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A la luz de un héroe

Toda vida humana es una providencial historia de amor en la que la gracia divina busca impregnar enteramente la personalidad del individuo. La vida de un santo –un pecador invadido por la gloria de Dios– es el signo más elocuente de la victoria de la gracia misericordiosa.

«Más que nunca –escribe José Rivera un año antes de morir–, volviendo la vista atrás, hasta mis primeros años objeto de posible recuerdo, vivo la sensación y la idea de «niño mimado de Dios» [...] Si exhumo, de los subterráneos de lo pretérito, sucesos particulares, encuentro, de una u otra forma, signos de su ternura. Y al cabo, lo que no ha podido venir más que de Él, esta continua ansia de santidad, jamás interrumpida» (D. 28-III-1990).


Las raíces

La historia visible de este «niño mimado de Dios» comienza el 17 de diciembre de 1925. Ese día, en la casa que lleva el número 2 en la plaza de Santa Isabel, de Toledo, ve la luz un varón cuyo nacimiento, muy deseado, fue muy bien acogido.

José hunde sus raíces en Galicia y Segovia. En Santiago de Compostela había muerto, relativamente joven, su abuelo paterno, Antonio, un hombre honrado y culto, catedrático de Derecho, que, desposado con María del Pilar, fue padre de siete hijos, tres de los cuales –como tantos gallegos– emigraron a América, concretamente a Uruguay. El tercero de los hijos, José, resultó un joven laborioso que consigue pronto su título y su trabajo como médico. Casado con Carmen será el padre del futuro sacerdote Rivera.

Enraizados en Ayllón (Segovia) los abuelos maternos –José y Rosalía– fueron también un matrimonio fecundo: siete hijas. De ellas las dos primeras volaron al cielo cuando contaban sólo dos años de edad. El abuelo José, terrateniente, escritor muy culto en temas de agricultura, elegido con frecuencia como diputado provincial, destacaba por ejercer la abogacía de modo gratuito y sólo cuando la causa era justa. Rosalía, de ascendencia napolitana, daba un toque especial de piedad al hogar en el que crecerá Carmen, penúltima de las hijas, madre de nuestro José.

Hacia 1910 encontramos como médico de Ayllón a Don Ventura Rivera Lema. Con cierta frecuencia viene a verle su hermano José, que ejerce la medicina en Riaguas, población cercana. En una de esas visitas José es presentado a la familia Ramírez Grisolía. Pronto se enamora de Carmen, siendo correspondido por ella. Las visitas, a caballo, se hacen diarias y, pasado no mucho tiempo, deciden contraer matrimonio.

Carmen es una mujer serena, equilibrada, sufrida, soñadora, hogareña, a veces un poco indecisa; siempre afectuosa y amable. José –buen contrapunto– es hombre decidido, impetuoso, a veces violento, siempre ardoroso, con un acentuado sentido de la generosidad y la justicia. Pasados muchos años, cuando llegue el momento de celebrar las bodas de oro del matrimonio, su hijo sacerdote reconocerá:

«Mi temperamento, con todos los defectos, es una mezcla bastante explosiva de los temperamentos de papá y mamá [...] Muchas cosas que me ayudan a servir a los demás las he heredado de él» (Cta. a su hermana Ana Mª, XI-1962).

Esta diversidad que reconocen José y Carmen les hace profunda y armoniosamente complementarios. Lo experimentan así gozosamente y el 28 de noviembre de 1912 celebran el sacramento del matrimonio en Soria, en la iglesia de Nuestra Señora del Espino.

Recién casados se establecen en Riaguas, donde José sigue ejerciendo la medicina. Pero con frecuencia van a Ayllón a ver a la familia de Carmen. La primera hija, a quien normalmente llamarán Carmelina, nace en enero de 1915. Al año siguiente, el 27 de febrero, ve la luz el segundo de los hijos, Antonio.

