Si la dietética corporal suscita, con toda razón, tantos estudios y escritos, la dietética espiritual, es decir, la alimentación de la mente y del corazón por las lecturas, debe ser considerada con atención aún mayor. En este sentido, la historia de las lecturas y libros cristianos, el análisis de su situación actual, así como la consideración de su futuro previsible y deseable, constituye un tema muy importante, que merecería estudios más profundos.

Aquí, sin embargo, me limitaré a presentar, divididas en tres partes, unos pocos datos y reflexiones, - sobre las lecturas cristianas; - sobre los libros cristianos, y - sobre el mañana de unas y de otros.

1. Lecturas cristianas

Lectura es palabra que unas veces significa la acción de leer, y otras designa los escritos que se leen. En esta primera parte uso el término en la primera acepción. Y mis consideraciones no tratan principalmente de la lectura del estudioso, orientada a la investigación o la docencia. Describo más bien, haciendo una antología de textos, las notas que deben caracterizar la lectura religiosa del pueblo cristiano, y que vienen a ser aquéllas que los maestros espirituales antiguos o modernos han atribuído a la lectio divina monástica, o a lo que, a partir del Renacimiento, vendría a llamarse lectura espiritual (1).

Lectura asidua

Si por la palabra humana el hombre transmite a otros su espíritu, así el Padre celestial ha querido comunicar a los hombres su Espíritu divino por medio de su Palabra encarnada, Jesucristo. Por eso leer la Biblia y los demás libros santos es uno de los rasgos fundamentales de la vida espiritual cristiana. El creyente, si quiere serlo de verdad, ha de alimentar su fe con la Palabra divina. El orden, claramente establecido por el Apóstol, es éste: «el justo vive de la fe» (Rm 1,17); ahora bien, «la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (10,17).

Judíos y cristianos han sabido siempre que el hombre «vive de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3; Mt 4,4). El creyente, privado de la Palabra divina vivificante, va muriendo, como una planta sin agua. Así es, y se comprende bien que así sea. Ya que el cristiano ha de vivir como un «extranjero» entre los pensamientos y caminos del mundo (+1Pe 2,11) -que son para él engañosos y sofocantes- necesita absolutamente formar su mente y estimular su corazón leyendo o escuchando asiduamente «los pensamientos y caminos» del Padre enseñados por Jesucristo (+Is 55,8). Y palabra de Cristo es no solo la Escritura sagrada, sino, en un sentido más amplio, todos los buenos libros cristianos. De este modo, en la lectura espiritual el cristiano recibe lo que continuamente pide en el Padre nuestro, «el pan de cada día».

Que la Iglesia ha conocido siempre esta necesidad y ha proveído a ella lo vemos en la lectura continua de la Escritura y de los Padres, que se practica secularmente en las Horas litúrgicas y en la Misa. Es así como la Iglesia procura que sus hijos crezcan sanos y fuertes, alimentados por la Palabra divina, que es pan de vida. Por lo que se refiere a la lectura cristiana privada, ésta en la antigüedad se practica sobre todo en los ámbitos monásticos, y sólo se generaliza entre los buenos laicos cuando la alfabetización es más frecuente y los libros, gracias a la imprenta, se hacen más asequibles. Es así cómo, a partir del Renacimiento, la exhortación a la lectura espiritual cristiana es un tema habitual entre los autores (2).

Los monjes comprendieron esto muy pronto, de modo que lectura, oración y trabajo fueron desde el comienzo las coordenadas fundamentales de la vida monástica. San Pacomio (+346) quiere que sus monjes vivan en la rumia permanente de las palabras de vida eterna; y por eso prescribe: «Todos en el monasterio aprenderán a leer y a saber de memoria algo de las Escrituras: al menos el Nuevo Testamento y el Salterio» (Preceptos 140). De San Jerónimo (+420) se decía: «Siempre leyendo, dedicado a los libros, no descansa ni de día ni de noche» (Sulpicio Severo, Diálogos I, 9).

