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Los amores de un adolescente

La adolescencia y la juventud son, o al menos deben ser, tiempo de discernimiento, tiempo para preguntar al Señor cuál es su plan de amor, conforme al cual debe realizarse la vida de una persona. José Rivera lo ha hecho. Sostenido por la esperanza, se ha afirmado en la certeza de la llamada a la santidad, aun en medio de diversas oscuridades personales.

Apasionado por el amor y la sabiduría, ha sido sorprendido por Cristo, que le ha invitado a ser sólo de Él.


Las razones del corazón

Mientras conversa con su hermana Ana María, paseando por un camino de los campos de Aranda, Pepe se ha ido interesando por María Luisa.

–¿Estás segura de que tenía novio formal?
–Sí, le responde Ana María, pero sus padres no querían que le viese.
–¿Entonces...?
–Ella, saltando un muro, iba a encontrarlo a escondidas en una huerta cercana.

En la mente de José la figura de María Luisa comienza a crecer. Hasta ahora le parecía una chica corriente. Pero esa intrepidez, esa capacidad de desafiar las normas, esa valentía para luchar por un ideal amoroso... Sin duda no es una joven mediocre... En el corazón del adolescente Rivera comienza a alborear, todavía de modo imperceptible, un sueño de amor.

Ella, cuyo novio ha muerto en la guerra, es cinco años mayor que él. Y entre ellos existe un vínculo familiar: son primos. A este respecto los padres de María Luisa siempre han manifestado un punto de vista inflexible: nunca darán su consentimiento a uno de sus hijos para casarse con alguien de la propia familia.

Sin embargo, aunque la realidad habla de aventura inviable, el deslumbramiento inicial fue cobrando cuerpo en el corazón de José. Antes de sus catorce años le encontramos sinceramente enamorado. Y correspondido. Entre él y María Luisa se establecerá una intensa relación epistolar. Pepe, siempre apasionado, piensa ya en boda.

A su alrededor prosigue la tragedia de la guerra civil. Su padre, el doctor Rivera, tras la muerte de Antonio, ha decidido incorporarse a la primera línea de batalla para prestar allí su ayuda médica. Toledo, tomada por el ejército de Franco, sigue siendo una ciudad peligrosa, dada su cercanía al frente de batalla. Con frecuencia se oye en ella el tiroteo de unos y otros. Ante estas circunstancias la familia Rivera Ramírez decidió instalarse en Aranda de Duero, localidad muy alejada de los centros de lucha, y, por eso mismo, más segura.

José ocupa ahora mucho tiempo en el ejercicio físico. Gordito, un tanto deseoso de desarrollar sus músculos, dedica cada día varias horas a partir leña y dar largas caminatas por los campos castellanos.

Y sigue leyendo vorazmente. Sobre todo literatura. Más aún; no se limita a leer, sino que le habla a Ana María de multitud de cuestiones literarias, le expone reflexiones de carácter estético; escribe pequeñas composiciones... Arde en él esa hambre de conocimiento que, posteriormente purificado y ordenado, caracterizará toda su vida. Hambre vehemente marcada por una ansiedad temerosa de no conquistar todo el saber apetecido: «El temor a no alcanzar cierta sabiduría me torturaba en los años de mi adolescencia» (D. 28-VII-1989).

Simultáneamente sigue cursando los estudios oficiales. A sus 12 años termina 4º de bachiller con una calificación global de 6,4. Ya para estas fechas él tiene su modo personal de estudiar y su juicio sobre lo que es más formativo y lo que, a pesar de las apariencias, es menos. A esta temprana edad se entrega no tanto a lo establecido cuanto a lo que él cree que realmente le ayuda a sumergirse en la verdad.

Tampoco olvida los ideales. Con frecuencia, mientras pasea solo, construye planes grandiosos. Sueña con una sociedad inspirada en los principios católicos, donde la primacía de Dios sea indiscutible y la patria sea intensamente amada y servida. Una sociedad que sea como un ensayo para el cielo y donde, en un clima de justicia, todos tengan acceso a todos los bienes necesarios.

