En el
capítulo primero vimos que la efusión del Espíritu hace a la Iglesia, y la
constituye como comunidad llena de vitalidad capaz de evangelizar el mundo.
Ahora
damos un paso más, contemplando cómo las personas y comunidades se dejan
conducir por el Espíritu. El Espíritu otorgado por Cristo y por el Padre es
positivamente acogido por la Iglesia. Consciente y deliberadamente se secunda
la acción y el impulso del Espíritu. No se trata de una actitud meramente
pasiva, sino de acoger con decisión la iniciativa del Espíritu dejándose mover
por Él.
«No os toca saber...» (1,7)
Ya
hemos mencionado las palabras programáticas de Jesús en 1,8 antes de su
ascensión.
En esa
ocasión los discípulos le interrogan, con cierta impaciencia y mentalidad aún
carnal y mundana: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino
de Israel?» (1,6). Siguen soñando con la idea de un Mesías temporal y político
que restablezca el Reino de David y les dé la independencia frente a los
romanos. Siguen encerrados en sus esquemas mentales que comparten con la
mayoría de los judíos. Su mentalidad sigue sin convertir.
Frente
a esa tendencia, Jesús los coloca radicalmente en la humildad de quien no sabe:
«No os toca a vosotros conocer el tiempo y el momento que el Padre ha fijado
con su autoridad» (1,7). Les toca colaborar con un plan que desconocen en su
realización concreta. Por eso deben despojarse de sus expectativas.
Les
basta una certeza que Jesús les transmite de manera absoluta e inequívoca:
«Recibiréis la fuerza del Espíritu que baja de lo alto y seréis mis
testigos...» (1,8). Tienen que despojarse de sus esquemas mentales, de sus
ilusiones y proyectos. Todo consiste en dejarse guiar, en secundar el impulso
del Espíritu, que ciertamente recibirán, hasta los confines de la tierra...
A los
apóstoles se les llama a hacerse como niños (Mc 10,14-15), a dejarse conducir
por el Espíritu según los planes del Padre. Y estos planes misteriosos sólo se
dan a conocer a los que se saben pequeños, mientras que se ocultan a los que se
creen sabios y entendidos (Mt 11,25).
Ya
Jesús había advertido que «el Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero
no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Y San Pablo nos recuerda que
«no sabemos pedir lo que conviene, mas el Espíritu intercede por nosotros con
gemidos inefables» (Rom 8,26).
Para
colaborar en el Reino de Dios es necesario renunciar a saber y a controlar, es
necesario «perder pie». Es necesario abandonarse y confiar, dejarse llevar.
Sólo el Espíritu puede conducirnos «según Dios» (Rom 8,27). A nosotros nos
basta «oir su voz» para secundarla, pero sin saber «a dónde va».
Toda
pretensión de «saber» nos cierra a los planes del Padre, siempre nuevos e
inéditos. Aferrarnos a lo conocido, a «nuestra experiencia», impide que se
realicen los proyectos de Dios, con frecuencia sorprendentes e imprevisibles.
Sólo quien está despojado de planes preconcebidos acepta el vértigo de dejarse
llevar «por senderos que ignora» (Is 42,16). Al evangelizador le toca obedecer
y ponerse en camino, como Abraham, incluso sin saber a dónde va (Hb 11,8).
El
verdadero evangelizador es el que ha recibido el Espíritu, ha sido constituido
testigo hasta los confines de la tierra (1,8) y no puede callar lo que ha visto
y oido (5,20). Pero al mismo tiempo es consciente de que sus planes no
coinciden con los de Dios ni sus caminos tampoco (Is 55,8-9). Por eso procura
dejarse llevar por el Espíritu según los planes por Dios establecidos y por los
caminos que el mismo Espíritu va abriendo en cada hora de la historia y en cada
instante de la vida de los hombres. Verdaderamente, al niño le toca «no
saber»... y dejarse guiar.