San Benito (+547), fiel a esta primera tradición monástica, establece en sus monasterios ratos amplios de lectura cada día, y más el domingo (Regla 48 y 73). El monje benedictino da, pues, la figura sapiencial de un lector asiduo, siempre a la escucha de la Palabra divina. Guillermo de San Teodorico (+1148) dirá de San Bernardo (+1153) que se ocupaba «incesantemente en orar, leer o meditar» (Vita Bernardi 4,24).

Pero no sólo los monjes han de leer, sino también los laicos. A ellos les dice San Juan Crisóstomo (+407): «Vosotros pensáis que la lectura de las divinas Escrituras es únicamente asunto de monjes, cuando la verdad es que vosotros tenéis mucha más necesidad que ellos de hacerla» (Hom. in Matth. 2,5). En sentido semejante se expresan San Jerónimo, San Gregorio Magno (+604: Ep. 4,31; 11,78), San Cesáreo de Arlés (+542: Sermón 6,2; 8,1). Y en tiempos en que los libros eran pocos y caros, el obispo San Epifanio (+403) afirma que «la compra de libros cristianos es necesaria para quienes tienen dinero» (Apophtegmata 8).

Libros buenos

En el comienzo de la Iglesia, en medio de muchos errores y herejías, los fieles cristianos pudieron permanecer en la verdad evangélica porque «perseveraban en escuchar la enseñanza de los apóstoles» (Hch 2,42). Y así ha sido siempre. Ellos, los apóstoles, recibieron de Cristo el encargo de «predicar» (Mc 3,14; Hch 6,4), y por eso ellos, y sus sucesores, los obispos, tienen sin duda, como dice el Vaticano II, la primacía docente en el pueblo cristiano (LG 25, CD 12, PO). En este sentido, al escoger las lecturas, deben ser elegidos aquellos libros que comunican la doctrina apostólica, esto es, la fe de la Iglesia, y los libros que disienten de ésta deben ser rechazados, aunque parecieran estar escritos por ángeles (Gál 1,8-9).

En la antigüedad, la lectura de los cristianos se centró siempre en la sagrada Escritura, de modo que lectio divina era expresión sinónima de sacra pagina. Pero ya desde antiguo fue poco a poco incluyendo también vidas de santos, pasiones de los mártires, comentarios a la Biblia, Reglas de vida religiosa, y, en general, escritos espirituales de los santos Padres. Así se comprueba, por ejemplo, en la Regla de San Benito (cp. 73).

En todo caso, los maestros espirituales antiguos o modernos han recomendado siempre la lectura de libros buenos, santificantes, es decir, recibidos por la fe de la Iglesia, capaces de iluminar la mente y de mover el corazón, aptos para corregir las costumbres y acrecentar el deseo de la perfección evangélica. Han aconsejado, pues, como dice Jean-Pierre de Caussade S.J. (+1751), «no leer sino libros escogidos, sólidos y llenos de piedad» (Lettre 31), y dejar a un lado, como quería San Pablo, las «novedades» vanas y las «charlatanerías irreverentes» (2Tim 4,3; 1Tim 6,20).

Ciertamente los santos eligieron sus lecturas según estos criterios. En 1526, cuando San Ignacio de Loyola (+1556) estudiaba en Alcalá, en un tiempo en que el mundo europeo de las ideas cristianas estaba en plena ebullición, y era notable la tendencia renacentista a la amplitud de lecturas y a estar al día en todo, le aconsejaron varios, y su propio confesor Miona, que leyera el Enchiridion militis christiani de Erasmo. Pero San Ignacio contestaba que él no lo quería leer, «porque oía a algunos predicadores y personas de autoridad reprender ya entonces a este autor; y respondía a los que se lo recomendaban, que algunos libros habría, de cuyos autores nadie dijese mal, y que ésos quería leer» (Luis González de Cámara: MHSI 56, Fontes Narrativi I, 595).

Incluso entre los libros que enseñan verdades, los cristianos deben elegir sobre todo los más necesarios para su vida espiritual. Y es que, en palabras de San Bernardo, «aunque toda ciencia fundada en la verdad sea buena, dada la brevedad del tiempo, hemos de darnos a obrar nuestra salvación con temor y temblor, y, por tanto y sobre todo, hemos de procurar aprender lo que más rectamente conduce a la salvación» (Serm. sobre Cantares 36,2).

