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15ª Semana

Domingo

Entrada: «Yo, con mi apelación, vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante» (Sal 16,15). Con esta ardiente súplica se inicia la Misa.

Colecta (del Misal anterior, antes del Gregoriano, y ahora retocada con textos del Gelasiano): «¡Oh Dios!, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al buen camino; concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa»

Ofrendas (también del Misal anterior, y antes del Gregoriano): «Mira, Señor, los dones de tu Iglesia en oración, y concede a quienes van a recibirlos crecer continuamente en santidad».

Comunión: «Dichosos los que viven en tu casa» (Sal 83,4-5); o bien: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6,57).

Postcomunión (también del Misal anterior, retocada con textos del Gregoriano y Gelasiano): «Alimentados con esta eucaristía, te pedimos, Señor, que cuantas veces celebramos este sacramento se acreciente en nosotros el fruto de la salvación».



Ciclo A

La primera lectura nos prepara a recibir las enseñanzas del Evangelio: el Sembrador difunde su doctrina. San Pablo exalta la dimensión cósmica de la Redención.

Dios es el Sembrador que realiza en nosotros su obra. A nosotros nos queda la enorme responsabilidad de no hacer infructuosa la gracia santificante y los medios que Él nos da en su Palabra y en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía.

–Isaías 55,10-11: La lluvia hace germinar la tierra. La palabra de Dios, semilla de salvación, lleva en sí toda la eficacia de la iniciativa divina y de su amor santificador.

El profeta usa sus grandes cualidades literarias y una gran intuición teológica para infundir la firme adhesión a Yavé, Dios de los padres que, contrariamente a la desconfianza general de los exiliados, está salvíficamente presente entre ellos. El dirige la historia y los acontecimientos para que el universo y el hombre, que han sido creados por Él, de Él dependan y con Él se desarrollen.

La semejanza de la lluvia y de la nieve que fecundan y hacen germinar la tierra nos debe hacer comprender que la potencia creadora y transformadora de la palabra de Dios ha de dar fruto, si la acogemos con fe, pues Dios que nos creó sin nosotros no nos salvará sin nosotros.

Es un texto muy profundo y eficaz para comprender la Sagrada Escritura como palabra de Dios al hombre. Nos pone en contacto directo con Él que nos invita a que recibamos su mensaje salvífico para otorgarnos su comunión de vida realizando en nosotros su salvación.

–Muy acertadamente se ha escogido como responsorio el Salmo 64 : «Tú cuidas de la tierra, la riegas... Tú preparas los trigales... La semilla cayó en buena tierra y dio su fruto». En realidad ese Salmo es un himno a Dios providente con su pueblo. Los versículos 10-14, que son los que se han tomado aquí, nos hacen revivir la primavera de Palestina, cuando el mismo desierto florece, los rebaños pastan sobre verdes colinas y el trigo germina sus espigas en la llanura. Los santos han usado esos dones de la creación para elevarse hasta Dios y cantar su magnificencia. Son bien conocidos los versos de San Juan de la Cruz, ya expuestos por nosotros en otra ocasión.

–Romanos 8,18-23: La creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios. En medio de la creación el cristiano auténtico es como una semilla viva de Dios, que restaura la obra del Creador y la libera de la degradación del pecado.

Para San Pablo y para todo el Nuevo Testamento el sufrimiento es esencial en la economía salvífica: Cristo murió en una cruz para la redención de la humanidad. El cristiano, como discípulo de Cristo, se encuentra en el mismo camino de la cruz: «El que quiera ser mi discípulo que se renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mc 8,34;Mt 16.24;Lc 9,23).

Esto no debe ser motivo de tristeza. Muere con Cristo para resucitar con Él. Este destino no está fundado en la palabra del hombre, sino en la palabra de Dios que es viva y eficaz. Comenta san Agustín:

«Estáis viendo, amadísimos, qué se les pide en esta vida a los siervos de Dios en cambio a la vida futura que se revelará en nosotros. Frente a esa gloria, carece de significado cualquier tribulación temporal, sea la que sea. “Los sufrimientos de este tiempo, dice el Apóstol, no son equiparables con la futura gloria que se revelará en nosotros” (Rom 8,18). Si las cosas son así, nadie piense ahora carnalmente; no hay tiempo: el mundo se conmueve, el hombre viejo es echado fuera, la carne siente la operación, aniquílese el espíritu. El cuerpo de Pedro yace en Roma, dicen los hombres; en Roma yacen los cuerpos de Pablo, de Lorenzo y de otros santos mártires; sin embargo, Roma está asolada: es afligida, pisoteada e incendiada... ¿Dónde están las memorias de los Apóstoles? Allí están, allí están, pero no en ti. ¡Ojalá estuvieran en ti!... Ojalá estuviesen en ti las memorias de los Apóstoles; ojalá pensaras en ellos. Verías qué felicidad les fue prometida, si la terrena o la eterna» (Sermón 296,6).

–Mateo 13,1-23: Salió el Sembrador a sembrar. La palabra de Dios y toda su obra de santificación pueden quedar infructuosas por el modo de ser y de vivir de los hombres.

La parábola explica plásticamente la proclamación del Reino, que constituye su tema fundamental. Aunque aparentemente podamos ver un aspecto negativo, sin embargo, el tema esencial es un sereno optimismo sobre el fruto que tendrá el mensaje predicado por el Señor. Comenta San Agustín:

«Dice Pablo en sus escritos que fue enviado a predicar el Evangelio allí donde Cristo aún no había sido anunciado. Pero, como aquella otra siega ya tuvo lugar y los judíos que quedaron eran paja, prestemos atención a la mies que somos nosotros. Sembraron los apóstoles y los profetas. Sembró el mismo Señor; Él estaba, en efecto, en los apóstoles, pues también Él cosechó; nada hicieron ellos sin Él; Él sin ellos es perfecto, y a ellos dice: “sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15,5). ¿Qué dice Cristo, sembrando entre los gentiles? “Ved que salió el Sembrador a sembrar” (Mt 13,3). Allí se envían segadores a cosechar; aquí sale a sembrar el sembrador no perezoso. Pero, ¿qué tuvo que ver con esto el que parte cayera en el camino, parte en tierra pedregosa, parte entre espinas? Si hubiera temido a esas tierras malas, no hubiera venido tampoco a la tierra buena.

«Por lo que toca a nosotros, ¿qué nos importa? ¿Qué nos interesa hablar ya de judíos y de la paja? Lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinas, sino tierra buena. –¡Oh Dios! Mi corazón está preparado– (Sal 56,8) para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por uno. Sea más, sea menos, pero siempre es trigo» (Sermón 101,3).