En alas del viento
Los
apóstoles y los evangelizadores que desfilan por el libro de los Hechos se
asemejan a una hoja llevada por el viento; el viento la trae y la lleva, cuando
quiere y como quiere, donde le parece bien, sin que ella oponga resistencia.
Los evangelizadores se dejan manejar por la iniciativa absoluta y continua del
Espíritu.
San
Lucas resalta sobre todo esta docilidad de los evangelizadores en aquellas
iniciativas novedosas e imprevisibles que de ningún modo podían provenir de los
cálculos y proyectos humanos. Más aún, que surgían como en dirección contraria
a la mentalidad y a la educación recibida por los apóstoles. Mérito suyo fue
dejarse llevar a pesar de todo, a pesar de la mentalidad imperante y aun a
pesar de sí mismos.
Gracias
a la docilidad a una moción del Espíritu fue evangelizado y bautizado el primer
pagano. El Ángel del Señor –en los versículos siguientes se habla del
Espíritu–impulsa a Felipe a ponerse en
camino por el desierto hacia Gaza (8,26). Felipe obedece inmediatamente (8,27)
sin saber aún para qué es conducido en esa dirección: oye la voz del Espíritu,
pero no sabe a dónde va. Una vez en el camino, se encuentra con un alto
funcionario etíope y de nuevo resuena en su interior la voz del Espíritu que le
impulsa a acercarse a él (8,28-29). Felipe vuelve a obedecer y entonces
entiende para qué ha sido conducido por ese camino: el etíope es evangelizado y
bautizado y continúa su camino lleno de gozo (8,30-38).
Esto no
es un episodio aislado, pues a continuación se nos dice que «el Espíritu del
Señor arrebató a Felipe» (8,39), que «se encontró en Azoto y recorría
evangelizando todas las ciu-dades hasta llegar a Cesarea» (8,40). Apertura y
docilidad al Espíritu, sin planes predeterminados.
La
misma docilidad –esta vez de Pedro– lleva a la evangelización y bautismo de la
primera familia pagana. Pedro recibe la inspiración del Espíritu de marchar
inmediatamente con aquellos hombres que han venido a buscarle (10,19-20). Como
Felipe, tampoco Pedro sabe para qué. Cuando le reprochen que ha entrado en casa
de incircuncisos y ha comido con ellos, tendrá que explicar que no ha sido
iniciativa suya, sino impulso del Espíritu que se le ha manifestado con
absoluta certeza (11,12). Pedro obedece dócilmente a pesar de sus resistencias
(10,9-16). Y la docilidad de Pedro al Espíritu provoca que el Espíritu se
derrame sobre los paganos (10,44), abriendo así una puerta impresionante al
Evangelio...
También
encontramos obediencia y docilidad a la voz del Espíritu, manifestada en la
oración comunitaria, cuando la comunidad de Antioquia acoge la llamada de Dios
a evangelizar abiertamente a los paganos enviando concretamente a Pablo y a
Bernabé (13,2).
Cuando
los paganos entran masivamente en la Iglesia, y se decide que no tienen
obligación de guardar la Ley de Moisés (15,23-29), las deliberaciones de la
asamblea de Jerusalén han estado presididas por la escucha del Espíritu. Los
apóstoles tienen una clara conciencia de ello cuando manifiestan en la
carta-decreto con que concluye la asamblea: «Hemos decidido el Espíritu Santo y
nosotros...» (15,28).
Finalmente,
la entrada del Evangelio en Europa es fruto de una nueva iniciativa del
Espíritu, secundada fielmente por los apóstoles. Después de diversas
circunstancias que les han hecho entender claramente que «el Espíritu Santo les
había impedido predicar la Palabra en Asia» (16,6), después de nuevas
intentonas que les llevan a la conclusión de que el Espíritu de Jesús no les
permite predicar en Bitinia (16,7), Pablo percibe en la oración la llamada de
un macedonio (16,9). «Inmediatamente intentamos pasar a Macedonia, persuadidos
de que Dios nos había llamado para evangelizarles» (16,10). Y el Evangelio
irrumpe en Europa con toda su fuerza renovadora.
