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12ª Semana

Domingo

Entrada: «El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido. Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su Pastor y llévalos siempre» (Sal 27,8-9).

Colecta (del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano): «Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de su amor».

Ofrendas (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense y del Gelasiano): «Acepta, Señor, este sacrificio de reconciliación y alabanza, para que, purificados por tu poder, te agrademos con la ofrenda de nuestros amor».

Comunión: «Los ojos de todos te están aguardando, Señor, tú les das la comida a su tiempo» (Sal 144,15); o bien: «Yo soy el Buen Pastor, yo doy mi vida por las ovejas, dice el Señor» (Jn 10,11.15).

Postcomunión (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense): «Renovados con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, imploramos de tu bondad, Señor, que cuanto celebramos en cada eucaristía sea para nosotros prenda de salvación».



Ciclo A

Se nos presenta en este domingo el drama existencial del cristiano auténtico, en su condición de testigo de Cristo con todas sus consecuencias. No es el discípulo de mejor condición que su Maestro. Él fue vaticinado como «signo de contradicción» (Lc 2,34). Por lo mismo el cristiano no puede quedar extrañado de que le surjan contradicciones y dificultades. Pero Cristo venció y el que le sigue también participa de su victoria.

–Jeremías 20,10-13: Libró la vida del pobre de manos de los impíos. Jeremías, por su fidelidad a Dios y por su misión de testigo de sus designios ante el pueblo degenerado y frívolo, fue personalmente un signo de contradicción en medio de los suyos. Figura de Cristo y de los cristianos.

–Es bien expresivo el Salmo 68 sobre el tema de la contradicción: «Por Ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro». Ante todo vemos en este Salmo la figura de Cristo, el Hijo de Dios, devorado por el celo de la Casa y de la causa de su Padre; muerto por nuestros pecados, insultado, abandonado de todos saciada su sed con vinagre...

«Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre, porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Pero mi oración se dirige a Ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión vuélvete hacia mí. Miradlo los humildes y alegraos, buscad al Señor y vivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a los pobres, no desprecia a los cautivos. Alábenlo el cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas».

Buena ocasión para agradecer al Señor los beneficios de su Pasión, para seguirle, para imitarle, para soportar las contradicciones de la vida presente.

¡Qué caminos tan distintos siguen Dios y el hombre! Dios hecho hombre tiene sed y el hombre le da vinagre. El hombre tiene sed y Dios hecho hombre le da su propia Sangre para la vida eterna! (Mt 26,27). San Ignacio de Loyola decía:

«¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?»

–Romanos 5,12-15: El don no se puede comparar con la caída. San Pablo subraya nuestra solidaridad en la condenación a fin de exaltar nuestra solidaridad en la gracia que se nos da por Jesucristo. La vida de toda la humanidad es, por lo mismo, un signo de contradicción. El pecado de origen común y la gracia redentora de Cristo luchan en el interior de cada hombre. No es posible ser indiferente. Comenta San Agustín:

«Ved lo que nos dio a beber el hombre, ved lo que bebimos de aquel progenitor, que apenas pudimos digerir. Si esto nos vino por medio del hombre ¿qué nos llegó a través del Hijo del Hombre?... Por aquél el pecado, por Cristo la justicia. Por tanto todos los pecadores pertenecen al hombre, todos los justos al Hijo del Hombre» (Sermón 255,4).

Y en otro lugar:

«Gracias a la acción mediadora de Cristo, adquiere la reconciliación con Dios la masa entera del género humano, alejada de Él por el pecado de Adán (Rom 5,12). ¿Quién podrá verse libre de esto? ¿Quién se distinguiría pasando de esta masa de ira a la misericordia? ¿Quién, pues, te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido? No nos distingue los méritos, sino la gracia... Gracias a una sola persona, nos salvamos los mayores, los menores, los ancianos, los hombres maduros, los niños, los recién nacidos; todos nos salvamos gracias a uno solo: Cristo» (Sermón 293,8).

–Mateo 10,26-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Los auténticos discípulos de Cristo habrán de afrontar siempre la contradicción de cuantos no conocen a Cristo o positivamente lo rechazan. «No puede ser el discípulo de mejor condición que el Maestro». San Juan Crisóstomo comenta:

«Ya, pues, que ha animado el Señor y levantado a sus apóstoles, nuevamente les profetiza los peligros que habrían de pasar, y nuevamente también presta alas a sus almas y los levanta por encima de todas las cosas. Pues, ¿qué les dice? No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. ¡Mirad cómo los pone por encima de todo! Porque no les persuade a despreciar sólo toda solicitud y la maledicencia, y los peligros, y las insidias, sino a la muerte misma, que parece ser lo más espantoso de todo. Y no sólo la muerte en general, sino hasta la muerte violenta...

«¿Teméis la muerte, y por eso vaciláis en predicar? Justamente porque teméis la muerte, tenéis que predicar, pues la predicación os librará de la verdadera muerte. Porque, aun cuando os hayan de quitar la vida, contra lo que es principal en vosotros, nada han de poder, por más que se empeñen y porfíen... De suerte que, si temes el suplicio, teme a lo que es mucho más grave que la muerte del cuerpo.

«Mirad cómo tampoco aquí les promete el Señor librarlos de la muerte. No, permite que mueran; pero les hace merced mayor que si no lo hubiera permitido. Porque mucho más que librarlos de la muerte es persuadirlos de que desprecien la muerte. Así pues, no los arroja temerariamente a los peligros, pero los hace superiores a todo peligro. Y notad cómo con una breve palabra fija el Señor en sus almas el dogma de la inmortalidad del alma y cómo, plantadas en ella esa saludable doctrina, pasa a animarlos por otros razonamientos» (Homilía 34,2, sobre San Mateo).



Ciclo B

Dios es el único Dueño de la creación. Con ocasión de apaciguar la tempestad, Jesús hace que sus discípulos se pongan en interrogante acerca de su origen divino. San Pablo revela hoy el secreto de su vida: el amor de Cristo le ha conquistado. Ese amor que ha hecho de él una criatura nueva, le confiere una visión renovada del mundo: «Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo».

