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Plasmados por la misericordia

La aspiración a la santidad recorre toda la vida de José Rivera. Pero en los últimos años esa llamada va adquiriendo matices nuevos. Cada vez más la santificación aparece como fruto del encuentro entre la misericordia divina, y la confianza del hombre. Y como una vivencia eclesial: ser santos en la santidad de la Iglesia. Además, como dice él, «se va agrandando el formato de la esperanza, el volumen de lo esperado» (D. 29-I-1988).

La audacia de su esperar causa asombro. Leamos un texto de 1988:

«La misericordia de Dios es más grande, infinitamente mayor, que la miseria mía. Y cabalmente orientada a salvarme de ella. Y en este sentido sí que vivimos y hemos de vivir como si tal cosa. Lo que no ha sucedido, de bueno, puede suceder mañana: y debo esperarlo. Imposible que no llegue lo que espero, pues sólo se trata de la operación de esa misericordia sobre nosotros» (D. 9-II-1988).

Y un año después escribe:

«Relectura de los párrafos de Juliana de Norwich sobre el pecado y la misericordia divina. Bellísimos. El pecado es ocasión de perdón, que lleva consigo crecimiento de gloria […]: en proporción al arrepentimiento, vergüenza, etc. el pecado será recordado como glorificación en el cielo. Algo así como una cicatriz, que hermoseara por la habilidad de la cura… Que resultara, al tiempo de sanación de la herida, cirugía estética…

La idea de que en el cielo resplandecerán nuestros pecados es idea resplandeciente en sí. Y muy coherente con toda la revelación. No a pesar de nuestros pecados, sino por nuestros pecados brillaremos… Magnificencia del aspecto sanante de la gracia. Claro que la obra comienza ya en la tierra. La permisión del pecado más esclarecidamente justificada. Y la exaltación del humillado… ¡Los drogadictos, borrachos, homosexuales, adúlteros… –arrepentidos, claro– brillando por sus vicios, por sus humillaciones! El inicio es aceptarlos como humillantes…» (D. 22-V-1989).


Construir el hombre interior

Leyendo en su Diario las páginas de los últimos años de su vida se percibe con facilidad la creciente intensidad de la convicción que siempre le ha acompañado: hay que partir del hombre interior, de la intimidad con Cristo. Sólo la santidad construye verdaderamente. Para alcanzar este objetivo, Rivera ve el estudio como tarea muy necesaria:

«Me inclino más y más a considerar necesaria la dedicación al estudio. No he de tener reparo en diferir visitas, haciendo menos frecuentes las conversaciones de dirección, para obtener horas de lectura reposada, elaboración de pensamiento y aprendizaje (perfeccionamiento) de idiomas. Eliminar el fetichismo de la proporción entre abundancia de palabras y fruto. Por supuesto, Dios emplea nuestra palabra; mas la «proporción» se establece con nuestra personalidad, aun en el nivel natural… El instrumento natural usado es, primordialmente, la personalidad, no la palabra» (D. 28-XI-1984).

Un estudio que busca la sabiduría, que es fuente de conversión, que se transforma en un servicio de luz a los hermanos. Recojamos unas líneas escritas un año antes de morir:

«No cejar en la dedicación al estudio, que se me manifiesta más y más provechoso, en todos los campos imaginables. Y un estudio como el acostumbrado, aparentemente somero, poco serio, informal…

Notar que desde la infancia, para mí el estudio ha sido un entrar en relación con personas particularmente valiosas. Jamás he instrumentalizado la tarea intelectual para dominar nada, para mostrarme yo valioso, para obtener algún efecto…» (D. 19-I-1990).

Hasta el final de sus días mantiene una profunda amistad con santo Tomás de Aquino. Si bien lo estudió ya en sus tiempos de seminarista, no cesa de acudir a él. De vez en cuando relee algunas cuestiones, descubriendo siempre matices nuevos. Mantiene igualmente la costumbre de estudiar cada año alguna obra sobre los sacramentos en general o alguno en particular. No cesa de leer exégesis que le ayuden a entender mejor la Sagrada Escritura. Y sigue, como siempre, acudiendo a todo tipo de autores. Lo que intensifica notablemente es la revisión de su actitud de estudio, a fin de que esta dedicación no brote de su gusto, sino de la voluntad de Dios.

Para estudiar aprovecha cualquier momento. Su capacidad de recogimiento le permite leer en los viajes o mientras espera un autobús urbano. O mientras está hospitalizado: en el verano de 1982 es ingresado a causa de una tromboflebitis. Durante los días que permanece allí relee –entre otras cosas– a Bernanos y diversos estudios sobre él. Para quienes le conocen mejor no es difícil adivinar que prefiere no tener visitas –aunque deferentemente las recibe–, porque éstas le impiden la soledad y le restan tiempo de lectura.

Durante esta estancia en el hospital, una doctora, sabiendo que era fumador, le dijo con mucha seriedad: «Tiene usted que elegir entre el tabaco y la heparina» [medicina para curar la tromboflebitis]. Don José, respetuoso, se calla. Pero después, cuando ya ha salido la doctora, comenta bromeando: «La elección es clara, me quedo con el tabaco. Primero, porque son muchos años de amistad y yo soy fiel a los amigos. Y, segundo, porque la heparina es del género femenino y no está bien que un sacerdote tenga amistades tan íntimas con una señorita». El humor le permite dar a la salud su justo peso, que es siempre relativo.

