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23ª Semana

Domingo

Entrada: «Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos. Trata con misericordia a tu siervo» (Salmo 118,137.124). Somos hijos de Dios. Él mira con bondad a los que ama por Cristo en quien creemos.

Colecta (del Gelasiano y del Gregoriano): «Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre, y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna».

Ofertorio (del Veronense): «¡Oh Dios!, fuente de la paz y del amor sincero, concédenos glorificarte por estas ofrendas y unirnos fielmente a ti por la participación en esta eucaristía».

Comunión: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,2-3); o bien: «Yo soy la luz del mundo –dice el Señor–. El que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

Postcomunión (Oración inspirada en el Misal de París de 1738): «Con tu palabra, Señor, y con tu pan del cielo, alimentas y vivificas a tus fieles; concédenos que estos dones de tu Hijo nos aprovechen de tal modo que merezcamos participar siempre de su vida divina».



Ciclo A

La corrección fraterna es una gran forma de caridad, a esto alude también la lectura primera, tomada del profeta Ezequiel. San Pablo nos exhorta a observar la ley suprema del amor.

El misterio de la Iglesia de Cristo, en cuanto comunidad fraterna, impone a todos sus miembros actitudes de celo apostólico por la salvación de todos los hombres, ya que se alimenta de la Eucaristía, sacramento de unidad y de amor. El amor a Cristo nos lleva al amor a los hermanos y viceversa.

–Ezequiel 3,7-9: Si no hablas al malvado te pediré cuenta de su sangre. Testigo del amor de Dios, el creyente debe ayudar también a su hermano en su reconciliación con el Padre. Escribe San Gregorio Magno:

«Mas es de notar por cuán contumaz es tenido aquel cuya contumacia tan frecuentemente se repite. Luego el pecador debe ser reprendido y jamás temido; debería, sí, ser temido el hombre, si él mismo, en cuanto hombre, temiera al autor de todo; pero quien no usa de la razón para temer a Dios, tanto menos debe ser temido en nada cuanto él es menor en lo que debe ser... Hay que mirar atentamente y con cuidado lo que el Señor dice al profeta: que primero oiga sus palabras y que después hable. Oímos las palabras de Dios si las cumplimos; y entonces las hablamos rectamente a los prójimos cuando primero las hubiéremos cumplido nosotros» (Homilías sobre Ezequiel 1,10).

–El Salmo 94 nos ayuda a meditar la lectura anterior: «Ojalá escuchéis hoy su voz. No endurezcáis vuestro corazón». La voz del Señor es la corrección fraterna que hemos de recibir con alegría, plena disponibilidad y agradecimiento.

–Romanos 13,8-10: La plenitud de la Ley es el amor. La trascendencia de la caridad evangélica es tal que hace al cristiano responsable de la gloria de Dios y de la salvación de los hermanos por encima de cualquier otra urgencia religiosa o legalista. Comenta San Agustín:

«Solo la caridad distingue a los hijos de Dios de los del diablo. Sígnense todos con la señal de la Cruz de Cristo; respondan todos: Amén; canten todos: Aleluya; bautícense todos, frecuenten la iglesia, apíñense en las basílicas. No se distinguirán los hijos de Dios de los del diablo, si no es por la caridad. Los que tienen caridad nacieron de Dios; los que no la tienen no nacieron de Él. Gran distintivo y señal. Ten todo lo que quieras, si te falta solo la caridad, de nada te aprovecha todo lo que tengas. Si no tienes otras cosas, ten ésta, y cumplirás la Ley. “Quien ama a su prójimo cumple la Ley”, dice el Apóstol. Y también: “El pleno cumplimiento de la Ley es la caridad”(Rom 13,8.10)» (Exposición de la Carta a los Romanos 5,7).

–Mateo 18,15-20: Si te hace caso has salvado a tu hermano. La búsqueda evangélica de la persona humana, para salvarla y redimirla, fue la clave de la misión personal del Corazón de Jesucristo y su entrega amorosa. Así comenta este pasaje San Agustín:

«Debemos reprender con amor; no con deseo de dañar, sino con afán de corregir. Si fuéramos así, cumpliríamos con exactitud lo que hoy se nos ha aconsejado... ¿Por qué le corriges? ¿Porque te duele el que haya pecado contra ti? En ningún modo. Si lo haces por amor propio nada haces. Si lo haces por amor hacia él, obras excelentemente. Considera en las mismas palabras por amor de quien debes hacerlo, si por el tuyo o por el de él... Hazlo por él, para ganarlo a él. Si haciéndolo ganas, no haciéndolo pierdes... Que nadie desprecie el pecado contra el hermano... Precisamente porque todos hemos sido hechos miembros de Cristo. ¿Cómo no vas a pecar contra Cristo, si pecas contra un miembro de Cristo?» (Sermón 82).

En medio del mundo nos espera la responsabilidad de hacer el bien, venciendo el mal con sobreabundancia de amor. Procuremos la salvación de todos.



Ciclo B

La muchedumbre se admira de los milagros de Jesús. Ya Isaías profetizó las maravillas que haría el Mesías (lecturas primera y tercera). Santiago exalta las atenciones hechas a los pobres (segunda lectura). Frente a las miserias y los derrotismos humanos, el Corazón de Jesucristo es siempre la garantía de nuestra vida y la prueba permanente de que el Padre nos ama.