«Encadenado por el Espíritu» (20,22)
En el
discurso a los presbíteros de Efeso, en Mileto, encontramos una expresión
sublime, particularmente reveladora del alma de Pablo: «Mirad que ahora yo,
encadenado por el Espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me
sucederá; solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me
aguardan prisiones y tribulaciones. Pero yo no considero mi vida digna de estima,
con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor
Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios» (20,22-24).
De
ciudad en ciudad, los profetas, iluminados por el Espíritu Santo, aseguran a
Pablo que le esperan cárceles y luchas. Así ocurre en Tiro, donde los hermanos,
movidos por el cariño que le tienen, pretenden convencerle de que no suba a
Jerusalén (21,4). Así sucede en Cesarea, donde una vez más los discípulos
tratan de retener a Pablo (21,10-12).
Pero él
permanece firme en su determinación: «¿Por qué habéis de llorar y destrozarme
el corazón? Pues yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino a morir también
en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús» (21,13).
Encadenado
por el Espíritu que un día tomó posesión de él mediante la imposición de manos
de Ananías (9,17), Pablo no puede ni quiere apartarse un ápice de lo que el
Espíritu mismo le sugiere como voluntad del Padre.
Lo
mismo que el Maestro, impulsado por el Espíritu, había subido a Jerusalén para
consumar allí su sacrificio redentor, Pablo emprende su particular calvario
encadenado por el mismo Espíritu. Algo similar Jesús le había anunciado a
Pedro: «Otro te ceñirá y te llevará donde no quieras» (Jn 21,18). De esta
manera Pablo va a «cumplir» –es decir, va a dar plenitud, realización plena– al
ministerio que le ha sido confiado (20,24).
El
verdadero apóstol y evangelizador es el que se deja encadenar por el Espíritu.
Muerto a toda iniciativa propia, está enteramente a disposición del Espíritu.
Prisionero del Espíritu, que le ha confiado la grey y el ministerio (20,28), se
deja manejar perfectamente por Él y se deja conducir dócilmente al Calvario y a
la cruz. Sólo quien se deja encadenar por el Espíritu está verdaderamente al
servicio del Espíritu y deja pasar su infinita fecundidad divina a través de
las propias obras y palabras.
«Enormemente sorprendidos» (2,7)
A lo
largo de estas páginas hemos tenido ocasión de ir comprobando que la acción del
Espíritu con frecuencia sorprende y hasta desconcierta. No se ajusta a las
previsiones humanas, a los cálculos, a la lógica de los hombres. Su lógica es
sobrehumana, divina.
Por
ello el evangelizador debe realizar un verdadero «ministerio en el Espíritu».
Su actitud fundamental es servir a la acción del Espíritu, a quien corresponde
la guía de la Iglesia y de cada comunidad. Lo propio del evangelizador es estar
permanentemente a la escucha de la voz del Espíritu y secundar sus impulsos. Se
trata de tener oidos para oir «lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap
2,7).
Esto no
significa que no se pueda planificar la pastoral de la Iglesia. Se puede hacer,
y se debe hacer: una Iglesia –parroquia, diócesis o comunidad– sin proyecto es
como un barco sin rumbo. Pero toda planificación debe realizarse a la escucha
del Espíritu, que lleva la iniciativa de principio a fin. Y se ha de estar
atentos y disponibles para rectificar en cualquier momento, apenas se perciba
la voz del Espíritu en otra dirección.
El
protagonista de la evangelización es el Espíritu. Todolo demás –evangelizadores,
planes, métodos, etc– debe ser instrumento dócil de su acción. Es el
evangelizador quien debe ser prisionero del Espíritu, no al revés. A veces da
la impresión de que el Espíritu queda prisionero en medio de planes y
estructuras puramente humanos. Debemos preguntarnos si la esterilidad de muchas
de nuestras acciones pastorales no será debida a algo tan elemental como esto:
sustituir la iniciativa libre y soberana del Espíritu por nuestros esquemas,
nuestros proyectos y nuestras ideas.
