El
Cardinal Ratzinger ha dicho que «la Iglesia es un Pentecostés permanente, no
una racionalización permanente». Pues bien, esto es lo que descubrimos ante
todo en el libro de los Hechos: Pentecostés es el acontecimiento que pone en
marcha a la Iglesia como comunidad de los hombres nuevos que, habiendo sido
transformados por el Espíritu, son capaces de testimoniar a Cristo y la novedad
de vida aportada por Él. Más aún, los Hechos de los Apóstoles manifiestan que
no se da un único Pentecostés: el Espíritu Santo se derrama sin cesar sobre las
personas y comunidades. Se da un Pentecostés permanente. Es una Iglesia que
vive en Pentecostés.
A la
luz de estos datos y de la afirmación de Ratzinger es obligado preguntarnos si
no será ésta una de las causas principales –por no decir la principal– de la
debilidad de nuestras comunidades. Se dice que el Espíritu Santo es el gran
desconocido; ahora bien, si el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia (cf.
Prefacio de Pentecostés), el que anima y vigoriza a la Iglesia, una Iglesia
–parroquia, comunidad, etc., o un cristiano– que no vive una relación profunda
con el Espíritu Santo es una Iglesia –o un cristiano– desanimada y sin vigor.
En lugar de ser un Pentecostés permanente, se convierte en una racionalización
permanente, vive y actúa no según el impulso divino del Espíritu, sino según su
lógica natural, sus planes «razonables» y sus fuerzas humanas; deja de ser luz
del mundo y sal de la tierra y se queda en una institución humana más, con sus
mismos límites, con sus mismos defectos, incapaz de cambiar el mundo, pues sólo
el soplo divino del Espíritu renueva la faz de la tierra (cf. Sal
104,30).
Ocurre
hoy a muchos cristianos lo mismo que a aquellos discípulos de Juan Bautista que
ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo (Hch 19,2) ; no tenían conocimiento ni
experiencia de su acción. Y sin embargo, cuando Pablo les anunció a Cristo y
les impuso las manos, recibieron el Espíritu y se pusieron a profetizar
(19,4-7). También hoy puede y debe darse una renovada efusión del Espíritu que
convierta a los cristianos en testigos valientes de Cristo y les impulse a
anunciarle a los que no le conocen.
Recojamos
más en detalle del libro de los Hechos los datos que nos hacen descubrir la
Iglesia como un Pentecostés permanente.
La promesa del Padre (1,1-8)
El
libro de los Hechos se abre con las palabras de Jesús Resucitado a los
apóstoles en que les manda permanecer en Jerusalén aguardando la promesa del
Padre que Él mismo les había transmitido.
La
promesa consiste en «ser bautizados en el Espíritu Santo» (v. 5). Ya Juan
Bautista había anunciado al Mesías como aquel que bautizaría «con Espíritu
Santo y fuego» (Lc 3,16). Bautizar significa etimológicamente «sumergir»,
«inundar», «colmar». Jesús, que es el Mesías, el Ungido, y está «lleno de
Espíritu Santo» (Lc 4,1), a su vez «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). No lo
da tacañamente. Colma a los suyos de Espíritu Santo. Si desde tiempos de Noé la
humanidad había quedado sumergida en el pecado, ahora va a ser inundada de
Espíritu Santo; sólo así encontrará la salvación. De hecho, el día de
Pentecostés se constatará que «quedaron todos llenos del Espíritu Santo»
(2,4), que el «viento impetuoso» «llenó toda la casa –¿la Iglesia?– en que se
encontraban» (2,3).
En
realidad, esta promesa (cf. 2,33. 39) no sólo había sido manifestada por
Jesús. Ya en el A.T. los profetas habían anunciado el don del Espíritu como una
característica de los tiempos mesiánicos (Is 32,15; Ez 36,26-27; 37,14; Jl
3,1-2). Y efectivamente, llegado el Mesías, se derrama el Espíritu. Lo que
Jesús realiza desde el día mismo de Pascua (Jn 20,22), desde el momento en que
es glorificado (Jn 7,39), lo realizará con toda abundancia el día de
Pentecostés.
Volviendo
al capítulo 1 de Hechos, vemos que Jesús especifica aún más en qué consiste la
promesa del Padre. Ante la actitud de los discípulos, preocupados por la
restauración del Reino de Israel, Jesús les reprocha sus miras todavía
demasiado rastreras y les transmite la única seguridad que debe bastarles:
«recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y
seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines
de la tierra» (1,8).
