramos que carecemos en absoluto de justicia, negaríamos los dones de Dios. Si carecemos en absoluto de justicia, carecemos también de la fe, y si no tenemos fe, ni siquiera somos cristianos. Si tenemos fe, algo de justicia poseemos. ¿Quieres conocer la medida de ese algo? “El justo vive por la fe” (Hab 2,3). El justo, digo, vive por la fe, puesto que cree lo que no ve» (Sermón 158,4).

La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para llegar a la fe y permanecer en ella es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del alma y concede a todos facilidad para aceptar y creer la verdad.

–Escuchad la voz del Señor, exhorta el Salmo 94: «No endurezcáis el corazón, como en Meribá, como el día de Masá en el desierto». Dios es el Señor, y nosotros somos su pueblo. Él habla a nuestro corazón.

–2 Timoteo 1,6-8.13-14: No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor. La fortaleza se ve muchas veces puesta a prueba, y la caridad y la prudencia son los signos del verdadero creyente en Cristo. La fe no ha de reducirse a una forma de conocimiento abstracto, sino que es esencialmente una actitud de vida, que incluye el testimonio de Cristo a través del ejemplo y de la práctica. Así San Pablo, San Timoteo y tantos otros cristianos, auxiliados por la gracia divina, guardaron intacto el depósito de la fe, y confesaron a Cristo entre los hombres y entre los creyentes por la palabra y la obra. Solo así la verdad evangélica es proclamada eficazmente y penetra en el corazón de los hombres para convencerlos, transformarlos y vivificarlos. La fe actúa de este modo en toda su plenitud, guardando su luminosa simplicidad. Enseña San Hilario:

«La fe tiene por objeto verdades simples y puras, y Dios no nos llama a la vida bienaventurada con cuestiones difíciles, ni se sirve de artificios de elocuencia para atraernos, sino que ha reducido el camino de la eternidad a unos conocimientos breves, claros y fáciles de concebir» (Sobre los Salmos lib.10,5).

Y San Ambrosio:

«Creyó Abrahán a Dios, y esto se le contó por justicia, porque no buscó la razón, sino que creyó con la fe más obediente: lo que importa es que la fe preceda a la razón, no parezca que para creer a Dios le pedimos la razón como si fuera un hombre; porque sería indignidad dar fe al testimonio de un hombre en lo que nos dice de otro, y no creer a los oráculos de un Dios, cuando habla de Sí mismo» (Sobre Abrahán 15,7).

–Lucas 17,5-10: Si tuvierais fe. La fe genuina lleva al cristiano a una actitud permanente de responsabilidad amorosa y de servicio caritativo, avalada por la confianza humilde y filial ante el Padre. El don fundamental de la salvación es la fe, pero entendida rectamente a la luz de la Palabra de Dios, es decir, como una fuerza interior que proviene de lo alto y que lo transforma todo, con tal que el hombre sepa acogerla con humilde disponibilidad. Escribe San Ambrosio:

«En este pasaje se nos exhorta a la fe, queriéndonos enseñar que hasta las cosas más sólidas pueden ser vencidas por la fe. Porque de la fe surge la caridad, la esperanza y de nuevo, haciendo una especie de círculo cerrado, unas son causas y fundamentos de las otras» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VIII, 30).



Lunes

Años impares

–Jonás 1,1-2, 21-11: Se levantó Jonás para huir lejos del Señor. Las misiones del Señor se han de secundar inmediatamente, pues de lo contrario nos exponemos a nuestra perdición, a no ser que volvamos a Él por el arrepentimiento. La predicación misionera ha de ir acompañada de muchas virtudes y de una gran coherencia con la propia vida, identificando ante todo nuestra voluntad con la voluntad divina. No podemos ocultar la verdad, ni refugiarnos en falsos irenismos, sino que, al estilo de los Apóstoles, hemos de afirmarla en las palabras y en los hechos en su significado pascual. Y lo pascual siempre supone un paso de la muerte a la vida. El fruto primero de toda acción misionera es siempre la metanoia, el arrepentimiento, la conversión, como en el primer Pentecostés de la historia cristiana: «¿Qué tenemos que hacer?... Convertíos y bautizaos» (Hch 2,37-38). San Gregorio Magno dice:

«La palabra divina, así como es digna de la atención de los prudentes, por los misterios que encierra, así también es el consuelo de las almas sencillas. Con lo exterior alimenta a los pequeñuelos; con lo más secreto admira y eleva los entendimientos sublimes. Es como un río que en unas partes va somero y en otras muy profundo, en el que pasa el cordero y nada el elefante» (Morales sobre Job 4,1).

