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17ª Semana

Domingo

Entrada: «Dios vive en su santa morada; Dios, que prepara casa a los desvalidos, da fuerza y poder a su pueblo» (Sal 67,6-7.36). Dios nos recibe siempre en su Casa: la iglesia catedral, parroquial, monástica. Le adoramos en su santa morada, en la asamblea litúrgica.

Colecta (del Misal anterior, antes del Gregoriano, ahora retocada con textos del Veronense): «¡Oh Dios!, protector de los que en ti esperan; sin ti nada es fuerte ni santo. Multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu mano providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos».

Ofrendas (del Misal anterior, antes del Gregoriano, retocada ahora con textos del Gelasiano y del sacramentario de Bérgamo): «Recibe, Señor, las ofrendas que podemos presentar gracias a tu generosidad, para que estos santos misterios, donde tu Espíritu actúa eficazmente, santifiquen los días de nuestra vida y nos conduzcan a las alegrías eternas».

Comunión: «Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios» (Sal 102,2); o bien: «Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,7-8).

Postcomunión (tomada del propio de los dominicos): «Hemos recibido, Señor, este sacramento, memorial perpetuo de la pasión de tu Hijo; concédenos que este don de su amor inefable nos aproveche para la salvación».

Ciclo A

Parábola del tesoro escondido. Todo se sacrifica a fin de conseguirlo. Nada supera a la Sabiduría que procede de Dios. San Pablo nos inculca el plan de Dios sobre nosotros que no es otro que el amor que Dios nos tiene y quiere que reproduzcamos en nosotros la imagen de su Hijo bien amado para compartir su gloria.

Sólo así es posible entrar en el Reino de Dios y aquí en la tierra. Esto nos prepara, a su vez, para la santidad de vida y para la liberación y santificación consumada en la eternidad.

Dichosos los que por la oración y disponibilidad humilde saben descubrir en el tiempo las posibilidades de la eternidad bienaventurada que nos ofrece el misterio de Cristo, revelación de la plenitud de la Sabiduría divina.

–1 Reyes 3,5.7-12: Pediste discernimiento. Salomón es en la historia de la salvación un símbolo típico de la exaltación de la sabiduría como actitud religiosa, como don gratuito y como responsabilidad bienhechora entre los hombres.

El don del juicio a Salomón señala un momento importante en la historia del movimiento sapiencial de Israel. El carisma consiste en una especial prerrogativa del soberano para gobernar al pueblo con rectitud, en el contexto no de una justicia humana, sino en el de la elección de Israel y de la fidelidad a la Alianza, es decir, en un sentido religioso y mesiánico. Esto es un carisma concedido de lo alto para bien del pueblo, un don del Espíritu que ha aparecido en otros personajes como Moisés y, sobre todo, aparecerá en el Rey-Mesías.

Las inevitables deficiencias de varios reyes de Israel en el gobierno, en la administración de la justicia y en la fidelidad a la Alianza, conducirá a una espera cada vez más apremiante del futuro Rey ideal, el que sólo ejercerá plena y perfectamente la justicia, sueño de todos los hombres. Esto sucederá en el Nuevo Testamento, más aún será propio del Mesías «la justicia de Dios» (Jer 23,5): Cristo, más que Salomón (Mt 12,42).

–Unos versos del Salmo 118 nos ofrecen materia de reflexión y meditación, como Salmo responsorial: «¡Cuánto amo tu voluntad, Señor! Mi porción es el Señor, he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo los preceptos del Señor que miles de monedas de oro y plata. Que tu voluntad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo; cuando me alcance tu compasión, viviré, y mis delicias será tu voluntad. Yo amo tus mandatos, más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos, y detesto el camino de la mentira. Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma; la explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes».

–Romanos 8,28-30: Nos predestinó a ser imagen de su Hijo. La sabiduría salvífica de Dios ha culminado su revelación en Cristo. Y nos ofrece el don de descubrir en Él la Sabiduría divina que nos ilumina y santifica. Su Corazón es el diseño perfecto que nos ha trazado el Padre.

Es conocida la distinción evangélica de «llamados» y «elegidos» (Mt 22,14). Los israelitas estaban todos llamados al Reino, pero no todos fueron elegidos, es decir, miembros efectivos del Reino de Dios. El Apóstol insiste aquí en el don inefable de la vocación divina, pero esto no excluye la responsabilidad de la colaboración activa y total al don de Dios. Comenta San Agustín:

«Me dirá alguno: Entonces no obramos nosotros, sino que otro obra en nosotros. Le respondo: Es más acertado decir que obras tú y que otro obra en ti; y sólo obras bien cuando actúa en ti el que es bueno. El Espíritu de Dios que obra en ti, te ayuda cuando obras tú. Su mismo apelativo de auxiliador te indica que también tú haces algo. Reconoce lo que pides, reconoce lo que proclamas cuando dices: “sé mi auxiliador, no me abandones” (Sal 26,9). Invocas ciertamente a Dios como auxiliador, pero nadie recibe ayuda si él nada hace. Quienes son movidos por el Espíritu de Dios, dice, esos son hijos de Dios; movidos no por la letra, sino por el Espíritu, no por la ley que ordena, amenaza y promete, sino por el Espíritu que exhorta, ilumina y ayuda. “Sabemos, dice el Apóstol, que todo coopera para el bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28). Si tú no hicieres nada, él no sería tu colaborador» (Sermón 156,11).

