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16ª Semana

Domingo

La liturgia de este Domingo tiene un mensaje especial sobre el sacrificio eucarístico.

Entrada: «Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre que es bueno» (Sal 53,6.8).

Colecta (del Sacramentario de Bérgamo): «Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos los dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley».

Ofrendas (del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano). Se alude en ella de nuevo al sacrificio: «Oh Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio único los diferentes sacrificios de la antigua alianza, recibe y santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos».

Comunión: «Ha hecho maravillas memorables; el Señor es piadoso y clemente: él da alimento a sus fieles» (Sal 110,4-5); o bien: «Estoy a la puerta llamando, dice el Señor; si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos» (Apoc 3,20).

Postcomunión (del Veronense y del Gelasiano): «Muéstrate propicio a tu pueblo, Señor, y a quienes has iniciado en los misterios del Reino, concédeles abandonar el pecado y pasar a una vida nueva».

Ciclo A

Dios castiga al perverso, pero es paciente y espera la conversión. Esto es lo que se deduce de la primera lectura y de la tercera con la parábola del trigo y la cizaña. El Espíritu intercede por nosotros y obra en nosotros, según nos enseña San Pablo en la segunda lectura.

En el mundo que nos rodea, en las personas con quienes convivimos, en nosotros mismos, aparece el mal como una realidad que nos condiciona. Es un verdadero misterio. Dios nos da los medios adecuados para conocer el mal y superarlo. Pero el hombre es libre y puede rechazar el don de Dios y preferir las tinieblas del error, de la mentira, del pecado.

–Sabiduría 12,13.16-19: En el pecado das lugar al arrepentimiento. Dios aparece como el Soberano absoluto del universo. Lo muestra el orden de todo el cosmos. Quien conoce el poder divino y no se le revela puede tener confianza y abandonarse a la misericordia infinita de Dios. Dos enseñanzas deducimos de la lectura. Una lección de bondad, de amor para con todos los hombres: encontramos aquí una superación de los confines de la religión y raza, como pretendían los escribas y fariseos contemporáneos de Jesucristo, que traía una misión de salvación universal para todos los hombres. Y una lección de esperanza: el hombre no puede pretender por sí mismo ser impecable, pero le conforta el pensamiento de que Dios perdona a los que se arrepienten de corazón.

–Con el Salmo 85 proclamamos: «Tú, Señor, eres bueno y clemente... Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor bendecirán tu nombre. El Señor es bondadoso y misericordioso, perdona nuestros pecados...»

–Romanos 8,26-27: El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables. Por la obra redentora de Cristo el Padre nos da su propio Espíritu, capaz de superar en nosotros el mal y transformarnos en hijos suyos. San Agustín explica:

«Eso quiere decir que hay en nosotros una docta ignorancia, por decirlo así, pero docta por el Espíritu de Dios, que soporta nuestra debilidad. En efecto dice el Apóstol: “Si lo que no vemos lo esperamos, por la presencia lo aguardamos”; y a continuación dice: “De un modo semejante el Espíritu socorre nuestra debilidad... pues intercede según Dios por los santos” (Rom 8, 25-27).

«No hemos de entender estas palabras como si el Espíritu de Dios, que en la Trinidad de Dios es inmutable y un solo Dios con el Padre y con el Hijo, interpelase a Dios como alguien distinto de Dios. Se dice que interpela por los santos, porque impulsa a los santos a interpelar. Del mismo modo que se dice: “Os tienta el Señor, vuestro Dios, para ver si le amáis” (Dt 13,3), es decir, para que vosotros lo conozcáis. El Espíritu Santo impulsa a interpelar a los santos con gemidos inenarrables, inspirándoles el deseo de esa tan grande realidad, que todavía nos es desconocida y que esperamos con paciencia. Pero ¿cómo es que, cuando se desea, se pide lo que se ignora? Porque en verdad, si enteramente nos fuese ignorada, no la desearíamos ni la pediríamos con gemidos» (Carta 130, a Proba).

–Mateo 13,24-43: Dejadlos crecer hasta la siega. Porque es eterno y paciente, Dios tolera el mal en los seres libres, hasta el día de su juicio en que dará a cada uno una eternidad según sus obras. Comenta San Juan Crisóstomo:

«A la verdad, traza suele ser del diablo mezclar siempre el error a la verdad, coloreándolo muy bien con apariencia de ella a fin de engañar fácilmente a los ingenuos. De ahí que el Señor no habla de otra semilla, sino que la llama cizaña, pues, ésta a primera vista, se asemeja al trigo. Seguidamente explica cómo procede el diablo en su asechanza: “mientras sus hombres dormían”. No es pequeño el peligro que aquí amenaza a los superiores, a quienes está encomendada la guarda del campo; y no sólo a los superiores, sino también a los súbditos. Y da a entender el Señor que el error viene después de la verdad, cosa que comprueban los hechos mismos. Después de los profetas vinieron los falsos profetas; después de los apóstoles, los falsos apóstoles; después de Cristo, el anticristo. Y es que el diablo, si no ve algo que imitar ni a quienes tender sus lazos, ni lo intenta ni lo sabe...

«Así sucedió también en los comienzos de la Iglesia. Porque muchos prelados, introduciendo en las Iglesias hombres perversos, heresiarcas solapados, facilitaron enormemente estas insidias del diablo, pues una vez plantados estos hombres en medio de los fieles, poco trabajo le queda ya al diablo... Mientras los herejes estén junto al trigo hay que perdonarlos, pues cabe aún que se conviertan en trigo, mas una vez que hayan salido de este mundo sin provecho alguno de tal proximidad, entonces necesariamente les alcanzará el castigo inexorable» (Homilía 46, 1-2, sobre San Mateo).

