fundación GRATIS DATE

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

Otros formatos de texto

epub
mobi
pdf
zip

Descarga Gratis en distintos formatos

Morir de amor

Cuando Don José predicaba sobre la pasión y la muerte de Jesucristo, insistía en la dimensión trinitaria de este misterio. Jesús, decía él, va a la cruz movido por el Espíritu Santo. Su crucifixión y su muerte son ante todo una declaración de amor que recibe del Padre. Es tanto el amor que recibe Jesús, y es tal la intensidad de su amor al Padre, en el Espíritu Santo, y a cada persona humana, que su humanidad se rompe. Jesús muere porque su corazón ha estallado de amor, del amor recibido y del amor entregado. Por eso la cruz es manantial de la Persona-Amor que es el Espíritu Santo.

El cristiano ha de hacer de su peregrinar por este mundo un empeño por dejarse incorporar en plenitud a esta Pascua de amor.


Sacerdote y víctima

A finales de 1988 un sacerdote recién ordenado, dirigido de Don José, estaba viviendo una crisis grave. Algunos sacerdotes jóvenes, compañeros suyos, intentaron ayudarle, pero la situación empeoró. Finalmente decide abandonar el ministerio. En un último intento por salvarle, consiguen que tenga una entrevista con Don José, cosa que hasta ahora había rehusado. Para sorpresa de los amigos sacerdotes, la conversación fue muy rápida. Según contó el interesado, Rivera fue contundente: no tenía nada que decirle, pues él conocía la gravedad de la decisión que había tomado. En cambio, le avisaba de que continuar por ese camino significaba encaminarse directamente al infierno. Y, eso sí, quedaba abierta la esperanza de la conversión. El tono fue tajante. Le dio un papelito en el que le recordaba estas verdades, sobre todo la del infierno, y le despidió.

Después de esa entrevista, vivida por sus amigos como último recurso, el sacerdote decidió marcharse rompiendo su compromiso ministerial.

Algún tiempo después llamó a estos amigos. Había cambiado de planteamiento. Apoyado en un laico consagrado, marchó unos días a un monasterio. Su aspecto era deplorable. Hundido bajo el peso de la culpa y del desconcierto interior, su abatimiento era tal que apenas podía hacer nada.

Por estas fechas, Don José dejó consignado en su diario:

«Ofrecimiento de mi vida por N [el sacerdote de que estamos hablando]. Propiamente tal ofrecimiento no constituye novedad alguna, puesto que celebro todos los días, y la Misa es ofertorio. La novedad consiste, simplemente, en la petición de que tal oferta aproveche ahora a N. Por otra parte, puede contribuir, pienso, a incrementar mi conocimiento de la esencia y el valor de la victimación como tal. Ciertamente, por el sacramento del bautismo, y luego, con matices nuevos, por el sacramento del orden, soy víctima con Cristo. […] Pensar en morir como consecuencia del ofrecimiento no me causa efecto alguno: morir así, en acto de caridad, garantiza ciertamente la santidad sin más. Y largarme raudamente al cielo no es, precisamente, perspectiva ingrata, sino viceversa. Me apunto ahora mismo… Se trata de si la petición incluye la obtención de sufrimientos, físicos, morales, psicológicos. Cantar diverso, miedo difuso» (D. 26-XII-1988).

En torno a esos días un sacerdote tenía esta conversación con Rivera:

–Don José, he ofrecido mi vida por N. No sé si es tan sólo un acto motivado por la emoción…
–En tu caso no sé, le responde Rivera. Pero te puedo decir que yo he ofrecido la mía y en mí ése es un acto consciente, voluntario y muy firme.