–Mateo 13,44-52: Vende todo lo que tiene y compra el campo. La genuina sabiduría evangélica consiste en la apertura humilde y decidida a la gracia divina y a los dones salvíficos que el Padre nos ofrece amorosamente en Cristo y que transforman nuestras vidas. El anuncio del Reino de Dios es el punto principal del mensaje de Cristo (Mc 1,15) realidad o una situación espiritual, en la cual el hombre reconoce, en espíritu de amor y de temor filial, la soberanía o el primado absoluto de Dios y cumple lo más perfectamente posible su Voluntad (Mt 6,10). San Jerónimo explica:

«Este tesoro en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2,3), es el Verbo de Dios que parece escondido en la carne de Cristo, o bien las sagradas Escrituras en las que está guardado el conocimiento del Salvador. Cuando alguien lo descubre en ellas, debe despreciar todas las ganancias de este mundo para poder poseer a aquel a quien ha encontrado. Lo que sigue: el hombre que lo encuentra, lo vuelve a esconder, no significa que lo hace por maldad sino por temor y como no quiere perder ese bien, esconde en su corazón el tesoro que ha preferido a sus antiguas riquezas» (Comentario al Evangelio de San Mateo 44).

«Las perlas finas que busca el mercader son la ley y los profetas, el conocimiento del Antiguo Testamento. Pero hay una perla única, la más valiosa: el conocimiento del Salvador, el misterio de su pasión, el secreto de su resurrección. Cuando un mercader la encuentra, como el Apóstol Pablo, desprecia todos los misterios de la ley y de los profetas y las antiguas observancias en las que vivía irreprochablemente; las considera como inmundicias y basura, para ganar a Cristo (Flp 3,8). No es que el descubrimiento de la nueva perla sea condenación de las perlas antiguas, sino que en comparación con aquélla, todas las otras joyas son menos valiosas» (ib. 45,46).

Ciclo B

Con este domingo la liturgia comienza a presentarnos un tema centralísimo en el cristianismo: la sagrada Eucaristía, según el capítulo sexto del Evangelio de San Juan.

El discurso eucarístico de Cafarnaún desarrollado y meditado en estos domingos, nos irá actualizando las inmensas riquezas del acontecimiento eucarístico, que, como ha expresado el Concilio Vaticano II en varios de sus documentos es «el centro y culmen, raíz y fuente» de toda la vida de la Iglesia, de su propia actividad y de la vida y autenticidad cristiana.

Necesitamos mucho insistir en todo lo que es la Eucaristía en la vida cristiana y actuar en consecuencia en su triple aspecto: Sacramento-Sacrificio; Sacramento-Presencia y Sacramento-Comunión, según expresión del Papa Juan Pablo II en su primera encíclica Redemptor Hominis.

–2 Reyes 4,42-44: Comerán y sobrará. El Antiguo Testamento, aún con sus sombras, nos adelantó proféticamente las realidades del Nuevo y proclamó la salvación definitiva en Cristo, Mesías y Profeta, en la plenitud de los tiempos.

Los prodigios que Dios obraba por medio de sus siervos los profetas tenían por misión autentificar la palabra predicada por ellos, de modo que el pueblo tuviese garantía de su origen divino.

Dios sigue obrando en su Iglesia maravillas. Hemos de reconocerlo y utilizarlo para profundizar más y más en la fe y hacer que los demás crean en el mensaje divino. Pero esto será difícil si nuestra vida no se conforma con ese mensaje, no obstante los prodigios que Dios hace constantemente en medio de nosotros.

–El Salmo 144 nos ofrece unos textos de meditación relacionados con la lectura anterior: «Abres tú la mano, Señor y sacias de favores a todo viviente. Los ojos de todos están fijos en el Señor y Él les da la comida a su tiempo... Está cerca de los que lo invocan sinceramente». El Señor es fiel y providente, levanta a los que caen y suministra a las criaturas lo necesario para vivir.

–Efesios 4,1-6: Un solo cuerpo, una fe, un solo bautismo. En el Corazón de Cristo se consuma el designio de unidad entre todos los hombres. Un único Padre que nos ama en su único Hijo y que nos hace a todos participar en su único Espíritu.

En la Iglesia no debe existir ningún elemento discriminatorio ni en los que vienen del judaísmo, ni en los que vienen de la gentilidad. Lo que todos han de hacer es poner su esperanza en la salvación a la cual todos han sido llamados por Dios. Sobre la unidad, exhorta San Cipriano:

«El que abandona esta cátedra de Pedro, sobre la cual está fundada la Iglesia, ¿puede creer que está todavía en la Iglesia? El que se rebela contra la Iglesia y se opone a ella, ¿puede pensar que está en ella? El mismo Apóstol Pablo enseña idéntica doctrina declarando el misterio de la unidad con estas palabras: “un solo cuerpo y un solo espíritu, una sola esperanza en vuestra vocación” (Ef 4,4)... Esta unidad hemos de mantener y vindicar particularmente aquellos que estamos al frente de la Iglesia como obispos, mostrando con ello que el mismo episcopado es uno e indiviso.

«Nadie engañe a los hermanos con falsedades; nadie corrompa la verdad de nuestra fe con desleal prevaricación: el episcopado es uno y cada uno de los que lo ostentan tienen una parte de un todo sólido. La Iglesia es una, aunque al crecer por su fecundidad se extienda hasta formar una pluralidad. El sol tiene muchos rayos, pero su luz es una; muchas son las ramas de un árbol, pero uno es el tronco, bien fundado sobre sólidas raíces; muchos son los arroyos que fluyen de la fuente, pero aunque la abundancia del caudal parezca difundirse en pluralidad, se mantiene la unidad en el origen» (Sobre la unidad de la Iglesia,4-7).

–Juan 6,1-15: Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron. De este hecho histórico procedió el llamado sermón eucarístico de Cafarnaún. El «hecho eucarístico» es, en la Iglesia, la verdadera multiplicación del Pan de vida (Jn 6,35-48), que nos alimenta para la unidad con la propia vida de Cristo, el hijo de Dios vivo.