Ciclo B

Ovejas sin pastor fue el panorama que vio Jesús en Palestina y peor aún en el mundo restante. Cristo se compadece. El es verdadero Pastor que Dios había prometido a su pueblo. Todos los hombres, judíos y gentiles, se unen en Cristo, que ha sellado con su sangre nuestro pacto con Dios, de donde brota la paz verdadera.

La Iglesia entera es siempre el resultado de una acción pastoral evangélica, que hace de cada comunidad creyente un solo rebaño, bajo el cayado del Único y Eterno Príncipe de Pastores (Jn 10; 1 Pe 2,25), elegidos por Él para continuar su obra de santificación.

–Jeremías 23,1-6: Reuniré el resto de mis ovejas y les pondré pastores. La más entrañable semblanza del Mesías Salvador fue delineada desde siglos atrás, a través de los profetas, como el Buen Pastor de toda la humanidad y como Maestro de pastores elegidos por Él para continuar su obra bajo sus cuidados especiales. San Jerónimo dice:

«Los apóstoles, con toda confianza y sin temor alguno, apacentarán el rebaño de la Iglesia y las reliquias del pueblo de Israel se salvarán de todas las tierras; y volverán a sus campos, a sus pastos, y crecerán y se multiplicarán. Sobre los malos pastores, escribas y fariseos, el Señor manifestará la malicia de su doctrina. Con todo, podemos entenderlo también, conforme a la tipología, de los príncipes de la Iglesia que no apacientan dignamente las ovejas del Señor. Dejadlas, y castigados ellos, se salve el pueblo. Entregadlas a otros que sean dignos, y así se salve el resto. Pierden las ovejas los que enseñan la herejía; laceran y dispersan los que hacen cismas» (Comentario sobre el profeta Jeremías 2,4).

–Oportunamente se canta el Salmo 22: «el Señor es mi Pastor, nada me puede faltar», ya muchas veces expuesto.

–Efesios 2,13-18: Él es nuestra paz y ha hecho de dos una sola cosa. En el Corazón de Jesucristo se nos revela Jesús como el Buen Pastor que realiza la paz y la unidad entre los hombres por su propio sacrificio. La salvación es paz, es reconciliación, es acercamiento a Dios; en otros términos, la salvación es liberación de todos los males que nos oprimen y que nos impiden ser lo que Dios quiere que seamos. Sólo si se une a Cristo, puede el hombre conseguir su salvación.

Con mucha frecuencia ha comentado San Agustín este pasaje paulino:

«A ambos, judíos y gentiles, les nació la piedra angular, para, como dice el Apóstol, hacer en Sí mismo un solo hombre nuevo, estableciendo la paz y transformar a los dos en un solo cuerpo para Dios por la cruz. ¿Qué otra cosa es un ángulo sino la unión de dos paredes que traen direcciones distintas y, por decirlo así, encuentran allí el beso de la paz? Los judíos y los gentiles fueron enemigos entre sí, por ser dos pueblos diversos y contrarios: allí encontramos el culto del único Dios verdadero y aquí el de muchos y falsos dioses. Aunque los primeros estaban cerca y los segundos lejos, a unos y a otros los ha conducido hacia Sí (Ef 2,11-22)... Quienes escucharon y se mostraron obedientes, viniendo de aquí y de allí, encontraron la paz y pusieron fin a la enemistad. Los pastores y los magos fueron las primicias de los unos y de los otros» (Sermón 204).

–Marcos 6,30-34: Andaban como ovejas sin pastor. La compasión pastoral es la expresión más profundamente bíblica de la caridad salvadora de Cristo ante las necesidades del género humano. Esto no es un gesto aislado o coyuntural en Jesucristo, sino la razón de toda su vida. Por eso hemos de acudir a Él como al Pastor Bueno de nuestras almas. San Gregorio de Nisa se dirige a Cristo:

«¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? (toda la humanidad, que cargaste sobre tus hombros, es, en efecto, como una sola oveja). Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre, para que yo, oveja tuya, escuche tu voz, y tu voz me dé la vida eterna. Avísame, amor de mi alma, dónde pastoreas. Te nombro de este modo, porque tu nombre supera cualquier otro nombre y cualquier inteligencia, de tal manera que ningún ser racional es capaz de pronunciarlo o de comprenderlo. Este nombre, expresión de tu bondad, expresa el amor de mi alma hacia Ti. ¿Cómo puedo dejar de amarte, a Ti que de tal manera me has amado, a pesar de mi negrura, que has entregado tu vida por las ovejas de tu rebaño? No puede imaginarse un amor superior a éste, el de dar tu vida a trueque de mi salvación.

«Enséñame, pues, dónde pastoreas, para que pueda hallar los pastos saludables y saciarme del alimento celestial, que es necesario comer para entrar en la vida eterna; para que pueda asimismo acudir a la fuente y aplicar mis labios a la bebida divina que Tú, como de una fuente, proporcionas a los sedientos con el agua que brota de tu costado, venero de agua abierto por la lanza, que se convierte para todos los que de ella beben en un surtidor que salta hasta la vida eterna» (Comentario al Cantar de los Cantares,2).



Ciclo C

La primera lectura narra la hospitalidad de Abrahán a Dios, que se le muestra bajo las apariencias de un extranjero. El Evangelio nos muestra a Jesucristo, huésped de sus amigos Lázaro, Marta y María. En la segunda lectura San Pablo se siente identificado con Cristo, cuya pasión vive en su propia carne, y con la Iglesia, cuyo misterio anuncia.

Ni la trascendencia de la divinidad ni la profundidad misteriosa de su vida íntima trinitaria, ni su absoluta supremacía sobre todas las cosas han sido óbice contra la iniciativa de Dios de entablar intimidad amorosa con nosotros, los hombres. El mismo se ha puesto a nivel de diálogo. «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14), convivió con nosotros. Esta es la gran noticia que todos los hombres deben conocer y secundar.

