Apéndices

En estos Apéndices se transcriben varios pasajes de sermones, manuscritos y cartas del padre Hermann, así como dos discursos muy valiosos del cardenal Perraud y del señor Cazeaux sobre la Adoración Nocturna.

La razón humana dejada a sus propias luces*

*[Algunas de las expresiones del padre Hermann en esta alocución reflejan quizá un tanto el fideísmo ambiental francés de la época. Notemos, sin embargo, que aunque a veces no son del todo exactas en estricta filosofía y teología, son frecuentes en el lenguaje exhortativo de los espirituales de cualquier tiempo].

Lo que indigna en los juicios impíos contra la Providencia o contra la bondad y la justicia de Dios no es tanto lo que la razón niega o desconoce, como lo que afirma de sí misma: a saber, su propia independencia y su propia soberanía. Es el orgullo escandaloso que hace caer a la razón en los más groseros errores. Evanuerunt in cogitationibus suis [Rm 1,21].

Sí, nuestra razón, cuando confía en su propia sabiduría, se hace no sólamente injusta, sino hasta absurda. Dicentes enim se sapientes esse, stulti facti sunt [ib. 22].

Recorred la historia del género humano. Tan pronto como los hijos de Adán se separan de la revelación, por extraña ceguedad de la mente, se convierten en idólatras, y durante cuatro mil años, a excepción de un solo pueblo que ocupaba un rinconcito de la tierra, todas las naciones se hallan sumidas en la más crasa ignorancia sobre las cuestiones más importantes de su existencia. Sí, la razón que rehusa las luces sobrenaturales no sabe ni de dónde viene ni a dónde va... A ese sinnúmero de pueblos que han cubierto la tierra hasta la predicación del Evangelio preguntadle lo que sabían de su destino futuro. ¡La historia os responde en nombre suyo con las más enormes y absurdas contradicciones!...

Preguntad aún hoy día a este pueblo musulmán, del que tanto se habla actualmente, pedidle cuenta de su instrucción religiosa, de la moral, de la civilización que posee... y no podréis evitar un movimiento de preocupación al escuchar todo lo que hay de oscurecimiento para la inteligencia en sus instituciones religiosas, políticas y sociales.

En fin, examinad, si queréis, una tras otra, todas las teorías de nuestros filósofos innovadores, de los falsos católicos que se rebelan contra la Iglesia, su madre, y no hallaréis sino ignorancia, errores y contradicciones inexplicables. Entre ellos no se hallará a uno solo que pueda darnos, sobre los problemas más importantes que interesan a la humanidad, una respuesta tan satisfactoria como la dada por el primer niño que salga de esta parroquia, catecismo en mano.

¡Oh! Puedo hablar con conocimiento de causa de los creadores de sistemas, de los forjadores de doctrinas, de los inventores de religiones nuevas. Sí, los he conocido, he conocido mucho a esos caballeros, profetas de lo porvenir. Confieso, para vergüenza mía, que yo mismo he dogmatizado con ellos, y empleé tanto celo y ardor en la propaganda de sus nuevos evangelios que por poco me encierran en el Spielberg*...

*[Fortaleza próxima a Brno, actual república Checa, utilizada por el Imperio austríaco como prisión de Estado].

Sí, he visto de cerca a estos jefes de escuela, he oído a esos profetas del siglo XIX, y estaba ávido de saciar mi inteligencia con los raudales de su famosa sabiduría. Lamennais, Louis Blanc, Saint-Simon, Considérant, Guéroult... Les he conocido, les he seguido... ¿Con qué fruto? En verdad os digo que por mucho que me esforzaba en comprender sus teorías.... jamás me explicaron nada, nada me probaron, absolutamente nada. Y después de haber devorado todos los libros que escribieron unos y otros, seguía hallándome traído y llevado por las mismas dudas, agitado por las mismas angustias...

Pero un día, ¡oh misericordia de mi Dios!, abrí la Biblia, y en la primera página de este libro adorable hallé más luz, más paz que en todas sus lucubraciones reunidas. Unos pocos versículos tan sólo de este libro divino disiparon por completo las dudas que sentía, y ante mis ojos encendieron una inesperada e indefectible luz, que bastó para iluminar mi inteligencia...

Las leyes de la moral no son otra cosa que la santidad de Dios reflejada en nuestro espíritu por la revelación, de manera que los sabios del siglo, que desechan la religión revelada, no pueden conocer la verdadera moral. Así es como sucede que cualquier filósofo, que no interroga más que su espíritu propio, se inventa una moral a su guisa, sueña con cierto bello ideal, el cual varía en conformidad con su propio carácter y según el gusto de la época. Igualmente es así como ha acontecido que los ingenios que han llevado hasta lo extremo la razón pura, hayan caído en teorías de la más abyecta inmoralidad.

Sí, Platón y Aristóteles, esas dos inteligencias superiores, que desarrollaron en supremo grado la razón humana abandonada a sí misma, precisamente en las obras en que se proponían dirigir a los hombres hacia la suprema perfección, predicaron ideas de tal inmoralidad que apenas me atrevo a aludirlas por temor de ofender los oídos de las madres cristianas que me escuchan... He ahí la perfección ideal de la razón pura, no iluminada por la manifestación divina. Y ello no debe extrañarnos en manera alguna: la razón abandonada a sí misma se convierte en inmoral, porque la razón sola no puede resistir a la seducción de las pasiones... Se hace venal; se deja corromper; se deja seducir por el cebo halagador.

El hombre cree fácilmente lo que le halaga. Quidquid placet sanctum est, dice san Agustín, y su espíritu se deja ganar por las adulaciones de sus propias inclinaciones.

Tan pronto como nuestra inteligencia pierde de vista el celeste faro de la justicia, ya no es difícil seducir su integridad. Y como ya no tiene para resistir la fuerza sobrenatural de la gracia, puesto que ya no bebe en este divino manantial, basta un muy sencillo ardid para hacerle abdicar su soberanía y su derecho de primogenitura, como a Esaú, por un momento de satisfacción, por un plato apetitoso. Sí, la razón, como el hijo pródigo, después de haber derrochado su patrimonio, se pone al servicio de los animales más inmundos: ut pasceret porcos [Lc 15,15].

¿Y cómo es eso? Las pasiones dicen a la razón: «Tienes perspicacia e ingenio. ¡Perfectamente!; ponlos a nuestro servicio, y obtendrás la gloria que apeteces. Defiende nuestra causa, y serás recompensada con la celebridad y renombre. Inventa sofismas para legitimar nuestras exigencias, y tendrás el mérito del invento y de la sutileza de tu mente». Ad excusandas excusationis in peccatis [Sal 140,4].

El hijo de María

Por el camino de la vida avanzaba una madre con su hijo. Tenían la tez quemada por los rayos del sol, las rodillas les flaqueaban y sus piernas rehusaban llevarlos más lejos. Andaban tristemente, y volvían con frecuencia la mirada inquieta hacia el bosque que acababan de atravesar, dentro de cuya espesura unos malhechores los habían despojado de su tesoro y hasta de todos sus vestidos.

Para colmo de desgracia se habían extraviado y caminaban a la ventura. Cediendo al cansancio, se sentaron para descansar un poco al borde de un barranco, y el sueño acudió pronto a cerrarles los párpados. De pronto, el hijo se incorpora... Sones armoniosos acababan de llegar a sus oídos...

«Madre, exclamó, ¿no oye usted esas voces celestiales?

«No oigo nada, respondió la madre. Estoy abrumada de sueño. Déjame descansar, hijo mío»... Y se durmió de nuevo. ¡Pobre madre!

Pero el hijo no pudo cerrar de nuevo los ojos. Las voces del cielo habían hecho vibrar en su corazón una fibra desconocida, y siente en su interior un más ardiente deseo de seguir oyendo esas divinas armonías. Se levanta, cae de rodillas y murmura en voz baja para no turbar el sueño de su madre:

«¡Oh voz melodiosa, voz consoladora y amiga! Déjate nuevamente oír. Me has herido el alma con una emoción inefable, apiádate de mi desgracia y vuelve otra vez a entrar en mi alma lastimada»...

Así hablaba, y lloraba, buscando en el horizonte lejano al ser misterioso que emitía sonidos tan armoniosos y suaves...

Levanta por fin la mirada a lo alto del cielo. ¡Oh maravilla! Una luz admirable descendía hacia él y, acercándose poco a poco, tomaba las formas de un ser vivo y humano... ¡Era una mujer! Bella como el astro del día, radiante de esplendor, llena de majestad, más bien parecía una divinidad que una criatura humana. Sí, algo divino se reflejaba en todas sus facciones, que transparentaban un sello de bondad, de amor y dulzura más que angélicas. Tenía la frente iluminada bajo una diadema de estrellas, los largos cabellos de ébano ondeaban flotando, tenía fija la mirada con maternal solicitud en el joven viajero. Todo su ser inspiraba el respeto, la veneración, casi habría que decir la adoración.

«¿Quién eres?, exclamó fuera de sí el hijo de Israel. ¿Serías acaso la Raquel hechicera, que sedujo el corazón de mi antepasado Jacob? ¿o bien aquella Judith, cuya belleza victoriosa fue la ruina de Holofernes? ¿Eres Esther, la que con sus encantos y amor supo conseguir la salvación de mi pueblo?

«Todo eso soy, me contestó, y ciertamente aún más. Soy de tu nación, hija de Abrahán, de Isaac y de Jacob, hija de la tribu de Leví, de la raza sacerdotal. Pero, ¿qué es todo esto? Soy hija de Jehová, madre del Mesías, esposa del Espíritu que se movía sobre las aguas el día de la creación y las fecundó con el calor de su amor.

«Soy la mujer prometida a la tierra, saludada por los profetas, la que debía poner su pie vencedor sobre la cabeza de la serpiente. Soy la virgen vaticinada por Isaías, la virgen que debía concebir y dar a luz a un hijo, cuyo nombre es admirable, Dios fuerte. Soy la sabiduría de que habla Salomón: por mí reinan los reyes. Desde mi realeza domino el mundo y todas las cosas creadas. El Señor me creó desde el principio, me tuvo consigo y me ha preservado de los ataques y heridas de la serpiente. Y el verdadero Asuero me dijo, en la persona de Esther, que la ley de muerte promulgada contra todo mi pueblo no tendría poder contra mí. Soy la paloma de que habla el Cantar de los Cantares, siempre bella, siempre pura, sin mancilla ni mancha alguna. Como el cedro del Líbano y los cipreses de Sión me he elevado, y me asemejo a las palmeras de Cades y a los rosales de Jericó.

«Como la vid he extendido mis ramas, y mis flores dan suaves olores y frutos de gloria y de riqueza. Soy la hermana, la esposa del Amado. Pero para ti, ¿sabes lo que soy, lo que seré si tú quieres? Seré tu madre, sí, si quieres amarme, seré para ti la madre del bello amor, del temor saludable y de la santa esperanza. En mí hallarás la gracia de toda verdad y de toda virtud. Soy llena de gracia y el Señor está conmigo. Ven, pues, hijo mío; sígueme, te mostraré los caminos y te guiaré a la felicidad eterna.

«Bien quisiera yo seguirte, belleza de los ángeles, pero no me atrevo. Mira a esta mujer desolada que me dio a luz. ¿Podría abandonarla, a ella que desde que nací no ha cesado de colmarme de beneficios? Me trajo al mundo con dolor, me alimentó con su leche, me rodeó de cuidados, me prodigó su amor, siempre y en todo se ha sacrificado por mí. ¿Cómo podría abandonarla? ¡Oh bella estrella de la mañana, que te alzas sobre mi cabeza! ¡Eres la bondad misma y hacia ti me siento arrastrado! Pero mírala, duerme, esta pobre madre mía, y no me siento con valor para dejarla así, sola en el camino.

«Y sin embargo, hijo mío, escucha, mira y da oídos a lo que te digo. Sí, debes olvidar a tu pueblo y la casa de tu padre. Ven, hijo mío, dame tu corazón y sígueme, te conduciré a la soledad, y allí te hablaré al corazón y te embriagaré con inefables gozos.

«Tienes hambre de felicidad y de inmortalidad. Pues bien, has de saber que he fabricado un palacio sostenido por siete columnas en la montaña del Carmelo, de la que manan leche y miel, en el que habitan la justicia y la paz. Allí te haré beber de un manantial, que por anticipado te hará disfrutar de las delicias del cielo. Allí te he preparado una mesa servida con los más exquisitos frutos; allí te daré a comer de un pan misterioso que hace soñar con el paraíso; allí te daré un vino y una miel que engendran vírgenes; allí, en la soledad, te haré hábil en tirar el arco, en defenderte contra los que te han despojado; allí, he inmolado una víctima cuyo olor agradable asciende en suavidad hasta el trono de Yahvé.