De este milagro, ampliamente comentado por los Santos Padres, se deducen muchas consecuencias: debemos servir a todos en su totalidad existencial, en lo que pertenece a su alma y a su cuerpo, a sus problemas temporales y eternos. Hemos de actuar evangélicamente con sentido preciso de las necesidades de este mundo, como toda la historia de la Iglesia nos lo muestra desde los tiempos apostólicos, en los que «todos tenían un solo corazón y una sola alma». Comenta San Agustín:

«Gran milagro es hartar con cinco panes y dos peces a cinco mil hombres y aún sobrar doce canastos. Gran milagro, a fe; pero el hecho no es tan de admirar si pensamos en el Hacedor. Quien multiplicó los panes entre las manos de los repartidores, ¿no multiplica las semillas que germinan en la tierra y de unos granos llena los trojes? Pero como este portento se renueva todos los años a nadie le sorprende... Al hacer estas cosas hablaba el Señor a los entendimientos no tanto con palabras como por medio de sus obras» (Sermón 130).

El relato evangélico de la multiplicación de los panes y de los peces tiene, en su contexto y en la intención pedagógica del Maestro, un fuerte trasfondo mesiánico-eucarístico. Jesús intenta poner en evidencia sus poderes teándricos y su Señorío mesiánico trascendente para promover la fe. Trata de disponer las inteligencias al anuncio eucarístico-pascual. Aun literariamente, el relato histórico del acontecimiento es consignado por los cuatro evangelistas con módulos y lenguaje litúrgicos, que reflejan la tradición eucarística ya existente en las primitivas comunidades (1 Cor 11,17s.). Iluminados por la Palabra de Dios y vivificados con su Eucaristía testifiquemos en nuestra vida cotidiana nuestra identidad evangélica entre todos los hombres, si no queremos frustrar todo lo que Dios ha obrado en nosotros por su liturgia eucarística plenamente vivida.



Ciclo C

Se nos exponen vivamente en la primera y tercera lecturas la fuerza de la oración. Así lo muestra el diálogo de Abrahán con Dios y la parábola del amigo inoportuno. San Pablo nos recuerda que, por obra del bautismo, hemos muerto y resucitado con Él. Por su sacrificio en la cruz Cristo nos ha merecido el perdón de los pecados y nos ha hecho compartir su vida.

Para la existencia cristiana la oración no es un adorno convencional, sino una necesidad profunda y el primer signo de una vida real de fe, esperanza y caridad. La oración dialogante con el Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo, es siempre la vivencia más espontánea de la fe cristiana, un ejercicio de la virtud de la esperanza y el primer acto de la caridad.

–Génesis 18,2-32: No se enfade mi señor si sigo hablando. Como Padre de los creyentes, Abrahán aparece también en la historia de la salvación como criatura abierta al coloquio con Dios y en actitud mediadora.

Todo es impresionante en este diálogo, pero de modo especial la condescendencia y la misericordia de Dios. Se acomodó a lo que Abrahán le pide. Fue lástima que Abrahán no descendiera más. Se quedó en diez justos. No los había. Pero, ¿y si hubiera pedido dos o un justo? Posiblemente Dios hubiera accedido. Hay pasajes escriturísticos que lo sugieren. Antes el pecado de uno bastaba para el castigo de muchos. Ahora la justicia e inocencia de pocos es suficiente para atraer la misericordia divina. Más aún la de uno solo (Jer 5,1). San Agustín enseña:

«No seamos prontos para las disputas y perezosos y tardos para las oraciones. Oremos, mis muy amados hermanos, oremos para que Dios dé su gracia a nuestros enemigos y, sobre todo, a nuestros hermanos y a los que nos aman, para comprender y confesar que, después de la tremenda e inefable ruina por la que todos en uno caímos, nadie puede ser libre sino por la gracia de Dios, y que ésta no se da como debida a los méritos de los que la reciben, sino como verdadera gracia, gratuitamente, sin mérito alguno precedente» (Del don de la perseverancia 24,66).

–Como Salmo responsorial se han escogido algunos versos del Salmo 137: «Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste... El Señor se fija en el humilde... conserva la vida en los peligros... su derecha nos salva... completará sus favores, porque su misericordia es eterna y no abandona la obra de sus manos».

–Colosenses 2,12-14: Os dio vida en Cristo, perdonándoles todos los pecados. Por el bautismo se nos ha dado la existencia cristiana, con el derecho filial a la oración, a la amistad y al diálogo de intimidad con el Padre. Se trata ahora, en la práctica reflejar que estas dos realidades, bautismo y fe son indisolubles: el bautismo sin fe nos une al misterio de Cristo; la fe sin bautismo es una realidad incompleta. Dice San Ambrosio:

«Es evidente que, en el que es bautizado, está crucificado el Hijo de Dios, porque nuestra carne no podía estar libre de pecado si no estuviera crucificada en Cristo Jesús (Rom 6,3 y 6,5-6), y a los Colosenses: sepultados con Él en el bautismo... (Col 2,14), porque Él solo puede perdonar nuestros pecados. Él es quien triunfa en nosotros de los principados y de las potestades (Col 2,15)» (Tratado de la Penitencia 2,2,9).

–Lucas 11,1-13: Pedid y se os dará. El Corazón de Cristo Jesús, el Hijo muy amado del Padre, nos reveló la Paternidad entrañable de Dios. Nos ha hecho participar de su propia filiación divina (Gál 4,4) y nos ha enseñado el secreto de la verdadera oración. San Ambrosio explica:

«Este es el pasaje del que se desprende el precepto de que hemos de orar en cada momento, no sólo de Día, sino también de noche; en efecto, ves que éste que a media noche va a pedir tres panes a su amigo y persevera en la demanda instantemente, no es defraudado en lo que pide. Pero, ¿qué significan estos tres panes? ¿acaso no son una figura del alimento celestial?; y es que, si amas al Señor, tu Dios, conseguirás, sin duda, lo que pides, no sólo en provecho tuyo, sino también en favor de los demás. Pues, ¿quién puede ser más amigo nuestro que Aquel que entregó su cuerpo por nosotros?» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas 87).



