Teología del martirio según Santo Tomás
Siendo
el concepto teológico de martirio una elaboración de la tradición de la
Iglesia, nos interesa especialmente la doctrina de Santo Tomás de Aquino, pues
en este tema, como en otros, el Doctor Angélico no hace sino sistematizar
teológicamente la doctrina de la Biblia y de la Tradición. Por otra parte, la
enseñanza tomista sobre el martirio, tal como se expone en la Summa
Theologica II-II, cuestión 124, en cinco artículos, ha marcado mucho la
enseñanza de los teólogos.
Art. 1: El martirio
es un acto de virtud
Propio
de la virtud es hacer que la persona permanezca en la verdad y en el bien. Y
«es esencial al martirio mantenerse por él firme en la verdad y en la justicia
contra los ataques de los perseguidores. Es, pues, evidente que el martirio
es un acto virtuoso».
Los santos Niños Inocentes, honrados desde antiguo por
la Iglesia como mártires, constituyen una excepción, pues no pueden obrar
virtuosamente, ya que carecen del uso de razón y de voluntad. Convendrá, pues,
pensar en esto que «así como en los niños bautizados los méritos de Cristo
obran en ellos por la gracia bautismal para obtener la gloria, así a los niños
muertos por Cristo dichos méritos les dan la palma del martirio».
Podría
objetarse: si es un acto virtuoso, ¿por qué la Iglesia ha prohibido desde
antiguo buscar el martirio voluntariamente? Santo Tomás responde que
ciertos mandamientos de la Ley divina nos exigen solamente una «disposición del
alma» para cumplirlos «en el momento oportuno». Es, pues, virtuoso y necesario
estar pronto a sufrir por Cristo persecuciones, si éstas llegan. Pero no es
lícito buscar estas persecuciones o provocarlas; por una parte, sería en el
mártir una temeridad, y por otra, sería incitar a los perseguidores para que
realicen un crimen.
Art. 2: El martirio
es un acto de la virtud de la fortaleza
Muchas
virtudes son ejercitadas por el mártir: la paciencia, la caridad, la fortaleza,
etc. Ha de considerarse, sin embargo, que el martirio es un acto elícito de la
virtud de la fortaleza, que obra bajo el imperio de la caridad; y
que también la paciencia de los mártires es alabada por la tradición
cristiana.
Santo
Tomás, siguiendo a Aristóteles, estima que «la fortaleza se ocupa de vencer el
temor más que de moderar la audacia», y que lo primero es más difícil y
principal que lo segundo. Por eso enseña que «resistir, esto es, permanecer
firme ante el peligro, es un acto más principal [de la fortaleza] que atacar»
(II-II, 123,6).
En efecto, «por tres razones resistir es más difícil
que atacar». El que resiste permanece firme ante quien se supone en principio
que es más fuerte. Por otra parte, el peligro está presente en la resistencia,
pero es futuro en el ataque. Y en tercer lugar, el ataque puede ser breve o
instantáneo, mientras que la resistencia puede exigir una larga tensión de la
fortaleza.
Pues
bien, el mártir ejercita la virtud de la fortaleza resistiendo un mal
extremo, la muerte corporal, y «no abandona la fe y la justicia ante los
peligros de muerte». Por eso la fortaleza es la virtud, es decir, «el hábito
productor» del martirio (124,2).
Pero
también es cierto que es la caridad, es la fuerza del amor, la que mantiene
fiel al mártir. «De ahí que el martirio sea acto de la caridad como
virtud imperante, y de la fortaleza como principio del que emana. Pero
el mérito del martirio le viene de la caridad» (ib.), pues «si repartiere
toda mi hacienda y si entregara mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada
me aprovecha» (1Cor 13,3).
Art. 3: El martirio
es el acto más perfecto
Si
el martirio se considerara solo como un acto de la fortaleza, habría otros
posibles actos cristianos más perfectos y meritorios. Pero si se considera como
el acto supremo de la caridad es, sin duda, el más perfecto y meritorio acto
cristiano. Y el martirio se sufre precisamente por amor «a Cristo», a su
Reino, a la Comunión de los Santos. Él
mismo Jesús dice a sus discípulos: todas esas persecuciones las sufriréis «por
mí» (Mt 5,11), «por causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22), «por causa de mi
nombre» (Jn 15,21).
Así pues, «el
martirio es, entre todos los actos virtuosos, el que más demuestra la
perfección de la caridad, ya que tanto mayor amor se demuestra hacia alguien
cuanto más amado es lo que se desprecia por él y más odioso aquello que por él
se elige. Y es evidente que el hombre ama su propia vida sobre todos los bienes
de la vida presente y que, por el contrario, experimenta el odio mayor hacia la
muerte, sobre todo si es inferida con dolores y tormentos corporales. Según
esto, parece evidente que el martirio es, entre los demás actos humanos, el más
perfecto en su género, pues es signo de la mayor caridad, ya que nadie tiene
un amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos [Jn 15,13]» (STh II-II,
124,3).