Santa Teresa de Jesús (+1582) confiesa que siempre ha preferido leer el Evangelio, que no otros «libros muy bien concertados. En especial, si no era el autor muy muy aprobado, no lo había gana de leer» (Camino Esc. 35,4). Ella solía recomendar los autores que más le habían aprovechado: Jerónimo, Gregorio Magno, Agustín, Osuna, Bernardino de Laredo. Y muchos maestros de la vida espiritual han aconsejado igualmente la lectura de ciertos autores concretos (3).

Humberto de Romans (+1277), por ejemplo, al proponer una serie de libros recomendables a los novicios, aconseja: «Al comienzo, que lean libros útiles y claros, más bien que los difíciles y oscuros, y ante todo aquéllos que son más capaces de iluminarles, encenderles y afirmarles» (De officiis ordinis, c. 5, n. 18, Roma 1888, t.2, p.230). Una de las funciones importantes de la dirección espiritual, concretamente, ha sido siempre la orientación de las lecturas. Si no se guiara a los niños cuando comen, se alimentarían mal, a base de pasteles y caramelos.

No por vana curiosidad

Los autores espirituales han recordado con insistencia aquello de San Pablo, «la ciencia hincha, sólo la caridad edifica» (1Cor 8,1). Cierto que la salvación es en primer lugar un conocimiento, una gnosis salvífica, una fe. Pero esa fe no salva si no lleva al amor operante (Sant 2,14-26; Ef 4,15). Y en definitiva, como dice Santo Tomás, «es más valioso amar a Dios que conocerle» (STh I,82, 3 in c). Por eso hay que leer sobre todo aquello que más acreciente el amor al Señor y a los hombres.

Éste es, como he dicho, un convencimiento muchas veces inculcado por los espirituales. San Jerónimo dice que hay que «leer no como tarea, sino para alegrar e instruir el alma» (Ep. ad Demetriadem 130). Y San Bernardo quiere que se lea «a fin de aprender con más ardor lo que más vivamente puede movernos al amor; para no aprender por vanagloria, o por curiosidad, o por algo semejante, sino sólo para tu propia edificación o la del prójimo. Porque hay quienes quieren saber con el único fin de saber, y esto es torpe curiosidad» (Serm. Cantares 36,3).

Pocas cosas pueden vaciar tanto la lectura cristiana de su virtualidad santificante como esa vana curiosidad, que Santo Tomás estudia atentamente en la Summa (II-II, 167: cf. 35, 4 ad 3m) (4). Más aún; en el polo opuesto de la curiosidad, que es una ávida forma de riqueza, está la pobreza de ciencia, que es una forma especial de la pobreza evangélica. Es una vocación particular, sin duda, pero que a veces procede de Dios. Así, por ejemplo, San Francisco de Asís (+1226) dispone en su Regla: «Los que no saben letras que no cuiden de aprenderlas, mas miren que sobre todas las cosas deben desear el espíritu del Señor y su santa operación» (II, cp.X). Y es que él consideraba que «son tantos los que por propia voluntad procuran adquirir ciencia, que pueden llamarse bienaventurados los que por amor de Dios se hacen ignorantes» (Espejo de perfecc. IV). (5).

Lectura y oración

Son dos formas semejantes de escuchar a Dios, y se ayudan mutuamente. Así el concilio Vaticano II enseña que «a la lectura de la sagrada Escritura debe acompañar la oración, para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras"» (DV 25) (6).

Ya la tradición judía entiende la lectura de los libros santos como una oración, es decir, como una audición de las palabras y mandatos del Señor. Y así lo entiende también la tradición cristiana: leer los libros cristianos es escuchar a Cristo, Palabra de Dios, que «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25; cf. Lc 10,16). Para San Jerónimo, la lectura sagrada es un modo de «tender las velas» al soplo del Espíritu Santo (In Ez. lib. 12; +San Basilio, +379, Ep. class. I, 2, 4) .