Lunes

Años impares

–Éxodo 32,15-24.30-34: El pecado de idolatría del pueblo. El becerro de oro. Dos concepciones de religión: una falsa y otra verdadera. Una que adora a las criaturas, llamemos ídolos, honores, riquezas, prestigio, fama...; y otra que adora al verdadero Dios en Jesucristo, que nos dejó el culto al que hemos de dedicarnos con la reactualización sacramental de su sacrificio redentor en la celebración de la Eucaristía, en los demás sacramentos y sacramentales, todo dirigido por su Iglesia santa.

Al final de esa lectura Moisés intercede por su pueblo prevaricador. Comenta San Agustín:

«El pueblo de Dios, después de haber visto tantos prodigios y milagros..., no obstante todo esto, pidió un ídolo, lo exigió, lo hizo, lo adoró y le ofreció sacrificios. Indica Dios a su siervo lo hecho por el pueblo y promete hacerlo desaparecer delante de sus ojos. Intercede Moisés... ; se adhiere a los pecadores y pide por ellos. ¿Y cómo pide? ¡Gran prueba de amor, hermanos! ¿Cómo pide? Ved aquella prueba de amor materno del que hemos hablado con frecuencia.

«Cuando Dios amenazaba al pueblo sacrílego, se estremecieron las piadosas entrañas de Moisés y se puso en su lugar ante la ira de Dios: “Señor, dijo, si le perdonas el pecado, perdónaselo; de lo contrario bórrame del libro que has escrito” (Ex,32,31-32). ¡Con qué entrañas a la vez paternales y maternales, con cuánta seguridad dijo esto, confiando en la justicia y misericordia de Dios!. Para que siendo justo no perdiera al justo, y siendo misericordioso perdonara a los pecadores» (Sermón 88).

–El Salmo 105 nos ofrece materia para meditar y reflexionar aún más sobre el contenido de la lectura anterior: «Dad gracias al Señor, porque es bueno... En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición, cambiaron su gloria por un toro que come hierba. Se olvidaron de Dios, su Salvador... Dios hablaba ya de aniquilarlos, pero intercedió Moisés...» El Salmo es un poema histórico que sintetiza la historia de Israel. Nosotros tenemos mucho que aprender de él. También nos hacemos con frecuencia ídolos de fundición: el poder, las riquezas, los honores, la fama..., y miles de manifestaciones del amor propio. Pero Dios, siempre misericordioso, nos aguarda, espera la hora de la conversión, del arrepentimiento, como el Padre esperaba al hijo pródigo de la reina de las parábolas. Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia, nos enseña San Pablo.

Años pares

–Jeremías 13,1-11: El pueblo será como ese cinturón que ya no sirve para nada. Con un gesto profético, Jeremías da a en-tender que Dios rechazará a Judá y a Jerusalén, puesto que su pueblo se ha apartado de Él.

La imagen del cinturón es elocuente. Yahvé ha hecho de Israel algo entrañablemente suyo, y este pueblo vive de la intimidad misma que Dios le propone. En cuanto Israel rompe sus compromisos con su Señor, pierde automáticamente su razón de ser, como el cinturón de cuero expuesto a la humedad. Así nos sucede también a nosotros. Nuestra filiación divina nos hace mucho más cercanos a Dios que el antiguo Israel, nos hizo el Señor más entrañablemente suyos; el pecado nos convierte en cinturón inservible. Desposeído de la gracia, por la que participamos en la propia naturaleza divina, coherederos con Cristo de su gloria..., todo lo perdimos.

Pero hemos de reaccionar vigorosamente contra esa situación tan calamitosa y arrepentirnos de nuestros pecados. El Señor siempre nos aguarda con gran misericordia.

–Lo mismo sigue en el canto responsorial, tomado del Deuteronomio 32: «Despreciaste a la Roca que te engendró... olvidaste a Dios. Lo vio el Señor e, irritado, rechazó a sus hijos e hijas... Son una generación depravada... Se han hecho un dios ilusorio... Ídolos vacíos». ¡Cuántas veces podría dirigirnos el Señor esas mismas quejas. Siempre que pecamos nos ponemos en las mismas circunstancias que Israel. Dice San Agustín:

«Todo lo que quieres y deseas es bueno. No quieres tener una bestia mala, un siervo malo, un vestido malo, una villa mala, una casa mala... Todo lo quieres bueno, pues sé tú también bueno que todo lo quieres bueno. ¿Dónde has tropezado, para que entre todas las cosas buenas que quieres, sólo tú quieres ser malo» (Sermón 297).

–Mateo 13,31-35: El grano de mostaza se hace arbusto... Así el Reino de los cielos, pequeño al principio y luego esplendoroso. San Juan Crisóstomo comenta esta parábola:

«¿Quiénes, pues, y cuántos serán los que crean? A fin de quitarles este temor, incítalos a la fe por medio de esta parábola del grano de mostaza y les hace ver que, de todos modos, se propagaría la predicación del Evangelio. De ahí que les ponga delante la imagen de una legumbre muy propia para el objeto que el Señor se proponía... Quiso el Señor dar una prueba de su grandeza, pues así exactamente sucederá con la predicación del Reino de Dios. Y, a la verdad, los más débiles, los más pequeños entre los hombres, eran los discípulos del Señor; mas como había entre ellos una fuerza grande, desplegóse ésta y se difundió por todo el mundo» (Homilía 46,2 sobre San Mateo).



Martes

Años impares

–Éxodo 33,7-11; 34,5-9.28: Moisés habla con el Señor cara a cara. En medio de las tiendas del pueblo se halla la Tienda del Encuentro, en que reside la gloria de Dios, y en donde Moisés reside intercede en favor de su pueblo. Esta presencia de Dios en medio de su pueblo se verificará en plenitud en la Encarnación, cuando la Palabra hecha carne establezca su tienda entre los hombres.