El
Espíritu Santo es calificado como «fuerza» (dynamis) que desciende sobre
ellos. Ya al final del evangelio Jesús había insistido a los discípulos en que
permanecieran en Jerusalén «hasta ser revestidos de poder desde lo alto» (Lc
24,49). Sólo así podrán ser testigos de Cristo hasta los confines de la tierra.
Para la misión confiada las fuerzas humanas no sirven (recordemos a los
apóstoles encerrados por miedo a los judíos). Sólo un poder sobrehumano,
divino, que los inviste desde lo alto, que los sumerge y anega, puede
capacitarlos para semejante misión.
Por lo
demás, el objetivo principal –y en cierto modo único– de la venida del Espíritu
parece ser éste: constituirlos en testigos, capaces de anunciar a Cristo. Esta
parece la finalidad a la que todo se orienta, como por lo demás irá apareciendo
a lo largo del libro. El Espíritu no se otorga para el mero disfrute personal,
sino para la misión, para la evangelización.
La gran cosecha (cp. 2)
La
fiesta judía de Pentecostés, o «fiesta de las semanas» (Ex 34,22; Nm 28,26),
concluía el tiempo de la cosecha, que comenzaba con la fiesta de Pascua y
duraba siete semanas. Era una fiesta de gozo que expresaba la gratitud a Dios
por la bendición de las mieses cosechadas (Dt 16,9s).
Pues
bien, el Pentecostés cristiano es también fiesta de cosecha y abundancia.
Cristo es el sembrador que ha contemplado los campos dorados para la siega,
pero ha dejado a otros el gozo de recoger el fruto de su siembra (Jn 4,35-38).
Más aún, Él mismo es el grano que caído en tierra da fruto abundante (Jn
12,24). Pentecostés es la gran cosecha de la siembra y del sacrificio de
Cristo. De hecho, ese mismo día aceptaron la Palabra y fueron bautizados unos
tres mil (2,41). Sí, verdaderamente «los que sembraban con lágrimas cosechan
entre cantares» (Sal. 126,5). La venida del Espíritu se muestra de manera
inmediata inmensamente fecunda.
De esta
manera, Pentecostés constituye el nacimiento de la Iglesia. Si ya Cristo la
había instituido eligiendo a los Doce y poniendo a Pedro como cabeza (Mc
3,13-19; Mt 16,18-19), y la había «engendrado» en la cruz, ahora es dada a luz
por la fuerza del Espíritu. Los que estaban escondidos por miedo a los judíos
se manifiestan públicamente y la comunidad inicial –unos 120: 1,15– experimenta
un crecimiento extraordinario.
Surge
así el nuevo pueblo de Dios como una nueva creación (cf. 2 Cor 5,17). Si
al inicio de la historia Yahveh Dios había insuflado al barro del suelo su
propio aliento para convertirlo en hombre, en ser viviente (Gn 2,7), ahora, el
Espíritu Santo, aliento de Cristo Resucitado (Jn 20,22) viene sobre la
humanidad para convertirla en humanidad nueva, recreada y regenerada. Se
cumplen así los anuncios de los grandes profetas: la multitud de huesos muertos
y secos es resucitada por el soplo vivificante del Espíritu divino (Ez
37,1-14).
Se
establece una alianza nueva. Si en la alianza del Sinaí Israel fue constituido
como «reino de sacerdotes y nación santa» (Ex 19,6), el don del Espíritu
consagra a la Iglesia como pueblo santo «adquirido para proclamar las hazañas
del que nos llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa» (1
P 2,9). El Espíritu Santo es dado a cada creyente como Ley nueva que desde
dentro le capacita y le impulsa a cumplir la voluntad del Padre (cf. Jer
31,33; Ez 36,26-27; Rom 8,1-4).
Pentecostés
es el bautismo de la Iglesia. De modo semejante a como Jesús recibió una unción
especial del Espíritu en el bautismo para iniciar la predicación y la vida
pública (Lc 3,21-22), también la Iglesia, Cuerpo de Cristo, recibe en
Pentecostés su «bautismo en el Espíritu» (1,5). Así la Iglesia es «ungida», hecha
«cristiana», y capacitada para la misión de ser testigo de Cristo hasta los
confines de la tierra. Del mismo modo que Jesús recibe el Espíritu estando en
oración (Lc 3,21), también la Iglesia se abre por la oración al don del
Espíritu (1,14).