Otras
virtudes, unidas a la caridad, alcanzan también en el martirio su absoluta
perfección: así, la abnegación, por la que el mártir «se niega a sí
mismo», «perdiendo su vida» (Lc 9,23-24); la fe, por la que da
«testimonio de la verdad» hasta morir por ella (Jn 18,37), y la obediencia
a Dios y a sus mandatos, por la que el mártir se hace «obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8).
Art. 4: El martirio
es morir por Cristo
Es
la propia vida la que el mártir entrega con suprema fortaleza a causa de un
supremo amor a Jesucristo. Por eso la tradición de la Iglesia reserva el nombre
de mártir a quien «por Cristo» ha sufrido la muerte, en tanto que llama confesor
a quien por Él ha sufrido azotes, exilio, prisión, expolios, cárcel, torturas.
Nótese, sin
embargo, que en la Iglesia primera todavía se da a veces el nombre de mártires
a cristianos que han confesado la fe con grandes sufrimientos, pero sin morir
por ello (p. ej., Tertuliano, +220, Ad martyres; S. Cipriano, +258, Cta.
10, ad martyres et confessores Jesus-Christi; Ctas. 12, 15,
30).
La muerte es, pues, esencial al martirio. En efecto, solo el mártir
es testigo perfecto de la fe cristiana, pues sufre por ella la pérdida
de su propia vida. Por eso a aquél que permanece en la vida corporal, por mucho
que haya sufrido a causa de su fe en Cristo, no le ha sido dado demostrar del
más perfecto modo posible su adhesión a Cristo, así como su menos-precio hacia
todos los bienes de la tierra, incluida la propia vida. Por eso, dice Santo
Tomás, «para que se dé la noción perfecta de martirio es necesario sufrir la
muerte por Cristo».
La Virgen
María es también aquí una excepción. Ella, al pie
de la Cruz, sufre todo cuanto puede sufrir una persona humana. Y aunque no
quiso Dios que fuera muerta violentamente, sino elevada en su día gloriosamente
a los cielos en cuerpo y alma, es considerada por la piedad cristiana como la
Reina de los Mártires. Así San Jerónimo: «yo diré sin temor a equivocarme que
la Madre de Dios fue juntamente virgen y mártir, aunque ella no terminó su vida
en una muerte violenta» (Epist. 9 ad Paul. et Eustoch.). Y
San Bernardo: «el martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de
Simeón [una espada te traspasará el alma; Lc 2,35] y por la misma historia de
la pasión del Señor... Éste murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su
corazón?» (Serm. infraoct. Asunción 14).
Art. 5: No solo
la fe es la causa propia del martirio
«Mártires
dice Santo Tomás significa testigos, pues con sus tormentos dan
testimonio de la verdad hasta morir por ella; y no de cualquier verdad, sino de
la verdad que es según la piedad [Tit 1,1], la que nos ha sido dada a conocer
por Cristo. Y así se les llama mártires de Cristo, porque son Sus testigos. Y
tal verdad es la verdad de la fe. Por eso la fe es la causa de todo martirio.
«Ahora
bien, a la verdad de la fe pertenece no solo la creencia del corazón, sino
también su manifestación externa, que se hace tanto con palabras como con
hechos, por los que uno muestra su creencia, según aquello de Santiago: yo por
mis obras te mostraré mi fe» [2,18]. Y San Pablo dice de algunos que alardean
de conocer a Dios, pero con sus obras lo niegan [Tit 1,16].
«Según
esto, todas las obras virtuosas, en cuanto referidas a Dios, son
manifestaciones de la fe. Y bajo este aspecto pueden ser causa de martirio. Y
así, por ejemplo, la Iglesia celebra el martirio de San Juan Bautista, que no
sufrió la muerte por defender la fe, sino por haber reprendido un adulterio»
(II-II, 124,5).
Recordemos,
sigue diciendo Santo Tomás, que «los que son de Cristo Jesús han crucificado
la carne con sus pasiones y concupiscencias [Gál 5,24]. Por consiguiente, sufre
pasión un cristiano no solo si padece por la confesión verbal de la fe,
sino si, por Cristo, padece por hacer un bien y evitar un mal,
porque todo ello cae dentro de la confesión de la fe» (5 ad1m). Más aún,
«como todo bien humano puede hacerse divino al referirse a Dios, cualquier bien
humano puede ser causa de martirio en cuanto es referido a Dios» (5 ad3m).
Perseguidos por odio a Cristo y muertos por amor a Cristo
«Por
mí», «por causa de mi nombre», dice Cristo en los evangelios. En efecto, el
mártir muere por Cristo (Santo Tomás, IV Sent. dist. 49,5,3).
