Conclusión

«Lo que no se ve es eterno» (2 Cor. 4,18)

Contemplando la acción apostólica de Pablo  hemos asistido a sus luchas y dificultades, a sus triunfos y tropiezos. A cada paso el avance del Evangelio encuentra nuevas trabas. Parece que nunca hubiera nada definitivamente consolidado. Cuando todo parece marchar con éxito surge la persecución por parte de los enemigos del Evangelio, o salta un error doctrinal que vacía el mensaje en su misma esencia, o aparecen debilidades morales en una comunidad que están a punto de dar al traste con todo... De vez en cuando le sorprendemos expresiones como esta: «me hacéis temer no haya sido en vano todo mi afán por vosotros» (Gal. 4, 11).

Sin embargo, San Pablo no se desanima. A él no le extrañan estas dificultades; más bien cuenta con ellas. No le extraña la debilidad humana, pues nadie como él   conoce la fuerza del pecado en el hombre (Rom. 3, 10-18; 7,14-24). Tampoco le sorprende la persecución, hasta el punto de que llega a advertirles de antemano a los cristianos de Tesalónica acerca de ella (1 Tes. 3, 3-4).

Pero lo que sobre todo le mantiene inasequible al desaliento es la esperanza, pues como él mismo proclama con vigor, «la esperanza no defrauda» (Rom. 5, 5). Ahora bien, una característica esencial de la esperanza es la tenacidad y el aguante ante las dificultades (1 Tes. 1, 3). El que está cierto de alcanzar lo que espera soporta con paciencia las adversidades del camino. Y Pablo sabe muy bien en quién ha puesto su confianza (2 Tim. 1, 12)...

A este respecto es significativo el hecho de que la oración de Pablo por sus cristianos insiste en suplicar la gracia de que estén preparados el día de la venida última de Cristo: «para que seáis irreprensibles en el Día de Nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor. 1, 8); «lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más... para ser puros y sin tacha para el Día de Cristo» (Fil. 1,9-11); «que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes. 5, 23)...

San Pablo no se deja engañar por las apariencias. Apoyado en la fidelidad de Dios espera alcanzar la fidelidad y perseverancia final de los que le han sido confiados. Espera que cada uno-como afirma de sí mismo- pueda alcanzar la meta final y sea coronado (2 Tim. 4, 7-8; cf. Fil.3, 12-14). Todo lo demás es relativo. Por eso no le asustan ni le desconciertan los vaivenes y vicisitudes de la historia de los hombres. Si todo ello tiene importancia es en cuanto puede condicionar la salvación eterna de cada uno...

En toda su actividad apostólica vive anclado en la fe y en la esperanza que le hacen percibir y buscar lo real y lo definitivo. No se deja engañar por apariencias, ni por logros parciales, ni por fracasos momentáneos... «No ponemos nuestros ojos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; pues lo que se ve es pasajero, mas lo que no se ve es eterno» (2Cor. 4, 18).