–Job 38,1.8-11: Aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Como Creador, cuyas huellas se nos evidencian en todas las obras de la creación, «Dios no se encuentra lejos de cada uno de nosotros. En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos,17,27-28).

–Esta lectura sirve de introducción a la del Evangelio y lo mismo también el Salmo 106: «Los hijos de Israel entraron en nave por el mar comerciando por las aguas inmensa... Él habló y levantó un viento tormentoso, que alzaba las olas a lo alto; subían al cielo y bajaban al abismo... Pero gritaron a Dios en su angustia y los arrancó de la tribulación». Sea una interpretación simbólica de cuatro grupos de personas liberadas de peligros diversos, o sea una interpretación realista de cuatro grupos de personas que suben a Jerusalén para ofrecer sacrificios de acción de gracias, en el fondo es lo mismo: se dan gracias a Dios por los peligros de que los ha liberado, ya sea para significar la liberación de la cautividad de Babilonia u otros peligros.

Esto nos lleva a la acción de gracias por antonomasia: la Eucaristía que celebramos y que es el centro de la vida cristiana. Por ella damos también gracias a Dios por los beneficios que constantemente recibimos de él.

–2 Corintios 5,14-17: Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo. La suprema cercanía personal y amorosa de Dios a nosotros se ha consumado en el Corazón de Cristo. Su presencia viviente de Verbo encarnado, con el sello de su divinidad tras su Resurrección, le hace convivir misteriosamente con sus elegidos en la Iglesia. San Agustín dice:

«En efecto, ya ve a Cristo detenido el que dice: Y “si habíamos conocido a Cristo, según la carne, ahora no lo conocemos así” (2 Cor 5,16). En la medida en que es posible en esta vida, veía la divinidad de Cristo. Existe la divinidad de Cristo, existe la humanidad. La divinidad se detiene, la humanidad pasa. ¿Qué significa que la divinidad se detiene? No cambia, no se destruye, no retrocede. Su venida a nosotros no significó separarse del Padre; ni su Ascensión el moverse localmente» (Sermón 188,14).

«Ha llegado lo nuevo». San Juan Crisóstomo señala el cambio radical que ha supuesto la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, y la diferencia consecuente entre judaísmo y cristianismo:

«En lugar de una Jerusalén terrestre, hay una Jerusalén descendida del cielo; en lugar de un templo material y sensible, un templo espiritual que no aparece a nuestras miradas; en lugar de unas tablas de piedra, depositarias de la ley divina, son nuestros propios cuerpos los que han venido a ser el santuario del Espíritu Santo; en lugar de la circuncisión, el Bautismo; en lugar del maná, el Cuerpo del Señor; en lugar del agua que brotó de la roca, la sangre que salió del costado de Jesucristo; la cruz del Salvador reemplaza la vara de Aarón y Moisés, y el Reino de los Cielos a la tierra prometida» (Homilía 11 sobre 2 Cor).

–Marcos 4,35-40: ¿Quién es éste a quien el viento y las olas obedecen?. Jesucristo es mucho más que una «revelación de Dios» en medio de los hombres o que un signo humano de la divinidad. Es la presencia personal del Verbo consustancial al Padre, viviente en condición e intimidad humanas entre los hombres. Comenta San Agustín:

«Oíste una afrenta, he ahí el viento. Te airaste, he ahí el oleaje. Soplando el viento y encrespándose el oleaje, se halla en peligro la nave, peligra tu corazón. Oída la afrenta deseas vengarte. Te vengaste y, cediendo a la injuria ajena, naufragaste. ¿Cuál es la causa? Porque duerme en ti Cristo. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo. Despierta, pues, a Cristo; acuérdate de Él, está despierto en ti; piensa en Él. ¿Qué querías? Vengarte. ¿Se te ha pasado de la memoria que El, cuando fue crucificado dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”? (Lc 23,34). Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. Despiértale, acuérdate de Él. Recordarle es recordar su palabra. Recordarle es recordar su precepto. Si Cristo está despierto en ti, ¿qué dices en tu interior? ¿Quién soy yo para querer vengarme? ¿Quién soy yo para proferir amenazas contra un hombre?... Por tanto calmaré mi ira y volveré a la quietud de mi corazón. Dio órdenes Cristo y se produjo la bonanza» (Sermón 63,2).



Ciclo C

En el Evangelio, después de la confesión de fe de San Pedro, Jesús anuncia su Pasión e invita a sus discípulos a tomar cada uno su cruz para seguirlo. Esto ha sugerido colocar como primera lectura la profecía de Zacarías sobre el Siervo doliente, que prefiguraba a Cristo.

San Pablo nos recuerda que, por hallarnos unidos a Cristo a causa del Bautismo, no formamos ya más que un sólo Cuerpo con Él. Nada debe separar a quienes se reconocen en la fe hijos de Dios. ¿Seremos capaces de reconocer esta revelación fundamental por encima de nuestras divisiones?

–Zacarías 12,10-11: Mirarán al que traspasaron. Ya antes del acontecimiento redentor del Calvario, Dios había anunciado por sus profetas la condición victima solidaria del Mesías Redentor: El Gran Traspasado por nuestros pecados. Dice San Agustín:

«Oíd y entended; ya un profeta había dicho esto: Alzarán los ojos a Aquél a quien traspasaron. Verán, pues, la forma misma que traspasaron con una lanza; se sentará como juez; condenará a los verdaderos culpables quien fue culpado injustamente. Él mismo será quien venga en aquella forma. También tienes esto en el Evangelio» (Sermón 127,10).

El primogénito traspasado por nuestros pecados, que con su sacrificio en la cruz, está recabando nuestras miradas de amor penitente y agradecido. En la cruz se nos evidenció todo el amor de Dios a los hombres en la inmolación redentora del Corazón que tanto ha amado a los hombres.

Pero el sacrificio del Calvario es preciso hacerlo, de alguna manera, nuestro. Por la penitencia sincera, evidenciamos tener conciencia de la profunda necesidad que todos tenemos de Cristo.

Por la fe amorosa, podemos retornar a la condición bautismal de hijos de Dios marcados para la santidad.