–Isaías 35,4-7: Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará. En los días mesiánicos la cercanía bienhechora de Dios se manifestará en la rehabilitación de los indigentes: abriendo los oídos a los sordos y devolviendo la palabra a los mudos. Esto se realiza espiritualmente en el rito del Bautismo. San Jerónimo enseña:

«La causa de la seguridad y de la constancia es que Cristo vendrá, al que el Padre entregó todo juicio (Jn 5,22), y dará a cada uno según sus obras... Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y los sordos oirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo y quedará suelta la lengua de los mudos. Lo cual, aunque se cumplió en la grandeza de los signos cuando el Señor hablaba a los discípulos de Juan, que le fueron enviados (Lc 7,22), también se cumple entre las gentes cuando los que antes eran ciegos y con su lengua lanzaban piedras, miran la Luz de la Verdad. Y los que, con sus oídos sordos, no podían oír las palabras de la Escritura, se alegran ahora ante los mandatos de Dios. Cuando, los que antes eran cojos y no andaban por camino recto, saltan como los ciervos, imitando a sus doctores, y se suelta la lengua de los mudos, cuya boca había cerrado Satanás, para que no pudieran confesar al solo Señor.

«Por tanto, se abrirán los ojos, oirán los oídos, saltarán los cojos y se soltará la lengua de los mudos, porque han brotado con fuerza las aguas del bautismo y los torrentes y ríos en la soledad, es decir, las abundantes gracias espirituales» (Comentario sobre el profeta Isaías 35,3-6).

–Con el Salmo 145 alabamos al Señor que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libera a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda... Con gran gozo espiritual gritamos: «El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión (Iglesia, alma cristiana), de edad en edad».

–Santiago 2,1-5: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos herederos del Reino? La verdadera humildad religiosa, basada en la conciencia de la propia indigencia, constituye para el auténtico creyente el mejor aval de su esperanzado optimismo ante el Padre y de su amor real a todos los hermanos.

Se puede afirmar que el tema de la pobreza bíblica atraviesa todo el Nuevo Testamento. Es como el fondo de la predicación evangélica. Recordemos la escena en la sinagoga de Nazaret, cuando el Señor leyó el pasaje de Isaías: «... me ha enviado para evangelizar a los pobres...» (Lc 4,18). San Agustín escribe a San Jerónimo:

«Pienso que en cuanto a la acepción de personas, no se ha de considerar pecado leve pensar que se tiene la fe de nuestro Señor Jesucristo y aplicar a los honores eclesiásticos aquella diferencia entre sentarse y quedarse de pie. ¿Quién puede comprender que se elija a un rico para una sede de honor en la iglesia en detrimento de un pobre más instruido y más santo? Pues, si se trata de las asambleas corrientes, ¿quién no peca –si es que se peca– juzgando dentro de sí mismo que uno es tanto mejor cuanto es considerado más rico? Eso parece indicar el pasaje de Santiago 2,4» (Carta 132,18).

–Marcos 7,31-37: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos. La apertura humilde a la voz del Padre y el derecho a la oración o al diálogo filial con Él son, en nosotros, dones divinos, recibidos de Dios a través de su Hijo Redentor y Mediador. San Gregorio Magno dice:

«Oímos las palabras de Dios si las cumplimos; y entonces las hablamos rectamente a los prójimos, cuando primero las hubiéremos cumplido nosotros. Cosa que confirma bien el Evangelista San Marcos cuando narra el milagro obrado por Cristo, diciendo: “presentáronle un hombre sordomudo, suplicándole que pusiera sobre él su mano” e indica el orden de esta curación cuando añade: “le metió los dedos en las orejas y con la saliva le tocó la lengua” (Mc 7,32-33). ¿Qué se significa por los dedos del Redentor, sino los dones del Espíritu Santo?... Pero, ¿qué significa el tocar con saliva la lengua de él? La lengua de nuestro Redentor es para nosotros la sabiduría de la palabra de Dios que hemos recibido. En efecto, la saliva fluye de la cabeza a la boca; y así, aquella sabiduría que es Él mismo, al tocar nuestra lengua, en seguida la dispone para predicar» (Homilías sobre Ezequiel 1,10).



Ciclo C

Renunciar a todo para seguir a Cristo. Por eso hemos de buscar las intenciones de Dios sobre nosotros, de este modo podemos organizar nuestra vida, para corresponder a lo que Dios exige de nosotros (lecturas primera y tercera). En la segunda lectura vemos el cariño y la comprensión con respecto a un esclavo que se había fugado.

Se nos invita en este Domingo a una meditación profunda sobre el sentido de nuestra existencia en medio del mundo y sobre la necesidad de alcanzar la maduración necesaria para vivir permanentemente nuestra fidelidad a Cristo en medio de las criaturas.

