15 de
agosto, solemnidad
Entrada: «Una señal grandiosa apareció en el cielo: una Mujer con el sol por vestido,
la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas» (Ap 12,1). O
: «Alegrémonos todos en el Señor al
celebrar este día de fiesta en honor de la Virgen María: de su Asunción, se
alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios».
Colecta (como la oración del ofertorio y la postcomunión, procede del Misal
anterior, desde 1950): «Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y
alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos,
te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a
participar con ella de su misma gloria
en el cielo».
Ofertorio: «Llegue a tu presencia, Señor, nuestra humilde oblación, y por la
intercesión de la Santísima Virgen María, que ha subido a los cielos, haz que
nuestros corazones, abrasados en tu amor, vivan siempre orientados hacia ti».
Comunión: «Me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho
obras grandes por mí» (Lc 1,48-49).
Postcomunión: «Después de recibir los sacramentos que nos salvan, te rogamos,
Señor, que, por intercesión de la Virgen María, que ha subido a los cielos,
lleguemos a la gloria de la resurrección».
En la
Virgen María, asunta en cuerpo y alma a los cielos, se ha consumado plenamente
el misterio Pascual de Cristo. Ella nos ha precedido en el tiempo como índice
de la capacidad regenerante y glorificadora de la obra de Cristo sobre la
naturaleza humana.
Apocalipsis
11,19.12,1-6.10: Una Mujer vestida de sol, la luna por pedestal. María,
Arca Nueva y Viva de la Nueva Alianza, realizadora de la presencia del Emmanuel
en medio de su pueblo y entronizada, al fin, en la bienaventuranza. Ella es el
signo plenamente logrado de la obra redentora de Cristo. Comenta San Germán de
Constantinopla:
«Ya que
por medio de ti, oh santísima Madre de Dios, han cobrado esplendor los cielos y
la tierra, ¿acaso es posible que, con tu tránsito, dejas a los hombres privados
de tu asistencia? En modo alguno podemos pensarlo. Puesto que cuando habitabas
en el mundo no eras ajena a las costumbres celestiales, de igual modo,
después de haber emigrado de entre
nosotros, no te has distanciado en espíritu del tenor de vida de los seres
humanos» (Homilía 1 sobre la Dormición, 13, 109-110).
Con el Salmo
44 proclamamos: «De pie a tu derecha está la Reina enjoyada con oro de
Ofir... Prendado está el Rey de tu belleza... Las traen entre alegría y
algazara, van entrando en el palacio real»...
1
Corintios 15,20-26: Primero resucita Cristo, como primicia, después
todos los cristianos. La Asunción plena de María en cuerpo y alma a los
cielos, triunfo pleno de la obra de Cristo en Ella, es también un índice
consumado de nuestra vocación de resucitados para Cristo y para la eternidad.
Comenta Modesto de Jerusalén:
«Finalmente,
tal como correspondía a la gloriosísima Madre de Aquel que es dador de vida y
de inmortalidad, le fue concedida la vida eterna y la participación en la
incorruptibilidad de su Hijo: Cristo, en efecto, nuestro Dios y Salvador, la
resucitó de la muerte, haciéndola subir del sepulcro y la elevó junto a Sí en
los cielos del modo que solo Él conoce» (Sermón sobre la Dormición 14).
Lucas
1,39-56: El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: enaltece a los
humildes. Grandes son las prerrogativas de la Virgen María, sobre todo su
Maternidad divina, con todo lo que antecede y sigue a la misma. Escribe Antíoco
Estratagio:
«Desde el
tiempo en que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, gracias a su bondad
para con nosotros, se dignó aparecer en el mundo, naciendo de la santa e
inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, nos ha concedido el don de la
fortaleza necesaria para combatir al diablo, a fin de que, para quien lo desea,
resulte más fácil alcanzar la virtud de la virginidad a pesar de que su práctica
sea ardua y laboriosa.
«A los
que de veras aman a Dios se les otorga un feliz resultado y unos dones aún
mayores, de acuerdo con su promesa. Nadie, sin embargo, puede alcanzar una
virtud tan excelsa, si no tiene amor y si no posee la humildad debida, como lo
atestigua Aquella que es totalmente inmaculada, la siempre alabada y
gloriosísima Madre de Dios, al entonar su cántico de alabanza en el que dice:
mi alma engrandece al Señor» (Homilía 21).
