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Inmerso en la eternidad

Terminada la etapa palentina, José regresa a Toledo. Le restan 16 años de vida en la tierra, pero en él se percibe un creciente arraigo en lo eterno. El ancla de su personalidad está en la profundidad de Dios; lo temporal es tan sólo un vaivén que no le saca de su centro. Se va de Palencia, pero no cambia de lugar, porque camina «del Señor al Señor» (Poema citado).

En este tiempo de madurez sus claves vitales no varían; se ahondan y se purifican: pasión por la santidad, conciencia de pecador, humildad, pobreza… y, de forma muy intensa, esperanza:

«Comencemos de nuevo… esperando. La única virtud, en que no creo me aventajen muchos, es en la esperanza. Esta capacidad de volver a esperar, a empezar, o ni siquiera volver, sino proseguir esperando, pese a las objeciones más aparentemente definitivas contra la confianza… Esperar contra esperanza. Sin más motivo que la pura fe…
Que a mis 58 años [tiene 59 al regresar a Toledo; pero este texto, posterior, recoge no obstante el sentir de estos años], con la historia que tengo detrás, continúe esperando, me resulta literalmente un milagro. Porque espero, espero. La santidad heroica es hoy mi objetivo, mi aliciente único para vivir, como lo era a los 14 años… Y no es mera veleidad, ilusión pura; ya que, pese a todo, voy realizando actividades interiores y exteriores, impensables en tiempos precedentes, y a veces muy próximos…
¿No debo, no le debo a Cristo, tras la historia de su fidelidad frente a mis infidelidades permanentes, esta esperanza: este deseo vivo, aunque tantas veces ineficaz, esta confianza inquebrantable? Pienso que la desconfianza sería el único pecado imperdonable […]
Siembro para una cosecha eterna, que se recogerá al fin de los tiempos. ¡Qué dignidad de vida, de persona! […]
¿Qué no he profanado? ¿A quién no he infectado? Y no obstante aquí sigo, esperando, por obra de su Amor…» (D. 22-XII-1983).


El sueño de un Cardenal

En Toledo el Cardenal Marcelo González Martín, llegado a esta diócesis en 1972, ha encontrado un seminario en proceso de derrumbamiento: la crisis postconciliar lo ha ido ideologizando y vaciando de alumnos. Aborda esta situación con claridad y decisión. Pronto escribe una carta pastoral, Un seminario nuevo y libre, que planta las bases para un relanzamiento de esta institución, que considera como el corazón de la diócesis. Sueña con una primavera de vocaciones sacerdotales.

Al llegar Rivera en el verano de 1975, Don Marcelo piensa en él como una pieza importante para esta renovación del seminario, y lo incorpora como confesor ordinario y profesor de «Gracia y virtudes» y «Teología espiritual» en el otoño de ese mismo año.

Al iniciarse este curso académico, 1975-76, le confía la predicación de los ejercicios espirituales. Los seminaristas no permanecen indiferentes. Unos quedan deslumbrados, otros desconcertados y algunos contrariados. En todo caso, a partir de este momento, bastantes comienzan a llevar dirección espiritual con él. Apenas transcurridos dos o tres años, el seminario toledano cuenta ya con 60 seminaristas, de los cuales dos tercios se dirigen con él. El número de vocaciones sigue creciendo en los años siguientes, sobrepasando el centenar: más dirigidos para Rivera. Al principio recibía a cada seminarista una hora cada semana; después –dada la creciente demanda– las entrevistas eran quincenales; y más tarde, a veces, éstas tenían que ser postergadas. Los seminaristas, que tenían avidez por conseguir turno, experimentaban que en la hora que les dedicaba, cada uno parecía ser el único y lo único que existía para Don José en ese momento. Tenía facilidad para provocar la confidencia, y eso hacía que el dirigido abriera su corazón, experimentando que era mirado más allá de sus logros o fracasos, más allá de modos caracterológicos o dificultades morales; era una mirada dirigida a la persona en cuanto tal, una mirada exenta de juicios y cargada de esperanza.

Propiamente, él no formaba parte del equipo de formadores, sino que era un director espiritual externo. Esto le permitía vivir fuera, en la casa familiar, próxima al seminario, y así podía llevar un estilo de vida más acorde con su modo de ser. Aunque en lo exterior su vida va sobrecargándose de actividad, en su interior vive centrado en la tarea más real: santificarse. «El único sentido de mi vida –anota en su diario– es alcanzar la medida de la donación de Cristo (y eso es desenvolver mi personalidad cristiana en plenitud)» (D. 30-IV-1976). Las tareas concretas han de ser aceptadas o desestimadas en tanto en cuanto ayudan a santificarse. Esta tensión hacia la santidad la vive con paz, con inmensa confianza, sin subrayar empeños concretos, dejándose impulsar suavemente por la acción de la gracia:

«Como siempre, no advierto la necesidad, ni la utilidad de multiplicar propósitos, de acentuar resoluciones, ni siquiera de revolver pensamientos; sino de continuar a mi modo infantil, humildemente, entre lecturas suaves, rezos a medias, reflexiones sueltas y estudios sagrados, escuchando la voz de Cristo, la palabra vivificante del Padre, deseoso de recibir su Espíritu, para que ellos me maduren, me acrecienten, para que me saquen de las estériles tierras de mi egoísmo, de mi impotencia, de mi pecado… Solamente querría insistir en estos proyectos: continuidad en la oración diaria prolongada –retiro mensual de día entero– confesión más o menos semanal» (ibid.).

Al igual que en etapas anteriores, también ahora Rivera quiere contar con algún experto en psicología, que pueda ayudarle en el trato personal con los seminaristas. Acude al psiquiatra Rafael Sancho, a quien consulta cuestiones caracterológicas, y a quien envía, en determinados casos, a alguno de sus dirigidos, para que le ayude a esclarecer aspectos de su personalidad. Don José no es un psicologista que confunde la dirección espiritual con la terapia psicológica, pero sí es consciente de la ayuda que las ciencias humanas pueden prestar en el arte de dirigir almas. Él mismo lee y reflexiona multitud de libros de psicología.

No sólo los seminaristas buscan su dirección espiritual. Personas que han hecho retiros con él o lo conocen por otra circunstancia, le piden su acompañamiento. La agenda de Rivera va sobrecargándose y ha de buscar horas nocturnas para recibir a quienes no puede hacerlo en otro momento. Serán muchas veces sacerdotes quienes estén conversando con él hasta las 11 o las 12 de la noche. Al experimentar lo valioso de su ayuda, muchos se animan a llevar a otros a una entrevista con él. De manera especial invitan a personas de carácter complicado, difíciles de entender. Rivera acoge a todos con afabilidad, les trata con paciencia, resitúa sus inquietudes desde una profundidad mayor, infunde esperanza… No dirigía encorsetando con planes, métodos o normas; su dirección era, más bien, un impulso hacia la santidad, un estímulo recibido en lo más profundo de la personalidad del dirigido, que le ayudaba a éste a avanzar con libertad por los caminos de Dios. No había modelos preconcebidos; cada cual era guiado como persona única e irrepetible, en un exquisito respeto hacia la obra que la gracia de Dios estaba realizando en su corazón. Dialogar con él –dirá un testigo– significaba sumergirse en la ternura de Dios.

