IV. La victoria de Cristo y el Milenio

 

Mientras tanto, sobre la tierra, el Anticristo tiene los días contados. El Apocalipsis nos describe la victoria de Cristo y la instauración de su Reino. He aquí la sucesión de los hechos.

 

1. El Caballero del Blanco Corcel

En el clímax de la persecución, en el ápice mismo de la Gran Apostasía y la tribulación más espantosa de la historia, cuando los fieles estén casi por desfallecer, según las palabras del mismo Cristo: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿acaso hallará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 8), llegará inesperadamente el momento de la victoria, de la victoria no última sino penúltima, que cerrará el primer combate esjatológico.

«Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco; el que lo monta se llama «Fiel» y «Veraz»; y juzga, y combate con justicia» (Ap 19, 11). Es Cristo que viene para deponer a su Adversario. «Y los ejércitos del cielo –prosigue el texto–, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos» (ibid. 14). Ya lo había anunciado el profeta al decir: «Vendrá el Señor Dios mío y todos los santos con él» (Zac 14, 5), lo que San Judas refrendó en su epístola: «He aquí que viene el Señor, con miles de santos suyos» (1, 14).

Luego, leemos en el texto del Apocalipsis, el Ángel, de pie sobre el sol, «llamó a todas las aves que volaban por lo alto del cielo», invitándoles a comer «carne de reyes, carne de caballos y de sus jinetes» (Ap 19, 17-18). En su libro sobre las Parábolas, Castellani relaciona este texto con una extraña frase que se encuentra en el libro de Job: «Donde está el cuerpo se juntan las águilas» (38, 27). Varias interpretaciones se han dado de estas últimas palabras. Nuestro autor prefiere, siguiendo a San Beda, Santo Tomás y Maldonado, aplicarlas al mundo de los últimos días, cuerpo muerto y descompuesto, a pesar del tremendo poder político y militar que lo rige; ese mundo homogeneizado por obra del Anticristo, contra el cual se lanzarán repentinamente, con la subitaneidad de un relámpago, las potencias espirituales del Cosmos –los ángeles– para hacerlo pedazos. Si se trata de una predicción de dos acontecimientos sucesivos, typo y antitypo, veamos lo que acaece en ambos. En el primero, las «águilas», que serían las divisiones romanas, confluyeron de todas partes a Jerusalén, según lo relata Josefo, para ocupar cruentamente la capital de los judíos. En el segundo, el objetivo será la gran ciudad capitalista, imperial y sacrílega, sede de la Bestia. Cuando ese mundo apóstata esté hecho cadáver, desechada la fe cristiana que le dio siglos de vida y esplendor, entonces las águilas del Espíritu caerán de las alturas sobre él y sobre su Usurpador, precediendo al verdadero Señor del mundo, Nuestro Señor Jesucristo. Pero no adelantemos la trama.

Porque ante ese ataque en picada, escribe el hagiógrafo, «vi a la Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos reunidos para entablar combate contra el que iba montado en el corcel y contra sus ejércitos». La conclusión es gloriosa: «Apresada fue la Bestia, y con ella el Pseudoprofeta..., los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre» (Ap 19, 19-20). En cuanto a los demás, «fueron exterminados por la espada que sale de la boca del que monta el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes» (ibid. vers. 21).

 

2. La Primera Resurrección

A continuación, el vidente observó a un Ángel, quizás el mismo Mikael, «que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del Abismo y aprehendió al Dragón, la antigua serpiente, que es el Diablo y Satanás, y lo encadenó por mil años» (Ap 20, 1-2). Hemos llegado a un tema espinoso, el del Milenio. Su tratamiento no es nada fácil. Antes de considerarlo como corresponde, será conveniente decir algo sobre lo que sigue en el texto sagrado.

