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Formador de sacerdotes

El 15 de octubre de 1956, después de celebrar una boda, José deja Totanés. Físicamente no puede más. Como hemos recordado con palabras suyas, siente dolores intensísimos, no inferiores a los que produciría un cáncer. Le han diagnosticado «dislocamiento general de vértebras, de origen congénito». No es posible tratamiento quirúrgico, y el que se le va a aplicar es sumamente doloroso.

El ejercicio visible del ministerio va a quedar momentáneamente paralizado. El apostolado en Totanés, tan fecundo, parece quedar frustrado. ¿Pérdida?, ¿fracaso?... José vive arraigado en la realidad en unos niveles más hondos. Y por eso puede hacer otra lectura de la contradicción que parece ser esta enfermedad:

«Me parece cada vez más que hay que unirse a Cristo en auténtica soledad, en no buscar comprensión en nadie, siendo feliz porque Él nos comprende. La gente no entiende esto, pero lo he pasado muy bien cuando he estado solo, lleno de dolores, en Totanés, en Toledo o en Madrid. Cualquier cariño humano se harta de atenderte, pero Cristo no se cansa de fortalecerte y sin embargo a Él le ha costado mucho más que a nadie.

La gracia actúa en secreto, muchas veces casi contra nosotros mismos, sin que nosotros mismos lo advirtamos. Lo que nos parece una época perdida puede ser muy bien una época de gracias, como el invierno es la época en que el grano germina bajo tierra. Todo se reduce a creer y esperar con amor» (Cta. XI/XII-1956).


Dejarse hacer por la Providencia

Cuando estaba en Totanés, José se preguntaba si era éste el lugar más adecuado para vivir su sacerdocio. En una carta a su director espiritual le planteaba su parecer: tal vez sería más santificante para él ser enviado a un destino donde hubiese más soledad, más incomodidad, más humillación, a la vez que más posibilidad de estudio. José se veía a sí mismo muy distante del nivel espiritual que debería tener para pastorear el pueblo encomendado. Eso le produce incertidumbre y sufrimiento. A la vez crecen los dolores físicos. Dócilmente se confía al consejo de su director. Leamos algún párrafo de una carta escrita unos meses antes de salir de Totanés:

«Pienso que la santidad consiste siempre en una entrega completa y, por tanto, extrema. El temperamento cualifica la santidad, da el aspecto exterior, el estilo que sensibiliza la fe y el amor. De ahí que tendré una manera particular de entregarme a Dios extremadamente […].

Testimonio de una vida pobre, casi carente –en cuanto sea posible– de elementos naturales, materiales, afectivos, exceptuando por el momento los instrumentos de estudio, que indudablemente me acercan a Dios. Una vida en que Cristo ocupe inmediatamente el centro, en que sea el único que consuele, aliente, solucione los problemas económicos, intelectuales, afectivos… Que demuestre al mundo que con Cristo solo, sin más, se vive feliz. Todo aumento de pobreza, de soledad, de estudio, de incomprensión –o al menos de no sentirme comprendido, lo cual sin embargo me duele– me acerca a Cristo. Estos días aquí solo estoy sufriendo dolores realmente muy fuertes y eso me une mucho más a Cristo […]

No soy capaz de no entregarme y mi concepto del párroco es estrictamente el de un padre, que no puede no estar entregado […] Estar de pastor, sin serlo de verdad, sin poderlo ser, sin saberlo ser, produce fuerte choque psicológico.

El Papa habla de la angustia perenne del cura por las almas en pecado de su parroquia. Le aseguro que eso lo siento –aunque todavía poco– suficiente para no poder descansar.

Un moribundo no es un alma a quien tengo obligación de asistir ofreciéndole los medios suficientes para que se salve; es un hijo con quien deseo estar y a quien deseo ayudar con todas mis fuerzas, para que no muera para siempre. Me parece incomprensible la pregunta de si habiendo un enfermo grave se puede uno marchar del pueblo. Un padre –un corazón de padre, que participa de la paternidad divina– no puede dejar a un hijo moribundo a riesgo de que tenga menos cielo. Pero esto produce un desgaste y supone una preparación muy profunda.

Tengo conciencia de que estoy muy mal, pero deseo intenso de estar muy bien. Quiero ser santo a costa de lo que sea…» (Cta. V-1956).

Dios providente da respuesta a estas inquietudes. Unos meses después de escribir esta carta, la situación física, insostenible, le obliga a dejar la parroquia. El 15 de octubre, entre fuertes dolores, se marcha de Totanés. El 17 de ese mismo mes operan a su madre de cáncer. Hasta diciembre él ha de permanecer en Madrid, sujeto a tratamiento médico muy doloroso. El sufrimiento le une a Cristo.

Uno de esos días le examina un médico, que siendo muy bueno, no acertaba con el diagnóstico ni le rebajaba el fuerte dolor. Un familiar de José, compadecido por lo que éste sufre, le insta a decir «una mentira piadosa», exagerando el dolor para que el médico intervenga de modo más efectivo.

José contesta a su familiar: –¿Cómo quieres que diga mentiras?
Éste le responde con un refrán: –«Una mentira bien compuesta mucho arregla y poco cuesta».
José replica de modo inmediato: –No estoy dispuesto a pecar para que se me rebaje el dolor.

