Los
evangelistas –particularmente San Lucas– habían mostrado a Jesús en oración y
habían recogido sus abundantes enseñanzas acerca de la oración. El libro de los
Hechos nos muestra también una Iglesia orante, una comunidad profundamente
enraizada en la oración. Tanto la comunidad como los individuos oran sin cesar,
cumpliendo así el mandato de Jesús.
Nos
encontramos sin duda ante otra de las claves fundamentales de la Iglesia
primitiva. Una Iglesia que ora es una Iglesia que vive en la dependencia de su
Señor, lo mismo que Jesús había vivido en la dependencia del Padre. No
percibimos en los Hechos una Iglesia autosuficiente, segura de sí misma y de
sus medios, sino una Iglesia que en su debilidad se sostiene en el poder de
Dios. La oración es su respiración cotidiana.
Y la
oración es también su fuerza. La comunidad cristiana primitiva experimentó el
poder de la oración, la eficacia que Jesús había prometido a la súplica hecha
en su nombre con fe y humildad. La Iglesia de los Hechos se experimentó
milagrosamente sostenida por la oración que la hacía fuerte en medio de la
debilidad.
A la espera del don de lo alto
Es
significativo que lo primero que presenta San Lucas, después de narrar la
ascensión de Jesús, es el grupo de los 120 en oración (1,14). Es la respuesta
concreta a la indicación del Señor de que aguardasen la Promesa del Padre
(1,4), es decir, el Espíritu Santo prometido.
Ese
grupo inicial tiene experiencia sobrada de la hostilidad de los judíos que ha
provocado la muerte de Jesús; de ahí que, incluso después de la resurrección,
permanezcan atrincherados, «con las puertas cerradas por miedo a los judíos»
(Jn 20,19).
Pero
sobre todo tienen experiencia de su propia debilidad. El evangelista Marcos se
encarga de recordarnos que en el momento del prendimiento de Jesús «todos le
abandonaron y huyeron» (Mc 14,50). Y el mismo Pedro le niega reiteradamente (Mc
14,66-72).
Ahora
sólo pueden abrirse al don de lo alto, que los capacitará para cumplir una
misión sobrehumana que los desborda por todas partes. Pues sólo siendo
revestidos de poder desde lo alto (Lc 24,49) podrán ser testigos de Cristo
hasta los confines de la tierra (1,8). La oración de este grupo inicial es una
oración desde la pobreza: la oración de quien, careciendo de todo, espera todo
de lo alto.
El don
del Espíritu en Pentecostés es cumplimiento de la promesa de Cristo, pero
también es en cierto modo respuesta a la oración humilde y confiada de los
discípulos. Con el dato de que estaban reunidos «en un mismo lugar» (2,1), San
Lucas parece evocar la «estancia superior» (1,13) donde los Doce, con María,
algunas mujeres y otros hermanos «perseveraban en la oración» (1,14).
La
Iglesia de toda época y lugar, en cualquier circunstancia y dificultad, siempre
tiene posibilidad de abrirse por la oración al don de lo alto. No se nos pide
tener una respuesta para todo. Cristo no reclama de nosotros ser una especie de
superhombres. Quiere que estemos dispuestos a dejarnos revestir constantemente
del poder desde lo alto. Sólo una Iglesia que ora puede ser de nuevo inundada
por el Espíritu, pues el Espíritu sólo se recibe en oración.
Ante la persecución (4,23-31)
Tras la
prohibición de hablar de Jesús (4,18) y las amenazas recibidas por parte del
Sanedrín (4,21), el camino de la Iglesia parece quedar bloqueado. Es verdad que
los apóstoles están decididos a obedecer a Dios antes que a los hombres,
conscientes de que no pueden callar lo que han visto y oido (4,19-20). Pero no
es menos cierto que esa prohibición choca de frente con la misión recibida de
Jesús (1,8) y parece impedir su realización.
Es
significativa la reacción de la comunidad: nada de quejas, ni de lamentos, ni
de desánimos. La reacción unánime es acudir al Señor, su única fortaleza y
apoyo: «al oirlo, todos a una elevaron su voz a Dios» (4,24). La comunidad
reacciona orando.
