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13ª Semana

Domingo

Verdad y caridad son los dos polos de la vida y del testimonio cristiano, y son también el objeto de nuestra oración en una liturgia dominical como la de hoy, llena de la alegría de los redimidos.

Entrada: «Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo» (Sal 46,2).

Colecta (del Sacramentario de Bérgamo): «Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad».

Ofrendas (del Veronense): «¡Oh Dios!, que obras con poder en tus sacramentos, concédenos que nuestro servicio sea digno de estos dones sagrados».

Comunión: «Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre» (Sal 102,1); o bien: «Padre, por ellos ruego; para que todos sean uno en nosotros y así crea el mundo que Tú me has enviado, dice el Señor» (Jn 17,20-21).

Postcomunión (del Misal anterior, retocada con el texto de Jn 15,16): «La víctima eucarística que hemos ofrecido y recibido en comunión nos vivifique, Señor, para que, unidos a ti en caridad perpetua, demos frutos que siempre permanezcan».

Ciclo A

La primera y la tercera lecturas se corresponden. En la primera Dios bendice el hogar que había acogido al profeta Eliseo; en el Evangelio, Jesús, después de haber invitado a los apóstoles a dejarlo todo para que le sigan a Él solo, promete su bendición a los que los acojan con generosidad y cariño. En la segunda lectura San Pablo que ya nos enseñó que hemos sido salvados por la muerte y resurrección del Señor, nos muestra ahora cómo el bautismo nos introduce en este misterio.

–2 Reyes 4,8-11.14-16: Este hombre de Dios es un santo, se quedará aquí. Todo profeta auténtico es un signo de la presencia de Dios en la vida de los hombres. La plenitud del profetismo fue Cristo Jesús. El Hijo de Dios comprometido en la vida de los hombres y conviviendo con ellos.

–Por siempre jamás cantamos las misericordias del Señor. Así lo proclamamos en el Salmo 88. En Cristo nos lo ha dado todo. La alianza sellada por Dios con la casa de David no fue quebrantada nunca por parte de Dios, aun cuando por parte de los hombres hubo muchos fallos e infidelidades. Dios conducía la historia por caminos desconcertantes hasta que llegara el Descendiente de David esperado, el Ungido por antonomasia, Cristo Jesús, Salvador de los hombres. Desde entonces la Alianza sellada con su sangre será eterna, irrompible, no obstante las deficiencias de unos y los insultos y persecuciones de otros. «Reinará para siempre en la Casa de Jacob» (Lc 1,32).

–Romanos 6,3-4.8-11: Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte para que andemos en una vida nueva.

La vocación cristiana es, por su propia naturaleza, vocación de santidad cristiforme; ruptura total con el pecado y nueva existencia en Cristo. Comenta San Agustín:

«Mas centremos nuestra reflexión, amadísimos, en la resurrección de Cristo, pues del mismo modo que su pasión era símbolo de nuestra antigua vida, así su resurrección encierra el misterio de la vida nueva. Por eso dice el Apóstol: “Hemos sido sepultados con Cristo por medio del bautismo, para la muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros caminemos en una vida nueva” (Rom 6,4). Has creído y te has bautizado: murió la vida antigua, recibió la muerte en la cruz, fue sepultado en el bautismo. Ha sido sepultada la vida antigua, en la que viviste mal; resucita la vida nueva. Vive bien; vive para vivir; vive de tal manera que cuando mueras, no mueras... Comenzad a realizar en el espíritu, viviendo santamente, lo que Cristo nos manifestó mediante la resurrección de su cuerpo» (Sermón 229,E,3-4).

–Mateo 10,37-42: El que no toma su cruz, no es digno de Mí. El que os recibe a vosotros a Mí me recibe. San Juan Crisóstomo explica las palabras de Jesús:

«Mirad la dignidad del Maestro. Mirad cómo se muestra a Sí mismo hijo legítimo del Padre, pues manda que todo se abandone y todo se posponga a su amor... La propia vida que antepongáis a mi amor, estáis ya lejos de ser mis discípulos... Y si es cierto que Pablo ordena muchas cosas acerca de los padres y manda que se les obedezca en todo, no hay que maravillarse de ello, pues sólo manda que se les obedezca en aquello que no va contra la piedad para con Dios... Con este modo de hablar quería el Señor templar el valor de los hijos y amansar también a los padres que tal vez hubieran de oponerse al llamamiento de sus hijos...

«Nada hay más íntimo al hombre que su propia vida. Pues bien, si aun a tu propia vida no aborreces, sufrirás todo lo contrario del que ama, será como si no me amaras. Y no nos manda simplemente que la aborrezcamos, sino que lleguemos hasta entregarla a la guerra, a las batallas, a la espada y a la sangre. Porque el que no lleva su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. Porque no dijo simplemente que hay que estar preparado para la muerte, sino para la muerte violenta y no sólo para la muerte violenta, sino también para la ignominia...

«Ahora bien, ¿no es cosa de admirarse y pasmarse que, oyendo todo esto, no se les saliera a los apóstoles el alma de su cuerpo? Porque lo duro por todas partes se les venía a la mano; pero el premio estaba todo en esperanza. ¿Cómo es pues, que no se les salió? Porque era mucha la virtud del que hablaba y mucho también el amor de los que oían... Un simple vaso de agua fría que des, que nada ha de costarte, aun de tan sencilla obra tienes señalada recompensa. Porque por vosotros, que acogéis a mis enviados, yo estoy dispuesto a hacerlo todo» (Homilía 35,1-2 sobre San Mateo).

Ciclo B

Como sucede ordinariamente se corresponden las lecturas primera y tercera. «Dios no hizo la muerte». Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. En la tercera lectura Cristo resucita a la hija de Jairo. San Pablo exhorta a los cristianos de Corinto a acudir en ayuda de sus hermanos de Jerusalén. Ayudar al pobre es imitar a Cristo.

El poderío de Cristo sobre la vida y la muerte es, en la Revelación divina, el signo más decisivo para evidenciar la antítesis misteriosa entre el Adán original con su influencia degradante (el pecado y la muerte cf. Rom 5,17; 1 Cor 15,26) y el nuevo Adán, Redentor del pecado y de la muerte.

–Sabiduría 1,13-15–2,23-25: La muerte no procede de Dios. Pero es el signo de la limitación humana y la marca que dejó en el hombre la aberración original de pretender ser como Dios (Gén 3,4).