El señor Cardenal conoce la entrega incondicional de José a su ministerio. No es preciso asignarle muchas tareas, porque su celo le impele a no reservarse nada. No obstante, en diciembre de 1975 le nombra adscrito a la parroquia de San Andrés. Y en octubre de 1976, ante el abandono imprevisto de quien estaba nombrado para ello, le encarga las clases de Historia de la Filosofía.

Como profesor era también peculiar. A partir del libro de texto, él hablaba, estimulaba a la reflexión, hacía caer en la cuenta de la íntima relación entre el estudio, la vida espiritual y la vida pastoral… Cuando tuvo que ocuparse de las clases de Historia de la Filosofía –materia en la que no era experto– regaló a cada alumno un manual y buscó estimular en ellos la pasión por la verdad, así como la actitud de diálogo con cada filósofo. Nada academicista, sus clases eran un estímulo para buscar la sabiduría.

En esta época anota en su diario un avance importante. Hasta ahora él se sentía vivir plenamente en la noche, cuando en el silencio ininterrumpido encontraba varias horas para engolfarse en la oración y el estudio. La venida del día, con el despertar de las actividades, la sentía como una pérdida. Ahora, en cambio, también experimenta la actividad como don de Dios, como lugar de configuración con Cristo. Si bien sigue prefiriendo la soledad, ya no siente las tareas como pérdida. Simultáneamente sigue creciendo en él la experiencia descrita unos años antes en un poema:

«Ya no tengo raíces en el suelo;
Una sola raíz ya desde el cielo
Continua sobre mí su savia vierte;
Ya no vivo la vida de este mundo;
Ya vivo todo, lúcido, jocundo,
A otro lado del reino de la muerte»

(Poemas, Toledo 1998, 91).


El sueño de un sacerdote

El Cardenal vive gozosamente el renacimiento del seminario, al que también afluyen candidatos venidos de otros lugares de España y del extranjero. Don José se sabe colaborador en la raíz de la Iglesia; si hay un florecimiento de pastores santos, habrá un renacer cristiano en las comunidades parroquiales y diocesanas. No obstante, él, como siempre, no fija la atención en el artefacto pastoral, sino en la persona: si se construye el hombre interior, habrá fruto; en cambio, sin un corazón configurado con Cristo, las estructuras y las actividades serán estériles. Y, además, cada vez más arraigado en lo eterno, los fracasos o éxitos, también los apostólicos, los ve siempre como relativos, es decir, en relación a la eternidad. En su diario le vemos insistir en estas realidades radicales, es decir, que son la raíz de lo demás, como él solía explicar. Leamos dos textos, a modo de ejemplo:

«Sólo tengo una faena que realizar en este mundo, y sólo llevándola a cabo, puedo ser útil a los demás: ser santo» (D. 23-XII-1976).
«Ha de crecer, incontenible, la conciencia de que lo único importante, lo principal, el principio de todo es mi unión inmediata con Cristo como es: Hijo del Padre, Portador del Espíritu, Cabeza del Cuerpo Místico» (D. 3-V-1976).

Para adentrarse en esta intimidad con Cristo, José persiste en su actitud orante:

«Lo importante es no dejar la oración prolongada. El mínimo de dos horas y media cada día, y procurando seriamente añadir el retiro mensual» (D. 24-IV-1976).

Busca siempre las primeras horas de la mañana para orar. Al final de su vida, él mismo escribirá que eso ha sido vital para él.

Y junto a la oración, la penitencia. Él ha afirmado con frecuencia que toda cruz libera Espíritu Santo. No la rehúye. En primer lugar, asume las incomodidades y sufrimientos ordinarios, no buscados. En estos años vuelve a experimentar fuertes dolores de columna, que a veces le llevan a recibir tumbado a sus dirigidos. Prosiguen sus dolores de cabeza y padece ruidos en los oídos. Cuando éstos se van haciendo demasiado intensos decide ir al médico, porque estas molestias le dificultan su misión de director espiritual. No sólo no se queja de estos malestares, sino que entiende que, si bien pueden restarle un poco de concentración psicológica, sin embargo le centran más en Cristo. Esto lo aplica a la celebración eucarística: un fuerte dolor de cabeza, por ejemplo, le ayuda a vivir con más intensidad la Misa, porque le pone en comunión más existencial con el dolorosísimo sacrificio del Señor, celebrado ahora sacramentalmente.

Otra fuente de mortificación es la convivencia con su hermana. Acepta vivir en su casa porque ella respeta y comparte los criterios de José y porque está muy cerca del seminario. Pero sus modos de ser le molestan, entre otras cosas porque le dificultan vivir el silencio y la soledad que él desea. Rivera acepta estos inconvenientes de convivencia como pequeña participación en la cruz de Cristo.

Procura también no eliminar otros elementos mortificantes que le depara la vida ordinaria. No se defiende del frío. Cuando sus dirigidos vienen a conversar con él, enciende un brasero eléctrico, pero en cuanto está solo no usa ninguna calefacción. Tampoco elige alimentos. Toma lo que le dan y tal como esté:

La coliflor le repugnaba. Pues bien, un día que una familia sencilla le invita a comer, le ponen precisamente coliflor. Don José come con rapidez y termina pronto el plato. La señora, deseando agradar:
–Se ve que le gusta. Es que es una comida muy rica… Le sirvo otro plato…
–Como usted quiera, responde él.
Al terminar, la señora comenta: Ha comido usted muy bien.
Cuando sale de la casa, Don José vomita.

Otra mañana de invierno, gélida y envuelta en niebla, uno de sus dirigidos viene para conversar con él. Lo encuentra saliendo de la cercana iglesia de Santa Isabel. Es una hora relativamente temprana. Van a la casa para hablar. Llegados allí, Don José entra en la cocina, adonde también le sigue nuestro testigo. Allí Don José abre el frigorífico y se come directamente un plato de lentejas, tal como estaba. El dirigido no sabía si asombrarse más de ese modo de comer mortificado o del hambre que manifestaba y que nacía de sus prolongados ayunos.

Junto a los ayunos y los modos mortificados de comer, estaban las pequeñas privaciones: evitar dulces, no poner azúcar o sal, tomar frío el café en invierno…

Y luego están otras mortificaciones buscadas.