Háblase allí de unos tronos donde «los que revivieron» (Ap 20, 4) se sentaron para juzgar. Trátase, al parecer, de una «primera resurrección» (ibid. 5), donde revivirán sólo algunos; el resto de los muertos no volverán a la vida hasta que se acaben los mil años.

¿Quiénes resucitarán primero? Según varios comentaristas, solamente los mártires, los apóstoles y algunos santos, conforme a lo escrito en el Apocalipsis, donde se lee que revivirán «los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús, y todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en sus manos» (Ap 20, 4). Quizás sea precisamente por ello que recibirán este privilegio y galardón peculiar, ya que soportaron la lucha más terrible. No en vano decía San Agustín que «los mártires de los últimos tiempos serán los más grandes de todos, porque los primeros mártires lucharon contra los Emperadores, pero los últimos combatirán con Satanás mismo». Los que sostuvieron el peso más arduo de la lucha recibirán un premio que no será común a los otros muertos, y es el privilegio de poder sentarse en el trono para juzgar, que según el uso de la Escritura es sinónimo de regir y gobernar el mundo, juntamente con Cristo, a quien, por haberse humillado hasta la muerte, le fue dado el poder  reinar sobre todo el mundo y juzgar a todos los hombres. En cambio los impíos e impenitentes, que caerán con el Anticristo, no resucitarán para acompañar al Señor en la victoria que seguirá a su Parusía. Es la cizaña reservada hasta la siega para ser luego quemada (cf. Mt 13, 30).

Otros autores interpretan que en esta primera reviviscencia resucitarán todos los justos. Para ello se apoyan también en textos de la Escritura, especialmente de San Pablo, por ejemplo aquél donde dice: «Del mismo modo que en Adán todos mueren, así también todos revivirán en Cristo; pero cada uno en su orden: Cristo, como primicia, el primero; luego los que son de Cristo en su Parusía; luego, el final, cuando entregue el Reino a Dios Padre, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad, pues es preciso que él reine hasta poner bajo sus pies todo enemigo. El último enemigo en ser destruido será la muerte» (1 Cor 15, 22-26). El orden de la resurrección sería, pues, el siguiente: primero, Cristo; después, «los que son de Cristo», o sea, todos los justos en el tiempo de su Retorno; por último, todos los hombres, cuando la misma Muerte sea destruida, y nadie más haya de morir. Tales exégetas añaden otro texto del Apóstol en su favor, donde se dice: «El Señor en persona, a la orden dada por la voz del Arcángel y por la trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar» (1 Tes 4, 16). Como «los muertos en Cristo» son todos los justos, por eso estiman que todos ellos resucitarán primero en la Parusía.

En cuanto a los que se negaron a prosternarse ante el Anticristo ni tampoco fueron por él asesinados, saldrán transfigurados al encuentro del Señor. Los que cedieron al Anticristo, recibiendo su marca en la frente o en la mano, no por complicidad sino por temor, que serán los más, una vez vencido el Anticristo harán penitencia, e integrarán la Iglesia de los viadores durante el Milenio, escribe Castellani.

Tras la ruina del Anticristo, dice el Apocalipsis que el Demonio será encadenado. El Ángel «lo arrojó al Abismo, lo encerró y puso encima los sellos, para que no seduzca más las naciones hasta que se cumplan los mil años» (Ap 20, 3). Sostienen los milenistas que Satanás ya no tendrá contacto con los hombres, lo que será una de las principales causas de felicidad en el Reino de Cristo.

 

3. El Milenio

Acabamos de aludir al Milenio y el Reino de Cristo «por mil años» (Ap 20, 3.6). Estos versículos han traído verdaderos dolores de cabeza. Por lo general, nadie sostiene que el número mil haya de entenderse de manera literal. Mil años significa un largo período de la historia.

a. El séptimo milenio

Es la cuestión del milenarismo, que Castellani prefiere llamar «milenismo», según lo denomina San Agustín; interpretación que, tomando el Milenio como reinado efectivo de Cristo, coloca esos mil años de que habla el Apocalipsis (cf. 20, 2-7) entre dos resurrecciones, la primera de las cuales, a que se refieren los versículos 4-6, se atribuye sólo a los justos, y la segunda y general, que se menciona en los versículos 12-13, se reserva para el juicio final.

