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21ª Semana

Domingo

Entrada: «Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Ten piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día» (Sal 85,1-3).

Colecta (del Misal anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano): «¡Oh Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo; inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría».

Ofertorio: «Por el único sacrificio de Cristo, tu Unigénito, te has adquirido un pueblo de hijos; concédenos propicio los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia».

Comunión: «La tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor; para sacar pan de los campos y vino que alegre el corazón del hombre» (Sal 103,13-15); o bien: «El que come mi carne y bebe mi sangre –dice el Señor– tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,55).

Postcomunión (Gelasiano): «Te pedimos, Señor, que lleves en nosotros a su plenitud la obra salvadora de tu misericordia; condúcenos a perfección tan alta y mantennos en ella de tal forma que en todo sepamos agradarte».



Ciclo A

Cristo otorga las llaves del Reino de los cielos a Pedro después de su profesión de fe. Alude a este poder de las llaves en el Antiguo Testamento la primera lectura. San Pablo corona sus reflexiones sobre el destino de Israel con un himno a la infinita sabiduría de Dios.

El Concilio Vaticano II dijo que toda la Iglesia es como un sacramento visible de unidad y de salvación (LG 1). Por ello ha sido providencial la figura de Pedro, como signo vivo y permanente que garantiza la unidad visible de las comunidades eclesiales. Sin Cristo no existiría la Iglesia, pero ésta tiene que ser como la quiso Cristo, no como la quieran los hombres. En el querer de Cristo está la figura de su Vicario visible: el Papa. Donde está Pedro allí esta la Iglesia. Donde están Pedro y la Iglesia, allí está también la plenitud operante del Misterio de Cristo entre los hombres.

–Isaías 22,19-23: Colgaré de su hombro la llave del palacio de David. En el ambiente del Antiguo Testamento el signo de los poderes y de la responsabilidad sobre la suerte del pueblo era la imposición de las llaves sobre los hombros de los elegidos.

La función de las llaves es el poder de abrir y cerrar la casa del rey, soberano absoluto, y corresponde al primer ministro o visir. Es como el plenipotenciario del rey, el que hace sus veces. Ésta será en el Nuevo Testamento la función de Pedro en la Iglesia, reino de Dios. En las antífonas «O», antes de Navidad se dice el 20 de diciembre: «Oh llave de David y cetro de la Casa de Israel». Es el poder que Cristo confió en primer lugar a Pedro y a sus sucesores, luego a los demás apóstoles. Estos la otorgan a los obispos y sacerdotes para perdonar los pecados en el sacramento de la penitencia. Es la gran misericordia del Señor para con el hombre pecador.

–Por esto cantamos en el Salmo 137: «Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos. Damos gracias al Señor por ello con todo nuestro corazón, lo alabamos, lo veneramos, le damos gracias. Él nos escucha cuando lo invocamos... se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio». Cristo que, siendo rico se hizo pobre, anima a su Iglesia en medio de las pruebas, para que nunca desfallezca, sino que tenga siempre sus ojos puestos en su gran misericordia.

–Romanos 11,33-36: Cristo es origen, guía y meta del universo. San Pablo, al término de su reflexión sobre el misterio de Israel y sobre el papel de la ley de la salvación, ve caer por el suelo los esquemas en que él creyó y, como iluminado por la luz de Cristo, prorrumpió en este grito que exalta la sabiduría y la libertad divina en la disposición de la historia salvífica de la humanidad. «¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Dice San Jerónimo:

«Cuando el pueblo sea llevado al cautiverio, porque no tuvo ciencia, y perezca de hambre y arda de sed, y el infierno agrande su alma; y bajen los fuertes y los altos y gloriosos a lo profundo, y sea humillado el hombre, y haya recibido conforme a sus méritos, entonces el Señor será exaltado en el juicio, que antes parecía injusto; y Dios será santificado por todos en la justicia... Por lo cual debemos cuidar no adelantarnos al juicio de Dios, cuyos juicios son grandes e inenarrables, y del cual dice el Apóstol: “Inescrutables son tus juicios e imposibles de conocer sus caminos” (Rom 11,35). Hasta que Él ilumine las cosas ocultas en las tinieblas y abra los pensamientos de los corazones» (Comentario sobre el profeta Isaías 4,3).

–Mateo 16,13-20: Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los cielos». La promesa del Primado constituye, además de un acontecimiento histórico evangélico, un designio eclesiológico en la intención de Cristo. Pedro es la realidad básica y permanente de la Iglesia, que perdura por iniciativa y garantía de Dios, llámese como se llame. San Hilario de Poitiers escribe:

«La confesión de Pedro obtiene plenamente la recompensa merecida, por haber visto en el hombre al Hijo de Dios (Mt 16,13-19). Es dichoso, es alabado por haber penetrado más allá de la mirada humana viendo lo que venía no de la carne, ni de la sangre, sino contemplando al Hijo de Dios revelado por el Padre celestial. Y es juzgado digno de reconocer el primero aquello que en Cristo es de Dios.