Actualmente, incluso en ambientes cristianos, se concede el título de mártir
con una gran amplitud, pero no es ésa la norma de la Iglesia antigua y la de
hoy. Y en el mundo se tergiversa el término hasta degradar su sentido original.
Así se habla de los «mártires» de la Revolución soviética o maoista o castrista
o sandinista o feminista, etc.
Sin
embargo, que el perseguidor obre por odio a Cristo, o como suele
decirse, ex odio fidei, y que el mártir muera por amor a Cristo,
es causa necesaria para que se dé el martirio cristiano en el sentido estricto.
Ha de darse «odio a la fe» o bien odio a cualquier obra buena en tanto que
viene exigida por la fe en Cristo. No pueden ser, pues, considerados mártires
sino aquellos que, habiendo sido perseguidos y muertos por odio a Cristo
o a lo cristiano, han sufrido la muerte por amor a Cristo. Es el
criterio que hoy también está vigente en la Iglesia para discernir en las causas
para la canonización de los mártires. Y a veces, como se comprende, es muy
difícil aplicar con seguridad este criterio a cada caso concreto.
No es, pues, mártir, en el pleno sentido cristiano
del término, aquel que muere por defender una verdad natural, o por servir
hasta el extremo una causa buena, un valor, si ese heroísmo no va
referido a Cristo. Ni tampoco aquel que muere por su adhesión a una fe
herética.
San Cipriano enseña que «los discordes, los
disidentes, los que no están en paz con sus hermanos [en la Iglesia] no se
librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de
Cristo, como atestigua el Apóstol» (Trat. sobre Padrenuestro 24). Si uno
se separa de la Iglesia, «no teniendo caridad, nada le aprovecha», ni dar su
hacienda a los pobres, ni entregar su cuerpo a las llamas (1Cor 13,3).
Y tampoco es mártir el que se suicida por
guardar una virtud cristiana, ya que el suicidio es siempre ilícito. Esto
último tiene excepciones, como cuando la Iglesia da culto a vírgenes mártires,
que por defender su castidad se dieron la muerte. En algunos casos, en efecto,
advierte San Agustín, citado por Santo Tomás, «la autoridad divina de la
Iglesia, basándose en testimonio fidedignos, ha aprobado el culto de estas
santas mártires» (II-II, 124,1 ad2m).
Observaciones complementarias sobre el martirio
La
exacta fisonomía espiritual del martirio ofrece en algunos casos perfiles
discutibles, sobre los cuales han tratado con frecuencia teólogos y canonistas.
Entre éstos destaca Benedicto XIV, en su tratado De servorum Dei
beatificatione et beatorum canonizatione (Bolonia 1737; lib. III, c.
XI-XXII). Sin entrar en prolijos análisis y argumentos, recordaré aquí
brevemente algunas de las cuestiones más importantes.
¿Es
lícito desear el martirio, pedirlo a Dios? Sí, ciertamente, pues es el
martirio el acto más perfecto de la caridad, el que más directamente hace
participar de la Pasión de Cristo y de su obra redentora, y el que produce
efectos más preciosos tanto en la santificación del mártir como en la comunión
de los santos.
Es,
por tanto, el martirio altamente deseable, pues por él se configura el
cristiano plenamente a Cristo Crucificado: «para esto fuisteis llamados, ya que
también Cristo padeció por vosotros y os dejó ejemplo para que sigáis sus
pasos» (1Pe 2,21).
Santo Tomás afirma la bondad del deseo del martirio.
Hace suya la doctrina de San Gregorio Magno, que comenta la frase de San Pablo,
«el que desea el episcopado, desea algo bueno» (1Tim 3,1), recordando que
cuando el Apóstol hacía esa afirmación, eran los obispos los primeros que iban
al martirio (STh II-II, 185,1 ad1m). Y de hecho, muchos santos,
como Santo Domingo y San Francisco de Asís, Santa Teresa y San Francisco
Javier, desearon el martirio intensamente, y en ocasiones dieron forma de
oración a sus persistentes deseos.
En
cierto sentido, así como se habla de un bautismo de deseo y se reconoce
su eficacia santificante, también podría hablarse de un martirio de deseo,
con efectos análogos, aunque no iguales, a los del martirio real.
¿Es
lícito procurar y buscar el martirio? Como regla general hay que decir que
no (STh II-II, 124,1 ad3m). Ésa ha sido la norma de la Iglesia
desde antiguo. Fácilmente habría en ese intento presunción poco humilde
en el aspirante a mártir y una cierta complicidad con el crimen del
perseguidor.
Algunos autores, apoyándose, por ejemplo, en el
concilio de Elvira (303-306), no consideran mártires a quienes son muertos por
haber destruido o profanado los templos e ídolos de los paganos.