–Con el Salmo 62 decimos: «Mi alma está sedienta de Ti, Señor, Dios mío». Del que traspasaron brotó sangre y agua: sangre del sacrificio y agua de vida y gracia. Al caer sobre nosotros esa agua fecunda, sentimos primero nuestra aridez, se exacerba nuestra sed de Dios, pues sentimos una corriente de vida, mejor que lo que comúnmente llamamos vida: es la gracia de estar unidos a Dios y recibir su espíritu»

–Gálatas 3,26-29: Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo. Por el bautismo el misterio de la cruz se hace una realidad misteriosamente eficaz en nosotros. Nos incorpora a Cristo, haciéndonos participar de su condición de Hijo del Padre. San Juan Crisóstomo comenta este pasaje de San Pablo:

«Si la ley es un pedagogo y, encerrados, ella nos custodiaba, no es contraria a la gracia, sino que colabora con ella. Por el contrario, se le opondría si, venida la gracia, ella persistiera en mantener su dominio. Corrompería nuestra salvación si impidiera acudir a la gracia. Sería como la lámpara que iluminando de noche, impidiera, llegado el día, la vista del sol, por lo que no sería agradable, sino desagradable. Así sucedería también con la ley, que sería un obstáculo en la consecución de lo que es mejor. Los que ahora la observan, son los que sobre todo la desacreditan, de la misma manera que el pedagogo ridiculiza al joven cuando, llegado el momento de apartarse de él se aferra junto a él...

«¿Por qué no dijo: cuantos habéis sido bautizados en Cristo, habéis nacido de Dios? –era, sin duda, la consecuencia lógica de ser hijos de Dios–. Porque recalca la misma idea de una forma más efectiva. Si Cristo es Hijo de Dios y tú te has revestido de Él, teniendo al Hijo en ti mismo y haciéndote semejante a Él, alcanzaste una total conexión con Él « (Comentario a la Carta a los Gálatas III,5).

–Lucas 9,18-24: Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho. Todo el amor redentor del Corazón de Cristo Jesús hacia nosotros se convirtió en una constante obsesión por el misterio de la Cruz. Su pasión fue el sello misterioso de su condición de verdadero Mesías y el aval del amor infinito que nos tiene. San Ambrosio explica:

«Pedro no ha seguido el juicio del pueblo, sino que ha expresado el suyo propio al decir: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. El que es, es siempre, no ha comenzado a ser, ni dejará de ser. La bondad de Cristo es grande porque casi todos sus nombres los ha dado a sus discípulos... Cristo es piedra –pues bebían de la roca que los seguía, y “la roca era Cristo” (1 Cor 10,4)–, y Él tampoco ha rehusado la gracia de este nombre a su discípulo, de tal forma que él es también Pedro, para que tenga de la piedra la solidez constante, la firmeza de la fe.

«Esfuérzate también tú en ser piedra. Y así, no busques la piedra fuera de ti, sino dentro de ti. Tu piedra es tu acción; tu piedra es tu espíritu. Sobre esta piedra se edifique tu casa, para que ninguna borrasca de los malos espíritus pueda tirarla. Tu piedra es la fe; la fe es el fundamento de la Iglesia. Si eres piedra estarás en la Iglesia, porque la Iglesia está fundada sobre piedra. Si estás en la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán sobre ti: las puertas del infierno son las puertas de la muerte y las puertas de la muerte no pueden ser las puertas de la Iglesia... El Hijo del Hombre ha de padecer mucho... Tal vez el Señor ha añadido esto porque sabía que sus discípulos difícilmente habían de creer en su pasión y en su resurrección. Por eso ha preferido afirmar Él mismo su pasión y su resurrección, para que naciese la fe del hecho y no la discordia del anuncio. Luego Cristo no ha querido glorificarse, sino que ha querido aparecer sin gloria para padecer el sufrimiento; y tú, que has nacido sin gloria, ¿quieres glorificarte? Por el camino que ha recorrido Cristo es por donde tú has de caminar. Esto es reconocerle, esto es imitarle en la ignominia y en la buena fama (2 Cor 6,8), para que te gloríes en la cruz como Él mismo se ha gloriado» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VI, 97-98 y 100).

Lunes

Años impares

–Génesis 12,1-9: Abrahán marchó como le había dicho el Señor. La fe de Abrahán es modélica. Comenta San Agustín:

«Tanto hizo por nosotros que, aún enseña más que sus promesas, y sus obras deben movernos a creer en lo que prometió. A duras penas creyéramos lo que hizo de no haberlo visto. ¿Dónde lo vemos? En los pueblos que tienen su ley, en las muchedumbres que le siguen. Se ha realizado así la promesa que hizo a Abrahán cuando dijo: “en tu descendencia será bendecidas todas las gentes” (Gén 12,3). De poner los ojos en sí mismo, ¿cuándo hubiera creído? Era un hombre y solo, y viejo, y estéril su mujer de tan avanzada edad que, aun sin el defecto de la esterilidad, la concepción fuera imposible. No existía base alguna en absoluto donde apoyar la esperanza: mirando empero a quien le hacía la promesa, lo creía aun sin llevar camino. He ahí cumplido ante nosotros lo que fue objeto de su fe; creemos, en consecuencia, lo que no vemos por lo que viendo estamos. Engendró a Isaac: no lo hemos visto. Isaac engendró a Jacob: lo que tampoco vimos; éste engendró a sus doce hijos; que no hemos visto tampoco; y sus doce hijos engendraron al pueblo de Israel que ahora estamos viendo...

«Del pueblo de Israel nació la Virgen María, que dio a luz a Cristo y a los ojos está cómo en Cristo son benditas las naciones todas. ¿Hay algo más verdadero? ¿Hay algo más palmario? Vosotros que conmigo salisteis de la gentilidad, desead conmigo la vida futura. Si ya en el siglo cumplió Dios lo que había prometido hacer en la descendencia de Abrahán, ¿cómo no va a cumplir sus promesas eternas a los que hizo de la descendencia de Abrahán? El Apóstol dice: vosotros sois cristianos, luego “sois descendientes de Abrahán” (Gál 3,29). Son palabras del Apóstol» (Sermón 130,3).

