Semana 34
En lugar
de este último domingo del tiempo ordinario, se celebra la solemnidad de
Jesucristo, Rey del universo. Pero en las ferias de esta semana 34, se emplean
las siguientes oraciones:
Entrada: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos, y a los que se
convierten de corazón» (Sal 84,9).
Colecta: «Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo
generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad».
Ofertorio: «Recibe, Señor, estos dones sagrados que nos mandaste consagrar a tu
nombre, y para que ellos nos hagan gratos a tus ojos, concédenos obedecer
siempre tus mandatos».
Comunión: «Alabad al Señor todas las naciones, firme es su misericordia con
nosotros» (Sal 116,1-2); o bien: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los
días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Postcomunión: «Dios todopoderoso, ya que nos has alegrado con la participación en
tu sacramento, no permitas que nos separemos de ti».
Años
impares
Daniel
1,1-6.8-20: Excelencia de la ascesis cristiana. Para Daniel y los
otros jóvenes judíos que estaban con él la vida en la corte dificultaba
gravemente la fidelidad a la ley. Pero actuaron consecuentemente y Dios los
premió, pues no solo les dotó de buen aspecto, sino que los colmó de toda clase
de sabiduría, de forma que ante el rey quedaron por encima de los demás. Por
ello el ascendiente de Daniel en la corte fue extraordinario. Dios premia
siempre a quien es fiel a sus mandatos, y lo premia a veces ya en esta vida,
pero con toda certeza en la otra.
En todo
caso siempre el hombre fiel tiene la conciencia en paz, pues ha cumplido con su
deber principal, que es obedecer a Dios. La vida ascética, bien llevada, nos
conduce a los premios eternos, pero ya en esta vida los pregustamos, gozando de
una mayor libertad de espíritu, la libertad propia de los hijos de Dios.
El
cántico de los tres jóvenes, en Daniel 3, nos sirve de Salmo
responsorial: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres. Bendito tu nombre
santo y glorioso. Bendito eres en el templo de tu santa gloria, Bendito eres
sobre el trono de tu reino. Bendito eres tú que, sentado sobre querubines, sondeas
los abismos. Bendito en la bóveda del cielo». Siempre hemos de cantar himnos de
alabanza y de acción de gracias al Señor por el bien que constantemente hace a
su Iglesia y a nosotros en particular.
Años
pares
Apocalipsis
14,1-3.4b-5: Llevar en la frente el nombre de Cristo y de su Padre.
Cristo es descrito en el Apocalipsis rodeado de sus elegidos, los mártires, que
cantan un cántico nuevo. San Cesáreo de Arlés explica:
«Nosotros
entendemos aquí el nombre de Cristo y se muestra su semejanza que la Iglesia
adora en verdad: la hostilidad de los herejes [que la Iglesia sufre] es
semejante a la que sufrió Él; éstos son los que, persiguiendo espiritualmente a
Cristo, sin embargo participan en la gloria del signo de la Cruz de Cristo. Por
esto es por lo que se ha dicho que el nombre de la bestia es un número humano»
(Comentario al Apocalipsis 14).
Cantamos
con el Salmo 23: «Del Señor es
la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: Él la fundó sobre
los mares, Él la afianzó sobre los ríos. ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro
corazón, que no confía en los ídolos. Ése recibirá la bendición del Señor, le
hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que
viene a tu presencia, Dios de Jacob».
El
creyente que admira el poder, la grandeza y la sabiduría de Dios en la
creación, no puede quedar silencioso. Ha de reconocer y agradecer abiertamente
que en todas las criaturas resplandece la inmensa bondad de Dios. Ha de ver su
presencia en toda la creación, y de modo especial en los templos, que son como
recordatorios de la presencia de Dios entre los hombres, y sobre todo en el
sagrario: Cristo está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía.