«¡Oh feliz fundamento de la Iglesia, proclamado con su nuevo nombre; piedra digna de ser edificada, porque quebranta las leyes del infierno, las puertas del Tártaro y todas las prisiones de la muerte! ¡Oh dichoso custodio del cielo, a cuyo juicio son entregadas las llaves del acceso a la eternidad; cuyas decisiones, anticipadas en la tierra, son confirmadas en el cielo! En su virtud, aquello que ha sido atado o suelto en la tierra, recibirá en el cielo la condición de una decisión idéntica» (Comentario al Evangelio de San Mateo 16,7).



Ciclo B

La reafirmación de Pedro en el requerimiento de Cristo se corresponde a la del pueblo judío a su entrada en la tierra prometida. Cristo y la Iglesia, modelo de amor matrimonial y humano, según San Pablo.

La conflictividad de Cristo-Eucaristía no está en Él, sino en nosotros, que podemos aceptarlo con todas las consecuencias, como Pedro y los discípulos, o podemos, por inconsciencia, indiferencia o incredulidad, apartarnos del Él, como aquellos que lo hicieron en Cafarnaún.

–Josué 24,1-2.15-17.18: Nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios. La alianza de salvación es siempre de iniciativa divina, pero no elimina la responsabilidad humana. Hemos de corresponder con gran amor al amor inmenso de Dios.

La respuesta del pueblo elegido es un acto de fe y de aceptación: servirá al Dios del éxodo o salida de Egipto, al Dios que ha realizado tan grandes maravillas en su favor, al Dios que siempre ha sido fiel a sus promesas, no obstante las muchas rebeliones de Israel, que ahora funda su elección en el recuerdo agradecido y en la reflexión de la experiencia histórica vivida. Es una gran lección para nosotros, que hemos sido más favorecidos que el Antiguo Israel.

–El Salmo 33 nos ofrece elementos para meditar la lectura anterior: «Gustad y ved qué bueno es el Señor». Por eso lo bendecimos en todo momento y nuestra alma se gloría en el Señor, que está cerca de los atribulados y salva a los abatidos.

–Efesios 5,21-32: Es éste un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. Nuestra aceptación de Cristo y nuestra comunión de vida con Él tiene como marco de garantía la comunión eclesial con su Esposa fiel, amada y purificada con su sangre. Escribe Orígenes:

«No quisiera que creyerais que se habla de la Esposa de Cristo, es decir, la Iglesia, con referencia únicamente al tiempo que sigue a la venida del Salvador en la carne, sino más bien se habla de ella desde el comienzo del género humano, desde la misma creación del mundo. Más aún, si puedo seguir a Pablo en la búsqueda de los orígenes de este misterio, he de decir que se hallan todavía más allá, antes de la misma creación del mundo. Porque dice Pablo: “Nos escogió en Cristo, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos’’ (Ef 1,4).

«Y dice también el Apóstol que la Iglesia está fundada, no solo sobre los apóstoles, sino también sobre los profetas (Ef 2,20). Ahora bien, Adán es adnumerado a los profetas: él fue quien profetizó aquel gran misterio que se refiere a Cristo y a la Iglesia, cuando dijo: “Por esta razón un hombre dejará su padre y su madre y se adherirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (Gen 2,24). La Historia de la Salvación nos ofrece ejemplos maravillosos. El Apóstol, en efecto, se refiere claramente a estas palabras cuando afirma: “Este misterio es grande: me refiero en lo que respecta a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5,32).

«Más aún, el Apóstol dice: “Él amó tanto a la Iglesia, que se entregó por ella, santificándola con el lavatorio de agua” (Ef 5,26); aquí se muestra que la Iglesia no era inexistente antes. ¿Cómo podía haberla amado si no hubiera existido? No hay que dudar que existía ya, y por eso la amó. Porque la Iglesia existía en todos los santos que han existido desde el comienzo de los tiempos. Y por eso, Cristo amaba a la Iglesia y vino a ella» (Comentario al Cantar 2).

–Juan 6,61-70: Tú tienes palabras de vida eterna. Ante la Eucaristía han de definirse la fe y las actitudes de los hombres. San Agustín comenta:

«‘‘Si no coméis mi carne...’’. Y ¿quién sino la Vida pudiera decir esto de la Vida misma? Este lenguaje, pues, será muerte, no vida, para quien juzgue mendaz la Vida, escandalizáronse los discípulos; no todos a la verdad, sino muchos, diciendo entre sí: ¡Qué duras son estas palabras! ¿Quién puede sufrirlas?... ¿Qué les respondió, pues? ¿Os escandaliza esto? Pues, ¿qué será ver al Hijo del Hombre subir a donde primero estaba? Claro es; si puedo subir íntegro, no puedo ser consumido.