En su despacho instaló una tabla: ésa era su cama; ahí dormía y, en ocasiones, cuando arreciaba el dolor de espalda, tumbado en ella recibía a quienes venían a dirección espiritual. Las mantas eran viejas, muy usadas, y en todo caso buscaba que tampoco hubiese calidez en las horas de sueño. Proponía el ejemplo de san Carlos Borromeo, que dormía sin defenderse del frío.

Tampoco abandona el cilicio. En cierta ocasión en que salía de la casa con prisas para llegar a una reunión de profesores en el seminario, cayó por la escalera, rompiendo con la cabeza un paragüero. Como sangra abundantemente le llevan al médico. Éste quiere reconocerle para evaluar los golpes recibidos. Para ello le manda desvestirse. Y…

–Pero, ¿qué es eso que tiene usted amarrado a la cintura?, exclama extrañado el doctor.
–Ah, nada, un cilicio, responde Rivera con naturalidad.

Así preparaba él las reuniones: oración, cilicio, ayuno.

Con frecuencia repetía la frase del padre Chévrier: el sacerdote es un hombre sacrificado y comido por los demás. José plantea sus días para gastarse por amor. Aunque elástico en los propósitos, he aquí cómo diseña sus días:

«No propongo nada, pero me ocurre que un día bien ordenado podría ser más o menos así: levantarme a las 4. De 4,15 a 6,15 oración. De 6,15 a 9,15 estudio, con el intermedio de afeitado, etc. Luego clase, si hay, o visitas, o estudio y Misa, durante la mañana. De 1,30 a 3, supresión de la comida, lectura y dormitar, si lo preciso, en la mecedora, con café y algo de fruta a lo más. De 3 en adelante visitas, cuidando de sacar vísperas, en un breve intervalo, a su hora. Cuando quede tiempo, cena. Si no hay visita, completas y estudio hasta las 12, hora de apagar la luz» (D. 11-I-1977).

Un mes antes encontramos anotado cómo se desarrolla de hecho una jornada:

«Un día como el de ayer –que no es precisamente excepcional–: oración de 6,30 a 8. Estudio de 8 a 9,15. Clase a las 9,30; charla con un seminarista, Misa y confesión, clase hasta la 1,30. Minutos de charla con seminaristas. Llegada a casa, me echo de 1,45 a 2,30. Tomo café leyendo al P. Doyle, y de 3 a 9,45, charlo con seminaristas y N, sin más interrupción que unos minutos para rezar vísperas. Cena y una hora de estudio hasta las 12. Y me levanto a las 4,15… Y el día de hoy transcurrirá parejamente… He dado por suprimida la comida todos los días, puesto que suelo terminar a la 1,30 y a las 3 comienzan las visitas. Llevo una vida intelectual varia e intensa. Y resisto bienhumorado, y rezo…» (D. 8-XII-1976).

Al día siguiente escribe:

«Madrugo a las 5 […]. La continuidad de la labor no me asusta, ni siquiera me fatiga –y la palabra continuidad no es exagerada–. Dentro de una hora comenzaré a preparar las clases, luego vienen tres seguidos, después la Misa y la visita de JL. Acabará hacia las 2 pasadas, y de 3 a 11 tengo –uno tras otro– cinco seminaristas y Demetrio, acaso con unos momentos de interrupción para cenar… Y algunos minutos intermedios para rezar vísperas» (D. 9-XII-1976).

Como las madres de familia numerosa viven hipotecadas por sus hijos, Rivera vive hipotecado por su prole espiritual. Y sigue soñando con el ideal de toda su vida, que podríamos resumir con estas palabras de Don José María García Lahiguera: «Ser santo, serlo pronto, serlo grande. Con menos no cumplimos».


La llave de la cosecha

Decía el beato Mosén Sol que los seminarios son la llave de la cosecha: si los llamados al sacerdocio son bien formados, se pueden esperar frutos abundantes en la Iglesia, pues éstos dependen en buena medida de la santidad de los sacerdotes.

Salamanca, Palencia, Toledo. Durante gran parte de sus años de ministerio, José ha recibido la misión de formar sacerdotes. Y así será hasta el final de sus días.

Ya Manuel Aparici soñaba con un presbiterio diocesano santo. Su deseo era no suscitar nada nuevo, no fundar un nuevo grupo con un carisma particular, sino vitalizar, con nuevo ardor, con una intensa vida espiritual, lo que viene desde el principio de la Iglesia: los obispos y sus colaboradores inmediatos, los presbíteros. Rivera se sintió siempre en sintonía profunda con esa idea. Ahora, director espiritual en el seminario de Toledo, vive con pasión ese mismo deseo: que vayan siendo ordenados sacerdotes con intenso fervor evangélico.

Para ello busca perfeccionar la formación de los seminaristas. En el verano de 1977, con la colaboración de los sacerdotes Demetrio Fernández y José Luis Pérez, inicia los cursillos de verano. En el seminario se constatan lagunas formativas y además el período vacacional es demasiado largo. Con estos cursillos se ofrece, durante un mes, un tiempo de profundización en la espiritualidad sacerdotal. Se elige un lugar hermoso: el monasterio de Arenas (Ávila), donde descansan los restos de san Pedro de Alcántara, cuyo espíritu impregna toda la casa. En un clima distendido, Rivera y otros sacerdotes invitados van presentando la figura del sacerdote siguiendo los documentos de la Iglesia. Cada día se celebra la liturgia despaciosamente, se imparten dos clases, hay tiempo para la lectura y para la adoración eucarística prolongada, ambiente de descanso y fraternidad, contacto con la naturaleza, deporte… Los seminaristas que participan –no es obligado– lo experimentan como una gracia importante. El testimonio y la predicación de Rivera son decisivos. Dedica muchas horas a la dirección espiritual de unos seminaristas ávidos de su palabra. Sus charlas y sus homilías son un potente haz de luz. Él sigue su ritmo: ora en la noche, cuando no hay nadie en la capilla, no cena nunca, tiene ratos largos de lecturas, que asombran a los seminaristas, tanto por la abundancia como por la diversidad: le ven leer libros de psicología o místicos renanos, estudios de literatura o tratados de espiritualidad, exégesis bíblicas, poesía, biografías, diarios, novelas… Les resulta simpática la figura de un Rivera sin sotana (él que siempre la viste); en efecto, en estos días, en su habitación, se la quita para no ensuciarla con el sudor; los seminaristas, entonces, encuentran otro motivo de edificación: la ropa que lleva bajo la sotana es vieja. Además de lo que tiene de signo, la sotana supone para él la oportunidad de vestir pobremente.