Y es
significativo también el contenido de esa oración. Ante todo, miran a Dios a
quien contemplan como dueño soberano de todo, como creador de todo lo que
existe (4,24). Instalados en la omnipotencia de Dios, pueden afrontar con
serenidad la situación de persecución que están padeciendo.
A
continuación, con la ayuda de la Palabra de Dios –concretamente el Salmo 2–,
buscan luz para entender esa situación. Y la encuentran, desde la Palabra y
sobre todo desde la experiencia del propio Jesús: también Jesús encontró
oposición para realizar su misión por parte de Herodes y Pilatos, y la persecución
de que fue objeto se prolonga ahora en la Iglesia. Del mismo modo que Herodes y
Pilatos no obstaculizaron los planes de Dios, sino que –sin saberlo–
contribuyeron a su realización, tampoco ahora la persecución impide que la
Iglesia cumpla la misión recibida de Cristo. La persecución está integrada en
el plan de Dios (4,25-28).
Entendido
el sentido de lo que está ocurriendo, no piden que desaparezcan las
dificultades, ni que los enemigos sean aniquilados, sino simplemente valentía
para seguir predicando la Palabra en medio de la persecución (4,29-30). Una vez
convencidos de que la persecución no va a obstaculizar el avance del Evangelio,
sólo piden ser revestidos de nuevo de poder desde lo alto. No les importa ser
ellos perseguidos, sino que el Evangelio pueda ser predicado a todos.
El
fruto de la oración es un nuevo Pentecostés que les hace de hecho predicar la
Palabra de Dios con valentía (4, 31). La oración ha derribado el muro. No sólo
les ha dado luz para entender el sentido de lo que sucede: sobre todo les ha
otorgado la fuerza divina del Espíritu para transformar esa situación.
Así
sucede a cada paso de la Iglesia peregrina. Sin la oración quedamos
desconcertados por las dificultades, caemos en el desánimo y nos sentimos
derrotados por ellas. La oración, en cambio, nos abre a entender los
misteriosos planes de Dios y, sobre todo, nos pone en conexión con el poder
infinito del Señor. La oración es el arma poderosa otorgada a la Iglesia,
gracias a la cual es fuerte en la debilidad (cf 2 Cor 12,8-10).
Ante las decisiones importantes
Cuando
se trata de elegir el sustituto de Judas, se nos dice: «Entonces oraron así:
"Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cual de estos dos
has elegido"» (1,24).
Para
completar el número de los Doce no basta el discernimiento, que también
realizan y es necesario. No bastan las luces humanas, aunque sean de toda la
comunidad. Son conscientes de que no eligen ellos, sino Dios, y a ellos los
toca acertar con el que Dios ha elegido. Son conscientes de que sólo Dios
conoce los corazones y que muchas veces las apariencias externas engañan. Por
eso oran: «Muéstranos a quién has elegido». Así queda patente no la iniciativa
humana, sino la divina.
También
la primera gran misión a los gentiles brota de la oración: «Mientras estaban
celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo:
"Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he
llamado"» (13,2).
En este
caso no se nos dice que hubiera una cuestión sometida a discernimiento. Parece
una iniciativa total y absoluta del Espíritu, pero que es captada precisamente
mientras se encuentran en oración. El cómo se ha entendido la voz del Espíritu
puede haber sido a través de alguno de los que en el versículo anterior enumera
como «profetas» (13,1).
Vemos
aquí a la Iglesia primitiva a la escucha del Espíritu mediante la oración. Sólo
en la oración se puede discernir con certeza y sin error la voluntad de Dios. Y
sólo en la oración se pueden captar las mociones del Espíritu que
constantemente sorprende y abre caminos nuevos a la misión de la Iglesia...
Un caso
claro de esto es la entrada en la Iglesia de la primera familia pagana: la
conversión del centurión Cornelio y los de su casa (cp. 10). Pues aquí la
oración parece ser el motor de todo lo sucedido.
Ya
hemos visto las dificultades de los judíos para la evangelización de los
paganos. Sin embargo, la oración derriba los obstáculos y prepara el camino
tanto en el evangelizador como en los evangelizados. Cornelio es un hombre
piadoso, simpatizante del judaísmo y que ora mucho; precisamente estando en
oración entiende que tiene que hacer venir a Pedro y obedece inmediatamente a
lo que Dios le ha inspirado (10,1-8).