La revelación divina afronta el «enigma» de la muerte en su dimensión de misterio insoslayable para la existencia temporal humana (GS 14). San Atanasio escribe:

«Porque Dios no sólo nos hizo de la nada, sino que con el don de su Palabra nos dio el poder vivir como Dios. Pero los hombres se apartaron de las cosas eternas, y por insinuación del diablo se volvieron hacia las cosas corruptibles; y así, por su culpa le vino la corrupción de la muerte, pues, como dijimos, por naturaleza eran corruptibles, y sólo por la participación del Verbo podían escapar a su condición natural, si permanecían en el bien. Porque, en efecto, la corrupción no podía acercarse a los hombres a causa de que tenían con ellos al Verbo, como dice la Sabiduría: Dios creó al hombre para la incorrupción y para ser imagen de su propia eternidad; pero “por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sab 2, 23-24). Entonces fue cuando los hombres empezaron a morir, y desde entonces la corrupción los dominó y tuvo un poder contra todo el linaje humano superior al que le correspondía por naturaleza, puesto que por la trasgresión del precepto tenía en favor suyo la amenaza de Dios al hombre...» (Sobre la Encarnación 4,6).

–Con el Salmo 29 decimos: «te ensalzaré, Señor, porque me has librado». Es un himno de acción de gracias por la salvación recobrada. La tradición patrística y la liturgia ven en este Salmo una profecía de la Resurrección de Cristo y de nuestra propia resurrección.

–2 Corintios 8,7-9.13-15: Vuestra abundancia remedia la falta que los pobres tienen. Ante la indigencia humana el Corazón de Jesucristo es misterio de caridad y de comunión redentora. Quienes son de Cristo lo evidencian en su comunión de fe y caridad ante la indigencia de sus hermanos. Así lo explica San Juan Crisóstomo:

«Si no podéis entender que la pobreza enriquece, representaos a Jesucristo y en seguida se disiparán vuestras dudas. En efecto, si Jesucristo no se hubiera hecho pobre, los hombres no hubieran podido ser enriquecidos. Esas riquezas inefables, que por un milagro incomprensible para los hombres han encontrado su fuente en la pobreza son: el conocimiento de Dios y de la verdadera virtud, la liberación del pecado, la justicia, la santidad y otros mil beneficios que Jesucristo ya nos ha concedido y que nos concederá todavía. Todo esto ha venido a nosotros por el canal de la pobreza, es decir, porque Jesucristo se ha revestido de nuestra carne, se ha hecho hombre, ha sufrido todo lo que sabemos, aunque Él no fuera, como lo somos nosotros, deudor de la pena y de los sufrimientos» (Homilía 17, sobre 2 Cor.).

–Marcos 5,21-43: Contigo hablo, niña, levántate. «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25), pudo decir Jesús un día. Lo evidenció con el lenguaje de los hechos y lo selló con el misterio de su propia muerte redentora y su resurrección pascual. Comenta este milagro San Ambrosio:

«No está muerta la niña sino dormida. Los que no creen se ríen. Lloren pues, sus muertos los que se creen muertos; cuando se tiene fe en la resurrección, no se considera la muerte, sino el reposo. Y no está fuera de propósito lo que dice San Mateo (9,23) de que había en la casa del jefe flautistas y una multitud de plañideras; ya porque, siguiendo los usos antiguos, se hizo venir a los flautistas para inflamar y excitar los plañidos; ya porque la Sinagoga, a través de los cánticos de la ley y de la letra, no podía captar la alegría del Espíritu.

«Tomando, pues, la mano de la niña, Jesús la curó y mandó que le dieran de comer. Es una atestación de vida, para que no se crea que es un fantasma, sino una realidad. Dichoso aquél al que la Sabiduría coge de la mano. ¡Ojalá que ella dirija nuestras acciones, que la justicia tenga mi mano, que la tenga el Verbo de Dios, que Él me introduzca en su interior, que me aparte del espíritu del error, que me conduzca el espíritu que salva, que ordene que me den de comer! Pues el Pan celestial es el Verbo de Dios. Esta Sabiduría, que ha llenado los santos altares con los alimentos del Cuerpo y de la Sangre divinos ha dicho: “Venid, comed mis panes, bebed mi vino, que he preparado para vosotros” (Prov 9,5)» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VI, 62-63).

Ciclo C

Carácter exigente de la vocación apostólica: Cuando Dios llama todo se ha de abandonar. Así lo hizo el profeta Eliseo. No nos ate la letra de la ley, como dice San Pablo. Así estaremos en la verdadera libertad para ponernos al servicio de los demás por amor. Ser cristiano significa haber sido elegido y predestinado por el Padre, para ser injertado en el misterio de Cristo y para permanecer fieles a su llamamiento, a su amor, y a su obra de santificación sobre nosotros. La iniciativa de esta vocación es siempre de Dios. Nuestra responsabilidad consiste en responder diariamente con toda generosidad a este don divino.

–1 Reyes,19,16.19-21: Eliseo se levantó y se marchó tras Elías. Su actitud es un ejemplo exacto de renuncia de los propios intereses para seguir el llamamiento divino.

En la Nueva Alianza los apóstoles y discípulos de Cristo heredarán el espíritu de los profetas. Jesucristo exigirá una exclusividad absoluta en su servicio. Así actuaron los apóstoles y millones de hombres y mujeres en los veinte siglos de cristianismo. San Jerónimo dice:

«Una administración excesivamente cautelosa de la hacienda familiar, y que vuelve cautelosamente a sus cálculos, no se abandona tan fácilmente. José con la túnica puesta, no habría podido escapar de la mano de la egipcia. Aquel joven que, envuelto en una sábana, seguía a Jesús, al ser apresado por los esbirros dejó el vestido terreno y se marchó desnudo. Elías, cuando fue arrebatado en un carro al cielo, dejó su manto en la tierra. Eliseo ofreció en sacrificio los bueyes y los yugos de su anterior oficio... Dejar el oro es de principiantes, no de perfectos. Eso lo hizo el tebano Crates, lo hizo Antístenes. Ofrecerse a sí mismo a Dios, eso es lo propio de los cristianos y de los apóstoles» (Carta 71,3, a Lucinio).

–Con el Salmo 15 decimos: «el Señor es mi lote y mi heredad». En este Salmo tenemos una magnífica expresión de la fe. Pero esa fe con la que nos jugamos toda nuestra existencia a la única carta de Dios, está toda ella trascendida de amor. Con él nos remontamos fácilmente hasta las alturas desde donde se divisa una vida prolongada más allá de la muerte en la presencia y compañía de Dios. Esto se hizo realidad cierta y firme con la resurrección de Jesucristo.