En una convivencia más cercana con él, tienen oportunidad de constatar su permanente ecuanimidad y su buen humor, su capacidad para bromear y para aprovechar el tiempo. Y su desentendimiento de las comidas. Toma lo que hay, sin detenerse a saborearlo. Alguna vez, por este no centrarse en la comida o por positivo deseo de mortificarse, los seminaristas le ven comerse las magdalenas con el papel, o la carne con tendones inmasticables, o la parte en mal estado de una fruta…

A este cursillo también comenzaron a venir sacerdotes dirigidos suyos, que aprovechaban para reponer fuerzas espirituales y físicas.

Deseoso de optimizar la formación de los futuros sacerdotes, elabora esquemas para que sus dirigidos puedan profundizar en el examen de conciencia, en la madurez humana, en la vivencia de los tiempos litúrgicos, en el sentido del estudio, etc.

Sabe transparentar el amor de Dios. Con una afectividad muy libre, que evita apegos a su persona, es cordial sin crear dependencias. Siempre con buen humor y con cierta informalidad, frecuentemente recibía a sus dirigidos bromeando y preguntándoles a voces, mientras subían al piso donde él se encontraba: «Tesoro, ¿quién te quiere a ti?»

Su madurez educaba y hacía posible una relación libre, altamente enriquecedora para los formandos.

«Tenía una personalidad humana impresionante, riquísima, densa, madura, muy equilibrada, firme, apasionada, afectiva, armónica e integrada al summum en su aspecto humano y espiritual. Con gran coherencia entre lo que pensaba, decía y hacía. Con gran vitalidad, no perdía un minuto, aunque parecía que tenía tiempo para todo. Muy inteligente, dotado de una gran memoria y con un alto sentido del humor, sobre sí mismo, lo que se le decía y sobre los acontecimientos y situaciones que vivía. Con un respeto único frente a los que acudíamos a él, escuchaba con paciencia y sin prisa, inspiraba una gran confianza, cosa que facilitaba el diálogo y la confidencia. Era tranquilo, sosegado, benévolo, indulgente y flexible. Nunca fue directivo, controlador, ni imponía nada, sí animaba mucho» (Positio, testigo 44, que además de sacerdote, es psicólogo).

Forma, ante todo, con el ser. Pero también con el actuar, con las iniciativas. En el año académico 1979-80 retoma la experiencia del curso de espiritualidad para seminaristas. Ya le vimos ocupado en ello en 1968-69. Ahora cuatro seminaristas (andando el tiempo, dos de ellos serán obispos) se reúnen en la casa sacerdotal y allí, bajo la guía de Rivera, dedican ese año a profundizar en la oración, en el conocimiento de sí mismos, en diversos temas de espiritualidad… Un curso de alto valor formativo. No es propuesto por el plan de formación del seminario, sino que se debe a la iniciativa de Don José en conversación con estos dirigidos suyos. La experiencia volverá a repetirse en el curso 1981-82, de nuevo como iniciativa de él y de un grupo de once seminaristas (también uno de ellos posteriormente obispo), siempre con el beneplácito del Cardenal, que confía en el «maestro Rivera», como gusta llamarle.

Estos cursos de espiritualidad recargan más su quehacer. Es él quien asume la mayor parte de las charlas –una diaria durante casi todo el año– que versan sobre cuestiones diversas: temas de espiritualidad (oración, abnegación, obediencia…), madurez humana, síntesis de Teología, etc. También la predicación de los retiros mensuales y los ejercicios espirituales. Y además intenta conversar con cada uno de estos seminaristas más frecuentemente.

En el curso 1983-84, de nuevo se retoma el año de espiritualidad. Y a partir de ahí, cuando surja el seminario de Santa Leocadia, lo habrá todos los años.

Quienes lo escuchaban podían percatarse de su extensa y profunda formación cultural, pero no usaba un lenguaje erudito, ni citaba autores de sus múltiples lecturas, precisamente para evitar cualquier alarde. «Todos éramos conscientes del gran bagaje cultural y sabiduría teológica que tenía. Hablaba con seguridad, apasionamiento y convicción, pero nunca le vi jactarse o mostrar sus conocimientos, para que fuera reconocido por los demás por su sabiduría» (Positio, testigo 14).

El trato más frecuente con él descubría a los seminaristas un sacerdote apasionado, afanoso por ser pobre, mortificado, y, a la vez, de buen humor, libre, sorprendente, bromista.

Ya le habían conocido hablando con el perro de la herrería cercana a su casa: «Chucho, qué vago eres, te pasas el día tumbado…» Le escuchaban bromear en las charlas más serias, con anécdotas o chascarrillos. Y les sorprendió en alguna ocasión –él, hombre de ayunos y penitencias– invitándoles a una comida excepcional. Le pidió a la señora que cocinaba que comprara mariscos, vino, buenas carnes… y preparara una comida extraordinaria. Así fue. Él participó y pagó todos los gastos.

Los seminaristas podían acudir siempre a él. Su persona y sus cosas estaban a su disposición. Propiedades sólo tenía una: la biblioteca, bien cuidada, con más de cinco mil volúmenes. Él la hace pública: cualquiera que necesitase un libro, fuera o no seminarista, podía llevárselo. No controlaba usuarios ni tiempos, ni exigía devoluciones. A veces los libros ya no regresaban o eran colocados fuera de su sitio. Rivera disfrutaba de su biblioteca, pero le tenía un cierto apego: nota el pinchazo de un libro desordenado o ausente. Pero, tal como él mismo comenta en su diario, este poner la biblioteca a disposición de todos le trajo a él el fruto de un desapego total, que finalmente culminaría con la donación de todos sus libros al seminario de Santa Leocadia.

Cuidaba también otros detalles. Por ejemplo, profesor del tratado de Gracia y Virtudes, ve que hay un libro del P. Alfaro que podía hacer mucho bien a sus alumnos. El problema es que está en italiano y ellos no lo entienden. Solución fácil: Rivera se queda una noche sin dormir y lo traduce entero, grabándolo en un magnetófono.

Sus dirigidos buscan aprovechar al máximo la sabiduría de este sacerdote, que les resulta extraordinario. Un grupo de seminaristas mejicanos, pertenecientes a una hermandad sacerdotal naciente, se forman en Toledo. Varios se dirigen con él y le proponen que les dé ejercicios espirituales de mes en México. Don José plantea una objeción: «ejercicios de mes» es un método muy concreto y muy valioso ideado por san Ignacio de Loyola. Rivera afirma no ser capaz de dar bien ese tipo de ejercicios; sería mejor proponérselo a un jesuita. Nuestros mejicanos no se rinden: quieren que sea él. Acepta, pero aclara: dará un mes de ejercicios (un mes de predicaciones, oración y silencio), pero no serán los «ejercicios de mes».