–Del mismo Jonás 2 se toma el Salmo responsorial: «Sacaste mi vida de la fosa, Señor. En mi aflicción clamé al Señor y me atendió, desde el vientre del infierno pedí auxilio, y escuchó mi clamor. Me arrojaste a lo profundo en alta mar, me rodeaban las olas, tus corrientes y tu oleaje pasaban sobre mí. Yo dije: “me has arrojado de tu presencia, quién pudiera ver de nuevo tu santo templo”. Cuando se me acababan las fuerzas me acordé del Señor; llegó hasta ti mi oración, hasta tu santo templo». El Señor escucha la oración de los humildes. En todo momento hay que orar al Señor con entera confianza.

Años pares

–Gálatas 1,6-1: Vocación peculiar de Pablo para la predicación del Evangelio. El mismo Señor lo instruyó, y conformó su doctrina con la de los apóstoles y jerarcas de la Iglesia. El Evangelio de Jesucristo no puede, no debe, ser falsificado. San Juan Crisóstomo comenta:

«Observa con cuánta firmeza sostiene [San Pablo] que es discípulo de Cristo, sin mediación humana, sino porque Él mismo lo ha considerado merecedor de revelarle todo conocimiento. ¿Y cómo probarás a los incrédulos que Dios te ha revelado por Sí mismo y sin mediar nadie aquellos inefables misterios? Con la vida pasada, contesta. Si Dios no fuera el autor de la revelación, no habría tenido una conversión tan repentina. Los instruidos por hombres, cuando sostienen tenaz y radicalmente opiniones contrarias, precisan de tiempo y mucho ingenio para ser persuadidos. En cambio, es evidente que el que cambia así de repente y permanece verdaderamente sobrio en la cumbre misma de la locura, en tanto que ha alcanzado la visión y la enseñanza divina, ha vuelto repentinamente a un estado de salud perfecta» (Comentario a la Carta a los Gálatas 1,8).

–Con el Salmo 110 damos gracias al Señor por todas las maravillas que ha hecho en la historia de la salvación, sobre todo por Cristo y por su prolongación en la Iglesia. Todos, congregados en la asamblea litúrgica, alabamos al Señor, porque son grandes todas sus obras y dignas de estudio para los que la aman. Justicia y Verdad son las obras del Señor, todos sus preceptos merecen ser escuchados y observados, pues son estables para siempre jamás y se han de cumplir con verdad y rectitud. Él nos redimió, y ratificó para siempre su alianza. Su nombre es santo y sagrado. Por eso merece una alabanza continua y llena de fervor.

–Lucas 10,25-37: ¿Quién es mi prójimo? Según Orígenes, desde las primeras generaciones cristianas se ha identificado el Buen Samaritano con el propio Jesucristo que

«una vez llegado junto al hombre medio muerto y habiéndole visto bañado en sangre, tuvo piedad de él y se abajó hasta hacerse su prójimo» (Comentario a San Lucas 3,5)

Así comenta San Ambrosio:

«Puesto que nadie es tan verdaderamente nuestro prójimo como el que ha curado nuestras heridas, amémosle, viendo en Él a nuestro Señor, y querámosle como a nuestro prójimo; pues nada hay tan próximo a los miembros como la Cabeza. Y amemos también al que es imitador de Cristo y a todo aquel que se asocia al sufrimiento de su Cuerpo» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,84).



Martes

Años impares

–Jonás 3,1-10: Conversión de los ninivitas y compasión del Señor que les otorgó el perdón. Comenta San Agustín:

«Desde la profundidad gritaron los ninivitas y encontraron el perdón. Y la amenaza del profeta quedó anulada con más facilidad por la humillación de la penitencia. Aquí dirás: ‘‘yo estoy ya bautizado en Cristo, momento en que se perdonaron todos mis pecados, y que después a los ojos de Dios me he hecho cual perro horrible, que vuelve a su vómito. ¿Adónde huiré de su espíritu? ¿Adónde huiré de su presencia?’’ ¿Adónde, hermano, sino mediante el arrepentimiento, irás a la misericordia de Aquél, cuyo poder habías despreciado al pasar? Nadie puede huir efectivamente de Él a no ser huyendo hacia Él, huyendo de su severidad a su bondad?» (Sermón 351,12).