–Génesis 18,1-10: Señor, no pases de largo ante tu siervo. Abrahán, Padre de los creyentes, es en la historia de la salvación el «amigo de Dios» (Is 41,8; Sant 2,23). Es el hombre que en la fe y en la caridad pudo llegar hasta el diálogo y la intimidad misteriosa con Dios. Su profunda religiosidad no lo aparta del prójimo, sino que lo hace particularmente generoso y delicado con los hombres. San Hilario de Poitiers dice en su Tratado sobre los Misterios que «Abrahán ve a un hombre y adora a Dios». Esta interpretación es común en los Santos Padres.

En verdad acogiendo al hermano pobre, marginado, socorriendo al menesteroso, se acoge y socorre al mismo Dios. Lo dijo Cristo en el Evangelio: «Tuve hambre y me diste comer...»

–Adecuadamente se ha escogido el Salmo 14 como Salmo responsorial: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?» Y las condiciones son las obras de caridad: «El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que no hace mal al prójimo ni difama al vecino; el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor. El que no presta dinero a usura, ni acepta soborno contra el inocente, el que así obra nunca fallará».

–Colosenses 1,24-28: El misterio que Dios ha tenido escondido lo ha revelado ahora a su pueblo. Ese misterio es Cristo, revelado como cercanía personal y suprema de Dios ante los hombres. Todo cristiano, en cuanto miembro de Cristo por el bautismo, ha de ser testimonio y apóstol del Evangelio. En el momento de la prueba y del sufrimiento no debe venirse abajo, sino ofrecer las tribulaciones al Señor para irradiar el mensaje evangélico al mundo, completando, a imitación de San Pablo, lo que falta al padecimiento de Cristo. Todo fiel puede y debe cooperar a la dilatación del Reino de Cristo con su oración, con sus palabras, con su vida ejemplar, con su propio sufrimiento ofrecido a Dios por medio de Jesucristo.

Dios ha reconciliado consigo al mundo por medio de la sangre de Cristo, muerto en la cruz. Tal misterio de amor ha de ser participado por los cristianos en su quehacer cotidiano. El amor de Dios se manifiesta en el dolor y en el sufrimiento. El cristiano debe asociarse a la cruz de Cristo para hacer brillar el rostro amoroso de Dios en toda la humanidad.

–Lucas 10,38-42: Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor. La plena intimidad amorosa y dialogante con el Corazón de Cristo, como en familia y en trato de amistad es siempre «la mejor parte», que el Evangelio garantiza y defiende para los que le conocen y le aman. San Agustín comenta este pasaje evangélico:

«Marta y María eran dos hermanas no sólo en la carne, sino también en la devoción. Ambas se unieron al Señor, ambas le sirvieron en la unidad de corazón cuando vivía en la carne de este mundo. Marta lo recibió en su casa como suele recibirse a los peregrinos. La sierva sirve al Señor; la enferma al Salvador, la criatura al Creador. Lo recibió para alimentarlo en la carne, ella que iba a ser alimentada en el espíritu. Quiso el Señor tomar la forma de siervo y en ella ser alimentado por los siervos, mas no por necesidad, sino porque así se dignó...

«Marta preparando y aderezando el alimento para el Señor se afanaba en infinidad de quehaceres; María, su hermana, prefirió ser alimentada por el Señor. Abandonando en cierto modo a su hermana, entregada a los afanes domésticos, ella se sentó a los pies del Señor y, libre de ajetreos humanos, escuchaba su palabra... Una sola cosa es necesario: aquella unidad celeste, la unidad por la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola cosa. Ved cómo se nos recomienda la unidad... Y con todo, estas tres Personas no son tres dioses, ni tres omnipotentes, sino un solo Dios omnipotente. La misma Trinidad es un solo Dios, porque una sola cosa es necesaria. Y a la consecución de esta única cosa sólo nos lleva el tener los muchos un solo corazón» (Sermón 103).



Lunes

Años impares

–Éxodo 14,5-18: Sabrán que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del Faraón. En el momento en que los israelitas ponen el mar y el desierto entre ellos y Egipto, creen llegada la hora de medir el peso de esta decisión y, en particular, la significación y esta emancipación de su servicio al Faraón, para ponerse al servicio de Dios. Orígenes,

«La quinta etapa es Mará, que se traduce por amargura. No podían llegar a los torbellinos del mar Rojo, para ver cómo perecía Faraón con su ejército, hasta que tuvieron palabras de nobleza en su boca, es decir, hasta que confesaron las maravillas del Señor, y confiaron en el Señor y en su siervo Moisés y oyeron de él: “El Señor combatirá por vosotros y vosotros guardaréis silencio” (Ex 4,14)» (Sobre el Éxodo 4).

–Respondemos a la lectura con el cántico de Moisés después del paso del mar Rojo: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria» (Ex 15). «Caballos y carros ha arrojado en el mar... Los carros del Faraón los lanzó al mar, ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes. Las olas los cubrieron, bajaron hasta el fondo como piedras». Por eso, se acogen a Dios solo. En El ponen su confianza: «Él es mi Dios; yo lo alabaré, el Dios de mis padres, yo lo ensalzaré... Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible; tu diestra, Señor, tritura al enemigo». Es una lección para nosotros. Israel, no obstante ver las maravillas que Dios ha obrado en su favor, le fue rebelde muchas veces. Así puede encontrarse el cristiano muchas veces y, de hecho, se encuentra, como nos lo manifiesta la vida ordinaria, pese a que el Señor, como lo comentan los Santos Padres, ha hecho con nosotros mayores maravillas.