Mientras tanto la salud del doctor Rivera se resiente y el matrimonio decide establecerse en un lugar que le resulte más benigno. Por esta razón, a finales de agosto de 1916 encontramos a la familia Rivera Ramírez en Toledo, en una casa de la plaza de San Nicolás, aunque unos años más tarde, en 1921, establecerían su residencia definitiva en un edificio amplio y hermoso situado en la plaza de Santa Isabel. Aquí nace Ana María en 1923, y dos años después el último de los hijos, José.

La vivienda, magníficamente situada, ofrece hermosas vistas de la ciudad. Si el seno materno configura el cuerpo del hijo, el seno urbano colabora también en la formación del niño que crece en él. José ha visto cientos de veces una catedral cuya torre, disparada al cielo, le ha hablado de otros horizontes, eternos, celestiales; ha sido un indicador permanente de la existencia de otro mundo, más definitivo, más real... En la misma plaza, enfrente de la casa de los Rivera Ramírez, un convento de clarisas habla de la primacía de Dios, del Absoluto por quien se puede perder la vida en el silencio y la humildad. A pocos metros, el seminario diocesano recuerda el gozo inigualable de gastar la vida por Cristo extendiendo su Evangelio. Desde algunas de las ventanas se divisa, cercano, el alcázar: amor a la patria, vida como milicia permanente, donde hay que alistarse en las huestes del único Señor verdadero; llamada a dar a la existencia un estilo heroico. Y hasta los tortuosos callejones situados en la parte de atrás del edificio serán sugerencia de la complejidad del ser humano, de las veredas imprevisibles y sorprendentes por las que la gracia divina va abriéndose camino para conquistar al hombre. ¿Y quién sabe qué huella habrá dejado en el alma del pequeño José la imagen de una ciudad permanentemente rodeada por el río Tajo? Tal vez el atisbo de que vivimos abrazados constantemente por Dios; tal vez el vislumbre inconsciente de la ternura inmutable del Padre que no se cansa de estrechar en sus brazos al hijo, sea cual sea la condición de éste; o acaso una evocación lejana de ese Cristo Esposo del que tanto hablará un día el sacerdote Rivera...

Toledo –pregunten a El Greco– es realidad misteriosa, trasunto de una plenitud intuida. José va a crecer connaturalizado con el misterio.


Un niño que conoce a Dios

Nacido el 17 de diciembre de 1925, en pleno adviento, cuando la liturgia mozárabe se dispone a celebrar la expectación del parto de la Virgen María, el pequeño José será bautizado el 2 de enero de 1926 en la parroquia de Santo Tomás Apóstol, popularmente conocida como Santo Tomé. A lo largo de su vida recordará y revivirá espiritualmente esta fecha en la que, habiendo sido injertado en la generación eterna del Verbo, se hace pura pertenencia de Dios. «Por el bautismo soy de Cristo –anotará él–. Y no puedo ser de nadie más; ni mío siquiera» (D. 2-III-1973). Los padrinos, niños aún, son sus dos hermanos mayores, Carmelina y Antonio, que tomarán muy en serio la responsabilidad de colaborar en la educación cristiana de su ahijado.

Pasado algo más de un año, el 27 de marzo de 1927, en la misma parroquia, recibe el sacramento de la Confirmación, que le administra el cardenal Reig. También sus hermanos Antonio y Ana María son confirmados en esa misma celebración, durante la cual el niño devora una gran cantidad de galletas. Junto a otros rasgos, desde su más tierna infancia José se manifiesta impulsivo y terco.

«Recuerdo –escribe en 1975– la historia de mi destete: mamá se metió un trozo de piel, para que yo me asustara, me dijeron que era un bicho; yo respondí: pues quiero el bicho... Pero me destetaron. Cosa, según oído, dificultosa... Parece que desde niño fui terco, con esta obstinación que aún perdura» (D. 11-II-1975).