De carácter combativo, él entiende que hay que luchar denodadamente por estos ideales, incluso llegando a la confrontación, que no teme. De hecho, vinculado a los jóvenes requetés, se verá envuelto en más de una refriega.

Un día la familia le ve llegar sangrando a casa, con fuertes contusiones en la nariz.

–¿Qué te ha pasado?, le pregunta su padre mientras va curándole.
–Me caí.
Pepe miente. Quizá para evitar una dura reprimenda del padre, con quien la relación sigue siendo difícil.
Unos días más tarde el doctor Rivera se encuentra con un amigo:
–José, mi enhorabuena. Si tu hijo Antonio ha sido un héroe, su hermano parece que quiere seguir sus huellas.
–¿Por qué lo dices?
–El otro día le vi, vestido de requeté, peleando con chicos de otras ideologías. Y, la verdad, estuvo valiente, aunque, eso sí, no salió muy bien parado.
Cuando Don José regresa a casa llama a Pepe.
–¿Me mentiste al decirme que te habías caído de una pared?
–Sí, papá.
–¿Por qué?
–Para que no os preocupáseis.

Por esta vez el padre pasa por alto la fechoría, pero en su interior sigue pensando que este hijo necesita modos más severos de corrección.

Su temor –¿para qué negarlo?– tiene cierto fundamento: junto a muchos valores, el adolescente Rivera alimenta algunos rasgos de terquedad y de dureza que sin duda necesitan una seria reforma:

«Basta con recordar –anotará él cuarenta años después– mi infancia, mi adolescencia, en que hería sin vacilar a quien se me opusiera al capricho del momento» (D. 4-VI-1977).

La providencia de Dios iría disponiendo los medios oportunos para modelar a este muchacho, a veces difícil. Y a veces soñador quijotesco, deseoso de enrolarse en las causas justas. Mejor si tienen componente bélico. No mucho tiempo después, por ejemplo, escribirá al embajador griego en España, ofreciéndose para ir a luchar en su patria contra los nazis (CEst. 21-VIII-1968).


Seducido por el amor y la poesía

Al alborear el año 1939 todos presienten que el final de la guerra civil está cercano. El ejército de Franco prosigue su avance hacia la victoria definitiva. El 1 de abril se proclama oficialmente el fin de la contienda. Tres años de guerra han dejado el país sembrado de sufrimientos y destrucción. Se inicia una etapa nueva en la que Franco, proclamado Generalísimo, se erige en árbitro de la nación española.

Dada la nueva situación, la familia Rivera Ramírez vuelve a su casa de Toledo. Don José, que ha ejercido como médico en el frente, será nombrado pronto alcalde de la ciudad. Carmelina y Ana María intensifican su militancia en Acción Católica. El recuerdo de Antonio permanece muy vivo. Más aún, su figura es exaltada y recibe diversos homenajes, siendo propuesto como modelo de joven católico. Alguno empieza a pensar ya en introducir su causa de canonización. Doña Carmen, discreta, sigue entregada a su misión de esposa y madre, viendo acceder a la juventud a aquéllos que hasta hace nada eran sus pequeños.

El sueño amoroso que despuntaba durante el tiempo transcurrido en Aranda, es ahora, en el corazón de José, una realidad abrasadora. Entre él y María Luisa se establece una relación epistolar frecuente y extensa. Y, al menos por parte de Pepe, muy intensa, pues él ha sido siempre incapaz de vivir a medias, superficialmente. Recordando un día esta época de sus 14 años dirá de ella, como de toda su existencia: «Jamás he podido sintonizar con la mediocridad» (D. 1-V-1972).

La relación epistolar no se da solamente con la joven de la que está enamorado. Un buen día Don José observa extrañado una carta que remite el prestigioso literato José María Pemán. La extrañeza crece cuando ve el destinatario: José Felipe Rivera Ramírez.

–Hijo, ¿me puedes explicar qué significa esta carta?
–Le envié unos poemas a Don José María y ahora parece que me responde.