Años pares

–Miqueas 6,1-4.6-8: Te he explicado, hombre, lo que Dios desea de ti. Al revisar el proceso de su pueblo, recuerda Dios con amargura todos los beneficios que le ha prodigado. Entonces el fiel interroga al profeta que le indique cuál es el camino preferido de Dios. Clemente de Alejandría dice:

«Todo el que se convierte del pecado a la fe, se convierte de las costumbres de pecador, que son como una madre, a la vida; así me lo dirá el testimonio de uno de los doce profetas cuando dice: “Habré de dar a mi primogénito por causa de mi impiedad, el hijo de mi vientre por causa de los pecados de mi alma” (Miq 6,7)» (Stromata, III,16,100).

El profeta es bien claro: «Pueblo mío, ¿qué te hice o en qué te molesté? Respóndeme. Te saqué de Egipto, de la esclavitud te redimí, y envié delante de ti a Moisés, Aarón y Miriam». Esto nos evoca los llamados Improperios del Viernes Santo en la liturgia romana. Es una lección para nosotros, pues nos ha hecho mayores dones. ¿Cómo correspondemos? Sigue el profeta: «Te he explicado, hombre, el bien, lo que Dios desea de ti: simplemente que respetes el derecho, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios».

–El Salmo 49 reza: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». «Congregadme a mis fieles que sellaron mi pacto con un sacrificio. Proclame el cielo su justicia: Dios en persona va a juzgar. No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante Mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños. ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos? Esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. El que me ofrece acción de gracias, ése me honra, al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios».

–Mateo 12,38-42: La reina del Sur se levantará contra esta generación en el juicio. A los que piden una señal espectacular de que Él es el Mesías, Jesús les asegura de que no se les dará otra señal que la de Jonás, el profeta de la penitencia y símbolo de la resurrección. San Agustín comenta:

«El mismo Salvador mostró que el profeta Jonás, arrojado al mar y engullido en el vientre de un monstruo marino y vomitado vivo al tercer día, es figura del mismo Salvador. Era denunciado el pueblo judío por comparación con los ninivitas, pues cuando fue enviado a ellos para fustigarlos el profeta Jonás, hicieron penitencia, aplacaron la cólera de Dios y merecieron misericordia. Dijo: “y aquí hay uno más que Jonás” (Mt 12,41), refiriéndose a Sí mismo. Los ninivitas oyeron al siervo y consiguieron sus caminos; los judíos oyeron al Señor y no sólo no se corrigieron, sino que además lo asesinaron... » (Sermón A,1).



Martes

Años impares

–Éxodo 14,21-15,1: Los israelitas entraron en medio del mar Rojo a pie enjuto. Todo esto se ha interpretado en el Nuevo Testamento y en la tradición patrística como figura de la liberación del pecado original por medio del bautismo. Predica San Agustín en una Vigilia Pascual celebrada en Hipona:

«Amadísimos, ningún fiel dudará de que el paso de aquel pueblo por el mar Rojo fue figura de nuestro bautismo. Así, liberados por el bautismo y bajo la guía de nuestro Señor Jesucristo, de quien era figura Moisés; del diablo y de sus ángeles, quienes cual Faraón y egipcios, nos atribulaban, sometiéndonos a fabricar ladrillos, es decir, al lodo de la carne... Para nosotros están muertos aquellos que ya no pueden someternos a su dominio, porque nuestros mismos delitos, causantes de nuestra sumisión, han sido destruidos y como sumergidos en el mar. Cantemos, por lo tanto, al Señor... arrojó caballo y caballero (Ex 15,1); destruyó en el bautismo a la soberbia y al soberbio. Este cántico lo entona quien ya es humilde y súbdito de Dios.

«El Señor no se ha mostrado grande y glorioso en favor del soberbio, que busca su propia gloria y se engrandece a sí mismo. En cambio el impío, justificado ya, creyendo en el que justifica al impío, para que su fe se le compute como justicia, a fin de que el justo viva de la fe, no sea que, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya, no se someta a la de Dios, canta con toda verdad como su ayuda y protector, en orden a la salvación, al Señor, su Dios, al que honra... Arrojó al mar el carro del Faraón y su ejército (Ex 15,3-4).

«Destruyó en el bautismo la altanería humana y la caterva de los innumerables pecados que militaban en nosotros a favor del diablo... El que hizo sagrado el bautismo con su cruenta muerte, en la que se consumieron nuestros pecados, sumergió en el mar Rojo a todos los enemigos...» (Sermón 363,1-2).

–El Salmo responsorial es el canto de Moisés del que se trató ayer y en la lectura anterior.

Años pares

–Miqueas 7,14-15.18-20: Arrojará en lo hondo del mar todos nuestros delitos. Una plegaria, pidiendo la piedad del pueblo precede a un Salmo que glorifica al Señor. Dios no es indiferente al pecado, pero, no por ello deja de ser fiel a la alianza. Dios no deja de amar a su pueblo. El descubrimiento más importante de los israelitas en el exilio es que Dios les sigue siendo fiel y fundamentalmente benévolo. La fidelidad Dios se convierte de esta forma en misericordia, en perdón y en gracia. Escribe San Jerónimo:

«Habla Dios Padre a su Hijo, esto es, a nuestro Señor Jesucristo, para que, como Buen Pastor que da la vida por su ovejas (Jn 10,17), apaciente a su pueblo con su cayado y a las ovejas de su heredad. Y no pensemos que las ovejas y los pueblos son los mismos; en otro lugar vemos: “nosotros somos su pueblo, el rebaño que él guía” (Sal 94,7). El pueblo se refiere a aquéllos que son razonables, las ovejas a aquellos que, no usando aún su razón, se contentan con su simplicidad y se dice que son la heredad de Dios» (Comentario a este pasaje de Miqueas).