Para la fiesta de la Inmaculada, los dolores han remitido bastante y el enfermo es enviado al domicilio familiar, donde debe seguir un tratamiento riguroso, que incluye una vida muy ordenada y con mucho reposo. Dado que sus superiores expresan el deseo de que sea cuidado, él se somete dócilmente, asumiendo un horario absolutamente inusual en él:

«Llevo una vida ordenadísima –escribe en carta a su hermana Ana María–, pacífica y amable. Me despierto a las 7, rezo hasta las 9, desayuno y rezando y estudiando –primero en la cama, luego levantado– llego hasta las 2. Como con tus padres, hago 2 horas de reposo, una leyendo y otra estudiando o rezando, me levanto, estoy con tus padres hasta las 7 y media o poco antes, y a rezar y estudiar hasta un poco antes de las 10, me acuesto, rezo…, hago el examen, leo algunas cosillas, ceno y a las 11 cierro» (Cta. 22-XI-1956).

Si bien se presta dócilmente a llevar este horario de convaleciente, interiormente se va radicalizando en sus posturas. En esa misma carta subraya: «Mi extremismo no tiene traza de amainar y cada vez soy más fervoroso partidario de las cuevas». Se refiere a su deseo de estar con los pobres que en ese momento vivían junto al río en viviendas míseras o en auténticas cuevas.

Y continúa sus reflexiones:

«Cada vez entiendo menos cómo puedo yo darme un gusto material mientras Cristo padece hambre o sed o duerme en el suelo. Y si los pobres lo administran mal, procurar enseñarles a que lo hagan mejor, pero sin tomar su incultura por pretexto para tranquilizar mi conciencia con una vida cómoda […] Si yo estoy enfermo, ¿por qué gastar en mí y no más bien dar a un enfermo pobre el dinero? ¿es eso suicidarse?, ¿no dice Cristo cuando va a morir que nadie tiene mayor caridad que el que da la vida por sus amigos?» (ibid.)

En estas semanas experimenta una mejoría enorme en la relación con su padre. Ciertamente el cambio ya había sido notorio en la época de seminarista, pero ahora José siente que se le quitan las escamas de sus ojos y descubre con una intensidad muy fuerte que Jesús está en su padre. Constata interiormente –y se percibe en el exterior– que ahora se acerca a él sin tensiones, sin el temor que experimentaba antes, sin afán de afianzarse frente a él. Ahora siente y refleja cariño y alegría. El Señor está sanando antiguas heridas.

Pasado el mes de septiembre, el enfermo se siente mucho mejor. El plan providente de Dios le va a alejar de Toledo; en primavera –como si el grano sepultado en el invierno del sufrimiento quisiera germinar ahora– va a ser enviado a Salamanca. Mientras llega ese día, José retoma la actividad: da tres tandas de ejercicios seguidas a chicas, ejercicios individuales a una persona, otra tanda a chicos en la parroquia de Villacañas… No puede callar quien ha contemplado al Verbo.


Para unirse a Cristo

Con 31 años de edad José vuelve a la ciudad donde fue seminarista, Salamanca. Y al Colegio donde residió, «Santiago», más tarde llamado «El Salvador», fundado por la Conferencia Episcopal en orden a las vocaciones tardías. Allí está como rector Don Ignacio Zulueta, y como director espiritual, Don Javier Alvarez de Toledo. Rivera llega para colaborar en la dirección espiritual de los seminaristas en la primavera de 1957, cuando faltan pocos meses para finalizar el año académico. Pero en septiembre, Don Gaspar Vicente, rector del Colegio Hispanoamericano de Guadalupe, sacerdote de gran celo, que conoce y aprecia a Rivera, pide, y consigue, que éste pase a colaborar con él en la dirección espiritual de este Colegio.

Estos son años de gran afluencia de vocaciones. Muchas de ellas provienen de Acción Católica, que vive tiempos de gran entusiasmo. Al Colegio de «El Salvador», se ha añadido el «Hispanoamericano», de la OCSHA (Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana), también dependiente de la Conferencia Episcopal. Acoge a seminaristas de diversas Diócesis que desean ir a Hispanoamérica una vez ordenados, y también a seminaristas procedentes de la América hispana que quieren estudiar en Salamanca. Entre ambos Colegios Mayores, adscritos a la Universidad Pontificia, hay mucha comunicación y muy buena relación. Entre los alumnos se difunde mucho la espiritualidad del padre Chèvrier, en una búsqueda de radicalidad evangélica.

Cuando José inicia su ministerio en el Colegio «Hispanoamericano» hay tan sólo veinte seminaristas. Pero el número se acrecentará muy pronto. A este Colegio afluyen candidatos de toda España que quieren prepararse para servir un día como sacerdotes misioneros en tierras americanas. También se empieza a recibir a alumnos que vienen de Hispanoamérica buscando aquí una formación de mejor nivel. Para muchos de ellos José será un referente, cuyo recuerdo constituirá un estímulo toda su vida. Como comenta un formando de aquella época, muchos le veían ya en estos momentos como un «gigante» de la vida espiritual, como un testimonio de una síntesis vital de teología y espiritualidad, vivida desde una profunda radicalidad evangélica.

Poco antes de iniciar este ministerio, escribe a su hermana:

«De mí ya veo que lo sabes todo; que voy a Salamanca […] Yo por dentro no tengo novedades. Sigo igual que siempre. Voy a Salamanca con ilusión, pero no tanto de hacer algo, cuanto de vivir solo recogido con Cristo, estudiando» (Cta. II-1957).