Incluso los métodos propuestos para orar y para leer han sido muchas veces semejantes. Así, por ejemplo, el modo clásico propuesto por Hugo de San Víctor (+1141): «Al comienzo, la lectura suministra materia para conocer la verdad, la meditación capta, la oración eleva, la acción ordena, la contemplación exulta» (Eruditio didascalica V, 9; cf. De meditandi artificio). De este modo clásico, con la ayuda de un libro, hizo oración Santa Teresa de Jesús durante dieciocho años (Vida 4,9).

El P. Alonso Rodríguez S.J. (+1616) explica bien el método: «Se ha de notar que para que esta lección sea provechosa, no ha de ser apresurada ni corrida, como quien lee historia, sino muy sosegada y atenta... Y es bueno, cuando hallamos algún paso devoto, detenernos en él un poco más y hacer allí una como estación, pensando lo que se ha leído, procurando de mover y aficionar la voluntad, al modo que lo hacemos en la [oración de] meditación, aunque en la meditación se hace eso más despacio, deteniéndonos más en las cosas y rumiándolas y digiriéndolas más; pero también se debe hacer esto en su modo en la lección espiritual. Y así lo aconsejan los Santos [cita a San Bernardo, San Efrén, San Juan Crisóstomo y San Agustín], y dicen que la lección espiritual ha de ser como el beber de la gallina, que bebe un poco y luego levanta la cabeza, y torna a beber otro poco y torna a levantar la cabeza» (Ejercicio de perfecc. I,5,28).

No muchos libros

En la lectura cristiana se ha de preferir la calidad a la cantidad, y la profundidad a la extensión. Los maestros antiguos, al tratar de la asimilación verdadera de las lecturas, empleaban términos como ruminatio, o bien masticatio: una buena digestión exige una masticación cuidadosa de lo ingerido. La lectura extensiva, apresurada, superficial, más perjudica que ayuda, pues envanece sin aprovechar. «No el mucho saber harta y satisface al alma, decía San Ignacio de Loyola, sino el sentir y gustar de las cosas internamente» (Ejercicios 2). Y San Juan de la Cruz (+1591), ante la tentación de una cierta gula espiritual, advertía lo mismo: «Muchos no se acaban de hartar de oir consejos y aprender preceptos espirituales y tener y leer muchos libros que traten de eso, y se les va más en esto el tiempo que en obrar la mortificación y perfección de la pobreza interior de espíritu que deben» (1 Noche 3,1).

Puede haber en esto, como señalaba Juan Gerson, algo insano, como «un estómago asqueado, al que le gusta comer de muchas cosas y digerir poco» (De libris legendis a monacho). Y San Francisco de Sales aconsejaba: «Leed poco cada vez, pero con atención y devoción» (Oeuvres 21,142).

De hecho, San Ignacio de Loyola, ateniéndose a su propia enseñanza, que no era a su vez sino la manifestación de su experiencia personal, leía no muchos libros, y en su habitación solía tener sólo dos, que siempre releía sin cansarse, el Nuevo Testamento y la Imitación de Cristo (L. González de Cámara: ob. cit. 584 Y 659). San Francisco de Sales se atenía siempre al Combate espiritual de Lorenzo Scupli (+1610): «Es mi libro preferido, y lo llevo en mi bolsillo hace lo menos dieciocho años, sin que nunca lo haya releído sin provecho» (Oeuvres 13, 304). Más recientemente, Santa Teresa del Niño Jesús (+1897) procedía de modo semejante. De ella se cuenta que, «ya carmelita, un día que pasaba por delante de una biblioteca, dijo sonriendo a su hermana Celina: ¡Qué triste me sentiría si hubiese leído todos esos libros! Hubiera perdido un tiempo precioso que he empleado simplemente en amar a Dios» (Proceso apostólico 930). Y Charles de Foucauld (+1916) declaraba: «Desde hace diez años, puede decirse que no he leído más que dos libros: Santa Teresa y San Juan Crisóstomo. El segundo apenas lo he comenzado; el primero lo he leído y releído diez veces» (Lett. à l’Abbé Huvelin 8-III-1898).

Y adviértase que muchos de los santos que nos dan estas enseñanzas y ejemplos no son anacoretas alejados del mundo y sin influjo visible sobre él. San Bernardo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola o San Francisco de Sales, por ejemplo, con sus lecturas elegidas e intensas, fueron los hombres más influyentes de su tiempo, y en medio de las mayores turbulencias ideológicas, ellos supieron marcar al pueblo cristiano, con seguridad y valentía, el norte evangélico.