–Con razón se ha traído aquí el Salmo 129, aludido por San Agustín en el comentario anterior. «Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz, esté tus oídos atentos a la voz de mi súplica... De ti viene el perdón y tú infundes respeto. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Él redimió a Israel de todos sus delitos». Y nos redimió también a todos nosotros con su muerte en la Cruz. Esa redención se nos aplica siempre que, arrepentidos, nos llegamos al sacramento de la penitencia y a la Sagrada Eucaristía.

Años pares

–Gálatas 1,13-24: Recuerda San Pablo los comienzos de su vocación. Dios lo llamó para que se convirtiera en miembro y apóstol de la Iglesia, cuando perseguía a ésta encarnizadamente. San Juan Crisóstomo, gran admirador del Apóstol, comenta:

«¿Existe un alma más humilde que ésta? Si se refería a lo que le acusaba, a su persecución y devastación de la Iglesia, hablaba de ello con una crítica rotunda de su vida pasada; en cambio, no se detiene en detalles de lo que ahora manifiesta su gloria. Si hubiera querido, habría podido relatar con amplitud todas sus acciones, sin embargo, no dice nada de éstas, antes al contrario, atraviesa un mar infinito con una sola palabra y dice: “vine a las regiones de Siria y Cilicia... Y alababan a Dios por causa mía». Observa también en este punto ese afán de ser humilde y con qué cuidado lo observa. No dijo: “me admiraban, me alababan, estaban asombrados”... sino que subraya que todo era producto de la gracia. Dice, en efecto: “glorificaban a Dios por mí”» (Comentario a la Carta a los Gálatas 1,11).

–Con el Salmo 138 proclamamos: «Guíame, Señor, por el camino eterno». El Señor sondeó a Pablo y lo conoció, lo conoció en su persecución a la Iglesia, seguía sus pasos, desde lejos penetraba sus pensamientos, distinguía su camino y su descanso, todas sus sendas le eran familiares. Él lo formó, formó su corazón, conocía hasta el fondo de su alma... Por eso Pablo pudo dar gracias al Señor porque lo escogió portentosamente, porque sus obras son admirables. También nosotros podemos decir lo mismo. El Señor nos guía, nos llena de sus dones. Sigámosle, pues, y démosle gracias.

–Lucas 10,38-42: Marta lo recibió en su casa. María escogió la mejor parte. Comenta San Agustín:

«Marta, entregada al servicio, se ocupaba de los quehaceres de la casa; en efecto, dio hospitalidad al Señor y a sus discípulos. Se esmeraba con preocupación, sin duda piadosa, para que los santos no experimentasen en su casa molestia alguna. Mientras ella estaba ocupada en este servicio, su hermana María, sentada a los pies del Señor, escuchaba sus palabras. Marta interpeló al Señor... Y el Señor respondió: “una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte que no le será quitada”. Buena es la tuya, pero mejor la de ella. Buena es la tuya, pues bueno es desvelarse en beneficio de los santos, pero la suya es aún mejor... En definitiva lo que tú elegiste pasa... María eligió la contemplación, escogió vivir de la Palabra... La misma Palabra es la vida. Es esa la única cosa: contemplar las delicias del Señor, cosa imposible en la noche de este siglo» (Sermón 169,17).

Es bien claro el pensamiento de San Agustín. La contemplación absoluta no es de este siglo; mientras estamos en él hemos de alternar la acción y la contemplación, el ora et labora benedictino. Los activos necesitan de la contemplación y los contemplativos de la acción pro modulo nostro.



Miércoles

Años impares

–Jonás 4,1-11: El Señor es siempre compasivo y misericordioso, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Y eso ha de ser gran aliciente para nuestra vida espiritual. No hemos de encerrarnos en los estrechos límites de nuestro pueblo, ciudad u orden religiosa, sino que hemos de estar abiertos al mundo entero, como lo está la redención de Jesucristo. Muchas veces los pueblos cristianos recientes dan ejemplo a las cristiandades de abolengo, de mucho siglos de vida evangélica, como los ninivitas dieron ejemplo a los judíos de su época. Jonás constituye el libro de la Buena Nueva para las naciones, y les anuncia el amor de Dios. El verdadero universalismo mira al mismo tiempo al centro y a los extremos.