Así es como Rivera plantea su ministerio; ya ore, ya estudie, ya converse con alguien… el objetivo es unirse con Jesucristo. De ahí brotarán tareas e iniciativas diversas y fecundas. Pero lo que no nazca de ahí y no conduzca a esa unión con Él, es vacío, apariencia, esterilidad.

Dada la buena relación existente entre los dos Colegios, sus respectivos rectores encuentran el modo de que ambos puedan beneficiarse del servicio sacerdotal de José. Si bien vive en el «Hispano» y atiende a los seminaristas que residen en él, también confiesa y dirige a no pocos de «El Salvador», que vienen hasta el «Hispano» para conversar con él. Y, además, al menos un día cada semana, él mismo va hasta «El Salvador» para impartir charlas formativas, especialmente sobre el estudio de la teología, aclarar dudas, confesar… Y no faltan retiros y charlas a jóvenes de Acción Católica, que quieren beneficiarse de su magisterio.

El se encuentra contento. Aunque con alguna objeción. Así, recién llegado, escribe:

«Yo aquí estoy cómodo, aunque echo de menos la austeridad y dureza del pueblo; esto resulta bastante burgués. Por lo demás, la función de director espiritual me gusta mucho y la gente responde bastante bien» (Cta. V-1957).

Su ministerio alcanza también a otras personas que ha conocido y tratado en etapas anteriores. A Totanés no volvió. Como tampoco se inmiscuyó en la parroquia de Santo Tomé. Pero sí continúa atendiendo por carta a personas que en su día quisieron confiarse a su dirección espiritual. La correspondencia es abundante. Especialmente con su madrina, con la cual ha cambiado el signo de la relación: ahora es ella quien consulta a José, viendo en él una luz segura y muy esclarecedora.

Sigue insistiendo –característica de toda su vida– en la llamada a la santidad, en la necesidad de ser santos; en que éste es el único modo normal de ser cristianos y, en el caso de los seminaristas, la única forma justa de responder a la vocación sacerdotal. Su palabra y su testimonio son un poderoso estímulo. Dejemos que nos lo describa un seminarista de aquellos años:

«Le vi como un sacerdote muy piadoso, con alta e intensa vida de oración (quitaba horas a su sueño para poder hacerlo), con inmensos deseos de santidad, a la que a todos nos animaba, muy obediente a los obispos y a la Iglesia, trabajador y estudioso al máximo, siempre dispuesto a atender al que se lo pedía y en cualquier momento, gran testigo en su austeridad, vida mortificada y pobreza […]

Su labor allí [se refiere al Colegio Hispanoamericano] era impresionante. Su gran preocupación era formarnos espiritualmente, insistiendo en la llamada a la santidad, entre otras cosas, y a ello se dedicaba con su palabra, su atención personal asidua y su gran testimonio. Su celo era tan increíble que nos atendía incluso en medio de los dolores de columna que padecía. No noté en él, a pesar de la gran cercanía que teníamos, ningún tipo de altibajo en su fervor y celo, y menos aún algún signo de tibieza. Recuerdo que varias veces me atendió necesitando recostarse en cama, a causa de sus grandes dolores» (Positio, testigo 44).

Y otro alumno de aquella época, posteriormente obispo, resume de la siguiente manera su percepción de quien fue su director espiritual en estos tiempos salmantinos:

«En síntesis, puedo afirmar que era verdaderamente “un hombre de Dios”, en tensión constante hacia la santidad, plenamente convencido de la radicalidad del Evangelio, apasionado por Jesucristo y por su Iglesia, dispuesto siempre a servir, desprendido de las cosas materiales hasta el heroísmo, alegre y de buen humor, a pesar de sus limitaciones y enfermedades físicas» (F. ARIZMENDI ESQUIVEL, José Rivera, director espiritual, y su repercusión en Hispanoamérica,en AAVV, José Rivera, un sacerdote diocesano, Toledo 2004, 193).


Oración prolongada y tranquila

Un día, cuando ya lleva casi cuatro años en Salamanca, le sorprendemos en esta conversación con una señora:

–He pasado una noche muy mala; he dormido poco –le está comentando ella.
–¿Por qué? –pregunta Don José.
–Porque mi niña estaba enferma y he tenido que levantarme varias veces.
–Pues yo no me he acostado ¬–le dice Rivera.

La señora, sorprendida, le pregunta la causa. Y él, con toda confianza, se la explica:

Porque yo no tengo un hijo, sino 70 (ése era el número de seminaristas que se dirigían con él); tengo que hablar con cada uno y además estudiar… Sólo me queda la noche para rezar.

José sigue siendo un hombre de oración abundante. No sólo durante el día, sino, sobre todo, robándole horas a la noche. Acerquémonos a algún testigo y a su diario:

«Me acuerdo que ya en el seminario de Nuestra Señora de Guadalupe, en Salamanca, a pesar de ser nosotros más jóvenes, era el último en dejar la capilla, nunca supimos hasta qué hora estaba, y el primero en estar en ella, sin saber cuándo llegaba» (Positio, testigo 44).

Este testimonio de vida de oración estimulaba a los seminaristas:

«Casi sin palabras, nos contagiaba de su oración prolongada y tranquila, pues era muy normal encontrarlo largas horas en la capilla, de noche y de madrugada» (F. ARIZMENDI ESQUIVEL, op. cit., 197).

Y es que no en vano era un convencido, por experiencia, de que Cristo, en quien tenemos todo, se nos dona en su presencia eucarística:

«Nos decía que, cuando estuviéramos cansados del alma, fuéramos a descansar con Cristo en el sagrario» (ibid. 197).