Ciclo B

La primera lectura trata de la vocación del profeta Amós, cómo el Señor elige su mensajero a quien quiere, cuándo y como quiere. La tercera lectura nos habla de las consignas dadas por Cristo a los discípulos enviados a evangelizar. En la segunda lectura San Pablo describe a los Efesios el plan divino sobre nosotros. Dios nos ha destinado desde toda la eternidad a convertirnos en hijos suyos por Jesucristo para alabanza de su gloria.

La vocación cristiana, don de iniciativa amorosa de Dios a quienes Él mismo ha elegido, es, por su propia naturaleza, vocación a la santidad testifical y vocación al apostolado responsable (cf. Lumen Gentium 17 y 40)

El auténtico cristiano es siempre un testigo viviente de Cristo. El falso cristiano vive ajeno a la salvación de los hombres, sus hermanos.

–Amós 7,12-15: Ve y profetiza a mi pueblo. En su fe profunda y operante, Amós se siente responsable ante Dios, que le reclama para profeta y testimonio contra la frivolidad religiosa del reino de Israel. Su vida evidencia plenamente su fidelidad a Yavé. San Jerónimo dice:

«Los médicos que se llaman cirujanos son tenidos por crueles y son realmente desdichados. Porque, ¿no es una desdicha dolerse de las heridas ajenas y tener que cortar con hierro compasivo las carnes muertas, y, al tener que curar, no sentir horror de lo que horroriza al que es curado, y encima ser tenido por enemigo? Está en la naturaleza de las cosas el que la verdad sea amarga y los vicios sean considerados agradables.

«Isaías, para poner un ejemplo de lo que había de ser la cautividad inminente, no tuvo empacho de andar desnudo (Isaías 20,2); Jeremías es sacado de en medio de Jerusalén y enviado al Éufrates, río de Mesopotamia, para esconder allí, entre gentes enemigas, donde está el asirio y los ejércitos de los caldeos, una faja que debía pudrirse (cf. Jer 13,1-7); a Ezequiel se le manda comer un pan hecho de todo género de semillas y rociado primero con excrementos humanos y luego bovinos (cf. Ez 4,9-15), y termina presenciando con los ojos secos de lágrimas la muerte de su mujer (ib. 24,15-17). Amós es expulsado de Samaría (Am 7,12) Y todo esto, te pregunto, ¿por qué? Porque eran cirujanos espirituales que cortaban los vicios de los pecadores y exhortaban a la penitencia... Así, no es de extrañar, si también nosotros, al censurar los vicios, ofendemos a muchos» (Carta 40 1-2, a Marcela).

–Con el Salmo 84 decimos: «voy a escuchar lo que dice el Señor». Esta es la actitud de todo profeta en todos los tiempos. «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón». El misterio de la venida de Cristo tiene una historia en la vida de todo creyente. El que se convierte y recibe la gracia es como un exiliado que espera regresar a la patria verdadera. Por eso puede hacer suyas las palabras del Salmo: «La salvación ya está cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. La misericordia y la felicidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos».

–Efesios 1,3-14: Nos eligió en Él antes de crear el mundo. La introducción a la Carta a los Efesios nos recuerda que nuestra fe cristiana es un don de iniciativa divina que compromete plenamente nuestra existencia ante el Padre y ante los hombres.

Todo el proceso salvífico de la lectura es atribuido por san Pablo a la benevolencia de la voluntad divina. Por tres veces se subraya que esto sucede «para alabanza y gloria de su gracia», «para que la gloria de su gracia... redunde en alabanza suya», «seremos alabanza de su gloria». Estas expresiones tienen en el himno la función de estribillo, el carácter doxológico de toda la composición. San Jerónimo comenta:

«Aunque uno sea santo y perfecto, y sea estimado digno de la felicidad a juicio de todos, sin embargo ahora ha conseguido las arras del Espíritu para la herencia futura. Si la prenda es tanta, ¿qué será la posesión? Como la prenda que se nos da no está fuera de nosotros, sino dentro de nosotros, así la herencia misma –esto es, el reino de Dios dentro de nosotros está (Lc 17,21)– es algo intrínseco a nosotros. ¿Qué mayor herencia puede haber que contemplar y ver sensiblemente la belleza de la Sabiduría del Verbo, de la Verdad y de la Luz, y lo inefable del mismo; y considerar la magnífica naturaleza de Dios y ver la sustancia de todas las cosas creadas a semejanza de Dios. Este Espíritu Santo de la promesa, que es la prenda de nuestra heredad, se nos da ahora, para que seamos redimidos y unidos a Dios para alabanza de su gloria. No porque Dios necesite alabanza de nadie, sino para que su alabanza aproveche a los que le alaban, y mientras conocen en cada una de sus obras su majestad y su grandeza, se levanten a alabarle en un milagro de estupor» (Comentario a la Carta a los Efesios 1,14).

–Marcos 6,7-13: Y comenzó a enviarlos. Los primeros creyentes, los apóstoles y los discípulos, vieron íntegramente comprometidas y marcadas sus vidas para la obra redentora de Cristo. A San Marcos le interesa presentar al predicador evangélico como al que revela en el mundo el misterio de la salvación mediante el Mesías crucificado. A esto parece que va dirigida la absoluta pobreza de medios en el apóstol, catequista, evangelizador. La Iglesia es en sí, como lo fue Cristo, portadora de la salvación, pero no tiene ningún aspecto triunfalístico pagano y mundano. Cristo triunfó por su Misterio Pascual sobre el pecado y la muerte. La Iglesia sigue ese mismo camino, no puede prescindir de ello.

Esto no podemos olvidarlo, aun en nuestro aspecto de vida escondida, crucificada, en la pobreza y debilidad, en nuestras limitaciones. La doctrina que subyace en esta lectura es la de que la victoria se realiza en la humildad y en la carencia de medios humanos. No podemos prescindir de ellos, ciertamente; pero no hemos de poner nuestro afán en ellos. San Pablo nos dice que todo es para nosotros, para nuestra utilidad, para nuestro provecho, pero nosotros somos de Cristo y Cristo de Dios. Ése es el orden que siempre han seguido los santos. Emplear los medios de este mundo para el servicio de Dios, sin estar apegados, sino desprendidos totalmente de ellos.

En la celebración litúrgica no agotamos toda la responsabilidad de nuestra fe y de nuestra identidad cristiana. Esto se ha de prolongar en la vida cotidiana, como testigos y apóstoles de Cristo.



Ciclo C

La parábola del Buen Samaritano es una enseñanza para vivir el mandato del amor para con Dios y para con el prójimo. La ley del Señor, recuerda la primera lectura, no es algo exterior a nosotros mismos, sino que se encuentra dentro de nosotros y hemos de llevarla a la práctica. San Pablo, en la segunda lectura, delinea ante nosotros la imagen de Cristo en toda su grandeza. Es el principio de la nueva humanidad en su resurrección de entre los muertos.