Así es. Pepe sigue entusiasmado con la literatura. Cuando se siente inspirado compone poesías y otros escritos. Costumbre ésta que le acompañará toda su vida. En su afán de contrastar con alguien experto la calidad de sus escritos se ha dirigido, sin que nadie lo supiese, a Pemán. Y éste, condescendiente con el novel poeta, contesta dándole su juicio: las poesías tienen calidad, aunque manifiestamente responden a un principiante que aún debe seguir castigando el estilo para alcanzar un buen nivel artístico. Al final de la carta, una sorpresa: lo que Don José María no se cree es la edad que el autor le ha dicho tener; las poesías, si bien no corresponden a un poeta consumado, tampoco son propias de un muchacho que apenas acaba de abandonar la infancia.

Adolescente enamorado, hambriento de saber, seducido por la belleza, especialmente la manifestada en la literatura, inmerso en inquietudes religiosas... José Felipe da la impresión de haber recibido una personalidad nada corriente.

Dejemos que él nos resuma esta época de su vida:

«Casi me salté la niñez y la adolescencia... Adolescencia, la mía, vivida sólo en ciertos aspectos, muy trabajada ya por el hambre de sabiduría y de amor personal –naturalmente, eso sí, volcado hacia una mujer bien determinada, como única, y ello con perseverancia, a partir de los 14 años, si no fue antes–. Persuasión de que solamente Cristo podía ser la Sabiduría y el Amor: ramalazos desde la infancia misma; persuasión creciente en la adolescencia, hasta desembocar en los 17 años...» (D. 31-V-1982).


Católico militante

Este Cristo, que Pepe siempre ha experimentado como alguien real y cercano, nunca lo disoció él de la Iglesia. Ésta ha sido para él como una prolongación visible de Jesucristo en la historia. Su familia, iglesia doméstica, fue su primer lugar de encuentro con el Señor. Después los sacerdotes y laicos que han ido pasando por su casa le han abierto a una Iglesia más amplia. Y dentro de ésta, sin duda tuvo especial importancia para él la Acción Católica. En la época de su infancia y adolescencia vio a sus hermanos militar en este movimiento, del que Antonio fue un dirigente destacado. Hacia los 13 años Pepe también se incorpora. De hecho, durante el año que la familia vivió en Aranda, le vemos colaborar en diversas actividades de esta asociación. Concretamente, por ejemplo, participa en turnos de adoración al Santísimo por la noche. Paradójicamente es en estos meses cuando abandona la asistencia diaria a Misa, que había iniciado a raíz de la muerte de Antonio.

La Acción Católica le brinda un ambiente de piedad y de formación y –algo muy atractivo para él– una posibilidad de apostolado combativo. Con entusiasmo recorre diversos pueblos de la diócesis de Toledo visitando los grupos parroquiales existentes e intentando crear otros nuevos. A sus 15 años, poco después de regresar a su ciudad natal, es nombrado secretario del Consejo diocesano de jóvenes. Pero permanecerá en este cargo apenas un año. Sorprendentemente Rivera, que siempre ha tenido aversión a la burocracia, recibe la correspondencia enviada a la Acción Católica de jóvenes y –sin abrirla– la va guardando en una caja. Resultado: un cúmulo de cartas ni leídas ni respondidas. ¡Extraño secretario! Obviamente se hace necesaria su sustitución. Sin duda hay otros más adecuados para esta tarea. Él, en cambio, a lo suyo: continúa en trabajos de propaganda, en apostolados que le ponen en contacto inmediato con otros jóvenes. Ya entonces habla con cada uno interesándose por su situación personal, por sus tareas apostólicas o por su vida espiritual.

En estos años –desde octubre de 1939 hasta junio de 1942– lo que parece mejorar es su rendimiento académico. Estudia 5º y 6º de bachiller en el mismo centro público en que había cursado 2º y 3º, el instituto de Toledo, terminando con calificaciones globales de notable (7,6 y 7 respectivamente). Y le irá aún mejor el curso 7º, último del bachiller de aquella época, que lo realiza en el colegio SADEL, también en Toledo. Este año consigue una calificación de 8’3. Además en julio supera el examen de acceso a la universidad y se dispone así a estudiar Filosofía y Letras, a partir de octubre, en Madrid.