Esto
implica que debemos revisar todo (planes pastorales, estructuras, métodos y
medios empleados...) para ver si son instrumentos aptos del Espíritu o más bien
obstaculizan su acción. En su tarea evangelizadora puede ocurrirle a la Iglesia
lo que a David revestido con la armadura de Saúl (1 Sam 17,38-39): determinados
medios y estructuras –teóricamente buenos– no sólo no ayudan, sino que
estorban.
La
Iglesia en general y cada comunidad en particular deben caminar en una gran
flexibilidad, sin esquemas rígidos y preconcebidos, abiertas a los caminos
nuevos e inexplorados que el Espíritu suscita constantemente, acogiendo las
salidas y soluciones que Dios mismo ofrece para las nuevas situaciones y
dificultades.
Ahora
bien, esto exige gran disponibilidad interior, enorme desapego de concepciones
y gustos propios: inmensa docilidad de espíritu. La historia de la Iglesia es
testigo de muchas ocasiones desperdiciadas para la difusión del Evangelio
precisamente por la estrechez mental y la miopía de los hombres de la Iglesia
en esos momentos...
Esta
docilidad al Espíritu, que debe ser constante, se hace particularmente
necesaria en las decisiones que tienen especial alcance e importancia. Así lo
hemos comprobado en la Iglesia de los Hechos. El Espíritu, que siempre asiste a
su Iglesia, está especialmente atento y activo en las grandes crisis y
dificultades. Basta que su voz sea escuchada y su acción acogida y secundada...
«Profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas» (2,17)
Hemos
visto que el evangelizador debe realizar un plan de Dios que, aunque conozca en
sus trazos fundamentales, le es desconocido en los detalles particulares de su
realización en el tiempo y el espacio; hemos visto que debe secundar la acción
–soberanamente libre– del Espíritu... Todo ello puede parecer demasiado
difícil.
Sin
embargo, Cristo no confía una misión a su Iglesia sin otorgarle los medios
necesarios para su correcta y plena realización.
Hemos
tenido ocasión de comprobar el papel directivo de Pedro y los Doce asistidos
por el Espíritu. Antes de Pentecostés, Pedro guía la elección del sustituto de
Judas entre los Doce (1,15-26) Ellos instituyen a los siete para atender a las
viudas y poder así dedicarse ellos a la oración y al ministerio de la Palabra
(6,1-6). Guiado por el Espíritu, Pedro predica el Evangelio y hace bautizar a
la primera familia de paganos (10,1–11,18). Obedeciendo al Espíritu Pedro y los
Doce deciden admitir a los gentiles en la Iglesia y no imponerles la obligación
de cumplir la Ley de Moisés (15,1-29). Pedro y Juan supervisan y confirman la
evangelización realizada por Felipe en Samaria (8,14-17).
Junto a
este don de los apóstoles, el Espíritu regala a la Iglesia el don de la
profecía. A través de los profetas el Espíritu continúa hablando y guiando a su
Iglesia en medio de las circunstancias y dificultades particulares. En su
difícil misión evangelizadora es sostenida y confortada por este don de lo
alto.
Puede
extrañarnos este don, porque actualmente es casi desconocido. Sin embarco, está
muy presente en el libro de los Hechos (Pedro interpreta el mismo
acontecimiento de Pentecostés como una efusión del Espíritu de profecía
anunciado por Joel: 2,17; Jl 3,1-5) y figura en casi todas las listas de
carismas del N.T. Más aún, su importancia es claramente resaltada al situarlo
en dichas listas inmediatamente después de los apóstoles (1 Cor 12,28-29; Ef
4,11).
Se
menciona a un tal Ágabo, que profetizó que vendría un gran hambre, la cual tuvo
lugar en tiempos del emperador Claudio (11,27-28). Lo anunciado por él se
cumple de hecho: es uno de los criterios para discernir el profeta verdadero
del falso. También se cumple lo que le anuncia a Pablo: que va a ser encadenado
en Jerusalén (21,10-11). En este caso, acompaña su palabra de gestos
simbólicos, al estilo de los antiguos profetas de Israel.