Justamente eso es lo que él practicaba. Encontraba su descanso en el Señor y a Él acudía. Para él, orar era disfrutar de una amistad. Aunque a veces fuera con sueño.

En esta época es frecuente que establezca un horario cuando dedica tiempos largos a la oración. Leamos una página de su diario:

«Solo en la capilla a la 1.30 deseando pasar la noche con Cristo, hasta las 7.15 que toquen, y continuar luego la oración hasta la Misa. Me han nacido vivas ansias. Y pienso, como tantas veces, que cada respuesta a la gracia es favor inmenso de Dios, y que si no me he perdido se debe a estas intermitentes «generosidades».

Plan: 1,30-2,30: maitines; 2,30-3,15: lectura; 3,15-4,15: meditación Misserentisimus; 4,15-5,15: tercer nocturno; 5,15: lectura, examen; 6,15-7,15: meditación y preparación de la Misa […]

7.15: Aunque a ratos medio dormido por el mucho sueño, creo haber sacado fruto. Me veo muy mal; pero confío. No intento siquiera arreglarlo. Sólo dos propósitos: –preguntarme ¿consuela esto a Cristo? –hacer retiro semanal de 4 horas al menos» (D. 8/9-VI-1961).

Tan sólo cuatro días después le vemos repitiendo vigilia. Para él es claro que ha de ofrecer a sus hermanos el servicio de la intercesión:

«Esta mañana he sentido el impulso de consagrar la noche a la oración, deseando que el Señor me aclare muchas cosas. Además creo que hay que orar –y sufrir– mucho por esta comunidad» (D. 13/14-VI-1961).

En una página anterior él reconoce su tendencia a la oración «y la facilidad para mantenerla ininterrumpidamente durante horas» (D. 12-V-1961). Su ideal, obviamente, es vivir en oración continua, en constante intimidad con Cristo mientras ambos, juntos, realizan las tareas encomendadas por el Padre.


Especiales condiciones para la dirección espiritual

El número de seminaristas, durante estos años, va creciendo notablemente, con lo que a José le va faltando tiempo para atender a tantos en dirección espiritual. Su recurso son las noches. Él se siente bien en este ministerio para el que se va descubriendo especialmente capacitado, y que será su dedicación prioritaria el resto de su vida:

«Se me ocurre que tengo especiales condiciones para la dirección espiritual, malogradas por mi falta de entrega. La afición, sin medida, al estudio de la Teología, ascética y mística, y psicología; la tendencia a la oración y la facilidad para mantenerla ininterrumpidamente durante horas; el gusto por el trato personal, la destreza espontánea para lograr la apertura, incluso de gente muy cerrada, a la confidencia. Todo ello parece manifestar especial vocación a este apostolado» (D. 12-V-1961).

Quienes en esta época se dirigieron con él le recuerdan como alguien difícil de ser encorsetado en esquemas, como alguien que rompe moldes y no se ajusta a modos preconcebidos. Quien vive del Espíritu resulta desconcertante para quienes viven según la carne. En un ambiente en que a veces se tendía a identificar la piedad con formas un tanto acartonadas, José tenía interés en manifestar la vitalidad desbordante de la verdadera piedad.

Novedoso resultó también por buscar la colaboración de expertos en psicología. Era consciente de que las ciencias humanas son una ayuda valiosa para entender mejor a cada persona. Ya ahora –y después, durante toda su vida– lee obras de psicología. En esta época conoce a Don José Fermín Prieto, psicólogo, y aprovecha para pedirle consejos y para que, de vez en cuando, pueda recibir a algún seminarista, a fin de poder ayudarle mejor en su camino espiritual. Esta práctica de pedir la colaboración de un psicólogo la mantendrá durante toda su vida.

El mismo enfoque de la vida espiritual también sorprende a más de uno. Rivera no es hombre cuyo estilo de dirección consista en prescribir normas y planes de actuación, cuyo cumplimiento bastaría para santificarse. No; él acompaña, de forma reverente, el misterio que es cada persona, estimula a cada uno en lo más profundo de su ser para que recorra el camino único e irrepetible que Dios le ofrece. Uno de aquellos seminaristas afirma que Don José «no era un modelo, sino una gracia»: su propuesta no era la invitación a una repetición mimética de sus esquemas, sino a la recepción del impulso vivificante del Espíritu, que santifica a cada uno llevándolo por un camino totalmente personal. Es lo que expresará en un escrito al final de su vida:

«Y a estas alturas de mi vida, debo decir que mi método, mi estilo de ayudar a las personas a ser quienes son, dejando caer las obras que me ocurren, es el bueno. Sencillamente: el que emplea Dios mismo con nosotros… Este deseo invencible de no forzar a nadie, que he usado incluso en mis relaciones más egoístas, es en verdad el único sano humana y cristianamente. Y al menos para mí, que es lo que puedo ver con claridad, ha resultado muy fructuoso» (D. 9-IV-1990).

Otro testigo de esta época corrobora esa sensación de originalidad que los seminaristas experimentaban al escuchar al director espiritual. Quizá resultaba tan original porque vivía muy cerca del Origen. Nos dice este alumno, venezolano, posteriormente obispo en su país:

«Las charlas semanales que nos daba a todos los estudiantes rompían los moldes tradicionales. Más que consejos o recetas, sus intervenciones nos abrían con mano sabia al mundo de la mística, como el ambiente natural dentro del cual debía forjarse una espiritualidad auténticamente sacerdotal […]. El gusto por los clásicos de la espiritualidad, antiguos y modernos, fue una de sus siembras» (B. ENRIQUE PORRAS CARDOZO, en AAVV, José Rivera Ramírez, un sacerdote diocesano, Toledo 2004, 201).