Benedicto
XIV (c. XVII), sin embargo, distingue entre las provocaciones producidas en el
mismo martirio como las que recordamos en los Macabeos o en San Esteban y
aquéllas que han podido preceder y dar ocasión al mismo.
También hay excepciones en esto. La Iglesia ha
reconocido como santos mártires a no pocos fieles que, movidos por el Espíritu
Santo, han buscado el martirio, han destruido ídolos, han acudido
espontáneamente «ante los tribunales» para declararse cristianos, sabiendo que
tales acciones, u otras semejantes, les traerían la muerte. No pocos mártires
antiguos del santoral cristiano obran así. E incluso la disciplina de la
Iglesia antigua permite la búsqueda del martirio a aquellos cristianos lapsi,
que de este modo quieren expiar y retractar públicamente su anterior
infidelidad ante el martirio.
¿Es
lícito huir la persecución? Sí, ciertamente. Cristo lo aconseja en
determinadas ocasiones (Mt 10,23), y Él mismo, cuando lo estima conveniente,
rehuye la muerte, como cuando tratan de despeñarlo en Nazaret (Lc 4,28-30). San
Pedro huye de la cárcel, auxiliado por un ángel (Hch 12). Y también San Pablo
escapa a la persecución del rey Aretas (2Cor 11,33).
Sin
embargo, los obispos y pastores, que han recibido encargo de velar por el
pueblo de Dios, no deben abandonarlo en la persecución (STh I-II, 85,5).
Norma que, sin duda, tiene también lícitas excepciones prudenciales.
San Cipriano,
por ejemplo, siendo obispo de Cartago, cuando más arreciaba la persecución de
Valeriano, permanece huido bastante tiempo porque entiende que, en
circunstancias tan difíciles, no conviene que el rebaño quede sin la guía y
asistencia de su pastor. Y finalmente se entregó al martirio.
En nuestros días hemos visto, en situaciones de
grave persecución, cómo unos misioneros permanecían con su pueblo, sin
abandonarlos en el peligro, en tanto que otros huían, para poder seguir
sirviéndolos una vez pasada la persecución. Y no puede decirse sin más que una
actitud es en sí mejor que la otra, sino que es una elección que debe
hacerse buscando la voluntad de Dios y el bien del pueblo cristiano, a la luz
de la prudencia y el don de consejo, o si es el caso, sometiendo la elección al
mandato de los superiores.
¿Son
necesarias ciertas condiciones espirituales para que, por parte del cristiano,
pueda darse propiamente el martirio? ¿O más bien es indiferente la actitud
espiritual del cristiano, con tal de que acepte morir por Cristo? La
respuesta verdadera es que son necesarias, ciertamente, en el adulto algunas
actitudes espirituales. Y por eso no puede ser considerado mártir aquel que,
aunque no rechace la muerte, pudiendo hacerlo, la acepta con odio a sus
perseguidores, o permaneciendo apegado a ciertos pecados, sin propósito de
romper con ellos, si sobrevive.
El
adulto es mártir si muere por Cristo teniendo contrición por los pecados
pasados, o al menos atrición por ellos. Si el bautismo no borra los
pecados del adulto cuando éste no tiene, al menos, atrición, tampoco el
martirio.
Por
otra parte, Cristo manda no es un simple consejo; es un mandato «amar» a
los enemigos y «orar» por ellos (Mt 5,43-46). En efecto, si el martirio es
un acto supremo de la caridad, ha de ser una afirmación de amor no solo a
Cristo y a la comunión de los santos, sino también hacia los perseguidores. El
mártir manifiesta este amor perdonando a sus enemigos y orando por
ellos. Así es como en el martirio se configura plenamente a Cristo, a Esteban y
a todos los santos mártires. Como dice Santo Tomás, «la efusión de la sangre no
tiene razón de bautismo [es decir, de martirio, de bautismo de sangre] si se
produce sin la caridad» (STh III,66,12 ad2m).
El martirio, además, superando los miedos y angustias propios de la debilidad natural, ha de ser sufrido con paciencia y en confiada obediencia a la Voluntad divina providente. Más aún, Cristo anima y concede morir por él con alegría: «alegráos y regocijáos» (Mt 5,12; +Lc 6,22); y de hecho, por Su gracia, así han muerto los mártires cristianos: gozosos de poder consumar la ofrenda permanente de sus vidas, gozosos de poder llevar su amor a Dios y a los hombres a su más alta cumbre, gozosos de recibir de la Providencia la ocasión oportuna para dar ante el mundo el máximo testimonio de la verdad, el más persuasivo.
El
martirio es un bautismo de sangre que opera en el hombre los mismos
efectos que el bautismo sacramental: borra el pecado original y los
pecados actuales, tanto en la culpa cuanto en la pena; es decir, santifica
plenamente al hombre, sea virtuoso o pecador, esté o no bautizado, sea niño
o adulto. Así lo ha creído la Iglesia desde el principio.