Los primeros años transcurren en un ambiente muy familiar. José es muy cuidado por su madre, que se vuelca en la educación del niño. De ella aprende las primeras oraciones y las primeras letras, tanto en castellano como en francés; con ella tiene una relación de entrañable afecto, de ternura: «Recuerdos de mi infancia: mamá estaba siempre junto a mí, educándome –¡como ella sabía!– ya que ni siquiera fui a un colegio en mi niñez» (D. 10-XII-1974). Hasta los ocho o nueve años seguirá estando muy apegado a ella, siendo incluso extremadamente mimoso. En cambio la relación con su padre es diferente. Éste es un hombre recio, de carácter apasionado, a veces un tanto duro en sus manifestaciones, radical y honrado. José le admira y reconoce haber recibido de él cualidades para el servicio a los demás, tesón, tendencia a la radicalidad, ardor... Pero a la vez –quizá por similitud de temperamento– choca con frecuencia con él. Hasta el punto de que, pasados unos años, el padre considera seriamente la posibilidad de internar a su hijo en un correccional para modelar su carácter. El consejo del cardenal Gomá, a quien atiende como médico, le disuade de tomar esa decisión.

Pepe –así llaman en casa a nuestro José Rivera– crece, pues, en un ambiente de profundos valores cristianos, a la vez que sostenido por la autoridad paterna y la maternal ternura. Por ósmosis irá asimilando la piedad de su madre, la honradez y el creciente compromiso apostólico de su padre, así como la progresiva y apasionada incorporación de sus hermanos mayores a la militancia en Acción Católica. Además el hogar será objeto de frecuentes visitas de sacerdotes y de laicos que viven con ardor la pasión evangelizadora. Entre ellos destacará, señera, la figura de Manuel Aparici.

Siendo mayor, él mismo recuerda y reconoce agradecido el don que ha sido su hogar y lo mucho que en él ha recibido:

«Yo personalmente estoy encantado de haber nacido, y de haber nacido en esta casa... He crecido en un ambiente de piedad, donde se desarrollaron Antonio y mi madrina, y yo pude recibir unas ideas básicas que han hecho especialmente fácil la vivencia de las ideas sobrenaturales» (D. 28-XI-1962). El año anterior a su muerte –residiendo en el hogar familiar– escribirá aún: «Me han enseñado el catecismo en esta misma casa que ahora habito. Y he recibido testimonios sobreabundantes en manifestaciones y en intensidad desde la cuna» (D. 4-IV-1990). Y antes: «El ambiente de casa, con todas sus deficiencias, me comunicaba una tendencia a la totalidad –gracias a la santidad de Antonio y a la radicalidad de papá– que yo ciertamente absorbía con todas mis fuerzas» (D. 2-II-1975).

A la edad de siete años recibe por primera vez a Jesús en la Eucaristía. ¡Primera comunión! La preparación ha sido muy cuidada. Su madrina, Carmelina, le ha seguido de cerca. Ella le ayuda a examinar su conciencia. De hecho, Pepe, durante bastante tiempo, cada vez que va a confesarse, expone primero los pecados a su madrina, pidiéndole consejo sobre su situación moral. Además de Carmelina también intervienen Don Eusebio Ortega, sacerdote, que le da algunas catequesis, y, especialmente, le prepara de forma inmediata otro sacerdote, Don Acacio. Pepe comulga el día del Sagrado Corazón, junio de 1933, en Santa María de la Cabeza. Día de gozosa y profunda vivencia de fe.

«...He tenido experiencia de Dios –relativa, por supuesto– desde muy pronto... Recuerdo, por ejemplo, el fervor –genuino– de mis siete años, la preparación a la primera comunión con Don Acacio…» (D. 2-II-1975).

Y es que, arraigado en una familia profundamente católica, José Rivera va siendo educado en connatural apertura a la realidad sobrenatural.

En ese entramado de colaboraciones en torno al acontecimiento de la primera comunión también estuvo presente su padrino, Antonio. Por influjo suyo, Pepe, a partir de este momento, comienza a confesarse semanalmente, siempre con el mismo sacerdote, Don Francisco Vidal, confesor de Antonio. Y sigue comulgando fervorosamente cada domingo.


