Semana
33
Entrada: «Dice el Señor: tengo
designios de paz y no de aflicción; me invocaréis y yo os escucharé, os
congregaré sacándoos de los países y comarcas por donde os dispersé» (Jer
29,11.12.14).
Colecta (del Veronense): «Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre
alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste
el gozo pleno y verdadero».
Ofertorio (del Misal anterior y antes del Gregoriano): «Concédenos, Señor, que
esta ofrenda sea agradable a tus ojos, nos alcance la gracia de servirte con
amor y nos consiga los gozos eternos».
Comunión: «Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio»
(Sal 72,26); o bien: «Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la
han concedido, y lo obtendréis» (Mc 11,23-24).
Postcomunión (del Veronense): «Ahora que hemos recibido el don sagrado de tu
sacramento, humildemente te pedimos, Señor, que el memorial que tu Hijo nos
mandó celebrar, aumente la caridad en todos nosotros».
Ciclo A
Las
lecturas primera y tercera exhortan al trabajo y a hacer fructificar los dones
del Señor. La segunda lectura nos anima a estar vigilantes y a vivir con
sobriedad, para esperar siempre la venida del Señor. La Iglesia quiere fijar
nuestra mirada de creyentes en el «Día del Señor», el día del retorno
definitivo de Cristo, al final de la historia y de los tiempos, para coronar su
obra de salvación (Ef 1,10). No podemos, no debemos, prepararnos para la
eternidad, relegando temerariamente esa preparación para el último instante de
nuestra existencia terrena.
Proverbios
31,10-13.19-20.30-31: Trabaja con la destreza de tus manos. Bajo el
símil de la mujer prudente y amorosamente afanada en el bien de los suyos, la
liturgia nos presenta los afanes de la Madre Iglesia para hacernos dignos de la
salvación para el día del retorno de su Señor. ¿Cuál es la mujer ideal? ¿Cuál
es el fundamento de su obras laudables y fructuosas? No su gracia exterior, ni
su belleza física, cosas falaces y efímeras, sino el temor de Dios, esto es, su
piedad religiosa, unida a su rectitud moral.
Es éste
un ejemplo de cómo, a través de la fiel dedicación a los propios deberes, se
puede vivir y realizar santamente la propia existencia. La vida, en cualquiera
de sus honestas modalidades posibles, ha de ser vivida con un sentido de responsabilidad
y de generosidad, sin cerrarnos en nosotros mismos, sino abriéndonos y dándonos
a los demás.
Con el Salmo
127 proclamamos dichoso al que teme al Señor y sigue sus caminos; comerá
del fruto de su trabajo, será dichosos y le irá bien.
1
Tesalonicenses 5,1-6: El día del Señor llegará como un ladrón en la
noche. Ante la esperanza en el que ha de venir, Cristo Jesús, el apóstol
San Pablo lanza un grito de alerta: no nos durmamos en la inconsciencia de los
que no tienen fe, sino mantengámonos vigilantes y vivamos sobriamente. Comenta
San Agustín:
«Mantente
en vela durante la noche para que no sufras la acción del ladrón. El sueño de
la muerte vendrá quieras o no» (Sermón 93,8).
Los
creyentes que, por el bautismo, han venido a ser hijos de la luz e hijos del
día, no se encuentran en las tinieblas de las falsas seguridades y en la
ceguera espiritual, sino en la luz de la vigilancia y de la sobriedad, esto es,
en una preparación activa y lúcida. Ésta deberá consistir, además de la oración
incesante, en el cumplimiento fiel de los deberes diarios y en la atención a la
obra de Dios y su desarrollo histórico. De este modo no solo esperan, sino que
salen al encuentro de su Señor con las lámparas encendidas.
Mateo
25,14-30: Como has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor.
Desgraciados los hombres que, por inconsciencia o irresponsabilidad, habrán de
presentarse ante Dios con las manos vacías. Comenta San Agustín:
«Da,
pues, el dinero del Señor; mira por el prójimo... No pienses que basta con conservar
íntegro lo recibido, no sea que te digan: siervo malvado y perezoso, debías
haber entregado mi dinero, para que yo, al volver, lo recobrase con intereses;
y no sea que se le quite lo que había recibido y sea arrojado a las tinieblas
exteriores. Si los que pueden conservar íntegro todo lo que se les ha dado
deben tener pena tan dura, ¿qué esperanza les queda a quienes lo malgastan de
forma impía y pecaminosa?» (Sermón 351,4).
La frivolidad
de vida y de obras pone al hombre en riesgo permanente de esterilidad
escatológica: olvida insensatamente su condición radical de simple
administrador de los bienes divinos, recibidos en usufructo y condicionados a
una rendición final de cuentas.