Lucas
21,1-4: La generosidad de los pobres: el óbolo de la pobre viuda. La
viuda entrega de su indigencia. Suele decirse que «solo se da aquello que se
tiene»; pero ella solo posee lo que ha dado. Oigamos a San Agustín:
«Mucho abandonó
quien se despojó de la esperanza del siglo, como aquella pobre viuda, que
depositó dos ochavos en el cepillo del templo. Según el Señor nadie echó más
que ella... ¿Quién se dignó poner los ojos en ella? Sólo Aquel que al verla no
miró si la mano estaba llena o no, sino el corazón... Nadie dio tanto como la
que nada reservó para sí» (Sermón 105,A,1).
Años
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Daniel
2,31-45: Dios suscitará un Reino eterno. Interpreta Daniel el sueño
de la estatua colosal, construida con diversos materiales. Su explicación
muestra la historia como colisión de fuerzas simbolizadas en los diversos
imperios, que se oponen a la instauración del Reino por excelencia, el Reino de
Dios, el de Cristo, el de los Santos. La piedra que cae y destruye la estatua
es para algunos el monoteísmo yavista, sublimado en Cristo, opuesto a la
idolatría la estatua de los grandes imperios. Es un Reino nuevo, llamado a
extenderse rápidamente sobre toda la tierra. Por lo mismo hay que dar a esa
piedra un significado mesiánico, en su sentido pleno. Cristo es la piedra
angular, que desecharon los constructores, pero que ha venido a ser el punto
clave del Reino espiritual de Dios.
Sigue
como Salmo responsorial el cántico de los tres jóvenes, en Daniel 3: «Criaturas
todas del Señor, bendecid al Señor; ángeles del Señor, bendecid al Señor; aguas
del espacio, ejércitos del Señor, bendecid al Señor». Toda la naturaleza debe
ser un canto de alabanza al Dios providente y eterno que, no obstante haberse
manifestado a los patriarcas y profetas de Israel, sigue Altísimo y
trascendente, sentado sobre querubines, que penetra con su mirada lo más
profundo de los abismos. Su trono real es el firmamento de los cielos. Desde
allí asiste majestuoso, desplegando su providencia sobre su pueblo y sobre los
justos. Por eso toda la naturaleza, desde los ángeles hasta las bestias, y los
mismos seres inanimados, deben alabarlo sin fin. Nosotros, los hombres
cristianos, con mayor razón, pues tenemos más dones que los que recibieron los
justos en el Antiguo Testamento: tenemos a Cristo, sus sacramentos, su Iglesia
y su mensaje de santidad.
Años
pares
Apocalipsis
14,14-19: Llega la hora de la siega. Se acerca la venida gloriosa de
nuestro Señor Jesucristo, que ya en su primera venida logró la victoria sobre
las fuerzas del mal. El juicio de Dios es tan grande y perfecto, tan justo y
misericordioso, como Dios mismo. Comenta San Cesáreo de Arlés:
«Describe,
pues, a la Iglesia en su gloria, que se hace blanca especialmente después de las
llamas de la persecución. Tenía en su cabeza una corona de oro fino. Éstos son
los ancianos con las coronas de oro. Y en su mano una hoz afilada. En efecto,
esta hoz separa a los católicos de los herejes, a los santos de los pecadores,
tal como dice el Señor de los segadores. Pero hay que pensar que el segador
visto en la nube blanca es especialmente Cristo en persona. ¿Quién es el
vendimiador que viene detrás de Él, si no es el mismo Cristo, pero en su cuerpo
que es la Iglesia? Quizá no nos equivocamos si vemos en estos tres ángeles que
salieron el triple sentido de las Escrituras: histórico, moral y espiritual;
pero en cuanto a la hoz hay desacuerdo. Y arrojó al grande en el lagar de la
cólera de Dios. No en el gran lagar, sino que Él arroja al mismo grande en el
lagar, es decir, a todo orgulloso» (Comentario al Apocalipsis 14,14-19).