El mismo alumno constata que, siendo tan espiritual, Rivera era a la vez profundamente humano. Tenía una gran exigencia para consigo y a la vez un talante comprensivo y esperanzado para con los demás, cuyo proceso de crecimiento en la fe respetaba profundamente. No encorsetaba a nadie con planes, sino que proponía caminos posibles, confiando en la acción poderosa de la gracia. Ninguna debilidad de sus dirigidos le inducía a desesperanza. Todos le sentían cercano, comprensivo. Y, a la vez, un estímulo que impulsaba a abandonar los estilos de vida mediocre.

Tenía exigencias ascéticas, «pero no las imponía a nadie. Se mostraba, más bien, con una humanidad muy cercana a las necesidades de nosotros, sus alumnos y dirigidos. Pedirnos un pitillo, una copa de cognac, conversar sobre fútbol o sobre cualquier tópico banal o de estudios, cuando veía que era lo que nos convenía, lo llevaba a compartir estas “debilidades” humanas con naturalidad y elegancia» (ibid. 202)

Cada seminarista se sentía único, tratado de manera irrepetible, personal. En cada entrevista experimentaba que en ese momento, para Don José, sólo existía él. Igualmente todos tenían conciencia de la disponibilidad plena del director espiritual para atenderles en cualquier momento, sin poner condiciones. Él, por su parte, les decía explícitamente que podían contar con él a cualquier hora, tanto del día como de la noche. Y en la práctica se verificaba esta disponibilidad. Ocurrió, por ejemplo, en más de una ocasión que algún seminarista, no pudiendo dormir en la noche, decidió buscar al director espiritual a las 3 o 4 de la mañana. Tras tocar tímidamente la puerta de Don José, se oía de forma inmediata la voz de éste: «Adelante». El seminarista, un poco azorado por lo intempestivo de la hora, preguntaba: «¿Puedo hablar con usted?» La respuesta brotaba inmediata en Rivera: «Para eso estoy, para atenderte». Y es que, para él, el paradigma era el de una madre de familia. Ésta vive para sus hijos, interrumpe el sueño o la comida para atenderlos, no antepone nada a su servicio materno. Si un amor natural genera estas disposiciones, ¡cuánto más la caridad pastoral, sobrenatural, suscitará actitudes de disponibilidad sacrificada para servir a los hermanos!

Monseñor Arizmendi lo resume en una frase: «Todo su tiempo y sus cosas eran para nosotros, los alumnos del Colegio» (Op. cit. 197).

Él, además, tenía claro que podía y debía prestar a sus seminaristas (y a toda la humanidad) otro servicio: la penitencia. Ya hemos visto sus restricciones en cuanto al sueño. Pero también era notoria su parquedad en la comida, sus ayunos, su austeridad en todo, su disposición a sufrir con paciencia los diversos dolores que padecía… Y era un secreto a voces su uso de otros modos de mortificación, especialmente el cilicio. Algunas de esas penitencias las consigna como propósitos en las páginas de su diario:

«Rezar bien el breviario; confesar dos veces por semana; 1,30 hora diaria de oración y, al menos una vez por semana, retiro nocturno. Llevar examen de: no comprar ningún libro, cilicio toda la mañana o toda la tarde; estudio […]; seguir comiendo muy poco…» (D. 12-V-1961).

Las almas, redimidas en la cruz, sólo pueden ser iluminadas y acompañadas desde la cruz.


Dios es luz

José es un director espiritual orante y penitente. Y estudioso. Aunque muy ocupado en la tarea de atender a los seminaristas, busca fielmente, cada día, tiempos consagrados al estudio. Su extraordinaria capacidad intelectual y su facilidad para una concentración intensa le permiten leer y reflexionar numerosos libros y artículos.

Además procura que los seminaristas estudien bien. A este respecto, él viene constatando fallos graves en el estudio de la teología. Hay quienes hacen de ella un deber molesto, una obligación que hay que superar para llegar al sacerdocio. Otros estudian para obtener una buena nota. Otros separan lo científico de lo pastoral y de lo espiritual… Rivera, hombre unificado, conoce que la teología es un modo privilegiado de dejarse modelar por la Verdad y, por tanto, fuente preciosa de oración y de impulso pastoral. En él no hay ningún divorcio entre estudio y espiritualidad, o entre estudio y vida pastoral. Y quiere comunicar a sus seminaristas esa misma visión. Por eso les insta y les ayuda a rezar la teología y a extraer de ella consecuencias pastorales. «Era admirable –recuerda Monseñor Arizmendi– cómo nos hacía orar con las tesis de la escolástica. Nos pedía que no redujéramos el estudio a un aprendizaje memorístico, sino que lo convirtiéramos en contemplación y adoración» (op. cit. 196). Era ésa su propia experiencia: siendo seminarista, muchas veces había hecho su oración con el libro de estudio.