Castellani se ha esmerado en demostrar, sobre todo en el libro La Iglesia patrística y la Parusía, que el milenismo fue propiciado por buena parte de los primeros Padres de la Iglesia. Así, por ejemplo, un Padre tan importante como San Ireneo sostuvo que el mundo duraría seis mil años desde Adán hasta la Segunda Venida de Cristo: «En cuantos días fue hecho el mundo, en otros tantos milenios será consumado. Por eso dice el Génesis:  Concluyéronse, pues, los cielos y la tierra y todo su mobiliario, y consumó Dios en el día sexto todas las obras suyas que había hecho, y descansó el día séptimo de todas las obras que hizo” (Gen 2, 1-2). Esto es a la vez narración de lo pasado y profecía de lo porvenir. Si, pues, “un día de Dios es como mil años” (Ps 89, 4), y en seis días consumó la creación, manifiesto es que en seis milenios consumará la historia» (Adv. hær.  V, 28, 3). Pues bien, prosigue Ireneo, al fin del sexto milenio o al comienzo del séptimo, aparecerá el Anticristo, quien «recapitulará» todas las herejías: «Viniendo, pues, aquél y resumiendo toda apostasía en sí mismo transferirá a Jerusalén su Reino y se sentará en el templo de Dios, seduciendo a los que le adoraren “como si él fuese Cristo”... Y habiéndolo devastado todo este Contracristo, reinando en el mundo tres años y medio y sentándose en el templo solimitano, entonces vendrá el Señor de entre las nubes y en la gloria de su Padre; y al otro y a los que le obedecen arrojará al estanque ardiente; y llevará a los justos al Tiempo del Reino, es decir, del Descanso, al Séptimo Santificado Día»... (ibid. 25, 27, 30).

También San Agustín dividió la historia del mundo en siete períodos. El primero es el que va de Adán hasta Noé, el segundo de Noé hasta Abraham, el tercero de Abraham hasta David, el cuarto de David hasta la deportación a Babilonia, el quinto de la deportación a Babilonia hasta la llegada de Cristo nuestro Señor. Con la venida de Cristo comienza el sexto período, que es aquel en que estamos. Y así como el hombre fue hecho a imagen de Dios en el sexto día (cf. Gen 1, 26), de manera semejante en este tiempo, que es el sexto del gran ciclo histórico, nos regeneramos por el bautismo, recibiendo la semejanza de nuestro Modelador. Cuando pasare el sexto día, vendrá el descanso sabático para los santos y justos de Dios. Después del séptimo, iremos al reposo final, retornando al origen. «Pues así como pasados los siete días se llega al octavo que es a la vez el primero, así terminadas y cumplidas las siete edades de este ciclo fugitivo, volvemos a aquella felicidad inmortal de la cual decayó el hombre» (Sermo 259: PL 38, 1197).

b. Tipos de Milenismo

Abundemos un tanto en este asunto. Tres son los tipos de milenismo que ha conocido la historia, escribe Castellani.

Ante todo el milenismo craso  o carnal, que designa una tendencia poco menos que novelesca de los primeros siglos, según la cual Cristo triunfaría en esta tierra de una manera temporal y mundana, con un cortejo de satisfacciones, revanchas y deleites groseros para los resucitados. Se la atribuye originalmente a Cerinto, contemporáneo de los Apóstoles, que nació en Egipto, de padres judíos. Imbuido en la filosofía alejandrina, abrazó el cristianismo, conservando al parecer elementos judaicos. Dicho personaje, cuya herejía recibió el nombre técnico de «quiliasmo», imaginó para los justos, después de la resurrección primera en esta tierra, una vida jubilosa por muchos siglos, retomando viejas costumbres del Antiguo Testamento, como la circuncisión imperada por la Ley de Moisés; de las colinas fluirían leche y miel, habría grandes banquetes y festichongas, entendiéndose a la letra lo que se encuentra en diversos lugares de la Escritura, y ello a modo de compensación por lo sufrido antes del milenio. Algo semejante sostuvieron los llamados «ebionitas», que si bien adherían al cristianismo, conservaban también la ley de Moisés; Cristo, al venir, restauraría el Templo y restablecería los sacrificios judaicos, siguiéndose mil años de delicias.