Con el Salmo
95 aclamamos al Señor, que llega a regir la tierra. «Decid a los pueblos:
el Señor es Rey, Él afianzó el orbe y no se moverá; Él gobierna a los pueblos
rectamente. Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo
llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del
bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra, regirá el
orbe con justicia y los pueblos con fidelidad». En nuestro Señor Jesucristo
confiamos, pues a Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra»
(Mt 28,18). Nos abandonamos a su inmensa misericordia y bondad.
Lucas
21,5-11: No quedará piedra sobre piedra. Jesús anuncia la destrucción
del templo de Jerusalén. Comenta San Ambrosio:
«Existe,
sin embargo, otro templo, construido con piedras preciosas y adornado con
ofrendas... Él hace referencia a la sinagoga de los judíos, cuya vieja
construcción se disolvió cuando surgió la Iglesia. Pero en verdad, también en
cada hombre existe un templo, que se derrumba cuando falla la fe y,
especialmente, cuando se lleva hipócrita-mente el nombre de Cristo, sin que un
afecto interior corresponda a tal nombre.
«Quizás
sea ésta la exposición que mayores bienes me reporta a mí. Porque, ¿de qué me
sirve saber el día del juicio? Y puesto que tengo conciencia de tantos pecados,
¿de qué me aprovecha el que Dios venga si no viene a mi alma ni a mi espíritu,
si no vive en mí Cristo, ni Él habla en mí? Por esta razón Cristo debe venir a
mí, su venida tiene que llevarse a cabo en mi persona. La segunda venida del
Señor tendrá lugar al fin del mundo, cuando podamos decir: el mundo está
crucificado para mí y yo para el mundo (Gal 6,14) (Tratado Sobre el Evangelio
de San Lucas lib.X, 6 y 7).
Años impares
Daniel
5,1-6.13-14.16-17.23-28: Aparecieron unos dedos de mano escribiendo en
el muro. El banquete de Baltasar le ofrece a Daniel una nueva oportunidad
de mostrar su sabiduría, al descifrar la inscripción. El relato intenta
convencer a los judíos y a nosotros de que los acontecimientos de la historia
de los hombres son otros tantos eslabones, encadenados entre sí, que aceleran
la llegada del fin. Existe, por tanto, una estrecha conexión entre la historia
de los hombres y el designio de la salvación de Dios. La religión de los
adivinos de Baltasar es incapaz de conocer el sentido y la finalidad de la
historia, porque el dios que ellos adoran es caduco, no existe. Nadie puede
competir con Dios, ni en ciencia ni en poder, y, sobre todo, nadie puede
impunemente ofenderlo con actos sacrílegos.
Sigue
como canto responsorial Daniel 3, es decir, la alabanza a Dios de
los tres jóvenes en el horno: «Sol y luna bendecid al Señor. Astros del cielo,
lluvia y rocío, vientos todos, fuego y calor, fríos y heladas... bendecid al
Señor». Él es digno de nuestras aclamaciones por las innumerables maravillas
que ha realizado en la historia de la salvación, en nuestra historia presente,
en nuestra propia alma, con infinita misericordia. Por eso merece toda nuestra
correspondencia en el amor.
Años
pares
Apocalipisis
15,1-4: Cantaban el cántico de Moisés, el cántico del Cordero. Como
los israelitas cantaron a Dios después de cruzar el mar Rojo, así también
cantan los que han vencido en este mundo a la Bestia y han llegado al cielo. La
Bestia es el enemigo sobre el que ellos han triunfado por el poder de Cristo. Y
sus fieles, en el cielo, recordando sus pasadas calamidades, cantan gozosos un
cántico de victoria, un himno de acción de gracias. Este canto es un eco de
otras alabanzas que se encuentran en el Antiguo Testamento, en las que se canta
la grandeza y santidad del Creador del mundo, así como la justicia omnipotente
del Señor, que tiene en sus manos las riendas de la historia. Dice San Cesáreo
de Arlés:
«Es el
canto de uno y otro Testamento, que cantan éstos de los que acabamos de
hablar... El templo, ya lo hemos dicho, significa la Iglesia» (Comentario al
Apocalipsis 15,3).