Cristo y la caridad serán siempre la clave de toda autenticidad cristiana. El Corazón de Jesucristo, su iniciador y consumador, el Maestro y el Modelo a seguir (LG 40). En el cristianismo todo lo que no se centra en la caridad, puede ser equívoco. Ciertamente es infructuoso para nuestra salvación (1 Cor 13,10).

–Deuteronomio 30,10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo. Por la revelación divina, Dios mismo se ha puesto en actitud de diálogo amoroso al alcance de toda conciencia recta. Es en lo íntimo de su corazón donde cada hombre se abre a su Voluntad o la rechaza.

Al autor de este libro interesa sobre todo exhortar al pueblo de su tiempo a reflexionar sobre su vocación y elección y obre las consecuencias nefastas a que ha conducido el abandono de Yahvé, el Dios de los padres, mediante la infidelidad a la alianza sancionada después del éxodo y renovada repetidas veces por Dios a través de los profetas. Como tantas veces ya hemos expuesto con textos patrísticos, todo se concreta en la observancia del Pacto, pues por parte de Dios siempre estará firme su fidelidad.

–El Salmo 68 nos exhorta a buscar al Señor para que viva nuestro corazón. Es como una continuación de la lectura anterior: «Mi oración se dirige a Ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia, por tu gran compasión vuélvete hacia mí. Yo soy un pobre malherido, Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre del Señor con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias. Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor y vivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. El Señor salvará a Sión...»

–Colosenses 1, 15-20: Todo fue creado por Él y para Él. El acercamiento amoroso de Dios a los hombres ha culminado en el misterio entrañable del Corazón de Cristo, centro y culmen de la revelación de la caridad del Padre. Orígenes dice:

«Ahora bien, el alma es movida por el amor y deseo celestes cuando, examinadas a fondo la belleza y la gloria del Verbo de Dios, se enamora de su aspecto y recibe de Él como una saeta y una herida de amor. Este Verbo es, efectivamente, la imagen y el esplendor del Dios invisible, “primogénito de toda creación, en quien han sido creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, las visibles e invisibles” (Col 1,16). Por consiguiente, si alguien logra con la capacidad de su inteligencia vislumbrar y contemplar la gloria y hermosura de todo cuanto ha sido creado por Él, pasmado por la belleza misma de las cosas y traspasado por la magnificencia de su esplendor, como por una saeta bruñida, en expresión del profeta (Isaías 49,2), recibirá de Él una herida salutífera, y arderá en el fuego deleitoso de su amor» (Comentario al Cantar de los Cantares, prólogo).

–Lucas 10,25-37: ¿Quién es mi prójimo? Cristo, Dios y hombre, en unidad de Persona, ha hecho de la caridad a Dios y a los hombres la plenitud de la ley, como norma de salvación para todos nosotros. Siempre tenemos necesidad de insistir en el precepto del amor. La apologética esencial al cristianismo será siempre la de la caridad». Escuchemos a San Agustín:

«Aquel hombre que yacía en el camino, abandonado medio muerto por los ladrones, a quien despreciaron el sacerdote y el levita que por allí pasaron y a quien curó y auxilió un samaritano que iba también de paso, es el género humano. ¿Cómo se llegó a esta narración? A cierta persona que le preguntó cuáles eran los mandamientos más excelentes y supremos de la ley, el Señor respondió que eran dos... Jesucristo, el Señor, quiso que viésemos a Él representado en el Samaritano... El Señor se nos hace cercano en el prójimo. Él, para hacerse cercano a ti, asumió tu pena, pero no tu culpa, y si la asumió fue para borrarla, no para perpetrarla. Siendo justo e inmortal, estaba lejos de los injustos y mortales. Tú, en cuanto pecador y mortal estabas lejos del justo e inmortal. Él no se hizo pecador, como lo eras tú, pero se hizo mortal como tú. Permaneciendo justo se hizo mortal. Asumiendo la pena sin la culpa, destruyó pena y culpa. Por tanto, el Señor está cerca, no os inquietéis por nada. Aunque corporalmente ascendió por encima de todos los cielos, con su majestad no se alejó. Quien hizo todo está presente en todas partes (Sermón 171,2-3).

Prescindiendo o infravalorando la caridad evangélica (sobrenatural y positiva) el «moralismo» sólo sirve para justificar posturas naturalistas, privadas o sociales, pero nunca de autenticidad cristiana.


Lunes

Años impares

–Éxodo 21,8-14.22: Vamos a vencer a Israel porque está siendo más fuerte y numeroso que nosotros. Los israelitas se ven reducidos a esclavos de los egipcios. Un pueblo es explotado por otro. Esto es suficiente para señalar el mal. Los pobres han tomado pronto conciencia de su inferioridad, han adoptado, bajo la dirección de uno de los suyos, medidas para salir de ella. Pero esto tiene un sentido religioso, porque en definitiva es Dios el que tiene la iniciativa de la liberación... Se verá más adelante. El hombre se rebela contra Dios en la misma liberación que Él determina hacer. Es increíble, pero así es de insensato el hombre pecador. Prefiere la misma esclavitud a la libertad que Dios le otorga. Así lo afirma San Jerónimo:

«En la etapa decimoséptima podemos darle el nombre de los ladrillos... En el Éxodo se lee de los ladrillos de Egipto y que el pueblo gemía cuando los fabricaba (Ex 1,14)... De todo ello aprendemos que, en el camino de la vida presente y en el continuo pasar de una cosa a otra, unas veces crecemos, otras retrocedemos, y después de haber ocupado una dignidad eclesiástica con frecuencia pasamos al trabajo de los ladrillos» (Carta 78,19, a Fabiola).

–Por eso cantamos en el Salmo 123: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor», que es una afirmación llena de fe y de confianza en Dios. El cristiano puede tener la seguridad de que nunca está solo. Sobrellevando con entereza las pruebas de esta vida, que Dios permite para nuestra purificación y mayor mérito, podemos progresar rápidamente en la perfección cristiana. El Salmo da al cristiano una buena lección de fe y de humildad y le muestra la caducidad de la vida presente: «Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, que lo diga Israel, si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los hombres, nos habrían tragado vivos, tanto ardía su ira contra nosotros. Nos habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello; nos habían llegado hasta el cuello las aguas espumantes. Bendito el Señor que no nos entregó en presa a sus dientes. Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió y escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra».

Años pares

–Isaías 1,15-17: Lavaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dios da a conocer a su pueblo por medio del profeta Isaías cuál es el culto que le agrada: no los ritos puramente externos, sino la conversión del corazón. Es doctrina común en los profetas, como ya lo hemos expuesto en muchas ocasiones con textos patrísticos. San Justino trae ese texto de Isaías al tratar del Bautismo, en su primera Apología, 61. Todo culto verdadero ha de proceder de un corazón purificado y ha de inducir a un amor más intenso a Dios y al prójimo, que son todos los hombres.