Junto al estudio, Rivera persevera, de modo creciente, en la vida de oración. En el Código de Derecho Canónico que se promulga en 1983 encuentra un nuevo camino para intensificar su vida eucarística: se permite comulgar dos veces al día asistiendo a una segunda Misa. Desde ese momento ordena su vida para, después de celebrar la Eucaristía, poder asistir a otra, comulgando así la segunda vez.

Estudio, oración, Eucaristía… Mortificación. Tiene hambre de sacrificio. Se acrecienta la mortificación y se acrecienta la alegría. Se reafirma en lo que viene siendo una constante en su vida:

«La sangre de Cristo me baña en mis mortificaciones […] Este malestar corporal, que apenas cesa nunca… Como de golpe, se me resucitan las viejas visiones, y se me resucitan potentes, para hacerme gozar de esas pequeñísimas cruces que me regocijan. ¡Y cómo deseo más cruz! –pero todavía apenas podría con ella– para entender un poco más este amor de Cristo, que me ha amado en la cruz, para limpiarme, para embriagarme, para regenerarme con su sangre» (D. 21-IV-1972).

Ese deseo de cruz lo concreta no sólo en la aceptación de contrariedades y molestias, sino también en la búsqueda de mortificaciones:

«Insistencia en el ayuno, pero muy seriamente. En el cilicio, en el aguante del frío, que ya tortura… En el desprendimiento de objetos» (D. 20-XI-1984).

Y unos días después: «Ponerme el cilicio todos los días, ya por la mañana al vestirme, antes de la Misa. Esmero en el ayuno: suprimir a rajatabla el desayuno (tomar solamente el café con un poco de leche) y no hacer ningún día dos comidas. Evitar todo gusto innecesario en la comida y, por lo mismo, toda comida fuera de hora» (D. 1-XII-1984).

Hay, sin embargo, algún aspecto que no logra mortificar suficientemente. Por ejemplo, el tabaco. Lucha por fumar menos cigarrillos, pero nunca consigue eliminar del todo este hábito. Aunque es cierto que él usaba el tabaco, también, como un medio para combatir el sueño. Tampoco suprimió el café, pero en él no parece que fuese una dependencia, sino una ayuda para vencer la somnolencia. De hecho, lo tomaba siempre frío y sin azúcar. Y, con frecuencia, era, bien recuelo, de sabor desagradable, bien café soluble que mezclaba con un poco de agua, sin buscar gusto alguno en ello.

La mortificación en la comida le lleva a tomar lo que sea más rápido, lo que ya esté preparado, sin fijarse demasiado en ello. A veces, esto suscita alguna situación cómica. En cierta ocasión llegó a la casa, fue a la cocina para aprovechar el tiempo y se puso a comer lo que allí había, preparado por su hermana. En su afán de no buscar su gusto ni sus planes, se lo comió todo, aunque con dificultad. Al día siguiente le dijo a su hermana: «Ana, sería mejor que no me dejes tanta comida». A lo que ésta, asombrada, respondió: «Pero, Pepe, si eso era lo que había cocinado para toda la semana».

Otra actitud que va puliendo de modo cada vez más exquisito es la obediencia. Como sacerdote diocesano, se sabe colaborador inmediato del obispo, a través del cual se le manifiesta la voluntad de Dios. Por eso busca ajustar sus planes a los mandatos del prelado, también en las cosas pequeñas. Por ejemplo, Don José tenía tendencia a no asistir a determinados actos académicos que el seminario organizaba, hasta que en una de sus revisiones personales cae en la cuenta de que tal vez sea otra la voluntad del obispo. Le pregunta a éste y, visto que su deseo es la asistencia de los profesores, Don José no dejará ya de participar en estos eventos. Eso sí, a veces un poco dormido.

Y por ese afán de obedecer, en estos años deja de admitir más laicos para dirección espiritual, a fin de centrarse en sacerdotes y seminaristas, tal como el prelado quiere. En cambio, precisamente por secundar los deseos de éste, imparte, en la cuaresma de 1985, ejercicios espirituales a los miembros de la Academia de Ciencias Morales. Es éste un gesto de confianza del señor Cardenal, que está convencido de que Rivera está bien capacitado para predicar a personas de alta preparación intelectual.

Cuida también con esmero la lectura del magisterio del Papa y del obispo para ajustarse cada vez mejor al querer de la Iglesia.

Su afán por construir el hombre interior pareció cobrar mayor intensidad en 1983, fecha que el Papa declaró Año Santo de la Redención. En esa época Rivera multiplica los exámenes de conciencia y la frecuencia de la recepción del sacramento de la penitencia. Al examinarse, sin caer en escrúpulos, hace una revisión muy extensa y muy minuciosa, no sólo de su actuar, sino de sus actitudes, de su carácter, de todos los niveles de su personalidad. Sus exámenes, hechos en clima de oración, denotan un conocimiento profundo del corazón humano.

Hace confesiones generales y algunos votos particulares. Elabora fichas de los escritos del Papa y las relee y medita. Se dispone con fervor para ganar la indulgencia plenaria y predica sobre ella. En sus predicaciones urge a abrir de par en par las puertas a Cristo. Estimula, alienta. «Nunca te sentías juzgado por él, sino avisado por Dios» (Positio, testigo 52).

Fustiga la mediocridad, que es, a sus ojos, la peor lacra de la vida cristiana. Se le confió a él la lección inaugural del año académico 1985-86 en el Seminario (fue publicada posteriormente: La mediocridad, Toledo 1996). El tema que eligió fue, precisamente, la mediocridad. Su forma y su contenido fueron sal y luz que no dejaron indiferentes a muchos de los oyentes. Contra la mediocridad, propugna la radicalidad, es decir, partir de la raíz, de lo profundo, de la interioridad, de las Personas Divinas. La originalidad del cristianismo debe impregnarlo todo; la identidad cristiana es singular, vive de la perenne novedad de Cristo. «La educación de un hombre espiritual es muy diversa de lo llamado universalmente educación» (D. 16-IV-1977).