«Ven, pues, a comer el pan que he amasado con la leche virginal de mi seno virginal, a beber el vino que de mi sangre más pura he extraído. Si quieres saber la madre que debes seguir de preferencia, fíjate en el fruto y en el alimento que te da. Observa tu dolencia: es el fruto de tu madre de este mundo. Y ahora ve el fruto de mis entrañas». E inmediatamente me muestra en una custodia al Esposo que me destinaba: «He aquí a mi fruto, y este fruto, es la Eucaristía».

«¡Dios todopoderoso! ¡La Eucaristía! ¡María, tú eres la madre de la Eucaristía! ¡tú me darás la Eucaristía! ¡Me nutrirás cada día con este maná del cielo! ¡Mojarás mis labios en el cáliz precioso del cual se derrama la sangre de mi Dios! ¡Ah, María, si me das la Eucaristía, es cosa hecha! ¡Adiós, madre mía terrena! Desde ahora ya no es usted mi madre. Mi madre es la que me une a Dios, la que me da a Dios, ella es a la que debo seguir en adelante. Y puesto que usted no quiere despertar, puesto que persiste en dormir, puesto que cierra los oídos a la voz que me ha despertado de un sueño mucho más mortal que el suyo, ¡adiós, pues, pobre madre mía, adiós! Parto para la tierra del Carmelo, y allí, rogaré a mi madre del bello amor por usted. ¡Adiós! Ya no tengo otra madre sino la madre de la Eucaristía; y no me acuse de tener mal corazón. Mi corazón lo guardo para amar a mi Jesús en la Eucaristía, para amar a María que me lo ha dado*»...

*[Hermann siempre entendió que la Eucaristía le había sido revelada por la Virgen. Y por eso solía decir: "Marie m'a révélé l'Eucharistie" (Dom Beaurin, 97)].

Sí, María; desde que te he conocido y amado, he hallado la vida. ¡Y qué vida, Dios mío: vida celestial, vida de amor y felicidad! Desde que me senté en el umbral de tus templos, desde que tomé de tus manos el libro sellado con siete sellos para el impío, y que tú tienes el derecho de abrir porque venciste, como el león de Judá; desde que leí la sola verdad que nos enseñas y que encierra todas las demás, sentí que se me daba nueva inteligencia... Intellectum tibi dabo. Mis ojos se han esclarecido de tal manera, que he creído que otro veía por mí. He sentido el alma levantada por encima de las veleidades humanas, situada en una región en la que no flotan ya, como celajes inconstantes, opiniones que sin cesar se empujan unas a otras. Y de aquí en adelante, fijo en el faro estable y continuamente radiante de tu claridad, mi corazón halla el reposo, la paz y la fuerza, y marcha con alegría hacia la patria a la que tú me guías...

Pero, ¡oh madre mía del cielo!, puesto que por tu amor he dejado a todos los que me eran queridos en este mundo, ¡por favor, ten piedad de sus almas! No olvides que por ti he dejado también a una madre, que es, como tú, hija de Jacob; es, pues, también de tu familia. ¡Ah! Me la devolverás, tendrás piedad de ella, no puedes abandonarla. Su cabeza ya se inclina hacia la tumba, pobre madre mía. Oh María, te lo suplico: roza tan sólo sus párpados con tu luminoso vestido y ella te verá, se levantará y te seguirá, amará a Jesús, y entonces con nosotros irá al cielo.

La Acción de Gracias

Hace algunos meses fui a visitar a un venerable sacerdote cuya fama de santidad se ha extendido ya por todo el mundo católico; me refiero al virtuoso, al admirable Cura de Ars [san Juan María Vianney, 1786-1859]. A pesar de la multitud incesante de penitentes y peregrinos que lo rodeaban, tuve la dicha de poder conversar un rato con él y decirle:

«Padre, ¿no ha observado usted que uno se preocupa más en pedir mercedes y beneficios al Señor que en agradecerle los que se han recibido?

«Sí, me dijo, es muy cierto. Somos como los leprosos que se fueron curados sin dar las gracias.

«Pero, Padre, ¿no sería posible fundar una asociación que tuviera por objeto rendir incesantes acciones de gracias a Dios por el torrente de beneficios que derrana sobre el mundo?

«Eso es, me contestó. Tiene usted razón. Hágalo usted y Dios le bendecirá. Constituye una omisión entre las asociaciones de piedad, omisión que es necesario subsanar».

Ahora bien, hermanos míos, ésta es la primera vez que hablo en público de semejante idea, que no ha salido aún del estado de simple proyecto. Muchas almas, movidas por el Señor en el secreto de la oración, han venido a confiarme las quejas que Nuestro Señor les dejaba oír: se quejaba del poco agradecimiento que le demostraban los hombres por las mercedes con que les colmaba.

En un sermón que tiene por título: Contra el vicio detestable de la ingratitud, san Bernardo pregunta: ¿Por qué Dios, tan bueno y liberal, que nos ha colmado de tan grandes mercedes sin que las hayamos pedido o ni siquiera deseado, no nos otorga tantas y muchas más cuando se las pedimos con incesantes oraciones, súplicas y peticiones? ¿Ha disminuído, pues, su poder? ¿Se le han agotado los tesoros de su gracia? ¿Ha cambiado su voluntad para con nosotros?... No es nada de todo eso. La verdadera causa es que nadie da gracias a Dios por sus beneficios. Heu! Heu!, non inveniur qui agat gratias Deo. Conocemos a muy pocos que se presenten a darle gracias, como deben, por todas las mercedes recibidas.

La razón por la cual Dios retiró su protección a Adán y le dejó caer en el pecado, ¿no estriba en el hecho de que Adán olvidó agradecer a Dios los beneficios de su magnífica creación y todos los tesoros de gracia con que le adornó el cuerpo y el alma?

Estudiemos, pues, este deber importante del cristiano, deber que tan descuidado está, y roguemos a María, que por su fidelidad a las gracias recibidas cada vez fue más colmada de nuevos dones.

Santo Tomás enumera tres grados en la caridad. El primer grado es el del corazón. Es menester grabar en el corazón la memoria de las insignes misericordias de que el Señor ha usado para con nosotros, y este recuerdo debe presidir nuestros afectos, inspirarlos, guiarlos, decidirlos y expulsar todos los que pudieran exponernos a la ingratitud.

El segundo grado nos conduce a alabar, exaltar y a celebrar la merced recibida. Hallamos en abundancia en el profeta real cánticos y alabanzas de bendición y de alegría. Benedic, anima mea, Domino, dice, y luego invita a todas las criaturas a que se asocien a su cántico: a los cielos y a la tierra, a las criaturas animadas, a las montañas, a los valles y a los elementos mismos; en una palabra, a todo lo que está dentro y fuera de nosotros mismos, a todo invita a ensalzar y a bendecir al Señor, et omnia quæ intra me sunt.

En su liturgia, la Iglesia pone en nuestros labios las más sublimes plegarias de acción de gracias: el Te Deum, cuyas ardientes estrofas parecen descender del mismo trono de Dios, al soplo de su Espíritu, para después subir otra vez al mismo por las aclamaciones del alma humana. El Te Deum es la suprema expansión religiosa del género humano.

¿Y acaso no nos da María un modelo de alabanza en su Magnificat?... ¿Y el cántico de los ángeles en el santo Sacrificio, y el prefacio de la Misa y tantos otros himnos? Cierto, el Espíritu Santo ha provisto ampliamente de textos sagrados la Escritura, textos que hacen saltar al corazón y cantar la lengua con plenitud de alegría, y así se desahoga la necesidad que sentimos de publicar las gracias del Señor. Venite, audite et narrabo, omnes qui timeti Deum, quanta fecit animæ meæ! [Sal 65,16]...

Debemos dar gracias a Dios, no tan sólo de todos lo bienes, sino también de todas las aflicciones que nos ocurren, porque todas las cosas nos vienen del mismo principio, de su amor. Benedicam Dominum in omni tempore: clama el profeta, semper laus ejus in ore meo [Sal 33,2]. Alabaré al Señor en todo tiempo: no cesarán mis labios de pronunciar su alabanzas.

San Agustín añade estas hermosas palabras: ¿Estáis alegres? Reconoced a vuestro Padre que os acaricia. ¿Os halláis en la tribulación? Reconoced a vuestro Padre que os corrige. Ya sea, pues, que os acaricie o que os castigue, educa e instruye a aquel para quien prepara la herencia.

Dios es igualmente digno de alabanzas, dice san Crisóstomo, lo mismo cuando castiga que cuando perdona, ya que el castigo y el perdón son efectos de su bondad y testimonios de su benevolencia. Hay que darle gracias, pues, no sólo por haber hecho el cielo, sino también por haber hecho el infierno, ya que no lo creó para enviarnos a él, sino a fin de hacérnoslo temer e inspirarnos horror al pecado, que es lo único que puede conducirnos allí.

El santo varón Job es un ejemplo admirable de esta igualdad de gratitud, pues lo mismo bendecía a Dios en la prosperidad como en la adversidad, y en el colmo de las aflicciones y de los dolores, exclamaba: Si bendecimos al Señor por sus beneficios, ¿por qué no recibiremos de su mano la aflicción?... Postróse luego en tierra y adoró diciendo: El Señor me lo dio todo, y el Señor me lo ha quitado: ¡bendito sea su santo nombre!...

San Lorenzo daba gracias a Dios, estando en las parrillas. San Cipriano, al oír su sentencia de muerte, exclamó: «¡Alabado sea Dios!» Y mandó que se dieran veinticinco piezas de oro al verdugo que debía cortarle la cabeza. La invencible mártir Tecla, mientras le estaban desgarrando las entrañas, no cesaba de decir: «¡Alabado sea Dios!» Tobías no murmuró ni lo mínimo contra Dios cuando se volvió ciego, sino que permaneció inconmovible en la obediencia y el temor de Dios, dándole gracias todos los días de su vida: agens gratias Deo, omnibus diebus vitæ suæ [Tob 2,14].

El tercero, el supremo grado de la acción de gracias, consiste en añadir al agradecimiento del corazón y de la lengua, el de la mano y el de los brazos, devolviendo con creces lo que se haya recibido, ya que, como os lo he dicho ya antes, santo Tomás exige que, para cumplir plenamente con los deberes de la gratitud, se dé algo gratis, es decir, algo por encima de lo que se haya recibido, porque no dar más que lo mismo, es como si no se diera nada.

He aquí que nos hallamos enfrente de una dificultad. Nada tenemos que no esté infinitamente por debajo de Dios, y todo lo que tenemos, lo tenemos por su misericordia. La misma acción de gracias que le rendimos por sus beneficios no es más que una emanación de su bondad. Así, pues, podemos decir a Dios, con mayor motivo, lo que un caballero romano decía a Augusto, quien había concedido la gracia del indulto a su padre, uno de los mayores enemigos del citado emperador: «He aquí, César, la única injuria que he recibido de ti: por la grandeza de la merced que me otorgas, me condenas a vivir y a morir como un ingrato, sin que me sea posible manifestarte dignamente mi agradecimiento».

Y sin embargo, amados hermanos míos, me parece que nuestra santa religión nos pone entre las manos la posibilidad de cumplir con el citado precepto de santo Tomás, el cual quiere que devolvamos a Dios con creces lo que le debemos.

Con esto, entro en el fondo de la importantísima cuestión de la acción de gracias.

Ante todo, la religión nos enseña que en rigor de justicia tan sólamente estamos obligados para con Dios a observar los preceptos y los mandamientos de su santa Iglesia. Cada vez, pues, que ofrecemos a Dios una obra de supererogación, una obra que no es estrictamente necesaria para nuestra salvación, damos en cierto modo al Señor algo más de lo que ha querido obligarnos a que diésemos, puesto que, en su inmensa bondad, se contenta, para la mayoría de nosotros al menos, con que observemos sus mandamientos.

Cada vez, pues, que hacéis una buena obra, aparte de las absolutamente prescritas, podéis en cierto modo satisfacer a Dios las deudas que tenéis para con Él. Cada limosna que hicierais, además de la que vuestra posición social exige en justicia, será una limosna ofrecida en acción de gracias. Cada obra de misericordia, cada sacrificio, cada privación que os impusierais, además de las penitencias impuestas por la Iglesia, será una acción de gracias que Dios tendrá por infinitamente agradable. Cada ornamento que ofrecierais, cada flor que trajerais para realzar el esplendor del culto que le rendimos, cada comunión que hicierais, además del deber pascual, cada misa que oyéreis sobre la del precepto dominical, en fin, todas las obras de piedad y de amor, todo eso se vuelve en vuestras manos como una moneda con la que pagáis a Dios el exceso de lo que le debéis por el deber sagrado del agradecimiento.