A raíz del incidente del becerro de oro, vino a producirse una ruptura entre Dios y su pueblo. Ruptura que Moisés simboliza en su mismo comportamiento. Esta ruptura entre el pueblo y Moisés sirve de ocasión para describir la vida mística del Patriarca. San Gregorio de Nisa lo explica así:

«Hemos descrito la vida de Moisés como un ejemplar de perfección, por el que pueden dibujarse los rasgos de esta belleza manifestada en un hombre. Que Moisés alcanzó la perfección posible al hombre, se manifiesta en el testimonio de la voz divina: “has hallado, dice, gracia a mis ojos y te conozco por tu nombre” (Ex 33,17). Además él fue llamado “amigo de Dios” (Ex 13,11) por Dios mismo. Y queriendo Dios, airarse por los pecados de su pueblo, perderlos a todos, Moisés prefiere morir con el pueblo a vivir sin el pueblo, y Dios, obrando como amigo, se aplacó (Ex 3211-14). Todo lo cual manifiesta que Moisés llega a la cumbre de la perfección humana» (Libro de la vida de Moisés).

–Con el Salmo 102 decimos: «El Señor es compasivo y misericordioso, hace justicia, defiende a los oprimidos, enseñó sus caminos a Moisés..., lento a la ira, rico en clemencia, no acusa siempre ni guarda rencor perpetuo, no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas..., siente el Señor ternura por su fieles».

Es un canto maravilloso al amor de Dios. La santidad de Dios es, ante todo, la trascendencia, por la cual Dios es totalmente distinto de los hombres. Es el Todo Otro. Mas el Dios infinitamente grande se inclina como un Padre sobre sus hijos. A todos quiere, a todos desea salvar, mas ¿qué hace el hombre?

Años pares

–Jeremías 14,17-22: Recuerda, Señor y no rompas tu alianza con nosotros. El profeta Jeremías describe el inmenso desastre que se ha abatido sobre el pueblo. Éste hace penitencia. Esta confesión colectiva de los pecados atrae la misericordia de Dios. Esa confesión es una manifestación de gran fe, por la cual se expresa que la bondad de Dios es inmensamente mayor que los pecados de los hombres. Así se han expresado generalmente los Santos Padres, como San Jerónimo:

«No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de la misericordia divina perdonará, sin duda, la enormidad de vuestros muchos pecados» (Comentario sobre el profeta Joel).

Y San Gregorio Magno:

«Consideramos cuán grandes son las entrañas de su misericordia, que no sólo nos perdona nuestras culpas, sino que nos promete el reino celestial a los que se arrepientan después de ellas» (Homilía 19 sobre los Evangelios).

–Sigue el clamor penitencial en el Salmo 78: «Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre... Líbranos de nuestros pecados... salva a los condenados a muerte..., nosotros, ovejas de tu rebaño..»

La Iglesia sabe que el pecado es la causa de inmensas ruinas espirituales y materiales (Gaudium et spes 13). El pecado profana el templo espiritual de las almas, donde mora el Espíritu Santo; por el pecado Cristo derramó su propia sangre. Tengamos presente lo que dice San Pablo en la Carta a los Romanos 2,24: «que el nombre de Dios no sea blasfemado entre los paganos por vuestra culpa». La Iglesia sufre por la descristianización de los pueblos en los que se ha sembrado abundantemente la semilla evangélica.

–Mateo 13,36-43: La cizaña arrancada y quemada simboliza el fin del tiempo. Cristo da a conocer que en el estado actual del Reino una lucha constante enfrentará al Hijo del hombre con el Maligno, pero al final vencerá y los justos brillarán como el sol. Comenta San Agustín:

«Ved lo que preferimos ser en su campo; considerad cuáles nos hallará la siega. El campo que es el mundo, es la Iglesia, difundida por el mundo. Quien es trigo persevere hasta la siega; los que son cizañas, háganse trigo. Porque entre los hombres y las espigas de verdad o la cizaña real hay esta diferencia: cuando nos referimos a la agricultura, la espiga es espiga y la cizaña. Pero en el campo del Señor, esto es, la Iglesia, a veces lo que era trigo se hace cizaña y lo que era cizaña se convierte en trigo y nadie sabe lo que será mañana...

«Escuchad, carísimos granos de Cristo; escuchad carísimas espigas de Cristo; escuchad carísima mies de Cristo; reflexionad sobre vosotros mismos, mirad a vuestra conciencia, interrogad a vuestra fe, preguntad a vuestra caridad, despertad vuestra conciencia y si os reconocéis mies de Cristo, traed a vuestra mente: “quien perseverare hasta el fin, ése será salvo” (Mt 10,22). Pero quien al escudriñar su conciencia, se encontrare entre la cizaña, no tema cambiarse. Todavía no hay orden de cortar; aún no llegó la siega; no seas hoy lo que eras ayer; o no seas mañana lo que eres hoy» (Sermón 73, A,1-2).



Miércoles

Años impares

–Éxodo 34,29-35: Al ver el rostro iluminado de Moisés no se atrevieron a acercarse a él. San Pablo alude a esto en su carta segunda a los Corintios 3,18: en la nueva Alianza, los discípulos reflejan como en un espejo la gloria del transformado en su misma imagen. Moisés aparece como un hombre de Dios, capaz de un acercamiento especial con Yavé y su misterio y sembrando con ello su misión de mediador. Comenta San Juan Crisóstomo:

«El cristiano, purificado por el Espíritu Santo en el sacramento de la regeneración es transformado, según la expresión del Apóstol, en imagen del mismo Jesucristo. No solamente contempla la gloria del Señor, sino que toma para sí mismo algunos rasgos de esta gloria divina... El alma regenerada por el Espíritu Santo recibe y difunde a su alrededor el resplandor de la gloria celeste que le ha sido comunicado» (Homilía sobre 2 Cor,7).

–Rezamos con el Salmo 98: «Santo eres, Señor, Dios nuestro... Moisés y Aarón, con sus sacerdotes, Samuel con los que invocan su nombre, invocaban al Señor y Él respondía. Dios les hablaba desde la columna de nube, oyeron sus mandatos y la ley que les dio».

