Tengan
en este libro la última palabra la Escritura, la Iglesia primera, los Padres,
el Magisterio apostólico, la voz de un mártir y el canto de una santa a Cristo
mártir.
De la carta a los Hebreos, al parecer escrita
en Roma entre los años 70 y 80:
«Recordad
aquellos días primeros, cuando, recién iluminados, soportásteis múltiples
combates y sufrimientos: ya sea cuando os exponían públicamente a insultos y
tormentos, ya cuando os hacíais solidarios de los que así eran tratados. En
efecto, compartisteis los sufrimientos de los encarcelados, aceptasteis con
alegría que os confiscaran los bienes, sabiendo que teníais bienes mejores, y
permanentes.
«No
renunciéis, pues, a vuestra valentía (parresía), que tendrá una gran
recompensa. Aún os hace falta constancia para cumplir la voluntad de Dios y
alcanzar la promesa. Un poquito de tiempo todavía, y el que viene llegará sin
retraso [Is 26,20].
«El
justo vivirá de la fe, pero si se vuelve atrás, dejaré de amarlo [Hab 2,3-4].
Nosotros no somos de los que se vuelven atrás para su perdición, sino que
vivimos en la fe para salvar nuestra alma» (Heb 10,32-39).
«Así
pues, salgamos hacia Él fuera del campamento, cargando con su oprobio; pues no
tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura»
(13,13-14).
De la carta a Diognetes, escrita en el siglo
II por un cristiano anónimo a un pagano, a petición de éste.
«Los
cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven,
ni por el lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos, en efecto, no tienen
ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida
distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y
especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza
basada en autoridad de hombres.
«Viven
en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres
de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida
y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de
todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman
parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda
tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra
extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de
los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.
«Viven
en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía
está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir
superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena
sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y
enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y
ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su
justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a
cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y,
al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos
los combaten como a extraños, y los gentiles los persiguen, y, sin
embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su
enemistad.
«Para
decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es
en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros
del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las
ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo;
los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está
encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en
el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma,
sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de
los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber
recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.
«El
alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también
los cristianos aman a lo que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo,
pero es ella la que mantiene unido al cuerpo; también los cristianos se hallan
retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la
trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los
cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la
incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer
y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican
más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, que no les
es lícito desertar de él (5-6).
De las cartas de San Cipriano, obispo y
mártir (210-258):
«¿Con
qué alabanzas podré ensalzaros, hermanos valerosísimos? ¿Cómo podrán mis
palabras expresar debidamente vuestra fortaleza de ánimo y vuestra fe
perseverante? Tolerasteis una durísima lucha hasta alcanzar la gloria, y no
cedisteis ante los suplicios, sino que fueron más bien los suplicios quienes
cedieron ante vosotros. En las coronas de vuestra victoria hallasteis el
término de vuestros sufrimientos, término que no hallabais en los tormentos. La
cruel dilaceración de vuestros miembros duró tanto, no para hacer vacilar
vuestra fe, sino para haceros llegar con más presteza al Señor.
«La
multitud de los presentes contempló admirada la celestial batalla por Dios y
el espiritual combate por Cristo, vio cómo sus siervos confesaban
abiertamente su fe con entera libertad, sin ceder en lo más mínimo, con la
fuerza de Dios, enteramente desprovistos de las armas de este mundo, pero
armados, como creyentes, con las armas de la fe. En medio del tormento, su
fortaleza superó la fortaleza de aquellos que los atormentaban, y los miembros
golpeados y desgarrados vencieron a los garfios que los golpeaban y
desgarraban.
«Las
heridas, aunque reiteradas una y otra vez, y por largo tiempo, no pudieron, con
toda su crueldad, superar su fe inquebrantable, por más que, abiertas sus
entrañas, los tormentos recaían no ya en los miembros, sino en las mismas
heridas de aquellos siervos de Dios. Manaba la sangre que había de extinguir el
incendio de la persecución, que había de amortecer las llamas y el fuego del
infierno.
«¡Qué
espectáculo a los ojos del Señor, cuán sublime, cuán grande, cuán aceptable
a la presencia de Dios, que veía la entrega y la fidelidad de su soldado al
juramento prestado, tal como está escrito en los salmos, en los que nos
amonesta el Espíritu Santo, diciendo: es preciosa a los ojos del Señor la
muerte de sus fieles. Es valiosa una muerte semejante, que compra la
inmortalidad al precio de su sangre, que recibe la corona de mano de Dios,
después de haber dado la máxima prueba de fortaleza.