–Con el Salmo 32 decimos «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se escogió como heredad. El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti».

Nosotros, los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, somos la nueva creación, la obra del Verbo y del Espíritu y somos la tierra llena de su amor misericordioso. Somos el Pueblo que Dios se escogió. A nosotros nos ha confiado el Señor realizar su palabra, como dice San Pablo en su Carta a los Colosenses 1,24-27.
Años pares

–2 Reyes 17,5-8: El Señor arrojó de su presencia a Israel y sólo quedó la tribu de Judá. Las calamidades acaecidas en el Reino del Norte y la deportación de sus habitantes se deben a la desobediencia y a la infidelidad para con la alianza. Lo hemos visto ya muchas veces.

–Ahora se confirma con el Salmo 59. Se trata de un desastre terrible o una señal de desbandada ante los arcos del enemigo. Pero tiene un trasfondo saludable que lleva envuelta la idea de corrección y conversión:

«Que tu mano salvadora nos responda, Señor. Oh Dios nos rechazaste y rompiste nuestras filas, estabas airado, pero restáuranos. Has sacudido y agrietado el país: repara sus grietas que se desmorona. Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo, dándole a beber un vino de vértigo. Tú, oh Dios, nos has rechazado y no sales ya con nuestras tropas. Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil. Con Dios haremos proezas, Él pisotea a nuestros enemigos».

El cristiano tiene conciencia de pertenecer al Pueblo de Dios de los últimos tiempos: la Iglesia. Es indudable que a través de la historia se han producido asaltos contra la Iglesia, que han roto sus filas y han cuarteado sus muros, pero tiene la promesa de Jesucristo: las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Esa es nuestra fe, esa es nuestra esperanza, no obstante las dificultades que puedan surgir de dentro o de fuera.

–Mateo 7,1-5: Sácate primero la viga de tu ojo. Jesús enuncia el principio de que no hay que juzgar al prójimo. San Juan Crisóstomo explica este principio:

«¿Veis cómo Cristo no prohíbe juzgar, sino que manda primero echar la viga de nuestro ojo y luego tratar de corregir lo de los otros? A la verdad, todo el mundo sabe lo suyo mejor que lo ajeno, y ve mejor lo grande que lo pequeño, y se ama más a sí mismo que a su prójimo. De manera que, si corriges por solicitud, tenla antes de ti mismo, pues ahí está más patente y es mayor el pecado. Mas, si a ti mismo te descuidas, es evidente que no juzgas a tu hermano por su interés, sino porque lo aborreces y quieres deshonrarle. Si hay que juzgar, que juzgue quien no tiene él mismo pecado, no tú... Porque, si es un mal no ver los propios pecados, doble y triple lo es juzgar a los otros cuando uno mismo, sin sentirlas, lleva las vigas en sus propios ojos. A la verdad, más pesado que una viga es un pecado» (Homilía 23,2 sobre San Mateo).

Martes

Años impares

–Génesis 13,2.5-18: No haya disputas entre nosotros dos, pues somos hermanos. Un vez que Abrahán se separó de Lot, Dios le prometió una numerosa descendencia junto con la posesión del país en que reposa». San Jerónimo exhorta también:

«Así, pues, te ruego y te aconsejo con afecto de padre: ya que has dejado Sodoma para caminar presuroso hacia los montes, no mires a tu espalda, no sueltes la mancera del arado, ni el borde del vestido del Salvador, ni sus cabellos húmedos con el rocío de la noche; nada entonces de lo que has logrado asir permitas se te escape, ni bajes tampoco del tejado de las virtudes a buscar los vestidos antiguos, no te vuelvas del campo a la ciudad, no ames como Lot los parajes llanos y amenos (Gén 13,10), que no son regados por el cielo, como la tierra santa, sino por el turbulento río Jordán después de haber perdido la dulzura de sus aguas mezclándose con el mar Muerto» (Carta 71,1 a Lucinio).

–En el Salmo 14 encontramos un código moral del que aspira a vivir en la intimidad con Dios en el santuario de Jerusalén: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que no hace mal al prójimo ni di-fama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor. El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará».

No se insiste en las purezas rituales, sino en las condiciones morales del corazón.

El Nuevo Testamento nos manifiesta que la Humanidad de Cristo es el templo de Dios. Es la tienda y el monte santo en la que Dios ha fijado su morada en medio de los hombres. Hemos de tener las virtudes necesarias para entrar en ese santuario, principalmente las obras de caridad, como lo indica el Salmo.



Años pares

–2 Reyes 19,9-11.14-21.31-36: Yo escudaré a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David. El reino de Judá no se libra del peligro de la invasión, pero la oración del rey Ezequías es acogida: El profeta Isaías le anuncia la partida inminente del enemigo y la próxima liberación de Jerusalén. Es grande el poder de la oración, como ya lo hemos expresado en diversas ocasiones. He aquí un bello texto de San Gregorio Magno:

«La mente del que pide suele reaccionar de forma diferente a la mente de Aquel a quien se dirige la petición, por eso las almas de los santos ponen su morada en el seno secreto e interior de Dios, encontrando descanso en él. ¿Cómo es posible, entonces, que se diga que clamaban si sabemos que su voluntad no discrepa en nada de la de Dios? ¿Cómo es posible que eleven su petición, si sabemos con certeza que no ignoran ni la voluntad de Dios ni lo que sucederá en el futuro?

«Se dice que presentan peticiones, aun viviendo en Él, no porque deseen algo en desacuerdo con la voluntad que conocen, sino porque cuanto más ardientemente se unen a Él con la mente tanto más reciben de Él el deseo de seguir pidiendo lo que ya saben que se les va a conceder. De Él beben lo que les hace estar más sedientos de Él, y, de forma aún incomprensible para nosotros, se sacian pregustando eso mismo que al ser pedido aumenta el hambre. No estarían de acuerdo con la voluntad del Creador si no pidieran lo que Él quiere que vean, y se unirían menos a Él si demandaran de mala gana lo que Él quiere darles» (Morales sobre Job lib. II,11).