–Sabiduría 9,13-19: ¿Quién comprende lo que Dios quiere? Los planes de Dios sobre nuestra vida no siempre son coincidentes con nuestros planes y proyectos humanos. La fidelidad filial a la Voluntad de Dios sólo es posible en la medida en que, con humildad y en la oración, el hombre abre su conciencia al Señor para buscar y seguir su beneplácito. San Agustín escribe:

«El alma entregada a los placeres temporales, continuamente se abrasa en deseos que no puede saciar y, henchida de múltiples y ruinosos pensamientos, no le dejan contemplar el simple bien; tal es aquella de la cual se dice: “el cuerpo corruptible embaraza el alma y la morada terrena abate la razón, que piensa muchas cosas” (Sab 9,15). Este alma, por el acceso y el receso de los bienes temporales, desde el tiempo del trigo, del vino y del óleo, de tal modo se halla acrecentada y repleta de innumerables imaginaciones, que no puede poner por obra lo preceptuado: “sentid el bien del Señor y buscadle con sencillez de corazón” (Sab 1,1). Esta multiplicidad se opone con vehemencia a aquella sencillez y, por tanto, el varón fiel, habiendo abandonado a estos, que en realidad son muchos y que, sin duda, acrecentados por los bienes temporales, dicen: ¿Quién nos mostrará los bienes? Los que no debe buscarse fuera con los ojos de la carne, sino dentro, con la sencillez de corazón» (Comentario al Salmo 4,9).

–Por eso, en el Salmo 89 cantamos al Señor «que ha sido nuestro refugio de generación en generación» y le pedimos que nos enseñe a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato, que baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

–Filemón 9-10.12-17: Recíbelo no como esclavo, sino como un hermano querido. La renuncia al propio egoísmo por amor a Dios es también clave de nuestro amor fraterno..., de nuestro perdón, y de nuestra convivencia caritativa con los hombres, que son hermanos nuestros.

La actitud de San Pablo con respecto a Filemón es un cierto modo de ejercer la autoridad en cualquier aspecto que se mire. Como apóstol podía mandar, ordenar, prescribir; sin embargo, prefiere persuadir apelando a los sentimientos de fraternidad y de amistad que deben animar a todo cristiano. Es cierto, en el ejercicio de la autoridad hay que tener en cuenta el derecho y el amor que se manifiesta en la persuasión. Si se descuida el derecho se hace mal al individuo y a la sociedad; si se deja el amor también. No se oponen estas dos actitudes. Dios es justísimo y, al mismo tiempo, sumamente misericordioso.

–Lucas 14,25-33: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mis discípulo. El Evangelio impone y reclama la negación de sí mismo y el control del propio corazón para mantener la fidelidad a la Voluntad de Dios y seguir realmente a Cristo, Sabiduría de Dios que nos salva (1 Cor 1,24). Comenta San Agustín:

«He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido... No dejaron grandes fortunas, puesto que eran pobres; pero se puede decir que han dejado grandes riquezas quienes han vencido todos sus deseos... Los apóstoles abandonaron todo lo que poseían... ¿Qué has dejado, oh Pedro? Una navichuela y una red... La pobreza total, es decir, el pobre de todo, tiene pocas riquezas, pero muchos deseos. Dios no se fija en lo que tienen, sino en lo que desean. Se juzga la voluntad que escruta invisiblemente el Invisible. Por tanto, todo lo dejaron, y hasta el mundo entero dejaron, puesto que cortaron todas sus esperanzas en este mundo y siguieron a quien hizo el mundo y creyeron en sus promesas. Muchos hicieron esto mismo después de ellos... No solo los plebeyos, no solo los artesanos, los pobres, los necesitados, los de la clase media, sino también muchos ricos opulentos, senadores, e incluso mujeres de la más alta alcurnia social renunciaron a todas sus cosas...» (Sermón 301,A).

Seguir a Cristo exige elecciones radicales, que excluyen todo compromiso y ha de ser objeto de una gran reflexión ponderada e iluminada por la fe y el amor. Solo así se puede explicar estar despegado de todo.

Seguir realmente a Cristo no es hacer de Él una filosofía o un conjunto de convencionalismos piadosos. Exige una renuncia permanente a todo cuanto esté en contradicción con Cristo y su Evangelio en nuestra vida cotidiana.



Lunes

Años impares

–Colosenses 1,24-2,3: Pablo, ministro de la Iglesia, nombrado por Dios, para anunciar el misterio de la salvación. Pero esto no lo hace sin dolor, contradicciones y luchas. Todo esto es un instrumento válido para hacer crecer a la Iglesia.

La afirmación de que en Cristo «están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» se fundamenta en que Cristo –Dios hecho hombre– es la encarnación de la misma Sabiduría divina, pues la Sabiduría es uno de los nombres que se aplican en la Sagrada Escritura a la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Por eso comenta San Atanasio:

«Dios, ya que no ha querido darse a conocer, como en tiempos anteriores, por la imagen y sombra de sabiduría que aparece en las criaturas, sino que determinó que la verdadera Sabiduría en persona se encarnara, se hiciera hombre y sufriera muerte de cruz, para que en adelante pudieran lograr la salvación todos los fieles por la fe, que en la cruz tiene su punto de apoyo» (Sermón 2 contra los arrianos).

Y San Jerónimo comenta:

«Ese tesoro en el que están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2,3) es la Palabra de Dios, que aparece encerrada en la carne de Cristo; o la Sagrada Escritura, en la que está guardada la noticia del Salvador. Cuando alguno lo encuentra en ellas, debe despreciar todas las ganancias de este siglo para poseer a Aquel a quien encontró» (Comentario al Evangelio de San Mateo 13,44).