–La permanencia del amor de Dios hacia su pueblo a pesar de la infidelidad de éste es el motivo principal del Salmo 84 escogido como Salmo responsorial de la lectura anterior. Contra lo que se ha escrito, el hombre moderno es muy sensible a la misericordia y al perdón. La misericordia de Dios invita a la conversión, al cambio de mentalidad e impulsa a quien de ella se beneficia a practicar a su vez la misericordia. No tiene nada de alienante, sino que es una llamada a asumir responsabilidades precisas. Esto es muy necesario en nuestros días.

Este salmo es uno de los más bellos del Salterio: «Muéstranos, Señor, tu misericordia... Has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob, has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados, has suprimido tu cólera...» Todo esto se cumplió de modo especialísimo con la venida de Cristo. Por esto tiene tanto relieve este Salmo en el tiempo litúrgico de Adviento-Navidad. Allí se exalta con fervor la misericordia divina, pues jamás se ha manifestado tan grande y sublime.

–Mateo 12,46-50: Estos son mi madre y mis hermanos, dijo Jesús señalando a sus discípulos. La primacía espiritual está sobre la carne. San Agustín ha comentado muchas veces este evangelio:

«Mientras trataba algunas cosas del reino de los cielos con sus discípulos, la madre estaba fuera y se le dijo que estaba allí. Digo que le anunciaron que su madre con sus hermanos, esto es, con sus parientes, estaba fuera. ¿Qué madre? Aquella madre que le concibió por la fe, aquella madre que, permaneciendo virgen, le dio a luz, aquella madre fiel y santa, estaba fuera y se lo anunciaron. Si Él hubiera interrumpido las cosas que trataba y hubiera salido a su encuentro, habría edificado en su corazón un afecto humano, no divino.

«Para que tú no escucharas a tu madre, cuando te retrae del reino de los cielos, Él, por hablar del reino de los cielos, desdeñó hasta a la buena María. Si Santa María, queriendo ver a Cristo, es desdeñada, ¿qué madre habrá de ser oída cuando impide ver a Cristo? Recordemos lo que entonces respondió cuando le anunciaron que su madre y sus hermanos, esto es, los parientes de su familia, estaban fuera. ¿Qué respondió?... extendiendo la mano a sus discípulos, estos son, dijo, mis hermanos. “Quien hace la voluntad de mi Padre que me envió es para Mí un hermano, hermana y madre” (Mt 12,48-50). Rechazó la sinagoga de la que fue engendrado, y encontró a los que Él engendró. Y si los que hacen la voluntad del que le envió son madre, hermano y hermana, queda comprendida su Madre María» (Sermón 65,A,6).



Miércoles

Años impares

–Éxodo 16,1-5.9-15: Yo haré llover pan del cielo. El maná en el desierto como alimento del pueblo israelita. Cristo lo contrapuso al Pan que Él había de dar: la Eucaristía (Jn 6,58). Comenta San Agustín:

«El Señor se presentaba de tal forma que parecía superior a Moisés; jamás tuvo Moisés la audacia de decir que él daba un alimento que no perece, que permanece hasta la vida eterna. Jesús promete mucho más que Moisés. Este prometía un reino, una tierra con arroyos de leche y miel, una paz temporal, hijos numerosos, la salud corporal y todos los demás bienes temporales...; llenar su vientre aquí en la tierra, pero de manjares que perecen; Cristo, en cambio, prometía un manjar que, en efecto, no perece, sino que permanece eternamente» (Tratado 25,12, sobre el Evangelio de San Juan).

–Decimos con el Salmo 77: «El Señor les dio pan del cielo... Tentaron a Dios en sus corazones... Pero Dios hizo llover sobre ellos maná, les dio un trigo celeste. Y el hombre comió pan de ángeles...». La historia de Israel, resumida a grandes rasgos en este largo Salmo de 72 versículos, es, en último término, la historia de la alianza de Dios con su pueblo, marcada por la fidelidad inquebrantable de Dios y por las deficiencias humanas. Dios no se muda, pero el hombre puede endurecerse de tal modo en su obstinación que llegue un día a hacer infructuosos los infinitos dones de un Dios que es todo Amor.

La vida cristiana en el desierto de este mundo tiene mucho que ver con las infidelidades y conversiones del pueblo israelita. Sólo una fe viva puede mantener firme la alianza con Dios. Para llegar a vivir profundamente esta fe nada mejor que alimentarse con el verdadero maná llovido del cielo, el verdadero pan de los ángeles: la sagrada Eucaristía, que es la realización perfecta de la nueva Alianza, la Alianza entre Dios y su pueblo.

Cristo vino a llevar a cabo el cumplimiento de la liberación iniciada en Egipto y redimir de la esclavitud del pecado, no sólo a los israelitas, sino a todos los pueblos, haciéndolos pasar por medio de las aguas del bautismo a una vida nueva y sobrenatural (Jn 3,5.16-17). Él era la fuente de aguas vivas para apagar la sed de los hombres (Jn 4,10; 1 Cor 10,4). Él era la nube luminosa que debía guiar al pueblo a la salvación (Jn 8,12). Él era el Pan vivo bajado del cielo para alimentar a los hombres en la travesía por el desierto de este mundo (Jn 6,35). Él vino para aniquilar las potencias del mal, aplacar la cólera de Dios, tomando sobre Sí las plagas y el castigo debido a los hombres (Is 53,4-5).