Con esta convicción, no se atiene a determinadas costumbres, que se supone son propias de alguien bien educado. Un día uno de sus dirigidos, viéndole caspa en los hombros, le dice:

–Don José, debería usted mejorar su aspecto. Por ejemplo, ¿se ha cepillado la sotana?
–¿Y tú has hecho examen de conciencia?, le espeta Rivera.

La confianza existente entre los dos les permitió ese diálogo. Rivera continúa: ciertamente hay que ser ordenado, pero el orden parte desde dentro. Un cuidado de lo exterior es muchas veces un desorden, por más que una mirada superficial lo vea de otra manera.

El cuidado del hombre interior le hace crecer cada día más en buen humor, en una cierta informalidad jocosa, que expresa en cualquier momento, también en las predicaciones. Un ejemplo: hablando de la salvación en unos ejercicios espirituales comenta:

«Dichoso el que tiene calva,
si muere en gracia se salva;
dichoso el que tiene pelo,
si muere en gracia va al cielo».

Tal como apunta en su Diario, ve en sí mismo crecimientos innegables, pero, a la vez, abismos de miseria. Ni lo uno ni lo otro turban su ánimo. Sigue anclado en la esperanza:

«Yo he dicho –hace muchos años, muchos ya, pero lo he repetido no pocas veces–: un santo es un hombre que está siempre a la espera del milagro. Del milagro de la perfecta conversión. Y por lo menos en esta actitud persevero» (D. 29-I-1988).

Nunca cree nada perdido. Vive en Cristo y de Cristo, «cuyo oficio es perdonar» (D. 29-XI-1972).


Jamás es tarde para Dios

Su realismo sobrenatural le llevó a establecer una profunda amistad con los santos. Desde pequeño conoce sus vidas y sus obras. En los tiempos convulsos del postconcilio se aferra especialmente a ellos, en quienes ve una guía segura y el referente de lo que es la normalidad cristiana. Leemos en su Diario:

«Jamás he podido sintonizar con la mediocridad. Me hallo, en cambio, en perfecto acuerdo con los santos de todas las edades y de todos los temperamentos» (D. 1-V-1972).

Y unos días más tarde:

«Los santos, pese a casi mi total ausencia de santidad, a mi puerilidad, ¡cómo los siento amigos, hermanos! ¡Aquí sí que siento las mismas vibraciones que percibo en mí mismo! No me siento rechazado en mi yo nuclear. Para ellos no soy exagerado, todo lo contrario; para ellos no exagero bastante; comprenden perfectamente esta tendencia irrefragable, esta aspiración terca hacia las alturas, este apenamiento de la limitación, que veo casi momento a momento incomprendido, rechazado, ridiculizado, o al menos inatendido, dondequiera que me vuelvo» (D. 28-VI-1972).

Ahora, en los años finales de su vida, esta relación personal con ellos crece intensamente. Los experimenta cercanos, profundamente amigos, intercesores eficaces. Cada semana leía una biografía; a veces más. Y con frecuencia, según él mismo comenta, se emociona hasta las lágrimas, sobre todo cuando lee su modo de morir. Además se adentra continuamente en sus escritos. Algunos los repasa con frecuencia: cada año releía a santa Teresa y a San Juan de la Cruz. Con los santos se encuentra en su medio ambiente, lejos de la mediocridad asfixiante. Ya años atrás había escrito que «propiamente amigos, sólo pueden serlo los santos» (D. 21-X-1979). Ahora subraya el estímulo indecible que recibe de ellos: «La continua lección de los santos me descubre panoramas indefinidos; me incita a la obediencia al Espíritu; me incendia en deseos» (D. 20-VI-1988).

Obviamente la relación más intensa es con la Virgen María. Antes de las clases o de las charlas o de cualquier otro acto, rezaba, muy recogido, el Ave-María, no de una manera mecánica, sino con la clara conciencia de estar acogiéndose a la intercesión eficaz de la Virgen. Y también era muy estrecha su relación con san José, cuya estatuilla tenía en su mesa como signo de una presencia permanente.

Le alegraba la muerte de personas conocidas que, dado su tenor de vida, presumiblemente habían marchado al cielo. Para él, estas muertes eran un éxito y la ocasión de un contacto más continuo y más cercano con estas personas.

En una ocasión, mientras predicaba un retiro a sacerdotes, le llamaron urgentemente, al teléfono. Era para anunciarle la muerte de Paía en un accidente de autobús en Perú, donde vivía inserta entre los pobres. Paía –Paula María– era una religiosa, hermanita de Jesús, de una vivencia evangélica muy radical. Desde la juventud conocía a Don José. Se dirigía con él y había entre ellos una estima mutua grande. Rivera recibió la noticia y retomó la charla donde la había dejado. Simplemente dio la noticia a los sacerdotes y les comentó precisamente que esa muerte era una victoria y la oportunidad de una relación más personal, así como la ganancia de tener una intercesora. Ningún sentimentalismo, ninguna turbación: la muerte, para quienes están en Cristo, no es una tragedia, sino una plenitud. Si la amistad en la tierra puede ser hermosa, lo es mucho más cuando ya no está condicionada por el espacio y el tiempo.