–Con el Salmo 85 decimos: «Tú, Señor, eres lento a la cólera y rico en piedad. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti. El Señor es bueno y clemente, rico en misericordia con los que le invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica. Todos los pueblos vendrá a postrarse en tu presencia, Señor, bendecirán tu nombre; grande eres tú, y haces maravillas, tú eres el único Dios».

Es éste un programa perfecto de vida religiosa. Siempre hemos de tener sentimientos de humildad, de gran devoción y de entrega a Dios. Él es el único Señor; en Él hemos de poner nuestra confianza, esperando siempre en su infinita misericordia para con nosotros y para con todos los hombres.

Años pares

–Gálatas 2,1-2.7-14: Reconocieron el don que Pablo había recibido. Pablo es un modelo para todos. No obstante sus altísimos carismas, fue a encontrarse con los principales de la Iglesia: Pedro, Santiago y Juan, que aprobaron su modo de actuar. El incidente de Antioquía nos muestra por un lado la santa libertad de expresión para anunciar el Evangelio, según la doctrina de Cristo, y la humildad del jerarca de la Iglesia para recibir la corrección. Comenta San Juan Crisóstomo:

«Pablo hace el reproche y Pedro lo acepta, para que, viendo los discípulos que el maestro es acusado y calla, rectifiquen ellos cuando sea preciso con más facilidad. Si no hubiera sucedido así, y Pablo hubiera exhortado a abandonar la ley, no habría conseguido nada. Ahora bien, con un violento reproche, infunde un temor mayor a los discípulos de Pedro. Y si Pedro, después de escucharle, le hubiese replicado, con razón se le podría haber reprendido, ya que habría echado a perder este plan. Pero no, mientras el uno hace reproches y el otro permanece en silencio, un gran temor se apodera de los fieles de procedencia judaica, ya que Pablo trata con mucha dureza a Pedro» (Comentario a la Carta a los Gálatas 2,11-12).

–Con el Salmo 116 decimos: «Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre». Éste es el sentido de universalidad de la Iglesia, como lo quiso Cristo: «id al mundo entero y proclamad el Evangelio».

–Lucas 11,1-4: Señor, enséñanos a orar. El lugar de la oración en la vida de la Iglesia es de máxima importancia. San Agustín comenta:

«Hemos hallado un Padre en el cielo, veamos cómo hemos de vivir en la tierra. Quien ha hallado tal Padre debe vivir de manera tal que sea digno de llegar a su herencia. Todos juntos decimos: “¡Padre nuestro!” ¡Cuánta bondad! Así lo dice el emperador, lo dice el mendigo, lo dice tanto el siervo como su señor. Unos y otros dicen: “Padre nuestro, que estás en los cielos”. Reconozcan, pues, que son hermanos, cuando tienen un mismo Padre. No considere el señor indigno de su persona el tener como hermano a su siervo, a quien quiso tener como hermanos Cristo Jesús» (Sermón 58).

San Efrén dice:

«Jamás ceséis de orar: arrodillaos, cuando podáis, y cuando no, invocad a Dios de corazón, por la noche, por la mañana y al mediodía. Si tenéis cuidado de orar antes de poneros al trabajo, y si al levantaros empezáis por ofrecer a Dios vuestra oración, como las primicias de vuestras acciones, estad persuadidos de que el pecado no hallará entrada en vuestra alma» (Sobre la Oración 5).

Y San Basilio:

«Orarás sin intermisión si tu oración no se reduce a solas palabras, sino que todo el método de tu vida es conforme a la divina voluntad, de tal modo, que puede y merezca tu vida llamarse una continua oración» (Homilía sobre el martirio 5).