Ese indefinible deslumbramiento

Durante estos años José ha ido creciendo en confianza con su hermana Ana María, con la que conversa bastante. Pero más aún con Carmelina, su madrina, que, a su modo, le ofrece un cierto acompañamiento espiritual, a la vez que le pone en contacto con confesores que van a jugar un papel muy importante en su vida.

Mas no es sólo Carmelina la que ejerce una notable influencia sobre él. Pepe, siempre muy receptivo a los influjos personales, queda en estos años deslumbrado por Manuel Aparici. Así lo reconoce él mismo mucho tiempo después: «Ese indefinible deslumbramiento que yo sentía a mis 14 años escuchando a Aparici hablar de Cristo...» (CBibl. 13-V-1967).

Manuel Aparici, nacido en Madrid en 1902 y fallecido en la misma capital en 1964, tuvo una fuerte experiencia de Cristo –su «conversión»– en 1927. Desde 1934 fue presidente nacional de la Juventud de Acción Católica, cargo en el que cesará en 1941 para ingresar en el seminario diocesano de Madrid. Como laico primero y como sacerdote, después, hizo lema de su vida el «tengo sed» de Jesús en la cruz. Vivía abrasado en el deseo de ganar almas para Cristo. Su entusiasmo apostólico, nacido de una vida de intensa unión con Dios, contagiaba a muchos el deseo de seguir los caminos del Evangelio.

Antes de la guerra había conocido a Antonio, presidente de los jóvenes de Acción Católica de Toledo, con quien sintonizó profundamente. Dada esta amistad, cada vez que Manolo iba a Toledo pasaba por casa de los Rivera Ramírez. Allí le conoció José cuando tenía 13 años. Cada vez que Aparici aparecía por casa, Pepe –tan averso a las visitas– se sentaba muy próximo a él y se quedaba embelesado escuchándole. La influencia de este hombre –como antes la de Antonio– es de importancia trascendental en la vida de José, quien no sólo le escucha en el hogar familiar, sino que asistirá a diversos encuentros y cursillos en los que la enseñanza de Manolo le fascina. En éste son recurrentes temas como la pasión por que todos vivan en gracia, el anhelo de santidad, el aprecio de la cruz, el empuje apostólico, la valoración de los medios sobrenaturales en la vida cristiana, el sentido de Iglesia, el amor a la jerarquía, la valoración de los laicos...

Por su parte, Aparici, perspicaz y experto conocedor del corazón de los jóvenes, detectó pronto la valía de José y su sincera disponibilidad para entregarse sin reservas a altos ideales. Más aún, intuyó en él una posible vocación sacerdotal. En todo caso le dispensó una sincera y afectuosa estima. Baste, a modo de prueba, este párrafo de una carta que le dirige en el año 1946:

«Al fin llega el momento de poder dar satisfacción al deseo que tenía de escribirte. ¡Tantas y tan grandes gracias se encuentran para mí simbolizadas en tu persona, que es imposible que te olvide! En primer término, nuestros queridos hermanos mártires, entre los que descuella Antonio, hermano tuyo en la carne y en la sangre, y mío en el afecto de un mismo Cristo a quien amar y prójimo a quien servir; y en segundo lugar, la generación juvenil fruto de esa sangre de mártires. No, yo no olvido ni aquellas jornadas de Acción Católica de Aranda, cuando yo vi brillar en tus ojos la esperanza de tu vocación, ni la Semana de Estudios de 1940 en Toledo, ni las jornadas de Ptes. de Madrid del 41 ni las de mi despedida de Valladolid, ni las palabras que cruzamos en ésa el 42, cuando los Cursillos Universitarios, pues en todos los momentos yo veía crecer esa esperanza hasta que al fin Él te dio a conocer, con esa mirada honda y amante de que habla san Marcos, que te quería sólo para Él».

Pasados los años, el sacerdote Rivera anota para sí:

«Recordar como gracias muy peculiares e insignes las visitas de Aparici y de otros dirigentes de Acción Católica» (D. 29-III-1976). Y de entre los dones recibidos a través de este siervo de Dios subraya: «Mi fe se ha centrado, desde hace mucho, por el influjo instrumental de Manolo Aparici, en el amor del Padre en Cristo» (D. 3-VII-1972).