En una España convulsa

Mientras tanto la situación socio-política española ha ido creciendo en tensión. Tras los años relativamente tranquilos de la dictadura de Primo de Rivera, durante los cuales transcurre la primera infancia de José, tiene lugar el advenimiento de la 2ª República. Alfonso XIII, ante los resultados de las elecciones municipales de 1931, abdica y marcha al exilio. El 14 de abril España es republicana. Alcalá Zamora es el hombre encargado de presidir un gobierno provisional que tiene como cometido fundamental elaborar una constitución que regule la situación del nuevo régimen político. Buena parte de la sociedad española espera también que este gobierno acometa seriamente la reforma agraria y la promoción de la clase obrera. Otros desean, además, que se den pasos firmes en orden a potenciar en España un régimen de autonomías regionales. Las expectativas eran legítimas. La sociedad española sufría una grave desigualdad. Frente a una oligarquía acomodada, grandes masas de campesinos vivían en situación de penuria. Y el mismo fenómeno padecía la clase obrera.

Pero las presiones de fuerzas extremistas no permitieron al gobierno recién constituido avanzar serenamente. Ya en el mes de mayo estallan los desórdenes sociales. Se inicia una ola de quema de iglesias y conventos que afecta a más de un centenar de edificios. Y la constitución que se promulga a finales de este año 1931 tiene un talante sectario y profundamente laicista. Fruto de ella es la expulsión de los jesuitas.

Desde diciembre de 1931 hasta septiembre de 1933 Manuel Azaña está al frente de un gobierno republicano-socialista. Sus medidas, que parecen buscar la descristianización de España, provocan un malestar creciente entre los católicos. Tampoco campesinos y obreros ven avanzar las deseadas reformas sociales. El ejército está igualmente descontento ante la reestructuración que sufre. Y finalmente la autonomía de algunas regiones ha derivado hacia el independentismo. Todo ello crea un clima de tensión que va creciendo según pasan las semanas.

Azaña dimite en septiembre de 1933. Nuevas elecciones generales. Esta vez triunfa la derecha, que tampoco se muestra decidida a acometer reformas serias y justas. Pronto el nuevo gobierno tiene que hacer frente a conflictos graves: la huelga general de 1934 y la revolución de Asturias. Sus días están contados. En febrero de 1936 asistimos de nuevo a elecciones generales, que dan el triunfo al Frente Popular. Para esta fecha España está ya profundamente dividida y envenenada. Sólo faltan algunos acontecimientos que actúen como detonante y la confrontación que viven los españoles desembocará en la guerra civil que estallará el 18 de julio.


Un intelectual precoz

En los años tumultuosos que preceden a la guerra civil José Felipe ha visto a su familia tomar una postura cada vez más comprometida con la causa católica. Ha visto a su padre asumir la presidencia de la Asociación de Padres de Familia y luchar por una escuela católica frente al modelo laicista que imponía el gobierno. Carmelina, su madrina, se ha implicado intensamente en la Acción Católica. Y Antonio, apóstol infatigable, se ha convertido en un verdadero líder de la juventud católica.

Pepe, criado en ese ambiente, y con su carácter fogoso, es desde niño un apasionado de las causas grandes: «...esta ansia que viene tan de lejos en mi vida, que avanza desde la infancia misma, pues jamás he podido detenerme con el pensamiento o el deseo en nada mediano, y desde entonces recuerdo el anhelo vivo, inquietante, de plena santidad» (D. 24-X-1972).

Cuando su hermana Ana María propone disimular algunos signos para evitar el ambiente adverso que se respiraba en el Toledo republicano, el pequeño José reaccionará con energía:

–No, Ana María. Hay que saber morir por los ideales.

Junto a ese entusiasmo por alcanzar grandes metas late en el niño Rivera una ardiente pasión intelectual que se prolongará durante toda su vida.

La primera formación la recibió en casa. Primero de su propia madre; después, de una profesora particular. De forma que desconoció el colegio en su infancia. Será a los diez años cuando haga su examen de ingreso en el instituto de enseñanza media y, tras aprobarlo, se incorpore a él para estudiar 2º de bachiller.