Jueves

Años impares

–Malaquías 3,13-4,2: Mirad que llega el día, ardiente como un horno. El profeta censura los abusos de su época, en especial todos los referentes al culto. Si los impíos parece que triunfan al presente, el día del Señor pondrá de manifiesto la separación de los malos y los buenos. Para éstos brillará el Sol de justicia. El fuego del juicio viene a ser un castigo sin remedio, verdadero fuego de ira, cuando cae sobre el pecador endurecido. La revelación expresa lo que puede ser la existencia de una criatura que se niega a dejarse purificar por el fuego divino, pero queda abrasada por él. Jesucristo adoptó el lenguaje clásico del Antiguo Testamento y así aparece también en todo el Nuevo Testamento. Es de fe que existe el infierno, que es eterno y que descienden inmediatamente a él las almas de los que mueren en pecado mortal. Al menos quince veces se enseña esto en los Evangelios. San Agustín dice:

«Se hizo digno de pena eterna el hombre que aniquiló en sí el bien que pudo ser eterno... Y no se extinguirá la muerte, sino que será muerte sempiterna, y el alma no podrá vivir sin Dios, ni librarse de los dolores muriendo» (La ciudad de Dios 11,21,3).

Y en el Martirio de San Policarpo (10) se dice:

«A los mártires les parecía frío el fuego de los verdugos, porque tenían ante los ojos el fuego aquel que es eterno y nunca se extinguirá... Me amenazas con un fuego que solo abrasa una hora y se extingue pronto; porque tú no conoces el fuego del juicio futuro y el eterno castigo que espera a los ateos».

–Esa misma suerte del impío y del justo es contemplada en el Salmo 1: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la Ley del Señor. Será como un árbol plantado al borde de la acequia; da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento, porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».

Años pares

–Gálatas 3,1-5: Dios da el Espíritu a los que creen. En la fe tuvieron lugar las manifestaciones del Espíritu Santo, y no en la Ley. Es bien explícito San Pablo: los fieles recibieron el Espíritu, no por la Ley, sino porque creyeron en el Evangelio que él, como Apóstol de Jesucristo, les anunció. Así pasaron de ser carnales a ser espirituales. Pero no siempre los cristianos vivimos la vida grandiosa de la fe. Comenta sobre esto San Juan Crisóstomo:

«Con el paso del tiempo, es necesario que progreséis, mas no solo no habéis avanzado, sino que habéis retrocedido. Los que comienzan con lo que tiene poca relevancia, avanzan y llegan a algo más importante; vosotros, en cambio, que habéis comenzado por lo sublime, habéis llegado a su contrario. Si hubierais empezado por lo carnal, forzoso habría sido que avanzárais hacia lo espiritual; ahora bien, después de haber comenzado por lo espiritual, habéis acabado en lo carnal... Tuvisteis en vuestras manos la verdad y, sin embargo, caísteis en la apariencia de la verdad; mirasteis el sol y, no obstante, buscáis la luz; tras el alimento sólido, tomáis la leche... Es el mismo caso que si uno de los más valerosos estrategas, después de obtener innumerables trofeos y victorias, se expusiera al desprecio reservado a los desertores y entregara su cuerpo a los que desearan imprimir en él la marca del deshonor» (Comentario a la Carta a los Gálatas 3,2).

–Los versos del Benedictus (Lc, 69-70.71-72.73-75) sirven hoy de Salmo responsorial: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo. Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza, y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días».

–Lucas 11,5-13: Parábola del amigo importuno. Partiendo de ella, San Ambrosio encarece la vocación de todos los cristianos a la oración continua:

«Este es el pasaje del que se desprende el precepto de que hemos de “orar en cada momento”, no solo de día, sino también de noche; en efecto, ves que éste que a media noche va a pedir tres panes a su amigo y persevera en esa demanda instantemente, no es defraudado en lo que pide... Haciendo caso, pues, de la Escritura, pidamos el perdón de nuestros pecados con continuas oraciones, día y noche; pues si hombre tan santo y que estaba tan ocupado en el gobierno del reino alababa al Señor “siete veces al día” (Sal 118,164), pronto siempre a ofrecer sacrificios matutinos y vespertinos, ¿qué hemos de hacer nosotros que debemos rezar más que él, puesto que, por la fragilidad de nuestra carne y espíritu, pecamos con más frecuencia, para que no falte a nuestro ser, para su alimento, “el pan que robustece el corazón del hombre” (Sal 103,15), a nosotros que estamos cansados ya del camino, muy fatigados del transcurrir de este mundo y hastiados de las cosas de la vida?» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, lib. VII, 87).