El segundo tipo de milenismo es el espiritual, que no promete a los justos resucitados ni bodas ni francachelas, ni nada de lo que ha perimido en la ley mosaica, entendiendo que lo que la Escritura, con tropos e imágenes orientales, promete de felicidad en la Nueva Jerusalén ha de entenderse simbólicamente. Será preciso atenerse a lo esencial: un Milenio ha sido preanunciado, dicho período aún no ha tenido lugar, en qué consiste a punto fijo no lo sabemos; cuando se dé, lo sabremos.

Durante el período patrístico, muchos herejes sostuvieron el milenismo craso. Dicho milenismo se hizo especialmente peligroso en el siglo IV, por lo que fue duramente atacado por San Jerónimo y por el mismo San Agustín. Éste había sido primero milenista, pero después, por influjo de San Jerónimo, que le advirtió de los riesgos muy reales entonces del quiliasmo, propuso una interpretación más benigna, orientada principalmente a impugnar los abusos del milenismo carnal. En cuanto al milenismo espiritual, fue defendido por casi todos los Padres de los primeros siglos, así como por varios destacados teólogos a lo largo de la historia.

La tercera clase de milenismo es el alegorista, cuyos fautores sostienen que el Milenio no es sino este tiempo en que vivimos, es decir, todo «el tiempo de la Iglesia», desde la Ascensión de Cristo hasta el fin del mundo. Según sus sostenedores, el capítulo 20 del Apocalipsis debe entenderse como una «alegoría» de la actual vida de la Iglesia, excepto tres versículos, del 7 al 10, que ésos sí se refieren literalmente al fin del mundo. De donde no hay «resurrección primera y segunda», como dice el texto, sino una sola, la terminal. Algunos intérpretes de esta escuela afirman que el Milenio ya pasó, correspondiendo al tiempo de la Cristiandad, que comenzó en Carlomagno y terminó en 1789; ahora, tras el Milenio, el demonio estaría desatado, como parece indicarlo la oración a San Miguel Arcángel que León XIII imperó se rezase al término de la Misa.

Pregúntase Castellani por qué será que se fue virando de una inteligencia literal-simbólica, como él la llama, a una inteligencia de tipo alegorizante, que es la que hoy prevalece mayoritariamente. Lo explica diciendo que durante la época de las persecuciones, los cristianos vivieron acorralados en el Imperio, sin ninguna salida a la vista. La Parusía significaba la victoria sobre la persecución, y por eso el Apocalipsis se volvió de actualidad. Tras la conversión de Constantino, la situación cambió sustancialmente. Las iglesias están llenas, exclamaba eufórico San Agustín, cuyo viraje interpretativo fue seguido por gran parte de la exégesis medieval, que poco pensó en la Parusía. Ocupados en edificar la Cristiandad, no tenían prisa en profetizar sobre su fin. Sin embargo también entonces se hubiera podido aplicar la clave typo-antitypo. El typo de las profecías mesiánicas era precisamente ese mundo nuevo que se estaba gestando, ese triunfo de Cristo, también temporal, lo que implicaba enseñar, edificar, ordenar, más que consolar. Pero dicho «typo» sólo habría alcanzado su inteligibilidad total si hubiese sido visto a la luz del Milenio, su «antitypo», lo que no sucedió.