–Esto mismo sigue en el Salmo 49, en el que se repite como estribillo: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios», no a los que participan en el culto y detestan las enseñanzas de Dios y no tienen presentes sus mandatos... «El que ofrece acción de gracias ése honra al Señor». No debe haber dos líneas paralelas en la vida del cristiano: por un lado su fe, su culto y por otro su conducta y comportamiento. El verdadero espíritu del culto cristiano es la fidelidad a la voluntad de Dios. Es bien explícito lo que se lee en la Carta a los Hebreos 9,11-15 y 13,15-16.

Esto es lo que enseñó Pío XII en su encíclica Mediator Dei y lo repitió el Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, ni 11: en los dos documentos se nos pide «recta intención de ánimo y cooperar con la gracia divina para no recibirla en vano».

–Mateo 10,34–11,1: No he venido a sembrar la paz, sino espadas. Cristo es una señal de contradicción para el mundo. O en favor de Cristo o en contra del mismo. Sus discípulos han de preferirlo a todo lo demás. «No anteponer nada al amor de Cristo», dice San Benito en su Regla.

Los enviados del Señor que le siguen con las rupturas necesarias y le acompañan llevando cada uno su propia cruz, reciben al final una promesa extraordinaria: todo lo que se haga a sus enviados es a Cristo a quien se hace. San Agustín ha comentado con frecuencia este pasaje:

«La justicia exige de ti lo que de ti obtuvo la impureza. Escuchasteis el Evangelio: “No vine a traer la paz a la tierra, sino la espada” (Mt 10,34). Dijo que iba a separar a los hijos de los padres. Pon tu mirada, pues, en aquella espada. ¿Quieres acaso servir a Dios y tu padre te lo prohíbe? Cuando amabas la impureza, corrías tras ella, aunque tu padre te lo prohibiese. Ahora la justicia te prohíbe seguir amándola; también aquí encontraste la prohibición de tu padre. Saca a relucir tu libertad, como entonces tu pasión. Entonces estabas dispuesto a ser desheredado con tal de no separarte de aquella impureza; estálo ahora también con tal de no separarte de la hermosura de la justicia. Es cosa grande y justa. ¿Quién hay que se atreva a decir: Es más merecedora de amor la impureza que la justicia?... Fijaos en aquella impureza y ved cuánto más exige de vosotros la piedad y la caridad, la hermosura de la justicia y la dulzura de la santificación» (Sermón 306,4).

Martes

Años impares

–Éxodo 2,1-15: Cuando creció fue a donde estaban sus hermanos. Manifestación de la protección providencial de Dios con respecto a Moisés y a su pueblo elegido. El futuro liberador del pueblo ha sido él mismo un «liberado»; el verdadero conductor del pueblo es el que ha vivido lo que propone a los demás. Dios tiene compasión de su pueblo elegido. Comenta Orígenes:

«No se ha de pensar acerca de Dios según criterios humanos, pues no tenemos una naturaleza tal que, por sus propias fuerzas, pueda elevarse al conocimiento de las cosas celestiales. De Dios mismo se ha de aprender lo que se ha de entender acerca de Dios, pues no se le conoce sino cuando Él mismo se ha dado a conocer. Aunque alguno tenga una instrucción completa en la ciencia secular y lleve una vida honesta, estas cosas serán de provecho para satisfacción interior. Pero no pueden alcanzar el conocimiento de Dios.

«Moisés había sido adoptado como hijo de la reina (Ex 1,10) e instruido en todas las ciencias de los egipcios... Y cuando había dejado Egipto y era pastor en la tierra de Madián, mientras miraba el fuego que ardía en la zarza sin que ésta se consumiera, oyó a Dios, le preguntó su nombre y conoció su naturaleza: pues todas estas cosas acerca de Dios no hubieran podido ser conocidas más que por su medio mismo. Por tanto, no se debe hablar de modo distinto de como Él mismo ha hablado de Sí, para que nosotros le entendiéramos» (Sobre el Éxodo, 3).

–Con el Salmo 68 proclamamos: Humildes, buscad al Señor y revivirá vuestro corazón. Estamos ante una súplica impresionante para que Dios socorra al que se encuentra abandonado, y salve del borde de la muerte al que es objeto de persecución mortal, como en la lectura anterior lo estuvo Moisés. El justo no deja de confiar en el Señor, aun en situaciones extremas, sino que espera confiadamente verse libre de sus perseguidores. En el Nuevo Testamento se aplica este Salmo a Cristo (Jn 2,17;15,23-25;19,28-30)... Por esos numerosos testimonios los Santos Padres fueron unánimes en considerar mesiánico este Salmo. Siete veces aparece citado por San Agustín en sus sermones. En uno de ellos dice:

«Antes de su pasión, cuando, con referencia a la misma, da ejemplo de humildad según la carne. Se enardecieron contra Él las olas del mar y a ellas cedió de grado por nosotros. Para que se cumpliera la profecía, dijo: “Llegué a la profundidad del mar, y la tempestad me sumergió” (Sal 68,3). No repudió los testigos falsos, ni el clamor tumultuoso de los que gritaban: “Sea crucificado”. No reprimió con su poder, sino que toleró con su paciencia los corazones rabiosos y las bocas de los furiosos. Le hicieron cuanto quisieron, pues se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Mas, cuando resucitó de entre los muertos tenía que orar a solas por los discípulos recogidos en la Iglesia, como en una barquilla, sostenidos por la fe en su cruz como en un madero, sacudidos por las tentaciones de este siglo como por el oleaje del mar. Y entonces comenzó a ser honrado su nombre también en este siglo, en el que fue despreciado, acusado y asesinado».

Este salmo nos muestra la angustia de Cristo en la pasión y su confianza en el Padre: «Me estoy hundiendo en un cieno profundo, y no puedo hacer pie; he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente... Pero el Señor escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos».

Años pares

–Isaías 7,1-9: Si no creéis no subsistiréis. El Señor tranquiliza a Ajab, rey de Judá, cuyo reino se ve atacado por los pueblos circundantes. Se invita al rey a un acto de fe en la existencia divina. Dios está presente, incluso en medio de las catástrofes y de los conflictos sociales. Es necesario tener fe, no obstante las contradicciones, las pruebas, los fracasos. Con esa fe participamos en la misma vida de Dios y encontramos en Él apoyo y aliento.