–Con el Salmo 47 proclamamos: «Dios ha fundado su ciudad para siempre. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios. Su Monte Santo, una altura hermosa, alegría de toda la tierra. El monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran rey. Entre sus palacios, Dios descuella como un alcázar. Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo: como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra; tu diestra está llena de justicia».

El salmista ha celebrado la grandeza de Dios en el momento del peligro. Se diría que deseaba reproducir la oración de Ezequías. La grandeza de Dios se ha manifestado en la Iglesia: Ella es su ciudad santa construida sobre el Monte santo que es Cristo. En ella elevamos a Dios nuestras súplicas y ella misma ora por todos los hombres principalmente en su liturgia sagrada.

–Mateo 7,6,12-14: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Es la regla de oro de la buena concordia social y cristiana. San Agustín dice:

«“Lo que no quieres que te hagan, no lo hagas tú a otro” (Tob 4,16; Mt 7,12). Antes de darse la ley, a nadie se permitió ignorar esto que decimos, para que así tuviesen modo de juzgar aquellos a quienes no se había dado la ley. Pero, para que los hombres no tratase de obtener algo que les faltaba, se escribió en tablas lo que no leían en los corazones. Tenían escrita la ley, pero no querían leer... Pero como los hombres, apeteciendo las cosas externas, se apartaron de sí mismos, se dio la ley escrita; no porque no estuviese escrita ya en los corazones, sino porque, habiendo huido tú de tu corazón, debías ser acogido por Aquel que está en todas partes y devuelto al interior de ti mismo» (Comentario al Salmo 57,1).

Con respecto a otros temas de esa lectura evangélica, el mismo San Agustín comenta el respeto que hemos de tener por lo sagrado. No dar lo santo a los perros ni las piedras preciosas a los puercos.

«Perros son los que ladran calumniosamente; puercos son los manchados con el lodo de los placeres sensuales. No seamos ni perros ni puercos para merecer que el Señor nos llame hijos» (Sermón 60,A,4).

La defensa de lo sagrado nos urge siempre; no podemos participar en la liturgia santa con malas disposiciones del alma. Y se han de realizar las ceremonias sagradas tal como lo ha prescrito la competente jerarquía de la Iglesia. «Con temblor y fe» decía una antigua antífona litúrgica.




Miércoles

Años impares

–Génesis 15,1-12.17-18: Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber, y el Señor hizo alianza con él. Por la imitación de la fe de Abrahán, los seguidores de Cristo son verdaderos hijos del Patriarca, herederos de la promesa y miembros de la alianza. Así lo explica San Agustín:

«Así, a nosotros, hermanos, se nos llamó hijos de Abrahán, sin haberlo conocido personalmente y sin tener de él la descendencia carnal. ¿Cómo, pues, somos sus hijos? No en la carne, sino en la fe... Si Abrahán fue justo por creer, todos los que después de él imitaron la fe de Abrahán se hicieron hijos de él. Los judíos, nacidos de él, según la carne, degeneraron; nosotros, nacidos de gente extranjera, conseguimos imitándolo lo que ellos perdieron por su degeneración. ¡Lejos de nosotros pensar que Abrahán es su padre aunque desciendan de su carne! Sus padres fueron aquellos que ellos mismos confesaron que eran» (San Agustín, Sermón 305,A,3).

–Con el Salmo 104 decimos: «el Señor se acuerda de su alianza eternamente». El cristiano debe tomar conciencia de que todos los prodigios operados por Dios en la Antigua Alianza para llevar adelante las promesas hechas por Dios a Abrahán, son prodigios que nos atañen a todos los beneficiarios de la Nueva Alianza: «Si sois hijos de Cristo, sois descendientes de Abrahán según la promesa» (Gál 3,29).

«Por eso el cristiano ha de recitar este salmo como un memorial y una glorificación de su propio origen, que llegó a su consumación y plenitud en Jesucristo. Por eso con este Salmo nos adentramos en las maravillas de la Encarnación y en todos los misterios de Cristo que son reactualizados en la celebración litúrgica, sobre todo en el Misterio Pascual.

Por medio de este salmo se nos da a conocer el aspecto divino de la historia de la salvación, la parte absolutamente insustituible y esencial realizada por Dios desde los comienzos hasta el fin del mundo.

Años pares

–2 Reyes 22,8-13.23,1-3: El rey leyó al pueblo el libro de la Alianza encontrado en el templo y selló ante el Señor la Alianza. Se trata de la reforma del rey Ezequías, que señala una vuelta a la fidelidad con respecto al verdadero Dios y de la cual hemos tratado ampliamente en otras ocasiones.

–Por eso con el Salmo 118 cantamos: «muéstranos, Señor, el camino de tus leyes». Este Salmo es el fruto de una continua contemplación interior de la ley de Dios. El piadoso salmista refleja en él su maravillosa e inefable experiencia exaltando la ley del Señor y declarando su amor y su adhesión a ella en todas las circunstancias de su vida, porque en ella ha encontrado el bien supremo, luz, alegría y confortación en las persecuciones y en los sufrimientos.

Todo cristiano ha de encontrar en este Salmo una colección de jaculatorias para expresar los sentimientos que le inspira su amor a la palabra de Dios y al mandato de la caridad, en las circunstancias más diversas de la vida. El Salmo 118 es como un rosario del mandamiento del amor enseñado por Jesucristo como complemento de la ley mosaica.

–Mateo 7,15-30: Por su frutos los conoceréis. Cristo alerta contra los falsos profetas. El árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos. San Juan Crisóstomo explica estas palabras de Jesús:

«En todo tiempo tuvo interés el diablo en suplantar la verdad por la mentira. A mi parecer, al nombrar aquí a los falsos profetas, no alude el Señor a los herejes, sino a quienes, siendo de vida corrompida, se ponen la máscara de la virtud, y a quienes el vulgo da el nombre de impostores... No hay mansedumbre, no hay dulzura alguna en los falsos profetas. De ovejas sólo tienen la piel. Por eso es fácil distinguirlos. Y porque no tengas la más ligera duda, te pone los ejemplos de las cosas que han de suceder por necesidad de la naturaleza... El árbol malo produce siempre frutos malos y no puede jamás producirlos buenos... No dice que sea imposible que el malo cambie y que el bueno no pueda caer. El malo puede efectivamente convertirse a la virtud; pero, mientras permanezca en su maldad, no producirá frutos buenos... El Señor mandó que a cada uno se le juzgue por sus frutos» (Homilía 23,6-7 sobre San Mateo).