Unidos
a ellos cantamos también nosotros con el Salmo 97: «Grandes y admirables
son tus obras, Señor, Dios soberano de todo. Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.
El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó
de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. Retumbe el mar
y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen
los montes. Ante el Señor que llega para regir la tierra. Regirá el orbe con
justicia y los pueblos con rectitud».
Lucas
21,12-19: Todos os odiarán por causa de mi nombre, pero ni un cabello de
vuestra cabeza perecerá. En las persecuciones que sufrimos, de tal modo se
cumplen las palabras de Cristo, que aquellas no destruyen nuestra esperanza,
sino que la confirman.
El final
de los tiempos vendrá precedido de una persecución violenta contra los
discípulos de Jesús. Pero éstos recibirán del mismo Cristo una forma de
expresarse y una sabiduría tales, que serán capaces de resistir hasta el
martirio. Con su perseverancia salvarán sus almas. Comenta San Agustín:
«El que
nos creó nos dio garantías aun sobre nuestros propios cabellos. Si Dios cuenta
nuestros cabellos, ¡cuánto más contará nuestras costumbres! Ved que Dios no
desprecia ni siquiera vuestras cosas más insignificantes. Si las despreciara,
no las crearía. En efecto, Él creó nuestros cabellos, que tiene contados...
¿Por qué, pues, temes a un hombre, tú, hombre que te hallas en el seno de Dios?
Procura no salir de tal seno. Cualquier cosa que sufras allí dentro te servirá
de salvación, no de perdición» (Sermón 62,15).
Años
impares
Daniel
6,11-27: Dios envió a su ángel a cerrar las fauces de los leones. Daniel es condenado a ser arrojado vivo en el foso de los
leones, pues a pesar de la prohibición real, tres veces al día, según la santa
costumbre de Israel, eleva su oración al único Dios vivo y verdadero. Es
preservado maravillosamente por el Señor, y el rey entonces proclama su fe en
el verdadero Dios. La lectura de hoy señala la necesidad de la oración, su
grandiosa eficacia, y el valor de su fiel asiduidad, cuando se eleva en los
tres momentos tradicionales del sacrificio del templo. Una vez más comprobamos
que la providencia de Dios está sobre todas las vicisitudes de la vida y, sobre
todo, que nunca ha quedado desmentida la protección solícita con que guarda a
sus siervos fieles.
Con
textos de Daniel 3 unimos de nuevo nuestra oración a la de los tres jóvenes:
«Rocíos y nevadas, témpano y hielos, escarchas y nieves, noche y día, luz y
tinieblas, rayos y nubes... bendecid al Señor. Bendiga la tierra al Señor».
Sigamos también nosotros alabando al Señor por sus innumerables beneficios.
Escribe San Bernardo:
«A quien
humildemente se reconoce obligado y agradecido por los beneficios, con razón se
le prometen muchos más. Pues el que se muestra fiel en lo poco, con justo
derecho será constituído sobre los muchos; así como, por el contrario, se hace
indigno de nuevos favores quien es ingrato a los que ha recibido antes» (Sermón
sobre el Salmo 50).
Años
pares
Apocalipsis
18,1-2.21-2319,1-3,9: Ha caído Babilonia, la gran ciudad. Los elegidos
entonan en el cielo un cántico eterno. Babilonia, símbolo del imperio
mundano hostil al Reino, está condenada a la destrucción. Y el Señor se
mantiene fiel a sus designios de salvación sobre los hombres. Escribe San
Cesáreo de Arlés:
«¿Es que
las ruinas de una sola ciudad pueden contener todos los espíritus impuros y
todo pájaro impuro, o aquel tiempo en que la misma ciudad cayese, el mundo
entero sería abandonado a los espíritus y a los pájaros impuros y éstos habitarán en las ruinas de una sola ciudad?