La propuesta se concreta en el mes de julio de 1978. Don José toma el avión hacia aquellas tierras americanas. Primera novedad: como en México está prohibido el traje talar, tiene que vestir como seglar. El mes resultó luminoso para los seminaristas. De Don José se recuerda que no hizo turismo. Al llegar le llevaron a la basílica de la Virgen de Guadalupe. Cada semana había un día libre, que él aprovechó haciendo retiro personal, visitando la tumba de Vasco de Quiroga en Morelia y yendo a una librería y a un museo. Terminado el mes, de nuevo al avión.

Durante esas semanas leyó una historia larga de los cristeros y otras obras. Desde allí escribe una carta a su hermana donde le cuenta algunas anécdotas: que come todo con mucho picante y le sienta muy bien, que pierde el billete de regreso, que tiene que comer todos los días tres o cuatro mangos que a él «le saben a diablos»… La carta, impregnada de buen humor, termina así:

«Si tenéis ocasión decir a la Fausti que su próximo viaje lo haga a estas tierras, que el avión es muy cómodo. Sólo que de vez en cuando te dicen con voz un poco gangosa y en tres idiomas: “Pónganse los cinturones de seguridad, para que [en caso de accidente] los cadáveres no se dispersen”. Y a algunos les da miedo. A mí no, porque ya soy grande» (Cta. 23-VII-1978).

Repetirá esta experiencia de ejercicios de un mes cuatro años después en España, en Carrión, con un grupo de sacerdotes y seminaristas. No es el método ignaciano, pero la riqueza y hondura de su doctrina son un torrente de luz para quienes participan en ellos.

El empeño por la formación de los seminaristas se extiende a todas las áreas. A más de uno le pone en contacto con un psicólogo o un psiquiatra para perfilar mejor algunos aspectos de su madurez humana. El curso de espiritualidad 1981-82 sirvió también para que un diácono pudiera aclarar su situación y pedir el paso al estado laical. Sugiere que los seminaristas tengan un día completo a la semana, sin clases, para dedicarlo al estudio personal; sugiere igualmente que haya tutorías para que el estudio pueda hacerse de un modo más personalizado… Y es que para Rivera es muy claro que hay que formar muy bien la dimensión intelectual. El estudio, si se hace bien, es un instrumento que ayuda a adaptar toda la persona a la realidad. Valora mucho el rigor en el lenguaje, buscando que éste sea expresión adecuada de la idea. Y quiere que los seminaristas sean también capaces de usar con rigor su vocabulario. En una ocasión en que un seminarista se queja con él de que en el seminario no tenían tiempo de dialogar, su respuesta sorprende al joven interlocutor: «Para dialogar es necesario tener ‘logos’, porque el diálogo es intercambio de ideas. En vuestra situación podréis parlotear, pero no propiamente dialogar, pues todavía carecéis de ‘logos’, es decir, de pensamiento serio, y, en consecuencia, lo que más os conviene es el silencio y la reflexión».


Plasmado por la Eucaristía

La búsqueda de una vivencia radical del Evangelio va suscitando en torno a José Rivera fuertes adhesiones; son muchos los que descubren en él un verdadero modelo sacerdotal, un guía clarividente y respetuoso, un maestro que ilumina. Pero también comienzan a surgir, en otros, actitudes de suspicacia, de incomprensión, de crítica.

Durante estos años hay otros acontecimientos que hemos de resaltar.

El 1 de febrero de 1978 queda instalado el Santísimo en la casa familiar, donde vive.

Un día, conversando informalmente con el señor Cardenal, Don Marcelo, Rivera comenta: «Sólo envidio una cosa de los obispos: que tienen el Santísimo en casa». La conversación continuó distendidamente por otros derroteros. Don Marcelo no dice nada, pero en ese momento toma la decisión de tramitar los pertinentes permisos para que Rivera pueda gozar de la presencia eucarística de Cristo.

Concedida la autorización, José destina para capilla el lugar más venerable de la casa, la habitación donde murió santamente su hermano Antonio. El despacho donde estudia y recibe queda junto a la capilla, separado de ésta por una puerta. Y detrás de la capilla hay otro pequeño cuarto, donde con frecuencia recibirá también a quienes van a dirección espiritual. Los espacios que use José van a girar en torno al sagrario.

La capilla es muy sencilla. Un pequeño sagrario, una imagen de la Virgen de Montserrat, un cuadro del descendimiento del Señor, un reclinatorio, un sillón y un altar de madera.

Para recibir a Jesucristo en su presencia eucarística Don José dedica las semanas previas a meditaciones y lecturas que le ayudan a prepararse para este acontecimiento.

«Decimos –anota él– que voy a tener oratorio, o sagrario. La verdad es incomparablemente más alta y más gozosa: es que Cristo me va a tener a mí, y va a tener la casa, aunque no sea mía» (D. 5-I-1978).

Si viene Cristo, ha de ser el centro real:

«Liquidar todo aquello que noto me cuesta algo. Me refiero a ciertas cartas, retratos, incluso míos, versos… Dejaré pasar unos 15 días antes de la liquidación efectiva; se trataría de que, al llegar Jesús, no encuentre nada que me atraiga fuera de Él en toda la casa» (ibid.).

El día de la primera Misa en el oratorio le acompañan el vicario general de la diócesis y un reducido grupo de personas. Rivera está emocionado. Uno de los participantes, muy cercano a él durante muchos años, testificará después: «Sólo le he visto llorar dos veces, cuando se puso el Santísimo en su casa dijo unas palabras y lloró de emoción y agradecimiento» (Positio, testigo 13).

La presencia eucarística de Jesucristo polariza su vida en casa. Cuando está solo estudia en su despacho, con la puerta de la capilla abierta, para estar así frente al sagrario. Eso sí, respetuoso, cierra la puerta cuando va a fumar un cigarro, para no faltar a la debida reverencia al Señor.

Cuando recibe dirigidos en el cuarto contiguo a la capilla, separado de ésta por un tabique, Don José tiene viva conciencia de que el sagrario está junto a él, al otro lado de la pared, y así lo comenta alguna vez, para que la persona que viene a dirección espiritual viva también esa atmósfera eucarística y espere de ella gracias abundantes. ¡Cuántas veces habrá recomendado acudir al sagrario, en primera instancia, cuando hay una oscuridad, un problema, una duda…! Él, prisionero bajo la apariencia de pan, es la luz. De Él hemos de esperar la claridad y la fortaleza. Se ha de acudir a mediaciones sólo en la medida en que Él quiera usarlas.

Para Rivera la instalación del Santísimo en casa significa «una fecha literalmente cumbre en mi vida» (D. 10-II-1977). Y cada año, agradecido, hará conmemoración de ella.