Hablando de muerte, un día un sacerdote joven, dirigido suyo, medio en broma le pregunta:

–Don José, ¿qué vamos a hacer cuando usted se muera?, aludiendo a la gran importancia que para muchos tenía su ayuda espiritual.
Rivera, de forma inmediata, le responde:
–Salir a recibirme.

La muerte, como la vida, era para él una especie de juego con el Padre eterno.

Él está convencido de que en la Iglesia «los avances se han debido siempre a los santos» (D. 4-V-1987), pues son ellos quienes hacen especialmente presente a Aquel que, viniendo a este mundo, trajo consigo toda novedad. Ellos, porque viven en el amor, encuentran siempre caminos para el Evangelio. «Los santos han hallado modos de conmover a los mediocres y pecadores» (D. 22-VI-1988).

A veces comentaba que en la historia de la Iglesia se ven algunos santos que han tenido una influencia más profunda y más extensa; su presencia ha sido una potentísima luz que ha inundado de claridad la historia de los hombres. Él quería ser de éstos. Y quería que todos los creyentes aspirásemos no sólo a la santidad, sino a una santidad que fuese un vendaval capaz de transformar la sociedad:

«Un santo es fuente de crecimiento incalculable; pero un santo de esta época de la Iglesia debe ser una especie de ciclón, o mejor, una permisión necesaria en su plan, para que el Espíritu sople en huracán sobre la tierra» (D. 29-XII-1989).

El conocimiento de multitud de santos también le influye para relativizar las formas externas de la manifestación de la santidad. Son muy diversos los modos en que fructifica la vida de gracia. Y, desde luego, el Espíritu impulsa a vivir de manera discordante con las que provienen del mundo y de la carne.

La familiaridad con los santos refuerza también su convicción personal de vivir a la espera del milagro. Dios puede irrumpir en cualquier momento en la historia de una persona, y puede hacerlo en todo tipo de circunstancias. Y llevarles a la plenitud soñada por Él. Al hablar de su padre, de su madre o de otras personas conocidas por él, buenos cristianos, pero no santos heroicos, solía afirmar que –dado que sustancialmente habían caminado en Cristo y hacia Cristo– la muerte habría constituido para ellos la ocasión de alcanzar, en ese momento, la perfecta santidad. Su esperanza, como siempre, era rotunda: «Jamás es tarde para Dios» (D. 17-XII-1980).

Amistad con los santos. Y celo porque todos alcancen la santidad. Este es el fuego que arde en el corazón de Rivera:

«Mientras pueda vivir sin el acucio continuo de la santificación de uno y otro… Sin el temor estimulante de que tal o tal (incluidos todos los ignotos) se condene, mi caridad –mi personalidad– es insuficiente. Sueño, comida, bebida, diversiones, actividad, conversaciones. Todo debe estar organizado, espontáneamente, desde y por esta realidad. Tal debe ser el motivo de todos mis actos» (D. 6-IV-1986).

Además de su relación con los santos del cielo, en esta etapa final de su vida admira al papa Juan Pablo II y a la Madre Teresa de Calcuta. De ellos afirma que «viven con facha de santos» (D. 17-VI-1987).

En octubre de 1982 la Madre Teresa visitó el seminario de San Ildefonso. El diácono Christopher Hartley, dirigido de Don José, tenía una relación cercana con ella y propició esta visita. Desde Madrid, donde estaba Madre Teresa, el diácono telefoneó con tiempo a Rivera para que pudiera asistir a la charla que ella daría en la capilla del seminario. Christopher soñaba con este encuentro de dos personas tan excepcionales. El seminario se llenó de personas que querían ver y escuchar a Teresa de Calcuta. Don José no estaba. Cuando terminó la charla, el diácono llevó a Madre Teresa en coche a Madrid. Habían recorrido pocos metros cuando vieron a Don José en la calle. Christopher detuvo el auto y religiosa y sacerdote saludaron brevemente.

Al día siguiente nuestro diácono le preguntó a Rivera: «¿Por qué no vino usted a escuchar a la Madre?». A lo que él respondió: «A esa hora tenía concertada una cita con una persona, y ésa era para mí la voluntad de Dios».

Un mes después fue el Papa Juan Pablo II quien visitó Toledo y se detuvo en el seminario para la comida, un rato de descanso y la bendición a los seminaristas. Don José, como todos los sacerdotes de la diócesis, concelebró la Misa presidida por el Santo Padre. Éste, tanto al ir como al volver del seminario, pasó –no hay otro camino– ante la puerta del domicilio de los Rivera.

Don José admiraba a este Papa. Leía y meditaba sus escritos y tenía una empatía profunda con él. Sólo en una ocasión se le oyó expresar un deseo que parecía manifestar un cierto desacuerdo: ¿Por qué este Papa no dará pasos más decididos para llevar a toda la Iglesia hacia una vida de mayor pobreza?

El 13 de mayo de 1981 Juan Pablo II sufrió un atentado que le puso al borde de la muerte. Los católicos estaban conmocionados. Muchas personas, preocupadas, le comentan a Don José la gravedad en que se encuentra el Papa. Rivera, una vez más, reacciona de forma inmediata desde la fe: «Si muere –dice él– habrá dado la vida por Cristo, y esto es un bien inmenso para él y para la Iglesia. Por lo demás, nada escapa a la Providencia divina. ¿Cuál es el problema?»