También
se habla de cuatro hijas vírgenes de Felipe –uno de los siete– que profetizaban
(21,9). Y los doce discípulos de Juan Bautista comenzaron a profetizar después
de que Pablo les impuso las manos y vino sobre ellos el Espíritu (19,6).
De
Judas y Silas se nos dice que «eran también profetas», y en calidad de tales
«exhortaron con un largo discurso a los hermanos y les confortaron» (15,32).
Y las
misteriosas palabras referidas en 13,2 («dijo el Espíritu Santo») probablemente
se refieran a un mensaje transmitido a través de alguno de los profetas de la
comunidad de Antioquía mencionados en 13,1 (comparar con el inicio de la
profecía de Ágabo en 21,11: «Esto dice el Espíritu Santo»).
Los
profetas del N.T. –a semejanza de los del A.T.– son personas que hablan en
nombre de Dios bajo la inspiración del Espíritu. Testigos acreditados del
Espíritu, transmiten sus revelaciones y edifican, exhortan y consuelan (cf.
1 Cor 14,3). Los profetas son un don de Cristo a su Iglesia, que con ellos es
equipada para realizar mejor su misión en el mundo y en la historia.
«Mentir al Espíritu Santo» (5,3)
Esta
docilidad al Espíritu Santo encuentra su contrapunto en el llamativo episodio
de Ananías y Safira (5,1-11).
Este
matrimonio es castigado no tanto por no compartir la totalidad de sus bienes
(el versículo 4 da a entender que podían haber dispuesto de ellos), cuanto por
mentir. Ciertamente la codicia está en la raíz de su pecado, pero este consiste
sobre todo en la pretensión de engañar a los apóstoles y a la comunidad, y en
ellos al Espíritu Santo mismo. Se habla de «mentir al Espíritu Santo» (v 3),
«mentir a Dios» (v 4) y «poner a prueba al Espíritu del Señor» (v 9), todo ello
por instigación de Satanás (v 3).
Con
esto San Lucas destaca la enorme gravedad de resistir la luz y el impulso del
Espíritu. Todo pecado deliberado –mentira o codicia– es cerrar las puertas al
Espíritu y abrirlas de par en par a Satanás, que acaba «llenando el corazón» (v
3) de quien resiste al Espíritu. No hay término medio.
La
consecuencia del pecado y del rechazo del Espíritu es la muerte: Ananías y
Safira caen fulminados de manera inmediata. El pecado no es simplemente algo
deplorable que «habría que evitar»: es muerte de manera inmediata y radical.
No es
casual que la palabra «Iglesia» aparezca en este relato (v 11) por primera vez
entre las 23 en que es usada en los Hechos. La indocilidad al Espíritu es el
único mal de la Iglesia. Ni los enemigos ni las persecuciones pueden dañarla,
sino que más bien contribuyen sin quererlo a su crecimiento. El único enemigo
de la Iglesia es el pecado de sus propios hijos. Lo mismo que la comunión
generada por el Espíritu (4,32-35) suscita vitalidad y atractivo (5,12-16), la
indocilidad al Espíritu genera muerte y esterilidad.
Algo
parecido sugiere el episodio de Simón el mago (8,9-24). En lugar de servir al
Espíritu, que se recibe como don, intenta servirse de Él comprándolo con dinero
para usarlo para sus intereses. Esta actitud indica que su corazón «no es recto
delante de Dios» (v 21), que está lleno de «maldad» (v 22) y se encuentra «en
hiel de amargura y en ataduras de iniquidad» (v 23).
Y el mago Elimas (13,6-12), que se opone al Espíritu impidiendo –por intereses creados– que el evangelio se predique al procónsul Sergio Paulo, queda ciego y dando vueltas en torno a sí: todo un signo del hombre que ha rechazado la luz y la verdad de Dios.