Años pares

–Jeremías 1,1.4-10: Te nombré profeta de los gentiles. El profeta Jeremías relata cómo fue escogido por Dios para ser su portavoz ante todos los hombres. La palabra humana es totalmente incapaz de ser portadora de Dios. Jeremías lo hace constar. Esto es normal en la vocación de los profetas: Moisés tartamudea, Isaías tuvo necesidad de purificarse los labios (Is 6,1-6), y los mejores anunciadores de la salvación fueron víctima del «mutismo» o se les trababa la lengua (Mc 7,31-37). Estas dificultades vienen a subrayar la comunión entre Dios y su profeta y la iniciativa del primero en el ministerio del segundo.

«El Señor que dijo al profeta: Mira que hoy te pongo sobre naciones y reinos... (Jer 1,10), concede en todo tiempo a su Iglesia la gracia de que su cuerpo se mantenga íntegro por la paciencia y que no prevalezca el veneno de las doctrinas de los herejes. Cosa que vemos ahora cumplida» (Carta de Teófilo a Epifanio).

–En estos casos siempre es lo mejor confiar en el Señor como lo confirma el Salmo 70: «A Ti me acojo, Señor, no quede yo derrotado para siempre... Sé Tú la Roca de mi refugio... Líbrame de la mano perversa... Tú fuiste mi esperanza y mi confianza...» Comenta San Agustín:

«No temas ser abandonado en la flaqueza, en la vejez. ¿Pues qué? Tu Señor ¿no se debilitó en la cruz? ¿Por ventura, no movieron ante Él, como ante un hombre sin valimiento e indefenso, prisionero y abatido, sus cabezas los potentados, los toros fuertes?... ¿Qué te enseñó el que pendiente de la cruz no quiso bajar de ella? La paciencia entre los ultrajadores y que seas fuerte en tu Dios» (Comentario al Salmo 70).

Luego vino la victoria, la resurrección y el triunfo. Así también vendrá a nosotros.

–Mateo 13,1-9: Cayó en tierra buena y dio grano. San Juan Crisóstomo dice:

«Habiendo, pues, dicho el Señor los modos de perdición, pone, finalmente la tierra buena, pues no quiere que desesperemos, y nos da esperanza de penitencia, haciéndonos ver que de camino y rocas y espinas puede el hombre pasar a ser tierra buena. Sin embargo, si la tierra era buena y el sembrador el mismo y las semillas las mismas, ¿cómo es que una dio ciento, otra sesenta y otra treinta? Aquí también la diferencia depende de la naturaleza de la tierra, pues aun donde la tierra es buena, hay mucha diferencia de un corro a otro. Ya veis que no tiene la culpa el sembrador ni la semilla, sino la tierra que la recibe, y no por causa de la naturaleza, sino de la intención y disposición. Mas también aquí se ve la benignidad de Dios que no pide una medida única de virtud, sino que recibe a los primeros, no rechaza a los segundos y da también lugar a los terceros. Mas si así habla el Señor, es porque no piensen los que le siguen que basta con oír para salvarse» (Homilía 44,4 sobre San Mateo).



Jueves

Años impares

–Éxodo 19,1-2.9-11.16-20: El Señor bajará al monte Sinaí a la vista de todos. La teofanía del Sinaí fue impresionante: nube, tormenta, relámpagos. Todo para revelar Dios su mensaje a Moisés, mediador entre Dios y su pueblo. Trascendencia de Dios. Comenta San Agustín:

«Allí el pueblo se mantuvo en pie a distancia; existe el temor, aún no el amor. En efecto, a tanto llegó su temor que dijeron a Moisés:“háblanos tú, y no el Señor, no sea que muramos”. Descendió, pues, según está escrito, Dios al monte Sinaí en el fuego, pero atemorizando al pueblo, que se mantenía a pie a distancia, y escribiendo con su dedo en la piedra, no en el corazón. En cambio, cuando vino el Espíritu Santo, los fieles estaban congregados en unidad; no sólo no los aterrorizó en el monte, sino que entró en la casa. En efecto, de repente se produjo un estruendo procedente del cielo, como de un viento fuerte; a pesar del estruendo nadie se asustó. Escuchaste el estruendo ya, ve ahora el fuego y el ruido, pero allí había también humo, mientras que aquí se trataba de un fuego sereno» (Sermón 105,6).

–Como salmo responsorial se ha escogido algunos versos del cántico de los tres jóvenes del libro de Daniel, 3: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros Padres... Bendito tu nombre santo y glorioso. Bendito en el templo de tu santa gloria... sobre el trono de tu reino..., sentado sobre querubines...»

Composición bellísima. Empieza a alabar al Dios de los Padres que con ellos ha hecho la alianza y que se ha manifestado glorioso en su nombre en la historia prodigiosa de Israel. A pesar de esas manifestaciones Él sigue siendo Altísimo y trascendente, sentado sobre querubines y penetrando con su mirada lo más profundo de los abismos. Desde el cielo asiste majestuoso, desplegando su providencia sobre su pueblo y sobre los justos. Por eso todas las criaturas lo alaban y nosotros con ellas y en nombre de ellas.

Años pares

–Jeremías 2,1-3.7-8.12-13: Hicieron aljibes agrietados y me abandonaron a Mí, Fuente de agua viva. Tiempo de decadencia en Israel. Su pecado está bien expresado y se muestra en toda su maldad. Los responsables del pueblo –sacerdotes, legistas, reyes y profetas– no han reconocido a Yavé en el don de la tierra prometida con la misma fuerza que han sentido su presencia en la ley, el culto y el poder (7-8). Nada tiene entonces de asombroso que sus sistemas legalistas o litúrgicos, aislados de la Fuente de agua viva, sean cisternas incapaces para retener el agua. Todo el esfuerzo religioso se construye sin el auxilio divino y sin su conocimiento de su presencia es vano e infructuoso. San Ireneo dice:

«Porque donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y la totalidad de la gracia. El Espíritu es la verdad... Por esto, los que no participan del Espíritu, ni van a buscar el alimento en los pechos de su Madre (La Iglesia), ni reciben nada de la limpidísima fuente que brota del Cuerpo de Cristo, sino que por el contrario ellos mismos se construyen “cisternas agrietadas” (Jer 2,13) hurgando la tierra y beben el agua maloliente del fango, al querer escapar a la fe de la Iglesia por temor de equivocarse rechazan el Espíritu, y así no pueden recibir enseñanza alguna. Puesto que se han apartado de la verdad, es natural que se revuelvan en toda suerte de errores y que se sientan zarandeados por ellos» (Contra las herejías III, 24,1).