Jueves

Años impares

–Génesis 16,1-12.15-16: Agar dio un hijo a Abrahán y Abrahán lo llamó Ismael. San Pablo en su Carta a los Gálatas (4,21-31) ve en la esclava Agar un símbolo de la Sinagoga, el judaísmo esclavo de la ley y en Sara, la mujer libre, la imagen de la Iglesia. Comenta San Agustín:

«Es, pues, el testamento antiguo, correspondiente a Agar, que engendra para la servidumbre. En cambio la Jerusalén que está arriba es libre y ella es nuestra Madre. Así, pues, los hijos de la gracia son los hijos de la libre; los hijos de la letra son los hijos de la esclava. Busca los hijos de la esclava: La letra mata. Busca los hijos de la libre: El Espíritu, en cambio, da vida. La ley del espíritu de vida en Cristo Jesús te libró de la ley del pecado y de la muerte, de la que no pudo librarte la ley de la letra» (Sermón 162,7).

–Con el Salmo 105 proclamamos: «dad gracias al Señor porque es bueno». La tesis que el Salmo 105 desarrolla está en consonancia con los temas del Antiguo Testamento, según los cuales, la misericordia de Dios está muy por encima de los pecados de los hombres. Pero de aquí no se puede deducir que no hay que dar importancia al pecado. Por el contrario, uno de los fines del Salmo es dar a conocer y sentir la enorme injusticia que supone el pecado que es una rebelión de la infidelidad del hombre contra la fidelidad de Dios. De ahí que el salmo pretenda ante todo excitar los sentimientos de arrepentimiento y conversión. No obstante, los versículos escogidos aquí son los primeros que expresan la invitación a alabar a Dios por su misericordia, en relación con la lectura precedente que es la continuación de la historia de la salvación:

«Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. ¿Quién podrá contar las hazañas de Dios, pregonar toda su alabanza? Dichosos los que respetan el derecho y practican siempre la justicia. Acuérdate de mí por amor a tu pueblo. Visítanos con tu salvación: para que vea la dicha de tus escogidos, y me alegre con la alegría de tu pueblo, y me gloríe con tu heredad».

Años pares

–2 Reyes 24,8-17: Deportación de Jeconías y establecimiento de un monarca vasallo. La Iglesia sufre por la descristianización de los pueblos, en los cuales se ha sembrado abundantemente la palabra de Dios, de los sacerdotes y religiosos secularizados. Ora también por la paz, la libertad y el bienestar de todos los pueblos. Son muchos los que están en guerra continua; se hallan esclavizados y mueren de hambre y de miseria.

–Todo esto está expresado en la oración del Salmo 78: «líbranos, Señor, por el honor de tu nombre. Los gentiles han entrado en tu heredad, han profanado tu santo templo, han reducido a Jerusalén a ruinas». Tanto la liturgia como la tradición patrística ven en este Salmo una súplica de la Iglesia en tiempo de persecución y de prueba, pero también para expresar sentimientos de penitencia y propiciar la misericordia de Dios para con una humanidad pecadora y para con sus hijos arrepentidos y penitentes:

«...echaron los cadáveres de tus siervos en pasto a las aves del cielo, y la carne de sus fieles a las fieras de la tierra. Derramaron su sangre como agua en torno a Jerusalén, y nadie la enterraba. Fuimos el escarnio de nuestros vecinos, la irrisión y la burla de los que nos rodean. ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas a estar siempre enojado? ¿Va a arder como fuego tu cólera? No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres; que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados. Socórrenos, Dios Salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados, a causa de tu nombre».

–Mateo 21-29: La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena. La religión auténtica consiste en cumplir con la voluntad de Dios. Todo lo demás no pasa de ser ilusión y artificio, merecedor de condenación por parte de Dios. Dice San Agustín:

«Hermanos míos, que vinisteis con entusiasmo a escuchar la palabra: no os engañéis a vosotros mismos fallando a la hora de cumplir lo que escuchasteis. Pensad que es hermoso oírle, ¡cuánto más será el llevarlo a la práctica! Si no escucháis, si no ponéis interés en oírla, nada edificáis. Pero, si la oyes y no la pones en práctica, edificas una ruina.

«Cristo el Señor puso a este respecto una semejanza muy oportuna: Quien escucha mis palabras... ¿Por qué no se derrumbó? Estaba cimentada sobre roca. Por tanto, el escuchar la palabra y cumplirla equivale a edificar sobre roca. El sólo escuchar es ya edificar... Quien la escucha y no la pone en práctica edifica sobre arena y edifica sobre roca quien la escucha y pone en práctica; y quien no la escucha no edifica ni sobre la roca ni sobre la arena... ¿No es esto más seguro? Entonces quedarás sin techo donde cobijarte si nada escuchas... Considera, pues, qué parte vas a elegir... Si te hayas sin techo, necesariamente serás sepultado, arrastrado y sumergido.

«Por tanto, si es malo para ti edificar sobre arena, malo es también no edificar nada; sólo queda como bueno edificar sobre roca. Cosa mala es, pues, no escuchar; mala también escuchar y no obrar; lo único que queda es obrar también» (Sermón 179,8-9).