Multitud de veces han tratado de este pasaje bíblico los Santos Padres. Traemos aquí un texto de San Ireneo:

«También, para no sufrir nada semejante, debemos conservar intacta la regla de fe, cumplir los mandamientos, creyendo en Dios, temiéndole porque es Señor y amándole porque es Padre. Ahora bien, el cumplimiento de los mandamientos es una adquisición de la fe, porque si no creéis –dice Isaías– no subsistiréis (7,9), y la verdad lleva a la fe, que tiene por objeto las cosas que realmente existen (Heb 11,1), de manera que creamos en los seres que existen y, creyendo en ellos tal como son, guardemos siempre nuestra convicción con respecto a ellos.

«Y como la fe está íntimamente ligada a nuestra salvación, hay que tener mucho cuidado, a fin de tener una verdadera inteligencia de estos seres. Ahora bien: la fe es la que nos la proporciona, tal como los presbíteros, discípulos de los apóstoles, nos la han transmitido por tradición» (Demostración de la predicación apostólica, 3).

–Es impresionante la seguridad que ofrece el Salmo 47, tomado como responsorio: «Dios ha fundado su ciudad para siempre. Grande es el Señor, y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios. Su monte Santo, una altura hermosa, alegría de toda la tierra. El monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran Rey. Entre sus palacios, Dios descuella como un alcázar. Mirad: los reyes se aliaron para atacarla juntos; pero, al verla, quedaron aterrados y huyeron despavoridos. Y allí los agarró el temblor y dolores como de parto; como un viento del desierto que destroza las naves de Tarsis».

–Mateo 11,20-24: El día del juicio será más llevadero a Tiro y Sidón y a Sodoma que a vosotros. Comienza un período crítico en el ministerio de Jesucristo, pues muchos lo abandonan. Las maldiciones dirigidas contra las ciudades que han rehusado seguir su llamada a la penitencia hacen resaltar la gravedad del aviso divino: un día el juicio divino caerá inexorablemente sobre aquellos que hayan rechazado a su enviado. San Juan Crisóstomo dice:

«Entonces, cuando la sabiduría quedó justificada, cuando les hubo mostrado que todo se había cumplido, púsose el Señor a reprender a las ciudades. Ya que no las pudo convencer, las declara malhadadas, que es más que infundirles miedo. A la verdad, ya les había dado su enseñanza, ya había en ellas realizado milagros. Mas ya que se obstinaban en su incredulidad, ya no le queda sino maldecirlas.. Y no sin razón les pone el ejemplo de Sodoma, pues quiere con él encarecer su culpa. Prueba, en efecto, máxima de maldad es que, por lo visto, aquellos habitantes de Cafarnaún no sólo eran peores que los que entonces vivían, sino más malvados que cuantos malvados habían jamás existido.

«Por modo semejante, establece el Señor otra vez comparación y condena a los judíos con el ejemplo de los ninivitas y de la reina del Sur. Sólo que allí se trata de quienes obraron bien; aquí, empero, la comparación es con quienes pecaron, lo que aumenta la gravedad... Así por todos lados, trata de atraérselos; lo mismo por sus ayes de maldición que por el miedo que les infunde. Escuchemos también nosotros estas palabras del Señor. Porque no sólo contra los incrédulos, contra nosotros mismos, señaló el Señor castigo más duro que el de los habitantes de Sodoma si no acogemos a los huéspedes que acuden a nosotros, pues Él les mandó que sacudieran hasta el polvo de sus pies» (Homilía 37,4-5, sobre San Mateo).

Miércoles

Años impares

–Éxodo 3,1-6.9-12: La zarza ardiendo sin consumirse. La primera manifestación de Moisés manifiesta la grandeza y el poder de Dios, así como una providencia y amor para con su pueblo. Muchas veces los Santos Padres tratan de ese hecho y lo aplican a la virginidad de María en la Encarnación. Oigamos a San Gregorio de Nisa:

«¡Oh acontecimiento admirable: una virgen madre, permaneciendo virgen! Mira el nuevo orden de la naturaleza. En el caso de todas las demás mujeres, mientras que una permanece virgen, ciertamente no puede ser madre al mismo tiempo; una vez que llega a serlo, ya no posee la virginidad.

«Conviene, en efecto, que aquel que hacía su entrada en la vida humana para la salvación de los hombres íntegro e incorrupto, trajera su origen de una integridad absoluta y dada a Él sin reservas; ahora los hombres habitualmente llaman incorrupta a una mujer que no había tenido unión carnal alguna.

«Pienso que el gran Moisés conoció ya este acontecimiento por el fuego en el que Dios se le apareció, cuando veía la zarza ardiendo y no se consumía (Ex 3 1ss.). Efectivamente, entonces en el fuego y en la zarza, se ponía de manifiesto aquello que en su momento oportuno se manifestó claramente en el misterio de la Virgen. Del mismo modo que la zarza, aunque quemada por el fuego, no se consumió, igualmente la Virgen, engendrando la Luz, no se corrompió» (Sermón sobre el nacimiento de Cristo).

–El Salmo 102, ya tantas veces expuesto, sigue con la idea de la misericordia de Dios: «El Señor es compasivo y misericordioso... Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades... El Señor defiende a todos los oprimidos». El salmista es un israelita y tiene un título especial para agradecer a Dios los beneficios que ha hecho con su pueblo, muchas veces oprimido, pero siempre liberado. Los Santos Padres cantan la amplísima misericordia de Dios. Bien lo resume San Bernardo:

«Se da prisa en buscar la centésima oveja que se había perdido... ¡Maravillosa condescendencia de Dios que así busca al hombre; dignidad grande la del hombre, así buscado por Dios!» (Sermón del primer domingo de Adviento, 7)



Años pares

–Isaías 10,5-7.13-16: ¿Se envanece el hacha contra quien la blande? Dios escoge sus instrumentos para su obra, como lo hizo con el rey de Siria para castigo de Israel, pero si el instrumento se sobrepone a Dios, Él le retira su asistencia. El primero y el peor de los pecados es la soberbia. Así lo reitera Orígenes:

«¿Cuál es el mayor de todos los pecados? Ciertamente aquel por el que cayó el diablo. ¿Cuál es ese pecado, en el que cayó tanta altura, del que elevado cae en el juicio del diablo? Dice el Apóstol: la inflación, la soberbia, la arrogancia es el pecado del diablo; y por tales delitos cayó a la tierra desde el cielo. De aquí que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. ¿Para que te ensoberbeces tierra y ceniza, de manera que el hombre, olvidado de lo que es y en qué vaso tan frágil está encerrado, y en qué estiércol está metido y qué suciedades arroja de su cuerpo, se subleve con arrogancia?

«¿Qué dice la Escritura? ¿De qué te ensoberbeces, polvo y ceniza? Ya en vida vomitas la entrañas (Eclo 10,9). La soberbia es el mayor de todos los pecados y el principal pecado del mismo diablo. Cuando la Escritura descubre los pecados del diablo, encontrarás que todos ellos brotan de la fuente de la soberbia. Dice: “con la fuerza de mi brazo he hecho eso... me he apoderado de la tierra toda” (Is 10,13-14).