No existe ciudad alguna que solo contenga almas impuras, a no ser la ciudad del
diablo, en la cual habita toda impureza en los hombres malos de toda la tierra.
Los reyes que dijo que perseguían a Jerusalén son los hombres malos que
persiguen a la Iglesia.
«Cada vez
que oís nombrar a Babilonia, hermanos queridísimos, no entendáis una ciudad
construída con piedras, porque Babilonia significa confusión, como se ha
repetido varias veces; pero reconoced que con este nombre se designa a los
hombres soberbios, ladrones, lujuriosos e impíos, recalcitrantes en sus
pecados; por el contrario, cada vez que vosotros oyéseis el nombre de
Jerusalén, que quiere decir visión de paz, entended por ella los hombres santos
que pertenecen a Dios» (Comentario al Apocalipsis 18,1-3).
Con el Salmo
99 aclamamos al Señor y convocamos la tierra entera a «servir al Señor con
alegría, a entrar en su presencia con vítores. Pues el Señor es Dios. Él nos
hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. Entremos por sus puertas
con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo
su nombre. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas
las edades». Correspondámosle con todo nuestro amor, asociémonos a la liturgia
de los ángeles y santos. Cantemos jubilosos los salmos en nuestra liturgia
cristiana, en la que hemos de participar con mente y corazón.
Lucas
21,20-28: Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los
gentiles les llegue su hora. La profecía relativa al final de los tiempos
augura primero el cerco de la ciudad santa por obra de los poderes paganos.
Luego llegará la hora de los gentiles, en la que se desencadenará la
persecución contra la Iglesia. Pero el triunfo es de Cristo y de su Iglesia. La
misma historia de la Iglesia nos conforta en esta esperanza: ella sigue en pie
y permanece, mientras que sus perseguidores perecieron y pasaron. Comenta San
Ambrosio:
«De
hecho, Jerusalén fue asediada y tomada por los ejércitos romanos, y por eso los
judíos creyeron que se había cumplido entonces la abominación de la
desolación (Mt 24,75; Dan 9,27), ya que los romanos arrojaron al templo la
cabeza de un puerco, mofándose de las observancias rituales de los judíos. De
ahí algo que yo no diría ni siquiera en estado de delirio. Y es que la abominación
de la desolación es el execrable acontecimiento propio del anticristo, puesto
que él, con sus funestos sacrilegios, mancha el santuario de las almas y,
sentado, como sigue la narración en el templo, se quiere apropiar del trono del
Dios onmipotente.
«Y en un
sentido espiritual se nos previene muy atinadamente que debemos estar
preparados, ya que él [el anticristo] desea poner la marca de su perfidia sobre
el corazón de cada uno, y, falsificando las Escrituras, quiere hacer ver a
través de éstas que él es Cristo. Y entonces es cuando llegará la desolación,
puesto que muchos, cayendo en el error, se separarán de la verdadera religión»
(Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.X, 15 y 16).
Años
impares
Daniel
7,2-14: Vi venir una especie de hombre entre las nubes del cielo.
Las cuatro bestias simbolizan cuatro reinos o colectividades nacionales que se
oponen al reino de los santos. Se anuncia el fin próximo de los grandes
imperios terrestres, el último de los cuales, en particular, somete a una cruel
tiranía al pueblo elegido, y se suscita la confianza de un Reino de Dios
próximo, gracias a la misericordia de un Hijo del Hombre y del pueblo de los
santos. Cristo se apropió de este título de «Hijo del Hombre» en su
predicación, y aludió a su final aparición solemne en las nubes del cielo (Mt
16, 27; 24,10; 26,64; Mc 13,26; Lc 21,27; Ap 1,7; 14,14).