«Con
qué alegría estuvo allí Cristo, de qué buena gana luchó y venció en aquellos
siervos suyos, como protector de su fe, y dando a los que en él confiaban
tanto cuanto cada uno confiaba en recibir. Estuvo presente en su combate,
sostuvo, fortaleció, animó a los que combatían para defender el honor de su
nombre. Y el que por nosotros venció a la muerte de una vez para siempre
continúa venciendo en nosotros.
«Dichosa
Iglesia nuestra, a la que Dios se digna honrar con semejante esplendor,
ilustre en nuestro tiempo por la sangre gloriosa de los mártires. Antes era
blanca por las obras de los hermanos; ahora se ha vuelto roja por la sangre de
los mártires. Entre sus flores no faltan ni los lirios ni las rosas. Que cada
uno de nosotros se esfuerce ahora por alcanzar el honor de una y otra altísima
dignidad, para recibir así las coronas blancas de las buenas obras o las rojas
del martirio» (Cta. 10,2-3.5).
De Pablo VI en una Audiencia general (26-I-1977):
«En
esta ocasión limitamos la apertura de nuestro corazón a la impresión que hoy
domina en Nos; la que nos sugieren las circunstancias de nuestra época en
sintonía con una exhortación muchas veces repetida en el Evangelio de Jesús,
nuestro Maestro y nuestro Salvador: Que no se turbe vuestro corazón (Jn
14,1), frase que surgen con frecuencia de los labios de Cristo (+Jn 14,27; Lc
12,32; 24,38; etc.)...
«Si
el Señor nos recomienda no temer, señal es de que nos encontramos en peligro...
Nos encontramos en una condición no propicia, no fácil. No estamos, humanamente
hablando, en un período de normalidad, de tranquilidad, de facilidad, como
cristianos, decimos.
«Debemos
abrir los ojos. Vivimos en tiempos difíciles. Aquel Jesús que os infunde
valor y que quiere creamos en su asistencia y en su arte divino para orientar en
nuestro beneficio espiritual todas las cosas, incluso las que consideramos
c contrarias a nosotros y dolorosas pues todo colabora al bien de los
que aman a Dios (Rm 8,28), es el mismo Jesús que nos advierte que vigilemos
mil y mil veces (+Mt 24,42; 26,38; Mc 13,37; Lc 21,36; etc.), que nos quiere
atentos a los signos de los tiempos (Mt 16,4), que nos anuncia anticipadamente
la dureza, por así decir, connatural a la profesión cristiana (+Jn 16,20.22), y
que, una vez más, por medio del mismo Apóstol, nos exhorta a vivir protegidos
por la armadura de Dios, para ser capaces de resistir el mal (Éf 6,11-13)...
«La
vida cristiana es milicia (+Job 7,1). La condición de quien ha escogido a
Cristo por su modelo, por su guía, por su Redentor, no puede ser ni tímida, ni
cómoda, ni incierta (+Jn 19,37).
«Ahora
bien, si así es, nuestra vocación es hoy la fortaleza. Los tiempos
son difíciles. Debemos estar preparados para vivirlos con personal y
generoso espíritu de testimonio de fe, de energía moral, de preferencia sobre
todo cálculo de egoísmo, de miedo, de vileza, de oportunismo por nuestra
personalidad de hombres verdaderos, convertidos en superhombres por nuestro
bautismo».
De una carta escrita por el P. Juan Schwingschackl,
S. J., mártir del nazismo, en la cárcel de Stadelheim-Munich (28-II-1945: Reino
de Cristo IX-1982):
«Quiero
deciros adiós. Muchas veces me he separado de vosotros, pero nunca tan alegre
como ahora, aunque todos partís conmigo en mi corazón por el gran amor que os
tengo.
«Queríais
saber cómo estoy. Estoy bien y contento. Mejor dicho, me siento feliz.
El proceso, y sobre todo el texto de la condena, han demostrado que muero por
la causa de Cristo... Antes de instruirse el proceso ya fui condenado. Puedo
decir que me siento feliz de morir por la causa de Cristo.
«Desde
hace tiempo carezco de toda ayuda espiritual. Es el mayor sacrificio. Pensar
que ya no podría celebrar Misa me torturaba. Llevo el uniforme de presidiario,
y desde mi sentencia de muerte estoy encadenado, hace cinco semanas. Están las
cadenas siempre tan apretadas que desde el primer día se me marcaron en la
carne; se me formó un gran tumor en el brazo, y el antebrazo se hinchó
notablemente.
«He
pasado mucho frío, porque no había fuego en mi celda. He pasado hambre, y hubiera
podido comer tres veces más de lo que dan. De esta manera he esperado el
sacrificio de mi vida. Ha sido un sufrimiento especial no saber cuándo iba a
suceder: a cada minuto la puerta podía abrirse, con la palabra ¡venga usted!.