Ciclo B
Se aproxima el fin del Año litúrgico, y las
lecturas primera y tercera nos hablan del fin del mundo. La segunda lectura nos
presenta a Cristo en cuanto Sumo Sacerdote glorificado junto a Dios, después de
haber salvado a los hombres por su sacrificio en la Cruz. Al culminar el Año de
la Iglesia se nos proponen temas escatológicos. Es preciso estar alerta. La
vida temporal solo se vive una vez. «Está establecido que el hombre muera una
sola vez, y después el juicio» (Heb 9,27). El misterio de Cristo se consumará
para nosotros en la eternidad. Pero es en el tiempo cuando nos acecha a diario
el riesgo de frustrar en nosotros sus designios y su obra de salvación.
Daniel
12,1-3: En aquel tiempo se salvará tu pueblo. En nuestro destino
eterno la iniciativa es siempre de Dios, que tiene fijado el momento, y de
Cristo, que nos ha garantizado la resurrección para la eternidad. Pero su
desenlace en bienaventuranza o condenación es también responsabilidad nuestra
en el quehacer de cada día. Para todo mal persecución, impiedad, pecado
existe un final. En él se actúa un juicio que es de salvación para algunos, los
justos perseguidos, y de condena para otros, los impíos perseguidores.
Salvación que es realizada en una resurrección gloriosa para los «sabios» y de
ignominia para los «necios». Solo en el misterio de Dios se revelará el
misterio de la grandeza y de la gloria de los justos. Pero, ¿quién se tiene a
sí mismo por justo?
Con el Salmo
15 imploramos «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. El Señor es el
lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano. Tengo siempre presente
al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se
gozan mis entrañas y mi carne descansa serena. No me entregarás a la muerte ni
me dejarás conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me
saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha».
Hebreos
10,11-14.18: Con una sola ofrenda ha perfeccionado a los que van siendo
consagrados. El sacrificio del Corazón Redentor de Cristo y su sacerdocio
mediador ante el Padre son la garantía de salvación que a todos los hombres se
nos concede en el tiempo de gracia, cual es nuestra vida en el tiempo presente.
Dice Teodoreto de Ciro:
«Alabemos
nosotros al legislador de lo nuevo y de lo antiguo y, para que obtengamos de Él
su auxilio, pidamos que, cuando cumplamos sus divinas leyes, alcancemos
los bienes prometidos en Jesucristo
nuestro Señor, para el cual es la gloria junto con el Padre y el Santísimo
Espíritu ahora y siempre, por los siglos de los siglos, Amén» (Comentario a
Heb. 13,25).
La
irrepetibilidad del Sacrificio de Cristo, su capacidad de hacer perfectos a los
hombres y su eficacia infinita para satisfacer al Padre, nos manifiesta su
superioridad sobre los sacrificios del Antiguo Testamento, diariamente
repetidos e incapaces para quitar el pecado. La Eucaristía que celebramos es
memorial, reactualización sacramental del sacrificio redentor
del Calvario. El mayor acto posible del culto. Con ella damos a Dios plena
alabanza, plena acción de gracias, y le ofrecemos plena satisfacción y
petición.
Marcos
13,24-32: Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos. Por cuanto
no sabemos el tiempo ni la hora de nuestro encuentro definitivo para la
eternidad, solo la esperanza responsable puede mantenernos en vigilancia
amorosa para el «Día del Señor». Comenta San Agustín:
«Que
nadie pretenda conocer el último día, es decir, cuándo ha de llegar. Pero
estemos todos en vela mediante una vida recta, para que nuestro último día
particular no nos halle desprevenidos, pues de la forma como haya dejado el
hombre su último día, así se encontrará en el último del mundo. Serán las
propias obras las que eleven u opriman a cada uno... ¿Quién ignora que es una
pena tener que morir necesariamente y, lo que es peor, sin saber cuándo? La pena es cierta e incierta la hora; y,
de las cosas humanas, solo de esta pena tenemos certeza absoluta» (Sermón 97,1-2).
Ciclo C
Los
temas escatológicos están tratados en la primera y segunda lectura. San Pablo exhorta
a que las especulaciones sobre el fin del mundo no alejen a los cristianos de
sus propios deberes cotidianos. El presente Domingo constituye un pregón
litúrgico de la segunda venida del Señor al final de los tiempos, en su
gloriosa condición de Juez de vivos y muertos.
Malaquías
4,1-2: Os iluminará un Sol de justicia. Toda la revelación divina
nos anuncia el «Día del Señor». Como el día del juicio definitivo e
irresistible: «Venid, benditos de mi Padre... Apartaos, malditos»... Esta
perspectiva escatológica solo se entiende y acepta por la fe. El «Día del
Señor» es seguro, no solo como algo final, sino como una intervención constante
que anuncia y prepara el Juicio último. Hay que esperarlo con fe, trabajando
honradamente, en intensa oración, y cumpliendo nuestros propios deberes.
Esa fe
en la segunda venida la alumbra a diario nuestro Señor Jesucristo, el «Sol de
Justicia» o «Luz de lo alto», que ya hizo su primera venida. El Reino de Dios
comienza con la presencia de Cristo, con su predicación, que lo anuncia, con su
resurrección y con el envío del Espíritu Santo. Este Reino es salvación para
todos los que lo acogen con fe y con amor.