Para Rivera Dios es luz, una luz que se acoge, también, y de manera privilegiada, a través del estudio. Sus charlas a los seminaristas sobre el modo de estudiar, sus numerosas conversaciones particulares sobre este tema, sus lecturas y su deseo de ayudar, le llevan a escribir un largo folleto, profundo y luminoso. Lo titula Nota sobre el estudio de la Teología. Fechado en la Navidad de 1960, está dirigido a un buen seminarista, inquieto por esta cuestión.

Junto a esta preocupación por ayudar a los seminaristas a estudiar bien, en José está también muy presente el valor de la liturgia. Buen conocedor de los escritos del movimiento litúrgico, que en estas fechas está a punto de desembocar en el Concilio Vaticano II, Rivera estimula a los seminaristas a cultivar el sentido litúrgico, sumergiéndose en el misterio que se celebra. Les invita a meditar el breviario y el misal, haciendo de ellos fuente de la propia vida espiritual. Les recomienda también lecturas selectas sobre el sentido teológico de la liturgia o sobre la espiritualidad del año litúrgico. Incluso alienta algún estudio de investigación, como en el caso del seminarista Arizmendi, que trabaja una tesis sobre la relación entre el celibato y la liturgia.

Los seminaristas van descubriendo cada vez con más hondura que este sacerdote es un hombre de Dios, muy espiritual, es decir, muy dócil al Espíritu Santo. Su intento es transmitir el Espíritu, del cual habla abundantemente, para que los seminaristas entren en comunión profunda con Él. Y eso en una época en la que la tercera Persona de la Santísima Trinidad era en verdad muy desconocida. Escuchemos a uno de aquellos seminaristas, sacerdote después:

«En los escritos del padre Rivera y en sus charlas, homilías y retiros siempre he recordado, con mucho cariño, la importancia y primacía que ocupaba la Divina Persona del Espíritu Santo. El padre Rivera fue en mi vida el primero y principal revelador de una rama de la Teología, que en aquellos años era ignorada en las Facultades de Teología de toda la Iglesia: la pneumatología. Con él empecé a gustar las riquezas de esta persona trinitaria que siempre me ha acompañado en mi vida sacerdotal. Don José fue para mí el iniciador de mi apasionamiento y enamoramiento por el Espíritu Santo. […]

Entre los muchos pensamientos que aprendí del P. Rivera nunca he olvidado la necesidad que tiene nuestro mundo de Espíritu Santo, tanto de su presencia santificadora como de su acción evangelizadora. Él tenía una fuerte conciencia de ser ministro de Jesucristo por su sacerdocio y, por tanto, fuente del Espíritu para regalarlo a otros. […] Me impresionó su clara conciencia de reconocer que la celebración de la Eucaristía y el Sagrario eran fecundos manantiales de donde brotaba el Agua Viva del Espíritu Santo» (D. GASCÓN CEREZO, Testimonio personal).

Las charlas en retiros y ejercicios espirituales (también da un mes de ejercicios a los seminaristas) cristalizan, gracias a la colaboración de José María Iraburu, en un libro mecanografiado, Meditaciones cristianas, al que José –como hará después con otros escritos– no da gran importancia.

También fuera del seminario empieza a ser conocido y buscado. Eso hace que los tiempos de vacaciones los dedique a dar ejercicios espirituales a grupos y comunidades diversas.

«Durante el verano daba una tanda después de otra, sin parar, con grandes desplazamientos, dando hasta siete u ocho tandas de ejercicios durante el verano, en sitios tan distantes como Málaga y Pamplona. Iba siempre con su máquina de escribir y viajaba siempre en los medios menos cómodos, cogiendo los billetes “sin asiento”. En una carta dice que cada viaje era una conversación larga, y cada conversación una conversión» (Positio, testigo 14).

En una charla de años posteriores expresa lo que ya en estos tiempos experimentaba él cada vez que hacía o dirigía ejercicios espirituales: una sensación de vértigo; se ve a sí mismo y a los demás como atrapados por la vorágine infinita que es Dios; como si fueran una brizna de hierba absorbida por un inmenso remolino de agua.


De buen humor y sin complicaciones

Los seminaristas descubren en este José Rivera, tan espiritual, alguien profundamente humano. Encuentran en él un carácter apasionado y a la vez sereno, serio y jocoso, profundo y capaz de hablar de trivialidades, exigente en los principios y comprensivo con las personas… «Así vivía el P. Rivera: de buen humor y sin complicaciones», recuerda Arizmendi (op. cit. 199).

Esta riqueza de contrastes la encontramos también en las cartas que escribe. En ellas leemos reflexiones y consejos de gran profundidad espiritual y, a la vez, muestras de interés por realidades muy sencillas, cuando esto sirve para expresar la caridad. Por ejemplo, en la correspondencia de finales de 1962 con su hermana Ana María, le descubrimos planificando su viaje a Toledo para celebrar las bodas de oro de sus padres y preguntando qué regalo podrían hacerles ese día.

Su trato con las mujeres le muestra respetuoso y reservado, y, a la vez, cercano y capaz de suscitar confianza. Y eso mismo inculca a los seminaristas: relación prudente, pero sin miedos o distancias patológicas.

Y animaba a quienes se dirigían con él a cuidar la caridad fraterna de forma exquisita. Invitaba a los seminaristas a repasar, uno por uno, los nombres de sus compañeros, actualizando la fe respecto de ellos, contemplando a Cristo en cada uno, examinando su relación con ellos… Insistía en evitar el juicio y la murmuración, y en crear un ambiente de verdadera fraternidad.