«Así, pues, nos dio en su Cuerpo y en su Sangre un saludable alimento y, a la vez, en dos palabras, resolvió la cuestión de su integridad. Coman, por lo mismo, quienes lo comen y beban quienes lo beben; tengan hambre y sed; coman la Vida, beban la Vida. Comer esto es rehacerse; pero en tal modo te rehaces que no se deshace aquello con que te rehaces. Y beber aquello, ¿qué otra cosa es sino vivir? Cómete la Vida, bébete la Vida; tú tendrás vida sin mengua de la Vida. Entonces será esto, el Cuerpo y la Sangre de Cristo será Vida para cada uno cuando lo que en este sacramento se toma visiblemente, el pan y el vino, que son signos, se come espiritualmente y espiritualmente se beba lo que significa. Porque le hemos oído al Señor decir: “El Espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay en vosotros algunos que no creen” (Ibid. 64-65). Eran los que decían: “¡Cuán duras palabras son estas!, ¿quién las puede aguantar?” (ib. 62). Duras, sí, para los duros; es decir son increíbles, mas lo son para los incrédulos» (Sermón 131,1).

Ciclo C

Todos los hombres están llamados a vivir con Dios, pero han de pasar por la puerta estrecha de la renuncia y del don de sí mismos. El profeta Isaías nos enseña que el plan de Dios es congregar a todos los hombres para mostrarles su gloria. Soportar la prueba como una purificación para la gloria (segunda lectura).

La Iglesia no es una casta de puritanos. Es una comunidad de creyentes que gratuitamente han sido llamados por el Padre para participar del Misterio de Cristo. El auténtico cristiano es consciente de la necesidad que tienen de Cristo todos los hombres y actúan consecuentemente.

–Isaías 66,18-21: Traerán a todos vuestros hermanos de entre todas las naciones. Isaías es el pregonero del Nuevo Pueblo de Dios, depositario de la salvación, como patrimonio para todos los pueblos.

La evangelización y el testimonio no son ante todo un andar, un hacer, sino principalmente un ser. Algunos cristianos han sido llamados a vivir este aspecto de un modo especial (piénsese en el monacato antiguo y moderno), mas toda la Iglesia está llamada a descubrir este aspecto y vivirlo según su género de vida. Debemos ir a los no creyentes, mas al mismo tiempo vivir de forma tal que seamos signos, para que sean atraídos.

También en el Nuevo Testamento es fundamental la vida litúrgica. Todos son convocados a la alabanza divina y a la adoración del Señor. La liturgia punto de llegada y de partida: fons et culmen.

A esto conduce también el Salmo 116, escogido como responsorial: «Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos».

–Hebreos 12,5-7.11.13: El Señor reprende a los que ama. La visión paternal de Dios es siempre más amplia y amorosa que la irresponsabilidad engreída de los hijos.

La reflexión sapiencial sobre el valor pedagógico del sufrimiento es un intento de respuesta al problema del dolor, como los que aparecen en el libro de Job. Ese intento puede tener validez, pero también limitaciones. Casiano dice:

«Todo cuanto nos viene de parte de Dios, y que de pronto nos parece próspero o adverso, nos es enviado por un Padre lleno de ternura y por el más sabio de los médicos, con miras a nuestro propio bien» (Colaciones 7,28).

–Lucas 13,22-30: Vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán en la mesa del Reino de Dios. Frente al racismo religioso y presuntuoso de Israel, el Evangelio es diáfano. La salvación se alcanza con fidelidad humilde a la voluntad del Padre, que quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4), no con la propia autojustificación o nuestra presunción de elegidos.

Lo que importa no es saber si son muchos los que se salvan, sino vivir responsablemente la inquietud del problema de la salvación, evitando toda presunción religiosa y pietismos estériles.

Cristo hubo de vivir el drama frente a la presunción religiosa de Israel y con la vivencia acuciante de la indigencia de la salvación que tienen todos los hombres. Este problema afectó también a la Iglesia primitiva (Hch 15,6ss). La catolicidad es una responsabilidad de toda la Iglesia y un derecho de toda la humanidad. Nuestro encuentro con Cristo no concluye con la celebración eucarística. Debemos identificarnos con la inmolación reparadora del Corazón de Cristo en favor de todos los hombres. A todos los hombres debemos testimoniar fraternalmente nuestros anhelos por su salvación. Con todos los hombres debemos sentirnos solidarios en la necesidad que todos tenemos de Cristo Salvador.



Lunes

Años impares

–1 Tesalonicenses 1,1-5.8-10: Vivir aguardando la segunda venida del Salvador. En Tesalónica hay una auténtica vida cristiana y San Pablo da gracias a Dios por ello. Es un signo del éxito de su predicación allí. Hay que servir al único Dios, vivo y verdadero. Severiano de Gábala escribe:

La vida interior está afianzada sobre el ejercicio de las virtudes teologales, ya que «la fe estimula a obrar bien, la caridad ayuda a soportar las fatigas y la esperanza hace resistir con longanimidad a quienes deben luchar» (Comentario a I Tes.).