Don José pasó por este mundo como amigo de los amigos de Dios. Conocedor de que «no hay belleza más esplendorosa que las vidas de los santos» (D. 7-VIII-1987), quedó seducido por su estilo de vida y decidió seguir sus huellas:

«Seguir las normas de los santos. Ellos entendieron, ciertamente, el Evangelio. Cuando hay un camino seguido por todos, es que, indiscutiblemente, es senda divina» (D. 4-II-1976).


Santidad no ejemplar

Entre quienes se dirigen con Rivera no es infrecuente encontrar personas con dificultades psíquicas. Él siempre ha creído en la santidad para todos. También para los psicológicamente desequilibrados. Con frecuencia, éstos son poco valorados. Más bien se les considera un problema, personas con las que «se puede hacer poco». Don José, por el contrario, los ve como predilectos de Dios. Sabe distinguir entre el nivel espiritual, en el que arraiga la vida teologal, y el psicológico, que –en condiciones ordinarias– quedará impregnado por el espiritual. Pero puede ocurrir –afirmaba él– que a veces haya taras psíquicas inculpables que impiden una manifestación normal de la vida espiritual. No por eso queda cerrado el camino a la santidad.

Don José reflexiona, lee muchas obras de psicología, consulta con expertos… y va sacando sus propias conclusiones. Si a una persona le falla la estructura psíquica, quedará más inmediatamente apoyada en la pura fe; no hay nada en su personalidad donde pueda afianzarse. Por tanto está más en Dios, único fundamento posible. Y eso es la santidad. Habrá, por tanto, «santos no ejemplares», es decir, personas santas cuya manifestación externa es, sin embargo, deficiente, a causa de las taras psicológicas que padece. De manera análoga a como algunas deficiencias físicas imposibilitarán a otros ciertas expresiones de la caridad.

Con estas convicciones, no es extraño que llamaran a la puerta de Rivera personas aquejadas por estas dificultades. Él las acogía con inmenso respeto, las trataba con imperturbable afecto y con inquebrantable esperanza. Sabía trascender circunstancias, estados de ánimo, modos caracterológicos, situaciones morales, para ir directamente al fondo último de la persona. El encuentro con él significaba para ellos un estímulo en su ser más profundo, un acrecentamiento en la confianza, un entender mejor los caminos de la gracia. Don José sabía que las taras psicológicas impedirían a algunos determinadas obras, cosa que no iría en detrimento de su valía personal y de su fecundidad sobrenatural. Ya, años atrás, había escrito a su madrina:

«Las obras exteriores: Ya sabes que me suelen preocupar muy poco, ni aun en el buen sentido. Y que efectivamente pienso que si se les diera en general mucha menos importancia, saldríamos ganando todos. Las obras exteriores de N tienen la enorme belleza de que no existen» (Cta. 15-I-1973).

No confundía la santidad con su expresión. Quienes hablaban con él no se sentían exigidos, sino comprendidos, estimulados, mirados con afecto y esperanza. La profundidad de su mirada le hacía esperar lo inesperable. Donde otros sólo veían un desierto, él atisbaba el brotar de una primavera. Así se expresa un sacerdote, también psicólogo:

«Su confianza en la fidelidad y misericordia de Dios era de tal calibre que parecía que nada pudiera ser capaz de arrebatarle esta virtud teologal. Siempre me sorprendía, y casi me escandalizaba, con su actitud de plena esperanza en la santidad de los demás. Recuerdo haber conversado con él sobre ciertas personas que yo las veía poco menos que imposibles de sanar, y él con toda naturalidad veía no sólo posible, sino cierto, el que pudieran ser santas» (Positio, testigo 44).

Por su despacho pasaron personas angustiadas, deprimidas en diversos grados, homosexuales, esquizofrénicas… Algunos iban después de escucharle en un retiro. Otros llegaban acompañados por dirigidos de Don José. No faltaban sacerdotes que, sintiéndose sobrepasados, incapaces de ayudar a algunas personas, las remitían a él.

Nunca intentó hacer de psicólogo. Se mantenía en su misión de director espiritual. Pero sí intentaba conocer lo mejor posible al ser humano. Y, además de ofrecer orientación espiritual, buscaba que el individuo fuese ayudado integralmente. Para eso él mismo les enviaba a un psicólogo o a un psiquiatra de confianza, a fin de que éstos les dieran la ayuda pertinente.

Animaba también a los sacerdotes a que leyeran obras de psicología. No pretendía que fueran expertos, pero sí que tuvieran conocimientos suficientes para tratar adecuadamente a las personas.

Aunque de alguna forma queda dicho, subrayemos de nuevo que su manera de ayudar no era la de quien siente una emoción compasiva por alguien débil y se apresta a ofrecerle algún tipo de alivio. No. Rivera veía en estos individuos personas valiosísimas, elegidos de Dios para colaborar en la redención del mundo. Así escribe a una persona que padecía depresiones severas:

«Recordar que el sufrimiento, sobre todo interior (como la angustia, la soledad, la incapacidad de sentir el gusto de las cosas espirituales) constituye el material más valioso para expiar los pecados propios y ajenos» (Nota mecanografiada, entregada a esta persona).

Y, siendo todavía seminarista, había dicho a su madrina: «Gracias a Cristo, toda tristeza está al servicio del amor» (Cta. IX-1952).