Pronto aparece en él una insaciable avidez por la lectura. A los siete años le descubrimos leyendo una serie de Vidas ejemplares, que no sólo nutren su intelecto, sino que avivan en su corazón el deseo de emular a esos grandes personajes.

A los ocho años le sorprendemos en este diálogo:

–Mamá, ¿cuánto cuesta un huevo?
La madre, extrañada, termina por decirle el precio aproximado. José, después de reflexionar un momento, le comenta:
–Pues bien, durante tantos días (le dice el número calculado) suprime el huevo que me corresponde en la cena y me das el dinero ahorrado.
Y añade lleno de gozo:
–¡Así podré comprar un libro!

De mente privilegiada, hacia los diez años ya ha leído la Historia de un alma, de Santa Teresa del Niño Jesús. Un tiempo después, a los once o doce, lee y resume a San Juan de la Cruz. Y la adolescencia, hacia los catorce años, le sorprende enfrascado en la Metafísica de Aristóteles. Él mismo, al mirar su pasado, se asombrará y, con la humildad que reconoce que todo es don de Dios, registrará lo excepcional de su trayectoria intelectual:

«¿Ha habido muchas personas que a los 12 años fueran capaces de gozar la lectura de Santa Teresa de Jesús, de Santa Teresa de Lisieux, de San Juan de la Cruz o de las Confesiones de San Agustin? ¡Cómo me prevenía su amor! Y lo más extraño es que no ha habido en toda mi vida una temporada prolongada en que no haya disfrutado de tal especie de lección» (D. 24-IV-1972).

Absorbido por el afán de leer busca los rincones más aislados de la casa para poder entregarse plenamente a los libros. Por sus manos van pasando escritos religiosos, históricos y numerosas obras de literatura, de la que siempre será un gran aficionado y un experto conocedor.

Tanto le apasiona la lectura que no duda en esquivar las visitas de amigos y conocidos de la familia. Cuando éstos vienen a la casa, José se descuelga hábilmente por uno de los balcones para evitar a los visitantes y proseguir leyendo en algún rincón del jardín o del sótano.

Sin embargo, este intelectual precoz no parece ser un alumno brillante cuando ingresa en el instituto. Tres de los cursos los termina con calificación global de notable bajo, dos con un aprobado alto y sólo en 7º de bachiller encontramos una nota media de 8,3. Mientras tanto, al acabar 3º, le vemos suspender las matemáticas, que sólo podrá recuperar en enero del curso siguiente.

La enseñanza académicamente estructurada no parecía atraerle demasiado, mientras seguía buscando conocimientos de forma apasionada en otras fuentes. Ya de sacerdote reconocerá gozoso que todo el saber que buscaba se le ha ofrecido gratuita y desbordantemente en Jesucristo:

«En mi infancia ansiaba amor y sabiduría: el Padre me ofrece a su Hijo, que es la Sabiduría suya, infinita, acomodada a mi medida en su encarnación, y su Espíritu que es su Amor. Quedaba la gloria, pero la gloria humana hace muchos años que no me interesa. Y en cuanto al dinero, el bienestar material y todas esas cosas, no me importaron jamás» (D. 17-IV-1972).


El influjo de un testigo

Apenas aprobado el examen de ingreso en el instituto para estudiar 2º de bachiller –Pepe tiene diez años– estalla la guerra civil.

Muchos lo presentían. También los Rivera. Tanto Don José, el padre, como su hijo Antonio tenían prevista, de alguna forma, su colaboración. Para ellos lo que está en juego no es una cuestión política de derechas o izquierdas, sino el valor superior que es la patria en cuanto tal y su inspiración católica. Se sienten llamados a luchar por la defensa de una España cristiana.