–Por eso decimos con el Salmo 35: «en Ti, Señor, está la fuente viva y en tu Luz nos haces ver la luz». «Señor, tu misericordia llega al cielo, tu fidelidad hasta las nubes; tu justicia hasta las altas cordilleras, tus sentencias son como el océano inmensas. ¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! Los humanos se acogen a las sombras de tus alas, se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias. Porque en Ti está la Fuente viva y en tu Luz nos hace ver la luz. Prolonga tu misericordia con los que te reconocen, tu justicia con los rectos de corazón».

–Mateo 13 10-17: A vosotros se os ha dado a conocer los secretos del Reino. La razón del empleo de las parábolas en la predicación de Cristo. Sólo los cercanos a Él, sus íntimos, pueden entender su pleno sentido. Clemente de Alejandría comenta:

«“Al que tiene se le dará” (Mt 13,12). Al que tiene fe se le dará conocimiento; al que tiene conocimiento, amor; al que tiene amor, la herencia. Esto acontece cuando el hombre está adherido al Señor por la fe, por el conocimiento y por el amor, y se remonta con él al lugar donde está Dios, el Dios preservador de nuestra fe y nuestro amor, de donde procede el conocimiento para aquellos que son capaces de este privilegio y que son elegidos por su anhelo de una mejor preparación y entrenamiento. Estos son los que están dispuestos a oír lo que les dice, a poner en orden sus vidas a progresar por una cuidadosa observancia de la ley de la justicia. Este conocimiento es lo que les conduce hasta el fin, el término final que no tiene fin, enseñándoles la vida que hemos de poseer, una vida según Dios, cuando quedemos liberados de todo castigo y corrección que ahora soportamos a consecuencia de nuestras maldades, como disciplina salvadora. Cuando, pues, hayan recibido esta liberación, los perfectos alcanzarán su recompensa y sus honores» (Stromata 7,10,55-56).



Viernes

Años impares

–Éxodo 20,1-17: La ley se dio por medio de Moisés. Dios entregó a Moisés la ley en el monte Sinaí, en ella figuran los diez mandamientos. Cristo dijo que no vi-no a abolir la ley sino a perfeccionarla con la promulgación del programa que lleva al Reino de los cielos.

El interés del Decálogo no radica sólo en su contenido, sino ante todo en su forma. No dimana del derecho natural o del simple fenómeno étnico. Ante todo es la expresión de la voluntad de Dios. Esa es también la base de la moral cristiana. El comportamiento nace en un mandamiento de Dios que abarca los diez preceptos que se reducen al amor a Dios y al prójimo. Para el cristiano la moral natural es recibida por su yo más profundo, es decir, el que vive con Dios que se revela en Jesucristo. Todo hemos de verlo a lo que dice el Señor de Sí mismo: «Yo soy el Señor tu Dios, un Dios celoso» (Ex 20,5). Orígenes dice:

«Ved la bondad de Dios; para instruirnos y hacernos perfectos no teme asumir la debilidad de las pasiones humanas. Entendiendo de hablar de un Dios celoso, ¿quién no se admirará en seguida viendo en ello un defecto de la humana debilidad? Pero Dios lo hace todo y lo sufre todo por nosotros y, para instruirnos, Él pone en su lenguaje las pasiones que nos son conocidas y familiares. Ved, pues, lo que Él quiere decir con esta palabra: “Dios celoso” (Homilía 8,5 sobre el Éxodo).

–Como canto a la ley del Señor es adecuado el Salmo 18: «Señor, Tú tienes palabras de vida eterna. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulce que la miel de un panal que destila».

Años pares

–Jeremías 3,14-17: Os daré pastores conforme a mi Corazón; esperarán en Jerusalén todas las naciones. Restauración del reino de Judá e Israel. En la nueva era mesiánica no será necesaria la presencia del arca, como símbolo de la presencia de Yavé. Ahora toda la ciudad de Jerusalén podrá ser llamada trono de Yavé, porque Dios se hará sentir plenamente en ella. Es más esta nueva Jerusalén será el punto de convergencia de todos los pueblos. Tenemos reflejado aquí el universalismo mesiánico, como aparece también en Isaías y en Miqueas. El profeta presenta una nueva religión basada no en lo puramente externo, sino vinculada al corazón como punto de arranque. Es bien claro la alusión a los tiempos de Cristo con su culto litúrgico, centrado principalmente en la Eucaristía.

–Como salmo responsorial se han escogido algunos versos del capítulo 31 de Jeremías, que es una invitación a celebrar el retorno glorioso de Israel, la primera de las naciones en cuanto que ha sido escogida por Dios como heredad particular para que participara de sus beneficios materiales y espirituales. Se invita a la naciones a oír la palabra de Yavé y a que la den a conocer en las islas remotas: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como pastor a su rebaño. Porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte. Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor. Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré en gozo su tristeza, los alegraré y aliviaré sus penas».

–Mateo 13,18-23: El que escucha la palabra y la entiende ése dará fruto. Explicación de la parábola del sembrador. El reino de Dios comienza ya aquí abajo con las palabras sublimes, y al mismo tiempo sencillas, de Cristo. La acogida que se dé en el espíritu nos convertirán en ciudadanos del Reino.