–Gálatas 4,31-5,1,13-18: Vuestra vocación es la libertad. Liberación personal del pecado para vivir totalmente con fidelidad al designio de Dios sobre nosotros. La libertad del justo es una libertad en el amor al prójimo por Dios. Esto, paradójicamente, nos lleva a una esclavitud al servicio del hermano. Es también una libertad en el Espíritu Santo, que dirige la vida de los justos y la orienta por un camino espiritual contrario a las apetencias de la carne, cuya vida es antagónica a la del Espíritu, totalmente dominada por lo divino y sobrenatural. Dice San Juan Crisóstomo:

«Cristo nos liberó del yugo de la esclavitud, nos hizo responsables de nuestras actuaciones, pero no para que empleáramos ese poder para el mal, sino como ocasión de alcanzar un premio mayor, elevándonos a un nivel más alto de vida. Puesto que en varias ocasiones llama a la ley yugo de esclavitud y a la gracia liberación de la maldición, a fin de que nadie creyese que prescribe abandonar la ley porque fuera lícito vivir de forma contraria a la ley, corrige esta suposición diciendo: ordeno esto, no para que surja una forma de vida inicua, sino para que la vida cristiana vaya más allá de la ley, pues las ataduras de la ley han sido destruidas.

«No digo todo esto para que seamos pusilánimes, sino para que alcancemos un nivel más alto.. Andad según el Espíritu y no deis satisfacción al deseo de la carne. He aquí que señala otro camino que hace accesible la virtud y que da cumplimiento a cuanto se ha dicho, camino que engendra amor y que viene reforzado por el amor. Pues nada, nada inclina tanto al amor como el ser espiritual, y nada induce al Espíritu a permanecer con nosotros como la fuerza del amor... El que posee el Espíritu, tal y como conviene, apaciguará gracias a él todos los malos deseos. El que se ve libre de estos, no necesita del auxilio de la ley, porque se encuentra en una situación más elevada con respecto a sus preceptos...» (Comentario a la Carta a los Gálatas V,3-6).

–Lucas 9,51-62: Te seguiré adonde vayas. Ante la iniciativa y el llamamiento divino siempre corremos el riesgo de tratar de condicionar nuestra respuesta según los propios intereses personales. De este modo, podemos hacernos indignos del don divino. Comenta San Agustín:

«Escuchad lo que me ha inspirado Dios sobre este capítulo del Evangelio. En él se lee cómo se comportó el Señor distintamente con tres hombres. A uno que se ofreció a seguirlo, lo rechazó; a otro que no se atrevía lo animó a ello; por fin a un tercero que lo difería lo censuró. ¿Quién más dispuesto, más resuelto, más decidido ante un bien tan excelente como es seguir al Señor adonde quiera que vaya que aquél que dijo: “Señor, te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9,57).

«Lleno de admiración preguntas: ¿Cómo es esto; cómo desagradó al Maestro bueno, nuestro Señor Jesucristo, que va en busca de discípulos para darles el Reino de los cielos, hombre tan bien dispuesto? Como se trataba de un Maestro que preveía el futuro, entendemos que este hombre, hermanos míos, si hubiera seguido a Cristo hubiera buscado su propio interés y no el de Jesucristo.

«Pues el mismo Señor dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7,21). Este era uno de ellos; no se conocía a sí mismo, como lo conocía el médico que lo examinaba. Porque si ya se veía mentiroso, si ya se conocía falaz y doble, no conocía a quien le hablaba. Pues Él es de quien dice el evangelista: “No necesitaba que nadie le informase sobre el hombre, pues Él sabía lo que había en el hombre” (Jn 2,25). ¿Y qué le respondió? “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza ”(Lc 9,58). Pero, ¿dónde no tiene? En tu fe. Las zorras tienen escondites en tu corazón; eres falaz. Las aves del cielo tienen nidos en tu corazón; eres soberbio. Siendo mentiroso y soberbio no puedes seguirme. ¿Cómo puede seguir la doblez a la simplicidad?...» (Sermón 100,1).

Libertados por Cristo y para Cristo, nuestra libertad está en defender esa libertad de los hijos de Dios, sin hipotecar nuestra vida a nada que pueda traicionar nuestra vocación a la santidad y nuestra fidelidad al Corazón de Cristo y al Evangelio


Lunes

Años impares

–Génesis 18,16-33: ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Abrahán, con gran fe y con humilde respeto, pero también con bastante familiaridad, intercede ante Dios en favor de Sodoma y Gomorra, ciudades depravadas por la perversidad de sus habitantes. En toda la narración se palpa la misericordia de Dios y la perversidad de los hombres. Es un diálogo inefable de la condescendencia de Dios e ingenuidad de Abrahán.

–Con el Salmo 102 proclamamos la misericordia del Señor. En este Salmo se manifiesta la misericordia y el amor divino con resplandor refulgente. La misma palabra «misericordioso» tiene para el hebreo una resonancia que no se puede traducir en nuestras lenguas. Deriva de la misma raíz que maternal.

Por muy enorme que sean los pecados de los hombres mayor es la misericordia divina. Si Abrahán hubiera descendido más en el número de los justos también Dios lo hubiera atendido con la misericordia divina, que aparece en la Sagrada Escritura sin límites. Así lo enseñan los Santos Padres, como San Jerónimo:

«No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de la misericordia divina perdonará, sin duda la enormidad de vuestros muchos pecados» (Comentario sobre el profeta Joel 4).

San Cipriano también lo dice:

«Él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que al enseñarnos a que sean perdonados nuestros pecado, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón» (Tratado sobre el Padrenuestro 18).

Y San Gregorio Magno:

«Consideremos cuán grandes son las entrañas de su misericordia, que no sólo nos perdona nuestras culpas, sino que promete el reino celestial a los que se arrepienten después de ellas» (Homilía 9 sobre los Evangelios,3).

Años pares

–Amós 2,6-10.13-16: Oprimen contra el polvo la cabeza de los míseros. Dios denuncia las injusticias y las prácticas vergonzosas a que se entregan los israelitas. Tales pecados serán castigados con severidad, pues la infidelidad del pueblo, que tantos beneficios ha recibido de Dios, es inmensa.

A lo largo de la historia de la salvación la fidelidad de Dios se revela inmutable, frente a la constante infidelidad del hombre hasta que Cristo, testigo fiel de la verdad (Jn 18,37; Ap 3,4) comunica a los hombres la gracia de que está lleno (Jn 1,14-16) y los hace capaces de merecer la corona de la vida imitando su fidelidad hasta la muerte (Ap 2,10).