Por eso
decimos con el Salmo 97: «El Señor llega para regir la tierra con
justicia». Nos alegramos por ello. Tocamos instrumentos músicos y aclamamos al
Rey y Señor. En Él tenemos toda nuestra confianza. Todo lo esperamos de Él.
2
Tesalonicenses 3,7-12: El que no trabaja que no coma. La esperanza
del «Día del Señor» no aliena al cristiano auténtico en su quehacer cotidiano
en el tiempo, antes bien, le exige la santificación de sus trabajos en cada
momento. El cristiano no huye del mundo. No desprecia el mundo, sino que lo
ama, como cosa querida por Dios, pero tiene una reserva crítica porque el mal
ha contaminado el mundo. De tal modo usemos las cosas temporales que no
perdamos las eternas. Todo ha sido hecho para nosotros, pero nosotros somos de
Cristo y Cristo de Dios. No quedemos, pues, cautivados por los bienes efímeros
del mundo presente.
Lucas 21,5-19: Con vuestra paciencia
salvaréis vuestras almas. Ante la incertidumbre sobre el momento en que se
verificará nuestro encuentro final con Cristo, solo la vigilante perseverancia
es garantía de salvación. Comenta San Agustín:
«Ésta es
la fe cristiana, católica y apostólica. Dad fe a Cristo, que dice: no perecerá
ni uno solo de vuestros cabellos (Lc 21,18), y, una vez eliminada la
incredulidad, considerad cuánto valéis. ¿Quién de nosotros puede ser
despreciado por nuestro Redentor, si ni siquiera un solo cabello lo será? O
¿cómo vamos a dudar de que ha de dar la vida entera a nuestra carne y a nuestra
alma, Aquel que por nosotros recibió alma y carne para morir, la entregó al
momento de la muerte, y la volvió a recobrar para que desapareciese el temor a
morir?» (Sermón 214,12).
No
seamos irresponsables ante la salvación de los demás, ni inconscientes de nuestra vocación de santidad en el tiempo.
Recordemos siempre que se nos ha de juzgar al final por el bien que pudimos
hacer e hicimos o por el bien que pudimos hacer y omitimos.
Años
impares
1
Macabeos 1,11-16.43-45.57-60: Apostasía en Israel y reacción en un grupo
de fieles. A lo largo de la antigua historia de la salvación, la fidelidad
divina se revela inmutable, y contrasta con la constante infidelidad del
hombre. En la plenitud de los tiempos, Cristo, el testigo fiel de la verdad,
comunica a los hombres la gracia de que está lleno, haciéndolos capaces de
merecer la corona de vida, y de imitar su fidelidad hasta la muerte. Pero,
también antes de Cristo se encontraron en Israel grupos elegidos de almas
fieles, que prefirieron morir antes que quebrantar la ley, como se recuerda en
esta lectura de hoy.
Con
algunos versos del Salmo 118 reafirmamos nuestra fidelidad a los
mandamientos de Dios, y pedimos la liberación de los malvados: «Dame vida,
Señor, y guardaré tus decretos. Sentí indignación ante los malvados, que
abandonan tu voluntad. Los lazos de los malvados me envuelven, pero no olvido
tu voluntad. Líbrame de la opresión de los hombres y guardaré tus decretos. Ya
se acercan mis inicuos perseguidores, están lejos de tu voluntad. La justicia
está lejos de los malvados, que no buscan tus leyes. Viendo a los renegados
sentía asco, porque no guardan tus mandatos».
Años
pares
Apocalipsis
1,1-4; 2,1-5: No nos enfriemos en el amor. Cristo, autor de la Nueva
Alianza, es el Primogénito de toda criatura, en cuanto que está por encima de
todo otro poder celeste o terrestre. San Cesáreo de Arlés escribe:
«En
realidad todo lo que parece decir [el Señor] a las siete Iglesias se aplica a
la única Iglesia extendida por toda la tierra, porque en el número siete se
hace referencia a toda la plenitud. Así, pues, mediante los ángeles designa a
la Iglesia; y en los ángeles muestra las dos partes, es decir, a los buenos y a
los malos. Por ello no solo alaba, sino que también increpa, de modo que la
alabanza se dirige a los buenos y la increpación a los malos. Así el Señor en
el Evangelio ha designado a todo un cuerpo de propósitos como un solo siervo
bienaventurado y malvado, que cuando venga será dividido por el mismo Señor (Mt
24,51; Lc 12,46).
«¿Y cómo
puede ser que un solo siervo sea dividido si, dividido, no puede vivir? Es que
el único siervo significa todo el pueblo cristiano. Porque si el pueblo fuese
enteramente bueno no sería dividido, pero como no solo contiene a los buenos sino también a los malos, por
eso ha de ser dividido. Y los buenos oirán: venid, benditos de mi Padre...;
pero los ladrones y los adúlteros, los que no han hecho misericordia, oirán:
apartáos de mí, malditos... (Mt. 25, 34 y 41). Todo lo que en el Apocalipsis
se dice a cada una de las iglesias, hermanos muy queridos, conviene a cada uno
de los hombres que forman parte de la Iglesia única» (Comentario al
Apocalipsis 2,5).