Ciertamente, Moisés, Aarón y Samuel fueron tres grandes siervos de Dios que tuvieron con Él una gran intimidad; pero el cristiano tiene un privilegio mayor y es que puede conocer a Dios trascendente en la Persona de Cristo, como dice San Juan: «A Dios nadie le vio jamás, Dios unigénito que está en el seno del Padre, Ése lo ha dado a conocer» (Jn 1,18).



Años pares

–Jeremías 15,10.16-21: ¿Por qué se ha vuelto crónica mi llaga? Si vuelves, estarás en mi presencia. Jeremías manifiesta su gran amargura y sufrimiento, por las contradicciones que tiene que soportar. Dios lo consuela y responde a sus plegarias prometiéndole una gran fuerza para continuar su misión profética.

Poner fin a la duda negando a Dios o rompiendo los compromisos contraídos con Él no es digno del misterio de Dios. Es menester permanecer firmes en las noches oscuras del sentido y del espíritu y ver venir la luz, tener confianza en Dios y esperar que la solución vendrá sin duda alguna. Estar en vela como aquellos centinelas de que trata el profeta Isaías.

–Un canto que inspira confianza es el Salmo 58 y de él se han escogidos algunos versos como Salmo responsorial: «Dios es mi refugio en el peligro... líbrame de mi enemigo, protégeme de mis agresores, líbrame de los malhechores y de los hombres sanguinarios.. Porque Tú, oh Dios, eres mi Alcázar». La verdadera felicidad del hombre sólo se encuentra en la fidelidad a Dios, que es Padre amoroso. Apartarse de Él, equivale a ir al dolor, a la angustia, a la muerte. Con Él tenemos seguridad en medio de los muchos peligros en que podemos encontrarnos y, de hecho, nos encontramos. Nada más doloroso que la pasión de Cristo, pero Él resucitó y está sentado a la derecha del Padre. A sus discípulos no les faltarán sufrimientos, pero del mismo modo también para ellos vendrán la gloria, la luz esplendorosa y el triunfo.

–Mateo 13,44-45: Vende todo lo que tiene y compra el campo. Son dos parábolas casi idénticas: perla y tesoro. Al hallar eso el buen mercader vende todo lo que tiene para comprar algo de mucho más valor. San Hilario de Poitiers escribe:

«Con la parábola del tesoro en el campo, Él muestra las riquezas de nuestra esperanza puesta en Él. Efectivamente, Dios ha sido encontrado en un hombre; para comprarlo deben ser vendidas todas las riquezas de este mundo. Así adquiriremos las riquezas eternas, el tesoro celestial, dando vestido, comida y bebida a quienes de ello tengan necesidad. Mas es necesario observar que el tesoro se ha encontrado escondido... El tesoro ha estado escondido porque debía ser comprado también el campo. En efecto, con el tesoro en el campo, como hemos dicho, se entiende Cristo encarnado, que se encuentra gratuitamente. La enseñanza de los Evangelios es de suyo completa. Pero no hay otro modo de utilizar y poseer este tesoro con el campo si no es pagando, ya que no se poseen las riquezas celestiales sin sacrificar el mundo» (Comentario al Evangelio de San Mateo 13,7).

San Agustín dice que la piedra preciosa es la caridad:

«También vuestra sociedad es un negocio de cosas espirituales, para ser semejante a los mercaderes que buscan la piedra preciosa. Esta no es otra que la caridad, que será derramada en vuestros corazones por el Espíritu Santo que os será dado» (Sermón 212,1).



Jueves

Años impares

–Éxodo 40,14-19.32-36: La gloria de Dios en el santuario. Una nube cubría la tienda levantada por Moisés, según las órdenes de Dios. En la Nueva Alianza el verdadero templo de Dios es Cristo.

El tabernáculo, el arca y el sacerdocio aseguran al pueblo la presencia de Dios. No se trata, sin embargo, de una presencia automática. Se percataban de que Yavé sólo está presente donde reinan la fidelidad y la conversión y, sobre todo, con los que son «pobres de Yahvé», como aparece en los capítulos 56, 57, 60, 63 y 66 de Isaías.

La Biblia y la Tradición cristiana son unánimes en encarecer la eficacia santificadora del ejercicio de la presencia de Dios: «anda en mi presencia y sé perfecto», dice Dios a Abrahán (Gén 17,1). Quien está plenamente convencido de que Dios le está mirando, se esforzará en evitar todo lo que pueda ofenderle y procurará estar recogido y hacer todo como corresponde a un hijo de Dios. San Columbano explica:

«Dios está en todas partes, es inmenso y está cerca de todos, según atestigua Él mismo: “Yo soy un Dios cercano, no lejano”. El Dios que buscamos no está lejos de nosotros, ya que está dentro de nosotros, si somos dignos de esa presencia» (Instrucciones sobre la fe,1).

Para San Ignacio de Antioquía:

«Nada hay escondido para el Señor, sino que aún nuestros secretos más íntimos no escapan a su presencia. Obremos, pues, siempre conscientes de que Él habita en nosotros, para que seamos templos suyos y Él sea nuestro Dios en nosotros, tal como es en realidad y tal como se manifiestará ante nuestra faz; por esto tenemos motivos más que suficientes para amarlo» (Carta a los Efesios).

–Lógicamente se han escogido algunos versos del Salmo 83 para Salmo responsorial: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos! Mi alma anhela los atrios del Señor... Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre... Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa...» Esto es más cierto en las iglesias cristianas, donde se tiene a Cristo realmente presente en la sagrada Eucaristía. Este Salmo expresa la alegría y el abandono en Dios del que vive en su gracia. Expresa también la felicidad de pertenecer a la Iglesia y poder gozar en las celebraciones litúrgicas los beneficios del amor de Cristo. Los que anhelan la perfección espiritual y la unión con Dios encuentran aquí, en este Salmo, la plegaria que mejor cuadra a sus aspiraciones.