Viernes

Años impares

–Joel 1,13-15-2,1-2: Está cerca el día del Señor. Somos invitados a la penitencia para aplacar al Señor. El día del Señor será terrible, como no lo hubo jamás. Para el creyente no es la historia un comienzo perpetuo. La historia conoce un progreso marcado por las visitas de Dios a sus tiempos, en días, horas, momentos privilegiados. El Señor vino, viene sin cesar, vendrá, vendrá para juzgar al mundo y salvar a los creyentes. Los profetas nos hablan del día terrible, el fin del mundo, como también es anunciado en el Nuevo Testamento. Es también el día que marcará el triunfo definitivo de Dios por su Hijo Jesucristo. El tiempo que aún queda hasta el día del Señor debe emplearse en hacer fructificar los «talentos», en socorrer a los demás, en hacer el bien a todos. Por eso dice San Pablo: «mientras tenemos tiempo, practiquemos el bien» (Gal 6,10; cf. Col 4,5; Ef 5,16).

–El Salmo 9 nos ayuda a meditar la lectura anterior: «El Señor juzgará el orbe con justicia... Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío y borraste para siempre su apellido. Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron; su pie quedó prendido en la red que escondieron. Dios está sentado por siempre en el trono que ha colocado para juzgar. Él juzgará el orbe con justicia y regirá las naciones con rectitud». Tenemos confianza en la misericordia del Señor, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. Por eso damos gracias al Señor, de todo corazón, proclamando todas sus maravillas, nos alegramos y exultamos con el Señor y tocamos en honor del nombre del Altísimo.

Años pares

–Gálatas 3,7-14: Los que tienen fe reciben la bendición del Señor. La justificación de Dios se recibe por obra de la fe. San Pablo recurre siempre al hecho fundamental de la redención humana: el misterio pascual del Señor. De la Cruz a la Luz. Considera San Juan Crisóstomo:

«Pretende [el Apóstol] señalar que la ley no reclama solo fe, sino también obras, en tanto que la gracia salva y justifica por la fe. ¿Ves cómo demostró que los que confiaron en la ley, por la imposibilidad de cumplirla, estuvieron sujetos a la maldición y cómo la fe tiene el poder de justificar? Lo había afirmado y demostrado anteriormente con mucha fuerza. La ley no pudo conducir al hombre a la justificación, por lo que la fe aportó un remedio no pequeño, es decir, gracias a ella fue posible lo que no lo era por la ley. “El justo vivirá gracias a la fe”, desconfiando de que la salvación venga a través de la ley, y puesto que Abrahán fue justificado por la fe, es evidente que la fuerza de la fe es grande» (Comentario a la Carta a los Gálatas 3,7-14).

–Con el Salmo 110 damos gracias al Señor de todo corazón, en la asamblea litúrgica con todos los hermanos en la fe, pues son grandes las obras del Señor y dignas de alabanza por todos los que hemos sido librados del pecado y de la muerte. Si en el Antiguo Testamento se admiraba el esplendor y la belleza de las obras de Dios y su generosidad, mucho más hemos de admirarnos nosotros, pues las maravillas de su piedad para con nosotros son aún mayores. Él alimentó a los israelitas con el maná en el desierto, pero a nosotros con el Cuerpo y Sangre de Jesús en la eucaristía, donde muestra mucho más su fuerza y su amor. Ella es verdadera bendición y preciosa herencia.

–Lucas 11,15-20: Jesús expulsó a los demonios. Esto es signo de la venida del Reino de Dios. Cristo rebate con gran fuerza a sus opositores. Y San Ambrosio comenta:

«Aquellos que no ponen su esperanza en Cristo, sino que creen que los demonios son arrojados en nombre del príncipe de los demonios, niegan ser súbditos de un reino eterno. Lo cual se aplica al pueblo judío, que en esta clase de males piden la ayuda de un demonio para echar a otro. Pero ¿cómo puede permanecer en pie un reino dividido, cuando se ha perdido la fe?... Resulta una gran insensatez, unida a un furor sacrílego, el hecho de que, habiéndose encarnado el Hijo de Dios para desterrar a los espíritus inmundos y habiendo dado también a los hombres el poder de destruir esos malos espíritus, despojándoles de su botín, que es la señal ordinaria de los vencedores, algunos invoquen en su favor la ayuda y la defensa del poder diabólico, cuando precisamente los demonios son arrojados por el dedo de Dios o, como dice Mateo, con el Espíritu de Dios (12,28)» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,91-92).