No mucho después el sacerdote que vivía esta crisis recomenzó sus conversaciones con Don José. Durante dos años atravesó todo tipo de vicisitudes, en las que siempre encontró en él un padre y un guía seguro. Pasados dos años, coincidiendo con la enfermedad y muerte de Rivera, reinició el ejercicio de su ministerio en otra diócesis, con notable fruto. Dejémosle a él la palabra:

«La última vez que vi al siervo de Dios fue el 17 de febrero de 1991, en un retiro espiritual que me dio particularmente en Madrid, y en el cual se decidió plenamente mi reincorporación al ministerio. Después, el trece de marzo, me llegó la noticia de su infarto. Desde el principio fui muy consciente de la ofrenda que Don José había hecho por mí: su muerte, aunque en la distancia, la viví como uno de los momentos de gracia más decisivos en mi vida, que ha marcado profundamente toda mi vida sacerdotal actual, que vivo con inmensa alegría y agradecimiento» (Positio, testigo 17).

A sus 63 años Don José ofreció su vida, a los 65 morirá. Durante esos dos años un sacerdote, en situación grave, recupera el gozo y la fecundidad de su ministerio.

Pero también durante estos dos años, como ya hemos apuntado, vive con intensidad creciente otros dos conflictos: la situación de los pobres y la de la Iglesia, en la que ve síntomas graves de decadencia, en gran parte motivados por la mediocridad de muchos de sus miembros. Su reacción es la misma: la propia vida ofrecida es la mejor ayuda que puede prestar en esta causa de Dios. En las grandes crisis de la Iglesia y de la humanidad, la solución es siempre la misma: el sacrificio de las almas consagradas.

Su visión de la situación de la Iglesia diocesana y de la Iglesia en España y en Europa, le llevará a una situación difícil, especialmente con su obispo y los inmediatos colaboradores de éste. Mientras en general se vive con una sensación de satisfacción por la marcha de la diócesis, que entre sus logros cuenta con un seminario rebosante de aspirantes al sacerdocio, Rivera ve la situación de manera diferente.

Distinguiéndose siempre por una exquisita y leal obediencia, informa ahora a sus superiores sobre los deterioros graves que ve en la diócesis, a la vez que sugiere caminos de revitalización. Cual profeta, vislumbra realidades que ellos no avizoran; escudriña la vida eclesial y detecta enfermedades que deterioran la Casa de Dios y amenazan con llevarla a su derrumbamiento, evidentemente en zonas o aspectos; la Iglesia como tal es indefectible.

Ora, estudia mucho sobre la Iglesia, ayuna, se mortifica… y escribe a su obispo. A principios de 1990 le envía una larga reflexión, escrita en un leguaje muy libre y muy incisivo, en la que habla sobre los males de la Iglesia y los remedios imprescindibles. Como no obtiene respuesta, en mayo vuelve a escribir de nuevo. Ahora explica su situación personal: cree que en la diócesis su presencia no ayuda; además muestra su desacuerdo en algunos aspectos; particularmente juzga escasa la opción por los pobres y la pobreza. Por eso propone dejar la diócesis e irse a vivir fuera, solitario, para rezar, estudiar, expiar y recibir en dirección espiritual a algunas personas. El obispo –probablemente estupefacto y desconcertado– tampoco responde esta vez. Pasan algunos meses más y, en octubre, Don José vuelve a insistir con otra misiva en la que pide poder aclarar su situación.

Mientras tanto, él nota que la relación ha cambiado. El señor Cardenal le ha manifestado siempre aprecio y confianza. Ahora estos signos parecen haber desaparecido. Y es que en verdad en el Cardenal se ha generado una desconfianza. No entiende a Rivera y además recibe comentarios negativos sobre él.

En los primeros días de septiembre, el señor Cardenal habla con el rector del seminario de Santa Leocadia y con otro sacerdote, ambos muy unidos espiritual y afectivamente a Don José. Quedan sorprendidos: el Cardenal, que estima y quiere a Don José, plantea, sin embargo, la posibilidad de que haya perdido el juicio, en cuyo caso tendría que retirarle la misión de director espiritual. Ambos sacerdotes explican con claridad la situación y Don José continúa en su cargo.