Mi salud se ha quebrantado. Con la fuerza de la tos comienzo a escupir sangre.
«Pero
las Navidades de este año han sido las más hermosas de mi vida. He
podido ocuparme bastantes horas, sobre todo por la noche, en la meditación del
amor de nuestro Redentor. Ha sido una delicia. El día del Año Nuevo me llevaron
a una celda donde me atendió un sacerdote. Cuando me arrodillé delante de mi
Señor en la Eucaristía lloré como un niño. En los once meses de prisión he
recibido siete veces solamente la sagrada Comunión.
«Alegráos
conmigo. El día de mi ejecución será un día de fiesta para todos nosotros.
Si pudiera, os enviaría a mi Ángel de la Guarda para que os anunciara la hora
de mi muerte.
«Con
mis manos encadenadas os doy mi bendición, y con ella termino estas
líneas.
«Adiós.
Hasta el cielo».
Finalmente, de las oraciones atribuidas a santa
Brígida (+1373), tomamos esta canto final a Cristo mártir.
«Bendito
seas tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la
última cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso,
y por tu amor lo diste a los apóstoles como memorial de tu dignísima pasión, y
les lavaste los pies con tus santas manos preciosas, mostrando así humildemente
tu máxima humildad.
«Honor
a ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y la muerte hizo que tu
cuerpo inocente sudara sangre, sin que ello fuera obstáculo para llevar a
término tu designio de redimirnos, mostrando así de manera bien clara tu
caridad para con el género humano.
«Bendito
seas tú, mi Señor Jesucristo, que fuiste llevado ante Caifás, y tú, que eres el
juez de todos, permitiste humildemente ser entregado a Pilato para ser juzgado
por él.
«Gloria
a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste
revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una
paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los
ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello.
«Alabanza
a ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste ligar a la columna para ser
cruelmente flagelado, que permitiste que te llevaran ante el tribunal de Pilato
cubierto de sangre, apareciendo a la vista de todos como el Cordero inocente.
«Honor
a ti, mi Señor Jesucristo, que, con todo tu glorioso cuerpo ensangrentado,
fuiste condenado a muerte de cruz, cargaste sobre tus sagrados hombros el
madero, fuiste llevado inhumanamente al lugar del suplicio, despojado de tus
vestiduras, y así quisiste ser clavado en la cruz.
«Honor
para siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que en medio de tales angustias, te
dignaste mirar con amor a tu dignísima madre, que nunca pecó ni consintió jamás
la más leve falta; y, para consolarla, la confiaste a tu discípulo para que
cuidara de ella con toda fidelidad.
«Bendito
seas por siempre, mi Señor Jesucristo, que cuando estabas agonizando, diste a
todos los pecadores la esperanza del perdón, al prometer misericordiosamente la
gloria del paraíso al ladrón arrepentido.
«Alabanza
eterna a ti, mi Señor Jesucristo, por todos y cada uno de los momentos que, en
la cruz, sufriste las mayores amarguras y angustias por nosotros, pecadores;
porque los dolores agudísimos procedentes de tus heridas penetraban
intensamente en tu alma bienaventurada y atravesaban cruelmente tu corazón
sagrado, hasta que dejó de latir y exhalaste el espíritu e, inclinando la
cabeza, lo encomendaste humildemente a Dios, tu Padre, quedando tu cuerpo
invadido por la rigidez de muerte.
«Bendito
seas tú, mi Señor Jesucristo, que con tu sangre preciosa y tu muerte sagrada
redimiste las almas y, por tu misericordia, las llevaste del destierro a la
vida eterna.
«Bendito
seas tú, mi Señor Jesucristo, que, por nuestra salvación, permitiste que tu
costado y tu corazón fueran atravesados por la lanza y, para redimirnos,
hiciste que de él brotara con abundancia tu sangre preciosa mezclada con agua.
«Gloria
a ti, mi Señor Jesucristo, porque quisiste que tu cuerpo bendito fuera bajado
de la cruz por tus amigos, y reclinado en los brazos de tu afligidísima madre,
que ella lo envolviera en lienzos y fuera enterrado en el sepulcro, permitiendo
que unos soldados montaran guardia.
«Honor
por siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que enviaste el Espíritu Santo a los
corazones de los discípulos y aumentaste en sus almas el inmenso amor divino.
«Bendito
seas tú, glorificado y alabado por los siglos, Señor Jesús, que estás sentado
sobre el trono en tu reino de los cielos, en la gloria de tu divinidad,
viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste de la
carne de la Virgen. Y así has de venir el día del juicio a juzgar a las almas
de todos los vivos y los muertos: tú que vives y reinas con el Padre y el
Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.