Mientras
los enviados de Cornelio están de camino, también Pedro se encuentra en oración,
y sin que él sepa nada de lo que va a suceder Dios mismo le prepara para acoger
a esos paganos y para marchar con ellos (10,9-16). Pedro acabará anunciándoles
a Cristo y ellos recibirán el Espíritu Santo y serán bautizados.
La
oración ha preparado al evangelizador y a los evangelizados para ese paso de
tanta trascendencia en la Iglesia primitiva, sin que ellos sepan cómo. La
oración ha abierto camino a la evangelización de manera inesperada y
sorprendente. Desde su lógica y sus esquemas mentales, los apóstoles quizá
nunca hubieran dado ese paso. En cambio, al abrirse radicalmente a Dios por la
oración, han permitido que Dios mismo preparase mentes y corazones para dar ese
salto cualitativo, impensable desde la mentalidad judía de la época.
La
oración nos abre, y nos mantiene abiertos, a los planes de Dios, desconocidos
para nosotros en gran parte, y misteriosos, pues superan nuestra lógica y
nuestros esquemas mentales. La oración nos dispone a acoger la acción
sorprendente de Dios, que nos conduce muchas veces por caminos que no
entendemos y hacia metas que escapan a nuestro control.
Para el envío misionero
Hemos
visto cómo el envío de Pablo y Bernabé para la primera gran misión se discierne
y se decide en oración. Pero una vez tomada la decisión, el texto continúa:
«después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los enviaron»
(13,3).
También
hemos visto que la comunidad se siente responsable de la misión. Y lo hace
sobre todo sosteniendo a los misioneros con la oración. Unos parten, la mayoría
se quedan; pero todos oran y ayunan con insistencia y fervor para que los
evangelizadores puedan realizar con fruto esa misión realmente sobrehumana. Con
este gesto los encomiendan a la gracia de Dios (14,26; 15,40). La misión se
apoya en la oración. Sólo después de haber ayunado y orado los envían. Los
misioneros parten apoyados en el Señor y sostenidos y confortados por la
oración de la Iglesia.
También
tras la elección de los siete, se nos refiere que los apóstoles «habiendo hecho
oración, les impusieron las manos» (6,6). Han recibido una misión que ha de ser
arropada con la oración. Por muy material que parezca –en este caso, el
servicio de las mesas– toda misión en la Iglesia es sagrada. La oración lo pone
de relieve, a la vez que implora la gracia para que quien la ha recibido la
realice en el espíritu de Cristo.
A
medida que el Evangelio se va extendiendo, es preciso instituir responsables en
las nuevas comunidades que surgen. En la primera misión, después de evangelizar
Antioquia de Pisidia, Listra, Iconio, Derbe, «designaron presbíteros en cada
Iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en
quien habían creído» (14,23). Toda misión en la Iglesia tiene un carácter
netamente sobrenatural y sólo puede cumplirse adecuadamente vivificada por la
oración.
Después
del impresionante discurso a los presbíteros de Efeso, que suena a testamento,
Pablo se despide de ellos en Mileto con la convicción de que no volverá a
verlos. Pero antes de despedirse, nos refiere Lucas: «Dicho esto, se puso de
rodillas y oró con todos ellos» (20,36). En este caso no es tanto oración «por»
ellos cuanto oración «con» ellos. Oran juntos encomendando al Señor aquellas
comunidades, a sus responsables, y al propio Pablo, a quien aguardan «prisiones
y tribulaciones» (20,23).
Perseveraban en la oración (1,14; 2,42)
Esta
actitud en que hemos sorprendido al grupo inicial de discípulos (1,14) es la
que nos presenta también Lucas como una característica de la primera comunidad
(2,42). La oración impregna toda la vida de la Iglesia primitiva. Oran las
comunidades y oran los individuos. Constatamos que se trata de una Iglesia en
oración, literalmente colgada del poder de Dios.