1 de Noviembre,
solemnidad
Entrada: «Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día en honor de
todos los Santos. Los ángeles se alegran en esta solemnidad y alaban a una al
Hijos de Dios».
Colecta (del Misal anterior): «Dios todopoderoso y eterno, que nos has
otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los Santos,
concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu
misericordia y tu perdón».
Ofertorio (tomada del Misal de París de 1738): «Dígnate aceptar, Señor, las ofrendas
que te presentamos en honor de todos los Santos, y haz que sintamos interceder
por nuestra salvación a todos aquellos que ya gozan de la gloria de la
inmortalidad».
Comunión: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de
Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el
reino de los cielos» (Mt 5,8-10).
Postcomunión (del Misal de París de 1738): «Señor, te proclamemos admirable y el
solo Santo entre todos los Santos; por eso imploramos de tu misericordia que,
realizando nuestra santidad por la participación en la plenitud de tu amor,
pasemos de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los
cielos».
Hoy la
Iglesia en su liturgia nos presenta un cuadro plástico de lo mejor de la
humanidad redimida por Cristo: la Iglesia triunfante ya en la Jerusalén
celeste. Son los Santos de todos los tiempos. También los Santos que solo Dios
conoce. De ellos, algunos han sido proclamados oficialmente por la Iglesia y se
les da culto; otros, la mayoría, nos son desconocidos, pero santos también y
por eso hoy los veneramos a todos en una misma solemnidad. Son un ejemplo para
nosotros y nuestros intercesores.
Apocalipsis
7,2-4.9-14: Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda
nación, razas, pueblos y lenguas. El destino eterno del hombre se libra a
diario en la vida temporal, cualquiera que sea su raza, la condición y estado
de cada hombre.
1
Juan 3,1-3: Veremos a Dios tal cual es. La santidad cristiana es
siempre una iniciativa del de Amor de Dios sobre el hombre, aunque queda bajo
la responsabilidad de los propios hombres el secundar esa iniciativa y esa
elección, respondiendo con amorosa conciencia de hijos de Dios.
Mateo
5,1-12: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande
en el cielo. Las bienaventuranzas evangélicas son el camino auténtico que
Cristo nos ha garantizado con su vida y con su gracia para la santidad
cristiana. Son la semblanza modélica del propio Corazón de Jesucristo.
La
voluntad de Dios es nuestra
santificación. «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt
5,48). Dice San Agustín:
A Cristo
«lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta
la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no solo ellos. El
puente no se ha derrumbado después de haber pasados ellos; la fuente no se ha
secado después de haber bebido ellos. Tenedlo presente, hermanos: en el huerto
del Señor no solo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las
vírgenes, y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas.
Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desestimar su
vocación; Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de Él:
Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad» (Sermón 304).
Y San
Cipriano:
«Pedimos y rogamos que nosotros que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial» (Tratado sobre la oración 11-12).
Solemnidad
de Jesucristo,
Rey del universo
Domingo de la
Semana 34
La larga
serie de los Domingos del Tiempo Ordinario, y todo el Año litúrgico, se concluye
con la grandiosa solemnidad de Cristo Rey.
Entrada: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la
sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. A Él la gloria y el
poder, por los siglos de los siglos» (Apoc 5,12.16).
Colecta (de nueva composición): «Dios todopoderoso y eterno, que quisiste
fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, haz que toda la
creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te
glorifique sin fin».
Ofertorio
(del Misal anterior): «Te ofrecemos, Señor, el sacrificio
de la reconciliación de los hombres, pidiéndote humildemente que tu Hijo
conceda a todos los pueblos el don de la paz y de la unidad».
Prefacio: (del Misal anterior): «Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del
Universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de
alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora
en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana; y, sometiendo
a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno
y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la
gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz».
Comunión: «El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo
con la paz» (Sal 28,10-11).
Postcomunión (de nueva composición): «Después de recibir el alimento de la
inmortalidad, te pedimos, Señor, que quienes nos gloriamos de obedecer los
mandatos de Cristo, Rey del Universo, podamos vivir eternamente con él en el
Reino del cielo».
Ciclo A
El
Evangelio nos presenta a Cristo en el juicio final separando las ovejas de las
cabras. Las primeras a la derecha y las segundas a la izquierda. Esto ha motivado
la elección del pasaje de Ezequiel sobre Dios Pastor que juzga a su rebaño. La
segunda lectura nos habla de Cristo que devuelve a Dios Padre su Reino.