Aunque un poco larga, leamos una reflexión –entre otras muchas sobre este hecho– que escribe en su diario al recibir este don:

«Zaqueo, pecador, trata de ver a Jesús; pero era bajo de estatura. Hace años que trato de conocer a Jesús sin apenas distinguirle. No alcanzo a su humanidad: mucho menos a su personalidad divina. Y Jesús me ha dicho: hoy tengo que alojarme en tu casa. Ciertamente lo ha dicho Jesús. Yo ni lo he pedido. Lo ha dicho inspirando al Obispo, fuente de la vida en la diócesis. Él me lo ofreció en nombre de Jesús mismo. No por mérito alguno; por pura misericordia. Porque Jesús es la manifestación del amor de Dios a cada uno de todos los hombres. Y por eso viene a alojarse a la casa del pecador. Porque ha venido a buscar lo que estaba perdido; a salvarlo. Por ello tenía que venir. No de paso, sino a instalarse aquí, a hacer suya la casa, pues la salvación no es operación de un momento, sino de mi vida toda. Y yo estaré siempre, como estoy, a pique de perderme. «Hoy ha sido la salvación de esta casa». Un hoy permanente, una permanente salvación. Inmediatamente se convierte Zaqueo. Yo tardaré mucho más en convertirme… Pero la salvación se está realizando ya […]

La comunión realiza lo que significa. He de esperar –y lo contrario sería pecado, y muy grave– que esta comunión, esta convivencia real produzca la convivencia personal, total con Cristo. Y no puede ser, sino porque yo me deje mover íntegramente por Él. Han de quedar suprimidas toda clase de iniciativas mías. Como mi cuerpo no tiene sino un alma que lo vivifica, mi personalidad no puede tener sino un principio vivificante, que es Jesús, el Esposo. He de pensar con su pensamiento, y querer con su voluntad, y sentir con su sensibilidad, y amar con su afecto, y actuar con su energía. Es seguro que Él lo quiere así, y Él es todopoderoso…

Por ello, salvo unas ciertas necesidades impuestas por Él mismo, como creador mío, todas las tendencias han de irse apaciguando, enervando, muriendo a todo lo que no es Él mismo» (D. 11-II-1977).

Varios años después su diario nos revela que el joven Rivera había pedido ser, de algún modo, mártir de la Eucaristía. Entiende que Dios se lo va concediendo, no por derramamiento de sangre, sino porque la presencia de Cristo en el sagrario le impulsa a la penitencia, de tal modo que ésta va desgastando su vida corporal:

«El misterio de la presencia eucarística se me impone raudamente: repugnancia a alejarme de Jesucristo presente en ella. La certeza, continuamente operante, de que tal presencia corporal de Jesús suscita mi presencia corporal frente al sagrario […]. No puedo olvidar –¡porque Él no lo olvida, nada olvida!– que allá muy lejos, hacia los 19 o 20 años, pedí a Don Anastasio ofreciera una Misa pidiendo para mí la gracia del martirio por la eucaristía. Ignoro si tal ruego habrá sido escuchado, de manera que materialmente sufra la muerte por alguna causa explícitamente, ostensiblemente «eucarística». En todo caso, la destrucción lenta en vigilias, insomnios, ayunos… siempre por esta causa…» (D. 21-VI-1984).


Esperar lo inesperable

Decíamos que en estos años suceden diversos acontecimientos relevantes. Hemos querido destacar la presencia eucarística en la casa familiar que habita porque para él ése es el gran acontecimiento. Simultáneamente tienen lugar otros hechos que –destacados para la sociedad– tienen mucha menos incidencia en el corazón de Rivera.

El 20 de noviembre de 1975 ha muerto el general Francisco Franco y España inicia un período político de transición hacia la democracia. Sin duda, estamos ante un hecho histórico de gran relevancia. En cambio Don José apenas hace alusiones a ello. Más aún, cuenta el psiquiatra Rafael Sancho que la noche en que Franco estaba agonizando, ellos dos tuvieron una reunión para intercambiar pareceres sobre algunas personas que acudían a ambos. Al acabar la reunión, bien entrada la noche, el doctor quiso acompañar a Don José hasta su casa. En las calles había una discreta, pero inhabitual, presencia policial. La gente estaba pendiente de la noticia. Pues bien, Don José caminaba pareciendo ignorar la situación, sin el menor comentario al respecto, hablando y perfilando un poco más alguna de las cuestiones tratadas en la conversación previa. Centrado en lo que Dios le encomendaba; en aquello en que realmente tenía algo que decir o hacer. Muy propio de él este no ocuparse sino de lo que es misión suya y desentenderse de conversaciones vanas.

Cuando tiempo después le preguntaban qué le parecían los políticos, respondía con sorna: «Ninguno se dirige conmigo». Y zanjaba así una cuestión que, en el mejor de los casos, sería inútil, y posiblemente podría prestarse a murmuración.

En este tiempo de transición política se elaboró y se sometió a referéndum una nueva constitución, que resultó aprobada por amplia mayoría. Este hecho sí hizo mella en el ánimo de Rivera, tal como él registra en su diario. No puede entender que el pueblo español apruebe un documento de este estilo, donde no se reconoce a Dios o se define ambiguamente el derecho a la vida, dejando la puerta abierta al aborto. Le dolió ver que los españoles fueran tan poco perspicaces y tan manipulables y aceptaran unas reglas de comportamiento que, al menos en algunos puntos, son inconciliables con la visión cristiana de la vida.

La Iglesia vive también su «transición». El 6 de agosto de 1978 muere el papa Pablo VI. Tras el pontificado de 33 días de Juan Pablo I, el 22 de octubre de este mismo año tiene lugar la solemne ceremonia de inicio de pontificado de Juan Pablo II. La Iglesia, muy zarandeada durante más de una década, parece recobrar, de la mano de este pontífice entusiasta y audaz, el gozo y la seguridad que nacen de la esperanza.

En este mismo año de 1978, en febrero, ha muerto el obispo de Palencia, Don Anastasio Granados, a quien Don José ha tenido tanto tiempo como director espiritual.

El 9 de septiembre de 1979, mientras dirige una tanda de ejercicios en Cuenca, Rivera redacta su testamento. No es un documento legal, sino un folio con varias indicaciones para después de su muerte. La herencia no puede ser más exigua: la máquina de escribir, sus ropas, los retratos y estatuillas que adornan la biblioteca… Entresaquemos algunas frases:

«Mi cuerpo: está ofrecido a la facultad de Medicina de la Universidad Complutense para los trabajos de disección de los alumnos […] Mis ojos están ofrecidos el Banco de ojos. […]
Casa no poseo […]
Los libros: los considero propiedad de la diócesis, no mía. Por tanto deben ser puestos a disposición del Obispo […]
Dinero: es seguro que no quedará nada. Salvo que la muerte me sorprendiese recién recibida la paga» (Texto original mecanografiado).