–«De Dios nos viene la salvación y la gloria», dice el Salmo 61. Nuestra alma descansa en Dios porque Él es nuestra esperanza. Solo Él es nuestra Roca y salvación, nuestro Alcázar, por eso no vacilaremos. Confiamos en Él, en Él desahogamos nuestro corazón, pues es nuestro refugio. Cristo es nuestro modelo. No tuvo una vida fácil, vivió austeramente, trabajó, fue incomprendido, abandonado, traicionado: vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, lo rechazaron. Murió en una cruz... Se abandonó enteramente al Padre. Este es también nuestro camino: abandono total en Dios.



Años pares

–1 Corintios 5,1-8: Barred la levadura vieja para ser una realidad nueva: Cristo, nuestra víctima pascual ha sido inmolado. Esto significa que hemos de luchar contra la maldad y la perversidad. San Juan Crisóstomo dice:

«El tiempo presente es, pues, un día de fiesta, porque, al decir : “celebremos la fiesta”, Pablo no añade: “porque la Pascua o Pentecostés está próxima”. No, él señala que toda esta vida es un día de fiesta para los cristianos, en razón de los bienes inefables que les han sido concedidos. En efecto, cristianos, ¿qué grandes bienes no habéis recibido de Dios. Por vosotros, Jesucristo se ha hecho hombre; os ha librado de la condenación eterna, para llamaros a la posesión de su reino. Con este pensamiento, ¿podéis no estar en fiesta continua durante los días de vuestra vida terrestre? Lejos de nosotros cualquier abatimiento por la pobreza, la enfermedad o las persecuciones que nos agobian. La vida presente es, siguiendo al Apóstol, un tiempo de fiesta» (Homilía sobre I Cor 5,1-8).

–Con el Salmo 5 vemos que, no obstante las tribulaciones de este mundo, el cristiano tiene una felicidad grande en lo interior de su alma, pues tiene fe en la protección del Señor, a quien acude con gran confianza. Son bien elocuentes estas expresiones: «escucha, atiende, haz caso, a ti te suplico, te expongo mi causa». El justo tiene acceso a la intimidad con Dios, entra en el santuario divino con el humilde reconocimiento de la gran bondad de Dios. Cada día celebra la Eucaristía, que es siempre una gran fiesta; «Guíame, Señor, con tu justicia. Tú no eres un Dios que ame la maldad... que se alegren los que se acogen a Ti, con júbilo eterno protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu nombre». Un júbilo eterno es, o debe ser, la celebración de la sagrada Eucaristía.

–Lucas 6,6-11: Estaban al acecho para ver si curaba en sábado. Los enemigos de Cristo lo espían para tener algo con qué atacarlo, pero Él los desbarata. La gloria de Dios está servida en primer lugar por su bondad para con los infelices. Liberar a un pobre de las cadenas del mal es una consecuencia que siempre hemos de sacar de la santificación del Domingo y de los días de fiesta. Oigamos a San Ambrosio:

«Con esta ocasión Cristo arguye a los judíos que, por sus falsas interpretaciones, violaban los preceptos de la Ley, juzgando que estaba prohibido en sábado realizar incluso obras buenas, ya que la Ley, prefigurando en el presente la fisonomía del futuro, prohibía las obras malas, no las buenas. Pues, si se ha de descansar de las obras de este mundo, sin embargo, no es un acto vacío de buenas obras descansar en la alabanza del Señor.

«Has oído las palabras del Señor, que dice: “Extiende la mano”. He aquí el remedio común y general. Y tú, que crees tener la mano sana, cuídate de que la avaricia y el sacrilegio no la contraigan. Extiéndela con frecuencia: extiéndela hacia ese pobre que implora; extiéndela para ayudar al prójimo, para llevar socorro a la viuda, para arrancar de la injusticia al que tienes sometido a una vejación inicua; extiéndela hacia Dios por tus pecados. Así es como se extiende la mano, así es como se cura» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. V,39-40).



Martes

Años impares

–Colosenses 2,6-15: Dios nos perdona los pecados y nos dio su vida divina por Cristo. Las falsas doctrinas pululaban también en los comienzos de la Iglesia. San Pablo sale al paso de ellas para refutarlas. Esto no es superioridad sobre los demás, sino servicio en el orden de la comprensión de las cosas y de las personas, como lo hizo el mismo Cristo. San Agustín enseña:

«Cristo significó con su resurrección nuestra nueva vida, que renacía de la antigua muerte, por la cual estábamos sumergidos en el pecado. Esto es lo que realiza en nosotros el gran sacramento del Bautismo: que todos los que reciben esta gracia mueran al pecado... y que renazcan a la nueva vida» (Enchiridion 41-42).

Y San Juan Crisóstomo:

«Los ha borrado, no tachado; pero tan bien borrados que no queda en nuestra alma ninguna traza de ellos. Los ha abolido por completo, los ha clavado en la cruz... Nosotros éramos culpables y merecedores de los castigos más rigurosos ¡pues todos nosotros estábamos en el pecado! ¿Qué hizo entonces el Hijo de Dios? Por su muerte en la cruz borra nuestras manchas y nos exime del castigo merecido por ellas. Él toma el pliego de nuestros cargos, lo clava en la cruz por medio de su persona y lo destroza» (Homilía sobre la Carta a los Colosenses 2,13-14).