Con el Salmo
1 decimos: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni
entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos,
sino que su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche. Será como un
árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan
sus hojas, y cuanto emprende tiene buen fin. No así los impíos, no así; serán
paja que arrebata el viento; porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba
mal».
Lucas
18,35-43: Señor, que veamos. La obediencia amorosa de Cristo hasta
entregar su vida inaugura en Él un Reino, que no es de este mundo. En toda su
vida terrestre fue peregrino de la Jerusalén celestial. Así es también la
Iglesia, Cuerpo de Cristo. Ella peregrina en esta tierra continuamente en su
afán cotidiano hasta la realización perfecta, más allá de la muerte. La Iglesia
convoca a todo miembro suyo a ser un peregrino del Reino. Este peregrinar le
lleva a dar su vida entera por la construcción del Reino. Ser peregrino del
Reino es, en definitiva, seguir a Jesús, caminando iluminado por la luz de la
fe. San Agustín se fija más en la curación del ciego:
«Gritaba
el ciego cuando pasaba Jesús. Temía que pasara y no le curara. ¿Cómo gritaba?
Hasta el punto de no callar, aunque la muchedumbre se lo ordenaba. Venció
oponiéndose a ella, y voceando consiguió al Salvador. Al vocear la muchedumbre
y prohibirle gritar, se paró Jesús, lo llamó y le dijo: ¿Qué quieres que
haga? Y él contestó: Señor, que vea.
Mira, tu fe te ha salvado. Amad a Cristo. Desead la luz de Cristo. Si
aquel ciego desea la luz corporal, ¡cuánto más debéis desear vosotros la del
corazón! Gritemos ante Él no con la voz, sino con las costumbres. Vivamos
santamente, despreciemos el mundo, consideremos como nulo todo lo que pasa» (Sermón
349,5).
Años
impares
2
Macabeos 6,18-31: Eleazar prefiere morir antes que desobedecer al Señor.
El cristiano es un embajador del Señor, pero no es dueño del mensaje que transmite.
Por eso su intransigencia para guardar la pureza del mensaje no se podrá tachar
de fanatismo o de integrismo, sino de fidelidad a una misión debidamente
aceptada. Esto le traerá a veces persecuciones, como a Jesucristo, a los
Apóstoles y a todos los Santos, pero en esto está la alegría y el triunfo. Ya
pasó el tiempo de juzgar las cosas con la oscura mentalidad humana. Hemos de
tener el corazón siempre abierto a todos los pensamientos del Espíritu Santo,
guardando la fortaleza y la simplicidad del corazón.
Con el Salmo
3 expresamos nuestra confianza de que el Señor nos sostenga. En realidad
son muchos los enemigos que se levantan contra nuestra vida espiritual, muchas
fuerzas que se oponen a nuestra intimidad filial con Dios: mundo, demonio y carne.
Y al vernos a veces tan abatidos, muchos creen y dicen que ya no nos protege
Dios. Pero no es verdad. El Señor es nuestro escudo y nuestra gloria. Él
mantiene alta nuestra cabeza, pues cuando lo invocamos, Él nos escucha des-de
su monte santo. Podemos, pues, dormir tranquilos, pues el Señor nos sostiene y
nos guarda.
Años
pares
Apocalipsis
3,1-6.14-22: Yo llamo, y si alguno me abre, entraré y comeremos juntos.
Dos de las Iglesias aludidas en el Apocalipsis reciben reproche: una por su
falta de cuidado y otra por su tibieza. Son deficiencias permanentes en unas u
otras partes de la Iglesia. También en nuestros días. Los fundamentos
habituales de la esperanza vacilan, y lo que era interpretado antes con un
sentido puramente religioso, adquiere con frecuencia un valor y un sentido
profanos. La fe entonces palidece. Dios parece que está ausente. Tenemos
necesidad de que se nos despierte el sentido religioso y misterioso de los
acontecimientos cotidianos y de los futuros escatológicos. Hemos de abrir las puertas
de nuestro corazón a Cristo, tener gran intimidad con Él, corresponderle con un
gran amor al que Él nos ha tenido y nos tiene.
Con el Salmo
14 confesamos que aquel que procede honradamente y practica la justicia, el
que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua, el que no hace mal al
prójimo, ni difama a su vecino, el que ora por la conversión de los impíos y
honra a los que temen al Señor, el que no es usurero, ni acepta soborno contra
el inocente, ése nunca fallará, pues el Señor está con él y le sostiene con su
fuerza.
Lucas
19,1-10: El Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba
perdido. No viene solamente para hacerse amigo de la gente justa y buena.
Comenta San Agustín:
«¿Acaso
Zaqueo poseía justamente sus riquezas? Leed y ved. Era el jefe de los
publicanos, es decir, aquel a quien se entregaban los tributos públicos. De ahí
sacó sus riquezas. Había oprimido a muchos, a muchos se las había quitado,
mucho había almacenado. Entró Cristo en su casa y le llegó la salvación, como
así le dice el Señor: hoy llegó la salvación a esta casa. Contemplad ahora en
qué consiste la salvación.