–El Salmo 49 es un eco de la lectura anterior: «atención los que olvidáis a Dios». De suyo este salmo es una invectiva contra el formulismo del culto judío y la hipocresía del pueblo. Fue tomado por Cristo con términos fuertes y decisivos, sobre todo contra las actitudes de los fariseos y jefes espirituales del pueblo (cf. Mt 15,1-20. 23):

«¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos? Cuando ves un ladrón, corres con él, te mezclas con los adúlteros; sueltas tu lengua para el mal, tu boca urde el engaño. Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre; esto haces, ¿y me voy a callar? ¿crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. Atención los que olvidáis a Dios, no sea que os destroce sin remedio; el que me ofrece acción de gracias ése me honra; al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios».

–Mateo 8,18-22: Sígueme. San Jerónimo comenta la exigencia de Jesús:

«Jesús propone duras exigencias a quienes quieren caminar en pos de Él; seguirle supone compartir su vida de profeta que carece de morada; supone asimismo renunciar aún los deberes de piedad filial, por servicio al Reino. La llamada del Señor debe tener una correspondencia pronta, sin dilaciones, ni aun por motivos familiares. La disponibilidad ha de ser sin condiciones. Él tiene unos planes más altos para el discípulos y para los que aparentemente saldrían perjudicados.

«Ha dispuesto las cosas para que resulten buenas para todos. Cuando Dios llama ése es el momento más oportuno, aunque aparentemente, miradas las cosas con ojos humanos, puedan existir motivos que dilaten la entrega. Tan pronto como el Hijo de Dios entró en la tierra, se instituyó para sí una nueva familia, para que quien era adorado por los ángeles en el cielo tuviera también ángeles sobre la tierra.

«Entonces la casta Judit cortó la cabeza de Holofernes; entonces Amán, que significa iniquidad, quedó abrasado en su propio fuego; entonces Santiago y Juan, dejando padre, redes y navecilla, siguieron al Salvador, abandonando a la vez los vínculos de la sangre, las ataduras del siglo y la solicitud de la familia. Entonces se oyó por vez primera: “el que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). Porque no hay soldado que marche a combatir con su esposa. A un discípulo que deseaba ir a dar sepultura a su padre no se lo consiente el Señor. Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Eso para que no te contriste si tu morada es algo estrecha» (Carta 22,21, a Eustoquia).

San Juan Crisóstomo dice:

«Ni siquiera pidió al Señor que le permitiera ir a su casa y dar la noticia a los suyos, por lo demás tampoco lo hicieron los pescadores. Estos dejaron las redes, la barca y padre, y Mateo su oficio de alcabalero y su negocio, para seguir al Señor» (Homilía 30 sobre San Mateo).


Martes

Años impares

–Génesis 19,15-29: El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego. El castigo de Dios se desencadena sobre las ciudades malditas. En el Evangelio se dice que quien rechace creer en su mensaje será juzgado con mayor dureza aún el día del juicio. Comenta San Agustín:

«Nada hay tan opuesto a la esperanza como mirar atrás, poner la confianza en las cosas que se deslizan y pasan. Por tanto, ha de ponerse en lo que todavía no se nos ha dado, pero que ha de dársenos en algún momento y jamás pasará. Sin embargo, cuando se precipitan sobre el mundo las tentaciones como una lluvia de azufre sobre Sodoma, ha mantenerse la experiencia de la mujer de Lot. Miró atrás y en aquel lugar quedó convertida en sal para sazonar a los prudentes con su ejemplo» (Sermón 105,7).

–Con el Salmo 25 decimos: «tengo ante mis ojos, Señor, tu bondad». La liberación de la familia de Lot hace pensar en lo que dice el salmo: «No arrebates mi alma con los pecadores... camino en la integridad». Quien contemporiza conscientemente con el mal, ya está resquebrajando su fe, al menos, en la pura lógica de los hechos; ya ha roto de algún modo esa opción absoluta por Dios, que exige la fe. De ahí que la fe tenga que mantenerse, reavivarse y fortalecerse continuamente por medio de la oración. Porque una fe con esas exigencias de integridad y perseverancia, ni puede adquirirse, ni puede conservarse viva y operante sin la ayuda de Dios.

El Señor nos purifica con su propia sangre y nos hace participar en su propia santidad e inocencia, nos asocia en su culto al Padre mediante la celebración eucarística. Una vez que hemos optado por Dios, por su Cristo, por su Iglesia, no podemos mirar atrás, hacia las cosas de este mundo que nos encadenan.

Años pares

–Amós 3,1-8; 4,11-12: Habla el Señor, ¿quién no profetiza? Si el profeta habla es porque tiene que transmitir un mensaje. Ya que los últimos castigos nos han traído consigo la conversión del pueblo, el Señor mismo vendrá en persona a juzgar a Israel con severidad. Por tanto, que se prepare a comparecer ante Dios.

Los que desprecian al profeta y sus amenazas deben pensar que los castigos y calamidades que anuncian vienen, en definitiva, de Dios, y, por tanto no burlarse de ellos, porque la venganza será inexorable. No podemos burlarnos de la predicación evangélica. Se nos pedirá cuenta de los rechazos de los dones del Señor. No podemos jugar con la justicia divina.

–El Señor, como se dice en el Salmo 5, no es un Dios que ame la maldad, ni son los malvados los que habitan con Él, sino el justo, como el piadoso salmista. Es inimaginable hasta qué extremos puede llegar la cercanía de Dios: no sólo ofrece su propia Casa o Templo, sino que está dispuesto a convertir el corazón del hombre en el templo más estimable y apreciado: «Cristo habita en nuestros corazones por la fe» (Ef 3,17).

Qué bien se dio cuenta San Agustín, aun antes de ser cristiano, de esa sublime realidad de la presencia de Dios en el interior de todo hombre:

«Pobre infeliz de mí..., era tal mi ignorancia, que te buscaba, Dios mío, con los ojos y demás sentidos de mi cuerpo..., siendo así que Tú estabas más dentro de mí que lo más interior que hay en mí mismo» (Confesiones, 3,6).

La intimidad con Dios no se comprende sino para llevar una vida según Dios la justicia de Dios: mirar, valorar, usar de las cosas con el criterio de Dios, que es el último que da el sentido verdadero y justo de la realidad.