Hoy los tiempos han cambiado y se han vuelto de nuevo duros, persecutorios y apocalípticos, por lo que se torna una vez más al tema olvidado. De donde concluye Castellani: «La exégesis del Apocalipsis tiene dos polos, que son el typo y el antitypo de la profecía. De la ocupación intensa en el antitypo, que es el Reino de Cristo después de su Segunda Venida, ella osciló fuertemente hacia el typo, que es el Reino después de la Primera Venida; reino espiritual, invisible y lleno de cizañas; para volver de nuevo a su objeto principal, el propio y más importante, que responde al sentido literal; sin el cual es vicioso el sentido moral y alegórico».

Nuestro autor no ignora todas las alergias que hoy suscita el tema del Milenio. Él lo cree plenamente coherente con la doctrina de la Iglesia. El milenismo espiritual no ha sido jamás condenado por la Iglesia, ni lo será nunca, sostiene, por la simple razón de que la Iglesia no podría condenar a la mayoría de los Santos Padres de los cinco primeros siglos, entre ellos a los más grandes.

Es cierto que hace varias décadas el Santo Oficio dio a conocer sobre este asunto dos decretos disciplinares para América del Sur, donde se prohibía la enseñanza del «milenarismo mitigado». En el primero de ellos, de 1941, se definía claramente en qué consiste dicho tipo de milenarismo, a saber, «el de los que enseñan que antes del juicio final, con previa o sin previa resurrección de justos, Cristo volvería a la tierra a reinar corporalmente». En 1944 apareció el segundo decreto, de índole aclaratoria, donde en vez de «corporalmente» se pone «visiblemente», ya que el primer adverbio resultaba inadecuado si se aplicaba a la época de la Iglesia en la tierra, donde Cristo está siempre «corporalmente» en el Santísimo Sacramento. Lo que está prohibido, sostiene Castellani, es enseñar «que Cristo reinará visiblemente desde un trono en Jerusalén sobre todas las naciones; presumiblemente con su Ministro de Agricultura, de Trabajo y Previsión y hasta de Guerra si se ofrece». Lo cual, obviamente, ningún Santo Padre o teólogo serio sostiene.

c. El Reino de Cristo

Cristo, pues, retornará del cielo, hará su Parusía, su Última Venida, en gloria y majestad. ¿Con qué fin? Para reinar y juzgar, juntamente con los suyos: «Luego vi unos tronos y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar..., revivieron y reinaron con Cristo mil años» (Ap 20, 4). Dijimos hace poco que las palabras «reinar» y «juzgar» son casi sinónimos en la Escritura, dado que los reyes antiguos eran «los jueces» que «daban a cada uno lo suyo», en lo cual consiste esencialmente la virtud de la justicia. El Reino de Cristo es denominado con propiedad Juicio, dice Castellani, pues en su inicio acaecerá el juicio y castigo del Anticristo y de todos sus secuaces, así como se otorgará el premio de la resurrección primera a los mártires o a todos los justos en general. En este mismo sentido escribió San Pablo a Timoteo: «Te conjuro delante de Dios y de Jesucristo, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Venida y por su Reino»... (2 Tim 4, 1), de donde se deduce que por su Advenimiento y por su Reino se llevará a cabo el Juicio de vivos y muertos. La Resurrección  general y el Juicio Final no serán sino el acto conclusivo y consumante de dicho Reino. Por eso rectamente en el Credo se lo profesa a su término.

¿Cómo será el Reino milenario de Cristo? Sólo podemos barruntarlo. Sabemos de cierto que la Iglesia no cambiará sustancialmente, ni en su régimen, ni en su doctrina, ni en los sacramentos, si bien alcanzará en todo ello sublime perfección.