Seguimos
con el cántico de los tres jóvenes, de Daniel 3: Montes y cumbres,
cuanto germina en la tierra, manantiales, mares y ríos, cetáceos y peces, aves
del cielo, fieras y ganados... bendecid al Señor. Evoquemos cuanto se ha dicho
sobre la alabanza divina y acción de gracias, y vivamos lo que describe
Casiano:
«Cuando
el alma recuerda los beneficios que antaño recibió de Dios y considera aquellas
gracias de que le colma en el presente, cuando dirige su mirada hacia el
porvenir sobre la infinita recompensa que prepara el Señor a quienes le aman,
le da gracias en medio de indecibles transportes de alegría» (Colaciones
9).
Años
pares
Apocalipsis
20,1-4.1121,2: Los muertos fueron juzgados según sus obras. Vi la nueva
Jerusalén que descendía del cielo. Después de la victoria de Dios sobre los
espíritus del mal, se hace alusión al juicio final, y aparecen los mártires
como asesores de Cristo Juez. Luego, con el cielo nuevo y la tierra nueva,
estalla la alegría eterna del universo renovado. El Apocalipsis anuncia para
entonces mil años de perfecto reinado de Cristo. Y San Cesáreo de Arlés
comenta:
«Estos
mil años deben ser comprendidos como
los años que van desde la venida de Nuestro Señor. Durante estos años el Señor
prohibe al diablo que extravíe a los pueblos que están destinados a la vida
eterna, para que puedan reconciliarse con Dios aquellos a los que antes había
extraviado... Solamente los soberbios e impíos serán seducidos, pero los
humildes y verdaderos cristianos no serán seducidos. Muchos son los llamados,
pero pocos los escogidos (Mt 20,16)... Por falsos profetas se entiende a los
herejes o los falsos cristianos.
En verdad, después del tiempo en que el
Señor ha sufrido, la Bestia y los falsos profetas mueren y son enviados al
fuego hasta que se cumplan los mil años desde la venida del Señor... La nueva
Jerusalén... Ha dicho todo esto a propósito de la gloria que la Iglesia tendrá
después de la resurrección» (Comentario al Apocalipsis 20-21).
Con el Salmo
83 decimos: «Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y
mi carne retozan por el Dios vivo»... Anhelemos los altares del Señor de los
ejércitos, nuestro Rey y nuestro Dios. Dichosos los que viven en su casa,
alabándolo siempre. Dichosos los que encuentran en Él su fuerza y caminan de
baluarte en baluarte. Confiando en el Amor que el Señor nos tiene, no hemos de
temer nada, si también nosotros hemos correspondido con gran amor al que el
Señor nos tiene.
Lucas
21,29-33: Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el
Reino de Dios. La caída de Jerusalén fue un gran impulso providencial de
Dios a su Iglesia, porque le ha obligado a abrirse decididamente a las naciones
y a establecer un culto espiritual, liberado del particularismo del templo. Cada
etapa de la evangelización del mundo, vinculada a cada etapa de la humanidad,
es también un jalón en la historia de salvación que se consumará en la venida
final de Cristo.
Cada
conversión del corazón, mediante la cual el hombre se abre más y más a la
acción del Espíritu del Resucitado, es una nueva manifestación de la venida de
Cristo. Cada asamblea eucarística, reunida precisamente hasta que vuelva con
pleno poder el Hijo del Hombre sobre la nube, es el jalón por excelencia de ese
acontecimiento. Hemos de conocer los signos de los tiempos, como se conoce por
los brotes de la higuera y de los árboles que la primavera está cerca.
Años
impares
Daniel
7,15-27: El poder real y el dominio será entregado al pueblo de los
santos del Altísimo. No obstante las persecuciones del mundo, la victoria
es de nuestro Señor. Al fin se les hará justicia a los fieles, ya que la
irresistible Autoridad divina arrebatará el dominio al perseguidor y lo dará a
los santos para siempre. El desquite de éstos será total, y llegará como fruto
de una gran paciencia. Oigamos a San Cipriano:
«Esta
virtud de la paciencia derrama sus frutos con profusión y exuberancia por todas
partes. La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; modera
nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pesar, conserva la paz, endereza
la conducta, doblega la rebeldía de la pasión, reprime el orgullo, apaga el
fuego de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad
de los pobres... Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, y
levanta en alto nuestra esperanza... Ella nos lleva a perseverar como hijos de
Dios, imitando la paciencia del Padre» (Tratado de la paciencia 20).