Y puesto que hemos llegado al objeto que me proponía en este sermón, me apresuro a decíroslo cuanto antes con ocasión de las comuniones y misas de acción de gracias que acabo de indicaros. La deuda de gratitud para con Dios podréis dignamente satisfacerla por la sagrada Eucaristía y por ella sola. Sí, por ella sola y dignamente, ya que en la sagrada Eucaristía es donde hallaréis el excedente, el gratis de que habla el angélico santo Tomás.

Voy a demostraros esta afirmación con unas breves palabras. Digo que la Eucaristía es la única acción de gracias digna de Dios que podamos ofrecerle, y lo pruebo, en primer lugar, por las palabras del mismo Espíritu Santo, que en un santo arrebato exclama por boca del Rey profeta: Quid retribuam Domino, pro omnibus, quæ retribuit mihi? [Sal 115,3] ¿Cómo podré corresponder al Señor por todas las mercedes que me ha hecho? E inmediatamente, con todo gozo: Calicem salutaris accipiam, canta con alegría. Ahora bien, el aludido cáliz de la salud, el citado cáliz del Señor, no es otra cosa sino la sagrada Eucaristía.

Lo pruebo, en segundo lugar, por las palabras de Jesucristo, cuando instituye el testamento de amor en el Cenáculo, cuando da su cuerpo y su sangre a sus discípulos, y a nosotros todos, dice: Hoc facite in meam commemorationem: haced esto en memoria mía [Lc 22,19; 1Cor 11,24-25]. Y lo que prueba que entiende por ello la memoria de sus beneficios, es el hecho que está escrito: Memoriam fecit mirabilium suorum, escam dedit timentibus se [ha hecho maravillas memorables... él da alimento a sus fieles: Sal 110,4-5]. El Señor, en su misericordia, ha instituido un memorial de sus beneficios, dando un alimento a los que le temen, y el sacramento del altar siempre ha sido llamado el memorial, es decir, el resumen de todos los beneficios de Dios.

Por tanto, así como la ingratitud tiene por origen el olvido de Dios, el agradecimiento se basa sobre el recuerdo y la memoria de su bondad. Dios había mandado a los israelitas que conservaran en el tabernáculo un vaso lleno de maná, para que fuera como un perpetuo recuerdo de los beneficios con que Dios los había colmado al alimentarlos en el desierto. Ahora bien, el maná siempre ha sido considerado como una figura de la Eucaristía.

Pero el nombre mismo del verdadero maná, de la Eucaristía, este nombre tan dulce, este nombre que en una sola palabra expresa todos los tesoros de la bondad de Dios, este nombre, digo, tomado de la lengua griega, significa literalmente: acción de gracias. Y porque la acción de gracias de los hombres es insuficiente, por esto a este tesoro se ha llamado divina Eucaristía, es decir, divina acción de gracias, y por lo tanto, acción de gracias infinita, inagotable, incesante, adecuada a la grandeza de la bondad de Dios.

¡Oh! sí, lo experimento, ¡oh Dios mío! ¡cuando te ofrezco la hostia de alabanzas y de amor, dejas oír de nuevo la misma voz paterna que desde lo alto de los cielos descendió sobre Jesús en las aguas del Jordán, y dices: Hic est filius meus dilectus, in quo mihi bene complacui: éste es mi querido Hijo, en quien tengo puesta toda mi complacencia [Mt 3,17; 2Pe 1,17]. Si le ofrecemos, pues, este Hijo querido, convertido en nuestra parte de herencia en la sagrada Eucaristía, presentamos al Padre eterno una acción de gracias infinitamente agradable, una acción de gracias digna de Él, que es igual a Él y, por lo tanto, sobreabundante...

Es lo que la Iglesia católica resume y profesa en el canto verdaderamente sublime del santo Sacrificio de la Misa llamado prefacio, y que también podría llamarse el cántico de acción de gracias de todas las criaturas. El sacerdote, a punto de ofrecer a Dios el mismo Jesucristo que se va a inmolar para pagar todas las deudas contraídas para con la Majestad divina, deudas de adoración, de agradecimiento, de reparación, de súplica, alza la voz para elevar nuestros espíritus hacia el cielo, sursum corda. Y en cuanto le hemos respondido que nuestros corazones están al unísono, habemus ad Dominum, y que, como él, estamos prontos a ensalzar y a bendecir a Dios por sus beneficios, dignum et justum est, repite y entona este canto de alabanza, diciendo: Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo y en todo lugar te demos gracias, oh Señor santo, Padre omnipotente y eterno Dios, per Christum Dominum nostrum, por Cristo nuestro Señor, por quien, per quem, alaban tu majestad los Angeles, la adoran las Dominaciones, tiemblan ante ella las Potestades, los Cielos y las Virtudes de los cielos y los bienaventurados Serafines la celebran con mutuos transportes de alegría. Por Jesucristo, te rogamos que te dignes admitir nuestras voces, que unimos a las suyas para cantar con ellos, diciéndote con humilde confesión: Sanctus, Sanctus, Sanctus!...

Aquí tenéis, hermanos míos, de qué manera podemos plenamente rendir gracias a Dios, por medio de nuestro divino mediador, Jesucristo, en la Eucaristía, en el sacrificio del altar; por Jesucristo, sin el cual no podríamos rendir a Dios gloria, alabanza y bendición que correspondieran a la grandeza infinita de sus beneficios. He aquí lo que distingue a nuestra divina religión de todos los sistemas religiosos y filosóficos que han aparecido en el mundo, de los que ninguno tiene el poder, ni siquiera tan sólo la idea de una mediación entre lo finito y lo infinito, entre el mundo y su autor, que perfectamente los una sin confundirlos.

El beato Enrique Susón estaba cantando un día el prefacio, cuando de pronto fue arrebatado en éxtasis en presencia de los fieles. Habiéndole preguntado éstos luego lo que le había ocurrido, les respondió: «Estaba contemplando en espíritu a todo mi ser, al alma y al cuerpo, a mis fuerzas y a mis potencias, y alrededor de mí a todas las criaturas con las que el Todopoderoso ha poblado el cielo, la tierra y todos los elementos, los ángeles del cielo, los animales de los bosques, los habitantes de las aguas, las plantas de la tierra, las arenas del mar, los átomos que vuelan en el aire iluminados por los rayos del sol, los copos de la nieve, las gotas de la lluvia y las perlas del rocío. Estaba pensando que, hasta los confines más remotos del mundo, todas las criaturas obedecen a Dios y contribuyen, en todo lo que pueden, a la armonía misteriosa que sin cesar se eleva para ensalzar y bendecir al Creador. Me figuraba entonces hallarme en medio de este concierto, como un maestro de capilla. Y aplicaba todas mis facultades en marcar el compás; invitaba y excitaba, por medio de los más vivos movimientos de mi corazón y los más íntimos de mi alma, a todas esas criaturas a cantar alegremente conmigo: Sursum corda! Gratias agamus Domino Deo nostro!»

¡Aquel santo religioso tomaba los latidos de su corazón como compás del gran concierto de acción de gracias de la creación! Pero, no obstante, me parece que no era él el maestro de capilla del sublime concierto. Podía ser todo lo más el director de orquesta que dirige la parte instrumental. El verdadero maestro de capilla es el Corazón sagrado de Jesucristo en la divina Eucaristía. De Él hemos de recibir el diapasón. Son los actos de amor de este Corazón divino los que marcan el compás de nuestro agradecimiento, cuyas adoraciones inflamadas dirigen y arrastran nuestras voces y nuestros corazones en los cantos de alabanza que debemos al Altísimo, per Christum Dominum nostrum. Sí, por Él solo, los mismos ángeles alaban la majestad de Dios y le glorifican...

He aquí ahora mi idea:

En una de las parroquias de París se halla establecida una devoción especial al Corazón inmaculado de María; en otra, la devoción en sufragio de las pobres almas del purgatorio; allí, está la cofradía del santo rosario; acá y acullá, una devoción especial por la santa cruz o por la corona de espinas del Salvador. Pues bien, de la misma manera quisiera yo que la parroquia de Santa Clotilde se distinguiera por una devoción ferviente e inflamada de amor por la sagrada Eucaristía.

Pero, se me dirá, la devoción para con el augusto Sacramento de nuestros altares está establecida, está extendida, está viva en todas las iglesias de nuestra diócesis... De acuerdo, lo celebro y bendigo a Dios por ello; pero he aquí mi réplica:

El santo sacrificio de la Misa, sublime conjunto de todos nuestros actos de religión, fue instituido por Jesucristo para cuatro fines principales: 1º, para rendir a Dios un culto supremo de adoración, reconociendo su soberano dominio sobre todo lo que existe; 2°, para dar gracias a Dios por todos sus beneficios; 3°, en reparación de todas las ofensas hechas a su divina Majestad; y 4°, en fin, para obtener de Dios nuevas gracias en el orden temporal y en el orden espiritual.

Ahora bien, hermanos míos, tenemos ya tres clases de adoración perpetua que responden a tres de estos cuatro fines; pero con relación al cuarto, queda un vacío que llenar.

En efecto, la adoración perpetua diurna y nocturna de las Cuarenta Horas responde perfectamente a la primera necesidad del culto supremo e incesante llamado culto de latría.

La adoración reparadora también existe, y admiramos a las generosas víctimas que pasan día y noche ofreciéndose en holocausto con Jesús al pie de su tabernáculo.

La adoración de súplica y de petición halla así mismo y en mayor número que todas las demás, crecido contingente de almas que constantemente acuden a impetrar de la sagrada Eucaristía, uno la conversión de un pecador, otro, la curación de un enfermo, y el de más allá, la preservación de un peligro.

Pero en ninguna parte todavía he visto una asociación eucarística que tenga por objeto principal y especial el ofrecer a Dios perpetuas acciones de gracias por las mercedes obtenidas mediante las otras devociones que ya os he citado.

La asociación que medito y que ahora recomiendo a vuestras piadosas meditaciones, tendría, al lado de las otras ya existentes, un carácter especial de desinterés y de generosidad; ya que, mientras que en muchas partes se pide perdón o se piden gracias, pero en fin siempre se pide algo, aquí, al contrario, se devolvería a Dios. No pretendo excluir de dicha asociación, ¡líbreme Dios!, las recomendaciones de súplicas, ni los actos de contrición, porque somos tan pobres y tan grandes pecadores, que por doquier y constantemente debemos golpearnos el pecho; sino que quiero decir que estos dos últimos actos de religión no serían más que lo accesorio, el acompañamiento necesario a causa de nuestros defectos. Pero la intención general de la adoración sería precisamente el agradecimiento y -si se me permite que me sirva de semejante expresión- el reembolso de los dones que nos hacen de tal modo deudores para con Dios, y tal pago se efectuaría por medio de los tesoros encerrados en la sagrada Eucaristía, ya que, como lo dijo el concilio de Trento, la Eucaristía encierra, abarca, contiene y absorbe todos los tesoros de la bondad de Dios.

Así, del mismo modo que vais a Nuestra Señora de las Victorias para obtener la conversión de un pecador, y de la misma manera que os dirigís a la iglesia de san Mederico, a la archicofradía de las almas del purgatorio, para encomendar a vuestros difuntos, os dirigiréis a esta nueva asociación eucarística para mandar celebrar una misa de acción de gracias o para cantar el Te Deum del agradecimiento...

Avisos espirituales

Tenga usted cuidado en mortificar el amor propio y a menudo la propia voluntad, la que se debe contrariar mucho cuando se quiere alcanzar la unión divina.

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La paz es un fruto del Espíritu Santo, que se obtiene por la fidelidad a la oración y también por prolongadas acciones de gracias después de la comunión.

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Siempre debéis en las conversaciones tener el propósito de conducir las almas a Dios, a su servicio y a su amor.

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Dedique a la acción de gracias después de la comunión un cuarto de hora, y permanezca en paz, unida a nuestro dulce Jesús, sin producir gran número de actos. Una palabra basta: ¡Amor!

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Sirvamos a Jesús por sí mismo; digamos que nos es grato estar privados de alegría en este mundo, ser humillados y probados, y que Jesús nos concede siempre mucho más de lo que merecemos. Hay que amar a Jesús crucificado, hay que amar la cruz de Jesús. El Tabor ya lo gozaremos en el cielo.

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Con respecto a los deseos que le manifiesta su marido de concurrir a diversiones profanas, repito que usted no arriesga nada, mientras usted vaya tan sólo por sumisión y contra su propio agrado. Así mismo le aconsejo, cuando usted pueda hacerlo prudentemente, que haga surgir algún estorbo, cualquier pretexto legítimo que se convierta en obstáculo para ir. Creo que será cosa agradable a Nuestro Señor, si le ve combinar con sensatez algún plan para que fracase un recreo de semejante índole.