Viernes

Años impares

–Génesis 17,1.9-10.15-22: Dios da a Abraham un hijo de su esposa Sara, la libre, Isaac, con quien establecerá su pacto perpetuo. Este pasaje es interpretado en el sentido de que es mejor la nueva alianza que la antigua. Pero ello siempre que se conserve en unión con la verdadera Iglesia, por el bautismo, la fe y las costumbres. Dice San Agustín:

«Hay quien solamente se ha revestido de Cristo por haber recibido el sacramento, pero están desnudos de Él por lo que se refiere a la fe y a las costumbres. También son muchos los herejes que tienen el mismo sacramento del bautismo, pero no su fruto salvador ni el vínculo de la paz... O bien están sellados por los desertores o bien son ellos mismos desertores, llevando el sello del buen rey en carne digna de condenación... Ved que puede darse que alguien tenga el bautismo de Cristo, pero no la fe y el amor de Cristo; que tenga el sacramento de la santidad y no sea contado en el lote de los santos. Ni importa, por lo que se refiere al solo sacramento, el que alguno reciba el sacramento de Cristo, donde no existe la unidad de Cristo, pues también quien ha sido bautizado en la Iglesia, si pasa a ser desertor de la misma, carecerá de la santidad de vida, pero no del sello del sacramento» (Sermón 260,A,2).

–Con el Salmo 127 proclamamos: «ésta es la bendición del hombre que teme al Señor». Los Santos Padres han aplicado las palabras de este Salmo a la Iglesia, Madre fecunda por el Bautismo. San León Magno afirma:

«La fiesta de hoy, del nacimiento de Jesucristo de la Virgen María, renueva para nosotros los comienzos sagrados. Y al adorar el nacimiento de nuestro Salvador, tratamos de celebrar al mismo tiempo nuestros propios comienzos. La generación de Cristo es, en efecto, el origen del pueblo cristiano, y el aniversario de la Cabeza es también el aniversario del Cuerpo. Aunque cada uno sea llamado en su orden y todos los hijos de la Iglesia se diferencien en la sucesión de los tiempos, sin embargo, como el conjunto de los fieles nacidos de la fuente bautismal ha sido crucificado con Cristo en su pasión, ha resucitado en su resurrección, ha sido colocado a la derecha del Padre en su ascensión, así también con Él ha nacido en esta navidad» (Sermón 6 de Navidad).

Años pares

–2 Reyes 25,1-12: Marchó Judá al Desierto. Nueva conquista de Jerusalén por Nabucodonosor. El rey es castigado y deportado a Babilonia. Gran parte de la población corre la misma suerte. Es el fin del reino de Judá.

–Así lo canta el Salmo 136: «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti... Junto a los canales de Babilonia nos sentábamos a llorar con nostalgia de Sión». Babilonia es la personificación de la multiforme potencia del mal. Este satánico poder que pervierte en el mundo está destinado a autodestruirse. Babilonia es el símbolo de la ciudad terrena, surgida y crecida en oposición a Dios y a todo lo que viene de Él. Es el resultado de todos los egoísmos y concupiscencias humanas.

En su poder y prosperidad, ella acumula sus pecados hasta el cielo, pero Dios recuerda sus iniquidades y la justicia divina la aniquilará. Cristo ha revelado al hombre su miseria y su desgracia, pero no lo ha abandonado en su desesperación. Con sus misterios pascuales nos ha devuelto el paraíso perdido y la posibilidad de cantar los cánticos de la Jerusalén celeste.

La Iglesia, formada por los que creen en la palabra de Cristo, sentada junto a los canales de Babilonia, que son este engañoso mundo que pasa, provocada y oprimida por sus perseguidores, llora en sus miembros que sufren. Pero en su corazón, el deseo de ver a Dios y la nostalgia del cielo son más fuertes que cualquier provocación e insinuación del enemigo.

«Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos» (Gál 5,24). Mientras estamos en este mundo somos como exiliados y deportados (cf. 2 Cor 5,6). Luchamos, pero en Cristo tenemos la esperanza del triunfo (2 Cor 5,8).

–Mateo 8,1-4: Si quieres puedes limpiarme. Comenta San Juan Crisóstomo el diálogo entre Jesús y el leproso:

«Grande es la prudencia, grande la fe de este leproso que se acerca al Señor. Porque no le interrumpió en su enseñanza, ni irrumpió por entre la concurrencia, sino que esperó el momento oportuno y se acercó al Señor cuando éste hubo bajado del monte. Y no le ruega como quiera, sino con gran fervor, postrado a sus pies, como cuenta otro evangelista, con verdadera fe y con la opinión que de Él debe tener...: Si quieres, puedes limpiarme... Todo se lo encomienda a Él; a Él hace Señor de su curación.

«Y Él atestigua que tiene toda autoridad... Lo que hace es aceptar y confirmar lo que el leproso le había dicho. Por ello precisamente no le responde: “queda limpio”, sino: “quiero, queda limpio”; con lo que el dogma ya no se fundaba en la mera suposición del leproso, sino en la sentencia misma del Señor. No obraron así los apóstoles... Mas el Señor, que muchas veces habló de sí humildemente y por bajo de lo que a su gloria corresponde, ¿qué dice aquí para confirmar el dogma, en el momento en que todos le admiraban por su autoridad? Quiero, sé limpio. En verdad con haber Él hecho tantos y tan grandes milagros, en ninguna parte aparece repetida esta palabra. Aquí empero, para confirmar la idea que tanto el pueblo como el leproso tenían de su autoridad, añadió ese “quiero”. Y no es que lo dijera y luego no lo hiciese, la obra siguió inmediatamente a su palabra» (Homilía 25,1-2 sobre San Mateo).


Sábado

Años impares

–Génesis 18,1-15: La visita de los tres a Abrahán junto a la encina de Mambré. Anuncio del nacimiento de Isaac, importante para la historia de la salvación. San Jerónimo explica que:

«Abrahán era rico en oro, plata, ganado, posesiones y vestidos, y tenía tanta familia que, al recibir una noticia inesperada, pudo armar un ejército de jóvenes escogidos y alcanzar junto a Dan y dar muerte a cuatro reyes, de quienes antes habían huido otros cinco. Y sin embargo, después que, habiendo cumplido muchas veces el deber de hospitalidad, mereció recibir a Dios cuando él pensaba acoger a hombres, no encomendó a criados y criadas que sirvieran a los huéspedes ni disminuyó, por encomendarlo a otros, el bien que practicaba; sino que él solo con su mujer Sara se entregó a aquel servicio de humanidad, como si hubiera dado con una presa. Él mismo les lavó los pies, él mismo trajo sobre sus hombros un lucido becerro del rebaño, permaneció en pie como un criado mientras los peregrinos comían, y sin comer él, les fue poniendo los manjares que Sara había cocido con sus manos» (Carta 66,11 a Panmaquio).