El reino
de Cristo no es de este mundo (Jn 18, 36), pero se inicia o se rechaza aquí,
cuando por la fe o la incredulidad aceptamos o rechazamos su mensaje de
salvación.
Ezequiel
34,11-12.15-17: A vosotros, ovejas mías, os voy a juzgar. La Realeza
mesiánica del Corazón de Jesucristo, en su etapa de encarnación y de
humillación redentora, se realizó por vía de amor y de sacrificio; como Buen
Pastor, que dio su vida por sus ovejas (Jn 10,11). El juicio del Señor se hará
sobre los delitos, injusticia y opresión con respecto a las ovejas pobres y
débiles por parte de las más fuertes y poderosas. Hacer justicia equivale a
salvar las más débiles de la opresión por parte de las más poderosas. El Señor
asume la defensa de estas ovejas humildes, rectifica lo tortuoso, asegurando la
salvación.
Consiguientemente
se toma como canto responsorial el Salmo 22: «El Señor es mi Pastor,
nada me puede faltar, en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia
fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el
honor de su nombres. Prepara una mesa ante mí, en frente de mis enemigos, me
unge la cabeza con perfume y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me
acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la Casa del Señor por años
sin términos».
1
Corintios 15,20-26.28: Devolverá el Reino a Dios Padre, para que Dios
sea todo en todos. Con su sacrificio salvador nos brindó Jesús la
posibilidad de librarnos de nuestros pecados y de sus degradantes
consecuencias. Pío XI en la encíclica Quas primas, en la que instituyó
en 1925 la solemnidad de Cristo Rey, dice:
«Es
necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto
acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a
la doctrina de Cristo. Es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de
obedecer a las leyes y preceptos divinos. Es necesario que reine en el corazón,
el cual, posponiendo los afectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las
cosas y solo a Él estar unido. Es
necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en
frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios (Rom 6,13),
deben servir para la interna santificación del alma».
El texto
anterior de San Pablo en la Carta primera a los Corintios, en el que se
contempla el Reinado de Cristo, es ampliamente comentado por los Padres, como
puede apreciarse en la siguiente síntesis:
El Reino
de Cristo se asentará y jamás llegará a su fin (Teodoreto de Ciro), porque Él
comienza a reinar eternamente en todos los sentidos (San Jerónimo). El último
enemigo, la muerte, será destruído (San Juan Crisóstomo). El sometimiento de
Cristo al Padre significa que toda criatura aprenderá a someterse a Cristo,
quien a su vez se somete voluntariamente al Padre (Ambrosiáster).
Del mismo
modo que nosotros nos sometemos a la gloria de su Cuerpo reinante, el Señor
somete a sí mismo todas las cosas (San Hilario de Poitiers). Algunos rechazaban
el término «sometimiento» referido al Hijo, sin entender que el sometimiento
del Hijo al Padre revela la bendición de nuestra madurez espiritual (Orígenes).
Cuando las Escrituras dicen que el Hijo es menor que el Padre, se refieren a su
condición de hombre. Pero cuando señalan que es igual al Padre, se refieren a
su divinidad (San Agustín y San Gregorio Nacianceno).
El Señor
hace suyas incluso nuestras adversidades, cargando con nuestros sufrimientos
(San Basilio). Los Santos Padres trataron de responder tanto a las confusiones
de los paganos, como a las exageraciones arrianas respecto al texto paulino
aludido (Teodoreto de Ciro y Mario Victorino). San Pablo está pensando en la
dispensación divina de la Encarnación cuando dice que el Hijo, que es verdadero
Dios, se ha sometido voluntariamente al Padre (San Juan Crisóstomo). Es
necesario que Él haga su reino tan evidente, para que sus enemigos no se
atrevan a negar que Él reina (San Agustín). Cristo no deja de reinar cuando
pone a todos sus enemigos bajo sus pies (San Gregorio Nacianceno y San Cirilo
de Jerusalén).
La nueva
vida que ahora comienza por medio de la fe, proseguirá mediante la esperanza,
hasta que llegue un momento en que la muerte se vuelva victoria (San Agustín).