Jesús se plantea el problema de los fracasos y de las resistencias que se oponen a su mensaje: ceguera de los escribas, entusiasmo superficial de las masas, desconfianza de los parientes, dureza de corazón, afición a las cosas del mundo, a las riquezas, a los honores, al poder. Pretende dar un sentido a esta incomprensión y lo descubre en la oposición entre el trabajo casi infructuoso del sembrador y la rica cosecha que se recogerá en el tiempo oportuno. Jesús piensa en su misión difícil y la analiza a la luz del juicio que se acerca. Dificultades las tuvo Cristo y las ha tenido la Iglesia en toda su historia, pero también ubérrimos frutos de santidad. San Efrén comenta:

«¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos que concentrara su reflexión» (Comentario al Diatésaron 1,18).



Sábado

Años impares

–Éxodo 24,3-8: Alianza del Señor con el pueblo de Israel. Este se ha obligado a observar la ley de Dios, por eso se realiza una alianza con Él sellada con la sangre de un sacrificio. La Nueva Alianza estará sellada con la sangre del Hijo de Dios encarnado, para el perdón de los pecados y se hace presente en la Eucaristía. Ya hemos visto que la alianza de Israel con Dios se rompió muchas veces por la infidelidad del pueblo elegido. Pero Dios, infinitamente misericordioso, siempre la reanudó. Lo hemos expuesto con muchos textos patrísticos. como éste de Melitón de Sardes:

«La salvación del Señor y la realidad fueron prefiguradas en el pueblo judío, y las prescripciones del Evangelio fueron preanunciadas por la ley. De esta suerte, el pueblo era como el esbozo de un plan, y la ley, la letra de una parábola; pero el Evangelio es la explicación de la ley y su cumplimiento y la Iglesia el lugar donde aquello se realiza. Lo que era figura era valioso antes de que se diera la realidad, y la parábola era maravillosa antes de que se diera la explicación. Es decir, el pueblo judío tenía un valor antes de que se estableciera la Iglesia, y la ley era maravillosa antes de que resplandeciera la luz del Evangelio» (Números 4-10).

–El pacto es cantado por el Salmo 49, algunos de cuyos versículos forman el Salmo responsorial de hoy: «Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza. Congregadme a mis fieles que sellaron mi pacto con un sacrificio». Nuestro Pacto ha sido sellado con el sacrificio de Cristo en la Cruz. Esto es reactualizado sacramentalmente en la Eucaristía. En ella hemos de participar con mente y corazón y ser consecuentes con lo que esa participación exige.

Años pares

–Jeremías 7,1-11: El templo no se puede convertir en una cueva de bandidos. El profeta interpela a los peregrinos junto al templo, denunciando la hipocresía de sus compatriotas y vaticinando la ruina del lugar santo. Los exhorta a practicar una religión comprometida, interior y sincera, no sólo un culto externo, aunque este también sea necesario. San Jerónimo así lo explica:

«Si han de pasar el cielo y la tierra, sin duda que pasará también todo lo terreno. Por consiguiente, los lugares de la cruz y de la resurrección aprovecharán sólo a quienes llevan su cruz y resucitan con Cristo cada día, a los que se hacen dignos de tan excelsa morada. Por el contrario, los que dicen: “el templo del Señor, el templo del Señor” (Jer 7,4), oigan al Apóstol... Vosotros sois templo de Dios y el Espíritu Santo mora en vosotros. La corte celeste está abierta lo mismo si se mira desde Jerusalén como si se mira desde Bretaña, pues el Reino de Dios está dentro de vosotros (Lc 17,21)» (Carta 58,3, a Paulino presbítero).

–El Salmo 83 expone los deberes del santuario del Señor: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!» El alma del piadoso israelita se consume y anhela los atrios del Señor, su corazón y su carne retozan por el Dios vivo... Anhela vivir en la Casa del Señor, alabándolo siempre y encontrar su gozo y su alegría y toda su fuerza en Dios y en su culto auténtico. Por eso prefiere el umbral de la Casa del Señor a vivir con los malvados, y vivir un día en los atrios del Señor a mil en su propia casa.

El cristiano tiene muchos motivos para superar el fervor del piadoso israelita. El antiguo templo de Jerusalén era sólo un símbolo y signo de la presencia dinámica de Dios; pero el templo cristiano es la morada del Dios vivo, ya que allí está Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía. Allí se reactualiza sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario. Todo esto es mucho más que lo que significaba el templo judío de Jerusalén.

–Mateo 13,24-30: Dejadlos crecer juntos hasta la siega. Manifiesta la paciencia de Dios que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y que viva. Dice Clemente de Alejandría:

«Si decimos, como se admite universalmente, que todas las cosas necesarias y útiles para la vida nos vienen de Dios, no andaremos equivocados. En cuanto a la filosofía, ha sido dada a los griegos como su propio testamento, constituyendo un fundamente para la filosofía cristiana, aunque los que la practican de entre los griegos se hagan voluntariamente sordos a la verdad, ya porque menosprecian su expresión bárbara, ya también porque son conscientes del peligro de muerte con que las leyes civiles amenazan a los fieles.

«Porque igual que la filosofía bárbara, también en la griega ha sido sembrada la cizaña (Mt 13,25) por aquel cuyo oficio es sembrar cizaña. Por esto nacieron las herejías juntamente con el auténtico trigo, y entre ellos, los que predican el ateísmo y el hedonismo de Epicuro, y todo cuanto se ha mezclado en la filosofía griega contrario a la recta razón, son fruto bastardo de la parcela que Dios había dado a los griegos...» (Stromata 6,8,67).