El trato con estas personas fue ocasión para que algunos propalasen cierta maledicencia sobre él: los que se dirigen con Rivera –al menos algunos– se vuelven locos. Hay quienes imaginaban que Don José era muy riguroso, exigiendo renuncias y mortificaciones duras, y que esto producía desequilibrios en los dirigidos. La prueba serían estas personas, psicológicamente enfermas. Él, demasiado ocupado, obviamente no se tomó la molestia de hacer caso a estos comentarios. Y siguió creyendo que la atención a quienes sufren así debía ser objeto prioritario de la acción pastoral. Estas personas, aparentemente inútiles, se convierten en colaboradores particularmente eficaces en la obra de la redención. En carta a la persona anteriormente citada, lo expresa así:

«Los sufrimientos que la acarrea la enfermedad, con la simple aceptación de usted tantas veces hecha de antemano, dan un altísimo valor expiatorio a su vida. Nada de inutilidad aunque “no pueda hacer nada”» (Cta. s. f.).

La fe le permite ver que los «inútiles» son imprescindibles.


Somos en la Iglesia

En los últimos años de su vida, la pasión por la santidad adquiere connotaciones nuevas. Cada persona sólo existe como miembro de la Iglesia o como llamada a serlo. Es la santidad de la Iglesia y la misión que en ella se nos haya encomendado lo que moldea nuestra santidad personal. Rivera lee, relee, estudia, medita multitud de libros y artículos sobre la Iglesia. Sus predicaciones se enriquecen con esta perspectiva, que se convierte en tema al que recurre frecuente y ardorosamente.

«Voy calando más y más –escribe en su Diario– este criterio para discernir lo «imitable» de los santos. La mayoría de los modernos –¡desde la Edad Media al menos!– han buscado deliberadamente su propia santidad, o la santificación de mucha gente por individuos o por grupos… Actualmente hemos de buscar inmediatamente el crecimiento de la Iglesia en santidad. Y ello matiza muy diversamente ciertas maneras de vivir» (D. 2-III-1990).

Su ansia de santificación queda matizada por esta dimensión eclesial: «Es cierto que ya no me «ilusiona» ser santo sin más… Necesito que la Iglesia como tal, sea santificada. Y en particular: la Iglesia diocesana» (D. 28-XI-1989).

Habla de la Iglesia como Cuerpo Místico, como Esposa, como Madre virgen y fecunda, como sacramento de salvación… La contempla en toda su hermosura, le fascina su belleza, le entusiasma su realidad misteriosa. Afirma con rotundidad que es a la Iglesia, en cuanto tal, a quien Dios ha constituido como prolongación de la presencia de Cristo en el mundo. No a individuos aislados o a grupos, sino al conjunto del Cuerpo Místico. Es éste el que ha de transparentar la belleza del Resucitado. Le entusiasma una Iglesia fiel al Evangelio, al estilo de las primeras comunidades, dócil al Espíritu, fervientemente apostólica, fecunda…

Porque ama a la Iglesia le duele encontrarla, con cierta frecuencia, realizada de un modo mediocre, lejos del ideal. Rivera sufre al ver que los cristianos deformamos su rostro; sufre porque, a veces, más velamos que revelamos el Misterio que ella encierra.

Esto lo ve en primer lugar de sí mismo; con frecuencia se descubre aquejado de puerilidad, de modos caóticos, de desproporción inmensa, de poca docilidad al Espíritu… Frente a todo ello, sólo le queda orar y esperar:

«¡Oh, Dios mío, compadécete de mi enorme debilidad, de mi malicia, renuente durante toda mi vida a las operaciones de tu amor!

No puedo hacer más que esto: lamentar mi maldad y presentarla ante el Señor: que me sane cuando y como quiera. Mas he de esperar: si me descubre la llaga, querrá curarla» (D. 1-XII-1980).

Y ve que no sólo él, sino que el clero en general está atascado en una mediocridad que dificulta la eficacia de Cristo. En una carta a su madrina (el carácter de privacidad le permite expresarse sin matices) afirma, de un modo que puede resultar duro a algunos oídos, y profético a otros:

«Los curas que estamos en circulación hace años no estamos, ni de lejos, a la altura de nuestro ministerio. Es tristísimo –lo único triste– pensar que se han pasado tantos años y estamos en tanta mediocridad. Y con la certeza de que nuestro nivel, al subir, arrastra muchas, pero muchas personas hacia niveles más levantados» (Cta. 10-III-1981).

Su mirada crítica descubre incoherencias también en los altos estamentos de la jerarquía. Refiriéndose a algunos de éstos –también en carta confidencial a un sacerdote– no duda en hacer suya la frase que en su día usara san Carlos Borromeo: «Los cardenales necesitan, al cabo de los siglos, una eminentísima y reverendísima reforma» (Cta. 17-XII-1989).

Ve urgente un nuevo impulso que revitalice la Iglesia en cuanto tal, cada diócesis, con su obispo, sus sacerdotes y sus bautizados. Anhela este impulso total, no de grupos particulares, que posibilite una nueva primavera eclesial. Mientras tanto, su juicio, aunque transido de amor, suena fuerte, casi hiriente:

«La Iglesia está cubierta de remiendos y atiborrada de medicinas, que galvanizan, momentáneamente, zonas parciales, pero no sirven para acrecentar el vigor maternal de la totalidad. Por lo menos en nuestras regiones» (D. 15-I-1988).

Algunos, al escuchar afirmaciones de este tipo, consideraron que había perdido el juicio, o que era muy pesimista o que su doctrina no estaba acorde con el Magisterio eclesial. Sin embargo, por carácter, era optimista y extraordinariamente equilibrado. Un cualificado psiquiatra dirá de él:

«En cuanto a la personalidad global de Rivera, ya he comentado en otra ocasión que uno de sus rasgos más singulares y característicos era la total coherencia entre lo que creía, pensaba, sentía y hacía; algo muy difícil de conseguir; y que le permitía, sin desajustes internos, tener y mantener una personalidad sólida, armónica, equilibrada, cohesionada, resistente a la fatiga y a la adversidad» (R. SANCHO DE SAN ROMÁN, en AAVV, José Rivera. Sacerdote, testigo y profeta, Madrid 1996).