«Primeramente
deseaba ver al Señor, y como era de estatura pequeña, la muchedumbre se lo
impedía, por lo que él se subió a un sicómoro y vio lo que pasaba. Jesús lo
miró y dijo: Zaqueo, baja, conviene que yo me detenga en tu casa... Querías
verme al pasar, pues hoy me encontrarás habitando en tu casa. Entró en ella el
Señor. Lleno de gozo dijo Zaqueo: Daré a los pobres la mitad de mis bienes...
Y si a alguno quité algo, le devolveré el cuádruplo. Se infligió a sí mismo
una condena, para no incurrir en la condenación. Por lo tanto, vosotros, con lo
que tenéis que proceda del mal, haced el bien» (Sermón 113,3).
Años
impares
2
Macabeos 7,20-31: El Creador del universo os devolverá el aliento y la
vida. Siete hermanos, junto con su madre, sufren el martirio por no
abandonar la fe de Israel y romper con la Alianza. Comenta San Agustín:
«Uno solo
es el Dios de los tres niños del horno de Babilonia y el de los Macabeos; a los
primeros los libró del fuego, a los segundos los dejó morir en el tormento.
¿Cambió de parecer? ¿Amaba más a los primeros que a los segundos? Mayor fue la
corona concedida a los Macabeos. Ciertamente aquellos escaparon del fuego, pero
les estaba reservando los peligros de este mundo; para éstos, en cambio,
acabaron en el fuego todos los peligros. No había tiempo ya para ninguna otra
prueba; solo para la coronación. En consecuencia los Macabeos recibieron más.
«Sacudid
vuestra fe, aplicad los ojos del corazón, no los de la carne. Tenéis, en
efecto, otros ojos interiores; son obra del Señor, que abrió los ojos de
nuestro corazón cuando os otorgó la fe. Preguntad a esos ojos quiénes
recibieron más: los Macabeos o los tres niños. Pregunto a la fe. Si pregunto a
los hombres, amantes de este mundo, dirán: yo quisiera estar con aquellos tres
niños. Es la respuesta de un alma débil. Avergüénzate ante la madre de los
Macabeos, pues ella prefirió que sus hijos muriesen, porque sabía que no
morirían» (Sermón 286,6).
Con el Salmo
16 oramos al Señor, haciendo nuestros los mismos sentimientos de los
Macabeos, cuando por el martirio pasan de este mundo al otro: «Al despertar,
Señor, me saciaré de tu semblante. Señor, escucha mi apelación, atiende a mis
clamores, presta oído a mis súplicas, que en mis labios no hay engaño. Mis pies
estuvieron firmes en mis caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque
tú me respondes, Dios mío, inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame
como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Pero yo con mi
apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante».
Años
pares
Apocalipsis
4,1-1: Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y el que es.
Juan, valiéndose de imágenes de los antiguos profetas de Israel Isaías,
Ezequiel y Daniel contempla a Dios en su majestad real. El Señor está rodeado
del mundo espiritual y de la Iglesia, simbolizada por los ancianos, que cantan
eternamente su gloria. Explica San Cesáreo de Arlés:
«Los
ancianos significan la Iglesia, como dice Isaías: cuando Él sea glorificado en
medio de sus ancianos (24,23). Ahora bien, los veinticuatro ancianos son los
prepósitos y los pueblos. En los doce Apóstoles se indica a los prepósitos y en
los otros doce el resto de la Iglesia... De la Iglesia salen los herejes
relámpago y voces, pues salieron de entre nosotros (1 Jn 2,19). Pero
también hay en ese texto otro significado, a saber, que los rayos y voces
indican la predicación de la Iglesia. En las voces reconoce las palabras, en
los relámpagos los milagros... El mar semejante al cristal es la fuente del
bautismo; delante del trono quiere decir, antes del juicio. Pero por trono se
entiende a veces, el alma santa, tal como está escrito: el alma del justo es
la sede de la sabiduría (Prov 12,23). Otras veces significa a la Iglesia, en
la que Dios tiene su sede...
«Los ojos
[de los animales] son los mandamientos de Dios, que tienen la facultad de ver
el pasado y el futuro. En el primer animal, semejante a un león, se muestra la
fortaleza de la Iglesia; en el novillo, la pasión de Cristo. En el tercer
animal, que es semejante a un hombre, se representa la humildad de la Iglesia;
porque ella no se jacta en absoluto con un sentimiento de orgullo, aun cuando
posee la adopción filial. El cuarto animal representa a la Iglesia, semejante a
un águila, es decir, volando libremente y elevada por encima de la tierra por
dos alas, levantada por los dos Testamentos o por los dos mandamientos» (Comentario
al Apocalipsis 4).