Y San Juan Crisóstomo:

«La creencia y la fe se prueban por las obras; no diciendo que se cree, sino con acciones reales, cumplidas con perseverancia y con un corazón encendido de amor» (Homilía sobre I Tes.).

–Con el Salmo 149 proclamamos: «El Señor ama a su pueblo» Esto es motivo de gran alegría y de alabar al Señor: «Cantemos al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en nuestras reuniones litúrgicas o no, alegrémonos por nuestro Creador, por nuestro Rey. El Señor nos ama y adorna con la victoria a los humildes. Festejemos sus gloria, cantemos jubilosos, todos unidos, con vítores a Dios en la boca. Esto es nuestro gran honor».

Es una exhortación a celebrar con un cántico nuevo la salvación manifestada en el Nuevo Testamento, realizada por Cristo y proclamada por los misioneros de todos los tiempos. Es también un anuncio de las realidades futuras. Dios es nuestra gloria y nosotros hemos de ser gloria suya, con nuestra fe vivificada con obras generosas de caridad.

Años pares

–2 Tesalonicenses 1,1-5.11-12: El Señor sea nuestra gloria y nosotros seamos la suya. La obediencia a Dios está por encima de toda gloria humana. En Dios se halla el único fundamento sólido de la gloria. San Agustín enseña:

«Por una admirable condescendencia, el Hijo de Dios, el único según la naturaleza, se ha hecho hijo del hombre, para que nosotros, hijos del hombre por naturaleza, nos hagamos hijos de Dios por la gracia» (Ciudad de Dios 21,15).

Antes escribió San Ireneo:

«Si el Verbo se ha hecho carne, y si el Hijo de Dios se dijo Hijo del Hombre, ha sido para que el hombre, entrando en comunión con el Verbo, y recibiendo el privilegio de la adopción, llegase a ser hijo de Dios» (Contra las herejías 3,19).

Y San Juan Crisóstomo:

«Ved que la caridad y la unión recíproca de los fieles entre sí es un gran socorro para resistir a los males y soportar con entereza las aflicciones. En esa honda fraternidad se encuentra el más grande consuelo. Las aflicciones solo hacen tambalearse a una fe débil y a una caridad imperfecta; pero una fe sólida y robusta encuentra en ella la ocasión de afianzarse. Mientras que un alma lánguida y débil no encuentra en el dolor ningún elemento de fuerza, el alma generosa apoya sobre él un nuevo impulso de energía» (Homilía sobre II Tes.).

–Con el Salmo 95 decimos: «Contad a los pueblos las maravillas del Señor. Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra, cantad al Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria... Porque es grande el Señor y muy digno de alabanza»...

El deseo del piadoso israelita y también el nuestro es que todos los pueblos y naciones reconozcan la gloria de Yahvé y la dignidad suprema de su nombre, que todas las familias de la tierra le ofrezcan la gloria y el honor, que toda la tierra tiemble de emoción religiosa y se anuncie por doquier su nombre santo y glorioso, resplandeciente en Cristo y su obra redentora y evangelizadora.

–Mateo 23,13-32: ¡Ay de vosotros, ciegos, guías de ciegos! Las maldiciones consuman la separación entre Jesús y las enseñanzas del judaísmo oficial: los escribas y fariseos son condenados por su minuciosidad en la interpretación de la ley. El Evangelio es siempre actual. San Juan Crisóstomo escribe:

«Siempre es, ciertamente, grave cosa la maldad; pero lo es sobre todo cuando el malo no cree necesitar corrección. Y llega el mal a su colmo cuando el malo cree que es capaz de corregir a otros. Lo que Cristo pone de manifiesto al llamar a los escribas y fariseos ciegos y guías de ciegos. Extrema desgracia y miseria es que un ciego se imagine que no necesita guía; pero que encima pretenda guiar a los demás es querer precipitarse todos al abismo.

«Al hablar así el Señor, no hacía sino aludir una vez más a la loca ambición de gloria de aquellos y ponerles el dedo en la llaga de su rabiosa enfermedad. Porque no otra cosa era la causa de todos sus males, sino el hacerlo todo por ostentación. Esto los apartó de la fe, les hizo descuidar la verdadera virtud y los indujo a poner todo su empeño en las purificaciones corporales, sin atender para nada a la purificación del alma. Por ello justamente, para llevarlos a la verdadera virtud y a la pureza del alma les recuerda aquí la misericordia, la justicia y la fidelidad. Estas virtudes son, en efecto, las que conservan nuestra vida, éstas las que purifican el alma» (Homilía 73,2 sobre San Mateo).



Martes

Años impares

–1 Tesalonicenses 2,1-8: Entrega total de Pablo por las almas. Responde a las acusaciones que han formulado contra él: mientras estuvo en Tesalónica no buscó otra cosa que agradar a Dios, predicar el evangelio de Jesucristo y estar dispuesto a entregarse por todos, sin ser carga para nadie. San Juan Crisóstomo pone en boca de San Pablo estas palabras:

«Es verdad que os he predicado el Evangelio para obedecer un mandato de Dios. ¡Pero os amo con un amor tan grande que habría deseado poder morir por vosotros! Tal es el modelo acabado de un amor sincero y auténtico. El cristiano que ama a su prójimo debe estar animado por estos sentimientos. Que no espere a que se le pida entregar su vida por su hermano, antes bien debe ofrecerla él mismos» (Homilía sobre I Tes.).