«Mira sus palabras: hasta qué punto son soberbias y arrogantes, y lo desprecia todo. Tales son todos los que andan hinchados por la jactancia y la soberbia. Materia de la soberbia, las riquezas, las dignidades, la gloria secular. Causa frecuente de soberbia es para aquel que ignora tener la dignidad eclesiástica, el orden sacerdotal o el grado de los levitas. ¡Cuántos presbíteros se olvidan de la humildad! ¡Como si hubieran recibido el orden sagrado para dejar de ser humildes!» (Homilías sobre Ezequiel 9,17).

Dice San Agustín:

«Cuanto más humilde sea el hombre ante sí mismo, más grande será ante Dios; el soberbio, cuanto más glorioso aparece ante los hombres, más abyecto es delante de Dios» (Sermón sobre la humildad 3).

–El castigo de Dios es siempre medicinal en este mundo, con él quiere Dios provocar la conversión. Esto es lo que se manifiesta en el Salmo 93: «El Señor no rechaza a su pueblo. Trituran, Señor, a tu pueblo, oprimen a tu heredad; asesinan a viudas y forasteros, degüellan a los huérfanos. Y comentan: Dios no lo ve, el Dios de Jacob no se entera. Enteraos, los más necios del pueblo, ignorantes, ¿cuándo discurriréis? El que plantó el oído ¿no va a oír? El que formó el ojo, ¿ no va a ver? El que educa a los pueblos, ¿no va a castigar? El que instruye al hombre, ¿no va a saber? Porque el Señor no rechaza a su pueblo, no abandona su heredad; el justo obtendrá su derecho, y un porvenir, los rectos de corazón».

–Mateo 11,25-27: Has escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a la gente sencilla. A la incredulidad de los pueblos cultos se contrapone la fe de los sencillos. Comenta San Agustín:

«Confesamos ya cuando alabamos a Dios, ya cuando nos acusamos a nosotros mismos. Piadosas son ambas confesiones, ya cuando te reprendes tú que no estás sin pecado, ya cuando alabas a Aquel que no puede tener pecado... A los ridículos sabios y prudentes, a los arrogantes, en apariencia grandes y en realidad hinchados, opuso a los incipientes, no los imprudentes, sino los pequeños. ¿Quiénes son estos pequeños? Los humildes... ¡Oh camino del Señor! O no existía o estaba oculto, para que se nos revelase a nosotros. ¿Y por qué exultaba el Señor? Porque el camino fue revelado a los pequeños.

«Debemos ser pequeños; pues si pretendemos ser grandes, como sabios y prudentes, no se nos revelará el camino. ¿Quiénes son grandes? Los sabios y prudentes, diciendo que son sabios (Rom 1,22). Pero tienes el remedio por contraste. Si diciendo que eres sabio te haces necio, dí que eres necio y será sabio. Pero dílo, y dílo interiormente. Porque no es así como lo dices. Si lo dices, no lo digas ante los hombres y lo calles ante Dios... Con tu Luz, Señor, iluminarás mis tinieblas (Sal 17,29). Nada tengo, sino tinieblas, pero Tú eres la Luz que disipas las tinieblas al iluminarme. La luz que tengo no viene de mí, sino que es luz participada de ti» (Sermón 67,1 y 8).


Jueves

Años impares

–Éxodo 3,13-20: Yo soy el que soy. Yo soy me envía a vosotros. Dios le da a conocer a Moisés su nombre: Yo soy. Es el único Dios verdadero. Existente por excelencia, el que actúa para salvar a su pueblo. Esto es sumamente admirable. Ningún hombre pudo inventar esa definición de Dios, nada menos que un siglo antes de Tales de Mileto. Oigamos a San Agustín:

«Romped los ídolos de vuestros corazones; prestad atención a lo que se dijo a Moisés cuando preguntó cuál era el nombre de Dios: “Yo soy el que soy”. Todo cuanto es, en comparación con Él, es como si no fuera. Lo que realmente es desconoce cualquier clase de mutación. Todo lo que cambia y es inestable y durante un cierto tiempo no cesa de sufrir mutaciones, fue y será; pero no lo incluyen dentro del que es. Dios, en cambio, carece de fue y será. Lo que fue, ya no es; lo que será, aún no es, y lo que llega para luego desaparecer, será para no ser. Pensad, si podéis esas palabras: Yo soy el que soy. No os enredéis en antojos míos, no os turbéis con pensamientos caprichosos y pasajeros. Paraos en el “es”, permaneced en el mismo “es”. ¿Adonde vais? Permaneced, para que también vosotros podáis ser. Pero, si tenemos una imaginación versátil ¿vamos a quedarnos fijos en lo que permanece? ¿Cuándo lograremos tal cosa? Por eso se compadeció Dios, y el que “es” dijo: dirás a los hijos de Israel: “el que es me envió a vosotros”. Después de indicar el nombre de su ser, añadió el de su misericordia» (Sermón 223 A,5).

–Como Salmo responsorial se han escogidos algunos versos del Salmo 104, ya muchas veces expuesto, pero en esta ocasión como estribillo se ha escogido el verso octavo: «El Señor se acuerda de su Alianza eternamente... envió a Moisés, su siervo, y a Aarón, su escogido». Es como un eco poético de la lectura anterior. El salmista se dirige a la posteridad de Abrahán y a los hijos de Jacob, porque Israel es una posteridad colectiva que conserva su identidad a través de la historia. Por eso la comunidad presente puede y debe proclamar ante el mundo lo que Dios hizo por ella, aunque sea en la lejanía de los Patriarcas. A partir del verso siete el himno se convierte en una profesión de fe, en la cual es presentado Dios como el Dios de la Alianza y el Señor del mundo entero que gobierna la tierra. Aquella historia es también nuestra historia, que ha perfeccionado la anterior con la Alianza Nueva sellada con la sangre de Jesucristo y avalada con el precepto del amor.

Años pares

–Isaías 26,7-9.12.16-19: Despertarán jubilosos los que habitan en el polvo. Es una plegaria en la que el autor busca ardientemente a Dios y su justicia; y profetiza la futura resurrección en unos términos que auguran ya la revelación del Nuevo Testamento. Comenta San Agustín:

«De esa paz dice el profeta Isaías: “Señor, Dios nuestro, danos la paz, pues nos has dado todo” (Is 26,12). Prometiste a Cristo y lo diste; prometiste su cruz, la sangre que se derrama para el perdón de los pecados y la diste; prometiste su Ascensión y el Espíritu Santo enviado desde el cielo, y lo diste; prometiste la Iglesia, fundada por toda la redondez de la tierra, y la diste; prometiste herejes futuros para ejercitación y probación y la victoria de la Iglesia sobre los errores de ellos, y los diste; prometiste la supresión de los ídolos de los gentiles, y los diste. Señor, Dios nuestro, danos la paz, pues todo nos lo diste. Entretanto, mientras llegamos a aquella paz, en que no tendremos enemigo alguno, peleemos larga, fiel y valientemente, para merecer ser coronados por el Señor Dios... Cada uno es tentado por su concupiscencia. Por lo mismo, pelee, resista, no consienta, no se deje llevar... He ahí que la concupiscencia solicita, estimula, insiste, exige, para que hagas algo malo; no consientas... El pecado es dulce, pero la muerte es amarga» (Sermón 77,A,2-3).