6. Lectura y conversión

Hay que leer, sencillamente, para convertirse y practicar lo leído. Dice el apóstol Santiago: «Recibid con docilidad la Palabra que, plantada en vosotros, puede salvar vuestras almas. Hacéos realizadores de la Palabra, y no sólo oyentes, engañándoos a vosotros mismos» (1,21-22). Atención a esto: la doctrina espiritual cristiana no se entiende siquiera -por ejemplo, en lo referente a la pobreza- sino en la medida en que esa verdad se va viviendo en la vida personal. Por eso, sigue el apóstol, «si alguno se contenta con oir la Palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contempla su imagen en un espejo; se contempla, pero, en yéndose, se olvida de cómo es. En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como realizador de ella, ése, practicándola, será feliz» (1,23-25).

San Benito elogiaba la fuerza santificante de la lectura bien hecha: «Para el que corre hacia la perfección de la vida, están las doctrinas de los santos Padres, cuya observancia lleva al hombre a la cumbre de la perfección. Porque ¿qué página o sentencia de autoridad divina del Antiguo o del Nuevo Testamento no es rectísima norma de vida humana? ¿O qué libro de los santos Padres católicos no nos exhorta con insistencia a que corramos por el camino derecho hacia nuestro Creador? Y también las Colaciones de los Padres, sus Instituciones y Vidas, como asimismo la Regla de nuestro Padre San Basilio ¿qué otra cosa son sino instrumentos de virtudes (instrumenta virtutum) para monjes obedientes y de vida santa? Para nosotros, en cambio, tibios, relajados y negligentes, son motivo de sonrojo y confusión» (Regla 73, 2-7). En efecto, los libros santos, leídos en serio, denuncian con elocuencia la mediocridad o maldad de nuestras vidas, estimulándonos con gran fuerza hacia la perfección.

En fin, podemos aceptar sin reservas la definición que Diego Alvarez de Paz S.J. (+1620) da de la lectura cristiana: «La lectio consiste en meditar las Escrituras sagradas o los textos de los santos, no sólo para saber, sino para aprovechar espiritualmente y, conociendo así la voluntad de Dios, realizarla en la actividad» (De vita spirit. et ejus partibus, lib. II, p.4, c.31).

Situación actual

La situación actual de la lectura cristiana habrá de ser analizada, por tanto, considerando en qué medida cumple estas seis notas que configuran su perfección. Pues bien, mirando sólo el campo de Occidente, pueden arriesgarse con prudencia las siguientes apreciaciones.

1.- Hoy se hace poca lectura espiritual. La alimentación espiritual de textos cristianos suele ser insuficiente. Y esto es bastante grave, pues hoy, más que nunca, el influjo del mundo sobre las personas es muy intenso, a través de los medios de comunicación social.

2.- El alimento que en las lecturas cristianas se recibe no siempre es bueno, pues en las publicaciones católicas se viene mezclando, también más que nunca, la cizaña con el trigo. Por otra parte, hoy la lectura cristiana raras veces suele ser asesorada, y al no haber apenas libros de uso común, es decir, de lectura tradicional entre los fieles, fácilmente la lectura se sujeta a la moda, al capricho personal o a la oferta circunstancial de editoriales y librerías.

3.- Ha crecido en la lectura la curiosidad, y ha disminuído la devoción.

4.- Por eso mismo se han distanciado lectura y oración.

5.- Se lee poco, pero además la atención de los lectores tiende a dispersarse entre muchas obras: «non multum, sed multa».

6.- Todo esto lleva a un modo de lectura poco comprometido, en el que los libros cristianos no se toman tanto como instrumenta virtutum, es decir, como reglas de vida y herramientas de transformación personal, sino más bien como estímulos superficiales, unos más entre tantos otros.

Ya se ve con todo esto que la situación de la lectura está íntimamente ligada al estado actual de los libros cristianos. Pasemos, pues, a estudiar el pasado y el presente de éstos.