Esta relación de estima mutua, iniciada cuando José es un adolescente, continuará hasta la muerte de Manolo en 1964. De hecho, cuando éste, en la última etapa de su vida, yace postrado en cama, Rivera le visitará con frecuencia y, entre los pocos objetos que guardará hasta el final de sus días está precisamente la fotografía de Manuel Aparici.


Entre la angustia y la esperanza

Los 14 y 15 años de José Felipe –quizá esa franja de años comience antes y, ciertamente se extiende hasta los 16– están atravesados, en lo íntimo de su corazón, por la oscuridad y el sufrimiento.

No podemos entrar en su intimidad. Desde fuera columbramos algo del drama del adolescente Rivera. Algo nos ha dejado escrito en su diario, algo conocemos por testigos cercanos (su hermana) y algo ha comentado él mismo públicamente. En todo caso seguimos moviéndonos en el misterio que es la persona humana.

Hay un primer dato incontestable: José quiere ser santo. En 1983 escribirá: «La santidad heroica es hoy mi objetivo, como lo era a los 14 años» (D. 22-XII-1983). Y lo quiere con vehemencia, con sinceridad, como el ideal que centre toda su vida.

Simultáneamente la realidad, tozuda, parece negarle esa posibilidad: no es capaz de vivir ordenadamente la sexualidad. Se experimenta esclavo de la lujuria. Sin más matizaciones, todo desorden en esta materia es para él un pecado grave.

Y no se entiende a sí mismo. Entre otras cosas porque, simultáneamente, ha reemprendido una vida espiritual intensa. ¿Cómo pueden resultar compatibles ambos extremos? Y, para acrecentamiento de la oscuridad, percibe que tampoco le entiende su confesor. Leamos:

«Acaso habré de aplicar el recuerdo de unas palabras de D. Amado, a quien en mi adolescencia –unos 15 ó 16 años– desconcertaba, por lo que él llamaba mezcla de aristocracia y plebeyez espiritual: comunión diaria, lecturas, meditaciones, mortificaciones, rosario, dirección espiritual... y caídas, muchas caídas» (D. 8-V-1987).

No es extraño que alguna vez sus hermanas, que conocían el problema porque él se lo contaba, le hayan sorprendido angustiado, con lágrimas en los ojos.

En esta época la figura de Don Amado Sáez de Ibarra es importante para él. Confesor, director espiritual, le acompaña con afecto y esperanza. Aunque, como hemos visto, también con perplejidad, pues no acierta a entender cómo es posible que un muchacho que se toma con tanta seriedad la vida de gracia pueda simultáneamente tener fallos objetivamente graves. Difícil entender ese contraste que el mismo Rivera resumirá así: «Falible, mis caídas han resultado siempre múltiples y graves, mezcladas con situaciones de notable elevación» (D. 7-VII-1984). Don Amado sufre y reza por este muchachote tan sincero. No ve, pero confía. Tal vez algunos conocimientos de psicología –que tanto estudiará y recomendará en su día el sacerdote Rivera– hubieran podido allanar el camino.

Porque nudos psicológicos sí parece tener este adolescente. De personalidad muy rica, con facetas de su carácter muy precoces y muy intensas, con cualidades intelectuales muy por encima de lo normal, a José se le hace difícil armonizar los múltiples valores que encuentra en sí mismo. El resultado es sufrimiento. Muy intenso. Leamos un texto muy elocuente en el que, constatando que la esperanza, principalmente en su aspecto de confianza, es en su vida una característica predominante, escribe:

«Gracia tanto más notable, y más fácil de ser notada, cuanto que, naturalmente, la desesperación, en sus aspectos más agudos, en su tendencia al suicidio, de que tanto hablo, era una característica de mi temperamento natural. No hay más que rememorar los 15 primeros años de mi existencia. Mi infancia y mi adolescencia estaban constituidas por el balanceo continuo entre la ilusión y la desesperación, llevadas al extremo entonces accesible. En todos los aspectos, respecto de todos los posibles objetivos» (D. 3-VII-1977).