Saulo
está en oración cuando ve que un tal Ananías le impone las manos para
devolverle la vista (9,11-12). Y el propio Ananías debía estar en oración
–aunque no se diga explícitamente– cuando percibe la llamada del Señor a ir
donde Saulo (9,10-11) a pesar de sus resistencias (9,13-16).
Esteban
ora en el momento del martirio. Muere orando. Mediante su oración confía su
vida en manos del Señor Jesús (7,59) y suplica ardientemente –«con fuerte voz»–
el perdón para sus asesinos (7,60).
También
vemos a los apóstoles poniéndose en oración antes de los milagros. Ciertamente
todas las curaciones se realizan «en el nombre de Jesucristo» (3,6; 9,34). Pero
en algunos casos se dice explícitamente que la curación va precedida de la
oración. Cuando le llevan ante la discípula Tabita, ya muerta, Pedro «se puso
de rodillas y oró» (9,40); sólo después le dijo: «Tabita, levántate». En Malta
el padre de Publio, que ha hospedado a Pablo y a sus compañeros, se encuentra
enfermo; Pablo «entró a verle, hizo oración, le impuso las manos y le curó»
(28,8). De este modo se pone de relieve que es el Señor quien obra los prodigios,
aunque sea «por mano de los apóstoles» (5,12).
Cuando
Pedro es encarcelado, Lucas nos refiere que «mientras la Iglesia oraba
insistentemente por él a Dios» (12,5) y da a entender que la prodigiosa
liberación posterior (12,6-11) es fruto de esa oración de la Iglesia. La
oración rompe las cadenas, derriba los muros y arranca de las manos de los
enemigos. Cuando Pedro queda libre y se dirige a casa de María, madre de Juan
Marcos, en busca de los hermanos, encuentra que «se hallaban muchos reunidos en
oración» (12,12).
Particularmente
conmovedora resulta la oración de Pablo y Silas en la cárcel de Filipos, pues
después de haber sido azotados con varas, «hacia la media noche estaban en
oración cantando himnos a Dios» (16,25). No se quejan, ni siquiera suplican:
alaban. Cantan a Dios reconociendo su grandeza y su poder. Y la respuesta no se
hace esperar: un terremoto conmueve los cimientos de la cárcel, las puertas se
abren y caen las cadenas. La alabanza es liberadora. El poder de la alabanza
libera de la prisión y cambia el curso de los acontecimientos, provocando la
conversión del carcelero y de su familia.
La
oración se hace presente en toda circunstancia y ocasión. Al despedir a los
hermanos de Tiro, con quienes han permanecido siete días, Lucas nos refiere:
«en la playa nos pusimos de rodillas y oramos» (21,5). Y al ser recibidos por
los hermanos de Roma que salen a su encuentro, Pablo «dio gracias a Dios»
(28,15).
La
oración impregna y sostiene toda la vida de la Iglesia de los Hechos de los
Apóstoles, hasta el punto de que casi se podría definir a los cristianos como
«los que invocan el nombre del Señor» (2,21; 9,14.21; 22,16).
«Nos dedicaremos a la oración» (6,4)
Siendo
la oración algo propio de toda la comunidad cristiana, aparece especialmente
resaltada en la vida de los apóstoles.
Ya
hemos visto diversos textos donde los apóstoles aparecen en oración. La
curación del tullido se produce cuando Pedro y Juan «subían al Templo para la
oración de la hora nona» (3,1).
Ante
las dificultades que encuentra en Corinto, Pablo es confortado y alentado en la
oración. Durante la noche oye al Señor decirle: «No tengas miedo, sigue
hablando y no calles; porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima
para hacerte mal, pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciudad» (18,9-10). Y
del mismo modo, «estando en oración en el Templo», entiende que debe marchar de
Jerusalén porque su testimonio no va a ser recibido» (22,17-18).
Pero la
conciencia que ellos tienen del valor absolutamente prioritario de la oración
en su misión apostólica la vemos sobre todo cuando aumenta el número de los
discípulos y se acrecientan las tareas. Entonces optan por encargar a otros el
servicio de las mesas y dedicarse ellos a la oración y al ministerio de la
Palabra (6,1-4). Siendo el servicio de las mesas una tarea de caridad,
totalmente digna y santa, entienden que su misión especifica es la oración y la
predicación.