Por eso
alabamos a Dios con el Salmo 150, comenzando por el trisagio: «Santo,
Santo, Santo es el Señor, soberano de todo. Alabad al Señor en su templo,
alabadlo en su fuerte firmamento. Alabadlo por sus obras magníficas, alabadlo
por su inmensa grandeza, alabadlo tocando trompetas, alabadlo con arpas y
cítaras, alabadlo con tambores y danzas, alabadlo con trompetas y flautas,
alabado con platillos sonoros, alabadlo con platillos vibrantes. Todo ser que
alienta alabe al Señor».
Lucas
19,11-28: ¿Por qué no pusiste mi dinero en un banco? Hemos de hacer
fructificar los dones que hemos recibido de Dios. Hemos de rendir cuentas de
ellos al mismo Dios que nos los ha otorgado. Comenta San Agustín:
«Sabemos
de qué modo amenaza aquella misericordiosa avaricia del Señor, que por doquier
busca extraer ganancias de su dinero, y que dice a su siervo perezoso, que
entorpece las ganancias del Señor: siervo malvado, por tu boca te condenas...
Nosotros no hemos hecho otra cosa que dar el dinero del Señor, y Él será el
exactor no solo de aquel criado, sino de todos nosotros. Cumplamos, pues, el
oficio del que va delante dando, sin usurpar el del exactor» (Sermón 279,12).
Años
impares
1
Macabeos 2,15-29: Queremos vivir según la Alianza de nuestros padres.
La resistencia de los judíos fieles, que sufren la persecución de los paganos,
se concretiza en Matatías, el padre de los Macabeos. Él se rebela contra los
oficiales encargados de obligar a la apostasía. Marca con su actitud fiel el
comienzo del enfrentamiento armado. La adhesión a Dios vale más que todas las
riquezas del mundo. Esto es lo que nos enseña la lectura de hoy. El poderoso
mundo quiere comprar a Matatías, para que renuncie a sus principios religiosos y siga los paganos. Pero el precio
del servicio de Dios es mucho mayor que todos los bienes de este mundo. San
Ireneo dice:
«El
servir a Dios en nada afecta a Dios, ni tiene Dios necesidad alguna de nuestra
sumisión. Él es, por el contrario, quien da la vida, la incorrupción y la
gloria eterna a los que le siguen y sirven, beneficiándolos por el hecho de
seguirle y servirle, sin recibir de ellos beneficio alguno» (Contra las
herejías 4).
Esto es
lo que, arriesgando sus vidas y perdiéndola a veces, hicieron aquellos judíos
piadosos para observar fielmente la ley santa del Señor.
Con el Salmo
49 proclamamos la felicidad de ser fieles al Señor, como aquellos judíos
piadosos de la lectura anterior: «Al que sigue buen camino le haré ver la
salvación del Dios. El Dios de los dioses, el Señor habla: convoca la tierra de
oriente a occidente. Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece. Congregadme a
mis fieles, que sellaron mi pacto con un sacrificio. Proclame el cielo su
justicia, Dios en persona va a juzgar. Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo, e invócame el día del peligro: yo te libraré, y
tú me darás gloria».
Nosotros
también nos vemos tentados como aquellos judíos perseguidos, que son para
nosotros una gran ejemplo. También el mundo quiere que demos culto a muchos
ídolos que pone en nuestro camino, como son el dinero, el poder, los honores,
la fama, el placer...
Años
pares
Apocalipsis
5,1-10: El Cordero fue degollado y con su sangre nos ha comprado de toda
nación. El Cordero que nos ha comprado con su sangre es Cristo, muerto y
resucitado, el único que puede abrir el libro, esto es, el único que sabe hacer
patentes los secretos de Dios sobre el porvenir de la Iglesia y del mundo. Escribe
San Cesáreo de Arlés:
«Cantan
un cántico nuevo, es decir, profieren públicamente su profesión de fe. Es
verdaderamente una novedad el que el Hijo de Dios se haga hombre, muera,
resucite y suba al cielo y conceda a los hombres la remisión de los pecados.
Pues la cítara, es decir, una cuerda tensa sobre la madera, significa la carne
de Cristo unida a la pasión; mas la copa representa la confesión y la
propagación del nuevo sacerdocio. La apertura de los sellos es el
desvelamiento del Antiguo Testamento» (Comentario al Apocalipsis 5).
Con el Salmo
149 cantamos nosotros al Señor un cántico nuevo, y así resuena su alabanza
en la asamblea de los fieles, se alegra Israel, la Iglesia, por su Creador y
por su Redentor, los hijos de Sión y de la Iglesia por su Rey. «Alabemos su
nombre con danzas, cantémosle con tambores y cítaras, porque el Señor ama a su
pueblo». Dios nos entregó a su Unigénito para redimirnos, y Él adorna con la
victoria a los humildes. Festejemos su gloria, cantemos jubilosos en la
asamblea litúrgica, con vítores a Dios en la boca. Esto es un honor para todos
sus fieles, para toda la Iglesia.
Lucas
19,41-44: Jesús llora por su amada Jerusalén, que no ha comprendido su
gran amor, y prevé los castigos que le vendrán. Es un gran misterio.
Adoremos los designios del Señor. Es verdad que la Iglesia de Jesucristo es el
Israel de los tiempos nuevos. Es verdad que los apóstoles eran todos judíos,
así como la mayor parte de los miembros de las primeras comunidades cristianas.