–Con el Salmo 144 cantamos: «El Señor es bueno con todos. Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey, bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Por eso deseamos que todas las criaturas den gracias al Señor, que lo bendigan sus fieles; que proclamen la gloria de su reinado, que hablen de sus hazañas. Si esto se decía en el Antiguo Testamento, ahora tenemos más razón para ello, por las inmensas maravillas que el Señor ha obrado y obra en su Iglesia.

Años pares

–1 Corintios 6,1-11: Paz entre todos. Si surge un pleito, se debe proceder con moderación, y tratando de resolverlo entre cristianos. El Evangelio dignifica la ley humana, que puede ser justa. El mismo San Pablo apeló al tribunal romano: «soy ciudadano de Roma». Pero los corintios, como señala San Juan Crisóstomo, disputaban y pleiteaban entre sí. Contrariaban el Evangelio con muchas transgresiones:

«Una, no poder soportar pacientemente una injuria; otra, ser autor de una ofensa; después buscar árbitros para este altercado; por último, usar tales procedimientos con un cristiano, su hermano en la fe» (Homilía sobre I Cor 6,7-8).

En el cristianismo la ley humana y civil puede adquirir otra dimensión, otra superación. Son muchas las veces en que la Iglesia se ha visto obligada a censurar las diversas legislaciones de los pueblos. Ella es la que determina el sentido de la ley natural. Da luego San Pablo una lista de pecados que son inadmisibles entre cristianos. Con ellos no podrán heredar el Reino de Dios. Dice San Agustín:

«Habrá, pues, un cielo nuevo y una tierra nueva que habitarán los justos, donde no habrá ningún impío, ni un malvado, ni un perverso. Quien se encuentre entre estos últimos, piense donde le gustaría habitar, mientras le queda tiempo para cambiar» (Sermón 161,3).

–El Señor ama a su pueblo. Por eso cantamos con el Salmo 149 al Señor un cántico nuevo, que resuena su alabanza en la asamblea de los fieles... Él nos ha dado una ley santa para librarnos de toda la esclavitud del pecado. «Alabemos su nombre con danzas, cantémosle con tambores y cítaras. Él adorna con la victoria a los humildes. Festejemos su gloria. Cantemos jubilosos en común, con vítores a Dios en la boca. Esto es un gran honor para sus fieles».

–Lucas 6,12-19: Pasó la noche en oración. Luego escogió a sus apóstoles. Es impresionante las veces que los Evangelios nos narran la oración de Jesucristo. Era un coloquio sin igual con el Padre en unión con el Espíritu Santo. Comenta San Ambrosio:

«Pasó la noche orando. Te da un ejemplo, te traza el modelo que has de imitar. ¿Qué es necesario que tú hagas por tu salvación, cuando Cristo pasa la noche en oración? ¿Qué debes hacer tú, cuando quieres realizar un deber piadoso, si Cristo, al enviar a los apóstoles, ha orado y ha orado solo? En ninguna parte encuentro, si no me equivoco, que Él haya orado con los apóstoles; siempre ora solo; pues los augurios humanos no pueden captar el plan de Dios, y nadie puede tener parte en el pensamiento íntimo de Cristo. ¿Quieres saber que no ha orado por sí, sino por mí?

«Llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, para enviarlos, sembradores de la fe, para propagar el auxilio de la salvación de los hombres por todo el universo. Advierte al mismo tiempo el plan celestial: no son los sabios, ni los ricos, ni los nobles, sino pecadores y publicanos los que Él ha escogido para enviarlos, para que no pareciese que habían sido manejados por la habilidad, redimidos por la riqueza, atraídos por el prestigio del poder y de la nobleza; para que prevaleciese la verdad en sí misma y no el encanto del discurso. También Judas fue elegido, no por imprudencia, sino por providencia.

«¡Qué grande es la verdad, que ni siquiera la desvirtúa el ministro enemigo! ¡Qué grandeza de carácter del Señor, que ha querido más bien comprometer a nuestros ojos su juicio, que no su amor! Había aceptado la fragilidad del hombre y ni siquiera rehusó este aspecto de dicha fragilidad. Él ha querido el abandono, ha querido la traición de un apóstol, para que tú, si un compañero te abandona, si un compañero te traiciona, tomes con calma el error de tu juicio, el derroche de tu beneficio» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. V,43-45).



Miércoles

Años impares

–Colosenses 3,1-11: Hemos muerto con Cristo. Hemos resucitado con Él. Busquemos los bienes de allá arriba, donde está Cristo. No los de la tierra. Hemos sido re-novados por el bautismo. Buscamos lo absoluto, no lo de vida precaria. A esto nos induce el creer en la presencia en nuestra vida de una persona: El Espíritu de Cristo. Desde ese momento no dependemos más que de la persona de Cristo que nos da vida.

La experiencia auténtica de la fe nos invita a descubrir que no se vive por uno mismo, sino por Cristo que es nuestra vida. Comenta San Agustín:

«Si vivimos bien hemos muerto y resucitado, quien en cambio aún no ha muerto ni ha resucitado, vive mal todavía; y, si vive mal, no vive; muere para no morir. ¿Qué significa muere para no morir? Cambie para no ser condenado. Repito las palabras del Apóstol: “Si habéis resucitado con Cristo, saboread las cosas de arriba”... A quien aún no ha muerto, le digo que muera; a quien aún vive mal, le digo que cambie. Si vivía mal, pero ya no vive, ha muerto; si vive bien, ha resucitado» (Sermón 231,3ss).