Muchos Santos Padres y la liturgia tanto oriental como occidental han visto en esto una figura de la Santísima Trinidad. San Hilario de Poitiers dice que «vio a tres y adoró a uno»:

«...Cuando Abrahán ve a un hombre y adora a Dios. La antigua liturgia romana tenía un responsorio en el que se decía: “tres vidit et unum adoravit”» (Tratado sobre los Misterios 2,13-14).

–Por eso se ha escogido como salmo responsorial el Magnificat. «Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

Del himno de la Virgen María se ha escrito que no es ni una respuesta a Isabel, ni propiamente una plegaria a Dios. Es una elevación y un éxtasis. La gran hora de la Virgen María es también la gran hora de su pueblo. Al comienzo de su cántico habló María de la salud que Dios le había preparado, al final habla de la salud que alborea para su pueblo. Lo que sucedió en la Virgen María se realiza en la Iglesia de Dios. En la Virgen María está representado el pueblo de Dios.

El siervo de Dios es aquí el Pueblo de Israel: «Pero tú, Israel, eres mi siervo, yo te elegí. Jacob, progenie de Abrahán, mi amigo. Yo te traeré de los confines de la tierra, y te llamaré de las regiones lejanas, diciéndote: Tú eres mi siervo, yo te elegí y no te rechacé» (Is 41,8s.). Ahora va a tener cumplimiento la misericordia de Dios y la fidelidad a las promesas. La Virgen María se reconoce una con el pueblo de Dios. Ella fue fiel. En Ella se cumplen las promesas. Es un gran misterio el rechazo de Israel a Cristo, el Mesías. «Vi-no a los suyos y los suyos no le recibieron».

Años pares

–Lamentaciones 2,2.10-14.18-19: Grita al Señor, levántate, Sión . Después de haber descrito el desastre de la ciudad santa, el autor del libro de las Lamentaciones llora su dolor ante las ruinas. Echa en cara a los profetas el que no le revelaran a Israel su pecado, para provocar su penitencia y perdón divino. Finalmente invita a los supervivientes a que oren con fervor. San Jerónimo explica:

«Jeremías se lamenta sobre un pueblo que no hace penitencia... Llora a quienes salen de la Iglesia por sus crímenes y pecados y no quieren volver a ella arrepintiéndose de sus pecados. Por eso, dirigiéndose a los hombres de Iglesia, a los que son llamados muros y torres de la Iglesia, la palabra profética dice: “Muros de Sión, derramad lágrimas” (Lam 2,18), como cumpliendo con el precepto del Apóstol de “alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran” (Rom 12,15).

«Así, con vuestras lágrimas incitaréis a llanto a los duros corazones de los que pecan para que no tengan que oír, obstinados en su malicia: “Yo te planté como viña fructífera, de simiente legítima. ¿Cómo has degenerado en amarga vid silvestre?...” No han querido volverse a Mí para hacer penitencia, sino que por la dureza de su corazón me han vuelto la espalda para injuriarme... Cuánta es la clemencia de Dios, cuánta nuestra dureza, que después de tantos pecados nos llama a la salvación. Y ni aun así queremos convertirnos al Bien» (Carta 122,1-2, a Rústico).

–Con el Salmo 73 decimos: «No olvides sin remedio la viña de tus pobres. El enemigo ha arrancado del todo el Santuario... prendieron fuego a tu Santuario, derribaron y profanaron la morada de tu nombre».

Este Salmo apasionado, como las mismas Lamentaciones, refleja una época trágica, si las ha habido en la historia de Israel. El templo destruido, los profetas dispersos, Dios mismo parece haber abandonado a su pueblo. Pero el salmista no desespera, sino que se vuelve a Dios suplicante y Dios otorga el perdón. Todo se restaura. Esto se repite constantemente en la historia de Israel, como hemos visto en diversas ocasiones.

Tiene aplicación en nosotros, porque el cristiano en gracia es templo vivo de Dios. Por el pecado ese templo queda destruido, profanado, como nos decía San Jerónimo en su Carta anterior. Dios nos aguarda, como el Padre del hijo pródigo. Espera de nosotros el arrepentimiento y siempre está dispuesto a la misericordia y al perdón.

–Mateo 8,5-17: Vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob. La fe del centurión romano logra la salud de su criado. Jesús ve en ellos el augurio de la conversión de los pueblos paganos. Luego curó a la suegra de San Pedro. Se cumplen las profecías: «Tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades». Comenta San Agustín sobre este milagro que Jesús hace en favor del centurión:

«Podemos nosotros medir la fe de los hombres, pero en cuanto hombres. Cristo, que veía el interior, Cristo a quien nadie engañaba, dio testimonio sobre el corazón de aquel hombre, al escuchar las palabras de humildad y pronunciar la sentencia de la sanción.

«El Señor, aunque formaba parte del pueblo judío, anunciaba ya la Iglesia futura en todo el orbe de la tierra, a la que había de enviar a sus apóstoles. Los gentiles no lo vieron y creyeron; los judíos lo vieron y le dieron muerte. Del mismo modo que el Señor no entró con su cuerpo en la casa del centurión, y, sin embargo, ausente en el cuerpo y presente por su majestad, sanó su fe y su casa, de idéntica manera el mismo Señor sólo estuvo corporalmente en el pueblo judío; en los otros pueblos ni nació de una Virgen, ni sufrió la pasión, ni caminó, ni soportó las debilidades humanas, ni hizo las maravillas divinas. Ninguna de estas cosas realizó en los restantes pueblos. Él se había dicho: El pueblo, al que no conocí, ése me sirvió. ¿Cómo si faltó el conocimiento? Tras haber oído me obedeció (Sal 17,45). El pueblo judío lo conoció y lo crucificó; el orbe de la tierra oyó y creyó» (Sermón 62,4).