Pero también es cierto que el pueblo judío, tanto en sus representantes cuanto
en sus instituciones, rechazaron la salvación mesiánica que les ofrecía el
Señor, como herederos de las promesas. Es un misterio. Israel no entró en la
conversión suprema que Jesucristo exigía de él para que fuera el gran instrumento
de su misión universal. El pueblo judío rechazó a Jesucristo, y por eso Él
llora. Orígenes dice:
«hay que
ver ante todo la significación de sus lágrimas. Todas las bienaventuranzas de
las que Jesús habló en el Evangelio las confiesa Él mismo con su ejemplo, y lo
que enseñó lo prueba con su propio testimonio... Conforme a lo que ha dicho:
bienaventurados los que lloran (Mt 5,5), Él lloró para plantar también el
fundamento de esta bienaventuranza. Lloró sobre Jerusalén, diciendo: si
hubieras conocido también tú la visita de la paz» (Comentario al Evangelio
de San Lucas 38,1-2).
También
a nosotros nos puede pasar algo semejante si no sabemos discernir en las
vicisitudes de nuestra vida lo que conduce a la paz, si no correspondemos con
gran amor al inmenso amor que Cristo nos tuvo y nos tiene.
Años
impares
1
Macabeos 4,36-37.52-59: Celebran con alegría la consagración del altar,
con ofrendas y holocaustos. Tras la victoria de los fieles resistentes, Judas
Macabeo purifica el templo, y el pueblo celebra con júbilo su consagración. El
templo de Jerusalén es el centro del culto a Yavé. A él acude todo piadoso
israelita de cualquier parte del país para contemplar el «rostro» de Dios, y es
para los fieles objeto de un amor conmovedor. Por eso cuando el templo es
profanado por el rey Antíoco, que instala en él un culto idolátrico pagano, los
judíos se sublevan para defenderlo, y el primer objetivo de su guerra santa es
justamente purificar el templo, para reanudar en él el culto tradicional.
Cuando muere Cristo el velo de aquel antiguo templo venerable se rasga, para
significar que el culto antiguo ha sido sustituido por otro culto más
espiritual y perfecto: el de Cristo, el de la Iglesia. Con todo, al principio,
los apóstoles simultaneaban su culto eucarístico con las oraciones en el
templo. Pero en el año 70 sufre una completa destrucción, que significa en
forma decisiva que su función ha terminado ya. Y nunca ha sido reconstruido.
Alabamos
al Señor con un cántico del libro 1 Crónicas 29: «Alabamos, Señor, tu
nombre glorioso. Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel, por los
siglos de los siglos. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el
esplendor y la majestad, porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra. Tú eres
Rey y Soberano de todo: de ti viene la riqueza y la gloria. Tú eres el Señor
del universo, en tu mano está el poder y la fuerza, tú engrandeces y confortas
a todos».
Años
pares
Apocalipsis
10,8-11: La Palabra de Dios ha de ser primero asimilada y luego
proclamada. Esto es lo que significa en ese lugar del Apocalipsis «comer el
libro». La historia es el producto del encuentro de dos libertades: la de Dios y la del hombre. Y Dios tiene unos
planes acerca de este encuentro, sobre todo desde que Jesucristo pronunció su
«Sí» incondicional a la nueva Alianza. San Cesáreo de Arlés comenta:
«En la
boca se entienden los cristianos buenos y espirituales; en el vientre, los
carnales y lujuriosos. Por consiguiente, cuando se predica la palabra de Dios,
ella es dulce para los espirituales, pero para los carnales para los cuales, según el Apóstol, su Dios
es el vientre (Flp 3,19) la palabra es amarga y áspera» (Comentario al
Apocalipsis 10).
Las
Escrituras consuelan, efectivamente, no porque ellas descubran de antemano la
evolución de los acontecimientos previstos por Dios, sino porque ayudan a
revelar el sentido profundo de la presencia de Dios en los acontecimientos que
viven los hombres.
Con
unos versos del Salmo 118 decimos «¡qué dulce al paladar tu promesa,
Señor! Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas.
Tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Más estimo yo
los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata. Qué dulce al
paladar tu promesa: más que miel en la boca. Tus preceptos son mi herencia
perpetua, la alegría de mi corazón. Abro la boca y respiro, ansiando tus
mandamientos».
Lucas
19,45-48: Habéis convertido la Casa de Dios en una cueva de bandidos.
Jesús se indigna ante la profanación del templo, que ha de ser «Casa de
oración». Es una lección para nosotros. El respeto al templo ha de ser ahora
mayor aún que entonces. Es ahora el lugar de la reactualización sacramental del
sacrificio redentor del Calvario, y allí está Cristo realmente presente en el
sagrario. Es el lugar de la oración y de la vida sacramental de la Iglesia.