–Mateo 8,23-27: Increpó al viento y al lago y vino una gran calma. Al sosegar la tempestad muestra Jesús su poder sobre los elementos. San Juan Crisóstomo dice:

«Una vez, pues, que estalló la tormenta y se enfureciera el mar, los apóstoles despiertan al Señor... Mas el Señor los reprende a ellos antes que al mar. Porque esta tormenta la permitió Él para ejercitarlos y darles como un preludio de las pruebas que más tarde había de sobrevenirles... De ahí el sueño de Cristo. Porque si la tempestad se hubiera desencadenado estando Él despierto, o no hubieran tenido miedo alguno, o no le hubieran rogado, o, tal vez, ni pensaran que tenía Él poder de hacer nada en aquel trance. De ahí el sueño del Señor, pues así daba tiempo a su acobardamiento y a que fuera más profunda la impresión de los hechos...

«Sin embargo, como era menester que también ellos, por personal experiencia, gozaran de los beneficios del Señor, permitió Él la tempestad, a fin de que al sentirse libres de ella, tuvieran también el más claro sentimiento de un beneficio suyo... ¿Qué hombre es éste, a quien obedecen los vientos y el mar? Cristo, empero, no les reprendió de que le llamaran hombre, sino que esperó a demostrarles por sus milagros que su opinión era equivocada. Ahora, ¿de dónde deducían ellos que fuera hombre? De su apariencia, de su sueño, de tenerse que servir de una barca... Porque el sueño y la apariencia externa mostraban que era hombre; pero el mar y la calma de la tormenta lo proclamaban Dios» (Homilía 28,1, sobre San Mateo)

Miércoles

Años impares

–Génesis 21,5.8-20. La herencia para el hijo de la libre. Luego del nacimiento de Isaac, son expulsados Agar e Ismael. Si bien la oración de Agar es atendida, sigue siendo Isaac el escogido como heredero de la promesa hecha a Abrahán. Orígenes comenta:

«Después estando el niño abandonado a punto de morir, se acercó el ángel del Señor a Agar y le abrió los ojos y vio un pozo de agua viva (Gén 21,19). ¿Cómo puede relacionarse esto con la historia? ¿Dónde encontramos que Agar tuviera los ojos cerrados, y que luego le fueran abiertos? Está más claro que la luz que aquí hay un sentido espiritual y místico. El que fue abandonado es el pueblo según la carne, el cual yace con hambre y sed, no con hambre de pan ni con sed de agua, sino con sed de la palabra de Dios hasta que se le abran los ojos a la sinagoga.

«Este es el misterio del que habla el apóstol, a saber, que la ceguera ha caído sobre una parte de Israel hasta que la masa de los gentiles haya entrado, y “entonces todo Israel será salvado” (Rom 11,24). Esta es la ceguera de gar, la que engendró según la carne; y esta ceguera permanecerá en ella “hasta que sea retirado el velo de la letra” (2 Cor 3,16) por el ángel de Dios y vea el agua viva.

«Pero nosotros mismos hemos de estar alerta, porque muchas veces también estamos echados junto al pozo de agua viva, es decir, junto a las Escrituras divinas y andamos perdidos en ellas. Tenemos los libros en las manos y los leemos, pero no alcanzamos su sentido espiritual. Por ello son necesarias las lágrimas y la oración ininterrumpida, a fin de que el Señor abra nuestros ojos...» (Homilías sobre el Génesis 7,5).

–Con el Salmo 33 decimos: «Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias; el ángel del Señor acampa en torno a su fieles, y los protege. Todos sus santos, temed al Señor, por-que nada les falta a los que le temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada. Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?».

Años pares

–Amós 6,14-15.21-24: Dios manifiesta su desagrado ante el culto que se limita a unas prácticas externas y carece de sinceridad. El que es justo y exigente no puede contentarse sino con la equidad y la justicia de sus seguidores.

Lo exige la esencia del culto que es la veneración por un ser basada sobre el sentimiento de su excelencia y de la propia inferioridad y sumisión que se tiene frente a ello. Es, pues, radicalmente una cierta actitud interna hecha no sólo de admiración, de estima y de honor, sino también de humildad y de protestación de sumisión.

El culto es esencial y principalmente interno. Ante todo porque el culto es un homenaje que se rinde a Dios; ahora bien, el honor está formalmente en el espíritu que lo rinde, siendo formalmente una actitud del espíritu, ante todo de la voluntad. También porque Dios es espíritu y en espíritu hay que ponerse en contacto con Él. Finalmente, porque en el hombre la parte sustancial, determinante, y más noble es el espíritu. Pero, como el hombre no es solamente espíritu, también es necesario el culto externo, social y colectivo. Mas en ese culto externo no se ha de omitir el interno, pues es esencial al culto.

El culto supone un signo empeñativo: las disposiciones de ánimo en las que el culto interno consiste no se conciben sin el «compromiso» o la obligación, al menos implícita de vivir en el futuro como lo exige de nosotros la excelencia de Dios, que reconocemos en el culto y la sumisión que le profesamos.

–Con el Salmo 49 nos ponemos en la misma línea de lo dicho anteriormente: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios» Es una requisitoria contra el formalismo requisitoria no son los sacrificios rituales que el pueblo ofrece, sino el absurdo de erigir la religión y el culto en un sistema consistente por sí mismo y privado de la entrega sincera del corazón. El sacrificio que Dios quiere es el sacrificio de alabanza, o lo que es lo mismo, que el hombre integre en sus sacrificios su misma persona, en contraposición de los dones puramente materiales. Los profetas insistieron mucho en esto. No debe haber dos líneas paralelas: por un lado el culto y por otro la conducta, la propia vida de espaldas a lo que el culto exige. Esto tiene una gran aplicación para nosotros.

El Concilio Vaticano II dice así:

«Mas, para asegurar la plena eficacia de la liturgia, es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina para no recibirla en vano. Por esta razón, los pastores de almas deben vigilar para que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente» (Sacrosanctum Concilium11).

–Mateo 8,28-34: Los milagros de Jesús dan a conocer la presencia misteriosa del Reino que hace retroceder a las fronteras del imperio del mal. Al liberar a los hombres de la sujeción a los espíritus malignos, Jesús lleva a cabo ya desde ahora el juicio de Dios. Dice San Juan Crisóstomo:

«Apenas hubo desembarcado Jesús, al milagro pasado sucedió otro más temeroso. Y fue que unos endemoniados, como si fueran esclavos fugitivos y criminales que se topan con su amo comenzaron a gritar: “¿qué tenemos que ver contigo Jesús, Hijo de Dios? ¿has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?” Como las turbas le habían confesado hombre, vienen ahora los demonios a proclamarlo Dios; y los que no habían oído al mar embravecido y luego en calma, ahora oían a los demonios que gritaban lo mismo que había proclamado el mar con su calma.