Cuando, finalmente, tras casi un año de espera, obispo y sacerdote pueden conversar, Rivera percibe que la confianza que el Cardenal depositaba en él está un tanto quebrada. Le prohíbe escribir pidiendo en favor de los pobres y atenderlos como venía haciendo hasta ahora. Rivera constata además que su obispo no ve, al menos de la misma forma y con la misma intensidad, lo que para él es tan claro: la urgencia de la opción por los pobres y la situación de mediocridad eclesial que amenaza con producir daños terribles en la vida cristiana de muchos.

En su diario queda reflejada la perplejidad que esta situación le causa. ¿Debe obedecer, callar y aceptar prescindir de actuaciones que considera imprescindibles? ¿O debe dejar la diócesis? No ve claro. Que le hayan considerado loco no le afecta, pero que no se acuda con decisión al servicio de los pobres y a la revitalización de la Iglesia, le hace sufrir. El silencio obediente es para él una cruz mayor: ésa es su opción.

«Vive los meses que le quedan hasta su muerte –declara el entonces rector del seminario de Santa Leocadia–, inmolado en la cruz del silencio y de la inactividad en campos que considera de máxima urgencia, como es la atención a los pobres por parte de la Iglesia Madre. Dios le hace ver un amplísimo panorama, pero al mismo tiempo le cierra el horizonte de las realizaciones prácticas. El siervo de Dios obedece, y muere. Sabe que la muerte así producirá mucho fruto» (Positio, testigo 30).

De alguna manera, Don José se romperá por la tensión que experimenta en su alma: intentar vivir fielmente el Evangelio le lleva a chocar en algunos aspectos con esta Iglesia diocesana. Él sabe bien que sin Iglesia no es posible vivir el Evangelio, pero también conoce que algunas estructuras y algunos modos de los miembros de esta Iglesia pueden transformarse en obstáculos para seguir a Cristo. Para él esta situación se convertirá en una paradoja resuelta en la cruz.

El otro conflicto al que hemos aludido es la situación de los pobres. Ve con claridad que hay que ir –como Iglesia– mucho más lejos en el amor a ellos. Pero constata que no se avanza con decisión por ese camino. Es ésta otra espada que se clava en su corazón: una madre –la Iglesia– que no atiende a sus hijos a la medida de la necesidad de éstos. Rivera arde interiormente, esta situación le consume, le exaspera:

«La exasperación con esta sociedad, contra estos hombres «de Iglesia», asciende como una marea, no precisamente suave… Y así debe ser. Pues no veo a Cristo de otra manera en la presentación que nos hace de Él el Espíritu Santo…

Es evidente que no soy exactamente un “viejo gruñón, agriado”. Todo lo contrario, mi buen humor es notable, y aunque no se haya desvanecido totalmente, la acritud –la falta de mansedumbre– va disminuyendo. La exasperación de que hablo no tiene nada que ver con el egoísmo, es completamente evangélica… Y casi completamente. Puede faltar a veces discreción y sobrar entusiasmo… pero son defectos ocasionales, que no afectan a la postura» (D. 17-III-1990).

Pobres no atendidos adecuadamente. Iglesia diocesana de Toledo, e Iglesia en España y en Europa, sufriendo grave deterioro… Es hora de dar la vida.

En su diario aparecen numerosos párrafos en los que expresa esa necesidad. Con frecuencia habla de huelga de hambre, de ayuno extremo: ante tantas personas que sufren enormes indigencias, «la huelga de hambre, digamos en lenguaje cristiano, el ayuno, ha de ser llevado al extremo» (D. 28-XI-1987).

Añade en otro texto, hablando de radicalizar el ayuno hasta el punto de que pueda causarle la muerte:

«Más y más me persuado de que se trata del único medio real en estos momentos en que la Iglesia muere y nadie lo advierte» (D. 30-V-1989).