Cuando la ocasión se le presente, practique el grande amor del cumplimiento de la voluntad de Dios, sobre todo en las cosas que le crucifiquen la propia voluntad. Nada hay tan apto para conducirnos a la unión divina como el triunfo sobre la propia voluntad y sobre las inclinaciones naturales que nos son lisonjeras. Es más que resignación, es un gozo lo que experimentamos cuando la voluntad de Dios triunfa sobre nosotros mismos. Esto le hará adelantar mucho en la senda de la perfección, y cada día se presentará alguna víctima que inmolar; y esta víctima debe estar en nosotros mismos. En semejantes sacrificios somos a la vez, como Jesucristo, el sacerdote, el altar y la hostia.

¡Qué bello, grande, sublime y glorioso es esto!... Cosa que no se puede efectuar más que gracias a un combate continuo e infatigable. No es hacer poco para Nuestro Señor, y jamás somos nosotros mismos los que escogemos el arma y el terreno de la lucha. Son los incidentes imprevistos de cada día, que la Providencia hace surgir para inquirir y probar nuestro amor para con Dios.

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No se inquiete usted por la vehemencia de su cariño para con los de su familia, con tal que luego lo eleve por medio de su intención a la dignidad de los afectos sobrenaturales y que usted lo tenga inviolablemente sometido a la santa voluntad de Dios. El amor de Jesús santifica todos los cariños que no son contrarios a la ley de Dios. La religión no sólamente no debe enfriar el corazón, sino que debe dar más corazón para los que amamos en el orden de Dios.

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No omita medio alguno para conservar la deliciosa paz de Jesús. Un buen medio consiste en pensar poco en usted misma y mucho en Jesús. Cuando el alma se abandona a Jesús y a la contemplación de sus encantos y perfecciones, entonces Nuestro Señor se encarga de manera especial de guiarla, y en ella produce la calma apacible que hizo reinar en el mar de Tiberíades cuando iba a reunirse con Pedro andando sobre las aguas.

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Procure tener, sobre todo durante la cuaresma, horas de soledad, silencio y recogimiento con Jesús solo en el desierto. Sírvale con los ángeles, trabaje para Él, a imitación de san José en la casa de Nazaret, y use del mundo como si no usara de él [1Cor 7,31]. Cuando haya de alternar con éste, procure pasar inadvertida, ignorada y como si no estuviera en él.

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Cuando la naturaleza la arrastre a sentir indignación en presencia del mal, corrija dicho movimiento por un acto sobrenatural de conmiseración hacia el pecador. El pecado merece nuestro odio, pero el pecador es digno de nuestra piedad. Que la piedad acuda, pues, para rechazar la indignación.

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Uno de los movimientos más frecuentes de nuestra miserable naturaleza, que pone nuestra falta de humildad en evidencia, consiste en el deseo de ser compadecidos cuando padecemos. Los santos han tenido cuidado en ocultar sus dolores a los hombres, para que Jesús sólo fuera testigo de ellos y agradeciera la ofrenda de los mismos.

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Le recomiendo especialmente, cada vez que en usted advierta alguna imperfección o cualquier debilidad natural, que de ello se humille sinceramente, expresamente, ante nuestro dulce Jesús.

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Para aprender a volverse humilde no hay que compararse a los hombres, sino al divino modelo que Dios nos ha dado, a Jesús. Jesús es Dios y hombre: debemos volvernos en otros tantos Jesús a los ojos de su Padre, si queremos complacerle. Compare usted su humildad a la de Jesús, María y san José, y entonces concurrirá a la escuela en que se aprende la ciencia de la humildad.

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La razón por la cual el buen Maestro no deja oír siempre su dulce voz, es porque gusta que se le busque, y nada le es tan agradable como los esfuerzos de un alma prendada de su amor que, como Magdalena, se dirige a las criaturas del cielo y de la tierra para preguntarles: «¿dónde está mi Dios?» Debemos suspirar por Jesús como el ciervo sediento suspira por el arroyo de los bosques. Otra razón hay también, y es para que nos mantengamos en la humildad. Si tuviéramos siempre el consuelo de los coloquios dulcísimos de Jesús, acabaríamos por creernos algo, no siendo otra cosa sino ceniza y polvo, y peor que esto... ¡pecadores! ¡Qué bueno y misericordioso es Jesús en no rechazarnos y en dignarse soportarnos a pesar de nuestras miserias, cobardías e inconstancia en su servicio!

Debe usted aspirar a establecer profunda paz en su alma, evitar lo que pueda turbarla. Ruegue a Jesús que mande a los vientos y a las tempestades, y que haga renacer la calma y la tranquilidad en su interior. El mundo no sabe proporcionar la paz. Jesús, el Cordero de Dios, vino para que la disfrutemos abundantemente. Sin embargo, sólo en el cielo será perfecta. En este valle, en el que sólo estamos de paso, debemos aspirar continuamente al reposo definitivo que nos aguarda en los brazos de Dios. Un día nos dormiremos y descansaremos, como dice el Salmista, en Aquél que por sí mismo es la paz eterna.

Los cuidados materiales nunca deben distraerle de las atenciones que se deben a Dios, porque precisamente es a Dios a quien tendrá usted que recurrir para allanarlos, y porque en todas estas cosas constantemente debe ver, con la mayor pureza de intención, tan sólo la santa voluntad de Dios.

Cuando usted crea que debe interrumpir su norma de vida, para adaptarse a las conveniencias de la caridad fraterna, a su discreción lo dejo. Sin embargo, mi opinión es que, en ciertas circunstancias, debe usted dar la preferencia al reglamento. A veces hay que saber dar a comprender al mundo que Dios tiene sus derechos, y hoy día, aun las gentes más piadosas, con demasiada frecuencia están inclinadas a considerar los deberes religiosos como cosa accesoria que, según ellos, debieran siempre ceder ante las disposiciones que se toman para recrearse. Así, pues, su reglamento cederá algunas veces frente al prójimo, y otras usted rogará al prójimo que la deje tranquila, y entonces Dios ocupará a lo menos el primer lugar, el que de derecho le corresponde.

No tema las murmuraciones ni las críticas... Si usted quiere continuar agradando a los hombres, cediendo siempre a sus conveniencias, no agradará, no será, dice san Pablo, sierva de Dios [Gál 1,10]. Muestre cierta firmeza para no ser arrastrada por la corriente del día, la cual consiste en cierto modo en echar a Dios a un lado... Esté segura de que mi celo por su alma es y será siempre el mismo.

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Es muy importante que recuerde lo que ya le dije de los primeros movimientos del alma. Estos primeros movimientos vienen, ya de las inclinaciones naturales, ya a consecuencia de una sugestión diabólica, o también por un impulso de la gracia divina. En ninguno de tales casos pueden constituir falta o acto meritorio hasta que la voluntad, con su reflexión, haya dado el consentimiento u opuesto resistencia.

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Nuestro Señor dice en la Escritura: «Yo soy un gusano, y no un hombre» [Sal 21,7]. Quiso humillarse, dice san Pablo, quiso anonadarse hasta la nada, ser tratado como el último de los hombres, y nosotros no tendremos parte con Nuestro Señor sino participando de su humildad, más aun, de su humillación, porque es el vínculo gracias al cual hemos entrado en relación con Él y nos hemos convertido en hermanos suyos. Tan pronto como renunciamos a trabajar en nuestra propia humillación, renunciamos a participar de Jesucristo, ya que en seguida Nuestro Señor se halla a distancia infinita de nosotros. No puede pues, usted, avanzar más que por este camino: el desprecio de sí misma, el santo odio de sí misma, y un constante temor de que venga a deslizarse en su alma cualquiera secreta complacencia de sí misma. Nada podría serle más perjudicial que esto.

Sea Él bendito y amado de todos.

Cardenal Perraud*: sermón predicado a los cincuenta años de la Adoración Nocturna

*[Card. Perraud, obispo de Autun, miembro de la Academia Francesa; sermón en Nuestra Señora de las Victorias en París, el 7 de diciembre de 1898].

[Tanto este sermón, como la Memoria que le sigue, tienen un gran valor histórico, pues muestran el verdadero espíritu de la Adoración Nocturna, tal como se entiende a los cincuenta años de su fundación, es decir, hace un siglo].

In noctibus extollite manus vestras in sancta, et benedicite Dominum.

Levantad por las noches vuestras manos hacia el Santuario, y alabad al Señor. (Sal 133,2)

Señores y queridos cofrades de la Adoración Nocturna:

Este versículo del salmo 133 me parece que expresa muy apropiadamente el espíritu de vuestra asociación, y que resume la edificante historia de la misma durante el primer medio siglo que ha pasado desde su fundación.

Fines de la Adoración Nocturna

Levantar las manos hacia el Señor, es decir, orar. Orar durante la noche, es decir, quitarlo del sueño y añadir a la eficacia de la oración la de la penitencia. Ofrecer homenajes de adoración y de reparación a Nuestro Señor Jesucristo en la presencia misma del misterio, por Él instituido en una noche particularmente solemne y dolorosa: in qua nocte tradebatur [en la noche en que iba a ser entregado: 1Cor 11,23]. Misterio en que el poder y la bondad infinita se pusieron de acuerdo para probar al hombre hasta qué extremo ha sido amado por su Dios: propter nimiam caritatem qua dilexit nos [por el amor inmenso con que nos amó: Ef 2,4]. En fin, aprovecharse, de esta conversación íntima, de este contacto de corazones con el de Nuestro Señor Jesucristo, real y sustancialmente presente en la Eucaristía, para unirse a sus intenciones, encomendarle los intereses de su Iglesia y los de las almas, y tomar parte en sus cuidados, dolor y gozos.

Tal es exactamente la inspiración excelsa de piedad, de religión y abnegación que decidió a vuestros fundadores a instituir la Adoración Nocturna. Tales son señores, los pensamientos e intenciones que os animan, especialísimamente cuando sois llamados al honor de hacer compañía al divino Solitario durante la noche; cuando, si vale la expresión, estáis de guardia ante el Santísimo Sacramento y os sucedéis unos a otros, como centinelas alertas, el santo y seña cuyas palabras yo he tomado de David: In noctibus extollite manus vestras in sancta, et benedicite Dominum.

Razón habéis tenido en querer celebrar solemnemente el quincuagésimo aniversario de la fundación de vuestra asociación.

Recuerdo de Angers

Me habéis pedido que sea el intérprete de los afectos que vuestros corazones albergan, y como el portavoz de vuestras acciones de gracias. Con mucho placer he accedido a vuestra invitación.

No las he olvidado, no las olvidaré jamás, las horas que pasé en otro tiempo en la capillita del palacio episcopal de Angers, cuando, siendo seglar y joven catedrático en el instituto de dicha ciudad [1850-1852] formaba parte de vuestra asociación, que acababa de establecerse allí. Quizás fuese durante estas sagradas vigilias cuando oí la voz de Aquél que había llamado a Samuel en medio de las sombras de la noche. Como éste, respondí: Señor, heme aquí: Ecce ego, quia vocasti me [1Re 3,9]. Y abandonando la honrosa carrera en que apenas acababa de dar los primeros pasos, empecé mi preparación para este sacerdocio cuya suprema función e inestimable prerrogativa son perpetuar en el mundo el misterio de la sagrada Eucaristía.

Vigilia de la Inmaculada

¡Oh María, a quien en esta noche, unidos a toda la Iglesia, felicitamos por el privilegio de haber sido preservada del pecado original! Aquí es donde empezó esta asociación durante la noche del 6 al 7 de diciembre de 1848. Aquí, en este templo, en el que tantas victorias habéis alcanzado sobre la indiferencia y el pecado, sobre la incredulidad y la herejía. Me imagino afectuosamente cómo tú misma, muchísimas veces, en Belén, en Egipto, en Nazaret, arrodillada junto a la cuna del Niño Jesús, que era tu Hijo y tu Dios, juntabas las manos virginales y maternales: extollite manus vestras in sancta, y te dejabas llevar por todos los afectos que llenaban tu alma, la extrañeza, la confusión, el agradecimiento, la adoración. El divino infante dormía; pero tú sabías que su corazón velaba constantemente: ego dormio, sed cor meum vigilat [yo duermo, pero mi corazón permanece despierto: Cant 5,2].

¡Oh María! En esta noche ruega por nosotros, implora muy especialmente para mí la asistencia del Espíritu Santo, para que me sea dado el aprovechar a estos animosos cristianos, a estos fieles siervos y adoradores de tu divino Hijo.