Años pares

–Jeremías 18,1-6: Como el barro en manos del alfarero. Soberanía total de Dios sobre el pueblo de Israel y todo el mundo. San Pablo también usa esa imagen de la elección. Este tema subraya la iniciativa de Dios en su designio sobre el hombre. Todo esto se conjuga con la propia libertad del hombre que el mismo Dios le ha otorgado. Dios quiere que el hombre corresponda, por voluntad propia, por amor, a los designios de amor por parte de Dios. Esto se corresponde mejor con la visión de Cristo en la Cruz, donde se patentiza el supremo amor de Dios y la libertad del hombre. Cristo en la Cruz oró por sus verdugos.

–La lectura anterior nos ofrece una total confianza en manos de Dios, abandono en su divina providencia, aunque nosotros tengamos el deber de hacer todo lo que podamos por nuestra parte. Por eso decimos en el Salmo 145: «Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob... Alaba, alma mía, al Señor: alabaré al Señor mientras viva, tañeré para mi Dios mientras exista. No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar; exhalan el espíritu y vuelven al polvo, ese día perecen sus planes. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios, que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en él».

–Mateo 13,47-55: Selección de los peces buenos y abandono de los malos. Es una descripción del juicio final como la que hace San Jerónimo:

«Una vez cumplida la profecía de Jeremías que dice : “He aquí que os envío a muchos pescadores”. Andrés, Santiago y Juan, hijos del Zebedeo oyeron estas palabras: “seguidme y os haré pescadores de hombres” (Mt 4,19), entretejieron tomando del Antiguo y Nuevo Testamento la red de las doctrinas evangélicas y la arrojaron al mar de este siglo. Hasta el día de hoy está tendida en medio de las olas y recoge todo lo que cae de estos abismos salados y amargos, es decir, hombres buenos y malos, peces mejores y peores. Cuando llegue la consumación y el fin del mundo, como Él mismo lo explica más claramente a continuación, la red será sacada a la orilla; entonces se mostrará el juicio verdadero, la selección de los pescados. Como en un puerto muy tranquilo, los buenos serán puestos en los recipientes de las mansiones celestiales. Pero el fuego de la gehenna recibirá a los malos para quemarlos y calcinarlos» (Comentario al Evangelio de Mateo 13, 47-49).



Viernes

Años impares

–Levítico 23,1.4-11.15-16.27.34-37: Asambleas litúrgicas en las solemnidades del Señor. Entre los judíos se encuentran estas solemnidades litúrgicas: Pascua y los Azimos, Pentecostés, Día de Expiación y Fiesta de la Tiendas.

Las fiestas para los israelitas tienen un sentido muy preciso que supera su origen. No se trata ya de una sumisión del hombre a la naturaleza, sino de su comunión con Dios en la realización de una historia de salvación. Las fiestas judías conmemoran las principales etapas de esta colaboración de la libertad de Dios con la del hombre en la construcción del mundo y en la orientación de su historia.

Con todo, esto no llegó a su plenitud sino con Jesucristo: Él es nuestra Pascua, nuestro Pan ázimo, nuestra Nueva Alianza, nuestra promesa de felicidad. Todas las fiestas cristianas son esencialmente los misterios de Cristo reactualizados sacramentalmente, por medio de los cuales nos ponemos en contacto con su Persona y recibimos su gracia para unirnos más a Él en el amor. Si esto desaparece la fiesta carece de sentido.

–Otra vez nos encontramos con el Salmo 80 para reflexionar sobre la lectura anterior. Esto indica la solemnidad con que comienza este himno, invitando a una alegría extraordinaria, acompañada con toda clase de instrumentos músicos, panderos, cítaras, arpas, trompetas... «Aclamad a Dios nuestra fuerza... Acompañad, tocad los panderos, las cítaras templadas y las arpas; tocad la trompeta por la luna nueva, por la luna llena que es nuestra fiesta, porque es una ley en Israel, un precepto del Dios de Jacob, una norma establecida para José al salir de la tierra de Egipto...» Todo esto tiene un gran sentido religioso, porque las fiestas litúrgicas han de ser una fuente de alegría, y una afirmación rotunda de la soberanía de Dios, el Dios único. Celebramos el comportamiento bienhechor y salvífico de Dios para con el hombre y que Él es el único que puede exigir el tributo de reverencia y sumisión del hombre.

Años pares

–Jeremías 26,1-9: El pueblo se juntó en el templo del Señor. Nueva exhortación de Jeremías para que el pueblo se mantenga fiel a la ley de Dios, de lo contrario le vendrá la ruina y desolación. Esta exhortación le acarrea la incomprensión y el castigo por parte de los hombres que no quieren salir de su pecado y tener espíritu para un culto de mente y corazón, interior y comprometido. Pero todo eso conduce al ateísmo, como lo indicó Pablo VI: «la secularización es un terreno fértil para el ateísmo» (19-III-1971). La Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium subraya más de diez veces el carácter sagrado de la liturgia y afirma que «es acción sagrada por excelencia».

–Mateo 13,54-58: ¿De dónde le viene a Cristo toda su doctrina? Es la pregunta que se hacían sus paisanos. Su doctrina y su autoridad hizo estallar de admiración a sus paisanos, pero era una admiración de escándalo. Conocían a sus familiares y sabían que el Mesías nadie sabría de dónde venía. Pero, por sus hechos y doctrina podían deducir que un mero hombre no podía hacerlos. Comenta San Jerónimo:

«Observa la necedad de los nazarenos: se preguntan asombrados de dónde le viene la sabiduría a la Sabiduría y de dónde el poder al Poder. El error es evidente; pensaban que era el hijo del carpintero... El error de los judíos es nuestra salvación y la condenación de los herejes. Hasta tal punto veían en Jesucristo el hombre que pensaban que era hijo de un carpintero. ¿Te asombras de que se equivoquen con respecto a sus hermanos cuando se equivocan con respecto al padre?