Quizá tanta tensión psicológica explique sus desórdenes en la vivencia de la sexualidad, cuya moralidad tal vez habría que redimensionar. En todo caso es encomiable la tenacidad con la que una y otra vez recomienza el proyecto de santidad que él siente derrumbarse a cada paso. Sin duda, ya desde ahora, vive esa esperanza que asombra al mismo Dios. A este respecto, leamos de nuevo en su diario:

«Por eso, lo que persevera de bueno desde mi adolescencia, desde un momento señalado de mi adolescencia; lo que, pese a tantos extravíos, podría tener por hora de la conversión, es la esperanza. Este levantarme siempre de las caídas reiteradas, este repetir, y no solamente de boquilla, “aunque me quite la vida esperaré en El”. Este regreso, mil veces reiterado, al proyecto de santidad...» (D. 2-VI-1987).

Estamos ante una esperanza que podríamos calificar de heroica: confiar cuando humanamente nada es posible. Muchos años después las cosas han cambiado notablemente para él, pero recuerda claramente cómo vivió esta época:

«Es cuestión, no más, de fiarse, de no empeñarse en resistirle, de no entercarse en obrar según nuestro gusto, nuestro juicio, nuestro instinto natural. Es asunto de oración, de recibir su palabra, de esperarle pacientemente, de seguir creyendo aunque nos parezca que no se produce nada. En verdad, hace años que yo apenas tengo que esperar, que el menor tornarme a Él, en esperanza, se ve inmediatamente fructuoso. Pero hubo un tiempo en que hube de creer contra lo que veía palpable, de esperar contra toda razón humana de esperanza. ¡La gran gracia inicial! Porque esperé. ¡Aquellos meses del año 16 de mi vida!» (D. 21-IV-1972).

Poco a poco los acentuados y valiosos rasgos de su temperamento van encontrando una armonía personal. Y su fidelidad alcanza la victoria: «El milagro de la castidad a los 16 años» (D. 10-II-1975).

Parece ser que sus caídas se resolvieron «de golpe», modo muy acorde con su temperamento. Un día, agobiado por sus faltas, fue a recibir el sacramento de la penitencia y, desde esa confesión, quedó totalmente liberado. Tanto es así que después nunca más volvió a experimentar dificultad alguna en este campo.
No es de extrañar que, andando el tiempo, hablase a veces en sus predicaciones de la eficacia de este sacramento y de cómo una absolución puede liberar definitivamente de un arraigado vicio de lujuria.

Mientras en su interior vive estos desgarrones, hacia fuera manifiesta una creciente mejora: le hemos visto subir sus calificaciones académicas, sigue leyendo y escribiendo, continúa honrosamente su enamoramiento, suaviza notablemente la relación con su padre, milita con entusiasmo en la Acción Católica... Y hasta parece comenzar a brillar en sus ojos –lo ha descubierto la mirada sagaz de Aparici– el destello de una vocación sacerdotal.


Para salvar muchedumbres

El otoño de 1942 trae novedades para José Felipe: otra ciudad, otro hogar, otros estudios.

Mientras la España de postguerra va paliando el hambre e iniciando su reconstrucción, José comienza en la universidad de Madrid la carrera de Filosofía y Letras. Vive en casa de sus tíos, que se toman con cierta seriedad la tarea de contribuir a su educación: casi siempre contrariando sus tendencias temperamentales. Si a él, por ejemplo, le atrae –como así es– la soledad, ellos le impulsan a salir de casa y a llevar una vida social más intensa.

En la universidad parece sentirse bien. Sigue sumergiéndose en la literatura. Continúa ahondando con seriedad en su vida espiritual. Y hace apostolado. Rivera consigue que las conversaciones con sus compañeros deriven hacia temas religiosos, y con frecuencia acaba hablándoles de Jesucristo, de vivir en gracia, de tomarse en serio el Evangelio... Tiene facilidad para abordar a sus compañeros y situarlos frente a la persona de Cristo. Y no es infrecuente que ellos le abran el corazón y hablen con él de las dificultades que encuentran para ser mejores cristianos.