Y él constata de sí mismo: «Suelo decir, con verdad, que hace años no me siento, durante diez minutos, desanimado ni irritado» (D. 21-X-1998).

En cuanto a la doctrina, era fidelísimo. De hecho, no cesaba de leer los escritos del Papa y del obispo diocesano.

Y si bien es incisivo al detectar los males que hay en la Iglesia, sabe verlos en su contexto real: Dios guía a su Pueblo; por tanto todo bien es posible. Si de un cadáver, el de Jesús, ha brotado la vida eterna, en todo mal se debe atisbar un bien mayor. En sus reflexiones anota precisamente cómo suele ocurrir que muchos no aciertan a entrever el bien en medio del mal:

«Generalmente, las personas que trato parecen más los perros del pastor, que el pastor mismo: ladran a cualquier posible peligro, y no captan prontamente la manifestación divina, siempre positiva. Son demasiado sensibles al mal, y ello les ciega para el bien patente o posible, en cuanto ya existente o en cuanto hacedero… Aspecto inevitable de la limitación humana, por donde habrán de pasar todos. Unos admiten cualquier mal, como si no pudiera eliminarse; otros, por el mal constatable, no ven la posibilidad del bien presente o futuro» (D. 28-VI-1984).

En todo caso, es cierto que en los últimos años de su vida hay una especie de «noche oscura» al constatar el desajuste desproporcionado entre lo que es la Iglesia y cómo vivimos sus miembros. Siente que muchas realizaciones eclesiásticas constriñen el Espíritu. Y él mismo se siente constreñido:

«Probablemente, nunca he experimentado como ahora la sensación de “asfixia”, en el ambiente de las gentes de Iglesia; tal vez por el contraste con la contemplación de la realidad de la Iglesia de Cristo» (D. 17-IX-1990).

Su dolor, no obstante, se convierte en ardor. Sus predicaciones tienen un tono rugiente. Se siente urgido y urge para que la Iglesia viva la belleza que le es propia.

Y nunca pierde la esperanza ni la alegría. Los ratos largos a solas con el Señor son el oasis donde se renueva. Hace ya muchos años, aludiendo a sus vigilias, afirmaba: «Mi noche es pura luz gozosa; pues mi noche es ciertamente la noche de Dios» (D. 16-IV-1972). Ahora, haciendo referencia a los tiempos de soledad, que, muy de mañana, se toma cada día, dice:

«Oración de 4,45 a 7. Realmente estos ratos deliciosos, anticipadores de la madrugada, prolongados, ¡aunque nunca lo suficiente para llegar a satisfactorios!, son mi nutrición. Frente al sagrario, con libros espirituales, con la liturgia de las horas. Me pacifican y alientan para días» (D. 22-II-1990).


El celo de tu casa me devora

El 11 de junio de 1983 el señor Cardenal de Toledo promulgó el decreto de erección del «Centro Santa Leocadia» para la formación sacerdotal de aspirantes adultos. El seminario «San Ildefonso» formaría a los jóvenes, y este centro a aquellos que provenían de experiencias de trabajo o de vida universitaria y que tenían ya una cierta edad. Dos años después, el centro es constituido seminario mayor. Desde el inicio Don José ha sido el alma. Fue sugerencia suya la creación y fue su presencia y su influjo lo que impulsó un estilo de formación centrado en la urgencia de la santidad, en la prioridad de lo sobrenatural, en la persona como centro, en la importancia de los pobres, en la hondura del estudio, en el carácter netamente diocesano…

Desde que nace el centro hasta que Don José muere en marzo de 1991, se le encarga la misión de director espiritual. Sigue, además, colaborando en el seminario «San Ildefonso» como profesor y director espiritual, acompaña espiritualmente a un numeroso grupo de sacerdotes y seglares, predica retiros, atiende a los pobres…

Y no ceja en su dedicación a la oración y al estudio. Su imagen es la de un hombre pletórico, feliz. Siempre raudo, eliminando actividades no esenciales, hirviente, entusiasta, de buen humor, un tanto informal y bromista. Alguien que vive con intensidad:

«Un día cualquiera, un día de mi vida actual, con sus 19 horas como mínimo de trabajo, con sus 20 horas normales de vigilia, con la conciencia iluminada de fe, está henchido, rebosante por todas partes, de gracia divinizante: casi todo es oración, reflexión orativa sobre la palabra de Dios, instancias al ejercicio de la caridad en su forma más explícita, comunicación con las Personas divinas, entrega a la gracia, colaboración en la divinización de los hombres…» (Meditaciones sobre Ezequiel, Toledo 1993, 96).

Sin embargo, este hombre pletórico es un hombre que sufre. No por cuestiones particulares, sino por la Iglesia. No con un sufrimiento que desalienta y paraliza, sino que le hace más activo, más profético, más esperanzado.

Ama a la Iglesia universal. Ama a su diócesis de Toledo. Entiende más y más que es necesario un impulso renovado y vigoroso de santidad en toda la diócesis: «No se trata de que algunos curas o seglares sean santos, sino de que la Iglesia diocesana sea luz» (Reflexiones personales 1990).

Desea una Iglesia dócil al Espíritu, sin componendas ni falsos apoyos de este mundo. Pero su diagnóstico no es positivo. En un escrito que envía a su obispo dice: «La Iglesia diocesana, como la Iglesia Española, como probablemente la Iglesia en Europa se derrumba vertiginosamente» (ibid.).