Su tendencia y su capacidad para establecer relaciones personales hondas, hace que bastantes dirigidos de estos años queden notablemente influidos por él, con una influencia que les hace ser ellos mismos de una manera más libre, más auténtica. Muchos le seguirán recordando años después; por ejemplo, obispos hispanoamericanos, como Monseñor Arizmendi o Monseñor Porras, a los que ya hemos aludido, o españoles, como Monseñor Iniesta. Otros mantendrán relación con él, y estrecha colaboración, hasta el final de sus días, como, por ejemplo, los sacerdotes Juan José Rubio o José María Iraburu, con quien escribirá algún libro. Otros continuarán también beneficiándose de sus consejos y admirándolo toda la vida, como Enrique Barbero…

Entra en relación, también, con personas relevantes, sobre todo del ámbito eclesial: continúa su trato con Manuel Aparici, tiene encuentros y colaboraciones con Don Ángel Herrera, con Romero de Lema… Pero hay un dato interesante: este tipo de relaciones, que podríamos llamar «importantes», él no sólo no las busca, sino que parece tratarlas con cierta frialdad, como quien rehúye cualquier detalle que pudiera aportarle algún brillo humano.

Por otra parte, no todo era admiración hacia su persona. Surgen también incomprensiones y juicios sobre el modo y el contenido de sus predicaciones. Las quejas llegan al obispo de Salamanca, que le reprende fuertemente y plantea expulsarlo de la diócesis, medida que no llegará a concretar. José, más pendiente del juicio de Dios que de la opinión de los hombres, ni se siente ofendido ni busca defenderse. Lo recordará años después en carta a su madrina, cuando ésta atraviesa también una situación difícil en su convento:

«Yo no sé si recordarás que, aunque no han llegado a echarme de ningún sitio, el obispo de Salamanca que me quiso echar me dijo cara a cara que no tenía ni prudencia ni caridad ni justicia […] Y ya puedes haber visto que no me dejé impresionar ni poco ni mucho ni nada» (Cta. 8-III-1972).

Estas incomprensiones y dificultades vienen ocasionadas, también, por su modo de expresarse, rotundo, incisivo, libre… profético, para algunos; insolente, para otros. Sufre por determinadas situaciones de algunos miembros de la Iglesia, por planteamientos de mediocridad que dañan el Cuerpo Místico de Cristo, por no ver establecerse con claridad la tendencia a la santidad como clave imprescindible en la vida sacerdotal… Ese sufrimiento le lleva a hablar con formas que, a veces, pueden resultar demasiado duras, demasiado críticas, sobre todo para oídos acostumbrados a un lenguaje mediocre.

El ritmo de vida, el no reservarse nada, los sufrimientos interiores… Quienes le conocen empiezan a percibir en él síntomas de cansancio. Él mismo constata que está «cansado, pero no triste». Conversa con Don Anastasio Granados, y éste le envía a consultar con el Padre Úbeda, dominico, profesor de psiquiatría. Tras dos largas entrevistas le recomienda dejar la tarea que viene realizando y tener una temporada larga de quietud, durante la cual pueda dedicarse sobre todo a la tarea intelectual. Rivera acoge el consejo y se dispone a salir de Salamanca. Tiene 37 años.


Sacerdote enamorado de Cristo

Don Anastasio Granados tenía muy buena relación con los hermanos de San Juan de Dios, en general, y con el superior provincial de Castilla, en particular. Éste, Fr. Francisco de Sales Carrasco, además, había colaborado con Antonio Rivera en las tareas apostólicas de Acción Católica, y, después, también, con José. Estas circunstancias sugirieron la posibilidad de que José Rivera fuese a una casa de esta congregación para reponerse de su agotamiento. Y así fue. En el otoño de 1963 marcha al noviciado que los hermanos tenían en Santurce, donde es acogido con gran cordialidad.

Desde Madrid viaja con Fr. Diego de C. García, a la sazón maestro de novicios, que ya desde el primer momento queda impactado por la personalidad de José:

«Era la primera vez que yo me relacionaba con tan inteligente y tan sabio sacerdote. Ya durante el viaje pude darme cuenta de su gran sencillez y humildad, como también de su noble y generoso desprendimiento. Era un verdadero pobre, en el sentido evangélico y también en el material. Su equipaje era un signo claro de que estaba desprendido de todo y necesitaba de muy poco. Sólo cuidaba y mostraba gran aprecio por los libros. Era inteligente y estudioso» (FR. DIEGO DE GARCÍA, Testimonio personal).

En Santurce encuentra un noviciado repleto de jóvenes en formación, así como niños disminuidos tanto física como psíquicamente, a los cuales los hermanos prestan exquisito cuidado. José siente, agradecido, la cordial y desinteresada acogida que le dispensan los hermanos. Con ellos va a compartir dos años de su existencia.

Durante todo este tiempo, su vida es muy sencilla, sin gran repercusión exterior. Ante todo, cada día dedica tiempos muy largos a la oración. El mismo testigo anteriormente citado le recuerda como «un sacerdote enamorado de Cristo, de una oración asidua y prolongada». Y el provincial afirma que inmediatamente se percibía en él «un verdadero hombre de Dios» (FR. FRANCISCO DE SALES CARRASCO, Testimonio personal).

El mismo José registra este estilo de vida en sus notas. En una página de su diario –del que no queda casi nada de esta época– anota:

«Dedico a la oración la mañana entera, hasta poco antes de comer, hora en que bajo a la enfermería» (D. 29-X-1963). ¿Se refiere sólo a ese día o es norma de todo este tiempo? Quizá, más bien, lo segundo, porque a continuación parece establecer una regla para el estudio: «Procuro estudiar por horas, y no por materias señaladas, para evitar todo agobio» (ibid.).