Orar con Cristo y como Él

Orar, señores, entre tantos otros aspectos en que puede considerarse la oración, consiste en asociarse a uno de los ministerios principales que Nuestro Señor quiso cumplir al venir a este mundo. Los Padres y los Doctores de la Iglesia han demostrado excelentemente cómo el Mesías, prometido por Dios y esperado por los hombres, no habría podido ofrecerse en sacrificio a su Padre por los pecados del mundo, sino después de haberse hecho semejante a ellos y haberse revestido una carne capaz de padecer. El mismo Salvador reveló esta ley al apropiarse las palabras proféticas del salmo 39, citadas por san Pablo en el capitulo X de la epístola a los Hebreos: «Las víctimas de la antigua ley no tenían fuerza para la obra de la redención. Por eso, Señor, me has dado un cuerpo, y yo dije: He aquí que vengo para cumplir tu voluntad» [Heb 10,5].

En efecto, Jesucristo no hubiera podido padecer, si no se hubiese encarnado. Con respecto a la oración, se puede hacer un razonamiento semejante. En el seno de la adorable Trinidad, ni la segunda ni la tercera persona rezan a la primera, porque las tres son iguales en todo, consustanciales, y tienen la misma naturaleza y el mismo poder, omnipotens Pater, omnipotens Filius, omnipotens Spiritus Sanctus [Símbolo Atanasiano]. Ahora bien, como en los designios de su sabiduría y de su providencia Dios quería que la oración fuese una de las mayores necesidades y a la vez uno de los mayores deberes de los hombres, su Verbo se encarnó y Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios juntamente, vino a darnos a un tiempo el precepto y el ejemplo de la oración.

En los días de su vida mortal, oraba cuando las madres le llevaban sus hijos para que les impusiera las manos [Mt 19,13]. Oraba cuando, en el desierto, levantaba los ojos al cielo, antes de bendecir los panes y los peces y multiplicarlos milagrosamente para alimentar a las multitudes [14,19]. Oraba cuando ejercía su misericordia con los enfermos para curarlos y su poder sobre los muertos para resucitarlos [Jn 11,41]. Oraba de día, oraba de noche. Mientras sus apóstoles iban a descansar después de haber escuchado sus exhortaciones y consejos, subía a la montaña; y allí, nos dice el texto sagrado, pasaba la noche en oración. Muy especialmente la noche que precedió a la elección de los apóstoles -san Lucas nos lo dice-, pasó toda la noche orando [Lc 6,12], como para solicitar de su Padre, antes de comunicárselas a ellos, las gracias necesarias para los que enviaba a llevar su palabra por el mundo.

Después de celebrar la Cena y de instituir la sagrada Eucaristía, se dirige al huerto de Getsemaní. La noche ha caído ya, y entonces es cuando se entrega, bajo los viejos olivos, a una oración que se prolonga entre indecibles dolores del alma y del cuerpo, y que para él se convierten en punzante agonía: Factus in agonia, prolixus orabat [sumido en la angustia, insistía más en su oración: Lc 22,43]. En fin, en la cruz, cuando las tinieblas invaden el cielo y provocan, en medio del día, una noche que dura tres horas, ruega por sus verdugos: Pater, dimitte illis; nesciunt enim quid faciunt [perdónalos, Padre, pues no saben lo que hacen: 23,34]. Ora hasta el fin, hasta el momento de entregar el alma a su Padre.

Y lo que hizo cuando estaba revestido de la forma natural de la humanidad, ha continuado haciéndolo en esta nueva vida, más misteriosa aún, de la santa Eucaristía, la cual multiplica y prolonga a través del tiempo y del espacio el prodigio de la encarnación.

En los tiempos de su vida mortal, y puesto que era hombre como nosotros, al mismo tiempo que Dios, había forzosamente para Jesucristo diversidad de estados y de ocupaciones: conversaba con sus apóstoles o instruía a las multitudes, viajaba, tomaba alimentos y descansaba en el sueño. En su vida sacramental, ya no existe todo esto: víctima que se ofrece y se inmola en silencio, pan vivo que, al darse a comer, da la vida eterna, el Jesús de la Eucaristía no cesa de orar: se halla constantemente en súplica, pidiendo a su Padre que bendiga a su Iglesia, que extienda su reino, que secunde los designios para el cumplimiento de los cuales se encarnó y padeció su dolorosísima pasión, semper vivens ad interpellandum pro nobis [vive siempre para interceder por nosotros: Heb 7,25].

Ahora bien, señores y amados cofrades, es especialísimamente a esta oración continua y silenciosa de la sagrada Eucaristía a la que os unís durante las horas que pasáis ante Él, haciendo vuestros todos sus deseos, intenciones y elocuentes plegarias en favor de la humanidad culpable o desgraciada.

Orar de noche

San Juan Crisóstomo hace con respecto a la noche una delicada reflexión. Este santo Doctor dice que la noche es una invención de la bondad paterna de la providencia de Dios sobre los hombres. Después de los trabajos y del cansancio del día, les proporciona el descanso de la noche para que, conforme rezamos en nuestra oración vespertina, podamos reparar nuestras fuerzas y volver de nuevo a servirle mejor, si cabe, al día siguiente.

Pero, ¿es exactamente éste el uso que los hombres hacen de la noche? Por el contrario, ¿no hay muchos entre ellos que pervierten el tiempo destinado por la sabiduría de Dios para recoger y renovar nuestras energías vitales?

Ah, sí. Con demasiada frecuencia la noche es la hora de los mayores crímenes. Es entonces cuando, como dice el profeta Oseas, abundan tanto el robo, el adulterio, con todos los libertinajes y desórdenes de la impureza, que es imposible nombrar, y el homicidio que derrama la sangre humana a raudales [Os 4,2].

¡Cuántas ofensas se infligen a la Santidad infinita! ¡Cuántas heridas tan profundas se infligen al corazón de Dios! Y, por lo tanto, ¡cuánta necesidad de reparación! Así pues, señores y amados cofrades, cumplís con este noble ministerio cuando permanecéis durante toda la noche ante el Santísimo Sacramento. Os unís a las congojas de Jesús paciente. En otro tiempo, Dios se había quejado a su profeta Ezequiel de que no había hallado a nadie que se interpusiera entre el pecador y Él. Pero vosotros, presentes ante la Hostia en las horas en que se cometen las horribles maldades aludidas, sois con ella suplicantes e intercesores. Abogáis por la causa de los desgraciados que tratan de persuadirse de que Dios no los ve porque están rodeados de las tinieblas.

Tal es, en efecto, el razonamiento absurdo del criminal, cuando aprovecha la noche para entregarse a sus malas pasiones: «las tinieblas me rodean, se dice, nadie me ve: nemo me videt. Por lo tanto, puedo dar libre curso a mis instintos depravados» [Ecles 23,26].

El insensato olvida que «las miradas de Dios son más penetrantes que los rayos del sol, y que van hasta el fondo de los abismos» [Ecles 23,28]. Un refrán popular de los pueblos de Oriente expresa en forma original esta perpetua omnipresencia de la vista de Dios, a la cual ningún ardid de los hombres puede sustraerse: «Sobre el mármol negro, en la noche lóbrega, la hormiga negra, Dios la ve».

¡Bella y santa misión, señores, la que consiste en formar contrapeso al mal y emplea en esta obra de reparación la oración y la penitencia! Los metafísicos nos dicen con razón que el mal no tiene existencia por sí mismo, y que es una carencia, mientras que el bien es algo positivo y sustancial. De ello resulta que la calidad intensiva del bien puede compensar sobreabundantemente la cantidad del mal. Era el razonamiento conmovedor de santa Teresa cuando escribía a sus hijas: «...Toda mi ansia era, y aún es, que, pues [el Señor] tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos» [Camino Perf. 1,2].

Adoradores del Santísimo Sacramento, vosotros sois de esos amigos, poco numerosos sin duda, si se os compara a la totalidad de los hombres, pero sois de esos amigos fieles, generosos y abnegados que, gracias a vuestros piadosos ejercicios, compensáis la acción del mal y contribuís a desarmar la acción de la justicia divina.

Acabo de hablar de los crímenes, pero ¿podemos olvidar tantos desastres y accidentes que, por acaecer durante la noche resultan más espantosos, vienen a trastornar tantas existencias, causar tantas desgracias, hacer derramar tantas lágrimas? Incendios durante la noche. Naufragios o choques de trenes durante la noche. ¡Qué de víctimas! ¡Cuántos lutos! ¡Qué de ruinas! Entonces es cuando vuestras oraciones, vuestras adoraciones, cumplen con uno de los ministerios más conmovedores que la caridad pueda desempeñar.

En su primera epístola a los Corintios, enumerando las que se pueden llamar funciones orgánicas de la santa Iglesia, el apostolado, la profecía, el don de los milagros, la interpretación de las santas Escrituras, san Pablo coloca entre estas funciones, en cierto modo oficiales de la sociedad cristiana, la que consiste en socorrer a sus hermanos, y que él llama opitulaciones [asistencias, 1Cor 12,28].

Señor, no puedo estar en todas partes donde hay desastres que prevenir o remediar, lágrimas que secar, viudas y pobres huérfanos que consolar, pero por mi oración hecha ante el Santísimo Sacramento, me multiplico en espíritu y puedo acudir a todas esas desgracias y a sus víctimas, y cumplir con éstas el hermoso ministerio de la consolación. Es inútil decir hasta qué punto con ello estáis al unísono del Corazón de Aquél que dijo: «venid a mí todos los que andáis agobiados y yo os aliviaré» [Mt 11,28].

Horas de gracia

Hablaré ahora del bien que os hacéis a vosotros mismos con estos ejercicios, con estas vigilias santas, con estas plegarias prolongadas durante la noche. ¿No habéis experimentado que vuestra fe aumenta en intensidad, que vuestra certidumbre experimental de la presencia de Jesucristo tras los velos eucarísticos se acrecienta en vosotros, y que de las densas tinieblas del Sacramento brota para vosotros dulcísima y penetrante luz? Quizá entonces se os haya ocurrido repetir en acción de gracias las palabras de David en el salmo 138: «Esta noche inunda mi alma de claridad, al mismo tiempo que la llena de felicidad: et nox illuminatio mea in deliciis meis».

Escribiendo un día a su querido amigo Nebridio, san Agustín le hablaba del miedo instintivo y del natural horror que todos sentimos a la muerte. Sin embargo, añadía, en ciertos momentos, cuando el alma se repliega en sí misma, y desciende por el recogimiento a lo recóndito de su interior más íntimo, dicho sentimiento de aprensión se amortigua; el alma se vuelve capaz de considerar la muerte bajo otro aspecto y de no temerla ya tanto [Carta 10].

¿No es precisamente, señores, lo que habéis experimentado vosotros cuando pensáis en la muerte en la presencia de la santa Hostia? Os habéis dicho: «Será la luz que me alumbrará en el sombrío tránsito. Será mi fuerza y con ella no temeré nada» (cf. Sal 22,4). Y estas consoladoras perspectivas os han ayudado a dominar el temor natural de la muerte. Ya no la habéis visto sola. Al mismo tiempo que ella, habéis considerado el viático de vuestra suprema comunión. Y una dulce confianza os ha llenado los corazones.

Os hablo de la muerte: quisiera así mismo hablaros de vuestros muertos y saludar a los que pertenecieron a vuestra asociación, y cuyo recuerdo guardáis ante Dios. Debo limitarme a algunos nombres, y ante vosotros pronunciaré el del ilustrísimo señor de la Bouillerie; del ilustrísimo señor Sibour, obispo de Trípoli y auxiliar del arzobispo de París, primo suyo; del padre Hermann; del excelente Ricou, que os traía los colchones en los principios de vuestra asociación; del buen Bonvalet, que reparaba vuestras sillas; y el del digno Presidente que habéis perdido en el transcurso de este año, y al cual he tenido el honor de conocer, el señor De Benque.

Encendiendo hogueras de amor

A todos vuestros cofrades difuntos, así como a vosotros señores, que les sobrevivís y continuáis la obra, aplicaré una palabra que decía hace unos treinta años a uno de los vuestros, con quien me ligaba afectuosísima amistad.