San Cipriano escribe a Fortunato: «nosotros, que con
el permiso del Señor hemos administrado a los creyentes el primer bautismo,
debemos preparar asímismo a todos para el otro bautismo [del martirio],
enseñándoles que éste es superior en gracia, más alto en eficacia, más ilustre
en honor; un bautismo en el que son los ángeles quienes bautizan, un bautismo
en que Dios y su Cristo se alegran, un bautismo tras el cual ya nadie peca, un
bautismo que completa el crecimiento de nuestra fe, un bautismo que nos une a
Dios en el instante de partir de este mundo. En el bautismo de agua se
recibe el perdón de los pecados; en el de sangre, la corona de las
virtudes. Es, por tanto, cosa digna de nuestros deseos y de pedirla con todas
nuestras súplicas, para llegar a ser amigos de Dios los que somos ahora sus
servidores» (De exhort. martyrii pref. 4).
Y San Agustín afirma, aduciendo numerosos textos
bíblicos, que «cuantos mueren por confesar a Cristo, aunque no hayan recibido
el baño de la regeneración, tienen una muerte que produce en ellos, en cuanto a
la remisión de los pecados, tantos efectos cuantos produciría el baño en la
fuente sagrada del bautismo» (Ciudad de Dios XIII,7). Por el martirio se
unen perfectamente a la pasión de Cristo, da la que viene la virtualidad
santificante del bautismo.
Por
eso la Iglesia nunca ha rezado por los mártires, sino que siempre ha invocado
su intercesión ante Dios. Lo único que es discutido entre los teólogos es si la
santificación obrada por el martirio se produce ex opere operato (por la
misma virtualidad de la obra) o ex opere operantis (por la actitud
espiritual del mártir), es decir, por el acto sumo de la caridad que lleva a la
aceptación del martirio.
Según esta última doctrina, dice Santo Tomás, el
martirio, «como el ejercicio de todas las virtudes, recibe su mérito de la
caridad; y por eso sin la caridad, no vale» (II-II, 124,2 ad2m). En todo
caso, antes del martirio, si el adulto es catecúmeno, debe en lo posible
recibir el bautismo sacramental. Y si ya está bautizado, debe recibir el
sacramento de la penitencia y la comunión eucarística (+STh III, 66,11).
Por
lo que se refiere a la vida eterna, la Iglesia ha creído siempre que los
mártires, por su victoria heroica en la tierra, gozan en el cielo de una
especial bienaventuranza, o como dice Santo Tomás usando el lenguaje
simbólico de la tradición, reciben por su victoria una aureola, una
especial corona de oro (IV Sent. dist. 49,5,5; +San Cipriano, De
exhort. martyrii 12-13).
Teología moral y martirio; encíclica Veritatis splendor
Un
buen criterio para discernir la teología moral verdadera de la falsa está en
considerar si su autor enseña que, llegado el caso, la aceptación del
martirio es un grave deber.
El
papa Juan Pablo II escribe la encíclica Veritatis splendor (6-VIII-1993)
frente a una moral cristiana «nueva», suave, acomodaticia, llevadera con
las solas fuerzas de la naturaleza asequible, pues, a todos, también a los que
no oran ni reciben los sacramentos, es decir, frente a una moral moderna que
excluye el martirio, que se avergüenza de la cruz de Jesús, y que se cree con
el derecho, e incluso con el deber, de eliminar la cruz que a veces abruma al
hombre. En esa encíclica hallamos sobre el martirio palabras admirables, que
extracto aquí, subrayándolas a veces.
90.
«La relación entre fe y moral resplandece con toda su intensidad en el respeto
incondicionado que se debe a las exigencias ineludibles de la dignidad
personal de cada hombre, exigencias tutela-das por las normas morales
que prohíben sin excepción los actos intrínsecamente malos. La
universalidad y la inmutabilidad de la norma moral manifiestan y, al mismo
tiempo, se ponen al servicio de la absoluta dignidad personal, o sea, de la
inviolabilidad del hombre, en cuyo rostro brilla el esplendor de Dios (cf.
Gén 9,5-6).
«El no poder aceptar las teorías éticas teleológicas,
consecuencialistas y proporcionalistas que niegan la existencia de normas
morales negativas relativas a comportamientos determinados y que son válidas
sin excepción, halla una confirmación particularmente elocuente en el hecho
del martirio cristiano, que siempre ha acompañado y acompaña la vida de la
Iglesia.
91.
«Ya en la antigua alianza encontramos admirables testimonios de fidelidad a
la ley santa de Dios llevada hasta la aceptación voluntaria de la muerte.