–Con el Salmo 144 decimos, una vez más: «El Señor es bueno con todos. Bendigamos al Señor día tras día, alabemos su nombre por siempre jamás». Él nos ha hecho morir al hombre viejo, al pecado, y resucitar con Cristo glorioso a una vida nueva. Grande es el Señor y merece toda alabanza, es incalculable su grandeza. Nos ha llenado con sus gracias y dones. Que todas las criaturas den gracias al Señor, que lo bendigan los fieles, que proclamen la gloria de su reinado, que hablen de su hazañas. Hemos sido salvados, ¿qué mejor hazaña se podría explicar a los hombres? El reinado del Señor es un reinado perpetuo, su gobierno va de edad en edad.

Años pares

–1 Corintios 7,25-31: Sentido recto del matrimonio y de la virginidad. En todo caso tener presente la fugacidad de este mundo. San Agustín predica:

«Cesen ya las fornicaciones. Sois templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. El matrimonio es cosa lícita, no busquéis más. No es tan grande el peso que se os ha impuesto. Mayor es el que pesa sobre las vírgenes. Las vírgenes renunciaron a lo que les estaba permitido para agradar más a Aquél a quien se entregaron. Ambicionemos la belleza superior del corazón... Respecto a las vírgenes, dice el Apóstol, no tengo precepto del Señor. Entonces, ¿por qué se comportan así? Pero les doy un consejo. Ellas, tan llenas de amor, a quienes parecieron viles las nupcias terrenas..., en tal grado aceptaron el precepto, que no rechazaron el consejo, para agradar más, más se embellecieron» (Sermón 161,11).

–Con el Salmo 44 decimos: «Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el Rey de tu belleza, póstrate ante Él que Él es tu Señor»... El Señor ha escogido a las almas vírgenes con una vocación especial, con un amor más grande, esas almas corresponden también con mayor amor. Dejan todo por su Señor. En la aplicación de la Iglesia este Salmo es más que un Salmo mesiánico: la Iglesia lo aplica a la Virgen María y a todos aquellos que han renunciado a todo por el Reino de los cielos. Es el canto también de la Iglesia, Esposa virgen. Renuncian a todo por el Señor y le obedecen sin reserva. Así encuentran la paz, pues no están divididos en su amor. También encuentran la alegría.

–Lucas 6,20-26: Bienaventuranzas y maldiciones. Un programa de vida que hemos de elegir libremente. Las bienaventuranzas no son prometidas a los pobres porque sean pobres, y las maldiciones no conciernen a los ricos por ser ricos. Jesús elogia a los primeros porque viven en dos mundos a la vez: el presente y el escatológico, y amenaza a los segundos que sólo viven en un mundo: el que arrastra al que lleva una vida confortable.

Satisfecho de lo que posee, el rico no busca la profundidad de su ser y, por otra parte, nada le invita a hacerlo. Sobreviene un cambio, como el que nosotros vivimos, y los ricos son llevados con el mundo, exteriorizando a veces su miedo, su desesperación, su odio y su rencor.

El pobre solo posee su soledad, pero si la vive con gran generosidad y entrega, esto mismo le lleva a las profundidades de la fe, en donde percibe otro mundo. Solitario dentro de este orden, él es rico de la participación en este otro orden de cuyas victorias y cuya proximidad él ya participa. Él es el revelador de este más allá que llega a través de suertes y desgracias, éxitos y fracasos, victorias y traiciones.

Con la venida de Cristo se dan virtualmente todos los bienes, puesto que en Él halla finalmente la bienaventuranza su realización; y por Él se dará el Espíritu Santo, suma de todos los bienes. Solo el que haya puesto a Cristo en el centro de su fe, puede oír sus bienaventuranzas y evitar sus maldiciones. Nos importa seguir decididamente a Cristo con toda generosidad, con gran amor y entrega total.



Jueves

Años impares

–Colosenses 3,12-17: Por encima de todo el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Todo un programa de vida cristiana. Hemos de vivir una moral que sea signo de la soberanía de Cristo sobre la humanidad. Santidad es en un aspecto separación, y en otro, consumación. Dios es el Todo Otro y al mismo tiempo se comunica a las almas. Esto en el Antiguo Testamento y más aún en el Nuevo con Cristo.

Las fuentes más inmediatas y autorizadas en las que pueden encontrarse esas palabras son los libros del Nuevo Testamento. San Juan Crisóstomo dice que esos escritos «son maestros que no dejarán de instruirnos... Abrid estos libros. ¡Qué tesoros de remedios tan eficaces!... Solo hace falta que pongáis vuestros ojos sobre el libro, lo recorráis y retengáis bien las sabias enseñanzas que os dan. La causa de todos nuestros males viven de la ignorancia que tenemos de los libros sagrados» (Homilía sobre la Carta a los Colosenses 3,16).