Sigue
como canto responsorial el de los tres jóvenes, en Daniel 3:
«Hijos de los hombres, bendecid al Señor. Bendiga Israel al Señor.
Sacerdotes del Señor, siervos del Señor, almas y espíritu justos, santos y
humildes de corazón... bendecid al Señor». Así hemos de proceder en nuestros
días, de modo que toda nuestra vida sea una alabanza continuada al Señor. Y
cuando nuestros labios no puedan manifestar nuestro júbilo, que venga expresado
en todo por nuestras obras, y que eleve nuestro pensamiento al Señor, alzando
hacia Él constantemente breves oraciones o jaculatorias.
Años
pares
Apocalipsis
22,1-7: Ya no habrá más noche, porque el Señor irradiará luz sobre ellos.
Se describe la gloria de la nueva Jerusalén. Dios unitrino y la misma humanidad
de Cristo resplandecen en medio de la ciudad y son su única Luz. Comenta San
Cesáreo de Arlés:
«El monte
elevado, al cual San Juan dijo que había ascendido, representa el Espíritu. La
ciudad de Jerusalén, que él dijo haber visto allí, es figura de la Iglesia; es
la que el mismo Señor mostró en el Evangelio cuando dijo: no puede ocultarse
una ciudad situada en la cima de un monte (Mt 5,14). Y cuando dice que ella
tiene una luz semejante a una piedra preciosísima, ved en ella la gloria de
Cristo. En las doce puertas y en los doce ángeles reconoced a los apóstoles y a
los profetas...
«Y puesto
que esta ciudad que es descrita representa a la Iglesia, que está extendida por
toda la tierra, se dice que ella tiene tres puertas en cada una de las cuatro
partes a causa del misterio de la Trinidad. En la vara de oro mostró a los
hombres de la Iglesia, frágiles en la
carne, pero que tienen por fundamento una fe luminosa... Lo que dice de la
ciudad de oro, el altar de oro y las copas de oro, se trata de la Iglesia por su
recta fe. Y el recipiente muestra la pureza de esta fe»... (Comentario
al Apocalipsis 22).
Con el Salmo
94 decimos: «Venid, aclamemos al
Señor, demos vítores a la Roca que nos salva, entremos a su presencia
dándole gracias, aclamándolo con cantos. Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses. Tiene en sus manos las simas de la tierra, son
suyas las cumbres de los montes, suyo es el mar, porque Él lo hizo, la tierra
firme que modelaron sus manos. Entremos, postrémonos por tierra, bendiciendo al
Señor, Creador nuestro. Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que
Él guía». Dejémonos guiar por Él y así llegaremos a la Jerusalén celeste,
llamada visión de paz.
Lucas
21,34-36: Vigilancia y oración son las actitudes necesarias para esperar
la venida del Señor. Jesucristo nos anuncia en cada página del Evangelio un
mensaje de esperanza. Cristo mismo es nuestra única esperanza. Él es la
garantía plena para alcanzar los bienes prometidos. Él nos muestra cuál debe
ser el objeto principal de nuestra esperanza: el tesoro de la herencia
incorruptible, la felicidad suprema de la posesión eterna de Dios. Escribe San
Basilio:
«El único
motivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza
consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo» (Homilía
20 sobre la humildad).
Pero la esperanza no es posible, como dice San Agustín, si no hay amor (Sobre la fe, la esperanza y la caridad 117). Y en el atardecer de nuestra vida, como dice San Juan de la Cruz, seremos examinados sobre el AMOR.