Ejemplar es la historia de Susana: a los dos jueces injustos, que la
amenazaban con hacerla matar si se negaba a ceder a su pasión impura, responde
así: ¡Qué aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte
para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es mejor para mí caer en
vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor (Dan 13,22-23).
«Susana,
prefiriendo morir inocente en manos de los jueces, atestigua no sólo su
fe y confianza en Dios sino también su obediencia a la verdad y al orden moral
absoluto: con su disponibilidad al martirio, proclama que no es justo hacer lo
que la ley de Dios califica como mal para sacar de ello algún bien. Susana elige
para sí la mejor parte: un testimonio limpidísimo, sin ningún
compromiso, de la verdad y del Dios de Israel, sobre el bien; de este modo,
manifiesta en sus actos la santidad de Dios.
«En
los umbrales del Nuevo Testamento, Juan el Bautista, rehusando callar
la ley del Señor y aliarse con el mal, murió mártir de la verdad y la
justicia (Misal romano, colecta) y así fue precursor del Mesías incluso
en el martirio (cf. Mc 6,17-29). Por esto, fue encerrado en la
oscuridad de la cárcel aquel que vino a testimoniar la luz y que de la misma
luz, que es Cristo, mereció ser llamado lámpara que arde e ilumina... Y fue
bautizado en la propia sangre aquel a quien se le había concedido bautizar al
Redentor del mundo (San Beda, Hom. Evang. libri II,23).
«En
la nueva alianza se encuentran numerosos testimonios de seguidores de
Cristo comenzando por el diácono Esteban (cf. Hch 6,87,60)
y el apóstol Santiago (cf. Hch 12,1-2), que murieron
mártires por confesar su fe y su amor al Maestro y por no renegar de él. En esto
han seguido al Señor Jesús, que ante Caifás y Pilato, rindió tan solemne
testimonio (1Tm 6,13), confirmando la verdad de su mensaje con el don de la
vida. Otros innumerables mártires aceptaron las persecuciones y la
muerte antes que hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua
del emperador (cf. Ap 13,7-10). Incluso rechazaron el simular
semejante culto, dando así ejemplo también del rechazo de un comportamiento
concreto contrario al amor de Dios y al testimonio de la fe. Con la obediencia,
ellos confían y entregan, igual que Cristo, su vida al Padre, que podía
liberarlos de la muerte (cf. Heb 5,7).
«La
Iglesia propone el ejemplo de numerosos santos y santas, que han
testimoniado y defendido la verdad moral hasta el martirio o han preferido la
muerte antes que cometer un solo pecado mortal. Elevándolos al honor de los
altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y ha declarado verdadero su
juicio, según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus
mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de
traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar la propia vida.
92.
«En el martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral,
resplandecen la santidad de la ley de Dios y a la vez la intangibilidad
de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
Es una dignidad que nunca se puede envilecer, aunque sea con buenas
intenciones, cualesquiera que sean las dificultades. Jesús nos exhorta con la
máxima severidad: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina
su vida? (Mc 8,36).
«El
martirio demuestra como ilusorio y falso todo significado humano que se
pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones excepcionales, a un
acto en sí mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente su verdadero
rostro: el de una violación de la humanidad del hombre, antes aún en
quien lo realiza que en quien lo padece (Vat.II, GS 27). El martirio es,
pues, también exaltación de la perfecta humanidad y de la verdadera vida
de la persona, como atestigua San Ignacio de Antioquía dirigiéndose a los
cristianos de Roma, lugar de su martirio: «por favor, hermanos, no me
privéis de esta vida, no queráis que muera... dejad que pueda contemplar la
luz; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión
de mi Dios» (Romanos VI,2-3).
93.
«Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia:
la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte, es anuncio
solemne y compromiso misionero usque ad sanguinem para que el
esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la
mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante testimonio tiene un
valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso
dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más
peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que
hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las
comunidades.
«Los
mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia, con el
ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el
esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando
el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un
reproche viviente para cuantos trasgreden la ley (cf. Sb 2,2),
y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: «¡ay, los
que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por
oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is 5,20).
«Si
el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que
relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de
coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día,
incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las
múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede
exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la
gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la
virtud de la fortaleza, que como enseña San Gregorio Magno le capacita a
amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno (Moralia
in Job VII, 21,24).