Por
tanto, si la Iglesia es «creada» en Pentecostés, es «constituida» por el don
del Espíritu, podemos afirmar que una Iglesia –comunidad, parroquia, etc.– sin
Pentecostés se desnaturaliza, se profana y se vuelve infecunda. Sin la acogida
gozosa y consciente del Espíritu ya no es la Iglesia de Cristo. Sin el Espíritu
es como un cuerpo sin alma; vuelve a ser una muchedumbre de huesos secos: sin
vida y sin capacidad de vivificar. Pues sólo el Espíritu vivifica (Jn 6,63; 2
Cor 3,6).
Defensa y consuelo en la persecución (4,23-31)
En la
narración de los Hechos encontramos un segundo Pentecostés en el capítulo
cuarto. Tras la curación del tullido y el consiguiente discurso de Pedro al
pueblo (cp. 3), Pedro y Juan son conducidos al Sanedrín –suprema institución
religiosa y civil en Israel– para ser juzgados. Ante la evidencia del milagro,
el Sanedrín no se atreve a castigarlos, pero sí les amenaza y les prohibe
hablar o enseñar en nombre de Jesús.
Una vez
liberados, se reúnen con la comunidad. Después de contarles lo sucedido, «todos
a una elevaron su voz a Dios» (v. 24). Oran intensamente y buscan luz en la
palabra de Dios para entender lo que está sucediendo. Con la ayuda del Salmo 2
caen en la cuenta de que, lo mismo que la oposición de Herodes y Pilatos no
estorbó el cumplimiento de los planes de Dios sobre Jesús, tampoco las
dificultades de ahora pueden impedir la misión de la Iglesia. La persecución
está integrada en el plan de Dios, de tal modo que, lejos de estorbar,
contribuye a su cumplimiento (tendremos ocasión de comprobarlo).
Por
eso, no piden a Dios que cesen las dificultades, sino valentía para predicar la
Palabra en medio de ellas (v. 29). Son conscientes de que las dificultades les
sobrepasan, pero también de que ellos están bajo el control de Dios. De ahí que
pidan ser revestidos de nuevo del poder de Dios para afrontar las dificultades
y sacar adelante su misión. Ni piden que desaparezcan las dificultades, ni
huyen de ellas buscando en la oración un consuelo intimista que en el fondo es
claudicación. Van a la oración para entender los planes de Dios y recibir
fuerzas para continuar el combate en primera fila.
Y la
respuesta no se hace esperar: «acabada su oración, retembló el lugar donde
estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la
Palabra de Dios con valentía». Un nuevo Pentecostés que capacita y fortalece
para la misión.
La
Iglesia, ante las dificultades, necesita nuevas y repetidas efusiones del
Espíritu. Sin ellas se encogerá y dejará de afrontar los grandes retos que la
esperan en toda época y lugar. Sin el Espíritu no encontrará la fuerza para
llevar adelante su misión. Sin el poder de lo alto dejará de testimoniar a
Cristo y su Palabra, claudicará y pactará con el mundo vendiendo su
primogenitura por un plato de lentejas (cf. Gen. 25,29-34)
El Pentecostés de los gentiles (cp. 10)
El
anuncio del evangelio a los paganos fue un nuevo triunfo del Espíritu.
La
primera comunidad cristiana –la comunidad de Jerusalén– estaba compuesta de
judíos convertidos. Para ellos no había contradicción entre su fe y su práctica
judías (de hecho siguen participando en la oración del templo: 2,46; 3,1) y la
nueva fe en Jesús.
Pero
para ellos suponía un cambio de mentalidad muy fuerte dar el paso de predicar a
los paganos. El judaísmo de la época era bastante estrecho: Israel vivía con la
orgullosa conciencia de ser el pueblo elegido, mientras que los gentiles eran
por definición pecadores (cf. Ga 2,15; Ef 2,11-12). Más aún, un judío no
podía sentarse a la mesa con ellos ni entrar en su casa, pues al ser impuros
según la Ley, al no estar circuncidados, el judío que trataba con ellos quedaba
también manchado, contaminado.
Entendemos
así las resistencias de Pedro (10,14) y de la primera comunidad en general, así
como los reproches que hubo de recibir cuando supieron que Pedro había entrado
en casa de paganos y había comido con ellos (11,2-3).
Podemos
decir que el Espíritu mismo hubo de allanar las dificultades, cambiando la
mentalidad de Pedro, para que aceptara
visitar la casa del centurión Cornelio (10,19-20; 11,12). Una vez allí, sin
haberlo previsto, a la vista de la buena disposición y deseo de Cornelio y los
suyos, Pedro les anuncia la Buena Nueva (10,34ss). Lo hace como a pesar suyo y
en contra de su mentalidad de judío observante.
