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25 de diciembre. Natividad del Señor

Solo trataremos aquí de la Misa del día, no de la de medianoche ni de la de la aurora.

La Liturgia nos lleva hoy a Belén, junto al pesebre, donde reposa el divino Rey, recién nacido. Dejémonos llevar por ella. Una vez ante el divino Niño, postrémonos en actitud de adoración y recitemos el símbolo de la fe y el prólogo del Evangelio según San Juan: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, Engendrado no creado, de la misma sustancia que el Padre… Descendió de los cielos, por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de santa María Virgen…»

Y con el profeta Isaías digamos en el canto de entrada: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el Imperio, y tendrá por nombre: Ángel del Gran Consejo» (Is 9,5).

La colecta (Veronense) ora: «Oh Dios, que de un modo tan admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza, y de modo más admirable aún elevaste su condición por Jesucristo, concédenos compartir la vida divina de Aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana».

El ofertorio es el mismo del Misal anterior al Concilio Vaticano II: «Acepta, Señor, en la fiesta solemne de Navidad la ofrenda que nos reconcilia contigo de modo perfecto, porque en ella se encierra la plenitud del culto que el hombre puede tributarte».

El Salmo 97,3, en la comunión, nos lleva a cantar, con toda la tierra, la victoria de nuestro Dios. Y en la postcomunión, que también se encontraba en el Misal anterior, pedimos al Dios de misericordia que hoy, que nos ha nacido de nuevo el Salvador para comunicarnos la vida divina, nos conceda hacernos igualmente partícipes del don de su inmortalidad.

–Isaías 52,7-10: Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios. Ha cumplido Dios su palabra de consolación. Nos ha redimido, dejándose ver y amar en medio de nosotros. Cristo es la realidad suprema del acercamiento pedagógico de Dios a nosotros. Cristo es el Mensajero que viene a anunciar la Buena Nueva: el Evangelio, de la paz y de la salvación.

Cristo colma la expectativa de la Historia y de todo hombre. Se pone a la cabeza de un pueblo nuevo que con Él camina más aprisa hacia Dios. El hombre adquiere una nueva conciencia de sí mismo, adquiere el sentido verdadero de la propia dignidad y la posibilidad de crecer hacia el más allá, hacia la salvación definitiva.

En el Misterio de la Encarnación se nos da Dios mismo con todo lo que Él es y con todo cuanto posee. Él sabe muy bien que ninguna otra cosa puede saciarnos más que Él mismo. Es, pues, legítima nuestra alegría y son buenas nuestras fiestas, pero sin el desorden ni el derroche.

–Con el Salmo 97 cantamos al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo… Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Estamos salvados. Pero muchos hombres aún no lo saben o se comportan como si no lo supiesen.

–Hebreos 1,1-6: Dios nos ha hablado por su Hijo. Cristo es personalmente la Palabra de Dios vivo. En la plenitud de los tiempos el Padre nos ha hablado por su Hijo. Ha habido dos fases en la Revelación: la preparación por los profetas, primero, y en la plenitud de los tiempos la revelación perfecta por medio del Hijo. Son dos momentos continuos, de manera que, ciertamente, en todo tiempo Dios ha hablado a los hombres. Pero en el último tiempo su Palabra se ha expresado de un modo insólito y maravilloso, con un gesto nuevo de infinito amor. Cristo, Verbo encarnado, imagen de Dios y de su gloria es el signo sacramental de una nueva presencia de Dios en medio de nosotros. Es la Palabra eterna que dialoga con nosotros, y así nos regenera. Salva y libra al hombre de la esclavitud del pecado.

–Juan 1,1-18: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. El Verbo, que es Luz y Vida divina –Luz que salva y Amor que redime–, se ha hecho uno más entre nosotros. El Hijo de Dios se nos hace presente en la realidad viviente de un Corazón también humano. San Agustín ha comentado este pasaje evangélico muchas veces.