Solamente haciendo propio el sufrimiento de los indigentes, podrán alcanzar éstos la gracia que necesitan:

«La situación de mi entorno es verdaderamente terrible… Y sólo hundiéndome en el sufrimiento que les corresponde a tantos puedo alcanzar su redención» (D. 14-XII-1989).

Piensa que ha hablado con claridad y con fuerza, pero no ha sido suficiente:

«A las predicaciones se les hace poco caso, por lo menos, absolutamente insuficiente, hasta ahora […]. La Iglesia, Madre agonizante, requiere, muy prestamente, un hijo que muera por ella. No tengo el menor peligro de vanidad. Pues de antemano sé que, mientras viva, nadie va a estar conforme con mis prácticas espirituales: el ayuno a muerte. Las palabras van resultando ineficaces. Acudamos al testimonio último…» (D. 28-XI-1988).

La conclusión es clara. Así escribe un año antes de su muerte:

«¿No ha llegado de verdad la hora de pensar que «conviene que uno muera por el pueblo»? Lo refiero naturalmente a mí» (D. 17-III-1990).

Amor a los pobres. Amor al más pobre de los pobres, que es un sacerdote en trance de abandonar su ministerio. Amor a la Iglesia.

Amar es dar la vida.

Ser sacerdote es morir por los demás.

Don José sabe que el sacerdote y la víctima se unen en su persona.


Un corazón estallado

La mañana del 13 de marzo de 1991 ha amanecido lluviosa en Toledo. No sabemos a qué hora ha comenzado la jornada de Don José. Imaginamos que, fiel a su estilo, habrá sido hacia las cuatro. «Sobre las siete de la mañana dio a su hermana varios encargos para pobres que iban a venir, y hablaba con esfuerzo por la fatiga» (Positio, testigo 14). A las ocho ha celebrado la Misa en el seminario de Santa Leocadia. Tras un parco desayuno, tiene clase con los seminaristas del curso de espiritualidad, que, al plantearle diversas preguntas, hacen que el tiempo le quede muy justo para llegar a la estación y coger el autobús que le llevará a Los Yébenes, localidad situada a 46 km. de Toledo, donde ese día cuatro sacerdotes jóvenes van a tener con él unas horas de retiro y dirección espiritual. Camina raudo. En la plaza de Zocodover ve una familia gitana. Breve parada. Como llueve y ellos no tienen paraguas, Don José les regala el suyo.

Permítasenos un paréntesis. Don José usaba un paraguas antiguo, poco funcional, que había sido de su padre. Cuando en alguna ocasión alguien le sugirió usar uno nuevo, más práctico, y no éste, viejo, de su padre, él contestó, con su clásico gracejo: «No veo por qué tendría que cambiar; también yo soy viejo y de mi padre, y sigo valiendo».

Los miembros de esta familia le notaron algo extraño, pero él dijo que todo iba bien y los citó para las seis de la tarde, hora en que pensaba estar de regreso. Los despidió y continuó su caminata apresurada. En el viaje se sintió mal.

Un poco antes de las doce llegó a la casa del vicario parroquial, Eugenio Isabel, donde estaba previsto tener la jornada con los cuatro jóvenes sacerdotes. Cuando Eugenio sale a recibirle le encuentra apoyado en la pared, muy fatigado. Saluda bromeando. Pero –cosa absolutamente extraña– pide una cama donde poder recostarse.

Avisado el médico, llegó pronto. Tras revisarle, aconsejó llevarle al hospital más cercano, la residencia sanitaria «Nuestra Señora de la salud», de Toledo, porque presentaba síntomas de infarto. Un dato le hace dudar al doctor al diagnosticar: el enfermo ha estado bromeando con él mientras le reconocía.

Los sacerdotes lo llevan en coche al hospital. Uno de ellos declarará: «Al ir a Toledo iba con una sonrisa que me impresionó» (Positio, testigo 10). En el trayecto Don José dio un extraño ronquido mientras se le caía la mano. Ante el susto de los sacerdotes, él vuelve a bromear: «Estad tranquilos, no me he muerto».