Y tampoco es infrecuente que el joven Rivera –17 años cumplirá en este diciembre– camino de casa, vaya rumiando una inquietud en su interior: «estos chicos me cuentan sus dificultades, hablamos de sus interrogantes más profundos, les aconsejo, pero...» Pero José no puede devolverles la gracia perdida. No está en sus manos la capacidad de absolver. Al final, siempre la misma historia: buscar un sacerdote, hablarle de ellos, concertar cita, acompañarles para que puedan confesar... ¿Y si...? Sí; un presentimiento. Si además de hablar les pudiera absolver... Parece que el Señor comienza a insinuar a José otros horizontes.

En otros momentos, pensando en su futuro, siente nacer también una cierta insatisfacción. Cuando sea profesor –reflexiona él– hablaré de Cervantes, de Lope y de tantos otros, de sus obras, de su pensamiento... está bien, pero... ¿Y lo eterno? ¿Y no es infinitamente más valioso hablar de Jesucristo que de unos cuantos literatos o filósofos? ¿No es mejor dedicar la vida a un afán explícito de salvar muchedumbres que ocuparla en estudiar y transmitir unos conocimientos literario-filosóficos? Definitivamente José deja que la insinuación persuasiva del Señor entre en su alma.

El año universitario avanza. Él sigue estudiando. ¡Y sigue enamorado! Y continúa militando con entusiasmo en Acción Católica. Don Amado, su director espiritual, parece más tranquilo: por fin, el chico cobró altura, las caídas son ya agua pasada y –más aún– diríase que empiezan a brotar síntomas de vocación sacerdotal. Está contento Don Amado. En el fondo siempre supo que este muchacho tenía muy buena madera.

Antes de terminar el curso académico José Felipe quiere aclararse. Ya no puede ignorar una llamada a entregarse más intensamente con Cristo por la salvación de los demás, pero a la vez es patente su vínculo amoroso con María Luisa, con quien podría formar un hogar en clave de santidad.

Con su característica sinceridad, con su permanente afán de fidelidad, Pepe tiene claro el siguiente paso: es preciso preguntar al Señor qué quiere de él.

Y lo hace. Va a una tanda de ejercicios espirituales que dirige el Padre Llanos, que, como buen jesuita, siguiendo el método de San Ignacio, expondrá a los ejercitantes los «modos de hacer elección». José, en su discernimiento, pone de un lado las razones a favor de una opción por la vocación sacerdotal, y, de otro, las razones en contra. Son más numerosas las primeras. Rivera da su sí. Dios mediante, será sacerdote.

En casa no sospechan nada. No pueden ni imaginar que el benjamín haya sido elegido por Dios para el sacerdocio y haya respondido con generosidad. Cuando vuelve a Toledo se lo comunica a sus hermanas y a sus padres. La reacción familiar es de gozo inmenso. El doctor Rivera se va a solas con su hijo a otra habitación y allí le abraza efusivamente manifestándole una enorme alegría. Pepe será el primer sorprendido por estas inusuales expresiones. Su madre, por el contrario, ante la noticia, ha quedado paralizada: ningún gesto, ninguna palabra... pero inmensamente feliz. El hijo, siempre jocoso, mirándola con ternura y leyendo en ella una enorme complacencia, se limitará a comentar, sonriendo: «¡Qué madre más sosa tengo!»

Los Rivera Ramírez están de fiesta.

Pero fiesta crucificada. Unos días más tarde Ana María encuentra a Pepe lloroso. Está quemando las cartas de su enamorada. Va a seguir a Cristo sin condiciones, pero algunos lazos sólo se rompen a precio de lágrimas.