No es
casual que a renglón seguido se nos diga que «la Palabra de Dios iba creciendo
y en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos»
(6,7). La consecuencia inmediata de esta decisión es el crecimiento de la
comunidad. Cuando los ministros de la Iglesia oran y anuncian a Cristo, el
Evangelio se extiende y la Iglesia crece.
La fracción del pan
Otro de
los pilares de la primera comunidad, tal como la presenta San Lucas, es la
eucaristía: «acudían asiduamente a la fracción del pan» (2,42).
Es
interesante constatar que ya desde elprincipio la Eucaristía era fuente de vida
cristiana, que desde los inicios mismos del cristianismo los discípulos
entendieron que Cristo es el Pan de vida (Jn 6,48).
La
fracción del pan se celebraba «por las casas» (2,46), lo que contribuía a
afianzar en la Iglesia los lazos de familia alrededor de la mesa eucarística.
Es
conmovedor contemplar a las primeras comunidades reunidas «el primer día de la
semana para la fracción del pan» (20,7). El domingo, como memoria de la
resurrección del Señor y día de la eucaristía, es ya signo de identidad para
los cristianos. No tiene nada de particular que sea también día de vida nueva y
de resurrección para los discípulos, como lo fue para el joven Eutico
(20,9-12).
Oración y ayuno
En
varias ocasiones hemos podido ver que la oración se presenta unida al ayuno
(13,2.3; 14,23). Además de las numerosas privaciones originadas por las tareas
apostólicas y evangelizadoras, se añade en ocasiones el ayuno explícito.
En este
punto la Iglesia primitiva sigue la práctica judía, aunque enriquecida por el
sentido nuevo dado por Jesús.
Ya en
el A.T. el ayuno (por ejemplo, Lev 23,27-32) tiene un sentido profundamente
religioso –como, por lo demás, en otras religiones–. Expresa de manera también
corporal una vinculación espiritual con Dios. Lejos de ser una hazaña ascética
que llevaría al orgullo (y frente a la cual Jesús pone en guardia: Mt 6,16), el
ayuno, acompañado de la oración suplicante, sirve para expresar la humildad
delante de Dios. El que ayuna se vuelve hacia el Señor en una actitud de
dependencia y abandono totales (Dan 9,3; Esd 8,21). Aun con variedad de
matices, se trata siempre de situarse con fe en una actitud de humildad para
acoger la acción de Dios y ponerse en su presencia.
Por
esto es significativo que Jesús comience su vida pública con cuarenta días de
ayuno. Es una manera de expresar que inaugura su misión mesiánica con un acto
de abandono confiado en su Padre (Mt 4,1-4).
La
Iglesia de los Hechos nos manifiesta así el manantial secreto de su fuerza y su
vitalidad. Por la oración vive de Dios. Y tiene una vida sobrehumana,
sobrenatural, divina.
La
Iglesia prolonga en la historia la oración de Cristo, el Verbo encarnado.
Gracias a la mediación orante de la Iglesia, las bendiciones de Dios descienden
constantemente sobre el mundo y el mundo es salvado de sí mismo e introducido
en el Paraíso.
En
cambio, una Iglesia sin oración es una Iglesia impotente, como Sansón sin su
cabellera. Con la oración es capaz de romper todo tipo de amarras y cadenas por
muchas y fuertes que sean, como Sansón las ataduras (Jue 16,6-14). Sin la
oración, la Iglesia se queda sin vigor, es sometida fácilmente por sus enemigos
y queda ciega y dando estérilmente vueltas a sí misma (Jue 16,16-21).
Sólo la
oración hace milagros, pues nos conecta con el poder de Dios. Ella es el arma
poderosa otorgada por Dios a su Iglesia para ganar las batallas en medio del
mundo y alcanzar la conversión de los hombres y los pueblos. La oración y el
ayuno son el arma secreta para la difusión del Evangelio. Con la oración la
Iglesia es omnipotente, pues permite que resida en ella el poder de Dios para
quien nada hay imposible (Lc 1,37). La oración es capaz de cambiar el curso de
los acontecimientos. Verdaderamente, la Iglesia que ora «tiene las manos en el
timón de la historia» (S. Juan Crisóstomo)