El barón de S. G. disfrutaba en el mundo de un excelente bienestar económico; pero, sobreviniendo ciertos reveses de fortuna, le fue necesario subvenir a la existencia de la familia y se vio obligado a solicitar un empleo. El barón de X*** fue admitido como inspector en una compañía de seguros contra incendios. Para cumplir con su cargo, se veía obligado a viajar mucho. Yo lo veía a menudo, y me ponía al corriente de sus frecuentes peregrinaciones. Debía pasar uno, dos, tres días en tal o cual localidad. Las horas de asueto que le quedaban después de cumplir con los deberes de su cargo, las empleaba en visitar al párroco de la parroquia o al presidente de las Conferencias de San Vicente de Paúl. Les preguntaba si no les sería posible reunir a su alrededor a algunos celosos cristianos que se dieran cita una noche por mes en la iglesia para adorar al Santísimo Sacramento y ofrecer a Nuestro Señor homenajes y oraciones de reparación. A veces recibía una negativa; pero, a menudo también, sus esperanzas se realizaban, y cuando volvía algo más tarde a la misma población, tenia la alegría de encontrarse con la Asociación establecida.

Un día le dije -me permito repetiros, señores, unas palabras que, bajo la apariencia de un chiste, encierran el más hermoso elogio que yo pueda hacer de vuestro celo y piedad, el mayor estímulo para que perseveréis en vuestros santos ejercicios y en vuestras adoraciones nocturnas-, le dije, pues : «Amigo mío, usted parece viajar para apagar los incendios; pero sucede todo lo contrario, puesto que viaja para encender por doquiera el incendio sagrado del amor de Jesucristo en la santa Eucaristía, y realizar de esta manera uno de los anhelos más ardientes manifestados por nuestro divino Salvador: "yo he venido a poner fuego en la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda? Ignem veni mittere in terram, et quid volo, nisi ut accendatur [Lc 12,49].

Ojalá, señores, vuestras legiones de adoradores puedan llegar a ser cada día más numerosas y ayudarnos, con sus fervorosas plegarias, a atravesar la crisis dolorosa que estamos padeciendo, sobre todo desde hace veinte años. Y como es muy legítimo en esta iglesia hablar de victoria, ojalá esas plegarias puedan secundar nuestros esfuerzos para contrarrestar victoriosamente las influencias nefastas de las sectas que quieren echar mano a la conciencia cristiana de Francia y ahogarla. In noctibus extollite manus vestras in sancta, et benedicite Dominum.

Oración litúrgica

Sí, bendecid al Señor. Y para ello servíos de las mismas fórmulas que emplea la santa Iglesia en el «Gloria in excelsis Deo»: laudamus te, te alabamos; benedicimus te, te bendecimos; adoramus te, te adoramos; gratias agimus tibi, te damos gracias.

Rogad por los pobres pecadores. Repetid frecuentemente al Corazón misericordiosísimo, que tan dispuesto se halla para escucharos y satisfaceros, la súplica que Él mismo en la cruz elevó hacia Dios: «Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen; Pater, dimitte illis, nesciunt enim quid faciunt».

Oración en silencio

Otras veces -es una práctica indicada por un autor del siglo XVII, discípulo del padre Olier [Jean-Jacques Olier, fundador de los sulpicianos, +1657]-, limitaos a uniros en silencio a las oraciones que Jesucristo hace por la Iglesia, por su Vicario y por las almas.

Cuando los fieles oyen recitar o cantar por el sacerdote una oración litúrgica en una lengua que no comprenden, basta que digan cuando ha terminado: Amen, y con ello, hacen suya la intención de la misma. Frente al silencio profundo y misterioso del Corazón de Jesucristo, guardad silencio por vuestra parte de vez en cuando. En unión con la oración incesante que sale de las profundidades del misterio eucarístico, decid: Amen ¡Señor, así sea! Ignoro lo que pedís a vuestro Padre, pero sé que lo que pedís es su gloria, es la extensión de su reino, es la difusión de vuestro Evangelio. Rogáis para que los hombres se vuelvan mejores y, por lo tanto, para que sean más felices. Yo me uno a todas vuestras intenciones, y digo: Amen [Catecismo, de M. de Lantages, sulpiciano].

Preludio de la alabanza eterna

Benedicite Dominum! Bendigamos al Señor en todo y siempre! Señor, te damos gracias por todos los bienes de que nos has colmado. Te damos gracias por la gracia que nos has concedido de ser iniciados en tus más santos misterios. Mas, Señor Jesús, luego que te hayamos servido, adorado y amado detrás de esos velos del Sacramento que nos ocultan tu esplendor, cuando la muerte venga a buscarnos, te suplicamos te sirvas ser el compañero de nuestra última etapa y hacernos franquear sin daño y contigo la frágil barrera que separa el tiempo de la eternidad.

Entonces, según la promesa que nos hiciste y que se realizará, te veremos cara a cara. Con tu santa Madre, con los querubines y los serafines y todos los coros de bienaventurados, no nos cansaremos de repetir: «Al Cordero inmolado, gloria, honor, poder y bendición por los siglos de los siglos. Así sea» [Apoc 5,12-14].

Mr. Cazeaux*: memoria leída en el cincuentenario de la Adoración Nocturna

*[Mr. Cazeaux, segundo presidente, en la Junta General del 5 de febrero de 1899, celebrada en San Germán de Auxerre: «La primera vigilia de la Adoración Nocturna en París y las fiestas del cincuentenario»].

Eminentísimo señor [cardenal Richard, arzobispo de París]:

Mis queridos cofrades:

Movido de profundo agradecimiento, os presentamos esta Memoria, concluidas las fiestas que nos reunieron en tan gran número, los días 6 y 7 de diciembre últimos, con ocasión de las bodas de oro de nuestra asociación de la Adoración Nocturna.

Agradecimientos

Agradecimiento para con Dios ante todo, quien tan visible y paternalmente la ha bendecido, sostenido y propagado durante esta segunda mitad de siglo, no tan sólo en París, sino en Francia y en el mundo entero. Agradecimiento para con todos los que han simpatizado con nosotros en estas dos noches inolvidables pasadas en Nuestra Señora de las Victorias. Agradecimiento para con los lejanos amigos, que la distancia no ha impedido que estén estrechamente unidos a nosotros y que, en tantas iglesias de Francia y del extranjero, tanto en Europa como en América, han querido tomar parte en nuestras alegrías y han celebrado una noche especial de adoración para rendir a Dios comunes acciones de gracias. Agradecimiento, en fin, mis queridos cofrades, a nuestros mayores, a esos grandes cristianos que el 6 de diciembre de 1848 hallaron en su fe, en su amor a la sagrada Eucaristía, la energía necesaria para allanar todos los obstáculos, vencer todas las resistencias, las prevenciones, incluso las hostilidades, y con sólo la fuerza de su humildad, de su paciencia perseverante y de su ejemplo, consiguieron introducir en las costumbres cristianas del siglo XIX esta forma tan nueva, como contraria a la molicie actual, de abnegación y sacrificio a Nuestro Señor Jesucristo, hasta tal punto que hoy día se sentiría un verdadero vacío en las prácticas religiosas del mundo católico si se suprimiera la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento.

Por eso, mis queridos cofrades, hemos pensado que corresponderíamos a vuestro deseo si juntáramos en un mismo estudio los adoradores de los primeros tiempos, los valientes batidores de vanguardia de 1848, que nos trazaron el camino, y todos los adoradores de los días 6 y 7 de diciembre de 1898, hijos de los primeros, que han querido reconocer esta fecunda paternidad alabando a Dios y dándole gracias con nosotros por la piadosa herencia que nos ha sido transmitida.

Primeros adoradores

La colección de las actas de las reuniones de nuestra asociación nos ha conservado los nombres de los diecinueve primeros adoradores, que verdaderamente podemos considerar como nuestros antepasados, y eran: los señores Hermann, De Cuers, Mallet, Fage, Monneron, Letaille, Roussel, Bonnefoi, Deleuze, Youf, De Benque, Beaujean, Duris, Defoly, Capmas, Bocquet, De Plas, Guillier y Dublanchy.

El 22 de noviembre de 1848, a las ocho de la noche, se hallaban reunidos por primera vez bajo la presidencia del sacerdote de la Bouillerie en la pequeña habitación del padre Hermann, aún simple seglar recién convertido, en el número 102 de la calle de la Universidad, a fin de echar las bases de una asociación que tendría por objeto «la exposición y adoración nocturna del Santísimo Sacramento, la reparación de las injurias de que es objeto, y para atraer sobre Francia las bendiciones de Dios y apartar de ella las calamidades que la amenazan».

Ya en esta primera sesión se elaboró un reglamento. Ocho días después, el 29, se reunían de nuevo para fijar la fecha de la primera noche de adoración, siendo escogida la del 6 de diciembre, en Nuestra Señora de las Victorias. Pero antes de presentarse ante el Dios de la Eucaristía, estos humildes cristianos resolvieron ensayar primeramente en la intimidad la recitación del Oficio, y se convino que se reunirían el viernes 1.° de diciembre, a las ocho y media, en casa del señor Hermann, para efectuar la lectura del Oficio, y el lunes 4 de diciembre, a las nueve de la noche, en Nuestra Señora de las Victorias, para el ensayo del ceremonial.

Condiciones austeras

Hoy, mis queridos cofrades, a pesar de lo que estiman algunos, tenemos material relativamente cómodo para descansar fuera de las horas de adoración, cuando en las primeras reuniones se carecía de todo; eran a mitad del invierno, las iglesias no tenían calefacción, como en el día de hoy, y era necesario preocuparse de la manera de facilitarla. Un detalle conmovedor en su sencillez nos indica cómo se esforzaron en remediarlo todo: el acta de la reunión menciona que «la adquisición de abrigos pertenecientes a la asociación es... aplazada. Los señores Bocquet, Letaille y De Benque proponen prestar los suyos».

Lo que fue esta primera noche, del 6 al 7 de diciembre de 1848, ya lo habéis oído diferentes veces, mis queridos cofrades, y no quiero yo repetíroslo. La emoción y el júbilo de cada uno eran grandes. ¿Cómo hubiera podido ser de otro modo, cuando en estos diecinueve generosos cristianos, postrados a sus pies en la iglesia y bajo la mirada de su Madre Inmaculada, Nuestro Señor veía las primicias de este largo séquito de adoradores, que desde entonces, a millares, en todos los países del mundo, debían tributarle tantos homenajes, reparaciones y actos de amor? ¿Cómo no se hubiera complacido en colmarlos de sus gracias?

Apuntes biográficos de los adoradores

El primer director seglar de esta noche fue el señor De Cuers. El señor Fage llenó las funciones de sacristán, que le confería de manera particular el cuidado de las luces, el de preparar las vinajeras y ayudar la primera misa de la mañana. El señor Hermann hacía de hostelero, encargado del cuidado del cuarto de descanso y verosímilmente también de las mantas y abrigos prestados por la caridad de los cofrades.

Entre esos nombres, que nos han sido conservados piadosamente, hay desgraciadamente varios respecto a los cuales tan sólo podemos dar muy escasos informes.

El señor Mallet, simple empleado, fue el primer secretario de la asociación. Salió de ella en época y por motivos que nos son por completo desconocidos.

El señor Letaille, editor de estampas religiosas, se vio alejado de la asociación al poco tiempo por enfermedad.

El señor Bonnefoi se retiró a Issy en una casa religiosa, en la que acabó sus días en 1856.

El señor Deleuze fue a residir a Corps, al pie de la montaña de La Salette, hacia la cual se sentía atraído por su amor al retiro y a la penitencia.

El señor Youf, tapicero, fue vicetesorero de la asociación, en una época en que debía tener más cuidados por llenar la caja que para conservar el tesoro ausente de la misma.

El señor Beaujean, tenedor de libros, fue predecesor del señor Youf en el cargo de vicetesorero, y lo desempeñó poco tiempo, pues, como estaba muy atareado por sus ocupaciones profesionales, no le era posible, a pesar de su gran celo, dedicarse a la asociación como hubiese querido.

El señor Bocquet dejó París en 1852.

En fin, el señor Dublanchy, director de un colegio de internos, tuvo que renunciar en 1856 a formar parte de la asociación a causa de las fatigas de su profesión que no le dejaba un momento de reposo.

El señor Defoly, primer vicesecretario de la asociación, fue uno de los cinco privilegiados de esta noche bendita, que Dios recompensó llamándolos a la vocación religiosa. Dejó la asociación, poco tiempo después de su fundación, para entrar en la Trapa de Mortagne, en donde murió santamente el 15 de agosto de 1852.

El señor Fage era un angélico joven al cual, como recordaréis, fue confiado durante la primera noche el cargo de sacristán. Era empleado del ministerio de la Guerra y se dedicó con ardor juvenil y enteramente militar a lograr los primeros éxitos favorables de la asociación. Murió el mismo año que el señor Defoly, en 1852, en el hospital Necker, al que le había conducido una cruel enfermedad del pecho. Hizo el sacrificio de su vida en la paz y gozo de Dios.