Junto a la oración, dedica mucho tiempo al estudio. Ha tomado como tema prioritario los orígenes del cristianismo y se sumerge en la lectura de los Santos Padres, donde encuentra abundancia de luz y sugerentes perspectivas para su ardiente deseo de profundizar cada vez más en la verdad. Piensa incluso si su vocación particular, dentro de la vocación sacerdotal, será el quehacer intelectual, al que pudiera dedicarse de modo casi exclusivo. Se plantea, de hecho, dedicarse al estudio de la patrología bajo la dirección del P. Orbe, experto en esta materia. Anota en su Diario:

«Mi vocación: ¿intelectual? Resolverlo este año. No resolver nada significará que no es intelectual, y entonces deberé dejar una serie de cosas, v.gr., el estudio de idiomas» (D. 1-XI-1963).

El estudio es parte fundamental de la terapia que le ha prescrito el P. Úbeda, quien sugiere incluso que esa tarea intelectual pueda cristalizar en un libro.

Oración, estudio… Y servicios a la comunidad religiosa que le acoge. Está disponible para las confesiones e imparte charlas y retiros. Dejemos que nos lo cuente él con una de sus cartas:

«Estos buenos hermanos me han recibido con un desinterés absoluto; pero una vez que estoy con ellos les hago cierto servicio –confesar novicios, algunas pláticas o retiros, algunas misas de comunidad– y cuando llegue mayo el otro sacerdote que hay en casa, y es maestro de novicios, se va con los novicios a Valladolid y ellos se quedan sin cura. Por eso estoy prácticamente comprometido con ellos a hacerles de capellán, y no puedo irme a otro sitio. Eso no quiere decir que no aparezca por ahí algunos días.

Como siempre he pensado que estoy como una cabra y he dudado de mi vocación específica, dentro del sacerdocio diocesano, me fui –mandado por D. Anastasio– a ver al P. Úbeda, dominico, que es profesor de psiquiatría. Hablé con él muy largo dos mañanas enteras. Y la solución fue que me estuviera quieto –del todo– una temporada larga, hasta fin de año, y luego veríamos, y que me dedicara a hacer una obra personal, escribiendo un libro. Que se publique algún día o no, es otra cosa. Me he dedicado a estudiar la espiritualidad cristiana de los primeros siglos. Por ahora estoy con los Padres Apostólicos, luego los mártires, la liturgia y los Padres siguientes. Es precioso y desde luego creo que saco cosas que no encuentro por ahí dichas. Lo único malo es la falta de elementos, pues bibliotecas no hay por aquí, y los libros son muy caros. A pesar de todo voy pudiendo comprar lo que me parece más imprescindible […]

Rezo bastante, aunque ahora menos, porque el P. Úbeda me dijo que la terapia era trabajar en temas espirituales. Lo malo es que cuando uno se recoge más se encuentra peor, y te hace el efecto, no digo de que no he empezado, sino de que he retrocedido. Y lo peor es que el efecto que te hace es el verdadero. Pero vamos, el optimismo sigue firme, porque a Dios le cuesta igual arreglarme, y en cambio se muestra mucho más su misericordia.

No tengo ni idea de lo que será de mí después de esta curación psicológico-espiritual. Si he de dedicarme a lo intelectual, haré lo posible para buscarme la colaboración de Iraburu. Entonces creo que saldría algo serio» (Cta. V-1964).

En este proceso terapéutico, no excluye la penitencia física. Por el contrario, la integra como elemento normal, y hace sus propósitos al respecto. Recién llegado a Santurce anota:

«Mortificación: cilicio toda la mañana» (D. 29-X-1963). Y en otro momento: «No usar calmantes, sino cuando de verdad [el dolor] me incapacite para trabajar» (D. 22-XI-1963).

En 1964, cuando la comunidad se traslada a Valladolid, José se marcha con ellos. Mientras tanto mantiene un contacto relativamente frecuente, sobre todo epistolar, con el P. Úbeda, para ir contrastando su evolución. Mediado el año 1965 se constata una plena recuperación que le permite ponerse a disposición de su obispo.

Mientras José atraviesa estas vicisitudes de agotamiento y recuperación, la Iglesia está viviendo en Roma un acontecimiento de inmensa trascendencia: el Concilio Vaticano II. Y la sociedad española empieza a experimentar tiempos de bonanza económica, de la mano de una incipiente industrialización, de la apertura al turismo y de las divisas de los emigrantes. Algo comienza a moverse en la Iglesia y en la sociedad civil. Algo que, unas décadas después, cambiará el rostro de ambas.

Para José se cierra un ciclo. De Totanés tuvo que marcharse por enfermedad. De Salamanca ha tenido que hacerlo por agotamiento. ¿Hay celo desmedido, una entrega imprudente? ¿Hemos de hablar de fracaso? ¿Tal vez la estrategia de Dios es llevarlo de derrota en derrota hasta la victoria final?... En todo caso, él no vive de parámetros exteriores; lo que cuenta es la construcción del hombre interior, la obra que el Padre, de manera misteriosa, no cesa de realizar en él.

Le sostiene, como siempre, la confianza inquebrantable:

«Mi debilidad no me asusta, porque me hechiza su misericordia» (D. 16-VI-1972).