Al ser reconocido en el servicio de urgencias del hospital, el diagnóstico es claro: infarto de miocardio. Grave. En la analítica realizada se detecta también hipoproteinemia e hipotrigliceridemia, es decir, mala alimentación prolongada, hambre acumulada. A las dos de la tarde se le interna en la unidad de cuidados intensivos, donde sólo podrá recibir dos breves visitas cada día. A las tres y media pasan a verle su hermana Ana María y Don Demetrio, quince minutos cada uno. Está consciente, sereno y de buen humor. Con ella habla tranquilizadoramente. Le dice que le duele la espalda, que está bien preparado espiritualmente y le pide que rompa todo lo que tiene escrito sobre asuntos de conciencia y de dirección espiritual. Y esbozando una sonrisa la despide diciéndole: «Esta noche no me prepares cena» (cf. Positio, testigo 23).

Con Demetrio el diálogo es diferente (cf. Positio, testigo 29).

–Los médicos dan un diagnóstico muy grave. Dios podría llevárselo en cualquier momento.
–Entonces confiésame, respondió de inmediato Don José, que recibió devotamente el perdón de manos de Don Demetrio. Viéndole conmovido a éste, Rivera lo quiere tranquilizar:
–No me muero todavía. Me falta mucho para ser santo.

Y es que Don José siempre había confiado en que Dios le daría la gracia de alcanzar la santidad plena, de forma que muerte cronológica y perfección espiritual coincidirían. Su deseo fue siempre «no morir sin alcanzar la estatura deseada por Dios» (D. 25-X-1983). De hecho, pocos días antes del infarto, le había dicho a su hermana: «Yo sé que Dios no me lleva sin hacer en mí la obra que él quiere, la que me ha hecho desear» (Positio, testigo 14).

A la observación de Don José, que se veía tan imperfecto aún, Don Demetrio le responde algo que Rivera mismo ha dicho mil veces: «Dios le puede conceder esa santidad, tanto tiempo esperada, en un instante».

Y continuó Don Demetrio: «No se preocupe; nos hacemos cargo de todas las deudas». «Ante lo cual Don José sonrió como sintiéndose aliviado. Y, tomándole inmediatamente la palabra, comenzó a darle encargos sobre este tema que tan personalmente había llevado él hasta entonces. Cuando se acudió a su despacho en los días siguientes, se encontró sobre su mesa una lista con todas las deudas pendientes, las cantidades y los acreedores, cuidadosamente anotado; ascendía a unos quince millones de pesetas. Todo se pudo pagar con donativos que se fueron recibiendo tras su muerte» (M. SEBASTIÁN, Experiencia del dolor y la enfermedad en José Rivera, en AAVV, José Rivera Ramírez, un sacerdote diocesano, Toledo 2004, 228-229).

Después de estas dos breves visitas, el capellán del hospital le administra el sacramento de la Unción de enfermos, que Don José recibe con plena conciencia.

El día catorce la impresión médica es pesimista. El proceso médico está muy bien descrito por Miguel Sebastián en la obra anteriormente citada. No ha respondido satisfactoriamente al primer tratamiento y la situación se agrava. Continúa con dolor, le han puesto marcapasos, sonda urinaria, catéter en la femoral, oxígeno… está consciente. En la noche entran a verle dos sacerdotes, Don Claudio García y Don Miguel Sebastián. Algo adormilado, al verlos despierta y sonríe. Este último, también médico, le expone con realismo la gravedad de la situación. Don José no parece hacer mucho caso de ello; le interrumpe para decirle que ha recomendado a un matrimonio que venga a hablar con él, y le pide que le atienda. Está más atento al bien de otros que al sufrimiento propio. Miguel le encomienda a los sacerdotes jóvenes, para que, si se va al cielo, les cuide desde allí. Don José asiente.