Dice San Ambrosio:
«Él
expulsó a los cambistas. Pero, ¿de quién son figura estos tratantes sino de los
que procuran enriquecerse con los tesoros del Señor, no tratando de distinguir
lo que es un bien de lo que es un mal? El gran tesoro del Señor es la divina
Escritura, ya que en el momento de partir Él, distribuyó los denarios entre sus
servidores y les repartió los talentos (Mt 25, 14; Lc 19,13)... Si existe el
tesoro de las Escrituras, es evidente que se puede hablar también de los
intereses de la Escritura» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.
IX,18).
«Las mesas de los cambistas caen por tierra
para poner en su lugar la mesa del Señor [la Eucaristía], y es destrozada el
ara con el fin de puedan surgir los altares» (ib. 20).
Años
impares
1
Macabeos 6,1-13: Muero de tristeza, por el daño que hice en Jerusalén.
Antíoco Epifanes, el perseguidor, es atacado por una enfermedad, lejos de su
país, y muere reconociendo que sufre el castigo de sus faltas. El pueblo de
Dios a lo largo de su historia pasa por la experiencia de la persecución; ésta
no perdona al Hijo de Dios, que ha venido a salvar al mundo, y es odiado por él.
Todo culmina en su pasión y muerte en Cruz. También sus discípulos sufren
persecución a lo largo de los siglos.
Pero,
los perseguidos vencieron siempre, incluso cuando fue motivada la persecución
por los pecados del pueblo. La historia muestra el fin de los perseguidores,
unos convertidos, como es el caso de San Pablo, prodigio admirable al comienzo
del cristianismo; otros despechados y doloridos por su fracaso, como es el caso
de Juliano el Apóstata y de tantos otros. Confiemos siempre en el Señor. Pasan
los hombres, pasan los perseguidores, pero Dios, Cristo y su Iglesia permanecen
para siempre.
Con el Salmo
9 cantamos al Señor que nos defiende de los enemigos: «Gozaré, Señor, de tu
salvación. Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus
maravillas. Me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre. Porque mis
enemigos retrocedieron, cayeron y perecieron ante tu rostro. Reprendiste a los
pueblos, destruiste al impío y borraste para siempre su apellido. Los pueblos
se han hundido en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que
escondieron. Él no olvida jamás al pobre, ni la esperanza del humilde
perecerá».
Años
pares
Apocalipsis
11,4-12: Los dos testigos se oponen
a los dos bestias. Habla el Apocalipsis de dos Bestias malignas y de
dos testigos fieles de Cristo que les resisten y combaten. Comenta San Cesareo
de Arlés:
«Éstos
son los dos que están, no los que estarán. Los dos candelabros es la Iglesia, pero por causa del número de los dos
Testamentos dijo dos; de igual modo que dijo cuatro ángeles para significar la
Iglesia, aun cuando sean siete, siguiendo el número de los ángeles de la
tierra, y así toda la Iglesia es representada por los siete candelabros, si
bien enumera uno o más de uno según los lugares. Zacarías contempló un solo
candelabro de siete brazos (4,2-14), y estos dos olivos, es decir, los dos
Testamentos, vierten el aceite en el candelabro, es decir en la Iglesia. Así
como en el mismo lugar tiene los siete ojos la gracia septiforme del Espíritu
Santo, que están en la Iglesia y observan atentamente toda la tierra... Si
alguno hiere o quisiera herir a la Iglesia, con las oraciones de su boca será
consumido por el fuego divino, ya sea en el presente para su corrección, ya sea
en el siglo futuro para su condenación» (Comentario al Apocalipsis 11).
Con el Salmo
143 decimos: «Bendito el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para el
combate, mis dedos para la pelea. Mi bienhechor, mi alcázar, mi baluarte donde
me pongo a salvo; mi escudo, mi refugio, que me somete los pueblos. Dios mío,
te cantaré un cántico nuevo, tocaré para ti el arpa de diez cuerdas; para ti
que das la victoria a tu pueblo escogido y salvas a tus siervos». Tú salvas a
la Iglesia, a todas las almas que en ti confían.
Lucas
20,27-40: No es Dios de muertos, sino de vivos. En la enseñanza de
este Evangelio, Jesús afirma la realidad maravillosa del mundo nuevo y reafirma
la resurrección. Comenta San Ambrosio:
«Los
saduceos, que eran la parte más detestable de los judíos, tientan al Señor con
esta cuestión. Abiertamente Él les reprende entonces su malicia y, en un
sentido místico, retuerce su posición, precisamente con la doctrina de una
castidad ejemplar, tomando pie del problema que ellos le propusieron, ya que,
según la letra, una mujer debería casarse, aun contra su voluntad, para que el
hermanos del difunto le diese un heredero. De aquí el dicho la letra mata (2
Cor 3,6), como una propagadora de vicios, mientras que el Espíritu es el maestro de la castidad... Para la
sinagoga la ley, literalmente tomada, es muerte, mientras que aceptada en
sentido espiritual, la hace resucitar» (Tratado sobre el Evangelio de San
Lucas lib.IX, 37 y 39).
Recibiendo esa doctrina con verdadero espíritu de fe, vivamos de tal modo que tengamos una resurrección gloriosa.