–Oramos con el Salmo 138: «Señor, Tú me sondeas y me conoces... De lejos penetras mis pensamientos... Todas mis sendas te son familiares... Tanto saber me sobrepasa; es sublime y no lo abarco». Es un himno a la omnisciencia y omnipresencia de Dios. Se lo ha calificado como la cumbre de la teodicea inspirada. Encaja perfectamente con la lectura anterior. Hay que tener confianza en Dios, a pesar de las contradicciones que puedan presentarnos los hombres. Dios penetra hasta el fondo de la conciencia. Por eso San Pablo pudo decir que Dios prueba sus intenciones. Vivir en la presencia de Dios como consecuencia lógica de nuestra fe.

Años pares

–2 Tesalonicenses 2,1-3.13-16: Conservad las tradiciones. Sobre la segunda venida de Cristo no hay que dejarse engañar, ni andar preocupados. Pero hay que estar siempre vigilantes, guardando fidelidad a Dios. San Gregorio Magno dice sobre esto:

«Quiso el Señor que se nos ocultase el tiempo de nuestra muerte, para que la misma incertidumbre de aquel momento nos obligue a estar siempre dispuestos» (Comentarios a Job lib. 12c, 38).

–Esta confianza es la que se respira en todo el Salmo 95, escogido como responsorial: «El Señor llega a regir la tierra: Decid a los pueblos: El Señor es Rey, Él afianzó el orbe y no se moverá; Él gobierna a los pueblos rectamente». Todo esto invita a la alabanza divina: «Retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos; porque el Señor rige el orbe con justicia y los pueblos con equidad».

–Mateo 23,23-36: Siguen las maldiciones del día anterior. La enseñanza doctrinal de Cristo es clara: la fidelidad en las cosas mínimas hace posible un cuidado grande para las cosas fundamentales. Pero no sucedía así en los fariseos del tiempo de Jesucristo. Esto puede darse ahora también, si cuidamos el cumplimiento minucioso de cosas mínimas y dejamos de cumplir los mayores preceptos del Señor, sobre todo los referentes a la caridad. Las cosas pequeñas tienen gran valor, con tal que se hagan por amor de Dios. Ahí está el valor de todas nuestras actuaciones. Se ha escrito que todos los días tenemos que escoger entre el dolor de amar o el dolor, mucho más grande, de no amar. Y solo se ama si se vive en la verdad. «Purifiquemos primero el corazón», como decía San Agustín (Sermón 38).



Miércoles

Años impares

–1 Tesalonicenses 2,9-23: Una obsesión: proclamar el Evangelio de Dios. Esto es lo que hizo San Pablo y los fieles se lo agradecieron con una gran acogida. La actitud de San Pablo es siempre modélica. Esto mismo es un aliciente a la aceptación de su doctrina evangélica. San Gregorio Magno escribe:

«Cuando descubrís algo de provecho, procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le instáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esa costumbre terrena, y cuando vayáis a Dios no lo hagáis solos (Homilías sobre el Evangelio 6,6).

–El Salmo 138, como ya hemos dicho, es un canto a la omnisciencia de Dios y también a su omnipresencia: «Señor, Tú me sondeas y me conoces. ¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás Tú, si me acuesto en el abismo, allí me agarrará tu derecha... Ni la tiniebla es oscura para Ti y la noche es clara como el día».

Tengamos confianza plena en Dios. Estemos siempre conscientemente en la presencia de Dios.

Años pares

–1 Tesalonicenses 3,6-10.16-18: El que no trabaje que no coma. La ociosidad es enemiga del alma. San Pablo es ejemplo también en el trabajo. El trabajo no es solamente una necesidad, es también un valor que, dentro de su orden, debe responder a exigencias precisas. Si el hombre quiere tomar parte, como hijo de Dios, en la edificación del Reino, debe contribuir a la humanización de la tierra y a la transformación de las relaciones entre los hombres, entre todos los hombres. La doctrina social de la Iglesia es muy explícita y precisa en el valor del trabajo. Esto no quita para que los fieles contribuyan a las realizaciones del ministerio por el que se dedican los pastores al bien de las almas, cosa que no podrían hacer en una disponibilidad permanente si estuvieran dedicados a trabajos diferentes del ministerio.

–Con el Salmo 127 decimos: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien».

–Mateo 23,27-32: Siguen las maldiciones. Son las últimas. Son duras y provocan la ruptura entre el Señor y los jefes religiosos de los judíos. Comenta San Agustín:

«Si nos mantenemos en el buen camino no llamamos padres a quienes dieron muerte a los profetas, sino a quienes fueron muertos por los padres de ellos. Porque si uno puede degenerar por las costumbres, de idéntica manera, puede llamarse hijos por ellas. Así, a nosotros se nos llamó hijos de Abrahán... Si Abrahán fue justo por creer, todos los que después de él imitaron la fe de Abrahán se hicieron hijos de él...