En esa misma noche, del catorce al quince, sufrirá dos paradas cardíacas, que pudo superar tras un complicado e intenso tratamiento de reanimación. En la mañana del día quince se teme el desenlace final. Intubado, con respiración asistida, sedado, hinchado, atadas sus manos a la cama… No obstante, tiene una leve mejoría y supera esa jornada.

En las breves visitas permitidas, quienes entran a verle, sobre todo sacerdotes, rezan, le dicen alguna frase, le dan la absolución… Muy sedado, hace esfuerzos por atender a quien le habla, pero, entubado, no puede pronunciar palabra alguna.

El dieciocho de marzo, víspera de san José, Don Demetrio le comenta que ha pedido a quienes estaban en la Misa que rezaran por él. «Si Dios nos concede que vuelva con nosotros –le dice– haremos gran fiesta. Pero si se lo quiere llevar pedimos que le dé mucho cielo». Y le habla de la alegría de estar eternamente con el Señor… Don José intenta decir algo, pero no puede expresarlo. La enfermera lo entiende: «Lo que Dios quiera, lo que Dios quiera». Queda sereno al verse entendido. Don Demetrio vuelve a darle la absolución, así como la bendición de parte del señor Cardenal. Reza un Avemaría y le dice que le deja en manos de la Virgen. Don José se emociona y llora.

Los días siguientes transcurren con la misma tónica. Situación estabilizada en la gravedad. Parece que el veintidós ha sufrido un nuevo infarto.

Mientras tanto, en la entrada del hospital hay un movimiento continuo, sobre todo de sacerdotes, que acuden para conocer cuál es su situación y, si les es posible, pasar a visitarlo. Hay muchas personas orando por él. Bastantes piden el milagro de su curación. Sus amigos gitanos expresan la certeza de que no va a morir…

El día veinticuatro hay un empeoramiento notable.

El veinticinco, a las siete de la tarde fallece. Es el día de la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María. Entrando en nuestra oscuridad nos ha abierto las puertas de la luz eterna. Este año de 1991 la fiesta ha quedado trasladada porque es Lunes santo.


Aquella serenidad regia

En febrero, un mes antes de morir, dando un retiro a seglares, Don José, urgiendo a aprovechar la gracia de la cuaresma, advierte que ésta puede ser la última. No hay nada premonitorio. Es habitual en él esta conciencia de provisionalidad. Se sabe eterno, y por tanto, las formas temporales tienen un carácter relativo. Con cierta frecuencia, en sus charlas aparecen expresiones que aluden a este vivir anclados en la eternidad y a este realismo según el cual la muerte puede sucedernos en cualquier momento. Le gustaba subrayar lo absurdo que es hablar de muertes repentinas o inesperadas.

Aun pareciéndole el momento culminante de la etapa terrena, Don José bromeaba respecto de ella. Para él éste era un momento más, aunque particularmente importante, de esta experiencia lúdica que es nuestra existencia. Vivir es jugar con el Padre; morir es el momento más interesante de ese juego. Le gustaba decir que él viviría hasta los 104 años, entre otras cosas para ayudar a bien morir a sus dirigidos, de los que esperaba que –cuando muchos años después muriese él– salieran a recibirle a la puerta del cielo. Este sentido del humor indica que el hecho de la muerte estaba, para él, transido de levedad. Aunque a la vez se le revela como un acontecimiento majestuoso, divino.

Asistir, siendo niño, a la muerte de su hermano, dejó en su corazón la certeza vital de que morir es entrar en Dios de una forma plena, y desde entonces –así lo confiesa él– nunca tuvo miedo a este hecho. Más bien le suscita asombro el estupor que nace del encuentro con algo fascinante. En otro momento hemos recordado estas líneas de su Diario:

«Una muerte de esclavo me ha horrorizado siempre; pero ¡aquella serenidad regia de Antonio en su 20 de noviembre! […] Tras la puerta de la muerte, inevitablemente cercana, la gloria del triunfo postrero, la gloria del amor mutuo, y por consiguiente, la gloria compartida de Cristo y de su amigo […] Mire como mire, el panorama futuro de mi vida se me manifiesta como victoriosamente letificante» (D. 5-II-1973).