Cuando seamos capaces de recibir a Dios, entonces «Dios será para nosotros todo
en todas las cosas» (Orígenes). Dios será la consumación de todos nuestros
deseos (San Agustín y Orígenes). Esta es madurez hacia la cual nos apresuramos
(San Gregorio Nacianceno). Cuando todos los santos sean glorificados en el coro
de todas las virtudes, y Dios sea todo para todo el mundo (San Jerónimo y San
Agustín) (cf. La Biblia comentada por los Santos Padres, Ciudad Nueva,
Madrid 2001, pg. 230).
Mateo
25,31-46: Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros.
Sobre nuestra existencia pesa un momento decisivo: el encuentro final con
Cristo Rey, Señor de cielos y tierra. Él ha de juzgar nuestras vidas, con el
modelo de su Amor... Y de este juicio dependerá nuestra suerte eterna. San Juan
Crisóstomo dice:
«Ahora ha
venido en deshonor, en injurias e ignominias; mas entonces se sentará en el
trono de su gloria. Es que como la cruz estaba tan cerca y la cruz parecía el
suplicio más ignominioso, de ahí que trate Él de levantar a sus oyentes y les ponga ante los ojos el tribunal, y
delante del tribunal la tierra entera. Y no es éste el modo único por el que da
tono de espanto a su palabra, sino el hecho de mostrarnos vacíos los cielos.
Porque todos los ángeles -dice- vendrán en su acompañamiento, y también ellos
dará testimonio de cuanto sirvieron, enviados por el Señor, en la salvación de
los hombres. De todos modos ha de ser espantoso aquel día» (Homilía 79,1,
sobre San Mateo).
Ciclo B
El Reino
de Cristo no es de este mundo (tercera lectura). Él es el Hijo del Hombre al
que Daniel vio venir sobre las nubes investido con una realeza eterna y
universal (primera lectura). San Juan en el Apocalipsis nos presenta a Cristo
como príncipe de los reyes de la tierra (segunda lectura). Cristo es la razón
de nuestra fe, el aval de nuestra esperanza y el centro de nuestra caridad.
Coronamos el año litúrgico con una vivencia intensa del Reinado de Jesucristo.
Daniel
7,13-14: Su poder es eterno. No cesará. La investidura real del Hijo
del Hombre coronará la victoria de Dios y de su pueblo sobre las fuerzas del
mal y congregará a todos los que han vivido en la fe de Cristo. Como Israel
somos santos y reinaremos en la medida en que en que servimos a Dios. El Reino
eterno de Dios destruirá las potencias adversas que actúan mediante el imperio
del despotismos, de la agresividad, de la recíproca destrucción y de la
idolatría. La entronización del Hijo del Hombre será para todos los pueblos,
naciones y lenguas el quebrantamiento de toda esclavitud y un servicio que es
fruición del Reino divino universal de la libertad.
Con el Salmo 92 aclamamos al Señor
que reina, vestido de majestad, el Señor vestido y ceñido de poder. Así está el
orbe firme y no vacila. Su trono está
firme desde siempre y Él es eterno. Sus mandatos son fieles y seguros, la
santidad es el adorno de su casa por días sin términos.
Apocalipsis
1,5-8: El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino
y nos ha hecho sacerdotes. La humanidad entera ha quedado emplazada para la
Parusía: el retorno de Cristo Rey para juzgar a vivos y muertos. La
realidad de Cristo, expresión perfecta de la acción del Dios del universo, es
contemplada y celebrada en los momentos esenciales que abarcan el pasado, el
presente y el futuro de la historia de la salvación. La realeza de Cristo
converge hacia el Reino del Padre y en la realeza de Cristo viene realmente
hasta nosotros el Reino del Padre.
Juan
18,33-37: Tú lo dices: soy Rey. La realeza de Cristo está por encima
de los criterios y moldes humanos. Es Reino de salvación. Reino de amor. La
Cruz nos revela quién es el Padre y quién es Jesús, la comunicación
interpersonal de amor que se difunde en el hombre. En la medida en que la Cruz
es para nosotros palabra y verdad, la muerte de Cristo nos salva, la fe acoge
su acto redentor y mediante esta fe de los hombres, Cristo puede reinar en
ellos.
Testigos
de la realeza de Jesucristo vivimos en la esperanza nuestra vocación de
eternidad. Nuestro vivir de cada día no debe desmentir nuestra condición de
elegidos para el Reino del Hijo muy amado del Padre. Pero esta realeza de
Cristo hay que vivirla en la interioridad y en el amor.