Será un Reino verdaderamente universal, cumpliéndose así las profecías veterotestamentarias: «A él se le dio el poder, la gloria y el reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán» (Dan 7, 14); «le adorarán todos los reyes de la tierra, todas las naciones le servirán» (Ps 71, 11). Será un Reino de justicia y de paz (cf. Is 60, 18; 32, 17; Ps 71, 3). Será un Reino de prosperidad, consecuencia de la paz y la justicia (cf. Ez 34, 26-27; Os 2, 23-24; Am 9, 13). Será sobre todo un Reino de amor, en que Dios se mostrará especialmente afectuoso con los hombres (cf. Is 66, 12-13).

La sede del Reino será en aquellos días Jerusalén. En la Sagrada Escritura, y particularmente en los Evangelios, la «Ciudad del Gran Rey» es Jerusalén (cf. Mt 5, 35). Actualmente no lo es, por la infidelidad del pueblo elegido; pero quitada ésta, y si el Gran Rey o su representante deben reinar un día sobre la tierra, nada impide que se alleguen a su Ciudad propia, y ello tanto más cuanto en aquel tiempo la mejor y más ardorosa porción de sus súbditos serán los israelitas. Varios profetas parecen refrendar esta idea (cf. por ej. Jer 3, 17; Joel 4, 21; Is 49, 17 ss.; Is 54, 2-17). La Jerusalén futura será, pues, la sede del Reino de Cristo, y por tanto también de la Iglesia, renovada por su Segunda Venida.

Todos los milenistas suponen que habrá cierta comunicación entre los viadores y los santos, entre la tierra y el cielo, de donde se derivarán muchos bienes. ¿En qué forma será ello? Quizás el estilo del trato que había entre Cristo glorificado y sus apóstoles en los cuarenta días que precedieron a la Ascensión del Señor, esbozo de estado glorioso de los Mil años. Posiblemente Cristo, la Santísima Virgen y los santos se aparecerán a los hombres, o al menos a algunos de ellos, de manera más frecuente que ahora...

Cerremos este espinoso asunto del milenismo. En Su Majestad Dulcinea  señala Castellani que el problema es si Cristo ha de volver a consumar su Reino antes del fin del mundo o juntamente con el fin del mundo. Si la Parusía, el Reino de Dios, el Juicio Final y el Fin del Mundo, son cosas simultáneas, es muy probable que antes de esa consumación alboree en la historia un gran triunfo de la Iglesia y un período de oro para el cristianismo, el último período, por cierto, donde se acaben de cumplir las profecías, sobre todo la de la conversión del Pueblo Judío y la unidad de todos en un Único Rebaño bajo un Solo Pastor. Dicho período no podrá ser largo, durando quizás el tiempo de una vida humana. Después volverán a desatarse las tremendas fuerzas demoníacas previas al Triunfo Final de Cristo.

Pero si Cristo ha de venir antes, a vencer al Anticristo, y a reinar por un tiempo en la tierra; es decir, si la Parusía y el Juicio Final no coinciden, sino que son dos sucesos separados, según lo sostienen los Padres más antiguos, entonces no hay que esperar aquel próximo triunfo temporal de la Iglesia. La persecución se irá haciendo cada vez más intensa, casi insoportable, debiendo ser abreviada por la Segunda Venida de Cristo, que inaugurará un largo período de gloria y de paz.

Como resulta obvio, nuestro autor se inclina decididamente por la segunda variante, si bien lo hace con modestia: «Nosotros realmente no sabemos si el milenarismo es dogmáticamente o apodícticamente verdadero; ni tampoco lo contrario. Sabemos que es por lo menos una hipótesis (digamos) científica que nos satisface más; y que no se combate con insultos y con espantajos, sino con razones... Podemos, si no enseñarlo en cualquiera de sus formas, al menos tenerlo en cuenta en su forma espiritual más sesuda como una interpretación posible, no condenada», y hasta recomendada, como dijo San Jerónimo, a pesar de ser antimilenista, «por innumerables santos y mártires de ambas Iglesias latina y griega».