Cuando redacta este testamento todavía no ha cumplido 54 años. Aunque siempre le gustará bromear afirmando que va a vivir hasta los 104, la verdad es que tiene un sentido claro e intenso de la fugacidad de la vida, y experimenta que, si bien es un hombre muy vigoroso, sus capacidades físicas van descendiendo. Especialmente notable en él es el cansancio, producto de una entrega consciente a los demás, con la intención de no reservarse nada, sino de gastarse enteramente por ellos. Él, que en su día aconsejará a uno de sus dirigidos «aprender a vivir cansado», anota ahora en su diario, con cierta frecuencia, su sensación de cansancio, que, sin embargo, no le impide entregarse a las tareas encomendadas. Más aun, éste se convierte en un ingrediente que fecunda la obra sobrenatural.

Un texto, entre varios:

«Anoche me quedé dormido haciendo la lectura, y ni siquiera sé cómo apagué la luz. He despertado a las 3,15, con un cansancio indecible, vestido y calzado… Y he vuelto a despertar a las 5,30 con el mismo agotamiento» (D. 20-IV-1977).

En noviembre de 1979 recibe el nombramiento de capellán del convento de dominicas de Jesús y María. Allí, además de las monjas, comienzan a participar en la Misa otras religiosas y laicos, que quieren beneficiarse de sus luminosas homilías. Algunos aprovechan para confesar e iniciar dirección espiritual con él.

Precisamente de estos tiempos de capellán son algunas anécdotas que revelan su cansancio:

Mientras predica se queda dormido, pero sigue hablando y, al despertar instantes después, continúa con normalidad lo que estaba diciendo.

En otra ocasión se desmaya. Las monjas y quienes están en la capilla, asustados, no saben qué hacer. Uno de los asistentes es el doctor Sancho, colaborador y buen conocedor de Don José, que inmediatamente diagnostica y da el tratamiento adecuado: «Denle de comer porque lo que sufre es ayuno acumulado». Así lo hacen. Tras recobrar el conocimiento le sirven los alimentos preparados e inmediatamente el «enfermo» se recobra.

Como es habitual en él, todo lo vive con un tono de gozo desbordante, de esperanza firme.

Y es que «no hay nada –¡ni pecado!– poderoso a desalentar al creyente. Él lo tiene ya todo vencido… Y cuando uno se experimenta enervado, entonces es realmente fuerte. Mi esperanza no puede apoyarse hoy en sentimiento propio ninguno, sino puramente en Él. Motivo de más para esperar lo inesperable» (D. 30-III-1977).


Solícito del bien espiritual

La misión de director espiritual de los seminaristas le llevaba, como hemos visto, a una entrega generosa a ellos. Su obediencia a la misión encomendada le impulsaba a buscar más y mejores caminos para la formación. Por esa fidelidad a la misión se siente llamado a seguir acompañando a los seminaristas cuando ya son ordenados sacerdotes. Él sabe que los primeros años de ministerio son muy importantes, y que la dirección espiritual es una ayuda valiosísima. Por eso, en estos años irán surgiendo iniciativas que mantiene hasta su muerte.

En primer lugar, la disponibilidad para la dirección espiritual. Si bien no es aceptado, e incluso criticado, por diversos sacerdotes, otros descubren en él un guía lúcido y le piden su ayuda. El número de éstos irá creciendo progresivamente. Se dirigirán con él, de forma asidua, no menos de cincuenta sacerdotes. Además, otros acudían de forma esporádica. Con frecuencia les dedicaba horas nocturnas, sin prisas, cuando ellos terminaban sus quehaceres pastorales. En los últimos años, tras pedir indicaciones a su obispo, Don José da mayor prioridad a los sacerdotes, no aceptando nuevas direcciones de laicos o religiosas y suprimiendo otras posibles tareas. Normalmente recibe a los sacerdotes en la casa familiar, donde vive, pero ya a partir de 1983 comienza a desplazarse él mismo a diversos pueblos para visitarlos. En parte para facilitar la dirección a aquellos que viven lejos, pero también para encontrarse con otros que, aun teniendo confianza con él, tienden a postergar indefinidamente estas conversaciones de acompañamiento espiritual. Para estas visitas usa transporte público o le lleva en coche particular algún sacerdote, casi siempre Claudio García. Los sacerdotes lo acogen con gozo, agradeciendo la solicitud que muestra por ellos. Precisamente el infarto que le llevó a la muerte le sorprenderá yendo a encontrarse con cuatro sacerdotes jóvenes para impartirles una charla y recibirles en dirección espiritual.

Esta solicitud por la santificación de los sacerdotes le llevó a ofrecerles retiros de manera sistemática, pues muchos de sus dirigidos buscan tiempos más prolongados y silenciosos. En ellos escuchan la predicación profunda y fogosa de Rivera y disfrutan de una dirección espiritual sin prisas. Dada la extensión de la diócesis de Toledo, Don José los ofrecerá en tres lugares, facilitando así la participación de los sacerdotes. Estos días son muy intensos para él. Viaje, predicación, conversación sin prisas con cada uno… La noche se dedica a la adoración y a la dirección espiritual. Rivera apenas duerme.

Y no se limita a la diócesis de Toledo. Invitado en varias ocasiones a dirigir los ejercicios espirituales en el seminario de Sigüenza, algunos de sus seminaristas inician una relación más estrecha con él. Una vez ordenados, también ellos tienen mensualmente su retiro y su dirección espiritual con Don José.

Además, anualmente comienza a ofrecer una o dos tandas de ejercicios espirituales. La experiencia de los organizados por la diócesis es insatisfactoria para bastantes sacerdotes: pocos días y poco silencio. Cada verano Rivera predica una tanda de diez días, en un clima de oración y silencio profundos. Para los que no pueden asistir a ésta, ofrecerá con frecuencia otra semana. También éstos son días muy intensos para él. Tiene dos predicaciones y una homilía larga. Los sacerdotes tienen confianza y le buscan continuamente para hablar. Cada día son muchas horas de conversación, en las que cada uno se siente acogido como si fuera el único. A veces acuden también personas de fuera para la dirección espiritual. Don José no parece cansarse, aunque al inicio de cada predicación se le suele notar cierta fatiga. Pero son sólo unos instantes. En seguida su palabra fluye con vigor, brota de su boca como la lava del volcán: ardiente, abundante, incontenible, capaz de arrasar los obstáculos que el Maligno siembra en los corazones. La suya –como palabra en la que va contenida la Palabra– es creadora. Sobre todo de esperanza. Nace de la sobreabundancia del corazón, sin necesidad de largas y sesudas reflexiones. De hecho nunca lleva escrito lo que va a predicar, ni siquiera un guión.

No muestra afán de convencer, ni se le ve buscar la eficacia, ni manifiesta afán por controlar o constatar frutos. No le preocupa el número de participantes. Su palabra irrumpe como un acontecimiento.