–Alabamos a Dios, por los inmensos beneficios que nos ha otorgado, con el Salmo 150: «Alabamos al Señor en su templo, en su fuerte firmamento, por sus obras magníficas, por su inmensa grandeza, tocando trompetas, con arpas y cítaras, con tambores y danzas, con trompas y flautas, con platillos sonoros, con platillos vibrantes. Que todos los seres alaben al Señor». Pero hemos de considerar que la melodía más agradable a Dios es la vida cristiana con toda su perfección posible, con el ejercicio de las virtudes, de modo especial con la virtud de la caridad, del amor para con Dios y para con todos los hombres, que son hermanos nuestros y formamos la gran familia de Dios. Si así se hiciera se terminaría en el mundo toda clase de violencia.

Años pares

–1 Corintios 8,1-7. 11-13: Si pecamos contra los hermanos, turbando su conciencia, pecamos contra Cristo. Procedamos sin escandalizar a nadie. Comenta San Agustín:

«¡Ojalá pudiesen pensar todos en un solo y único amor! Solo él vence todo y sin él nada vale todo lo demás, el que dondequiera que se halle atrae a todos hacia sí. Él es el que no envidia. ¿Buscas la causa? Fíjate en lo que sigue: “No se infla...” El primer vicio es la soberbia y luego la envidia... Crezca, pues, el amor en vosotros y el alma se hace sólida, porque no se infla. La ciencia, dice el Apóstol, infla... Amad, pues, la ciencia, pero anteponedle el amor. La ciencia, si está sola, infla; mas como el amor edifica, no permite que la ciencia infle» (Sermón 364,6).

–Con el Salmo 138 decimos: «Guíame, Señor, por el camino eterno. El Señor nos sondea y nos conoce..., de lejos penetra nuestros pensamientos, distingue nuestro camino y nuestro descanso, todas nuestras sendas le son familiares... Es Él quien nos ha creado. Démosle gracias, porque nos ha escogido portentosamente y sus obras son admirables». Pidámosle con fe que nos guíe por el camino eterno. En Dios vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17,28).

–Lucas 6,27-38: Sed compasivos como lo es Dios, nuestro Padre. El amor que Cristo enseña es universal. De lo sagrado obtenemos mayor fuerza para amar con plena eficacia. San Clemente Romano exhorta:

«Seamos, pues, humildes, hermanos, deponiendo toda jactancia, ostentación, insensatez y arrebato de ira y cumplamos lo que está escrito. Dice, en efecto, el Espíritu Santo: “No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el fuerte en su fuerza...” (Jer 9,23-24; 1 Cor 1,31; 2 Cor 10,7). ¿Y qué más, si tenemos presentes las palabras del Señor Jesús aquellas que habló enseñando la benignidad y la longanimidad? Dijo, en efecto, de esta manera: “compadeceos y seréis compadecidos, perdonad para que os perdonen a vosotros. De la misma manera que vosotros hiciereis, así se hará también con vosotros... Con la medida que midiereis, se os medirá a vosotros” (Lc 6,31-38)» (Carta a los Corintios 13,1-2).



Viernes

Años impares

–1 Timoteo 1,1-2.12-14: Humildad de San Pablo en reconocer su actitud anterior a su conversión. Considera que Dios tuvo compasión de él. Fue «un blasfemo, un perseguidor y un violento». Dios es nuestro único Salvador. San Juan Crisóstomo dice:

«Sufrimos muchos males, pero tenemos grandes esperanzas; estamos expuestos a peligros y asechanzas, pero tenemos un Salvador, que no es un hombre, sino Dios. A nuestro Salvador no le pueden faltar fuerzas, puesto que es Dios, y por grandes que sean los peligros, los superamos» (Homilía sobre I Tim 1,1-2).

Los relatos sobre la vocación son las páginas más impresionantes de la Sagrada Escritura. La vocación es el llamamiento que hace Dios al hombre que ha escogido para una misión especial en la historia de la salvación. El caso de San Pablo es de grandísima importancia en la historia de la Iglesia, pero sobre todo en aquellos comienzos del cristianismo.

Es increíble que el gran perseguidor de Cristo y de sus discípulos, se convirtiese en el más celoso apóstol del mismo, hasta llegar a confesar que no quiere saber otra cosa que a Cristo crucificado.

–El Salmo 15 nos ayuda a orar: «Tú eres, Señor, mi heredad... El Señor es el lote de mi heredad y mi cáliz, mi suerte está en su mano». Una vez conocida la llamada, el alma se entrega totalmente al Señor y en Él confía: «Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha». El Señor eligió a San Pablo y, como dice San Agustín: «De perseguidor se convirtió en predicador y doctor de los gentiles... Por la gracia de Dios somos liberados de nuestros pecados que nos tienen enfermos» (Sermón 278,1).