94. «En el dar testimonio del bien moral absoluto los
cristianos no están solos. Encuentran una confirmación en el sentido moral
de los pueblos y en las grandes tradiciones religiosas y sapienciales del
Occidente y del Oriente, que ponen de relieve la acción interior y misteriosa
del Espíritu de Dios. Para todos vale la expresión del poeta latino Juvenal:
considera el mayor crimen preferir la supervivencia al pudor y, por amor de la
vida, perder el sentido del vivir (Satiræ VIII,83-84). La voz de la conciencia
ha recordado siempre sin ambigüedad que hay verdades y valores morales por los
cuales se debe estar dispuestos a dar incluso la vida. En la palabra y sobre
todo en el sacrificio de la vida por el valor moral, la Iglesia da el mismo
testimonio de aquella verdad que, presente ya en la creación, resplandece
plenamente en el rostro de Cristo: Sabemos dice San Justino que también han
sido odiados y matados aquellos que han seguido las doctrinas de los
estoicos, por el hecho de que han demostrado sabiduría al menos en la
formulación de la doctrina moral, gracias a la semilla del Verbo que
está en toda raza humana (II Apología II,8)».
La
grandeza sobrehumana que la fe cristiana infunde en la vida moral tiene su
clave permanente en la Cruz de Cristo, que da acceso a la vida gloriosa del
Resucitado. La participación en la Cruz de Jesús, es decir, el martirio,
asegura a la moral cristiana una fidelidad amorosa a la ley divina que no
vacila ni ante peligros, perjuicios, marginaciones sociales, sufrimientos, ni
siquiera vacila ante la muerte.
En mi libro El matrimonio en Cristo
(Fundación GRATIS DATE, Pamplona 1996), al rechazar ciertas enseñanzas morales
de Häring, Marciano Vidal, Hortelano, Forcano, López Azpitarte, etc., termino
mi argumentación con un subcapítulo titulado La nueva moral no puede dar
mártires (108-121). En efecto, «el situacionismo es causa de inmensos
males, pero todavía es peor por los bienes grandiosos que nos quita. Hagamos,
si no, memoria de los mártires. ¿Cuántos mártires cristianos hubieran
podido salvar su vida en este mundo, claro si hubieran recurrido al
conflicto de valores o a alguna otra de las salidas que la nueva moral
ofrece?» (121).
Teología espiritual y martirio
Nuestra
consideración teológica del martirio ha de verse completada con un estudio
breve del martirio espiritual, que puede darse en modalidades muy
diversas. La Virgen María, Regina martyrum, como antes hemos recordado,
sufrió sin duda un verdadero martirio al pie de la cruz, compadeciendo la
pasión de su Hijo. Pero también, ya desde muy antiguo, se ha considerado, por
ejemplo, la virginidad como una forma de martirio, y sobre todo la vida
monástica. La renuncia permanente al matrimonio, a los hijos, al hogar
familiar, o bien el enclaustramiento perpetuo en un monasterio o en una ermita,
son sin duda un testimonio (martirio) altamente fidedigno en favor de
Cristo. Virginidad y vida monástica proclaman con voz fuerte, clara y
persuasiva: solo Dios basta.
Los cristianos irlandeses, en la Edad Media, consideraban
tres tipos de martirio: rojo, con efusión de sangre, blanco, por
la virginidad y la vida ascética, y verde, por la penitencia y por el
exilio voluntario, decidido con el fin de llevar la fe a otro país (A.
Solignac, martyre, en Dictionnaire de Spiritualité, Beauchesne,
París 1978,10,735).
Y San Bernardo habla también de tres géneros de
martirio: se da «en Esteban la obra y la voluntad del martirio; tenemos la
sola voluntad en el bienaventurado Juan [apóstol]; y sola la obra en
los Santos Inocentes (Sermón SS. Inocentes). Es una idea sobre la que
vuelve con frecuencia (cf. Sermón en octava de Pascua; de S.
Clemente, de las tres aguas; Sermones sobre los Cantares 28,10; 47,
tres especies de flores; 61,7-8).
Éstos
y muchos otros antecedentes nos hablan de ese martirio de amor, siempre
conocido en la tradición de la Iglesia: no implica necesariamente la efusión de
la sangre; pero es real, es espiritual, tiene la máxima realidad de las
entidades espirituales.
San Pablo ofrece en esto un ejemplo perfecto. Su
vida en el mundo presente es un continuo martirio. Él sabe que mientras vive en
el cuerpo, está ausente del Señor, y por eso quisiera más partir del cuerpo y
estar presente al Señor (2Cor 5,8); y confiesa: «deseo morir para estar con
Cristo, que es mucho mejor» (Flp 1,23). Para él, con tal de gozar de Cristo,
todo lo tiene por estiércol (3,8). San Pablo, viendo el pecado del mundo y
añorando día a día la presencia visible del Señor, sufre, sin duda, un martirio
de amor: «yo me muero cada día» (1Cor 15,31).
Muchos
santos han vivido en forma peculiar el martirio espiritual por la frecuente
contemplación de la pasión de Cristo, hasta verse en ocasiones, como San
Francisco de Asís o el santo Padre Pío, estigmatizados con las cinco
marcas del Crucificado. A no pocos santos les ha sido dado sufrir un verdadero
martirio espiritual, y han padecido con estremecedora realidad los mismos
dolores de la Pasión de Cristo.