«Luego, porque no se pensara que era cuestión de adulación, como quienes lo estaban muy bien experimentando, gritan y dicen: ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo? Muy bien hacen confesando ante todo su enemistad con el Señor, pues así no caben sospechas en la súplica que le van a dirigir... ¿Y por qué razón mataron los demonios a los cerdos? No por otra razón sino porque el empeño de los demonios es siempre afligir a los hombres y en la ruina de éstos está siempre su alegría... Realmente también en el caso de estos endemoniados les salió la jugada al revés; pues, por una parte, quedó proclamado el poder de Cristo, y proclamada también, con más claridad aún, la maldad de ellos, de la que el Señor libró a los posesos; y, por otra, se demostró que, si el Dios de todas las cosas no se lo permite, no pueden ellos tocar ni a una piara de cerdos» (Homilía 28,2-3 sobre San Mateo).

Jueves

Años impares

–Génesis 22,1-19: El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe. El sacrificio de Isaac fue una prefiguración del misterio de la Cruz (cf. Heb 11,17-19). Orígenes así lo explica:

«Que Isaac lleve él mismo la leña para el holocausto es figura de Cristo, que llevó Él mismo la cruz (Jn 19,17). Pero llevar la leña para el holocausto es oficio del sacerdote; por tanto, él es a la vez hostia y sacerdote. Cuando se añade: “Y partieron los dos juntos” se significa lo siguiente: Abrahán, que tenía que hacer el sacrificio, llevaba el fuego y el cuchillo, e Isaac no iba detrás de él, sino juntamente con él, para mostrar que con él desempeña un mismo sacerdocio... Abrahán levanta un altar, pone sobre el altar la leña, ata al hijo y se dispone a degollarlo.

En esta iglesia sois muchos los padres que escucháis esta narración: ¿acaso alguno de vosotros al oír narrar esta historia obtendrá tanta fortaleza y tanta valentía, que cuando tal vez pierda a su hijo por la muerte ordinaria que a todos ha de venir, aunque se trate de un hijo único, aunque se trate de un hijo preferido, se aplicará el ejemplo de Abrahán poniendo ante sus ojos su grandeza de alma? Y aun a ti no se te exigirá tan gran fortaleza de que tú mismo hayas de atar a tu hijo, tú mismo hayas de sujetarlo, tú mismo prepares el cuchillo, tú mismo degüelles a tu unigénito.

«Todos estos oficios no se te pedirán; pero por lo menos mantente firme en tu propósito y en tu voluntad, y agarrado a la fe ofrece con alegría tu hijo a Dios. Sé tú el sacerdote del alma de tu hijo: ahora bien, no es digno que el sacerdote, al ofrecer un sacrificio a Dios, vaya con llanto... Abrahán ofrece a Dios su hijo mortal, que no había de morir; Dios ofrece a la muerte por los hombres a su Hijo inmortal. Ante esto, ¿qué diremos? ¿qué le devolveremos al Señor a cambio de todo lo que nos ha dado? (Sal 105,3). Dios Padre, por amor nuestro, no perdonó a su propio Hijo. ¿Quién de vosotros podrá oír alguna vez la voz de Dios diciendo: Ahora he conocido que tú temes a Dios, porque no has perdonado a tu hijo, o a tu hija, o a tu esposa, o no has perdonado tu dinero, los honores del siglo y las ambiciones del mundo, sino que lo has despreciado todo y lo has tenido por estiércol para ganar a Cristo (Flp 3,8), lo has vendido todo dándolo a los pobres y has seguido la palabra de Dios?» (Homilías sobre el Génesis, VIII).

–Con el Salmo 114 proclamamos: «caminaré en presencia del Señor en el país de la vida». Pocos salmos como éste ponen de relieve que el justo es un siervo de Dios que cumple su voluntad, como la cumplió Abrahán.

«Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí, el día que lo invoco. Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor; Señor, salva mi vida. El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos; estando yo sin fuerza me salvó. Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida».

Años pares

–Amós 7,10-19: Ve y profetiza a mi pueblo. El pesimismo de la predicación de Amós le lleva al profeta a ser acusado de alta traición y le acarrea la posibilidad de ser expulsado de su territorio. Amós hace notar el carácter irresistible de su vocación y reitera sus desdichados presagios.

El profeta es el representante de Dios y, por tanto, oponerse a su predicación es oponerse a los designios divinos. Sus opositores serán los primeros en sentir la prueba de la autenticidad de la profecía de Amós. Así ha sucedido siempre. Pero los seguidores de Dios no pueden, no deben abandonar su camino, aunque le cueste la vida. Así actuaron los mártires del cristianismo en todos los tiempos y otros que, sin derramar su sangre, han tenido que sufrir por predicar y enseñar la doctrina del Evangelio.

–El Salmo 18 canta la excelencia de la ley del Señor: «los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos». Es un himno maravilloso en el que se celebra la Sabiduría de Dios que ordena y rige el universo y vivifica y dirige el espíritu y el corazón del hombre. La misma ley divina que se manifiesta en la creación, penetra con su luminosa claridad en la conciencia humana y a través de la razón y de la adhesión libre de la voluntad, armoniza el universo y la historia para una misma celebración de la gloria de Dios en la que el hombre viene a ser como intérprete consciente de todas las voces de la creación y el cantor del cosmos ante el Altísimo.

«La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila».

–Mateo 9,1-8: La gente alaba a Dios que da a los hombres tal potestad. Con ocasión de la curación del paralítico Jesús manifiesta el misterio de su persona. Es el Hijo de Dios, llamado también por Daniel el Hijo del Hombre (Dan 7,13). Posee, por lo mismo, la potestad de perdonar los pecados y transmitirla. Comenta San Juan Crisóstomo:

«Como todos, pues, daban grandes pruebas de fe el Señor la dio de su poder perdonando con absoluta autoridad los pecados y demostrando una vez más su igualdad con el Padre. Pero notadlo bien: antes la había demostrado por el modo como enseñaba, pues lo hacía como quien tiene autoridad... Aquí, empero, por modo más eminente obliga a sus propios enemigos a que confiesen su igualdad con el Padre, y por boca de ellos hace Él que esta verdad sea patente.