Ciclo C
El
título de la Cruz: «Jesús nazareno, Rey de los judíos» (tercera lectura) evoca
la unción de David como rey de Israel. Cristo descendiente de David. Pero Jesús
es mucho más que Rey de los judíos; es, como indica San Pablo, «imagen de Dios
invisible, primogénito de toda criatura, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia y
quien hizo la paz por la sangre de su Cruz» (segunda lectura).
2
Samuel 5,1-3: Ungieron a David como rey. Históricamente David fue el
rey «según el corazón de Dios», para el pueblo de Israel. Fue, al mismo tiempo,
una figura de Cristo Rey para la humanidad rescatada. Dios, que conoce de
antemano el destino de cada hombre y pueblo, había elegido a David como jefe de
su pueblo. Samuel lo ungió rey. De pastor de ovejas pasó a ser pastor del
pueblo elegido. Cristo, más aún, será el Ungido del Señor para ser el Buen
Pastor, que conoce a sus ovejas y ella le conocen a Él. Es el Buen Pastor que va en pos de la descarriada y da su vida
por la salvación de la humanidad, a la que rescata del pecado. Es Rey de reyes
y Señor de los que dominan.
Jerusalén
es la ciudad del rey David. La Iglesia, nueva Jerusalén, es la gran familia que
salvó Cristo y reina sobre ella, por eso cantamos jubilosos con el Salmo 121:
«¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor», vamos a la Iglesia,
a la asamblea litúrgica.
Colosenses
1,12-20: El Padre nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido. La
razón suprema de la realeza del Corazón de Cristo está en su filiación divina.
Dice San Juan Crisóstomo:
«Los
beneficios recibidos son múltiples: además del propio don con el que nos
gratifica, nos da también la virtud necesaria para recibirlo... Dios no solo
nos ha honrado haciéndonos partícipes
de la herencia, sino que nos ha hecho dignos de poseerla. Es doble, pues, el
honor que recibimos de Dios: primero el puesto, y segundo el mérito de
desempeñarlo bien» (Homilía sobre Colosenses 1,12).
Y más
adelante dice él mismo:
«El Hijo
de Dios no solamente ha creado todo, sino que Él conserva todo; de modo que si
suspendiera un solo momento la acción de su voluntad soberana, todo volvería a
la misma nada de la que Él ha sacado todo lo que existe... Por la palabra
plenitud es necesario entender la divinidad de Jesucristo... La elección de
esta expresión se ha hecho para indicar mejor que la esencia misma de la
divinidad residía en Cristo» (ib. 17 y 19).
Y San
Agustín:
«La
Cabeza es nuestro mismo Salvador, que padeció bajo Poncio Pilato y ahora,
después que resucitó de entre los muertos, está sentado a la diestra
del padre. Y su Cuerpo es la Iglesia... Pues toda la Iglesia, formada por
la reunión de los fieles porque todos los fieles son miembros de Cristo,
posee a Cristo por Cabeza, que gobierna su Cuerpo desde el cielo» (Comentario
al Salmo 56,1).
Lucas
23,35-43: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Toda la
realeza salvífica del Corazón redentor de Cristo Jesús gira en torno al
Calvario. Es la realeza que nos redime con su inmolación amorosa y nos salva
con su resurrección pascual. Comenta San Agustín:
«Miremos
la Cruz de Cristo. Allí estaba Cristo y allí estaban los ladrones. La pena era
igual, pero diferente la causa. Un ladrón creyó, otro blasfemó. El Señor, como
en un tribunal, hizo de juez para ambos; al que blasfemó lo mandó al infierno;
al otro lo llevó consigo al Paraíso. Cristo en la Cruz es considerado Rey:
acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Cristo reinó desde la Cruz. La
participación en la realeza de Cristo es consustancial a la vida cristiana, con
tal que lo reconozcamos en medio de las tribulaciones, en su Cruz, como el buen
ladrón» (Sermón 335,2).
En los
tres ciclos se puede meditar también el texto siguiente de Orígenes:
«Sin
duda, cuando pedimos que el reino de Dios venga a nosotros, lo que pedimos es
que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca
fruto y se vaya perfeccionando. Efectivamente, Dios reina en cada uno de los
santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos
como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre,
y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con las palabras del
Evangelio: vendremos a él y haremos morada en él.
«Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a Él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino» (Tratado sobre la oración 25).