–El Señor desde el cielo se ha fijado en la tierra, dice el Salmo 101. Este salmo nos enseña a ser solidarios con todo el pueblo de Dios. Jesucristo, como el salmista, vio las ruinas de Jerusalén castigada por no querer escuchar la voz de Dios y lloró sobre ella (Lc 19,41). El cristiano ha de pensar que sus pecados afean el rostro de la Iglesia y, en cuanto de ellos dependa, procuran su ruina. Esto nos de-be ayudar a recapacitar sobre nuestros actos que pueden ser útiles a la Iglesia o perjudiciales. La santidad personal ya es, de por sí, un magnífico apostolado, pues en la Iglesia todos debemos ser solidarios unos de otros. Con este salmo el Señor quiere reanimar nuestra esperanza y darnos consuelo y fortaleza de ánimo. Hemos de acoger con confianza esta palabra de consuelo sabiendo que, por la gracia de Cristo, seremos introducidos en la vida eterna.

–Mateo 11,28-30: Soy manso y humilde de corazón. Cristo se inclina hacia los menesterosos y los invita a buscar en Él descanso para sus almas. San Juan Crisóstomo,

«No os espantéis –parece decirnos el Señor– al oír hablar de yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera. Pues, ¿cómo nos habló anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto? Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos; porque si cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera. ¿Y cómo se cumplen sus palabras? Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó. Y lo mismo hace ahora aquí, al par que señala para ella el más alto premio. Porque no sólo –dice– serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie, encontrarás descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya que aquí te ofrece la corona del combate y de este modo, a par que poniéndosete Él mismo por dechado, te hace más fácil de aceptar su doctrina. Porque, ¿qué es lo que tú temes? parece decirte el Señor­. ¿Quedar rebajado por la humildad? Mírame a Mí, considera los ejemplos que yo os he dado y entonces verás con evidencia la grandeza de esta virtud. ¿Veis cómo por todos los medios los conduce a la humildad?» (Homilía 38,2-3 sobre San Mateo).

Viernes

Años impares

–Éxodo 11,10-12.14: La Pascua del Señor. El cordero pascual es símbolo de Cristo. El memorial de la Nueva Pascua es la Eucaristía. Comenta San Cirilo de Alejandría:

«Los israelitas en Egipto inmolaron un cordero siguiendo las órdenes e instrucciones de Moisés. Se les mandó también añadir panes ázimos y verduras amargas... Así pues, aquel verdadero cordero, que quita el pecado del mundo, se inmoló también por nosotros, que estamos llamados a la santidad mediante la fe. Acerquémonos en su compañía a aquellos banquetes espirituales, sublimes y realmente santos, prefigurados en cierto modo por los ázimos prescritos en la ley, y que espiritualmente han de ser recibidos.

«De hecho, en las sagradas Escrituras la levadura ha sido siempre considerada como símbolo de iniquidad y del pecado. Por lo cual, nuestro Señor Jesucristo exhorta a sus santos discípulos que se abstengan del pan fermentado de los fariseos y saduceos... Igualmente, el doctísimo Pablo escribe a los santificados que se mantengan lo más alejados posible de la levadura de la impureza que mancha el alma... Para estar espiritualmente unidos a Cristo, nuestro Salvador, y tener un alma pura, no es, pues, inútil, antes muy necesario y hemos de tomarlo muy a pecho, librarnos de nuestras miserias y evitar el pecado; en una palabra, mantener nuestra alma alejada de todo lo que pudiera contaminarla» (Homilía pascual 19).

–Con el Salmo 115 decimos: «alzaré el cáliz de la salvación, invocando el nombre del Señor». Lo primero que se preguntaba el salmista, y también nosotros debemos hacerlo, es: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?». La respuesta la da él mismo: «Tomaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor». La Eucaristía es, en efecto, no sólo la mayor prenda de la misericordia divina, sino que es el medio mejor de dar gracias a Dios por todo cuanto de Él hemos recibido.

Años pares

–Isaías 38,1-6.21-22.7-8: He escuchado tu oración, he visto tus lágrimas. Ezequías ora a Dios, y Él lo cura y prolonga su vida. De ahí está tomada la lectura y el salmo responsorial. Esto nos da oportunidad de reflexionar sobre la muerte. Oigamos a San Jerónimo:

«Lo mismo muere el justo que el impío, el bueno y el malo, el limpio y el sucio, el que ofrece sacrificios y el que no lo hace. La misma muerte es para el bueno que para el que peca. El que jura que el que teme el juramento. De igual modo se reducen a pavesas hombres y animales... Pase que se llore a un muerto, pero a aquel que se lo lleva la gehenna, al que devora el tártaro, y para castigo del cual arde el fuego eterno. Pero nosotros, cuya salida del mundo acompaña el ejército de los ángeles, a quienes sale Cristo al encuentro, deberíamos sentir pesar de permanecer demasiado tiempo en esta tienda de muerte. Porque mientras vivimos aquí, andamos peregrinos lejos del Señor...» (Carta 39, a Paula).

Dice San Ambrosio:

«No te perturbe el oír el nombre de la muerte, antes bien, deléitate en los dones que te aporta este tránsito feliz, ¿Qué significa en realidad para ti la muerte sino la sepultura de los vicios y la resurrección de las virtudes?» (Tratado sobre el bien de la muerte, 4).

Y San Cipriano:

«El que está lejos de la patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra... La muerte no es un punto final, es un tránsito. Al acabar nuestro viaje en el tiempo viene el paso a la eternidad» (Tratado sobre la muerte, 18, 20).

–Mateo 12,1-8: El Hijo del hombre, Señor del sábado. San Juan Crisóstomo explica sobre los preceptos referidos al sábado:

«Habla de Sí mismo. Marcos, nos cuenta que también se refirió el Señor a la común naturaleza humana, y así dijo: “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado”. Entonces ¿por qué fue castigado de muerte aquel que recogía leña el día de sábado? (Num 15,33ss). Porque si desde el principio se hubiera tolerado el desprecio de la ley, mucho menos se hubiera observado posteriormente.