El mismo hospital albergó igualmente en los últimos instantes de su vida al más humilde entre todos, el señor Duris, que tenía por oficio fregar y limpiar los suelos de las casas y cuya piedad fue hasta su último día la edificación de la asociación.

El señor Monneron no era así mismo sino un obrero, pero que con su inteligencia, su trabajo y la regularidad de su vida, había logrado conseguir cierta holgura. Libre de los cuidados materiales para la existencia, no por eso dejó sin embargo de trabajar por espíritu del deber; el tiempo que no pasaba en el trabajo, lo empleaba en la oración, dividiendo así su vida en dos partes, que, en su pensamiento, tenían ambas el mismo objeto: honrar y cumplir la ley de Dios. Bastaba verle en adoración para tener una idea del fervor de su oración. Su actitud revelaba la belleza y la elevación de su alma. El señor Monneron murió repentinamente en 1868. Pero la muerte no le halló desprevenido, ya que la misma no fue sino el remate de una vida consagrada enteramente al bien.

Gente pobre

Los demás cofrades nos son mejor conocidos. Pero, después de haber recorrido esta primera parte de la lista, ¿no quedáis admirados, mis queridos cofrades, de los caminos admirables y siempre los mismos de Nuestro Señor? ¿A quién se dirige para la ejecución de sus designios, particularmente para la realización de las obras que más caras le son al corazón, que en cierto modo le interesan de preferencia? A los pequeños, a los humildes, a los desdeñados del mundo. Claro está que veremos al frente de éstos a algunas personas más notables y distinguidas, pero el grueso de la tropa se compone de simples empleados y de obreros ignorados de todo el mundo. Éstos son los que Nuestro Señor llama los primeros para formar la vanguardia de esta falange privilegiada, que Él quiere constituir para que le guarde en el aislamiento y soledad de las noches.

Y todavía continúa siendo lo mismo, digámoslo para confusión nuestra. Entre todas las parroquias de París, las más fervientes y las que proporcionan el mayor número de adoradores son las parroquias de los arrabales. En ellas los obreros, que todo el día se han afanado en el trabajo, no regatean la noche a Nuestro Señor, y se ve a algunos que dejan la adoración de madrugada, antes de la primera misa, que ni siquiera pueden oír, porque deben hallarse temprano en la reanudación de su trabajo.

Pueblo pobre de París, qué admirable es cuando el veneno de la mala prensa y de las sociedades secretas no lo ha pervertido. Y en las aldeas se hallarán los mismos ejemplos. De las diócesis de Bayona, Tarbes, Tolosa -para no citar más que aquéllas en que el movimiento se halla con más empuje- recibimos cada día cartas de numerosos curas de aldea, que nos relatan con grandes muestras de gozo, que ellos también se han arriesgado a organizar la Adoración Nocturna, y que en la pequeña parroquia pobre, que apenas cuenta ochocientos, mil o mil doscientos habitantes, han llegado a unir hasta ciento, doscientos y aun trescientos adoradores nocturnos, que han contestado a su llamamiento.

Éstos sí que son herederos directos de nuestros diecinueve adoradores del 6 de diciembre de 1848. Y a nosotros corresponde verdaderamente que les rindamos este público homenaje.

Hermann Cohen

Me queda por hablar de los demás adoradores, a cuya cabeza, mis queridos cofrades, hemos de colocar al que fue el verdadero fundador de la asociación y su inspirador, quien, durante toda su vida, la rodeó con sus predilecciones y le dedicó para propagarla todo el celo de que estaba animado. Me refiero al Rdo. padre Hermann. Éste era entonces el señor Hermann a secas y nada más, convertido del judaísmo apenas hacía dieciocho meses, bajo la doble influencia de María y del Santísimo Sacramento.

Efectivamente, fue en el curso de los ejercicios del mes de María, un viernes del mes de mayo de 1847, cuando uno de sus amigos rogó al señor Hermann, célebre por su talento de pianista, que fuera a reemplazarle en la dirección de un coro de aficionados en la iglesia de Santa Valeria, calle de Borgoña.

«En el acto de la bendición del Santísimo Sacramento experimentó extraña emoción, como un remordimiento de tomar parte en esta bendición en la cual ningún derecho tenía de estar comprendido. Esta emoción, no obstante, era dulce y fuerte, contó él mismo, sintiendo al mismo tiempo desconocido alivio».

Era el primer toque de la gracia. Nuestro Señor remató su obra algunos meses después en la iglesia de Ems, en Alemania, a donde Hermann se había trasladado para dar un concierto. El 8 de agosto asistía a la misa:

«En el acto de la elevación sintió de pronto brotar a través de sus párpados un diluvio de lágrimas, que no cesaban de correr abundantemente» a lo largo de sus mejillas ardorosas. Mientras las lágrimas le estaban así anegando, de lo más profundo del pecho, lacerado por su conciencia, le surgían los más dolorosos remordimientos por toda su vida pasada. -Al salir de esta iglesia de Ems, escribió después, era ya cristiano... Sí, tan cristiano como es posible serlo cuando aún no se ha recibido el bautismo».

Este convertido de la Eucaristía no cesó desde entonces de ser el más ardiente apóstol de la misma. Él fue nuestro fundador. Ya sabéis cómo, y a consecuencia de qué celoso fervor, estando deseoso de prolongar su adoración, una noche, en la capilla de las Carmelitas, de la calle del Infierno, donde el Santísimo Sacramento estaba expuesto, le obligaron a retirarse, porque sólo las señoras eran admitidas a pasar la noche en la capilla. Las señoras podían permanecer toda la noche a los pies de su Dios, y en cambio los hombres no tenían ánimo para ello ni, por consiguiente, la misma felicidad de que podían disfrutar las mujeres.

Humillado e indignado, habló de ello, manifestándole sus propósitos, al sacerdote de la Bouillerie, a la sazón vicario general de la diócesis y confesor suyo. De la colaboración de estos dos grandes siervos de la Eucaristía nació nuestra asociación. Ellos fueron los que organizaron la noche del 6 de diciembre de 1848, cuyos miembros reclutaron. Durante toda su vida, por dondequiera que transitó, en Francia, en el extranjero, en Burdeos, Carcasona, Marsella, Lión, así como en Londres, se ocupó en fundar la Adoración Nocturna.

No trataba más que de un tema en todos los sermones que pronunciaba: la santa Eucaristía, el amor de Jesús-Hostia. A lo cual, por otra parte, se había comprometido, y su celo por el Santísimo Sacramento le había hecho añadir un voto especial a los que forman la base ordinaria de la vida religiosa: el de trabajar su vida entera por la propagación de la devoción eucarística.

Si corto de documentos me hallaba para daros a conocer nuestros precedentes cofrades, excedería los límites de esta memoria si hubiera de trazaros, aunque fuera someramente, la vida del Rdo. padre Hermann. Permaneció en relaciones constantes con nuestra asociación, se interesaba por todos sus adelantos, le predicaba los retiros, dichoso cada vez que podía hacer coincidir su paso por París con la celebración de algunas de nuestras juntas generales. Su correspondencia con nuestro querido presidente, señor De Benque, es voluminosa, y hemos hallado una carta suya fechada en el Carmen de Carcasona el 9 de noviembre de 1852, en la que traza un programa del porvenir de nuestra asociación muy a propósito para llamar nuestra atención:

«Mi querido hermano en Jesús-Hostia, que el amor del Crucificado nos abrase, consuma y nos transforme en él. Le agradezco las noticias que se sirve usted darme acerca de la Adoración de París. No omita ningún esfuerzo por sostener la vida de la misma y para aumentar su círculo y acción. Tengo motivos para creer que dentro de algunos años ha de adquirir gran incremento por toda Francia y trabajamos ya, desde hace un año, en reunir todos los elementos diseminados por las diferentes ciudades en una sola red, que forme una asociación una e indivisible, dirigida por una junta central en París para ofrecer al amado Jesús, en nombre de toda Francia, una adoración nocturna continua».

Esta idea de una junta central, que fue la última que nos transmitió nuestro llorado presidente en vísperas de su muerte, se remonta, pues, al origen mismo de la asociación, y al trabajar en su realización, no hacemos más que poner por obra uno de los primeros proyectos de nuestro venerado fundador.

Ya sabéis cómo murió en Spandau el 20 de enero de 1871, víctima de su abnegación por nuestros soldados prisioneros. En la citada fortaleza, situada a 14 kilómetros de Berlín, teníamos aproximadamente 6.000 de nuestros soldados. El frío era terrible, y los franceses carecían de casi todas las cosas necesarias a la vida. El padre Hermann se multiplicó cerca de estos infortunados y no tardó en ganar el corazón de los mismos.

«Los prisioneros, escribía el 22 de diciembre, me asedian desde las ocho de la mañana hasta la noche. Me entregué a ellos y están usando de mí todo lo que pueden, y me usarán hasta consumirme. Pero debo decir que me devuelven con creces el amor que les demuestro. Tenemos aquí, como media, unos cincuenta soldados por día que solicitan la confesión y la comunión».

Que se nos venga, pues, repitiendo aún: ¡el clericalismo, he ahí el enemigo!... Este enemigo, mis queridos cofrades, era la única ayuda de nuestros pobres soldados en Prusia, él los alimentaba, los vestía, los consolaba, y por ellos moría.

El padre Hermann efectuó sus últimas diligencias en Berlín el 8 de enero de 1871, y de allí trajo por valor de dos mil francos en compras, camisetas, medias y vestidos para sus queridos prisioneros. La distribución debía hacérsela el 17 por la mañana. Pero a su vuelta a Spandau, el 9, fue atacado de la enfermedad que había contraído la antevíspera al administrar la extremaunción a dos soldados enfermos de viruelas.

El 17, no se hallaba en estado de proceder a la distribución de las provisiones que para ellos había reunido; se encargó de ello un oficial francés. Desde su cuarto el Padre oía las voces y peticiones de sus queridos prisioneros, y en su delirio empezó a predicar creyendo que se dirigía a ellos, de modo que fue preciso apresurar la distribución para calmar la sobreexcitación del Padre.

El 19, a las nueve de la noche, recibió por última vez al Salvador, quedando luego absorto en profunda acción de gracias. A las once, bendijo a los que le rodeaban, e inmediatamente, extenuado por el esfuerzo, se dejó caer sobre la cama, murmurando estas palabras:

«Y ahora, Dios mío, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Fueron sus últimas palabras. Al día siguiente por la mañana, 20 de enero, expiraba dulcemente.

María Santísima

En esta admirable vida, mis queridos cofrades, un rasgo lo domina todo: la acción constante de María que hace que todas las cosas se vuelvan en gloria y servicio de su divino Hijo y su Santísimo Sacramento. Esta acción la Santísima Virgen no ha dejado de ejercerla de patente manera en todo el curso del siglo actual. Todas sus más tiernas manifestaciones tienen por objeto preparar un triunfo eucarístico. María pide al santo sacerdote Desgenettes que consagre su iglesia a su Corazón Inmaculado, y conduce a su convertido de la víspera, el joven Hermann a esta misma iglesia, para fundar en ella la asociación de la Adoración Nocturna. Éste será en lo sucesivo el más ardiente apóstol del Santísimo Sacramento. Pero predica la devoción eucarística bajo el hábito del Carmelo, la Orden que en todos tiempos ha estado consagrada a María.

Nuestro querido presidente, señor De Benque, a causa precisamente del cargo que ocupaba en el Banco de Francia, se ve obligado a residir durante su vida entera dentro del territorio parroquial de Nuestra Señora de las Victorias, en cuya iglesia traba relaciones con dos Padres Maristas, que lo alistan en la Orden Tercera de María, cuyo primer director en París pasa a ser más tarde, al propio tiempo que es también el primer presidente de nuestra asociación.

Así mismo de entre los Padres maristas será escogido el fundador de la nueva congregación, que tiene por única misión la de promover el culto eucarístico, y que practica la adoración perpetua, de día y de noche. En efecto, el padre Eymard deja la Orden de los Maristas para fundar los religiosos del Santísimo Sacramento, de acuerdo con señor De Cuers, primer director seglar de la vigilia del 6 de diciembre de 1848.

¿Y Lourdes?... ¿Quién ignora que en Lourdes hoy día los principales milagros se hacen al paso del Santísimo Sacramento? María se aparta, después de habernos atraído con sus favores, para dejar toda la gloria a su Hijo en la Eucaristía. Ella quiere darnos a entender que Él solo es el autor de todas las gracias, que todo para en Él, y que hasta ahora no ha sido Ella más que la dispensadora de la omnipotencia de Jesús.