La muerte de otras personas, cuando tenía certeza moral de que habían muerto cristianamente, le producía alegría. Los avances y logros en esta etapa terrenal los vivía con cierta indiferencia, dada su condición relativa. En cambio, la salvación eterna, dado su carácter definitivo, sí le suponía motivo de gozo. Y es que «el único éxito real es morir en cristiano» (Cta. 8-V-1981).

Quería vivir su muerte. Para él, ésta no podía ser simplemente un cese de funciones biológicas, un perder la vida por fenómenos físicos externos o internos. Morir es donar libremente la vida, no perderla porque nos es arrancada.

Aparte de otras, tiene dos años antes de su fallecimiento, el Sábado santo de 1989, una preciosa predicación sobre la muerte. Ahí subraya, como escribió en otra ocasión, que «la muerte mía debe ser participación de la suya [la de Cristo], y participar es recibir» (D. 16-VI-1972). Morir es ser introducidos de una manera plena en la Pascua del Señor, en la que ya habíamos sido injertados por el bautismo. Vivida cristianamente, se convierte en el momento cumbre de nuestra vida y en el más alto servicio que podemos ofrecer a los hombres.

Don José ha vivido con la conciencia de que «la muerte crece en mi interior. Madura inexorable y felizmente, y me acerca a ese otro lado del reino, que en resumidas cuentas, deseo vivamente conocer» (ibid.). Y por eso ha ido muriendo poco a poco. O, mejor, ha dejado que la vida eterna vaya adueñándose de toda su persona, expulsando de ella la precariedad que nace del tiempo y del espacio. Ese ir muriendo, o ese ir eternizándose, le han hecho centrarse en lo esencial, relativizar la salud física y vivir la urgencia de ser santo. Declara su hermana Ana María:

«Tenía, en los últimos meses, mucha prisa, como si le faltara el tiempo para todo lo que tenía que hacer; estaba en lo suyo, desentendiéndose de todo lo demás. Los días últimos antes de enfermar del infarto del que murió, estaba con gran actividad, pero sufriendo bastante fatiga […] llevaba mes y medio sufriendo mareos» (Positio, testigo 23).

Es decir, estaba realizando su ideal: un sacerdote debe morir desgastado, consumido por el amor.

A lo largo de su vida había soñado diversos modos de muerte. Le atraía el martirio, y más específicamente morir mártir de la Eucaristía. Otras veces se ilusionaba con morir joven para encontrarse pronto con el Amigo. En otros momentos reflexionó sobre la belleza de la muerte del anciano: el testimonio de que la gracia puede hacer a la persona vivir del señorío de Cristo, incluso en la decrepitud del propio cuerpo. Se planteó compartir el hambre de muchos hasta acabar, como ellos, muerto por inanición. En todo caso, quería morir con y como Jesucristo, solo, abandonado, rechazado, sufriente, humillado, ignorado de todos… Y quizá, en buena parte, así fue: en los últimos años fue criticado y rechazado por muchos, y tal vez incomprendido por todos. No tenía nada, sino deudas. Estaba consumido por el celo, desgastado por los trabajos y vigilias, desnutrido por una alimentación voluntariamente deficiente, en la soledad de una sala de cuidados intensivos donde había un tiempo mínimo para las visitas…

En todo caso, más allá de sus sueños, lo único que deseó consciente y voluntariamente fue morir la muerte de Cristo, en la forma en que Él deseara concedérsela.