«La envidia hacia un conciudadano es casi natural. No consideran las obras actuales del hombre, sino que recuerdan la debilidad de su infancia, como si ellos mismos no hubieran alcanzado la edad madura por esas mismas etapas. No allí muchos milagros a causa de su incredulidad. No porque no pudiera hacer muchos milagros también para estos incrédulos, sino para no condenar, haciendo muchos, a sus conciudadanos incrédulos.

«Asimismo puede entenderse de otra manera que Jesús haya sido despreciado en su casa y en su patria, es decir, en el pueblo judío. Por eso hizo allí pocos milagros, para que no fueran totalmente inexcusables. Pero cada día hace signos más grandes entre los gentiles por medio de sus apóstoles, no tanto sanando los cuerpos como salvando las almas» (Comentario al Evangelio de Mateo 13,53-58).



Sábado

Años impares

–Levítico 25,1.8-17: Año jubilar. Cada cincuenta años hay que celebrar un jubileo a las deudas. Jesús, comentando una página del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret, proclamará el año de gracia del Señor, que traerá el perdón de los pecados (Lc 4,21). Será un año jubilar espiritual. Cristo enfoca su ministerio como un verdadero año jubilar. Lo pone de manifiesto en muchas ocasiones (Mt 11,2-6; Lc 1,77; cf. Ef 1,7). Lo manifiesta de modo particular por su poder de perdonar los pecados, cosa que irrita a sus enemigos (Mt 9,6). El ministerio público de Jesucristo será, en efecto, una serie ininterrumpida de liberaciones, curaciones, perdón de deudas y de pecados. Esto mismo confía a sus apóstoles y a sus sucesores: obispos y presbíteros. El sacramento de la penitencia es un gran regalo hecho por Cristo a su Iglesia. Hemos de acercarnos frecuentemente a él con verdadero espíritu, con dolor de haber ofendido a Dios, con arrepentimiento de todos los pecados.

–Esto debe movernos a dar gracias a Dios y alabarlo como se hace con el Salmo 66: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben... El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros... que canten de alegría las naciones... que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe».

Es como el padrenuestro del Antiguo Testamento. Lo que se pretende con este Salmo es que Dios sea reconocido como Señor universal de toda la tierra. Es lo que pedimos en el padre ha mostrado al Padre. Rostro misericordioso y sereno que ilumina a cuantos creen en Él. En Cristo hemos conocido la benignidad de Dios, su infinita misericordia, siempre dispuesta al perdón. Todos los pueblos están llamados a dar gracias al Señor a alabarlo, porque a todos llama Él a la salvación y los hace partícipes de sus bendiciones.

Años pares

–Jeremías 26,11-16.24: El profeta enviado por Dios a predicar. No tiene temor alguno de confesar la misión para la que ha sido elegido por el Señor. Él es inocente. Es sólo instrumento escogido por Dios en favor de su pueblo.

Tres razones: Es profeta de Dios, sus palabras expresan la voluntad divina y esas palabras producirán no obstante la oposición y la contradicción de los hombres. Es lo mismo que siglos más tarde dirán los apóstoles y discípulos de Cristo. Esto mismo hemos de hacer hoy, aunque el mundo sea adverso a la doctrina del Evangelio y hemos de hacerlo con la palabra y el testimonio de una vida totalmente evangélica. Cristo y su Espíritu ayudan siempre, como lo vemos en tantos apóstoles santos, que proclaman sin cesar el mensaje salvador de Jesucristo, aunque por ello tengan que sufrir e incluso derramar su propia sangre.

–Oramos con el Salmo 68: «Escúchame, Señor, el día de tu favor... que no me hunda en el cieno, líbrame de las aguas sin fondo...»

Es una súplica impresionante para que Dios socorra al que se encuentra abandonado y lo salve del borde de la muerte, ya que es objeto de todas las injurias de los hombres. Sin embargo, no deja de confiar en Dios, aun en esa situación extrema, sino que espera verse libre de sus enemigos e incluso que sirva de ejemplo para que se alegren los humildes. En el Nuevo Testamento se aplican a Cristo muchos versos de este salmo. De los labios de Cristo pasa esta súplica a los de la Iglesia, tantas veces atribulada con persecuciones, cismas, herejías, desobediencias e insurrección. Ayuda este Salmo a entrar en el espíritu de Cristo paciente y nos ofrece una saludable meditación sobre la pasión del Señor.

–Mateo 14,1-12: Juan decapitado por Herodes. Sus discípulos acuden a Cristo». El Bautista muere como víctima de la prioridad de lo político sobre lo espiritual, del instinto sobre el espíritu. San Jerónimo dice:

«Juan Bautista, que había venido con el espíritu y la fuerza de Elías, quien había reprendido a Ajab y a Jezabel, reprocha a Herodes y Herodías, por haber contraído matrimonio ilícito, porque en vida de su hermano no le estaba permitido casarse con la hermana de éste. Prefirió arriesgarse a perder el favor del rey antes que adularlo olvidando los preceptos de Dios... Temía una sedición del pueblo a causa de Juan, sabía Herodes que él había bautizado a numerosas multitudes en el Jordán, pero lo vencía el amor de la mujer cuyo ardor le había hecho descuidar los preceptos de Dios...

«Herodías, temiendo que un día Herodes se arrepintiera o que se reconciliara con su hermano Filipo y que un repudio dejara sin efecto su matrimonio ilícito, aconseja a su hija que pida de inmediato en pleno banquete la cabeza de Juan: digno premio de sangre por la digna obra de una bailarina... Excusa su crimen pretextando el juramento; bajo el manto de la piedad deviene el impío... Quiere que todos participen en su crimen para que se presenten alimentos sangrientos en el banquete de la lujuria y la impureza... La que bailó pide como precio sangriento la cabeza del profeta, para tener en su poder la lengua que censuraba un matrimonio ilícito. Esto sucedió literalmente. Pero nosotros hasta hoy vemos en la cabeza del profeta Juan a Cristo, Cabeza de profetas, a quien los judíos hicieron perecer» (Comentario al Evangelio de Mateo 1-11).