«“Vosotros dais testimonio a vosotros mismos de que sois hijos de quienes dieron muerte a los profetas, puesto que los llamáis padres vuestros. También vosotros colmaréis la medida de vuestros padres”. Esto último es una profecía de lo que ellos mismos harían con el propio Jesucristo y más tarde con sus discípulos. Fueron peores que sus padres. Cristo vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. La Luz brilló en las tinieblas, pero éstas la rechazaron. También a nosotros nos puede suceder lo mismo» (Sermón 305, A,3ss).



Jueves

Años impares

–1 Tesalonicenses 3,7-13: Sobre todo amor. Goza San Pablo por las noticias que ha recibido de ellos. Quiere volver a verlos. De momento les exhorta a que crezcan en el amor, para ser santos e irreprochables, como el mismo Pablo ama a todos. San Juan Crisóstomo enseña:

«Amar a una persona y mostrar indiferencia a otras es característico del afecto puramente humano; pero San Pablo nos dice que nuestro amor no debe tener ninguna restricción... Ser irreprochables ante Dios. En esto consiste propiamente el mérito real de la virtud, y no simplemente en ser irreprochables delante de los hombres... Sí, lo repetiré: es la caridad, es el amor quien nos hace irreprochables» (Homilía sobre I Tes.).

–Con el Salmo 89 proclamamos: «Sácianos de tu misericordia y estaremos alegres, Señor... Baje a nosotros la bendición del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos». El amor de Dios a los hombres es muy superior a lo que podemos figurarnos, incluso teniendo presente lo que dice San Juan en el Evangelio que ‘‘tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Unigénito’’ (3,1). Oigamos a San Juan Crisóstomo:

«Hasta te serviré, porque vine a servir y no a ser servido. Yo soy amigo, y miembro, y Cabeza y hermano y hermana y madre; todo lo soy y solo quiero contigo intimidad. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti; en el cielo por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti, Todo lo eres para Mí, hermano y coheredero. ¿Qué más quieres?» (Homilía 76 sobre San Mateo).

Años pares

–1 Corintios 1,1-9: Enriquecidos por Cristo. Agradece San Pablo las gracias inefables con que han sido enriquecidos los fieles de Corinto. San Juan Crisóstomo comenta:

«Un médico no trata del mismo modo al paciente al inicio de la enfermedad y cuando está convaleciente, un maestro no usa el mismo método con los niños y con los que requieren una enseñanza más elevada. Así actúa el Apóstol: escribe según las necesidades y según el tiempo» (Homilía sobre la Carta a los Romanos 5,3).

Y sigue diciendo el mismo autor:

«La llama el Apóstol Iglesia de Dios para designar que la unidad es el carácter esencial y necesario. La Iglesia de Dios es una en los miembros y no forma más que una Iglesia con todas las comunidades extendidas en el universo, porque la palabra Iglesia no es la designación del cisma, sino de la unidad, de la armonía, de la concordia...

«No hay verdadera paz, como no hay verdadera gracia, sino las que vienen de Dios. Poned esta paz divina y no tendréis nada que temer, aunque fuerais amenazados por los mayores peligros, ya sea por los hombres, ya sea incluso por los mismos demonios. Al contrario, para el hombre que está en guerra con Dios por el pecado, mirad cómo todo le da miedo» (Homilía sobre I Cor 4,2).

–Con el Salmo 144 proclamamos: «Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey... Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. Grande es el Señor y merece toda alabanza, es incalculable su grandeza. Una generación pondera tus obras a la otra y le cuenta tus hazañas; alaban ellos la gloria de tu majestad, y yo repito tus maravillas. Encarecen ellos tus temibles proezas, y yo narro tus grandes acciones; difunden la memoria de tu inmensa bondad y aclaman tus victorias».

Todo cuanto digamos en su honor es poco, pues las gracias y dones que nos ha otorgado son innumerables y mucho más estimables que las otorgadas al pueblo de Israel, como lo manifiestan sin cesar los escritos de los Santos Padres y el Magisterio de la Iglesia.

–Mateo 24,42-51: Estad preparados. Cristo exhorta con varias parábolas a la vigilancia y a la perseverancia en la fidelidad. San Juan Crisóstomo insiste mucho en ello al explicar este lugar en el Comentario del Evangelio de San Mateo:

«Insiste todavía más y repite por qué ha afirmado que ni los ángeles ni Él mismo conocen el día ni la hora del fin del mundo, sino sólo el Padre, porque no les convenía a los apóstoles saberlo. Introduce el ejemplo del padre de familia, es decir, de Él mismo, y de sus fieles servidores, los apóstoles, para exhortarles a la vigilancia, a fin de que, esperando la recompensa, distribuyan a sus compañeros, a su tiempo, el alimento de la doctrina... Esto mismo se lo enseña para que sepan que el Señor vendrá en el momento menos pensado y para exhortar a los administradores a la vigilancia y a la solicitud»...