En Toledo las fuerzas adictas al alzamiento quedan atrincheradas en el Alcázar, que muy pronto es cercado y asediado por el ejército republicano. Antonio ha entrado en la fortaleza, como defensor, con la convicción de que ése es su deber. Sorprende el armamento que se ha llevado para este combate: el evangelio, el rosario y el cilicio. Una vez dentro del alcázar pondrán en sus manos un fusil. En casa queda el resto de la familia.

Toledo está en poder republicano. Se multiplican los asesinatos, especialmente de sacerdotes. Cunde el terror. El Alcázar está sitiado. Los Rivera Ramírez sufren y rezan por Antonio.

Pasan los días y el asedio se endurece. Dentro, Antonio pide los puestos más difíciles, se multiplica en el servicio a todos, invita a orar, reúne a un grupo de combatientes para hablarles de Dios...

A Don José, el padre, le buscan para fusilarle. Él mismo ha visto cómo mataban a Don Pedro Ruíz de los Paños, sacerdote, actualmente beatificado, que en ese momento era director general de la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos. En casa logran construir un escondite donde pasará los meses que dure la ocupación de las fuerzas republicanas.

Los ataques al Alcázar fueron arreciando hasta que el 18 de septiembre, dinamitado, se convierte en ruinas. Pero los defensores no se rinden. Antonio ha sido herido gravemente en un brazo. Se lo tienen que amputar, pero ya no queda anestesia. Se somete a la operación apretando su rosario con la otra mano y aguantando un dolor inimaginable.

Unos días después, el 28 de septiembre, el Alcázar es liberado. Antonio se reencuentra con su familia. Vuelve muy débil. Aunque la herida va cicatrizando aparece una septicemia que terminará causándole la muerte. El 20 de noviembre, a los veinte años de edad, fallece.

Pepe ha sido testigo de estos meses de tensión y heroísmo. La figura de su hermano le enardece, le hace entender que la vida es combate en el que si no se adopta una actitud heroica se cae en la traición.

Antonio ha sido luz para él. Profundamente creyente, vivió en continua tensión hacia la santidad. Entendió que los males de España tenían una raíz religiosa y ofreció su vida, convencido –recordando el pasaje bíblico de Sodoma– de que si se encontraba un número suficiente de santos, la patria se salvaría. En sus escasos apuntes aparece constantemente la misma idea: estoy llamado a ser santo, debo dar un tono heroico a mi vida, lo mejor que puedo dar a los demás es una vida impregnada de santidad, la primera condición para casarme es que ella quiera ser santa como yo quiero ser santo...

Antonio vivía de forma desbordante el entusiasmo apostólico, la confianza en Dios, la alegría... Y sus últimas semanas fueron una lección de fe en la eternidad, de aceptación de la cruz, de amor a Cristo.

Pepe, ávido, iba asumiendo por ósmosis ese talante del hermano. La tarde de su muerte su madre ha querido que también el pequeño José esté con toda la familia en torno al lecho del moribundo. Rezan arrodillados. Pepe ve expirar a su hermano. Llora. Pero en el fondo de su corazón ha experimentado la grandeza de aquel momento, trasunto de la pascua de Cristo.

«Recuerdo bien que, en mis primeros ejercicios, propuse hacer cuanto fuera necesario para gozar una muerte como la de Antonio... ¡aquella serenidad regia de Antonio en su 20 de noviembre! (D. 5-II-1973).

Durante dos días el cadáver de Antonio queda expuesto en casa. El pequeño José no cesa de visitarlo. Se acerca reverentemente. Le besa con inmenso cariño. Reza. Tiene certeza de que este hermano, tan querido, está en el cielo. ¡Se ha quedado tan cerca al irse!... Confidente, maestro, ejemplo...

Mientras tanto Toledo, ahora en zona nacional, recupera cierta normalidad. José ve pasar a los soldados que se alojan en el seminario, va cada día a clase, sigue leyendo con avidez... Pero algo ha cambiado. La muerte de Antonio parece haber despertado en él un hambre más intensa de Cristo: el pequeño Rivera –once años tiene ahora– comienza a participar diariamente en la Misa.