Sábado

Años impares

–Joel 3, 12-21: Mano a la hoz. Madura está la mies. Esta descripción poética del juicio final y del Día del Señor, muestra como precedente el tiempo jubiloso de la restauración de Israel, «cuando el Señor habitará en Sión». Cada día de Yahvé va precedido de las profecías de una destrucción o de una catástrofe cósmica. El Dios que viene irradia una santidad tal que todo lo que es impuro, idolátrico, será necesariamente aniquilado. El día de Yahvé supone que el creyente espera que Dios intervenga en la vida de los hombres en momentos privilegiados, a lo largo de una historia de salvación, y de modo especial al fin de los tiempos. Esto es para nosotros una gran revelación. No sabemos ni el día ni la hora. Por eso mismo, siempre hemos de estar dispuestos y vigilantes para recibir al Señor con toda pureza del corazón, destruyendo todo lo que en nuestra vida es impuro, idolátrico, opuesto a la santidad de Dios.

–El Salmo 96 nos asegura: el Señor está rodeado de tiniebla y de nube, «justicia y derecho sostienen su trono, los montes se derriten como cera, ante el dueño de toda la tierra. Los cielos pregonan su justicia y todos los pueblo proclaman su gloria. El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Amanece la luz para el justo y la alegría para los rectos del corazón. Alegraos justos con el Señor, celebrad su santo nombre». Así hemos de esperar el «día del Señor», en cualquier momento. Así ha de ser nuestra vida.

Años pares

–Gálatas 3,22-29: Todos somos hijos de Dios por la fe. La ley estaba destinada a preparar a los hombres para la venida de Cristo. Una vez llegado Éste, tiene que desaparecer. Dice San Juan Crisóstomo:

«¡Qué grande es la fuerza de la fe y cómo la manifiesta [el Apóstol] a lo largo de su discurso! Demostró en primer lugar que la fe los convertía en hijos del patriarca: entended que los nacidos de la fe son hijos de Abrahán. Y señala ahora que también los hace hijos de Dios: “todos sois hijos de Dios por la fe en Jesucristo”. Por la fe, no por la ley. Se refiere a una realidad sublime y maravillosa, por lo que habla también de la circunstancia de esa adopción como hijos. “Cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis revestido de Cristo”. ¿Por qué no dijo: cuantos habéis sido bautizados en Cristo, habéis nacido de Dios? –pues ésta era, sin duda, la consecuencia lógica de ser hijos de Dios–. Porque recalca la misma idea de una forma más efectiva. Si Cristo es Hijo de Dios y tú te has revestido de Él, teniendo al Hijo en ti mismo y haciéndote semejante a Él, alcanzaste una total conexión y ser uno con Él» (Comentario a la Carta a los Gálatas 3,22-29.

–Con el Salmo 104 decimos: «El Señor se acuerda de su alianza eternamente. Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas; gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro. Recordad las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su boca. ¡Estirpe de Abrahán su siervo, hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios, Él gobierna toda la tierra».

–Lucas 11,21-28: Dichosa la Virgen María, que fue la Madre del Señor, escuchó su palabra y la cumplió perfectamente en su vida. Ella fue la elegida por Dios para darnos al Autor de la Vida. Ella fue fidedigna en el cumplimiento de la Palabra de Dios: «hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). Ella estuvo, como ningún otro ser humano, unida indisoluble-mente a la persona y a la obra de Cristo. Para esto Dios la colmó de sus gracias y dones, y Ella correspondió con toda su generosidad a esa prerrogativa especialísima de Dios. Es nuestra Madre en la vida de la gracia. Aclamémosla, pues, invoquémosla, imitémosla. Predica San Agustín en un sermón:

«¿Acaso no hacía la voluntad del Padre la Virgen María, que en la fe creyó, en la fe concibió, elegida para que de ella nos naciera la salvación entre los hombres, creada por Cristo antes de que Cristo fuese en ella creado? Hizo sin duda Santa María la voluntad del Padre; por eso es más para María ser discípula de Cristo que ser Madre de Cristo. Más dicha le aporta el haber sido discípula de Cristo que el haber sido su Madre. Por eso era María bienaventurada, pues antes de dar a luz llevó en su seno al Maestro... Por eso era bienaventurada María, porque oyó la Palabra de Dios y la guardó; guardó la verdad en su mente mejor que la carne en su seno» (Sermón 72,A,7).