«Nadie dé muestras de ingenio, revolviendo en su cabeza pensamientos pobres, como el siguiente: –“¿Cómo, si en el principio ya existía el Verbo?… ¿cómo el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros?” Oye la causa. Cierto que a los que creen en su nombre les dio la potestad de ser hijos de Dios… ¿Es acaso maravilla que lleguéis vosotros a ser hijos de Dios, cuando por vosotros el Hijo de Dios llegó a ser hijo del hombre? Y si, haciéndose hombre, quien era más, vino a ser menos, ¿no puede hacer que nosotros, que éramos menos, pudiéramos venir a ser algo más? Él pudo bajar a nosotros, ¿y nosotros no podremos subir a Él? Tomó por nosotros nuestra muerte, ¿y no ha de darnos la vida? Padeció tus males, ¿y no te dará sus bienes?…

«Ésta es la fe. Mantén lo que no ves todavía. Es necesario que permanezcas ligado por la fe a lo que no ves, para no tener que avergonzarte cuando llegues a verlo» (Sermón 119,5, en Hipona).

¡Qué inefable alegría debe producirnos nuestra viva fe en el misterio de la Navidad! Sigamos contemplando el Misterio con la ayuda de San Agustín:

«Un año más ha brillado para nosotros –y hemos de celebrarlo– el Nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. En Él la verdad ha brotado de la tierra (Sal 84,12); el Día del día ha venido ha nuestro día: alegrémonos y regocijémonos en Él (Sal 117,24). La fe de los cristianos conoce lo que nos ha aportado la humildad de tan gran excelsitud. De ello se mantiene alejado el corazón de los impíos, pues Dios escondió estas cosas a los sabios y prudentes y las reveló a los pequeños (Mt 11,25).

«Posean, por tanto, los humildes la humildad de Dios, para llegar también a la altura de Dios con tan grande ayuda, cual jumento que soporta su debilidad. Aquellos sabios y prudentes, en cambio, cuando buscan lo excelso de Dios y no creen lo humilde, al pasar por alto esto y, en consecuencia, no alcanzar aquello debido a su vaciedad y ligereza, a su hinchazón y orgullo, quedaron como colgados entre el cielo y la tierra, en el espacio propio del viento…

«Por tanto, celebremos el nacimiento del Señor con la asistencia y el aire de fiesta que merece. Exulten los varones, exulten las mujeres…Exultad, jóvenes santos… Exultad, vírgenes santas… Exultad, todos los justos… Ha nacido el Justificador. Exultad, débiles y enfermos, ha nacido el Salvador. Exultad, cautivos, ha nacido el Redentor. Exultad, siervos, ha nacido el Señor. Exultad, hombres libres: ha nacido el Libertador. Exultad, todos los cristianos, ha nacido Cristo» (Sermón 184, día de Navidad, después del año 412).

Y dice el mismo Doctor en otro sermón, predicado entre los años 412 y 416:

«Se llama día del Nacimiento del Señor a la fecha en que la Sabiduría de Dios se manifestó como Niño y la Palabra de Dios, sin palabras, emitió la voz de la carne. La divinidad oculta fue anunciada a los pastores por la voz de los ángeles e indicada a los Magos por el testimonio del firmamento. Con esta festividad anual celebramos, pues, el día en que se cumplió la profecía: “La verdad ha brotado de la tierra y la justicia ha mirado desde el cielo” (Sal 84,12).

«La Verdad, que mora en el seno del Padre, ha brotado de la tierra para estar también en el seno de una Madre. La Verdad, que contiene el mundo, ha brotado de la tierra para ser llevada por manos de mujer. La Verdad, que alimenta de forma incorruptible la bienaventuranza de los ángeles, ha brotado de la tierra, para ser amamantada por los pechos de carne. La Verdad, a la que no basta el cielo, ha brotado de la tierra para ser colocada en un pesebre.

«¿En bien de quién vino con tanta humildad tan grande excelsitud? Ciertamente, no vino para bien suyo, sino nuestro, a condición que creamos. ¡Despierta, hombre; por ti, Dios se hizo hombre!… Por ti, repito, Dios se hizo hombre. Estarías muerto para la eternidad si Él no hubiera venido. Celebremos con alegría la llegada de nuestra salvación y redención» (Sermón 185).