Y es que al joven Rivera, muy dotado para el amor y el saber, le cuesta sacrificar estas tendencias dejándolas en manos del Señor. Con el tiempo entenderá, y explicará, que «sacrificar», etimológicamente, quiere decir «hacer sagrado». No es perder, sino entrar en una dimensión más honda, más plena. En su diario, años después, él mismo registra la gozosa experiencia de haber recibido el ciento por uno:

«Me recuerdo yo, tan poco dado a recordar, paseando a los diecisiete años por el comedor de entonces y calculando acerca de la posible partida al Seminario, la posible vocación de sacerdote. Mis dos deseos capitales, pensaba, y eran deseos extremadamente violentos, son el saber y el amar en mutuo amor. Pero Cristo es la Sabiduría y el Amor...

Las cuentas, es la verdad, salieron redondas. Ha de esto cuarenta y siete años... Pero saber a Cristo es eterno quehacer; amistad esponsal con Él es eterno quehacer. Por tanto no me ocupa ni menos me preocupa la cantidad de saber y de amor que alcanzo en la tierra en tal o cual año. Una sola cosa importa: estar en marcha por esos caminos, que son el Camino sin más... No se trata de acumular conocimientos, sino de ensanchar el entendimiento para conocer eternamente más y más. Y crecer correspondientemente en la potencia de amar. Y en Él y con Él, claro está, a cada una de las personas que voy encontrando de una manera u otra en mi camino. Y de una manera u otra son todas y cada una de las existentes. ¡La enorme grandiosidad de la vida divina!» (D. 28-III-1990).

Aconsejado, entre otros, por Don Amado, José ingresa en el seminario de Comillas, dirigido por jesuitas. De nuevo es otoño: esta siembra habrá de ser fecundada por el agua viva que en estas tierras cántabras será abundante. Estamos en el año –sin duda, de gracia– de 1943.


Relectura de una adolescencia

El adolescente Rivera, tocado por la gracia de Cristo, enamorado de una joven, entregado a sueños literarios, dado al apostolado, influido por su hermano Antonio y por Manuel Aparici, sufriendo por su carácter, desconcertado por sus caídas, llamado al sacerdocio, se nos presenta como sujeto de un hermoso drama en el que la gracia divina pugna por impregnar el corazón humano. Cuando en su edad adulta vuelva los ojos hacia atrás se descubrirá infiel: consciente de ser receptor de grandes dones, constata su inadecuada respuesta. Escribirá así a sus 56 años:

«Desde la adolescencia, en que desconcertaba a Don Amado, hasta ahora, se ha venido ininterrumpidamente produciendo esta desproporción, absolutamente inaudita por mi parte, en ninguna biografía ni persona tratada, entre las gracias percibidas, y aun recibidas, y la muchedumbre de pecados de variadas especies» (D. 27-X-1982).

Desproporción entre el don y la respuesta. Pero lo más hermoso es la interpretación que dará a esta realidad:

«Perdonar quiere decir, realmente, reiterar el ofrecimiento del don íntegro de la amistad, anteriormente rechazada. Decir que hemos perdido la vida, es medir a Dios con medida humana. En el hombre rara vez una ruptura se puede soldar sin dejar señal, y pensamos lo mismo de Dios; pero ello es absolutamente injusto. Mi vida –y la vida de todas las personas que trato– puede alcanzar la eficacia a que estaba destinada. Puede ser levantada mucho más allá de las altísimas cimas soñadas en mi adolescencia. Nada se ha perdido. Como un niño que fuera perdiendo sus juguetes, pero su padre los fuera recogiendo. Perdidos los creía, pero en realidad estaban mejor guardados. Las gracias anteriores desatendidas, incluso con todas las rentas –lo que representa caudales de vida superlativamente torrenciales– están guardadas para mí en los armarios del Padre, y en suma tan seguras, como si las tuviera yo presentes» (D. 1-V-1972).

Releer la propia vida con esta audacia que asombra al mismo Dios, es signo de una personalidad profunda y largamente arraigada en la esperanza teologal: «Desde los 17 años, no he dejado nunca de esperar, en medio de la experiencia más dura de mi fracaso. Ello es una gracia que sobrepasa ciertamente cualquier imaginación» (D. 30-V-1972).

Si en su adolescencia José Felipe ha experimentado la angustia por el pecado, en la edad adulta vivirá un permanente y gozoso asombro ante el acontecimiento de la gracia.