Un adiós emocionado

Tras amortajarlo con vestiduras litúrgicas en el mismo hospital, el cadáver de Don José fue trasladado a la capilla del seminario de Santa Leocadia. Allí comenzaron a llegar muchas y muy diversas personas. Se percibía en todos la emoción. Había una mezcla de gozo sereno y pena por la ausencia sensible. Junto a un sentimiento de orfandad se vivía también la certeza de una victoria y la gratitud por el don inestimable que había sido Don José para cada uno.

Había lágrimas en muchos ojos. Pero transidas de paz. Afecto hondo al padre que se había ido y seguridad de que continuaba con cada uno.

Durante la noche fueron desfilando muchas personas ante el cadáver. Fue una vigilia de oración en la que sucesivamente se celebraron Misas, según iban viniendo sacerdotes. Muchos se quedaron toda la noche en oración; otros estaban ratos largos. Todos vivían esas horas con la certeza de que este hombre había triunfado. «Al morir –testifica su hermana Ana María–, la gente lo sintió, pero convencidos de que había ido al cielo. Por eso no me daban el pésame, sino que me felicitaban por la muerte de mi hermano, no sólo en las exequias, sino mucho tiempo después» (Positio, testigo 23).

En la tarde del día 26, el cadáver fue trasladado a la iglesia de los Padres Jesuitas, la de mayor cabida en Toledo. Todos querían tener el privilegio de llevar el féretro. Los seminaristas lo sacaron del seminario, los gitanos lo introdujeron en el templo y los sacerdotes lo cargaron al acabar la celebración eucarística. La Misa, presidida por el rector del seminario de Santa Leocadia, fue concelebrada por 140 sacerdotes. Asistió también el señor Cardenal, junto con su Obispo auxiliar y el Obispo dimisionario de Albacete. El templo estaba completamente abarrotado de fieles. La celebración se vivió en un clima de intenso fervor.

En la homilía Don Demetrio calificó a Don José como maestro de vida espiritual, formador de sacerdotes y padre de los pobres. Y pidió al señor Cardenal, haciéndose eco de multitud de voces, que, en su día, se abriera el proceso de investigación de la fama de santidad del difunto.

Terminada la celebración exequial, el féretro fue sacado del templo por un grupo de sacerdotes. En la puerta esperaba el coche fúnebre que trasladaría el cadáver a la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Ante la mirada emocionada de muchos, el señor Cardenal, conmovido, afectuoso, impartió la bendición al cadáver. Mientras el vehículo partía, en el ambiente quedaba flotando un sentimiento de orfandad y, a la vez, de gozo sereno.

Se cumplía así el deseo de Don José: que su cadáver fuera entregado a los estudiosos de la medicina. Como recuerda su hermana, «él había donado su cuerpo años antes, por pobreza, por caridad (para el estudio) y por desaparecer, pidiendo que quemaran aquello que no sirviera».

En la Misa Crismal, celebrada al día siguiente, Miércoles santo, el señor Cardenal tuvo un cariñoso recuerdo para Rivera. Lo mismo hizo días después: predicando un retiro volvió a recordar su figura con gratitud y admiración: «Don José, ése sí era un sacerdote de cuerpo entero».

Si durante su vida se ha ido dejando hacer, sin buscar nunca que se cumpla su voluntad, tras la muerte, la Providencia continúa usando con él los mismos métodos. En la cátedra de anatomía, el cadáver de Don José había infundido un respeto inusual; también allí llegó su fama de santidad.

Pasados más de dos años, el cuerpo seguía intacto. El señor Cardenal pide entonces que fuera devuelto a la diócesis para enterrarlo en un lugar apropiado. Concedido el permiso, el cadáver fue trasladado a Toledo. El día 24 de marzo de 1994 se celebró el segundo funeral de cuerpo presente (parece una broma más de Don José) en el mismo templo. De nuevo acudió una gran multitud de personas. Al acabar la Misa, el cadáver fue trasladado y enterrado en la capilla del seminario de Santa Leocadia. Allí descansa y espera la resurrección final.