«Por lo que a Él le tocaba, bien claro mostraba lo poco que le importaba el honor de los hombres. Y era así que le rodeaba tan enorme muchedumbre que amurallaban toda la entrada y acceso a Él, y ello obligó a bajar al enfermo por el tejado, y, sin embargo, cuando lo tuvo ya delante, no se apresuró a curar su cuerpo. A la curación de éste fueron más bien sus enemigos los que le dieron ocasión. Él, ante todo, curó lo que no se ve, es decir, el alma, perdonándole los pecados. Lo cual, al enfermo le dio la salvación; pero a Él no le procuró muy grande gloria. Fueron, digo, sus enemigos quienes, molestándole llevados de su envidia y tratando de atacarle, lograron, aun contra su voluntad, que brillara más la gloria del milagro. Y es que, como el Señor era hábil, se valió de la envidia misma de sus émulos para manifestación del milagro» (Homilía 29,1 sobre San Mateo).

Viernes

Años impares

–Génesis 23,1-4.19; 24,1-8.62-67: Antes de morir Abrahán quiso que su hijo tome esposa en el país de sus antepasados» era Rebeca. Era un eslabón más en las promesas de Dios. Orígenes expone el paralelismo entre el pozo de agua donde Isaac encontró a Rebeca y el agua viva de las Escrituras, a donde hemos de ir todos:

«Rebeca iba todos los días a los pozos, todos los días sacaba agua. Y porque todos los días iba a los pozos, por esto pudo ser hallada por el mozo de Abrahán y pudo arreglarse su matrimonio con Isaac. ¿Piensas que esto son fábulas y que el Espíritu Santo cuenta cuentos en las Escrituras? Hay aquí una enseñanza para las almas y una doctrina espiritual, que te instruye y te enseña a ir todos los días a los pozos de las Escrituras, a las aguas del Espíritu Santo, para que saques siempre y te lleves a casa una vasija llena. Como hacía la santa Rebeca, la cual no se habría podido casar con tan gran patriarca como Isaac –que era nacido de la promesa (Gál 4,23)- sino viniendo por agua y sacándola en tanta cantidad que pudiera saciar no sólo a los de su casa, sino al mozo de Abrahán; no sólo al mozo, sino que era tan abundante el agua que sacaba de los pozos que pudo abrevar a sus camellos, como dice hasta que dejaron de beber (Gén 24,19).

Todo lo que está escrito son misterios... Si no vienes cada día a los pozos, si no sacas agua cada día (de la Escritura), no sólo no podrás dar de beber a otros, sino que tú mismo sufrirás la sed de la palabra de Dios. Oye al Señor que dice en el Evangelio: “el que tenga sed, que venga a Mí y beba” (Jn 7,37). Pero, a lo que veo, tú no tienes hambre ni sed de justicia (Mt 5,6) ¿cómo podrás decir: “como el ciervo desea las fuentes de las aguas así mi alma desea al Señor”? (Sal 41,1)... Decidme vosotros, los que sólo venís a la iglesia los días de fiesta, ¿es que los demás días no son días de fiesta? ¿No son días del Señor?...» (Homilías sobre el Génesis X).

–Con el Salmo 105 damos gracias al Señor, porque ha sido tan bueno con nosotros, porque es eterna su misericordia. «¿Quién podrá contar las hazañas de Dios, pregonar toda su alabanza? Dichosos los que respetan el derecho y practican siempre la justicia. Acuérdate de mí por amor a tu pueblo. Visítame con tu salvación, para que vea la dicha de tus escogidos, y me alegre con la alegría de tu pueblo, y me gloríe con tu heredad».

Años pares

–Amós 8,4-6.9-12: Enviaré hambre, no de pan, sino de escuchar la palabra del Señor. Amós descubre la forma inicua de proceder de los fraudulentos y explotadores. Profetiza sobre «el Día del Señor». Por fin el pueblo arderá en deseos de la Palabra de Dios. Comenta San Gregorio Magno

«Es la Sagrada Escritura comida y bebida. Por eso, también el Señor amenaza por otro profeta: “Yo enviaré hambre sobre la tierra; no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la palabra de Dios” (Amos 8,11). Quien, habiendo sustraído su palabra, dice que nos angustiará con hambre y sed, demuestra que su palabra es para nosotros comida y bebida. Pero es de notar que unas veces es comida y otras bebida; pues en las cosas más oscuras, que no pueden entenderse si no son expuestas, la Sagrada Escritura es comida, porque lo que se expone para que sea entendido es como que se mastica para ser deglutido; pero en las cosas más claras es bebida, pues la bebida se deglute sin masticar. Así que bebemos los mandatos más claros porque, aun sin exponerlos, los podemos entender» (Homilía 10,3, sobre Ezequiel).

–«No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). A este estribillo siguen unos versos del Salmo 118:

«Dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón. Te busco de todo corazón, no consientas que me desvíe de tus mandamientos. Mi alma se consume, deseando continuamente tus mandamientos. Escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos. Mira cómo ansío tus decretos: dame vida con tu justicia. Abro la boca y respiro, ansiando tus mandamientos».

–Mateo 9,9-13: No tienen necesidad de médico los sanos; misericordia quiero y no sacrificios. San Juan Crisóstomo dice:

«Después que Jesús hubo llamado a Mateo, honróle además con el más alto honor, como fue sentarse luego con él a la mesa. De este modo quería el Señor aumentar en él la confianza y su buen ánimo para lo por venir. La curación, efectivamente, de su mal estado no había necesitado de mucho tiempo, sino que había sido obra de un momento. Mas no se sienta a la mesa sólo con Mateo, sino con otros muchos publicanos, no obstante echársele también en cara que no apartaba de sí a los pecadores. Los evangelistas por su parte, tampoco ocultan que sus enemigos buscaban de qué acusarle en sus acciones. Acuden pues, los publicanos a casa de Mateo, como compañero de oficio que era, pues él, orgulloso del hospedaje de Cristo, los había invitado a todos.

«A todo linaje de medicina solía apelar Cristo; y no sólo hablando, no sólo haciendo milagros y confundiendo a sus enemigos, sino hasta comiendo, procuraba la salud de los que mal se hallaban. Con lo que nos enseña que no hay tiempo, no hay obra que no pueda procurarnos alguna utilidad... Sus enemigos le acusaban de que trataba con aquellas gentes, mas Él les hace ver que lo indigno de Él y de su amor hubiera sido precisamente rehuir su trato. Curar a aquellos hombres no sólo estaba fuera de toda culpa, sino que era parte principal y necesaria de su misión y merecía infinitas alabanzas... “Misericordia quiero y no sacrificio” (Os 6,6). Al hablar así, echábales en cara su ignorancia de la Escritura» (Homilía 30,2, sobre San Mateo).