En
su comentario sobre los Cantares, San Bernardo describe bien este
martirio del alma enamorada del Crucificado:
«De ahí que el Esposo le diga: mi paloma ha puesto
su nido en los agujeros de la piedra, porque ella pone toda su devoción en
ocuparse sin cesar en la memoria de las llagas de Cristo, y en detenerse y
permanecer allí meditando de continuo. Esto la hace sufrir el martirio» (61,7).
Santa
Teresa de Jesús, siendo niña, se concertó con un hermanito suyo para ir a
tierra de moros, «pidiendo por amor de Dios para que allá nos descabezasen»:
ardía en ansias de martirio; «el tener padres nos parecía el mayor embarazo» (Vida
1,5). No se logró su infantil proyecto, pero sí fue mártir en su vida
religiosa.
En efecto, escribe: «quien de verdad comienza a
servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida... Si es verdadero
religioso y verdadero orador [orante] y pretende gozar regalos de Dios, no ha
de volver las espaldas a desear morir por él y pasar martirio. Pues ¿no sabéis,
hermanas, que la vida del buen religioso y que quiere ser de los allegados
amigos de Dios, es un largo martirio? Largo, porque comparado a los que de
pronto los degollaban, puede llamarse largo; pero toda vida es corta, y algunas
cortísimas» (Camino 12,2).
Este
martirio de amor, propio de todo cristiano, pero especialmente de todo
religioso, fue vivido y expresado con gran profundidad por Santa Juana
Francisca de Chantal (+1641). En una ocasión, dijo a sus hijas religiosas de la
Visitación:
«Muchos de nuestros santos Padres y columnas de la
Iglesia no sufrieron el martirio. ¿Por qué creéis que ocurrió esto?... Yo creo
que esto es debido a que hay otro martirio, el del amor, con el cual Dios,
manteniendo la vida de sus siervos y siervas, para que sigan trabajando por su
gloria, los hace, al mismo tiempo, mártires y confesores... Sed totalmente
fieles a Dios y lo experimentaréis. Conocí a un alma [se refiere a ella misma]
a quien el amor separó de todo lo que le agradaba, como si un tajo, dado por la
espada del tirano, hubiera separado su espíritu de su cuerpo...
«Se le preguntó con insistencia [a la Madre Chantal]
si este martirio de amor podría igualar al del cuerpo. Respondió la madre
Juana:
«No nos preocupemos por la igualdad. De todos modos,
creo que no tiene menor mérito, pues el amor es fuerte como la muerte, y los
mártires de amor sufren dolores mil veces más agudos en vida, para cumplir la
voluntad de Dios, que si hubieran de dar mil vidas para testimoniar su fe, su
caridad y su fidelidad» (Mémoires sur la vie et les vertus de s.
Jeanne-Françoise de Chantal, París 18533,
III,3).
En
fin, todos los santos, aunque algunos con una intensidad especial, han vivido
de uno u otro modo este martirio espiritual mientras permanecían en este
mundo. San Pablo de la Cruz (+1775), el fundador de los pasionistas, en su Diario
espiritual, declaraba:
«yo sé que, por la misericordia de nuestro buen
Dios, no deseo saber otra cosa ni quiero gustar consuelo alguno, sino solo
deseo estar crucificado con Jesús» (26-XI-1720). Este gran santo sufría lo
indecible especialmente por las ofensas sufridas por Cristo en la Eucaristía:
«deseaba morir mártir, yendo allí donde se niega el adorabilísimo misterio del
Santísimo Sacramento» (26-XII).
Santa
Teresa del Niño Jesús quería más que nada, ante todo y sobre todo, padecer el
martirio por Cristo y por la salvación de los hombres:
«Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi
unión contigo madre de almas, debería bastarme... Pero no es así... Siento en
mi interior otras vocaciones, siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de
apóstol, de doctor, de mártir... Pero sobre todo y por encima de todo, amado
Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre...
«¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño
que ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo... Pero siento que
también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una
sola clase de martirio... Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos
todos...
«Como tú, adorado Esposo mío,
quisiera ser flagelada y crucificada... Quisiera morir desollada, como San
Bartolomé... Quisiera ser sumergida, como San Juan, en aceite hirviendo...
Quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires» (Manuscristos
autobiográficos B, 2v-3r).
Se
trata, sí, de un martirio puramente espiritual, pero de un martirio de amor
absolutamente real y verdadero. La persona enamorada del Crucificado se
consume en las llamas del amor que le tiene. O mejor, arde sin consumirse. Así
lo expresa Santa Teresita en una Poesía (32):
«Tu amor es mi martirio, mi único
martirio.
Cuanto más él
se enciende en mis entrañas,
tanto más mis
entrañas te desean...
¡¡¡Jesús, haz
que yo muera
de amor por ti!!!