Viernes

Años impares

–1 Tesalonicenses 4,1-8: Dios quiere de nosotros una vida sagrada. Somos templos vivos de Dios. No podemos profanarlo. La pureza no es solamente cuestión de voluntad, sino también signo de que el hombre ha sido santificado en lo más profundo de su ser por la presencia del Espíritu Santo. Escribe San Juan Crisóstomo:

«Una tierra buena hace algo más que devolver el grano que le ha sido confiado; así también el alma no debe limitarse a cumplir lo que está mandado, sino ir más lejos... Dos condiciones configuran la virtud: evitar el mal y hacer el bien. Huir del mal no completa la virtud, sino que es el principio del camino que conduce a ella. Es necesario añadir un celo ardiente por el bien... Estos crímenes que comentamos no quedarán ni mucho menos impunes, El deleite que nos producen causa menos encantos que dolores traerán consigo los sufrimientos con que serán castigados» (Homilía sobre I Tes.).

La llamada universal a la santidad ha sido una doctrina enseñada por la Iglesia en todos los tiempos. Son bien expresivos los testimonios de los Santos Padres, de San Francisco de Sales y de San José-maría Escrivá, y sobre todo del Concilio Vaticano II. Enseña Casiano:

«El fin último de nuestro camino es el Reino de Dios; pero nuestro blanco, nuestro objetivo inmediato es la pureza de corazón. Sin ella es imposible alcanzar ese fin» (Colaciones 1,4).

–El Salmo 96 es un himno a la realeza de Dios que viene. Puede decirse que toda la historia bíblica gira alrededor de la venida del Señor, preconizada en las venidas parciales, que anuncian la gran venida en los últimos tiempos: «El Señor ama al que aborrece el mal, protege la vida de sus fieles y los libra de los malvados. Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón». Por eso se invita a los justos a alegrarse con el Señor.

Años pares

–1 Corintios 1,17-25: Predicación de Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los griegos, pero sabiduría para los creyentes. Oigamos a San Agustín:

«La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos, pues, un corazón como el vuestro. Reciba la cruz de Cristo, póngala en la frente, donde está el asiento del pudor; allí precisamente donde antes se nota el rubor; póngala allí para no avergonzarse de ella... Lo necio de Dios es más sabio que la sabiduría de los hombres» (Sermón 174,3).

Y San Teodoro Estudita:

«¡Oh don preciosísimo de la Cruz! ¡Qué aspecto tiene más esplendoroso!... Es un árbol que engendra la vida, sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso, sin expulsar a nadie de él; es un madero al que Cristo subió, como rey que monta en su cuadriga, para derrotar al diablo que detentaba el poder de la muerte, y librar al género humano de la esclavitud a que la tenía sometido el diablo. Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y costado, curó las huellas del pecado y las heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza... Aquella suprema sabiduría, que, por así decir, floreció en la cruz, puso de manifiesto la jactancia y la arrogante estupidez de la sabiduría mundana» (Sermón en la Adoración de la Santa Cruz).

–El Salmo 32 nos muestra que los proyectos del Señor subsisten siempre, contra todo criterio meramente humano. Así manifiesta su misericordia que llena toda la tierra. Por eso «los justos aclaman al Señor, que merece la alabanza de los buenos, dan gracias al Señor con cítaras y tocan en su honor el arpa de diez cuerdas... La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho. Deshace los planes de los malvados y frustra sus proyectos». Todo esto nos debe mover a poner en Dios toda nuestra confianza.

–Mateo 25,1-13: Llega el Señor, salid a recibirlo. La parábola de las diez vírgenes es muy aleccionadora. El tiempo de la vida presente ha de ser un tiempo de espera del Señor. Hemos de estar siempre en vela esperándolo y bien preparados. San Agustín expone con frecuencia este pasaje evangélico en sus sermones:

«Estas cinco y cinco vírgenes son la totalidad de las almas de los cristianos. Pero cinco prudentes y cinco necias. Toda alma que vive en un cuerpo se asocia al número cinco, porque se sirve de los cincos sentidos. Fueron y entraron las cinco prudentes. ¡Cuán muchos sois, hermanos míos, en el nombre de Cristo! Hállense entre vosotros las cinco vírgenes prudentes. Vendrá, en efecto, la hora; vendrá y en el momento que desconocemos. Vendrá a media noche, estad en vela... Si, pues, hemos de dormir, ¿cómo estaremos en vela? Vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad, con las obras. Y una vez que te hayas dormido en el cuerpo, ya llegará el momento de levantarte. Cuando te hayas levantado, prepara las lámparas. Que no se te apaguen entonces, que ardan con el aceite interior de la conciencia..., entonces te introducirá el Esposo en la Casa en la que nunca duermes, en la que tu lámpara nunca puede apagarse. Hoy, en cambio, nos fatigamos y nuestras lámparas fluctúan en medio de vientos y tentaciones de este mundo. Pero arda con vigor nuestra llama para que el viento de la tentación más bien acreciente el fuego que no lo apague» (Sermón 93).