Años pares

–1 Corintios 9,16-19,22-27: Me he hecho todo a todos para ganar a algunos. La libertad cristiana está al servicio de la caridad. Así lo hizo San Pablo. El aparente relativismo del apóstol en algunos problemas no es una política personal, sino el signo mismo de su misión al servicio del Señor, que le impone servir a cada uno de los hombres adaptándose a todo lo que es bueno en ellos con el fin de que todo eso se convierta en piedra de toque del Reino de Dios. Enseña San Juan Crisóstomo:

«Nada hay más frío que un cristiano que no se preocupe por la salvación de los demás... No digas: “no puedo ayudar a los demás”, pues si eres cristiano de verdad es imposible que no lo puedas hacer. Las propiedades de las cosas naturales no se pueden negar: lo mismo sucede con esto que afirmamos, pues está en la naturaleza del cristiano obrar de esta forma. No ofendas a Dios con una falsedad. Si dijeras que el sol no puede lucir, infliges una ofensa a Dios y lo haces mentiroso. Es más fácil que el sol no luzca ni caliente que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto, sería que la luz fuese tinieblas. No digas que es una cosa imposible; lo imposible es lo contrario... Si ordenamos bien nuestra conducta, todo lo demás seguirá como consecuencia natural. No puede ocultarse la luz de los cristianos, no puede ocultarse una lámpara tan brillante» (Homilía sobre los Hechos 2).

–Nuestro premio es la eternidad, la morada de Dios. Por eso con el Salmo 83 decimos gozosos: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo... Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre... Dichosos los que encuentran en ti su fuerza, al preparar su peregrinación. Porque el Señor es sol y escudo. Él da la gracia y la gloria. El Señor no niega sus bienes a los de conducta intachable».

–Lucas 6,39-42: Un ciego no puede guiar a otro ciego. Relación entre el discípulo y el maestro, entre la paja y la viga. No juzguéis y no seréis juzgados. Una manifestación de humildad es evitar el juicio negativo sobre los demás. Si nos conocemos a nosotros mismos evitaremos el juzgar a los demás. San Agustín tiene una frase genial:

«Procurad adquirir las virtudes que creéis faltan a vuestros hermanos y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros» (Comentario al Salmo 30).

Dios, que conoce las verdaderas raíces del actuar humano es quien verdaderamente comprende, justifica y perdona. San Bernardo dice:

«Aunque viereis algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención si no podéis excusad la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aun entonces creedlo así y decid para vuestro interior: la tentación habrá sido muy fuerte» (Sermón 40 sobre el Cantar de los Cantares).



Sábado

Años impares

–1 Timoteo 1,15-17: Vino para salvar a los pecadores. San Pablo se considera el primero de ellos. Comenta San Agustín:

«Se había extraviado el hombre por su libre albedrío; vino el Dios hombre por su gracia liberadora. ¿Quieres saber lo que vale para el mal el libre albedrío? Centra tu atención en el hombre pecador. ¿Quieres saber lo que vale el auxilio del Dios hombre? Considera la gracia liberadora que hay en Él. En ningún lugar se pudo manifestar y expresar más claramente que en el primer hombre el poder real de la voluntad humana usurpada por la soberbia, para evitar el mal sin la ayuda de Dios. He aquí que pereció el primer hombre; pero, ¿dónde estaría si no hubiera venido el segundo? Porque era hombre aquél es hombre también éste... Con toda seguridad, en ningún lado aparece la benignidad de la gracia y la libertad de la omnipotencia de Dios como en el hombre mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (Sermón 174,2).

–Con esta consideración de nuestra liberación del pecado, cantamos al Señor, llenos de alegría, con el Salmo 112: «Bendito sea el nombre del Señor por siempre... Alabemos el nombre del Señor. Desde la salida del sol hasta el ocaso alabado sea el nombre del Señor. El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre el cielo. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se abaja para mirar al cielo y a la tierra? Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre». En realidad desvalidos y sentados en la basura estábamos nosotros por el pecado y nos alzó a la vida de la gracia y nos hizo coherederos suyos de la gloria.



Años pares

–1 Corintios 10,14-22: Todos formamos el Cuerpo místico de Cristo por la gracia y nos alimentamos del Pan de la Eucaristía. Unidad en la Iglesia. Comenta San Agustín:

«Este pan que vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el Cuerpo de Cristo. Este cáliz, mejor, lo que contiene el cáliz, santificado por la palabra de Dios, es la Sangre de Cristo. Por medio de estas cosas quiso el Señor dejarnos su Cuerpo y su Sangre, que derramó para remisión de nuestros pecados. Si lo habéis recibido dignamente, vosotros sois eso mismo que habéis recibido. Dice en efecto el Apóstol: “nosotros somos un sólo cuerpo”... En este Pan se os indica cómo habéis de amar la unidad» (Sermón 227,1).

Y San Juan Crisóstomo:

«¿Qué es en realidad el Pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo» (Homilía sobre I Cor 10,16-17).

–Con el Salmo 115, decimos, una vez más: «Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación invocando su nombre». En la Santa Misa damos al Señor las gracias más eficaces que podíamos dar. Necesariamente agrada al Señor, pues es la reactualización sacramental del sacrificio de Cristo en la cruz. Esto satisface plenamente al Señor. Por eso hemos de participar siempre en la celebración eucarística con toda nuestra alma.

–Lucas 6,43-49: No solo en decir: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21). Oigamos a San Juan Crisóstomo:

«Si no me hubiera retenido el amor que os tengo, no hubiera esperado hasta mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo al Señor: Señor, hágase tu voluntad, no lo que quiera éste o aquél, sino lo que Tú quieres que se haga. Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande le doy gracias también» (Homilía antes del exilio 1-3).

«Esforcémonos en guardar sus mandamientos, para que su Voluntad sea nuestra alegría» (Carta de Bernabé 2).