Lógicamente no todos aprovechan sus enseñanzas con la misma profundidad. Incluso alguno de sus dirigidos abandonará el ministerio. Pero nada le desalienta, todo es una invitación a una esperanza cada vez más teologal:

«Toda experiencia de fracaso, personal o pastoral, es de cierto, una invitación a la confianza, que, por carecer de bases naturales, será más pura, más eficaz» (D. 20-IV-1977).

Su solicitud por el bien espiritual se manifiesta también en la atención a laicos y religiosas. En 1978 constata que, además de los sacerdotes y seminaristas, hay más de un centenar de personas que se dirigen con él. Éstos, a su vez, suelen traerle a otros para conversaciones puntuales. Dada la forma de dirección empleada por Rivera –dedica una hora a cada individuo– la tarea es ingente.

Como hay personas bien dispuestas, deseosas de recibir formación, que no encuentran alimento espiritual en otra parte, Don José inicia unas charlas semanales sobre temas de espiritualidad. Otro año lo dedica a comentar el evangelio de San Juan. Y además surge la iniciativa de retiros al inicio de los principales tiempos litúrgicos. En la casa de ejercicios de Toledo se congregaba un nutrido grupo de laicos, y algunas religiosas, que dedicaban al menos una tarde para prepararse a vivir con mayor fruto estos tiempos fuertes de la Iglesia. Rivera elabora un esquema que entrega a cada persona para que pueda seguir las predicaciones y pueda tener después una ayuda para ahondar en el sentido del tiempo litúrgico. En estas jornadas solía colaborar algún sacerdote, dado que son muchos los que buscan el sacramento de la confesión.

Además de los retiros en los tiempos litúrgicos fuertes, laicos y religiosas hacen ejercicios espirituales cada año con él. Las religiosas, de varias congregaciones, tienen en verano una semana. Los laicos los organizan en tres épocas: los más largos, también una semana, en verano; en torno a la fiesta de la Inmaculada y a la de San José, aprovechando la acumulación de días libres, el retiro suele ser de cuatro días. Son jornadas en las que Don José es asediado, pues muchos buscan esclarecer con él su situación particular. Muchas horas de conversación. Siempre ecuánime, paciente, acogedor. Cada persona es tratada con caridad exquisita. Y en las noches, oración y lectura.

Muy ocupado durante el curso académico, los veranos le quedan más libres: los seminaristas están de vacaciones. Durante esos meses predica ejercicios espirituales por toda la geografía española, de manera prácticamente ininterrumpida: acaba una tanda, día de viaje, inicio de otra.

Alguna vez ha comentado cómo discernía si tenía que asumir o no estas predicaciones. Por febrero empezaban a llegar peticiones. Él se examinaba a sí mismo: si sentía deseos de quedarse en Toledo para entregarse a la oración y al estudio, decidía aceptar la petición de predicar. Si no sentía ese deseo de dedicarse más a la contemplación –raramente sucedió esto– no aceptaba. Miles de veces ha repetido un principio de san Gregorio Magno: «Hay que dejar el gusto de la contemplación por el trabajo de la acción». Él usaba este principio como clave de discernimiento para sí mismo.

Eran sobre todo congregaciones religiosas las que solicitaban sus servicios, pero también sacerdotes de diversas diócesis. Su modo de predicar, seguro, profundo, rotundo, no dejaba indiferentes a los oyentes, ante los que hablaba con inmensa libertad, propia de quien vive del juicio de Dios. Así, por ejemplo, una vez que tenía concertada una semana de ejercicios para sacerdotes de una diócesis, le llamó unos días antes el vicario general para prevenirle:

–Tenga en cuenta que el señor obispo ha decidido estar en los ejercicios.

Respuesta de Rivera: –Comprenderá usted que estoy acostumbrado a predicar ante nuestro Señor Jesucristo; así que la presencia o ausencia de un obispo poco puede influirme.

Por el bien espiritual de los demás sigue escribiendo cartas a personas que se dirigen con él. Y por esa misma razón continúa publicando, con José María Iraburu, los Cuadernos de espiritualidad, que en 1982 desembocarán en el libro Espiritualidad católica.

En una parte de la casa familiar, tanto él como su hermana, posibilitaron que pudiera vivir un matrimonio. El esposo, Antonio Salinero, era nieto de la que había sido su niñera. El influjo de Don José contribuyó poderosamente al crecimiento de la vida cristiana de este matrimonio y de los nueve hijos que trajeron a este mundo. Como su condición económica no era holgada, Rivera, solícito del bien integral de la persona, se preocupaba de buscarles ayudas económicas, de manera que no les faltara lo necesario. Pero también, con mayor interés, atendía su vida espiritual: les confesaba, les orientaba, les sugería lecturas… Y, en el caso del marido, buscaba horas tempranas para que pudiera recibir la comunión:

«Como yo no podía asistir a Misa por el tipo de trabajo que tenía, no entendía que no pudiera comulgar diariamente; entonces, al ser nombrado Don José adscrito a la parroquia de San Andrés, nos acercábamos todas las mañanas a las 6 a la iglesia de San Andrés, me daba la comunión y hacíamos media hora de oración.

Desde que tuvo el Santísimo en casa, ya no era adscrito a San Andrés, celebraba la Misa a las seis de la mañana para que yo me pudiera beneficiar de la Eucaristía» (Positio, testigo 13).

Rivera tiene muchas motivaciones para gastarse por el bien espiritual de los demás. Recojamos, con sus ideas y sus palabras, dos de ellas:

Todos estamos llamados a metas sublimes. Nuestra colaboración, sobre todo nuestra esperanza, contribuirá a que muchos puedan alcanzar la grandeza para la que fuimos creados:

«Confiar intensamente; rechazar más que cualquier otra cosa, las tentaciones de desmayo, o incluso del desinterés que engendra la desconfianza, respecto de mí y de los demás, de todos, de cualquiera. Podemos llegar a cumbres jamás conjeturadas por hombre alguno; estamos llamados eficazmente a elevaciones incomparablemente más sublimes de cuanto pensamos» (D. 18-X-1972).

El ver que el amor de Dios no es acogido espolea con fuerza la solicitud pastoral:

«Voy a que el asunto es urgente; a que la gente está sufriendo horrendamente, a que se dañan unos a otros, aun sin mala voluntad positiva, a que, digan lo que digan muchos hoy, hay multitudes que se encaminan alegremente, inconscientemente al infierno […]

Pero urge, urge. Porque el amor de Dios se pierde sobre nosotros, y porque los hombres se pierden a millares sin Dios. Y cada persona que es santa, recoge ese amor divino y lo proyecta –con Cristo– sobre multitudes de una manera eficaz, salvífica» (Cta. 18-XI-1974).