Sábado

Años impares

–1 Tesalonicenses 4,9-11: Dios mismo nos enseña a amarnos. La caridad viene de Dios. No es solo benevolencia, sino una verdadera comunión, creada por la participación de una misma vida. Por eso es fraternidad. El cristiano se purifica progresivamente del pecado y así se deja invadir más y más por la vida divina. San Clemente Romano escribe:

«La altura a la que nos eleva la caridad es inenarrable. La caridad nos une con Dios, la caridad cubre la muchedumbre de pecados, la caridad todo lo soporta, la caridad es paciente. Nada hay vil en la caridad, nada soberbio... En la caridad se perfeccionaron todos los elegidos de Dios. Sin la caridad nada es agradable a Dios» (Carta a los Corintios I,49).

–Con el Salmo 97 proclamamos que en la concordia y la paz de todos brota la alabanza divina, pues todo nos viene del Señor: «El Señor llega para regir la tierra con rectitud. Cantemos al Señor un cántico nuevo porque hace maravillas; su diestra le ha dado la victoria; retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes. El Señor rige el orbe con justicia y los pueblos con rectitud». De Él aprendemos todos y así todos viviremos en la paz, que es uno de los mejores bienes de los pueblos.

San Pablo decía a los Filipenses: «La paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros sentidos en Jesucristo» (4,7). La paz del cristiano es de orden interior, conocimiento de las propias miserias y de las propias virtudes, respeto a los demás y una confianza plena en el Señor.

Años pares

–1 Corintios 1,26-31: Dios ha escogido lo débil del mundo. Dios llama a todos, a sabios e ignorantes, a vivos y a pobres, a gente distinguida y a gente sencilla..., porque lo que Él da no está sujeto a la riqueza, a la sabiduría humana ni a la aristocracia. Está por encima de todo eso. Este es el nuevo orden de cosas que trajo el Señor a la tierra, los más grandes son aquellos que más sirven, los más elevados son aquellos que más se abajan por amor a Dios y al prójimo. Comenta San Agustín:

«¿Quieres ser grande? Comienza por hacerte pequeño. ¿Piensas construir un edificio de colosal altura? Dedícate primero al cimiento bajo. Y cuanto más elevado sea el edificio que quieres levantar, tanto más honda debes preparar su base... Los edificios antes de llegar a las alturas se han de humillar. El remate se levanta airoso después de la humillación» (Sermón 142).

San Juan Crisóstomo exclama:

«¡Qué hermoso es el orden que el Apóstol pone en su lenguaje! Dios nos ha hecho sabios sacándonos del error; después justos y santos comunicándonos su espíritu» (Homilía sobre I Cor)

–El Salmo 32 nos muestra la misma doctrina: Es dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad. Es dichosa la nación no porque tiene riquezas y poder, sino porque su Dios es el Señor. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia. Es la enseñanza de San Juan Crisóstomo:

«Porque la soberbia fue la raíz y la fuente de la maldad humana, contra ella pone el Señor la humildad, como firme cimiento, porque una vez colocada ésta debajo, todas las demás virtudes se edificarán con solidez, pero si ésta no sirve de base, se destruye cuanto se levante por bueno que sea» (Homilía 15 sobre San Mateo).

–Mateo 25,14-30: La fidelidad para entrar en el Reino. La parábola sobre los talentos exhorta a una postura activa y generosa en toda la vida. San Juan Crisóstomo comenta:

«Este hombre, padre de familia, es Cristo, sin ninguna duda. Él, al ascender victorioso al Padre después de su resurrección, llamó a los apóstoles y les confió la doctrina evangélica, dando a uno más y a otro menos, no por liberalidad o parsimonia, sino según las fuerzas de los que recibían, como dice también el Apóstol que había alimentado con leche a los no podían tomar alimento sólido. Por eso acoge con la misma alegría al que había transformado en diez los cinco talentos que al que había transformado los dos en cuatro, no considerando la magnitud de la ganancia sino la intención de su esfuerzo... Lo que había dicho para excusarse, se vuelve contra él mismo.

«Es llamado servidor malo porque acusa, sin razón, a su señor; perezoso porque no quiso duplicar el talento, de modo que por un lado se le condena por su indolencia y por el otro, por su negligencia... La palabra divina, que debería haber sido dada a los banqueros y negociantes, es decir, ya sea a los otros doctores –que es lo que hicieron los apóstoles consagrando presbíteros y obispos en cada provincia– o a todos los creyentes que hubieran podido duplicar el dinero y devolverlo con interés ejecutando con obras todo lo que habían aprendido con palabras...» (Comentario al Evangelio de Mateo 25,14-15.26-28).