«Y a la verdad, muchos y grandes provechos vino a traer en los comienzos la guarda del sábado. El sábado, por ejemplo, hacía que los judíos fueran más blandos y humanos para con sus propios familiares, les enseñaba a conocer la providencia y la obra de Dios, como dice Ezequiel (20, 12,20), y los iba instruyendo para que, poco a poco, se apartaran de la maldad, y les obligaba, al fin, a prestar alguna atención a las cosas del espíritu.

«Si Dios, al promulgar la ley del sábado, les hubiera dicho: “el día del sábado haced el bien, pero no os entreguéis al mal”, no habrían contenido. De ahí que se lo prohibió todo por igual. No hagáis absolutamente nada. Y ni aun así le obedecieron. Sin embargo, el mismo que les da la ley del sábado, aun dentro de aquella generalidad, deja entender que solo quiere que se abstengan de toda obra mala. Porque no haréis nada –dice– fuera de lo que haga el alma (Ex 12,16) Y todo aquello se hacía en el templo y se hacía con duplicado fervor y multiplicada faena. De este modo, por la sombra misma, revelábales el Señor a sus contrarios la verdad» (Homilía 39,3, sobre San Mateo).

Sábado

Años impares

–Éxodo 12,37-42: La noche en que el Señor sacó a Israel de Egipto. Esa noche se convirtió en una noche de vela, de acción de gracias por los beneficios recibidos. De ahí el sentido grande que para el cristiano tiene la gran Vigilia Pascual: Paso de Cristo de la muerte a la resurrección, paso seguido por todos los cristianos, pues todos lo somos en la muerte y resurrección del Señor.

El recuerdo de la salida de Egipto alienta toda la historia de Israel con una gran esperanza. Lo que Dios ha puesto en marcha, al reunir una masa tan grande de israelitas en el momento de la salida de Egipto, puede llevarlo a cabo hasta su meta definitiva, haciendo surgir un gran pueblo del pequeño renuevo del exilio.

Dios ha «velado» por su pueblo, en una noche famosa, la del éxodo, como una madre al lado de sus hijos enfermos. La fiesta de Pascua, en la que se prescribe así una manera de compartir el cuidado de Dios por el futuro de su pueblo. Esto se realiza, debe realizarse, con mayor razón y motivos sobrenaturales en los cristianos.

–El Salmo 135 es como un eco de la lectura anterior: «dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia». Es el Gran Hallel o Gran Alabanza y se cantaba en la Pascua, porque en él se conmemoraba la salida y liberación de la cautividad de Egipto.

En él se nos muestra el amor misericordioso de Dios, la clave de toda la creación, de toda la historia del pueblo de Dios en el que entramos también nosotros. La bondad de Dios es la razón de ser de todo lo que Él ha obrado. Todo parte de la inagotable bondad misericordiosa de Dios. En esa bondad toma aliento el universo y la historia sagrada. En esa bondad todo vive y se ilumina.

Casiano dice que alabamos al Señor cuando proclamamos sus maravillas. Entonces la alabanza sale del fervor de la contemplación y manifiesta la grandeza, el poder de Dios.



Años pares

–Miqueas 2,1-5: Codician los campos y se apoderan de las casas. El profeta ataca sin piedad a los ricos, preocupados únicamente en acrecentar sus posesiones en detrimento de los pobres. Tendrán su castigo. San Gregorio Magno dice:

«Creen algunos que los preceptos del Antiguo Testamento eran más severos que los del Nuevo; pero sin duda se engañan en su mal modo de pensar; pues en aquél no se castiga el ansia de tener sino la rapiña; en éste se castiga el robo con cuádruple restitución... Por tanto, de aquí debe colegirse ante todo con qué pena será castigado quien arrebata lo ajeno, cuando quien no da lo propio es castigado con la pena del infierno» (Homilía 20,3 sobre los Evangelios).

La injusticia social no es solamente una violación de los derechos de los pobres, sino ante todo es, para el profeta, una falta contra Dios y su Alianza. Dios castiga el pecado, en esta vida con sentido medicinal, para que el pecador se convierta y viva, pues Dios no quiere su muerte.

La ausencia de amor entre los hombres que son miembros del pueblo concierne directamente al honor de Dios. No se trata sólo de deberes sociales, sino de obligaciones religiosas que recaen sobre los miembros de un pueblo asociado a Dios por un puro favor de su benevolencia.

En todo esto se tiene mayor responsabilidad después de la venida de Cristo con su mandamiento nuevo de amar como Él amó.

–Con el Salmo 10 se dice eso mismo: «no te olvides de los humildes, Señor». En este Salmo se presentan dos cuadros muy diversos: el primero es un mundo revuelto por el desorden en el que domina el mal y se agitan los impíos que conjuran y tienden insidias contra los pobres y humildes; en el segundo, se ve a Dios que observa toda acción de los hombres y está siempre dispuesto a intervenir para hacer justicia.

El grito de los pobres que se eleva hasta los oídos de Dios resuena con frecuencia en los Salmos. Es cierto que en ellos no oímos sólo los lamentos de los indigentes, sino también la oración de los perseguidos, de los desgraciados, de los afligidos, todos estos que no dejan de formar parte de los pobres. Sus enemigos son los de Dios, los soberbios y los impíos. Y su aflicción es un título de amor de Dios. Constituyen las primicias del pueblo humilde y modesto, de la Iglesia de los pobres que reunirá el Mesías: «La soberbia del impío oprime al infeliz y lo enreda en las intrigas que ha tramado... Pero Tú, oh Dios, ves las penas y los trabajos... A Ti se encomienda el pobre, Tú socorres al huérfano».

–Mateo 12,14-21: Se dibuja en el horizonte la Pasión por obra de la conspiración de los fariseos. Pero Cristo sigue su misión evangelizadora curando a los enfermos, pero no quiere que se divulgue. San Mateo ve el oráculo de Isaías (42,1-4) en la discreción con que Jesús rodea sus curaciones y milagros. La intención primera era sin duda rechazar las manifestaciones populares en las que el entusiasmo ahogaría la fe. Se ve que desde el principio los cristianos contemplan a Cristo como el verdadero Siervo de Yahvé y así fue considerado en la predicación apostólica y de la primitiva comunidad cristiana. Para San Mateo es Jesús el Siervo que anuncia la justicia a las naciones y cuyo nombres es su esperanza (Mt 12,18-21; Is 42,1-4). En este mismo sentido se expresa San Juan Crisóstomo:

«Todo es humildad, compasión, misericordia. No quiere destruir, sino edificar y reparar; no apagar el rescoldo que ha quedado, sino hacer que prenda allí de nuevo el fuego de su amor. Vino, en una palabra, a renovar, robustecer y vivificar» (Homilía 40,2,sobre San Mateo).