Sábado
Años impares

–Génesis 27,1-5.15-29: Animado por su madre Rebeca Jacob arrebata a Esaú, su hermano primogénito, la bendición de su anciano padre. Los designios de Dios proceden por simple elección y no dependen de las obras, sino de Aquél que llama (Rom 9,11-13). Comenta San Gregorio Magno:

«En efecto, el círculo de sus preceptos una veces está arriba y otras abajo, porque a los más perfectos se les anuncia espiritualmente, a los débiles se les aplica conforme a la letra, y lo que los pequeñuelos entienden a la letra, los varones doctos lo subliman mediante la inteligencia espiritual. Porque, ¿quién de los pequeños no se deleita leyendo la sagrada historia de Esaú y Jacob, cuando el uno sale a cazar para ser bendecido, y el otro, mediante la suplantación hecha por la madre, recibe la bendición del padre? (Gén 27). Historia, en la que, ciñéndose a una inteligencia poco sutil, parece que Jacob no arrebató fraudulentamente la bendición del primogénito, sino que la recibió como debida a él, puesto que, con el consentimiento de su hermano, habíala comprado, dándole en pago el alimento. Pero, no obstante, si alguno, pensando más profundamente, quisiera examinar la conducta de cada uno de ellos, mediante los secretos de la alegoría, en seguida se eleva desde la historia al misterio» (Homilía 1 sobre Ezequiel).

–Con el Salmo 134 proclamamos: «alabad al Señor, porque es bueno». El oficio de alabar a Dios de todo corazón y con todas las fuerzas del espíritu, corresponde de modo especial al cristiano, que ha sido escogido por Dios con una especialísima elección, como dice San Pedro (1 Pe 2,9-10). Pero la fe cristiana nos dice mucho más aún: Dios omnipotente y misericordioso se ha hecho visible en Cristo: verdadero Dios y verdadero hombre, semejante a nosotros menos en el pecado (Heb 4,15-16). La alabanza del piadoso israelita es por la elección de Jacob: «Alabad al Señor, porque es bueno; tañed para su nombre, que es amable. Porque Él se escogió a Jacob, a Israel en posesión su-ya».

Años pares

–Amós 9,11-15: Haré volver los cautivos de Israel y los plantaré en su campo. Una profecía sobre la restauración de la dinastía de David y sobre una era de felicidad. Es más bien una predicción sobre la vocación de todos los pueblos a reunirse en la Iglesia de Jesucristo.

El idilio de los tiempos mesiánicos de que nos habla el profeta se ha quedado corto, pues las realidades de la vida de la gracia, vivida con la intensidad que exige la vocación cristiana, superan a todo lo que podían soñar los profetas del Antiguo Testamento. San Jerónimo así lo explica:

«En aquel tiempo, la uva se pisará en los lagares llenos y se exprimirán los mostos enrojecidos con la sangre de Cristo y de los mártires, y este pisador de uva será semillero de la palabra de Dios, para que su sangre clame en el mundo más que clamó la sangre del justo Abel. Los que asciendan al monte por los méritos de sus virtudes, sudarán miel, más aún, destilarán la dulzura de la palabra de Dios, de la que está escrito: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 33,9) y “Qué dulce al paladar tu promesa, más que la miel en la boca” (Sal 118,103). Los que están bajo las montañas, a los que llega el esposo en el Cantar de los Cantares saltando por las montañas, brincando por las colinas (Cant 2,8) –los llama colinas–, imitarán el paraíso de Dios, de manera que en ellos se encuentren los frutos de la doctrina. Entonces, si alguno está cautivo en la infidelidad, y aún no ha creído en el nombre del Señor, y es del resto del en otro tiempo pueblo de Israel, edificarán ciudades antes desiertas y habitarán en ellas» (Comentario sobre el profeta Amós 4).

–Con el Salmo 84 alabamos a Dios «que anuncia la paz a su pueblo». Dios había perdonado a su pueblo y le había abierto el camino a la patria. Así se describen en Isaías 40, como si fuera un segundo Éxodo; como un desfile triunfal por el desierto, en el que Dios marchaba a la cabeza de los liberados. Pero, además, el retorno se hacía coincidir con la restauración final de los tiempos y de la conversión de las gentes. Todo esto se explica mejor con la liberación y redención hecha por Cristo no obstante todas las dificultades y el mal en el mundo. En realidad todo se ve mejor en el triunfo total de Cristo en la Jerusalén celeste, llamada visión de paz (cf. 1 Cor 15-28).

–Mateo 14-17: El tiempo de la presencia del mensajero del Reino sobre este mundo, similar a una fiesta nupcial, es un tiempo de alegría, del que queda excluido el ayuno. Pero, allá, en el horizonte, se perfila la tragedia final. El Esposo será arrebatado. Entonces vendrá el ayuno. Renovación impuesta por Cristo. Dice San Juan Crisóstomo:

«Antes se había llamado el Señor a sí mismo médico y ahora se da el nombre de Esposo: nombres ambos con que se nos revelan inefables misterios. Y a fe que podía haberles respondido mucho más ásperamente. Podía, por ejemplo, haberles dicho: No sois vosotros quiénes para poner esas leyes. Porque, ¿de qué vale el ayuno, si el alma está chorreando maldad?... Lo primero que debierais hacer era arrojar de vosotros toda vanagloria y practicar luego las virtudes de la caridad, la mansedumbre y el amor al prójimo. Pero, realmente, nada de esto les dice, sino que con toda modestia les replica: “no pueden ayunar los hijos de la cámara nupcial mientras esté con ellos el esposo”.

«Lo que el Señor quiere decir con esto es: el tiempo presente es de alegría y regocijo. No vengáis, pues, con estas cosas tristes. Y, en verdad, cosa triste es el ayuno, no por su naturaleza, sino por la disposición aun demasiado flaca de quienes lo practican. Porque para quienes quieren de verdad vivir santamente, no hay cosa más dulce y apetecible... Mas no sólo por este medio cierra el Señor la boca a sus enemigos, sino también con lo que seguidamente dice: Días vendrán en que les será arrebatado el esposo... Con estas palabras les hace ver el Señor que, si sus discípulos no ayunaban, no era por glotonería, sino por una admirable disposición suya. Pero ya anticipa aquí Jesús un anuncio sobre su pasión...» (Homilía 30,3-4, sobre San Mateo).

Esta frase del Señor motivó en los primeros años del cristianismo el ayuno del viernes y sábado santos, con lo cual se preparaban para la celebración de la Pascua del Señor. Esos pocos días se fueron luego ampliando, hasta llegar en el siglo IV a la Cuaresma.