Y en su diario anota:

«Visión más y más realista del panorama. La mentira y la muerte, como «ambiente» inmediatamente irrespirable en nuestras Iglesias diocesanas. Esta semilla de mentira –humo de Satanás que lleva asfixiando la acción de Cristo en sus santos desde siglos– es actualmente cultivada esmeradamente por los estamentos «clericales», y sus afines seglares. Mentiras desfachatadas, o astutos disimulos de la verdad. Es el estilo clerical ya viejo…» (D. 22-II-1990).

Esta visión no merma su esperanza. En las reflexiones que envía al señor Cardenal se muestra convencido de que «podemos todavía reedificar la Casa de Dios; revitalizar la Iglesia Madre Toledana. Pero es urgentísimo un impulso evangelizador genuino» (Reflexiones personales 1990).

Lo que sí va produciendo este tipo de afirmaciones es un cierto clima de malestar alrededor de él. Muchos de sus dirigidos escuchan con fervor y entusiasmo estas predicaciones que parecen surgir de la boca de un profeta. Pero otros discrepan, se sienten juzgados, piensan que son exageraciones deformantes, incluso delirios de quien está perdiendo la razón.

El obispo y su equipo de gobierno comienzan a no verle con buenos ojos. Además sus actividades con los pobres, de las que hablaremos en el capítulo próximo, suscitan suspicacias y desacuerdos. Por lo demás, su lenguaje, contundente, rugiente, explosivo, no facilita la buena comprensión de sus superiores. En estos últimos años es cada vez menos estimado por ellos. Más bien hay desconfianza. Y no faltan quejas e informes negativos, que se hacen llegar al obispo.

Rivera vivía todo esto con paz. Las críticas e incomprensiones no parecían afectarle. Aunque está envuelto en este conflicto y en una actividad trepidante, asediado por los pobres y por quienes buscan su dirección espiritual, se mantiene en su imperturbable buen humor. Él mismo, en diversas cartas, explica a su obispo que su postura no nace ni del pesimismo ni de resentimientos ni de ninguna otra actitud negativa. Está contento. Y se nota. Quienes tratan con él sienten que –sin necesitarlos– está a gusto con ellos, bromea, ríe. Cada domingo le ven ir a celebrar la Misa en la parroquia de Santiago, donde ha sido nombrado adscrito, contemplando, gozoso, la belleza de la ciudad. Sólo le dolía la lentitud y mediocridad eclesial.

Sigue con entusiasmo esperanzado el sínodo diocesano, cuya apertura tiene lugar el 20 de enero de 1990. Dos años antes ha podido dejar resueltos los trámites administrativos que le permiten conseguir que la casa familiar pase a ser propiedad de la diócesis.

En medio de las dificultades renace en él con más fuerza el interés por lo estético. Lee y relee poesía, novela, teatro… Le queda tiempo para bucear en estudios sobre la literatura de Galdós o de Machado… Dejémosle la palabra:

«Esta especie de novedad de la etapa presente: inclinación fuerte a volver, por un tiempo, a faenas de tipo estético: versiones de poemas, repasos de novelas, teatro, críticas, ya leídas, o lecturas primeras de obras literarias. Estudios de castellano, vocabulario, sintaxis… Momentos de contemplación de paisajes –¡el de Toledo ante todo!– Nunca lo he dejado de mano por completo; pero me va pareciendo provechoso dedicar otra temporada a estas labores» (D. 3-IV-1990).

Y sigue rompiendo esquemas. Con la informalidad que le caracteriza pide a personas desconocidas (en algún caso a turistas japonesas) que le fotografíen en tal o cual rincón de la ciudad, particularmente hermoso.

Físicamente sí se le ve más desgastado, aparenta una edad superior a la que tiene. Pero también esto forma parte de su ideal sacerdotal. En efecto, está convencido de que el sacerdote debe desgastarse por sus fieles, más de lo que una madre de familia numerosa lo hace por sus hijos. Y él ciertamente no busca cuidarse, sino ponerse al servicio de cuantos le necesitan.

Igualmente es notable en él un creciente recogimiento que le permite aprovechar cualquier momento. Por ejemplo, el instante entre una visita y otra lo aprovecha para leer alguna página. Pero es sobre todo en la celebración eucarística donde su recogimiento causa asombro. Si en alguna ocasión celebra solo, la Misa puede durar dos o tres horas. Pero también puede ser muy breve. Con frecuencia se prepara a ella con el rezo del rosario completo o de algún misterio.

Se le ve muy unificado. Poco antes de su muerte, cuando un sacerdote joven le comenta sus dificultades de dispersión, Rivera, tras responder, termina aludiendo a su experiencia personal: «A mí ya nada me interrumpe». Experimenta su vida como una convivencia personal con Cristo, que se hace presente con apariencias diversas. Pero José ya no se fija en las apariencias. Como escribió en otro tiempo, su camino va «del Señor al Señor».

Imperceptiblemente Dios le está preparando para la muerte. En sus escritos íntimos constata que su quehacer ya no se queda en artefactos, planes, realizaciones… es siempre como un estar actuando sobre el corazón de Cristo. Lo temporal no le atrapa. Afirma no tener ansia de morir, pero sí se experimenta sin miedo a la muerte, cada vez más anclado en lo eterno. Hermosa paradoja: vive apasionadamente la realidad temporal de la Iglesia o las necesidades de los pobres, y a la vez su corazón vibra en la eternidad.