Y
entonces acontece algo grandioso. El mismo Espíritu que había impulsado a Pedro
a entrar en casa de paganos y a predicarles la Palabra, se derrama ahora sobre
esos incircuncisos impuros. Se repite el primer Pentecostés. Reciben el
Espíritu exactamente igual que los apóstoles y los primeros discípulos judíos
(10, 46-47; 11,15-17). Los acompañantes de Pedro se quedan sorprendidos y
atónitos (10,45) ante lo inesperado del acontecimiento. Y el propio Pedro
entiende que tiene que obedecer –como ha hecho hasta ahora– a este Dios que
toma la iniciativa y se adelanta; y se apresura a bautizar a los que ya han
recibido el Espíritu.
Los
hombres somos inevitablemente esclavos de nuestras concepciones, de nuestros
esquemas y previsiones. Pero a lo largo de la historia cada nueva efusión del
Espíritu derriba muros y abre caminos nuevos a la Iglesia y al Evangelio. A
nosotros nos toca permanecer atentos y abiertos a esa acción del Espíritu que
sorprende sin cesar y toma la iniciativa desbordando nuestros esquemas. Sólo en
esta apertura a la acción del Espíritu podremos entender y secundar el plan de
Dios en cada época y lugar.
Otras efusiones del Espíritu
En los
casos que hemos visto, el Espíritu se derrama estando la comunidad en oración o
bien con ocasión de la predicación del Evangelio. Pero hay en el libro de los
Hechos otras efusiones del Espíritu sobre grupos de personas mediante el gesto
de la imposición de manos.
La
imposición de manos es un modo de expresar y realizar la transmisión de una
gracia o un carisma. A veces es un gesto de bendición (Mt 19,13.15). Con
frecuencia es el medio que Jesús utiliza para curar (Mc 6,5; Mt 9,18; Lc 4,40)
y que utilizarán también los discípulos (Mc 16,18; Hch 9,12; 28,8). En los
Hechos aparece varias veces como gesto para transmitir la plenitud del Espíritu
(8,16-19; 9,17-18; 19.5-6) o para consagrar a alguien para una misión
determinada (6,6; 13,3).
Cuando
Felipe predica en Samaria, muchos aceptaron la Palabra, se convirtieron a
Cristo y fueron bautizados. Al tener conocimiento de ello los apóstoles de
Jerusalén, enviaron a Pedro y a Juan. Estos «bajaron y oraron por ellos para
que recibieran el Espíritu Santo» (8,15). Y «entonces les imponían las manos y
recibían el Espíritu Santo» (8,17).
Del
mismo modo, cuando Pablo encuentra en Efeso un grupo de doce discípulos que
sólo han recibido el bautismo de Juan, les anuncia la Buena Nueva, los bautiza
en nombre del Señor Jesús y «habiéndoles Pablo impuesto las manos vino sobre
ellos el Espíritu Santo» (19,6). El efecto externo y visible es similar a lo ocurrido
en el primer Pentecostés (2,4) y en el Pentecostés de los gentiles (10,46): «Se
pusieron a hablar en lenguas y a profetizar».
El
propio Pablo había recibido la efusión del Espíritu. Después del fulgurante
encuentro con el Resucitado, permanece ciego. Entonces, estando en Damasco, es
enviado un discípulo –en este caso no es un Apóstol– un tal Ananías, que le
impone las manos para que sea llenado por el Espíritu Santo (9,17).
El
mismo gesto se repite –aunque sin mencionar explícitamente la efusión del
Espíritu– cuando, tras la elección de los siete, fueron presentados a los
apóstoles y éstos les impusieron las manos (6,6), y cuando después de haber
elegido –por indicación del Espíritu– a Bernabé y a Saulo para la primera
misión entre los gentiles, igualmente «les impusieron las manos y los enviaron»
(13,3).
Vemos,
por tanto, que Cristo glorificado a la derecha del Padre derrama el Espíritu
(2,33) sin medida sobre su Iglesia: la constituye, la crea, la fortalece en las
dificultades, le abre los caminos de la misión... La Iglesia vive del Espíritu
Santo. La Iglesia no puede sostenerse ni cumplir su misión sin la permanente
efusión del Espíritu.
A la
luz de los Hechos, se puede afirmar que prácticamente se identifican
convertirse, creer en Cristo, ser bautizado y recibir el Espíritu Santo (2,38).
Es inconcebible un cristiano que no esté repleto del Espíritu.
Y de
manera particular los que reciben una misión especial en la Iglesia necesitan
singularmente ser robustecidos por la gracia del Espíritu Santo para estar a la
altura de su misión.