Por esta razón, mis queridos cofrades, como para señalar la cima de esta marcha ascendente que nos lleva a Jesús bajo la guía de María, este año se celebrará en Lourdes, en el mes de agosto, el próximo congreso eucarístico, al que están invitados todos los obispos de Francia. Magnífico coronamiento del siglo de María, pronto a ceder el sitio al nuevo siglo que se anuncia como el siglo de Jesús, glorificado en su Santísimo Sacramento.

De Cuers

Mis queridos cofrades, debo hablaros también de los señores De Cuers, Roussel, De Plas, Capmas, Guillier, y del que todos nosotros hemos amado tanto: el señor De Benque.

Como comprenderéis, no puedo extenderme mucho en su elogio, que podéis completarlo consultando las noticias biográficas que se les dedican en nuestro Manual.

El señor De Cuers era capitán de fragata. Hombre de deber y disciplina, aplicaba un espíritu de exactitud y precisión completamente militares en la organización de las noches que estaba encargado de dirigir. A él se debe la inspiración verdaderamente providencial de enlazar la asociación de la Adoración Nocturna con la Adoración Perpetua Diurna, establecida desde hacía un año en la diócesis. Esto fue el punto de partida de todos los adelantos de nuestra asociación, y puede decirse que la aplicación de la fecunda idea citada le dio nueva vida.

Cediendo a su ardiente amor por la Eucaristía, el señor De Cuers no tardó en dejar el mundo para entrar en la carrera eclesiástica, y de su encuentro con el padre Eymard nació la sociedad de Sacerdotes del Santísimo Sacramento. Él fue su segundo superior, y murió en el ejercicio del cargo cinco meses después de la muerte del padre Hermann, el 21 de junio de 1871.

De Plas

El señor De Plas, como el padre De Cuers, era oficial de marina. Al igual que éste, quiso terminar sus días con el hábito religioso. Su biógrafo cuenta que durante su carrera el señor De Plas, que había permanecido fiel a su primera vigilia de adoración nocturna, se levantaba frecuentemente a bordo para hacer en su camarote, o bajo la bóveda estrellada que recubre la inmensidad de los mares, su hora de adoración. Murió el 19 de abril de 1888.

Roussel

¿Quién de nosotros no ha conocido al sacerdote Roussel, fundador de la obra de Auteuil, a la cual deben los beneficios de la primera comunión tantas pobres almas más o menos paganas? ¡Qué admirable consecuencia de la noche del 6 de diciembre! ¡Y cómo se echa de ver en ello también la intervención del Corazón maternal de María, al escoger entre los primeros adoradores nocturnos de su Hijo al sacerdote que quiere dar [la comunión] a tantos pobrecitos abandonados!

Capmas

El señor Capmas murió a los ochenta y seis años de edad, el 23 de enero de 1895. Hasta los últimos tiempos de su larga existencia acudía aún a tomar parte en la reunión mensual de Nuestra Señora de las Victorias, que tan gratos recuerdos le evocaba. Era como el patriarca de la asociación y un motivo de nuestra veneración.

Guillier

El señor Guillier, al principio secretario de la asociación, fue nombrado vicepresidente el 16 de noviembre de 1855, cargo que conservó hasta su muerte, acaecida en 1890. Fue uno de los miembros de la primera noche que contribuyeron, con sus gestiones y celo, a que se aceptara en todas las parroquias de París la práctica de la Adoración Nocturna.

Aún nos acordamos haber oído al señor De Benque recordarle con jovialidad los sinsabores del principio y las acogidas poco favorables que a veces habían recibido. «¿Se acuerda usted, mi buen Guillier, decía riendo, cómo éramos recibidos? Se informaban acerca de qué querían esas gentes, se nos tomaba por intrusos, y más de un excelente parroco rehusó categóricamente dejarnos la guarda de su iglesia durante la noche. No inspirábamos mucha confianza y nos lo decían sin ambages ni rodeos»...

¡Cómo ha cambiado Dios todo eso! Es cierto, pero lo que ambos se olvidaban de añadir es que fue gracias a su perseverancia y humildad, si Dios había cambiado tanto todo eso.

De Benque

Y ahora, para terminar, ¿os hablaré del hombre que para nosotros resume todos los adelantos de nuestra asociación, su vida entera y su desarrollo? Aludo al señor De Benque. Si no escuchara más que a mi corazón, sí, os hablaría de él, largo y tendido. Pero ¿qué podría deciros que no sepáis mejor que yo?

Recuerdo, semblante, lenguaje piadoso, relaciones tan sencillas como atrayentes, en las que dejaba desbordar todo el amor que sentía por la sagrada Eucaristía, y que procuraba comunicarnos: todo este conjunto de dones, que le hacían ser el modelo de los presidentes, lo tenéis presentes en la memoria. Ya le dedicamos una memoria en ocasión precedente. Por hoy limitémonos a nombrarle. El eco solo de su nombre basta para despertar todo nuestro agradecimiento y cariño.

Cincuenta años

Mis queridos cofrades, os decía al principio de esta Memoria que os sería sin duda grato juntar en un mismo estudio la noche del 6 de diciembre de 1848 y la del 6 de diciembre de 1898. Poco tiempo me queda para hablaros de esta última.

Lo que se hizo en París, todos lo habéis visto. Habéis compartido las emociones de la primera noche, cuando en número de más de doscientos nos encontramos reunidos al pie del mismo altar, junto al cual, cincuenta años antes, el sacerdote de la Bouillerie agrupaba a su alrededor estas almas escogidas cuya historia acabamos de bosquejar. María, de nuevo, nos presentaba a su Hijo, y cuando nuestro venerado sacerdote director sacaba la Hostia santa del sagrario, para exponerla a nuestras adoraciones durante la noche, ¿no sentisteis que nuestros queridos ausentes le acompañaban, para suplicar al Huésped divino del sagrario que nos bendijera como les había bendecido a ellos, y que nos aceptara, a pesar de nuestras miserias, como herederos suyos y continuadores de su obra?

¡Oh Hermann, De Cuers, De Benque y tú, santo sacerdote de la Bouillerie, que más tarde habéis merecido que se os llamara el obispo de la Eucaristía! Sí, allí estabais aún en vela, rogando todavía, todavía orando, para suplir todas nuestras insuficiencias.

Y al día siguiente, para la clausura de estas veinticuatro horas de adoración, durante las cuales la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias se vio constantemente llena, ¡qué magnífica reunión! Todos los asociados de París se dieron cita para traernos una prueba de la confraternidad más conmovedora. El gran obispo de Autun, el obispo del Sagrado Corazón, el Eminentísimo cardenal Perraud, recordando su antiguo título de miembro de nuestra asociación, se dignó venir a presidir nuestra reunión. No contento con honrarnos con su presencia, quiso por sí mismo celebrar nuestro glorioso aniversario desde el púlpito, y nos presentó -recordaréis con qué magnifico lenguaje- todas las gracias inherentes a nuestra vocación de adoradores, gracias para nosotros, gracias para nuestros hermanos, para nuestro país, para la Iglesia. In noctibus extollite manus vestras in sancta, et benedicite Dominum, exclamaba, y apoyando con el ejemplo las enseñanzas de su palabra, nos recordaba que en el silencio de las noches fue cuando más apremiante oyó la voz de Dios que lo llamaba a su servicio.

Vosotros habéis sido testigos presenciales de dichas fiestas, mis queridos cofrades. Pero de lo que no os enteraréis sin emoción es de la fraterna simpatía que se han servido testimoniarnos las asociaciones de la Adoración Nocturna de Francia y del extranjero.

Adhesiones del extranjero

Gran número de ellas han celebrado una vigilia especial de adoración nocturna en unión con nosotros para agradecer a Dios los progresos conseguidos durante estos cincuenta años. Podemos citar en Francia: Nantes, Grenoble, Compiègne, Reims, Valence, Orléans, Mâcon, Marsella, Poitiers, El Havre, Arras, Riom, Nîmes, de cuyas ciudades se nos han enviado las más calurosas y cordiales adhesiones.

En el extranjero, debemos una mención de particular agradecimiento a la noble y católica España, nuestra hermana latina, que desde su principal portavoz de las obras eucarísticas, La Lámpara del Santuario, hizo un llamamiento apremiante a todas las secciones de la Adoración Nocturna del reino, para invitarlas a que se unieran de intención a nuestras fiestas cincuentenarias y a celebrarlas con una vigilia de adoración extraordinaria y general en toda España, como miembros de la misma familia, se decía, para quienes las alegrías de los unos deben ser las alegrías de todos. La sección de Madrid celebró la adoración durante la noche del 7 al 8 de diciembre en la iglesia de los jesuitas, y la terminó con una solemne ceremonia en honor del Santísimo Sacramento, en la que se desplegó la mayor solemnidad.

En Italia, Milán y Ferrara celebraron una vigilia especial de adoración en la misma noche del 6 al 7 de diciembre. De Turín se nos escribe que como la asociación se compone de obreros y trabajadores en su mayoría, se hubo de escoger la noche del 7 al 8 de diciembre por ofrecer más facilidades a los adoradores. Y nuestro amable corresponsal se disculpaba de esta ligera modificación con tanta cortesía y humildad, que nos causaban verdadera confusión, y aumentan aún más nuestro agradecimiento por nuestros buenos cofrades de Turín.

En Canadá

Cómo quisiera, mis queridos cofrades, no haber abusado ya tanto de vuestra atención para que pudiera extenderme más sobre lo que se ha hecho en el Canadá, tierra que ha permanecido tan francesa de corazón y tan fervientemente católica. El celoso director de la asociación, Rdo. Sr. Luche, nos escribe de Montreal:

«Hemos aceptado con júbilo su invitación, y como podrá usted juzgar por los dos extractos de periódicos que le incluyo, hemos hecho cuanto hemos podido para unirnos con ustedes de corazón y en espíritu por encima del Océano. Sin alambres telegráficos, Nuestra Señora de las Victorias y Nuestra Señora de Montreal, S. E. el cardenal Richard y S. I. Sr. Bruchesi, y los adoradores nocturnos de ambos continentes pudieron simpatizar y hacerse eco tomando a Nuestro Señor Jesucristo como intermediario y centro de su amor».

Y, en efecto, la reseña de los periódicos nos deja suponer lo que sería dicha ceremonia, que se celebró en la capilla del Sagrado Corazón en la iglesia de Nuestra Señora de Montreal. Alrededor de su arzobispo, que con ellos quiso pasar la primera hora de adoración, se apiñaban trescientos adoradores y gran número de sacerdotes del seminario. A las ocho y cuarto Su Ilustrísima había ido ante todo a visitar la sala de descanso, para ver y bendecir el gran dormitorio de la asociación con sus veinte catres. Luego todos los asistentes se formaron en magnífica procesión que se dirigió cantando el Miserere a la capilla del Sagrado Corazón. En ella S. I. Sr. Bruchesi, muy emocionado por el espectáculo que tenía ante sí, pronunció una conmovedora plática, después de la cual el director de la asociación expuso el Santísimo Sacramento, entonándose luego el Te Deum, seguido del acto de contrición. Eran ya las diez cuando Su Ilustrísima se retiró, dejando en adoración la sección de vela, la cual continuó la adoración de noche hasta las cinco de la madrugada, a cuya hora se dio por terminada la hermosa fiesta con una misa de acción de gracias.

Eminentísimo señor:

Esta gran manifestación canadiense es quizá la que más semejanza ha tenido, por su esplendor y disposición general, con nuestras fiestas de París. Cierto que no tuvimos la dicha de tener con nosotros a nuestro amado Pastor la noche del 7 de diciembre; pero sabíamos que era por una delicada atención hacia vuestro Eminentísimo colega obispo de Autun, a quien quisisteis ceder el paso para dejar el honor, habíais dicho, de presidir las bodas de oro de nuestra asociación al miembro más ilustre de la misma. De tal manera que hasta vuestra ausencia era una prueba de la simpatía de Vuestra Eminencia.

Pero os habíais dignado prometer, Eminentísimo Señor, que nos la manifestaríais públicamente en ocasión próxima, y la paterna bondad de V. E. no nos ha hecho esperar. Vuestra primera visita, de vuelta de la Ciudad eterna, es para nosotros. Nos traéis las recientes bendiciones del Soberano Pontífice. Os estamos profundamente agradecidos por ello. Admiramos esta lozana ancianidad, que os permite daros por entero a todos, de lo que damos gracias a Dios en cada una de nuestras noches de vela. El nombre de V. E. es el primero que pronunciamos en nuestras intenciones después del nombre del Soberano Pontífice, y uniéndoos el uno al otro en un mismo amor y en una misma veneración, pedimos cada noche al Dios de la Eucaristía, expuesto en el altar, que guarde muchos años en la Iglesia universal al gran Pontífice León XIII, y a nuestro Padre venerado, el cardenal Richard, en su iglesia de París.